I
Sin duda, a la “idea del universalismo en el barroco” pertenece también la idea de un saber universal y, sustentándose en ella, la de una ciencia universal, una scientia universalis. Lo desmesurado de una concepción semejante, a la cual le pertenecía la pretensión de poder saber todo,2 afectó también a autores más bien sobrios, de los que sopesan cuidadosamente sus palabras, como es el caso de Descartes: él mismo habla de una catena mirabilis scientiarum. Quien analice con mayor detenimiento las reflexiones metodológicas de sus Regulae ad directionem ingenii, su más temprana obra sistemática (a la cual se dio publicidad tan sólo después de su muerte), comprobará que el carácter iterativo y serial de las operaciones mentales que en ellas se estipulan no puede frenarse por contenido alguno y, por tanto, exhibe a partir de sí mismo una pretensión que tiene el poder de referirse a todo.3 También el maestro de Leibniz en Altdorf, el matemático y filósofo Erhard Weigel, sostiene en su Universi corporis pansophici prodromus4 de 1672, que “las cosas y objetos, en la medida en que estén sometidas a la Enciclopedia, es decir, a la ciencia general de los hombres, que todo lo entrelaza, se despliegan en sagrada procesión, como en un teatro de contemplaciones”, para darles un orden racional y aprehenderlas en una multiforme y polícroma presentación, de cierta forma escénica, respecto a todas las partes que la constituyen.
La tensión fundamental expresada aquí y también en otros muchos escritos entre concepción interior y presentación exterior, entre una constitución íntima-mental del saber y una exposición externa-concreta de lo sabido o de los objetos del saber pertenece a las signaturas más sorprendentes de la época que designamos con el nombre de barroco y que podemos comprobar también en otras formas del saber y, sobre todo, de las artes. Jamás se ha reflexionado seriamente sobre el saber universal sin que haya habido una referencia a su representación eidética, a causa del horizonte infinito al que, en este caso, se apuntaba con toda seriedad. Por ello es que, por una parte, se manifestó con una gran fuerza, en un sentido muy general, la necesidad de “imagines”o “emblemata” del saber que fueran compendiadores e icónicos; por otra parte, también por esa misma razón fue tan convincente la comprensión de la necesidad de la complementación recíproca de los criterios de orden inteligibles y sensibles, pero esta vez en un sentido enteramente específico y metódico-reflexivo; de allí la necesidad de los índices, los topoi, las tabulaciones y las matrices.5
II
Si hablamos del saber universal o de una ciencia universal es significativo tener ante los ojos las siguientes diferencias fundamentales: ya desde la filosofía de la antigüedad clásica, desde Platón y Aristóteles, se diferencian dos formas fundamentales del saber que, en lo que sigue, desearía designar como saber intuitivo y proposicional. Al saber intuitivo le corresponde el concepto griego σοφία, en latín sapientia y en alemán sabiduría (Weisheit), aunque la confluencia de cosas es muy grande como para resultar en connotaciones adicionales; al saber proposicional, en cambio, le corresponde el concepto ἐπιστήμη, scientia/ratio y ciencia (Wissenschaft).
Como toda aclaración de conceptos, lo anterior suena a primera vista bastante trivial. No obstante, avancemos un poco más, aunque a grandes pasos (se trata aquí sólo de diferencias fundamentales): el saber intuitivo se define precisamente por el hecho de que no es proposicional y, por tanto, no se puede pensar y expresar en la forma de un pensamiento al que, en cuanto tal, le corresponde a su vez la forma externa de una proposición (o de un ensamblaje de proposiciones mutuamente relacionadas, es decir, un razonamiento). A la inversa, el saber proposicional se define por el hecho de que no es intuitivo, por tanto, no se da de inmediato, por medio de un mirar absolutamente simple, un contacto o un fenómeno evidente.
