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Revista de historia de América

versión On-line ISSN 2663-371X

Rev. hist. Am.  no.171 Cuidad de México may./ago. 2025  Epub 09-Ene-2026

https://doi.org/10.35424/rha.171.2025.5952 

Artículos

Entre el duelo y la devoción. Conmemoraciones públicas e identidad regional en la Antioquia del siglo XIX en Colombia

Between Mourning and Devotion. Public Commemorations and Regional Identity in Nineteenth-Century Antioquia, Colombia

David Barrios Giraldo1 
http://orcid.org/0009-0006-8046-0737

1Mount Royal University, Calgary, Alberta, Canadá. Correo electrónico:dbarriosgiraldo@mtroyal.ca.


Resumen

El objetivo principal del artículo es analizar cómo las élites conservadoras de Antioquia utilizaron rituales cívicos y conmemoraciones públicas para legitimar su poder político, construir una identidad regional cohesionada y desafiar las narrativas centralistas y liberales dominantes en la segunda mitad del siglo xix. Esto se enmarca en un esfuerzo por comprender el papel de las prácticas culturales y simbólicas en la formación del Estado en América Latina, especialmente en Colombia. El artículo combina un enfoque cualitativo e interdisciplinario para examinar eventos clave, como el funeral de Pedro Justo Berrío y la cápsula del tiempo del bicentenario de Medellín, en 1875. A partir del análisis de fuentes primarias -poesía, oraciones fúnebres, obituarios, prensa de la época y documentos de archivo- el artículo explora cómo estos actos fortalecieron la cohesión de una comunidad política imaginada, reafirmando un sentido de pertenencia basado en la tradición, la religión y la autoridad. Estas ceremonias, al articular una memoria colectiva compartida, no solo reforzaron el orden conservador, sino que también sirvieron para disputar las interpretaciones históricas promovidas desde el centro del poder.

Palabras clave: Conmemoraciones públicas; ritualidad cívica; Colombia; Antioquia; siglo xix; conservatismo

Abstract

The main objective of this article is to examine how conservative elites in Antioquia utilized civic rituals and public commemorations to legitimize their political power, foster a cohesive regional identity, and challenge the dominant centralist and liberal narratives during the second half of the nineteenth century. This analysis aims to shed light on the role of cultural and symbolic practices in state formation in Latin America, particularly in Colombia. The article adopts a qualitative and interdisciplinary approach to explore significant events, such as the funeral of Pedro Justo Berrío and the time capsule from Medellín’s bicentennial in 1875. Analyzing primary sources, including poetry, funeral orations, obituaries, periodicals, and archival documents, reveals how these acts reinforced the cohesion of an imagined political community, a sense of belonging grounded in tradition, religion, and authority.

Key words: public commemorations; civic rituality; Colombia; Antioquia; 19th century; conservatism

El 9 de enero de 1864, las tropas conservadoras bajo el mando de Pedro Justo Berrío llegaron a Medellín como si fueran una tormenta inevitable. Entraron a la plaza principal con el estruendo de los fusiles que aún olían a pólvora, y la mirada dura de quienes acababan de triunfar en las batallas de Yarumal y El Cascajo, al norte y el oriente de la ciudad. Sus victorias, aunque contadas, habían bastado para abrirles camino a la capital del estado de Antioquia y echar por tierra el interregno liberal iniciado en septiembre de 1862, después de la derrota en la batalla de Santa Bárbara. Medellín los recibió como héroes. Las coronas de flores cubrieron los caminos y, el ruido ensordecedor de los voladores y los balazos se mezcló con la música y el olor del aguardiente que parecían fluir interminablemente.1

La celebración, sin embargo, llevaba consigo el peso acumulado de los agravios. Cuando el polvo de los desfiles comenzó a asentarse, llegó lo inevitable: el saqueo, el abuso, el ajuste de cuentas, la factura que alguien más tendría que pagar. Y los hombres de Berrío, con la bandera de la justicia ondeando sobre sus cabezas, reclamaron lo que consideraban suyo, como lo relató en su diario el importante dirigente conservador Pedro Antonio Restrepo, quien justificó la escena como la respuesta de los antioqueños por los “espantosos sufrimientos” a los que los liberales los habían sometido. Restrepo relató en su diario, cómo por cuenta de los decretos de tuición y desamortización de bienes de manos muertas que subordinaban las autoridades eclesiásticas al gobierno civil, los liberales habían obligado a los habitantes a dejar sus casas y su tierra, y a la iglesia como ocurrió con las monjas carmelitas expulsadas de su convento a punta de bayoneta por las tropas del entonces presidente del estado de Antioquia, Pascual Bravo. “Éramos parias de una guerrilla de malhechores”, escribió Restrepo.2

A pesar de la euforia popular, Berrío, fiel a su fama de hombre austero hasta el extremo, sin sentido del humor, práctico, y trabajador incansable, se dedicó de inmediato a asegurar un acuerdo con el gobierno nacional. En un gesto inesperado por el recién elegido presidente de los Estados Unidos de Colombia, Manuel Murillo Toro, Berrío declaró lealtad a la Constitución de Rionegro, impuesta por el liberalismo radical en 1863, mientras justificaba el levantamiento como una “respuesta popular” contra los impuestos y las expropiaciones forzosas.3 Lo que obligó a Murillo Toro, sin recursos legales y con un tesoro nacional agotado tras casi tres años de guerra, a reconocer que era preferible tolerar un bastión conservador antes que arriesgarse a una nueva conflagración, ofreciéndoles, como lo explica Luis Javier Ortiz, una “válvula de escape” en un país dominado por estados liberales.4 A ese “regalo de paz” como el mismo Berrío informó a la Asamblea Legislativa de Antioquia en abril de ese año, siguieron las celebraciones, esta vez teñidas de simbolismo, entre las que destacó un desfile triunfal, que devolvió al Convento Carmelita los restos de la monja María Gertrudis de las Mercedes, quien enloqueció y murió tras ser “maltratada” durante el asalto liberal de Bravo.5

A su manera, Berrío y los conservadores antioqueños se adaptaron al reformismo liberal latinoamericano de mediados del siglo xix y a la nueva constitución colombiana.6 Coincidían con los liberales en la necesidad de crear una república basada en los derechos civiles y políticos, aunque afirmaban que el único camino hacia el progreso era la autonomía de los estados, la seguridad, la estabilidad jurídica y la conservación de las tradiciones. Creían, además, como lo sostenía el expresidente y fundador del Partido Conservador, Mariano Ospina Rodríguez, que la anarquía del país era el resultado de cambios acelerados y, que el estado, débil y laico, no cumplía sus funciones de control, dirección y organización del mundo social. Sin la iglesia, suponían los conservadores, era imposible velar por la moral pública y garantizar el bien común.7

Bajo este marco ideológico, las élites conservadoras de Antioquia, encabezadas por Pedro Justo Berrío, articularon estrategias concretas para consolidar su proyecto político. Este artículo argumenta que utilizaron la ritualidad cívica y las conmemoraciones públicas como herramientas de legitimación política, para resistir las narrativas dominantes del liberalismo. A través de estas prácticas, que destacaban valores tradicionales como la religión y la autoridad, las élites antioqueñas buscaron fijar una memoria colectiva favorable al proyecto conservador y afirmar un modelo político alternativo al capitalino; en este contexto, las conmemoraciones y rituales no solo sirvieron para construir narrativas regionales alternativas que cuestionaban la historia nacional oficial, sino que también se inscribieron en una lucha más amplia por controlar el pasado, articulando promesas de unidad, igualdad y acceso a derechos políticos dentro de un marco de valores conservadores.8

