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Revista de historia de América

versión On-line ISSN 2663-371X

Rev. hist. Am.  no.171 Cuidad de México may./ago. 2025  Epub 09-Ene-2026

https://doi.org/10.35424/rha.171.2025.5975 

Reseñas

Peter Waldman, Oligarquía en América Latina. Redes familiares dominantes en el siglo XIX e inicios del XX

1Universidad de Colima, Colima, México. Correo electrónico: fm@ucol.mx.

Waldman, Peter. Oligarquía en América Latina. Redes familiares dominantes en el siglo XIX e inicios del XX. Madrid: Iberoamericana, 2023. 233 ppp.


Peter Waldmann es profesor emérito de Sociología de la Universidad de Augsburgo, Alemania. Nacido en Meiningen, Thüringen, en 1937. Cursó los estudios de Derecho y Ciencias Sociales, sus áreas de investigación son: América Latina (principalmente Argentina, Bolivia y Colombia), regímenes autoritarios, minorías étnicas, movimientos guerrilleros y terrorismo, anomia y marginalidad social.1

En su obra Oligarquía en América Latina. Redes familiares dominantes en el siglo xix e inicios del xx (2023), ofrece un estudio histórico-sociológico de enorme profundidad sobre la persistencia y transformación de las élites familiares en América Latina durante los períodos postindependentistas. Desde un enfoque comparativo que abarca los casos de México, Argentina, Chile y Brasil, el autor construye una narración meticulosa sobre cómo las viejas estructuras coloniales se reciclaron en nuevas formas de dominación que, sin abandonar del todo el legado del antiguo régimen, supieron adaptarse al orden republicano.

Lo que Waldmann plantea, no es simplemente una crónica de familias poderosas, sino una explicación estructural de las condiciones que permitieron la continuidad de sus privilegios en contextos de cambio político aparente. Esta obra se presenta como una contribución relevante a los estudios sobre las élites latinoamericanas, permitiendo trazar genealogías de poder y esquemas de reproducción social que tienen resonancias en los debates contemporáneos sobre desigualdad, democracia y desarrollo.

El marco teórico desde el cual Waldmann construye su investigación, está anclado en la teoría del patrimonialismo weberiano, el autor describe cómo el poder en las sociedades latinoamericanas del siglo xix no se organizó según un modelo racional-burocrático, sino que continuó articulándose mediante relaciones personales, con una fusión entre lo público y lo privado, lo estatal y lo doméstico. En este sentido, las élites criollas que sucedieron a los poderes coloniales no solo heredaron la propiedad de la tierra y la preeminencia social, sino que mantuvieron la capacidad de tratar al Estado como una extensión de su patrimonio. Este modelo explicativo, lejos de ser meramente formal, permite entender por qué las instituciones republicanas resultaron tan frágiles en sus primeros años y, por qué, a pesar de los discursos igualitaristas y modernizadores, la desigualdad estructural se perpetuó.

Un elemento clave en la obra es el uso del concepto de “red familiar” como unidad analítica fundamental, puesto que Waldmann no analiza a las élites como individuos aislados, sino como parte de entramados densos de relaciones de parentesco, alianzas matrimoniales, clientelismo y control patrimonial. A través de estos vínculos, las familias oligárquicas pudieron consolidar su influencia y proyectarla en el tiempo, generando mecanismos eficaces de reproducción del poder. Este enfoque retoma y amplía los aportes de autores como Doréen Balmori y Dennis Gilbert, quienes han trabajado sobre la centralidad de la familia en la configuración del poder latinoamericano. No obstante, Waldmann se distingue al incorporar una perspectiva comparada que incluye al caso brasileño, a menudo marginado en estos debates, y al subrayar las diferencias regionales incluso dentro de cada país.