En el horizonte del saber intuitivo está incluido todo aquello cuyo ser está determinado (enfáticamente) por su ser-un-uno, por lo que en la Edad Media se denominaba su carácter incomunicable y supositivo.6 En cambio, del horizonte del saber proposicional, que es propio de la scientia y en consecuencia de los scibilia, se encuentra estrictamente excluido todo aquello que es algo simple sin más o plural (Vieles) sin más.7 Por el contrario, se incluye en él todo lo que es un ente, todo lo que es en un sentido no-enfático, todo lo que está determinado como ente por medio de factores constitutivos, los cuales pueden comprenderse en una definición nominal. Los primeros (a saber lo simple o lo plural sin más) forman, por decirlo de alguna manera, los puntos de referencia o las marcas fronterizas más allá de las cuales el saber no puede avanzar. No obstante, se tendría que decir más precisamente: lo que en el horizonte del saber remite a lo simple sin más o lo plural sin más es el límite, en la medida en que se tenga que saber aún algo del límite para hablar de él. En esa medida, por tanto, está incluido un saber en la forma de proposiciones sobre lo uno y sobre lo puramente plural-indeterminado -por ejemplo, la materia-, aunque en un sentido impropio. En consecuencia, para denominar más precisamente las marcas fronterizas, se puede decir (y esto se ha hecho en la tradición metafísica) que el objeto del saber intuitivo, en la medida en que se sepa algo en él, es lo que se denomina de manera sumamente problemática lo uno; asimismo, puede decirse que el “objeto” del saber intuitivo es lo indeterminado (indefinite), lo plural, la materia, el no-ente, en la medida en que uno pueda toparse en el saber con algo que en sí mismo no es susceptible de saberse y, en consecuencia, que sea también no-objetivo sin más. Lo uno -entendido, quizá, como lo uno de la tradición pitagórica, el bien de Platón, lo uno de los neoplatónicos, el Dios de los cristianos- y lo plural -como la dualidad indeterminada (ἀόριστος δυάς), la materia, la nada- no son scibilia.
Mencionar brevemente aquí estas cuestiones, que son conocidas, tiene el siguiente fundamento: si todo lo que es consiste en una determinada complexión de unidad y pluralidad, se sigue que en todo lo que es está también incluido lo que no es susceptible de saber. O, si lo formulamos de otra manera: el saber proposicional y científico, ya sea que se trate del saber teórico o práctico, sabe simplemente sólo de sí mismo, en la medida en que siempre está mediado consigo mismo. Jamás sale del dominio de lo general-categorial, de la mera definición nominal, hacia lo que es o bien hiper o bien subcategorial; ni 1. hacia lo que se encuentra más allá del ente, como Dios, en un sentido positivo-trascendente, ni tampoco 2. hacia lo que se encuentra más allá del ente, como la nada, la materia, lo puramente plural, en un sentido negativo-trascendente, así como tampoco (y ahora viene lo importante para nuestra división fundamental) 3. hacia lo que se encuentra más allá del ente individual, como a) la unidad del ente individual o b) la multiplicidad/materia del ente individual, en un sentido no trascendente. La sabiduría contacta o dirige la mirada a -en un sentido no-sapiente- lo absolutamente uno, lo absolutamente plural y el ser absoluto del ser individual. La ciencia comprende, concibe, define en un saber sapiente el horizonte total del ente complejo que ella articula de acuerdo con estructuras categoriales.
Naturalmente, también desde Platón y Aristóteles se ha sostenido -y se encuentran meditaciones comparables, por ejemplo, en las reflexiones sobre el estatus de los praecognita alrededor de 1600-,8 que el saber intuitivo, no-proposicional en torno a las verdades incomplejas y complejas o, para decirlo con el Estagirita, los axiomas, forma la base irreducible para las operaciones discursivas y cognitivas.