El artículo dialoga por lo tanto con las corrientes historiográficas, que exploran cómo el poder y la identidad se construyen mediante herramientas culturales y simbólicas, mientras que subraya el papel de las luchas locales y regionales en la formación del estado en América Latina.9 Al centrar la atención en las dinámicas de disputa y negociación ritual, como lo sugieren por ejemplo Gilbert Joseph o Florence Mallon, contribuye a matizar la noción de que la consolidación estatal fue un proceso lineal o centralizado.10 Familias, facciones políticas, comunidades y regiones configuraron un entramado donde múltiples interpretaciones históricas chocaron en lo que Berthold Molden y otros autores han llamado la “hegemonía mnemónica”, una dinámica evidente en el contexto de Antioquia, en donde una élite claramente definida elevó su versión del pasado sobre los demás.11

Estos procesos, marcados por disputas simbólicas y luchas locales, encuentran un ejemplo revelador en Antioquia durante el siglo xix, donde la hegemonía mnemónica operó a través de narrativas impulsadas por una élite regional que modeló el proceso de construcción estatal en interacción con el poder central. En ese contexto, investigaciones previas sobre Antioquia han demostrado que la construcción del Estado nacional estuvo profundamente influenciada por actores regionales que, con sus propios proyectos económicos y culturales, desafiaron el consenso nacional impuesto desde Bogotá. Historiadores como Ortiz, María Teresa Uribe y Liliana López han señalado que la guerra por las soberanías (1859-1862) y el levantamiento conservador en Antioquia de 1864, reforzaron la autonomía regional al evidenciar el debilitamiento del gobierno central para imponer su autoridad y administrar eficazmente el territorio nacional. Durante el gobierno conservador de Pedro Justo Berrío, coinciden, se configuraron dinámicas de poder determinantes para la construcción del Estado nacional en las décadas posteriores.12

No obstante, la conexión entre rituales cívicos y legitimidad política durante los gobiernos de Berrío (1864-73) y Recaredo de Villa (1873-77) sigue siendo un tema poco explorado. Más allá de trabajos pioneros como el de María Teresa Uribe sobre el bicentenario de la ciudad en 1875, resulta crucial analizar la capacidad de las comunidades para transformar series no estructuradas de acontecimientos en narrativas coherentes y emotivas, cargadas de símbolos y sentidos compartidos. Estas historias, caracterizadas por temas como la lucha, el sacrificio y la victoria, recrearon un sentido de identidad colectiva en lo que Hannah Arendt llamó “el reino de la acción”, espacios donde las acciones colectivas adquirieron significado en la esfera pública y produjeron efectos irreversibles que moldearon la historia futura.13 Este proceso de resignificación colectiva no fue ajeno a las élites regionales, que supieron apropiarse de estas narrativas y canalizarlas mediante conmemoraciones y rituales públicos que apelaban a un repertorio emocional compartido. A través de estos eventos, apelaron a emociones y afectos como el duelo, la devoción, el orgullo y la nostalgia, no solo expresando lo social, como lo plantea Sara Ahmed, sino configurándolo como un conjunto de prácticas, gestos, palabras y movimientos que permitieron que la memoria colectiva se sintiera legítima, íntima y compartida.14 Lejos de ser anomalías, estas prácticas rituales se convirtieron en pilares fundamentales para la legitimación del poder de las élites regionales, que, al presentarse como herederas legítimas del régimen republicano, lograron movilizar afectos compartidos para consolidar apoyo y lealtad en el seno de una comunidad política aún en formación.

En la primera parte de este artículo, examino cómo la obra de escritores ampliamente analizados por los estudios literarios, como Epifanio Mejía y Gregorio Gutiérrez González -ambos vinculados directamente a las élites regionales por lazos familiares o políticos- contribuyó a fijar en la memoria colectiva de los antioqueños una respuesta conservadora al liberalismo radical. Estos poetas populares construyeron un marco de referencia para caracterizar al antioqueño del interior como católico, civilizado y laborioso, contrastándolo con los habitantes de la periferia, retratados como “africanos” o “indios”, asociados a la pereza y la violencia, y el “comportamiento desordenado”.15 La popularización de poemas como Memoria sobre el cultivo del maíz y Canto del antioqueño fue fundamental para establecer un orden de la memoria, y de los afectos colectivos, apropiado tanto por las élites como por sectores populares. Estas obras transformaron la experiencia compartida de la guerra y el duelo en una narrativa común y celebratoria de lo que significaba ser antioqueño.

Las secciones segunda y tercera del artículo se centran en el funeral de Berrío y la conmemoración del bicentenario de Medellín en febrero y noviembre de 1875. El discurso y simbolismo de estos dos rituales públicos reflejan las estrategias empleadas por los conservadores para persuadir a la ciudadanía de adoptar una identidad común y consolidar la comunidad nacional que imaginaron. Estos rituales cívicos ilustran cómo las élites inventaron tradiciones y utilizaron la memoria colectiva para influir en la negociación política y las transacciones culturales, normalizar comportamientos sociales y, sobre todo, presentar un orden social de desigualdad y dominación como si fuera un orden natural de igualdad y reciprocidad.16

Los soldados poetas

El triunfo conservador en la guerra de 1864 y la posterior elección de Pedro Justo Berrío como presidente de Antioquia constituyeron, en términos de la teoría de la memoria de Jan Assmann, auténticos ‘puntos fijos’ en la elaboración de una narrativa hegemónica sobre el conflicto.17 Estos eventos, más allá de su impacto político inmediato, facilitaron la articulación de una identidad regional cohesionada, anclada en experiencias compartidas de violencia, duelo y oposición a la amenaza externa del liberalismo. Aunque las historias de la guerra circularon primero a través de partes militares, comunicaciones entre comandantes, notas de prensa y testimonios de heridos o desertores, fueron figuras como Gregorio Gutiérrez González y Epifanio Mejía quienes, al inscribir esas vivencias en registros poéticos y simbólicos, contribuyeron decisivamente a su fijación en la memoria colectiva antioqueña.

Nacido en La Ceja en 1826, y proveniente de una familia de terratenientes y abogados, Gutiérrez González recibió una formación enmarcada desde sus inicios en los estándares culturales de su entorno. En 1840, gracias a la mediación de su primo hermano, el presidente interino de la república Juan de Dios Aranzazu, Gutiérrez González fue admitido para estudiar derecho en el Colegio San Bartolomé de Bogotá, desde donde se integró rápidamente a los círculos literarios más activos de la capital. En 1846, ya había fundado El Albor Literario, publicación que no solo difundía obras europeas, sino que también ofrecía traducciones y debates sobre las corrientes literarias internacionales. Fue participante activo de la Sociedad Amigos Hermanos, club literario fundado en 1848, que congregaba a destacados intelectuales como Nicolás Pereira Gamba, Medardo Rivas, los hermanos José María y Miguel Samper, Rafael Pombo, su paisano Juan de Dios Restrepo, y Salvador Camacho Roldán. “Hablábamos de poesía, de crítica literaria, de viajes, de tradiciones, de historia nacional, y muy pocas veces de política. Juan de Dios leía sus próximos artículos y Gregorio solía traernos algunas de sus poesías”, escribió Camacho Roldán en la introducción a Poesías de Gregorio Gutiérrez.18

Regresó a Antioquia en 1860 para enlistarse en el ejército conservador, bajo el mando del general Braulio Henao, y preparar la defensa del estado ante la invasión del caudillo liberal Tomás Cipriano de Mosquera. Inspirado por las circunstancias o bien obligado por Henao, se encargó de escribir discursos como A los EE. UU. de Colombia en los que, para animar a sus compañeros en la defensa de su “tierra sagrada”, contrastaba la fealdad intrínseca de la guerra con la innegable belleza que estaba siendo amenazada. “¡Será horrible la lucha! Anchos arroyos de sangre hermana surcarán la tierra, y cenizas, cadáveres y escombros encontraréis si la victoria es vuestra”, escribió.19

Durante la guerra, compartió tienda con Marceliano Vélez y Abraham Moreno, figuras claves del conservatismo republicano de la región durante la segunda mitad del siglo, y con Jorge Isaacs, el escritor colombiano más importante del siglo xix, de quien se conocen también poemas alusivos a la guerra como Río Moro, Voy a partir y La Montañera.20 Después de la victoria liberal, Gutiérrez González regresó a su casa de Sonsón, donde los conservadores planearon en secreto la revuelta que, finalmente, conduciría al triunfo de Berrío a principios de 1864.