Una observación crítica adicional que merece ser destacada es la ausencia de representaciones visuales en el libro, particularmente gráficos o diagramas de redes sociales, que hubieran contribuido a una mejor comprensión de la complejidad relacional descrita a lo largo de la obra. Dado que uno de los ejes centrales del análisis radica en la configuración y permanencia de redes familiares de poder, la inclusión de esquemas gráficos -como árboles genealógicos, mapas relacionales o matrices de vínculos interpersonales- habría facilitado la visualización de las conexiones entre actores, familias e instituciones, especialmente para lectores menos familiarizados con la lógica del análisis tanto de redes como prosopográfico. En un contexto académico cada vez más habituado al uso de herramientas digitales para el estudio de redes sociales, esta carencia constituye una oportunidad desaprovechada que habría enriquecido metodológicamente el enfoque cualitativo del autor, sin restar densidad teórica a sus planteamientos.

A su vez, el método comparativo utilizado por Waldmann, permite articular una tipología de configuraciones oligárquicas, lo que resulta de gran utilidad para evitar generalizaciones que muchas veces empobrecen los estudios sobre las élites. La comparación entre México, Argentina, Chile y Brasil revela la existencia de elementos comunes, como el uso estratégico del parentesco o la apropiación del aparato estatal, y también nos hace notar la diversidad de trayectorias según contextos históricos y políticos específicos. En México, la incapacidad de las élites para consolidar un proyecto nacional tras la independencia, derivó en una fragmentación prolongada del poder. En Argentina, la hegemonía rural de los estancieros generó un orden violento, sostenido por el clientelismo y el poder de los caudillos. En Chile, por el contrario, la oligarquía logró estabilizar un sistema autoritario centralizado, mientras que, en Brasil la monarquía permitió una transición más gradual, aunque también condicionada por la dependencia respecto del latifundismo esclavista.

Waldmann recurre también a una metodología basada en el análisis cualitativo de fuentes primarias, incluyendo documentos familiares, testamentos y correspondencia privada. Este trabajo minucioso le permite reconstruir genealogías, y establecer las formas concretas en que las élites operaron en aquel tiempo. A diferencia de estudios más centrados en las estructuras institucionales o en las trayectorias políticas individuales, este enfoque privilegia la continuidad de las redes familiares como actores históricos con capacidad de agenciar, resistir y adaptarse. En ese sentido, el libro se aleja de lecturas que interpretan las independencias como quiebre radical y propone, más bien, una visión de reconfiguración de las jerarquías sociales, en la cual las viejas élites transformaron sus mecanismos de legitimación, pero no su posición dominante. Esta idea de continuidad es desarrollada con particular eficacia en el análisis de los mecanismos de adaptación de las élites tras las guerras de independencia. Waldmann demuestra que en ningún caso estas guerras supusieron la ruptura del orden social heredado, por el contrario, las élites supieron reconvertirse, ya fuera aliándose con los nuevos poderes republicanos o reforzando su control sobre economías regionales.

El ejemplo de Chile es paradigmático: la oligarquía aceptó el autoritarismo portaliano porque ofrecía garantías para la protección de sus intereses económicos. En Argentina, el liderazgo de Rosas no puede entenderse sin el respaldo de los estancieros, quienes encontraron en el orden ruralizado una vía para consolidar su hegemonía. En México, la debilidad del Estado permitió a caciques regionales perpetuar el poder familiar mediante alianzas estratégicas con actores militares y eclesiásticos. En todos estos casos, lo que se observa no es un colapso del antiguo régimen, sino una mutación funcional del mismo.

A partir del último tercio del siglo xix, Waldmann identifica lo que denomina la “belle époque” oligárquica, caracterizada por la consolidación del poder de las élites en un contexto de modernización desigual. Durante este periodo, las clases dominantes de América Latina vivieron una etapa de esplendor económico, político y simbólico, sostenido por el auge de las exportaciones agropecuarias y la atracción de capitales extranjeros. Sin embargo, esta modernización no implicó una apertura democrática ni una inclusión de las mayorías sociales; por el contrario, las élites construyeron un orden excluyente, legitimado por una estética europeizante, una retórica civilizatoria y un aparato legal que garantizaba la continuidad del privilegio. La arquitectura monumental, la inversión en sistemas educativos reservados a las clases altas, el fomento del consumo suntuario y la emulación de modelos culturales europeos fueron dispositivos que consolidaron una identidad oligárquica transnacional; Waldmann ilustra cómo estos elementos se convirtieron en marcadores de estatus, en códigos compartidos por las élites de distintos países, que permitían su autorreconocimiento y diferenciación respecto del resto de la sociedad. Al mismo tiempo, la consolidación de este ethos aristocrático se apoyó en estructuras de exclusión política y represión social, como lo demuestran el Porfiriato mexicano, el régimen conservador chileno o la oligarquía liberal argentina.