Si nos abocamos al dominio de la scientia universalis como modelo de la idea universalista tardorrenacentista y barroca, podemos constatar rápidamente lo siguiente: esta ciencia universal se entiende como un saber proposicional que se despliega o, secundum intentionem propiam, debe desplegarse9 en la plena amplitud de sus posibilidades científicas. Esta amplitud (latitudo entium) abarca, de acuerdo con el sistema categorial que en cada caso se ponga como base, desde lo más general y más extenso hasta lo más especial y más pobre en extensión, por tanto, conforme a la línea praedicamentalis de Porfirio, desde el genus generalissimum (γένος γενικώτατον), hasta la species speciallissima (εἶδος);10 o desde la sustancia universal a la sustancia individual y singular, conforme a la tradición aristotélica-escolástica.11 O también dicha amplitud abarca, por el hecho de que incluye en sí misma, todas las disciplinas del saber, todo ente en general, ya sea que se trate del ente dividido lógico-categorialmente o que se lo reúna y registre empíricamente. En esta última determinación, la de las cosas mismas, limita la teoría del saber universal de manera inmediata con la praxis de las colecciones de la modernidad temprana.12 Mientras esta última pone ante los ojos interesados las cosas mismas en una combinación individual y en cada caso única, alcanza la primera exclusivamente (siempre que lo quiera) definiciones nominales, es decir, definiciones que recogen el contenido conceptual de un objeto (sujeto o sustancia) de la forma más completa posible, aunque no pueda descubrir la posibilidad real o la realidad efectiva de ese objeto.
III
Para clarificar esta situación desearía formular una tesis: el siglo XVI le transmitió al siglo XVII, que en sentido propio es el siglo de la ejecución racionalizada del saber, la conciencia del poder del saber y ciertamente de un poder que está determinado, en lo esencial, de manera extensional y se refiere a la extensión (Umfang) del saber. El siglo XVII añadirá a ello intensas reflexiones sobre el -si se me permite decirlo así- poder intensional del saber,13 reflexiones por un lado sobre la cuestión de qué es precisamente lo que es sabido del saber desde el punto de vista del contenido y, por el otro, acerca de cómo se pueden en general formar enunciados que tengan vigencia, independientemente de la extensionalidad de su contenido objetivo, por siempre y de manera necesaria, y más profundamente aun, cómo se puede hablar contra un giro escéptico ampliamente extendido de un saber en general en un sentido fuerte.14 Para ello devino necesario descomponer, en cierto modo, en sus estructuras atómicas los componentes mínimos de los enunciados que formulan el saber, es decir, de los conceptos, los juicios y los razonamientos, las clásicas operationes mentales. Dicho requisito puede estudiarse paradigmáticamente, por ejemplo, en el archiconocido enunciado “existo” de Descartes15 o en el análisis proposicional que nos legó Leibniz.16
Así pues, tratándose del saber universal, tenemos que diferenciar entre un aspecto extensional y otro intensional. Al primero lo denominaré también el aspecto enciclopédico y representacional, mientras que al segundo lo llamaré el aspecto filosófico y cognoscitivo en sentido propio. Los proyectos de saber universal, cosa que avizoramos ahora, se relacionan no sólo inicialmente, es decir, desde Ramón Llull y las tópicas humanistas, sino también en continuidad con ello, hasta llegar a Weigel o Leibniz, en lo esencial con el primer caso, el del aspecto extensional en el discurso sobre el saber. Por una parte, dichos proyectos se basan explícitamente en intelecciones fundamentales (Grundeinsichten) previamente efectuadas de manera necesaria, las cuales ellos mismos ya no pueden legitimar, es decir, en axiomata o praecognita y, por otra parte, remiten a intelecciones que han de efectuarse en el futuro, a las cuales les asignan su lugar, en cierto modo loci scientifici, de manera análoga a los loci theologici, por medio de una forma que les es peculiar, a saber, la compartimentación tópica-inventiva de un envolvente horizonte de dominios del saber y, sobre todo, por medio de la transposición instrumentalizadora de criterios lógicos-formales dentro de esta compartimentación. La fuerza prescriptiva de esta asignación se debe a la universalidad de los criterios de división y clasificación. Así pues, las teorías del saber universal no producen