Gutiérrez González cultivó un estilo singular que exaltaba el valor universal del habla antioqueña, incorporando en su poesía vocablos populares que utilizaba con precisión y fidelidad a su significado original. Compuesto a partir del lenguaje primitivo de quienes conocían por experiencia el cultivo del maíz, Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia (1866), su poema más popular, describe vívidamente al hombre común y el íntimo contacto con la naturaleza que hizo a los antioqueños tan rudos, heroicos, piadosos, sencillos y felices.21 Como lo explicó él mismo, Memoria fue escrita en antioqueño y no en castellano; de hecho en su obra nunca mencionó a Bolívar, sólo a los próceres antioqueños, porque consideraba que no había otra patria que Antioquia. Traducir la literatura al antioqueño simplificaba el lenguaje para que pudiera ser transmitido fácilmente en la mesa, alrededor de la hoguera, en las trincheras, o en la escuela. Fue tan popular el poema, que Pombo, en su noticia a la edición de poesías de 1881, dijo que no se recitaba, sino que se rezaba.22

Sus escritos alcanzaron la cima de la popularidad tras su muerte, en 1872. La prensa reeditó su obra presentándolo como el “poeta de Antioquia” y la mejor expresión de amor a la tierra y a América. La urna preparada en conmemoración del bicentenario en 1875, descrita más adelante, incluía su fotografía y la compilación de sus poemas publicada en 1869, colocándolo de esa manera en la cima de los prohombres regionales. Visitantes de todo el país, incluidos viejos amigos y enemigos políticos, acudieron a su tumba en el Cementerio de San Lorenzo, en el barrio Guanteros para presentar sus respetos. En 1877, durante la nueva invasión liberal a Antioquia, el historiador y médico Manuel Uribe Ángel vio al poeta-soldado Próspero Pereira, acompañado de un grupo de soldados caucanos, caminando hacia su tumba para depositar una corona de flores. José María Samper además incluyó a Gutiérrez González en su Galería nacional de hombres ilustres, ese género literario tan popular en todo el mundo durante el siglo xix.23

Al igual que Gutiérrez González, Epifanio Mejía reveló en sus poemas el sentimiento popular de los antioqueños en la guerra. Nació en 1838 en Yarumal, un pueblo muy conservador al norte de Medellín; muy joven sus padres lo enviaron a Medellín para trabajar con su tío Fortis Mejía, un próspero y conocido comerciante. Aunque careció de una educación formal comparable a la de otros letrados de la época -nunca terminó la escuela primaria- desde temprana edad manifestó una vocación literaria influida por los cánones clásicos. En 1861 se enlistó en las tropas al mando de Pedro Justo Berrío, amigo cercano de su familia, y entró en combate en la batalla de Tinajitas, en lo que supuso un punto de inflexión que impregnó su obra de un tono épico y regionalista, centrado en exaltar la gesta conservadora y denunciar la violencia atribuida al liberalismo radical. Poemas como La retirada de los héroes, Antioquia o la mano de Dios, Si hay guerra y no hay paz, Canción de los hijos del norte, e Historia de una tarde, configuraron un corpus donde la violencia política y religiosa es retratada con intensidad. En Historia de una tarde, por ejemplo, Mejía retrató con crudeza la violencia con que los soldados liberales sacaron a punta de bayoneta a las aterrorizadas monjas del Convento de las Carmelitas.24 S.J. Félix Restrepo, quien rescató los manuscritos, y la correspondencia, de manos de su familia, también señala como sus amigos de la campaña lo animaron, sin éxito, a escribir también sobre la batalla de Cascajo, que les había devuelto el poder a los conservadores.25

El poema más influyente de Mejía fue Canto del antioqueño, una reelaboración de su texto anterior Canción de los hijos del norte, publicado en 1868 en El Oasis, el primer periódico literario y regionalista, de Medellín.26 “¡Medellín, Medellín! Altiva reina de este que llaman colombiano suelo: tejed coronas y alistad mortajas porque vienen del norte los guerreros”, escribió Mejía en Canto del antioqueño, en donde enaltece la figura de Medellín como bastión conservador y describe, con ritmo marcial, la movilización de las tropas hacia el frente de batalla en Venteadero.27

Hacia mediados de la década de 1870, el poema había adquirido una notable popularidad en los sectores populares urbanos. Según recuerda el escritor Antonio José “Ñito” Restrepo, guitarristas y cantantes mestizos y mulatos del barrio Guanteros, convirtieron la composición en letra de pasillo y trova.28 Allí Restrepo -quien escribió un fallido Himno Antioqueño en 1881- conoció a Juan Yepes, cantante popular y afamado gallero, quien había adaptado Canto del antioqueño a melodías callejeras. Guanteros, en ese entonces, era un espacio bohemio y diverso que funcionaba como nodo cultural de la Medellín popular. En sus fondas, hospedajes y tertuliaderos se congregaban artesanos, estudiantes, indígenas, mulatos y viajeros, generando un entorno propicio para el debate político y la creación e intercambio de repertorios sonoros y poéticos a través de recitales improvisados, veladas musicales y encuentros festivos. En ese ambiente surgieron músicos como Pelón Santamarta y Adolfo Marín, amigos de Yepes, quienes serían, más tarde, claves en la popularización de la música folclórica colombiana en Centroamérica y México, especialmente el bambuco. Santamarta también fue conocido por el himno Patria Mía, del cual no quedan registros.29

El historiador musical Heriberto Zapata cuenta que, en 1899, en vísperas de la Guerra de los Mil Días, Canto del antioqueño era tan popular que periódicos como El Correo de Antioquia y El Cascabel ofrecieron un premio de doscientos pesos a la mejor musicalización: “Nuestra aspiración es que la música interprete lo más fielmente posible las ideas y sentimientos que inspiraron el poema”, escribieron los promotores.30 Entre los concursantes, Zapata sólo pudo encontrar a los cantantes populares Roberto Mesa y Jesús Arriola -quien también intentó, sin mucha suerte, popularizar la canción a través de un coro a cuatro voces en el Circo España, la arena local-.31Los historiadores han establecido la aparición de muchas versiones posteriores de “Canto del antioqueño” desde que se publicó por primera vez en 1868, siendo la más importante la adaptación que Gonzalo Vidal hizo de él, como himno oficial de Antioquia en 1914.32

Este proceso de circulación popular y resignificación musical del poema ilustra cómo la construcción de una memoria regional no operó solo a través de discursos oficiales o símbolos estatales, sino también mediante circuitos emocionales que dieron forma a una sensibilidad colectiva. Este proceso de apropiación colectiva del poema, y su musicalización, revela que su eficacia no radicó únicamente en el contenido de sus versos, sino en su capacidad de ser sentido, cantado y compartido por distintos públicos. Gutiérrez González, por ejemplo, tradujo y resignificó el habla y la experiencia campesina como expresión legítima de la identidad antioqueña, incorporándolas afectivamente al proyecto hegemónico que celebró consecuente al campesino como héroe católico, mártir del orden conservador e ícono de la cultura regional.