El autor sostiene que este proceso no solo fue eficaz en términos de dominación, sino que también configuró un imaginario colectivo sobre lo que debía ser el progreso y la civilización. Esta construcción simbólica de la modernidad sirvió para justificar la marginación de los pueblos originarios, los afrodescendientes y los sectores populares, considerados ajenos a la nación ilustrada que las élites pretendían representar. Así, se consolidó un modelo de desarrollo profundamente excluyente, basado en la explotación de recursos naturales, la precarización del trabajo y la subordinación externa. La crítica de Waldmann a este modelo es sutil, pero firme: al privilegiar una modernización elitista, las oligarquías latinoamericanas sentaron las bases de una desigualdad estructural que aún hoy condiciona los procesos democráticos y económicos de la región.

En términos de sus contribuciones al campo de estudio, la obra de Waldmann se destaca por su capacidad para integrar de manera orgánica enfoques históricos, sociológicos y politológicos. Su principal aporte radica en mostrar cómo las estructuras familiares y los patrones de reproducción social operaron como factores de continuidad en contextos de cambio político. Este análisis, que combina el estudio de casos con una reflexión teórica amplia, permite una lectura matizada y crítica de los procesos de modernización latinoamericanos. Asimismo, la inclusión del caso brasileño en el marco comparativo otorga una densidad analítica poco común, abriendo nuevas líneas de investigación sobre la diversidad de trayectorias oligárquicas en la región.

No obstante, la obra no está exenta de limitaciones. Una de las más evidentes es su énfasis en los sectores dominantes, lo que deja escaso espacio para la agencia de los actores subalternos. Si bien se comprende que el foco del libro son las élites, una inclusión más decidida de las resistencias populares, de las formas de organización indígena, o de las dinámicas del campesinado habría enriquecido la comprensión del poder como relación social y no solo como atributo de ciertos grupos. Del mismo modo, aunque Waldmann se distancia de las explicaciones economicistas propias de la teoría de la dependencia, su insistencia en la responsabilidad de las élites puede llevar a una forma de determinismo elitista que minimiza la incidencia de factores estructurales como el imperialismo, las transformaciones tecnológicas o las políticas globales del capital.

Otra limitación relevante es la ausencia de Centroamérica en el análisis; si bien, la elección de los casos está justificada por criterios de representatividad y disponibilidad de fuentes, resulta llamativa la omisión de países como Guatemala o El Salvador, donde las oligarquías cumplieron un papel decisivo en la conformación de Estados excluyentes y, en el ejercicio de una violencia estructural de largo aliento. Incluir estos casos podría haber fortalecido la dimensión comparativa del estudio, permitiendo observar no solo convergencias, sino también las particularidades de las trayectorias oligárquicas en contextos de menor escala y con dinámicas históricas diferenciadas.

A pesar de estas observaciones, “Oligarquía en América Latina” es una obra fundamental para quienes investigan la historia social y política de la región. Su claridad expositiva, el rigor en el manejo de las fuentes y la solidez de sus argumentos la convierten en una lectura obligada para historiadores, sociólogos, cientistas políticos y estudiosos del desarrollo. Más allá de sus hallazgos empíricos, el libro invita a reflexionar sobre la persistencia de formas de poder heredadas, sobre las continuidades que atraviesan los procesos democráticos y sobre los desafíos que implica construir una ciudadanía inclusiva en sociedades marcadas por profundas desigualdades.

En suma, Peter Waldmann nos ofrece una obra que trasciende el análisis del pasado para iluminar las estructuras del presente. Al mostrarnos cómo las élites latinoamericanas moldearon los Estados a su imagen y semejanza, el autor nos interpela sobre las posibilidades de transformación social en contextos donde el poder sigue concentrado en manos de unos pocos. Su trabajo, aunque centrado en el siglo xix y los albores del xx, conserva una actualidad inquietante, y se inscribe con justicia en el canon de los estudios críticos sobre América Latina.

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