precisamente saber alguno en el sentido de un saber acerca de cosas o estados de cosas individuales; antes bien, lo que hacen es exponer una vez más la reflexión del saber y de la ejecución cognoscitiva en cuanto tal, organizada por medio de la reflexión sobre sí misma. No en vano había hablado Ramón Llull, el fundador catalán de un omniabarcante arte del saber, de un ars artium, en una forma que incluso indicaba lingüísticamente esta reflexión por medio de una duplicación. Una forma del saber que tiene particularmente como objeto la extensión del saber y que instala esta extensión como totalidad de lo susceptible de saberse en general, en nítida diferenciación con los principios escépticos-resignativos, sienta fuertes presuposiciones, que son las siguientes:
1) La estructura del ente muestra un orden que pre-cursa cada acto epistémico, determinándolo. Este orden consta de un ensamblaje que, pensado concéntricamente, está constituido por diversos órdenes individuales: el orden de las cosas (o del ente), del intelecto (o del pensar) y del recuerdo (o del recordar).17 La espejabilidad recíproca está garantizada por medio de un -como me gustaría denominarlo- factum absoluto: el factum de que hay un orden de todos los órdenes, paradigmático y universalmente obligatorio, en el intelecto de Dios.
Naturalmente, lo anterior es una configuración antigua y ya familiar desde la sistematización de Platón, llevada a cabo por el platonismo medio y que arrastró consigo algunos aspectos platónicos del pensamiento aristotélico: una forma de ser arquetípica y ectípica para todas las cosas, una en el mundo inteligible y otra en el mundo sensible. A ello se añadía, incluso ya en la tradición antigua, una tercera magnitud: la producida por el hombre mismo, ya sea de forma mental o material, la cual luego, en el siglo XVII, recibió la designación de forma de ser antitípica de las cosas. La encontramos, por ejemplo, en Johannes Amos Comenius, en su obra Philosophiae prodromus et conatuum pansophicorum dilucidatio.18 En este caso, yace en la base una estricta exigencia de homogeneidad: o bien los principios formales de las cosas, sus principios y elementos estructurales en cuanto tales, lo que en griego se denominaba λόγοι o στοιχεῖα y en latín rationes rerum o elementa, tienen que ser idénticos en todas estas formas de ser y (en correspondencia también con el principio nominalista de la parsimonia naturae) tienen que reducirse al menor número posible,19 o bien, si se dirige la mirada hacia la concepción tan ambiciosa de Leibniz, tanto desde un punto de vista filosófico como formal, las relaciones entre los signos que desarrollamos de una manera libre para las cosas y las cosas en cuanto tales tienen, al menos, que conservar una igualdad, asimismo, tienen que poder ser introducidas dentro de cálculos y, por ese medio, conformar un inconmovible “fundamentum veritatis”.20 Por tanto, en todo caso fue determinante para el desarrollo de los siglos XVI y XVII esta reconexión de la ciencia universal: para el caso se puede rescatar un pasaje de las Dialecticae institutiones de Petrus Ramus a manera de sentencia: “conjunctio artium omnium et ad Deum relatio”.21
2) A la esencia del hombre, a su dignidad (dignitas), le pertenece el poder e incluso, si se introduce un criterio deontológico fundado teológicamente, el deber de relacionarse fundamentalmente de una manera cognoscitiva-sapiente con el ente en su conjunto: en efecto, sólo cumpliendo el hombre con esta exigencia es en primer lugar conocido el ente tal como es en sí y para sí, como aquello que sigue la ley del mundus propter hominem (en su versión originariamente estoica y luego cristiana); en segundo lugar, inversamente, sólo así es conocido realmente el ser del hombre, que consiste precisamente en ser el centro mediador del ente que se le enfrenta.22 Cuando, por ejemplo, dice Leibniz: “la sabiduría es el saber (o la ciencia) de la felicidad (de la bienaventuranza)” y la meta de la actividad de todas nuestras facultades es precisamente un estado lo más duradero posible de vida bienaventurada (bene vivere), precisamente porque se le ha asegurado por medio de estrategias racionales, sólo entonces la scientia generalis, como núcleo de una enciclopedia a ser realizada y que habrá de contener un saber afianzado y de fácil acceso, puede constituirse en la meta por excelencia de las intenciones humanas.23 En ella se encuentra su perfección (perfectio).