Desde esta perspectiva, resulta fundamental considerar el papel que desempeñaron actores como Mejía y Gutiérrez González, que, junto a músicos populares como Arriola, Santamarta y Marín, Yepes, Mesa y Vidal, contribuyeron a fijar una representación afectiva del siglo xix antioqueño. A través de sus versos y melodías, ayudaron a configurar una imagen del pasado idealizado en las montañas en contraste con la amenaza percibida del liberalismo.

En este sentido, la noción de hegemonía mnemónica, tradicionalmente entendida como la dominación simbólica del pasado mediante discursos, monumentos e historias oficiales, puede ampliarse desde una perspectiva afectiva, en la que la hegemonía no se construye únicamente a través de lo que se dice o se escribe, sino también en lo que se celebra, se canta y se lamenta colectivamente. Como ha señalado Ahmed, las emociones no solo se experimentan de forma individual, sino que circulan entre cuerpos y objetos, generando adhesiones, modelando paisajes afectivos y haciendo que ciertas memorias se sientan como propias.33 Guanteros, por ejemplo, no fue únicamente un escenario de circulación cultural sino un archivo viviente, donde la memoria de los poetas soldados, migrantes, artesanos, lavanderas, sirvientas, trabajadoras sexuales, tenderos, estudiantes y músicos se encarnó en experiencias compartidas. Allí, el pasado fue menos una construcción discursiva, que una vivencia emocional continuamente reafirmada en lo cotidiano. En consecuencia, lo que hoy recuerdan los antioqueños como “tradición” o “identidad regional” no constituye una herencia neutra ni natural, sino el resultado de una lucha afectiva, de una disputa por aquello que moviliza, que conmueve, que se convirtió en himno oficial no porque fuera impuesto, sino porque se sintió como propio.

Para comprender mejor este tipo de disputas, conviene regresar a la noción de hegemonía mnemónica, pensada como un proceso de doble articulación. Por un lado, como señaló Antonio Gramsci, la memoria es un campo de batalla simbólico donde se libra una lucha por fijar el relato legítimo del pasado. Por el otro, esa hegemonía no se consolida únicamente mediante discursos racionales o instituciones formales, pues también se sostiene en el terreno de lo sensible, en lo que conmueve y moviliza. Desde esta perspectiva, lo que se ha interpretado como una apropiación afectiva “desde abajo” no excluye, sino que puede ser precisamente el mecanismo mediante el cual se consolidó un proyecto político-cultural como el de las élites conservadoras antioqueñas.

En otras palabras, la hegemonía también opera cuando lo que se impone no se percibe como imposición, sino como algo sentido, celebrado, compartido. Aquí radica el poder de la afectividad como tecnología cultural ya que no solo da forma a los vínculos sociales, sino que naturaliza ciertas memorias como legítimas y deseables. En este contexto, los poetas no fueron solo narradores, sino agentes de una política de los sentimientos. Gregorio Gutiérrez González, por ejemplo, encarnó esta operación al traducir la oralidad popular a un registro literario que, si bien celebra lo popular, lo reinscribe dentro de una estética conservadora. Su Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia no es solo una exaltación regional, sino también un dispositivo afectivo que canonizó una versión idealizada del campesino antioqueño, sublimando su cotidianidad y reconfigurando lo “auténtico” en una clave que excluía las tensiones sociales y silenciaba otras memorias posibles.

El mismo proceso se manifestó con particular claridad en el caso de Epifanio Mejía, cuyo Canto del antioqueño reveló una dimensión clave de la hegemonía mnemónica. Al convertirse en himno regional, el poema no solo evocó un sentimiento de pertenencia, sino que también contribuyó activamente a producirlo y movilizarlo en torno al proyecto político y cultural de las élites antioqueñas. El poder de esta obra residió en su capacidad de ser apropiada más allá de la letra escrita, especialmente cuando fue reinterpretada por músicos de los barrios populares de Medellín. Aquí es donde entra en juego la memoria performativa, pues el poema cobra vida a través del canto y la música, transformándose en una experiencia sensorial compartida, intensificando la adhesión emocional al proyecto. En este sentido, la identidad regional no fue simplemente impuesta desde arriba, sino forjada desde abajo, en prácticas afectivas que hicieron del conservadurismo de la región una experiencia vivida, cantada y celebrada en comunidad.

Ahora bien, este orden de memoria no fue inclusivo; aunque las emociones y los afectos se distribuyeron de manera amplia, no todos los recuerdos tuvieron el mismo valor. Los poetas-soldados lograron producir un relato dominante que excluyó a otros sujetos históricos, particularmente a aquellos que no se ajustaban al molde de lo “legítimamente antioqueño”. Las voces subalternas -las de las mujeres, los negros y los pueblos indígenas- son prácticamente inexistentes en este relato, o bien aparecen de manera distorsionada y marginal. El afecto que se construye es un afecto de clase y de raza, que articula una memoria que consagra un orden político y social excluyente.

En este sentido, los poetas-soldados y sus obras, más que simples recordatorios del pasado, fueron parte de una tecnología de poder que utilizó la memoria, y las emociones, para consolidar una estructura política de dominación. Al vincular la memoria al afecto y al sentido de pertenencia, lograron que esa memoria se internalizara, se hiciera cuerpo, y se volviera más difícil de desafiar; fue una operación tanto intelectual, como profundamente emocional y visceral.

La fuerza afectiva de estas memorias, sin embargo, no garantizó por sí sola su perdurabilidad. Para que estas representaciones del pasado se consolidaran como sentido común compartido, fue necesario articularlas con mecanismos formales de instrucción y conmemoración. La emoción debía institucionalizarse, había que fijar esas experiencias vividas en el tiempo mediante la normalización de rituales, discursos escolares y celebraciones públicas, que permitieran transformar lo efímero en duradero, lo íntimo en colectivo. Tal fue el caso de 1875, con el funeral de Pedro Justo Berrío y la celebración del bicentenario de Medellín, eventos que funcionaron como hitos clave en la consolidación de un relato conservador sobre la identidad regional.

Estos acontecimientos no solo exaltaron figuras ejemplares y momentos fundacionales, sino que tradujeron la afectividad popular en formas simbólicas funcionales al orden político. Como lo ha señalado Paul Connerton, las ceremonias públicas no solo preservan el pasado, sino que lo inscriben en el cuerpo, produciendo hábitos de recordación que naturalizan determinadas versiones de la historia.34 A través de estos actos públicos, los conservadores antioqueños lograron instrumentalizar la memoria emocional de sectores populares, reconfigurándola en una narrativa oficial que celebraba una supuesta armonía social, borrando así las tensiones de clase, las disidencias ideológicas y las fracturas del pasado reciente. De este modo, la idea de una identidad regional no solo emocionó, sino que también ordenó, educó y disciplinó a través del recuerdo.35

