“Siempre imaginé que tendría una vida diferente a la que estaba destinada, pero desde muy temprano comprendí que tendría que rebelarme para realizar esa vida”.
Leonor Fini
A lo largo de la historia, se han observado diferentes formas de seducción, algunas asociadas a la feminidad y otras a la masculinidad. El arte tiene la capacidad de despertar sensaciones y emociones a través de diferentes estímulos: visuales, auditivos, táctiles e incluso a través de la imaginación. En ese sentido se le puede considerar un vehículo para la expresión de la sensualidad y la sexualidad, factores importantes para la atracción y el deseo.
Son escasas las mujeres artistas que no se ligan a, o dependen de, un hombre para que su arte se presente al mundo. Por su perseverancia y calidad artística se mantienen en el grupo, pero tardan en ser reconocidas como integrantes de ese selecto espacio determinado por los que siempre lo han dominado. Esta artista es considerada, por algunas voces, como parte del grupo de los surrealistas, y otras la reconocen como la mujer artista más importante del siglo XX no ligada a un varón. Su obra se realiza principalmente en París, en donde entra en contacto con el círculo de los surrealistas, aunque siempre mantuvo su independencia creativa.
Leonor Fini nació en Argentina en 1907, y tras el divorcio de sus padres, la madre -Malvina Braun- volvió con ella a Trieste, Italia, en donde se encontró con su familia para tratar de escapar de un hombre abusador y fanático religioso -Erminio Fini-, con la intención de que el padre no la secuestrara, ya que lo había intentado en varias ocasiones.
Con el objetivo de que el padre no la ubicara, su madre la vistió como niño durante seis años, desde los 18 meses, y parece que esto inició su historia de ambivalencia y experimentación con el género, así como el gusto por los disfraces y la puesta en escena.
En ese tiempo identificó, en la biblioteca del abuelo, libros de Piero della Francesca y otros artistas cuatrocentistas, con los que aprendió a dibujar. También en esa época sufrió una infección que la mantuvo con los ojos vendados por un año. Después de este evento, su actividad artística se hizo compulsiva y pintó a sus allegados1-5.
De formación autodidacta, a lo largo de su vida Fini reivindicó su independencia, se opuso a quedar recluida o enmarcada en un grupo o corriente. Su primer destino fue el París de principios de los años treinta, época y espacio en el que confluyeron vanguardias e ismos y la rivalidad en la moda de Coco Chanel y Elsa Schiaparelli. Es interesante que a ambas diseñadoras las unía un mismo propósito: redefinir el papel de la mujer en la sociedad a través de la moda4,6.
Cuando se mudó a París, Christian Dior expuso su obra con mucho éxito en 1932. Ahí, André Breton, del grupo surrealista, la ubicó por su pintura figurativa y fantástica en esa que fue su primera exposición7. Aunque expuso en las principales muestras del Surrealismo entre 1930 y 1940, y contaba entre sus amigos a Max Ernst y Salvador Dalí, rechazó la invitación a unirse oficialmente al grupo, desautorizando así la visión tradicional de la mujer como musa que mantenía el líder del movimiento, André Breton. Este grupo estaba formado únicamente por artistas varones de las vanguardias, quienes en sus trabajos exploraron el tema del deseo con intención subversiva, pero lo hicieron a menudo creando o basándose en imágenes de hembras pasivas y núbiles8, en especial su director -André Breton-, homofóbico y misógino, con quien tuvo varios enfrentamientos, motivo por el cual Breton la ignoró en sus escritos. Abiertamente bisexual, insistió en que la identidad, así como la expresión artística, nunca es fija, sino que debe estar siempre abierta a la inspiración y la imaginación. Solo se casó legalmente, matrimonio que duró poco tiempo, con Federico Veneziani, pero tuvo una gran cantidad de affaires, que ella misma calificó como “una caravana”3.
También se dedicó al diseño de vestuario y decorados para obras de teatro. Incursionó como escenógrafa con el coreógrafo Georges Balanchine y realizó los dibujos para Sonatina, obra compuesta por Cristóbal Halffter y basada en los versos de Rubén Darío. Para el telón de embocadura, repleto de motivos fantásticos, Fini se basó en los tapices medievales que representan la naturaleza paradisíaca de La dama y el unicornio del Museo de Cluny. Sentía una predilección especial por los pintores prerrafaelitas y simbolistas, así como por artistas como El Bosco y Brueghel. La producción no fue bien calificada, pero los telones diseñados por ella y realizados en tela por López Sevilla se han conservado3,9-11.