3) El dominio objetivo del saber es un dominio cerrado en sí mismo, es decir, lo que se designaba desde la Antigüedad como un mundo, como una pluralidad en sí misma bien ordenada, como un cosmos: los postulados de infinitud estricta, como fueron posibles desde Giordano Bruno, se encuentran en oposición explícita con una teoría que sostiene la realizabilidad de un saber universal. Incluso se puede decir: cuanto más abierto, inacabado y precario amenazó con devenir el horizonte de la experiencia humana y del saber humano, tanto mayor devino la necesidad de oponer a este proceso la figura, para decirlo con Parménides, “bien redondeada” de un acervo ontológico acabado y un correspondiente capital de saber, asegurado por medio de la referencia a un mundo arquetípico e ideal,24 y tanto más frecuentemente fue interpretado el saber lo más universal posible dentro de la historia de la salvación, como compensación por la pérdida del saber del mundo originario, en alusión más que nítida a la naturaleza caída del hombre, deficitaria en statu isto, pero en sí misma perfecta.25 Tan sólo cuando se renuncia a la referencia viva a un mundo inteligible y unitario en sí mismo, decae también, junto con las presuposiciones especulativas de carácter metafísico-teológico, el postulado de la clausura: hace su entrada entonces la sobria figura sustentada en sí misma de la enciclopedia, como la desarrollada sobre todo en Francia, con una forma de presentación inventariada, que sólo pretende administrar el saber y que está organizada a partir de lemas, abierta por encima de los índices y permanentemente susceptible de enriquecimiento.26
4) En cambio, entre otras cosas, para poder quitarle alas a los argumentos escépticos, se introducen postulados de infinitud relativa, por ejemplo, en la forma según la cual para nosotros (quoad nos), para el saber humano en consecuencia, una división completa y sistemática de los datos intramundanos puede o tiene que ser un proceso ciertamente infinito, dado que se pueden mostrar con ayuda de los nuevos instrumentos científicos, el telescopio y el microscopio, sencillamente las inagotables posibilidades de mejorar tanto el ancho como la profundidad de campo.27 Rigen en este caso los siguientes principios: 1. las cosas o el ser son la medida de los pensamientos, en otras palabras: hay un ser objetivo, inteligible por sí mismo, 2. las cosas finitas, es decir, el ser finito no está indeterminado en sí mismo, aunque sea contingente sin más, sino que, para decirlo con Leibniz,28 se puede pensar como una fracción siempre infinita de la unidad del ser no contingente; sólo “para nosotros” (quoad nos), sobre la base de su complejidad, contingencia y fenomenalidad, se muestra como algo deficitario, perecedero, opaco respecto al pensamiento; para sí es la realización fáctica de una infinita proposición analítica; 3. “no está permitido sobrepasar” las fuerzas del hombre,29 ni en el intento del análisis del ente individual ni en la comprensión de la totalidad de lo susceptible de saberse.
Estos argumentos recurren, por un lado, una y otra vez a un modelo de ignorancia reflexionada y no resignada, como lo ha desarrollado de modo paradigmático e influyente desde el punto de vista de la historia efectual Nicolás de Cusa en su primer escrito mayor, De docta ignorantia, pero también en el tratado concebido un poco después (y en parte simultáneamente) De coniecturis o Sobre las conjeturas. El saber conoce acerca de su inevitable inexactitud pero, al mismo tiempo, sabe acerca de que precisamente es esta imprecisión, que ha de sostenerse y hacerse nítida, la que posibilita que se mantenga la pretensión de un saber preciso allí donde no se trata de la exactitud última o de la verdad absoluta.