Funeral de Berrío

El 14 de febrero de 1875, a las 6:05 de la mañana, falleció en Medellín Pedro Justo Berrío, el político antioqueño más importante del siglo xix. Su deceso ocurrió en la casa del presbítero Joaquín Restrepo, en compañía de sus amigos de juventud: el presbítero José María Gómez Ángel, Luis María Isaza y Alejandro Botero.36 La noticia se propagó rápidamente por toda la ciudad, anunciada por los campanazos de la Catedral de La Candelaria y los cañonazos del cuartel. Los decretos de Recaredo de Villa, presidente del estado, del Concejo municipal y del arzobispo Valerio Antonio Jiménez, lamentando la muerte e invitando a los funerales fueron impresos y pegados en las paredes de la ciudad, asegurando que todos los habitantes pudieran rendir homenaje a tan importante dirigente.37 Con cierta premura los médicos realizaron la autopsia extrayendo su corazón para ser embalsamado y tratado como una reliquia. Hacia las 10:00 am los restos de Berrío estaban listos para el velorio y la vigilia. Familiares, amigos y curiosos se fueron congregando poco a poco en la casa ubicada en la calle Carúpano para rendirle homenaje. “Allí vimos todas las ventanas y puertas abiertas de par en par y alguna gente llorosa en los pasillos y alcobas, al grande hombre extendido de largo a largo en una cama negra caoba”, recordó el escritor liberal Luis Latorre Mendoza.38

La noticia de la muerte causó profunda tristeza entre los antioqueños, quienes semanas antes habían perdido a su querido obispo Joaquín Isaza, cuñado de Gutiérrez González.39 Latorre Mendoza recordó que aquel día Antioquia se había estremecido en “todos sus ámbitos”, excepto los liberales, “que tenemos las vesículas de las lágrimas cansadas de llorar por los de nuestra causa”.40 Pedro Antonio Restrepo anotó en su diario que “no fui porque desde que perdí a Concepción no soy capaz de asistir a esta especie de ceremonias porque me da una tristeza tan profunda que no lo puedo soportar”, refiriéndose además a la tragedia personal de Berrío, que había perdido recientemente a su esposa, su madre, su hija, y dos hermanos.41

Al compás de las campanas -y del tic-tac, y el golpeteo de la imprenta, y el telégrafo anunciando la muerte a todo el país- los restos del expresidente fueron transportados al día siguiente en un lujoso carro fúnebre, de penachos negros, a la catedral. En dicho carro se exhibían un libro, un bastón y una espada, evocando ante los espectadores las virtudes y títulos de Berrío como jurisconsulto, magistrado y guerrero, cualidades que lo habían consagrado como pilar fundamental del orden social y político. El desfile, que contó con la participación de más de 40 estudiantes de la Universidad de Antioquia y de la Escuela de Artes y Oficios, así como con la presencia de todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, constituyó un elaborado acto de reconciliación ritual en el que las fronteras entre el poder religioso y el político, y los antiguos conflictos que habían marcado el devenir de la república, parecían disolverse. La figura de Berrío emergía como símbolo de unidad, investido en la muerte con la legitimidad del garante de la restauración y el orden. A petición de las religiosas madres carmelitas, por ejemplo, la procesión hizo una parada frente a su convento, para elevar sus oraciones por la “salud” eterna del alma de Berrío y en agradecimiento por haberles devuelto el convento, después de haber sido expropiado y convertido en cárcel.42

El desfile, cargado de solemnidad, avanzó hacia la Catedral de La Candelaria, donde la ceremonia alcanzaría su expresión más profunda y simbólica para los presentes. Al llegar, el féretro fue colocado ante el altar, rodeado por un obelisco de madera, candelabros, cirios encendidos, crucifijos, coronas fúnebres y banderas nacionales, en una escenografía cuidadosamente dispuesta para reforzar el carácter sagrado del momento. El obispo Valerio Antonio Jiménez ofició la ceremonia mientras que los diáconos Gómez Ángel y Francisco Henao, quien presidirá la celebración del centenario de Berrío 52 años más tarde, pronunciaron las oraciones fúnebres. En sus palabras, trazaron una narrativa moral que no solo ensalzaba a Berrío como ejemplo a seguir, sino que también consolidaba al conservadurismo como garante de la paz nacional. Presentaron a su querido amigo como “defensor de la religión”, “gran estadista”, “inigualable militar”, y como “padre” y “protector” del orden social y moral, que, según ellos, seguía amenazado por el radicalismo liberal.43 A lo largo de sus nueve años de gobierno, afirmaron, Berrío había salvaguardado la causa conservadora y la paz nacional, dedicando sus esfuerzos a la creación de riqueza y la expansión de la educación. Gómez Ángel señaló que Berrío había resuelto “el enmarañado problema que hoy preocupa a los gobiernos de todo el mundo, mostrándoles la necesidad de dejar a los pueblos en absoluta libertad para ejercer su religión”. “Berrío dio el ejemplo luminoso”, concluyó Gómez Ángel, “de que no es persiguiendo la religión, sino protegiéndola, como un gobierno cumple su misión y hace próspero y feliz al pueblo”.44 El oficio concluyó tras la proclamación de Henao, quien, profundamente conmovido, evocó la figura de Berrío como el héroe que, habiendo vencido la adversidad, entregó a su pueblo la libertad y la paz:

Que las iglesias de Medellín y Antioquia lloren inconsolablemente la muerte del héroe que les dio la libertad. Que el clero llore la pérdida de quien expulsó al enemigo de nuestras selvas. Que el Estado rinda tributo de gratitud al valeroso gobernante, que, a pesar de mil obstáculos y oposiciones, lanzó a Antioquia por la senda del progreso y la civilización.45

Con esas palabras aún resonando en el aire, Berrío ya elevado como símbolo del orden restaurado, fue llevado hacia el Cementerio San Pedro, al norte de la ciudad, en una procesión que, según testigos, se extendía como una “inmensa mancha negra” que se posaba sobre Medellín.46 Entre los que acompañaban el cortejo, la prensa destacó la presencia de las mujeres que se ofrecieron a llevar el féretro a San Pedro, en lo que El Correo de Antioquia describió como un acto conmovedor. Para la mujer antioqueña, representante del orden patriarcal, escribió:

el ejercicio de la caridad cristiana es el más dulce de sus deberes; su mano está siempre pronta a enjugar las lágrimas del desgraciado; la mujer antioqueña, en fin[,] ha sido siempre admiradora del genio y del valor.47

En el cementerio, frente a la tumba, recién preparada por orden del gobernador, la ceremonia alcanzó su punto más íntimo: entre coronas fúnebres, rezos y discursos, emergió con fuerza la voz de los estudiantes de la Universidad de Antioquia, institución en la que Berrío había dejado una profunda huella como director durante sus últimos años de vida. Sus palabras, cuidadosamente pronunciadas, no solo expresaban gratitud hacia el gobernante que había ampliado sus posibilidades educativas, sino que traducían un compromiso con los valores del orden, la moral y la fe que él encarnaba. Entre los oradores, casi todos miembros de las élites de la ciudad, se encontraban los hijos del expresidente Mariano Ospina Rodríguez, fundador del conservatismo y patriarca de una de las familias más influyentes de la región hasta bien entrado el siglo xx. Tulio Ospina evocó con emoción contenida el regreso del exilio liberal, cuando en Panamá escuchó que Antioquia era reconocida como el “país de la paz”, un territorio donde la moralidad, el trabajo honrado y la prosperidad habían prevalecido.48 Luego, su hermano menor, Pedro Nel, futuro presidente de la república, tomó la palabra para destacar que “tras los grandes hombres vienen siempre las grandes memorias de las generaciones. Y cuando el grande hombre fue como el doctor Berrío, justo y probo, más que la memoria de las generaciones debe consolarnos la vida eterna de Dios que le corresponde de derecho”.49