En los inicios del siglo XX, las mujeres de Trieste eran reconocidas “por su sofisticación, su cultura, su belleza y su libertad sexual”, características que describen a Fini, quien fue expulsada de varios centros educativos antes de que su madre aceptara su deseo de ser artista. En 1931 se mudó a París y entró en contacto con el grupo surrealista; compartía con ellos su interés por el inconsciente, los sueños y la mujer-niña, tema de varios hombres surrealistas como Max Ernst y André Masson, que también se interesaban por los monstruos mitológicos. En el caso de la mujer-niña, ella le da un giro más ambiguo y multifacético para no encasillarla en una sola categoría moral2.
Se le quiere integrar al grupo de mujeres como Frida Kahlo (1907-1954), Remedios Varo (1908-1963) y Leonora Carrington (1917-2011) con las que comparte algunos temas. Estas artistas mujeres han explorado la sensualidad a través de sus obras, incorporando temas de identidad, feminidad y deseo. Algunas de ellas se inspiraron en sus propias experiencias y cuerpos para desafiar lo establecido por la sociedad. Se le quiere integrar al grupo de mujeres como Frida Kahlo (1907-1954), Remedios Varo (1908-1963) y Leonora Carrington (1917-2011), con las que comparte algunos temas. Estas artistas han explorado la sensualidad a través de sus obras, incorporando temas de identidad, feminidad y deseo. Algunas de ellas se inspiraron en sus propias experiencias y cuerpos para desafiar lo establecido por la sociedad. Con Varo comparte caracteres andróginos y el empleo de colores vivos; en el caso de Carrington comparte la representación de sociedades matriarcales.
En su obra y en sus escritos logra generar placer estético, estimula diferentes sentidos y genera sensaciones placenteras; así, observamos el protagonismo de figuras femeninas poderosas, animales totémicos, híbridos y monstruos ambiguos relacionados con la transformación y la ruptura de los códigos sociales y de género predominantes en la época.
De los monstruos femeninos clásicos están la esfinge, la quimera, las sirenas y las brujas, que eran asociadas con depravación sexual y destrucción; mientras que las niñas se consideran seres inocentes de su potencial sexual, lo que significa pureza, y son fuente de inspiración de los artistas masculinos. La visión surrealista de la mujer fatal atrapa a la víctima masculina inocente quien, seducido por sus artes sensuales, es castrado, y la niña-inocente permanece como inspiración. Estas ideas preconcebidas en lo que respecta al género son construidas por la sociedad y son aprendidas inconscientemente desde el nacimiento, siguen siendo tema de los hombres surrealistas. Estos estereotipos con roles predeterminados que no se ajustan al ser y querer hacer y que limitan el potencial, los rompe Leonor Fini con efigies protectoras y creativas; concibe niñas que pueden ser sensuales y agresivas2.
Su esfinge, a diferencia de la percepción de los autores surrealistas masculinos, la representa como la Gran Diosa Madre y la partenogénesis. Esta Diosa Madre es una deidad antigua de varias culturas, buena, cruel y en algunos casos puede autorreproducirse, y niega las categorías de mujer fatal y mujer-niña. Niega la posibilidad de tener hijos. Esto es posible que se relacione con la intervención quirúrgica por razones médicas -una histerectomía- que se le realizó en 1947. Posterior a esta intervención, ella comentaría: “Estoy contenta de que se me haya realizado esa operación. Me horroriza pensar en tener hijos”2.
Es la primera mujer en pintar un desnudo masculino. En 1942 conoce a Nico Papatakis y lo incluye en sus cuadros en poses en las que los clásicos pintaban a sus musas. No solo lo pinta a él, también a otros hombres, dos de sus amantes de toda la vida, además de varios gatos -Fini era una apasionada de los gatos persas y llegó a tener diecisiete a la vez, que se paseaban por su casa-taller de París-, que también eran sus acompañantes y a los que les dedicó parte de su obra. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando París volvió a ser el epicentro de la moda y los bailes de disfraces, las máscaras, creaciones de Fini, fueron una sensación. El Palazzo Labia de Venecia sirvió de escenario para Le Bal Oriental, en el que Fini fue una sensación disfrazada del Ángel Negro4,12.
Su arte se ha descrito como una mezcla de “erotismo mórbido y macabro”, lo que recientemente le ha dado un nuevo interés en su obra. María Grazia Chiuri empleó la obra de esta artista como inspiración para su colección de primavera verano para la casa Dior.
Fini murió en París en enero de 199612. Su obra ha impreso una huella indeleble no solo en el arte; dejó un legado de originalidad, irreverencia, belleza e independencia, en una vida que no encontró límites y que derribó todas las barreras de la época en la que vivió. Aún ahora sería considerada una mujer transgresora y empoderada que no requirió de hombre alguno para crear un estilo propio y lucir por méritos propios. El alcance de este legado no solo se siente en las artistas jóvenes emergentes; la forma como vivió nos mueve a desafiar y cambiar patrones mentales o creencias preconcebidas que limitan el crecimiento personal y la percepción del mundo.









nova página do texto(beta)