Por otro lado, en el sentido de un cálculo, se reflexiona sobre la cuestión acerca de qué es lo que pueden proporcionar la abstracción, reducción y formalización metódica, que se introducen, en cierto modo, con ayuda de una lógica del saber universal, en relación con el problema que resulta de la oposición infinitud del contenido del saber-finitud de la facultad cognoscitiva (proposicional).30 Si vale que no todo lo que es posible saber o se muestra como digno de saber para los hombres también puede (tiene que) ser conocido por cada hombre individual,31 ocurre que la ciencia universal presentada como enciclopedia puede ser concebida legítimamente como un compendio, como un epítome, como una abreviación de lo susceptible de saberse, la cual exhibe funciones pragmáticas y, en consecuencia, orientativas y sustentadoras de la praxis.32 Conforme a una analogía del dominio exacto del saber matemático-aritmético, puede decirse: “el mayor auxilio del espíritu consistiría en el hallazgo de unos pocos pensamientos (cogitationes), a partir de los cuales puedan resultar otros infinitos pensamientos de manera ordenada, como de la admisión de unos pocos números, del uno al diez, pueden derivarse todos los números de una manera ordenada”.33
5) Si son válidas las tesis 1 a 4, no carece entonces de fundamento concebir una idea de la ciencia que deba alcanzar su pretendida universalidad, a pesar de una clara comprensión de las limitadas capacidades de la naturaleza humana, por medio de métodos combinatorios y reductivos-algorítmicos y que posea inequívocamente un direccionamiento34 pedagógico y reformador: ya sea que se busque esta meta por medio del saber circular (Ramón Llull, Cornelio Gemma),35 por medio del método dicotómico, orientado en la diáresis (Petrus Ramus y el ramismo),36 por medio de la alfabetización y la característica universal (Ramón Llull, Dalgarno, Wilkinson, Johann Heinrich Bisterfeld, Gottfried Wilhelm Leibniz) o, en el último nivel de la formalización, por medio de la algoritmetización y la lógica binaria (Leibniz).37 Esta circunstancia conduce a una homogenización del entero campo del saber y nivela así, incluso al instaurar una tendencia, la tradicional jerarquía de las disciplinas del saber, orientada en términos de los objetos del saber, si bien, en primera instancia, se mantuvo un “orden” (rangées par ordre) de las ciencias dentro del cuerpo total de la enciclopedia o la ciencia universal, por medio de criterios de simplicidad (perseidad, evidencia) y complejidad.38
Por homogenización entiendo lo siguiente: la scientia generalis eleva su pretensión de universalidad precisamente por el hecho de que contiene los principios y, sit venia verbo, las instrucciones de su uso para todas las otras ciencias sin excepción.39 Así pues, ella misma tiene la investidura en el sentido de de omni scibile sólo por intermedio de esta presencia que obra de manera prescriptiva en todas las restantes formas del saber. O a la inversa: en todas las ciencias, desde la teología hasta la enología, cooperan de forma constitutiva principios que no pertenecen a dichas ciencias en cuanto tales.