Los obituarios sobre la muerte de Berrío, extensiones del ritual funerario, reflejaron lo que Fowler describe como un mosaico de testimonios que contribuyen a la construcción de la memoria colectiva.50 Las narrativas presentadas en la prensa, tanto conservadora como liberal, no solo exaltaron los logros de Berrío como un modelo de ciudadano ideal, sino que actuaron como vehículos para reforzar los valores del orden, la disciplina y el patriotismo conservador antioqueño en un contexto de inestabilidad nacional.51 Estos obituarios ilustran cómo el proceso de recordar y olvidar es selectivo: destacaron el éxito militar y político de Berrío, su educación lograda a pulso, y su ferviente catolicismo, mientras omitieron o minimizaron las controversias en torno a su ascenso al poder por fuerza de las armas. Al representar a Berrío como un patriota “desinteresado” y líder ejemplar, representante del “verdadero” liberalismo moderno como lo hicieron liberales como Ñito Restrepo y Camilo A. “El Tuerto” Echeverri, los obituarios no solo consolidaron su figura como un héroe en la memoria colectiva de los antioqueños, sino que también proyectaron una imagen idealizada del ciudadano que sirve como modelo para la sociedad.52 En contra de liberales acérrimos de su partido, Echeverri escribió en el periódico conservador La Restauración que, a pesar de ser adversario del partido de Berrío, estaba en la obligación de declarar que:

el bien que he podido gozar como miembro del partido; que la libertad que mis copartidarios gozan; que la actitud en que se ha colocado a Antioquia, actitud que la hace casi dispensadora de la paz y de la guerra, se deben a la maestría con que el presidente del Estado ha resuelto las cuestiones de política nacional que llegaron a cruzar por su despacho.53

Desde el mismo momento de la muerte de Berrío, la Asamblea de Antioquia construyó sistemáticamente, a través de su imagen, un modelo de comportamiento social. Por ejemplo, la Legislatura de Antioquia expidió la Ley 262 “De honores a la memoria del ciudadano Pedro Justo Berrío”, en la que se ordenaba la construcción en el cementerio de San Pedro en Medellín, de un monumento funerario costeado por el estado, así como la ubicación de sus retratos en el despacho del presidente del estado, en el salón de grados de la Universidad de Antioquia, y en el Colegio de San Fernando de la Ciudad de Antioquia.54 La Asamblea también ordenó cambiar el nombre de la población de Remolino Grande, donde iniciaba el ferrocarril que conectaba a Medellín con el Río Magdalena, por Puerto Berrío. Por medio de fondos públicos se erigió un busto para el museo del estado. Luego, en 1890, la Asamblea de Antioquia le cambió el nombre a la plaza mayor de la ciudad y ordenó levantar una estatua pedestre de Berrío, la primera de la ciudad, que fue inaugurada el 29 de junio de 1895. También ordenó la colocación de un busto en el municipio de Puerto Berrío, así como la realización posterior de decenas de concursos para escribir su biografía.55

A través del funeral, las élites dirigidas por Berrío proyectaron una visión unificada del pasado, que buscaba legitimar su poder y orientar el futuro de la nación. Siguiendo el modelo de Victor Turner, este evento funcionó como un proceso ritual de liminalidad, un espacio intermedio en el que la muerte de Berrío permitió tanto la transición de un orden social hacia otro como la redefinición de la comunidad política.56 Este rito de transición fue clave para consolidar una nueva identidad colectiva, donde el funeral se transformó en un rito colectivo que, no solo superaba las diferencias políticas del momento, sino que también naturalizaba el conservadurismo como sentido común regional. De este modo, el funeral se convirtió en un medio para solidificar una identidad que reflejaba los intereses de las élites gobernantes.

La representación simbólica de Berrío después de su muerte, a través de monumentos, cambios de nombres geográficos y concursos biográficos, se transformó en una herramienta estratégica para moldear comportamientos sociales que alineaban la identidad colectiva con los intereses de la élite. Estos símbolos no solo servían para consolidar la memoria de Berrío, sino que también fomentaban una adhesión emocional hacia el orden conservador que él representaba. Por ejemplo, la promulgación de la Ley 262, junto con los eventos conmemorativos como la celebración del bicentenario de Medellín, ofrecieron momentos de igualdad y ambigüedad en los que la élite pudo proyectar su visión histórica y política hacia el futuro, presentando una narrativa oficial que reforzaba sus valores y aspiraciones.57

La creación de una cápsula del tiempo, enterrada en el tricentenario de Medellín, simbolizó de manera tangible este esfuerzo por perpetuar una memoria oficial en el imaginario colectivo de la sociedad colombiana. Este acto reflejó la intención de los productores de memoria de vincular la figura de Berrío con los ideales de unidad y progreso que deseaban transmitir. La cápsula no solo sellaba un mensaje para el futuro, sino que también organizaba los sentimientos sociales, definía lo admirable y lo condenable, y ofrecía una pedagogía emocional del orden social, que descansaba en su capacidad para conmover y producir adhesión.

Sin embargo, como señala Fowler, este proceso de construcción de memoria no estuvo exento de exclusiones. La omisión de voces críticas y de aspectos complejos de la trayectoria política de Berrío reveló el inevitable proceso de exclusión que acompaña a la creación de una memoria pública. Narrativas alternativas, que podrían haber desafiado esta visión idealizada del líder y su legado, fueron deliberadamente dejadas fuera, consolidando una versión de la historia que servía a los intereses de la élite gobernante mientras reforzaba su control simbólico sobre la memoria colectiva.58

El Segundo Centenario de Medellín

La apertura de una cápsula del tiempo, dejada en el despacho del alcalde cien años atrás, opacó los demás esfuerzos de la administración para conmemorar el tricentenario de la fundación de Medellín en 1975. Entre aplausos y asombro, la caja fuerte fue revelando una serie de objetos que conectaban a los presentes con las aspiraciones de sus predecesores: fotografías de destacados personajes como Berrío, Gómez Ángel y Gutiérrez González, junto con la primera edición de sus obras; las de todas las asociaciones de la ciudad; e imágenes de edificios públicos y parques que evidenciaban la transición de una ciudad colonial a otra moderna. También se encontraron periódicos de la época y libros como Memoria sobre el Cultivo de Maíz en Antioquia y Celebración del 2º centenario de la fundación de la villa de Medellín. Además de estos objetos, que testimoniaban el paso del tiempo, se destacó una carta escrita por el sacerdote Gómez Ángel a los antioqueños del futuro. Este documento, ampliamente difundido en la prensa de 1875, buscaba explicar no solo la importancia de la ciudad, sino también los valores que guiaron su transformación, en una especie de comunidad efímera que los hacía parte de la misma historia y destino colectivo. Medellín, según el sacerdote, era un prodigio entre las sociedades civilizadas, ya que sus pioneros habían conquistado una tierra hostil y áspera en un tiempo sorprendentemente breve, gracias a la fortaleza que les brindaba a los antioqueños la familia, las tradiciones y el evangelio.59

Los materiales hallados en la cápsula del tiempo no solo testimoniaban el paso de un siglo, sino que actuaron como vehículos de un viaje emocional al pasado. Al ser expuestos, permitieron a los asistentes de 1975 sumergirse en el clima conmemorativo de 1875, reviviendo los gestos, símbolos y afectos que habían acompañado la muerte de Berrío y la celebración del segundo centenario de la ciudad. Ese regreso simbólico comenzó en la noche del martes 23 de noviembre, en la iglesia de La Candelaria, con un despliegue de luces y flores que, según Villa, fue más hermoso que cualquiera de las conmemoraciones anteriores. Las mujeres de la alta sociedad iluminaron cada rincón del templo, adornándolo profusamente con coronas florales y listones de papel azul donde se leían los nombres de sus antepasados, fundadores de Medellín. La nave central estaba engalanada con banderas colombianas que llevaban la inscripción de Antioquia y el escudo de la ciudad. Desde allí, los visitantes se dirigieron a la plaza principal, donde la banda municipal y los fuegos artificiales daban vida a una fiesta popular. Los alrededores se iluminaron intensamente, “como si los medellinenses, impacientes como niños, quisieran anticipar la llegada del día con la claridad engañosa del amanecer artificial”.60

Al día siguiente, como si la ceremonia no hubiera cesado, la jornada continuó con el esperado sermón de Gómez Ángel, quien retomó con solemnidad el tono edificante del homenaje. Insistió nuevamente en las virtudes religiosas y sociales de los primeros pobladores hispanos del Valle de Aburrá, presentadas como la base del avance y el progreso de Medellín. Aconsejó a los asistentes “contar a las generaciones venideras los humildes comienzos de Medellín, la capital del estado más poderoso, productivo, moral y religioso de la unión colombiana”. También los exhortó a mantener y cultivar esas virtudes y a resistir las doctrinas del liberalismo radical que, en su visión, habían puesto en peligro a la “civilización cristiana”. “Fueron la religión y la fe heredadas de los españoles las que llevaron a la ciudad a su actual estado de progreso y crecimiento”, agregó.61

Una vez concluida la misa y después de cantar un tedeum la procesión se puso en marcha con paradas en frente de las casas natales de Francisco Antonio Zea y Atanasio Girardot, héroes de la independencia. También se detuvieron en el lugar donde se estaba construyendo la sala de maternidad del hospital San Juan de Dios, donde los participantes del desfile dejaron caer monedas y otros recuerdos como gesto simbólico. Villa claramente emocionado, lo describió como la “más grande” procesión cívica que “ha visto nuestro estado”, “la más imponente que los anales de nuestra capital puedan registrar desde hace muchos años”.62

Siguiendo la línea marcada durante la era de Berrío, los organizadores de la procesión enfatizaron la unidad de la sociedad antioqueña, como se hizo evidente al ver desfilar junto a la Sociedad del Sagrado Corazón a sociedades científicas, artísticas y literarias, así como a mineros y artesanos, y las escuelas primarias que simbolizaban la llamada a la juventud a “marchar hacia el futuro”. Carros alegóricos representando a las deidades Ceres, Apolo, Mercurio y Vulcano, y el “triunfo de la civilización sobre la barbarie” con dos niños vestidos respectivamente como un conquistador español y un “indio salvaje” se fueron abriendo paso lentamente entre la multitud. La ceremonia concluyó de regreso en la plaza para entregar al alcalde banderas de los distintos gremios, la carta escrita por Gómez Ángel, la programación de la conmemoración, y las fotos de Berrío, Gregorio Gutiérrez, los libros, periódicos y monedas de la época para ser depositadas en la cápsula bicentenaria. 63

De esta manera, la ceremonia no solo buscó proyectar una imagen optimista del progreso y el futuro de la ciudad, sino que, a través de sus elementos cuidadosamente seleccionados, se convirtió en una representación simbólica de los valores y aspiraciones de las élites locales, mientras ignoraba las tensiones sociales y raciales subyacentes. A través de la inclusión de banderas, fotografías de figuras clave como Berrío y Gutiérrez, y documentos que narraban los logros alcanzados, los organizadores del evento consolidaron un relato que exaltaba el progreso de la ciudad, buscando legitimar su modelo de desarrollo y la figura del líder que, como Berrío, había guiado a la sociedad hacia ese futuro. En este sentido, la cápsula no solo fue un objeto de conexión temporal, sino que también fue una herramienta metonímica y metafórica que, como señala Brian Durrans, simbolizaba los valores fundamentales de la época.64 Estos gestos fueron metonímicos en tanto que los objetos materiales intentaban simbolizar la solemnidad, la religiosidad y el patriotismo vinculados al evento conmemorativo. Al mismo tiempo, fueron empleados de manera metafórica para elogiar las cualidades de la generación de Berrío y subrayar sus contribuciones a la nación, como la promoción de la paz y la protección de la libertad religiosa.65

Más allá de su valor simbólico, la cápsula del bicentenario cumplió una función hegemónica al reducirse a la visión que las élites locales tenían de sí mismas, mientras ocultaban a la “cultura extraña” del futuro las divisiones sociales de su época.66 En lugar de ofrecer una representación plural del momento histórico, los organizadores presentaron una imagen de Antioquia idealizada, unificada bajo la figura del progreso material y la estabilidad social. Los objetos incluidos, desde las cartas de Gómez Ángel hasta las fotos de los héroes locales, funcionaron como un vehículo para reforzar la narrativa oficial sobre el progreso y el orden que las élites querían que perdurara.

Las conmemoraciones desempeñaron un papel crucial en la creación y legitimación de lo que Anderson denomina “comunidades imaginadas”, al permitir que los antioqueños se percibieran como parte de un colectivo unificado, a pesar de las diferencias internas. Simultáneamente, estos actos reforzaron lo que Turner define como communitas, al generar a través del ritual un fuerte sentido de igualdad, solidaridad y unión entre los participantes.67 Más allá del legado material destinado a las generaciones futuras, las élites locales definieron lo que Medellín había sido y lo que debía ser recordado, asegurando que la memoria colectiva se alineara con sus valores y proyectos. La cápsula del tiempo, en este sentido, funcionó no solo como un medio para conectar pasado y futuro, sino como un acto político que proyectaba una identidad cohesionada, aunque idealizada, sobre la comunidad antioqueña. Este proceso, que exaltaba la unidad y el progreso, consolidó una narrativa oficial que buscaba legitimidad en el presente, mientras dejaba de lado otras visiones o interpretaciones alternativas del pasado.

En este contexto, el bicentenario de Medellín se convirtió en una oportunidad única para celebrar el “progreso” alcanzado por las élites, especialmente desde el advenimiento del gobierno de Berrío. La celebración no solo conmemoró el paso del tiempo, sino que también sirvió para reforzar una visión de Medellín como una ciudad que había dejado atrás la pobreza y el aislamiento del periodo colonial, transformándose en el “centro de riqueza y conocimiento” de Antioquia, el “corazón” y la “cabeza” del estado.68 Este relato, sin embargo, contrastaba notablemente con las descripciones previas de la ciudad como un pequeño y apacible núcleo comercial, donde las iglesias coloniales y los parques eran los principales puntos de referencia, aún sin monumentos, museos, bibliotecas públicas, o teatros. La ciudad tampoco correspondía al “oasis en el desierto” que Agustín Codazzi había descrito en 1852, cuando la cuestión de si los medellinenses deseaban permanecer aislados del mundo aún estaba en discusión.69

La reapertura de la cápsula del tiempo en 1975 no solo ofreció una mirada nostálgica al pasado, sino que actualizó -casi ritualizó- los valores de un orden social y afectivo construido en el siglo xix. Como en el funeral de Berrío, el gesto fue menos una conmemoración neutra que un ejercicio performativo de memoria. Se trató más bien de una acción cuidadosamente orquestada para reafirmar una narrativa emocionalmente compartida sobre el origen, la virtud y el destino de Medellín. La emoción del público, la solemnidad del acto y la reactivación simbólica de personajes como Berrío, Gómez Ángel y Gutiérrez González reforzaron una pedagogía sentimental que seguía promoviendo el orden social conservador en una sociedad que experimentaba profundos cambios sociales y culturales.