Si esta pretensión de universalidad valió primeramente para la metafísica en el sentido de la metaphysica generalis, pues la pregunta por el ente, el ser de este ente, por su categorialidad, etcétera tenía vigencia también para el ente analizado en un aspecto específico (física, biología, política, teología), se transfiere ahora dicha pretensión, paso a paso, hacia la scientia generalis, si es que se quieren seguir las intenciones de la ciencia universal.40
En calidad de ciencia rectora del siglo XVII se destacó, de manera cada vez más intensa, el discurso metodológico, y es tan sólo una consecuencia de ello que la ciencia universal en cuanto tal, que se sustenta en dicho discurso y también en los praecognita y methodica elaborados en virtud de él, haya planteado la pretensión de ser una ciencia rectora. Por medio de la homogenización deben alcanzarse las siguientes metas: facilidad, celeridad, comprensividad en la adquisición del saber y del recuerdo de lo sabido; todos estos requisitos son argumentos fundamentales que ya acompañaban la autocomprensión y la difusión del arte llulliano.41
IV
En las reflexiones acerca del saber universal que se han promovido de manera intensiva por un espacio de tiempo no poco significativo, a saber, desde comienzos del siglo XVI hacia fines del siglo XVII, se refleja, según mi opinión, de una manera particular un estado de cosas enteramente general que constituyó la conditio humana de la modernidad temprana: la vida humana, sobre todo la de los espíritus sensibles, de una forma no desemejante a las experiencias conocidas de la antigüedad tardía, fue repelida hacia sí misma o se replegó, reflexionó, sobre sí misma de modo enteramente particular a causa de las sobrecargas; se comienza a contemplar el mundo de una manera cada vez más intensiva, por el hecho de que se medita acerca de cómo el mundo se abre en general a los hombres. Y así como se tematiza el ver en cuanto tal y se reflexiona acerca de la perspectiva y el análisis diferenciado de los fenómenos de luz y color, así también se tematiza el pensar en cuanto tal y se reflexiona acerca de la teoría de la conciencia y la irrebasable experiencia de sí mismo; del mismo modo se tematiza el experimentar en cuanto tal y se reflexiona acerca de la metodología del experimento y la descripción, finalmente, se tematiza también, el saber en cuanto tal y se reflexiona acerca de los sistemas de saber universal.42
Todas estas reflexiones exponen una racionalización y un afianzamiento abarcadores respecto a la existencia humana, en un mundo desconcertado por el cambio, las transformaciones y los descubrimientos: piénsese en el catastrófico cisma religioso, en el descentramiento del mundo, en la ampliación explosiva del mundo experimentable, en la reordenación de los grandes Estados territoriales. Los resultados de estas reflexiones se ponen al servicio de los intentos de escenificación, de cifrado o codificación de una realidad que, contra y junto con la realidad efectivamente dada, es generada enfáticamente por los hombres mismos como la suya propia (arquitectura, pintura, urbanismo).
Para concluir, apunto las siguientes reflexiones: si la realidad se representa como un todo en su complejidad, del modo en que ocurre en la pintura con los objetos construidos según las leyes de la anamorfosis (traigo a la memoria la famosa calavera de Holbein), el optimismo que alcanza en la figura de Leibniz su impronta más potentemente lograda, desde el punto de vista de su concepción, consiste precisamente en la admisión de que la razón podrá exhibir para cada aspecto de la realidad, por distorsionado que esté, una ley de construcción racional, del mismo modo en que está presente en la codificación anamórfica.43 En este sentido, la ciencia es un proceso de rectificación que precisamente puede o tiene que conducir a actitudes contraintuitivas; por consiguiente, así podríamos concluir: la ciencia universal constituye un intento de rectificación universal. Esta consideración vale al menos si se comparan los límpidos órdenes clasificatorios hallados en las incontables representaciones tabulares, en las superficies proyectivas artificiales del espíritu, con la desordenada realidad en la que de hecho se encontraba la totalidad de todas las disciplinas. Si nos pudiésemos instalar en el foco mismo del sistema de la ciencia universal, es decir, en la posición desde la cual proceden todas las diferenciaciones y en la que, por tanto, se encuentra depositada la ley originaria de la diferenciación misma -Platón diría el saber acerca del arte con el cual la dialéctica secciona los puntos de articulación-, se podría dirigir la mirada, atravesando todas las divisiones intermedias, hacia el fundamento de las disciplinas particulares precipitadas dicotómicamente, como si se dirigiese hacia el suelo de la realidad, tal como ella sola puede exponerse para el saber.










nueva página del texto (beta)