Conclusiones

Este artículo se inscribe en un campo de investigación poco trabajado por la historiografía colombiana, que se ha enfocado principalmente en los relatos sobre la formación de la “conciencia nacional” y en las representaciones simbólicas construidas por las élites capitalinas para articular los ideales del nuevo Estado. Poca atención, sin embargo, se ha prestado a la capacidad de las élites regionales para desafiar esa versión oficial y escenificar un pasado que legitimara sus propios intereses en el presente. En lugar de reconocer el papel de las regiones en la formación del Estado, se ha insistido en leer su resistencia como una anomalía, más que como una fuerza constitutiva del devenir nacional.

Este artículo plantea que las identidades regionales y nacionales no fueron ineludiblemente antagónicas, y que las élites regionales participaron activamente en la construcción simbólica de la nación, apelando a sus propias nociones de comunidad, tradición y memoria. Los antioqueños, a su manera, promovieron una identidad colombiana al tiempo que exigían reconocimiento dentro de la narrativa oficial. Eventos como el funeral de Pedro Justo Berrío y la celebración del bicentenario en 1875 se inscribieron dentro de una retórica con pretensiones universalistas, orientada a sustituir las jerarquías heredadas del orden colonial por una idea de ciudadanía más homogénea e igualitaria. La figura de Berrío no fue exaltada por su linaje, sino como símbolo de una comunidad imaginada que proyectaba ideales de progreso, orden y estabilidad. En este proceso, poetas como Gregorio Gutiérrez González y Epifanio Mejía actuaron como mediadores culturales, consolidando a través de sus obras una imagen del antioqueño ideal centrado en valores como la religiosidad, la laboriosidad y la fidelidad a la tradición.

A través de la ritualidad cívica, las élites regionales buscaron establecer vínculos afectivos duraderos entre la ciudadanía, el territorio y la nación, al tiempo que intentaban neutralizar las tensiones ideológicas que dividían al país. Estas prácticas ofrecieron también un modelo simbólico y conmemorativo que las élites antioqueñas reutilizaron estratégicamente para legitimar su hegemonía y articular el fervor republicano en contextos posteriores. El funeral de Pedro Justo Berrío y la celebración del bicentenario en 1875 se convirtieron en precedentes fundacionales de una tradición conmemorativa que se proyectó en eventos aún poco estudiados, como el centenario del general Braulio Henao en 1902, el funeral del médico e historiador Manuel Uribe Ángel en 1904, o la apoteosis pública del escritor Jorge Isaacs, donde su amigo Epifanio Mejía desempeñó un papel central. De estas celebraciones surgió un repertorio de prácticas conmemorativas como la erección de monumentos, la celebración de centenarios y aniversarios, el nombramiento de calles o la fundación de museos que, con el paso del tiempo, fueron resignificadas en función de las ansiedades del presente y las proyecciones colectivas hacia el porvenir. Como señaló Reinhart Koselleck, estas formas de conmemoración cristalizan una tensión constitutiva entre la experiencia histórica vivida y la expectativa de futuro que modela las posibilidades de acción en el presente.70

En este contexto, las conmemoraciones públicas operaron como rituales de legitimación estatal en medio de un clima de inestabilidad política y polarización partidista. Actos como las procesiones fúnebres, la conservación del corazón de Berrío como reliquia, o la preservación de objetos significativos en la urna bicentenaria no solo apelaron a la emotividad colectiva, sino que también buscaron consolidar lealtades al orden republicano que se presentaba como natural y necesario.

Lejos de ser narrativas neutras, estos relatos funcionaron como marcos simbólicos que vincularon los proyectos políticos de las élites conservadoras con la experiencia cotidiana de los sectores populares. Figuras como Pedro Justo Berrío, junto con los poetas-soldados Gregorio Gutiérrez González y Epifanio Mejía, encarnaron un ideal regional cimentado en la devoción religiosa, la ética del trabajo y la lealtad a la tradición. Estos elementos operaron como “puntos fijos” de la memoria cultural, en el sentido formulado por Jan Assmann, al ofrecer anclajes estables para la producción de sentido en contextos de transformación política. A través de estos dispositivos, se consolidó una narrativa que convirtió emociones privadas en rituales públicos de identificación colectiva, reactivada cotidianamente en las prácticas culturales de los sectores populares de Medellín.71 El “Canto del antioqueño”, elevado al rango de himno, ejemplifica esta dinámica. Al ser cantado repetidamente, se convirtió en experiencia común y vehículo de identificación colectiva.

También sostuvieron los silencios. Tan revelador como el contenido cuidadosamente resguardado en la urna bicentenaria de Medellín en 1875 -fotografías de hombres ilustres, primeras ediciones de poemas, discursos religiosos y narrativas de progreso- fue aquello que deliberadamente excluyeron. Este archivo emocional, sellado con solemnidad, proyectaba una imagen ordenada, cristiana y triunfalista de la historia antioqueña, al tiempo que silenciaba memorias disonantes, conflictos sociales y sujetos marginados del relato oficial. Como bien lo señaló Molden, toda hegemonía mnemónica se funda en relaciones desiguales de poder que estructuran el olvido y jerarquizan las formas legítimas de recordar. La cápsula del tiempo, en este sentido, no fue un simple dispositivo testimonial, sino un artefacto cultural que operó de manera metonímica y metafórica al condensar los afectos colectivos, organizar las narrativas de pertenencia y proyectar un horizonte normativo desde el cual imaginar el futuro del orden republicano.72

Las mujeres, los pueblos indígenas, los afrodescendientes y las disidencias políticas fueron sistemáticamente marginados o eliminados de la narrativa dominante, reducidos a menciones residuales o silenciados por completo. El régimen afectivo promovido por las élites respondió a coordenadas específicas de clase y raza, naturalizando la desigualdad bajo la apariencia de continuidad histórica o tradición. Los rituales públicos -funerales cívicos, monumentos, cápsulas del tiempo- se convirtieron en dispositivos de formación afectiva, inculcando a generaciones enteras una visión restringida, jerarquizada y selectiva del pasado.

Es, por lo tanto, necesario ampliar esta línea de investigación en varias direcciones. Es crucial expandir el estudio de la hegemonía mnemónica más allá de Antioquia, explorando cómo otras regiones de Colombia y América Latina han utilizado la ritualidad cívica para consolidar o desafiar identidades políticas y regionales. Un enfoque comparativo que incluya el Cauca, Santander o la Costa Caribe puede enriquecer la comprensión de las tensiones entre lo local y lo nacional en la construcción simbólica del Estado-nación. Resulta también fundamental investigar cómo las comunidades subalternas han empleado rituales de memoria alternativos para disputar las narrativas impuestas por las élites. En el caso colombiano, por ejemplo, tras el triunfo conservador de 1885 y el establecimiento de la hegemonía conservadora que se extendió hasta 1930, los liberales sometidos a la exclusión política absoluta comenzaron a reapropiar los funerales como espacios de resistencia simbólica, a través de los cuales pudieron articular sus críticas al autoritarismo del proyecto de Regeneración y movilizar a las bases del partido. Es importante anotar, en este sentido, que frente al proceso de centralización del régimen de la Regeneración, los conservadores antioqueños siguieron profundizando los reclamos por su particularidad histórica. En 1895, inauguraron el monumento a Berrío en la plaza principal de Medellín, en medio de reclamos por la exclusión de los antioqueños del gobierno nacional.

Otra línea de investigación prometedora consiste en analizar cómo estas prácticas conmemorativas han sido reactivadas en contextos más recientes para fortalecer discursos autoritarios. Desde México hasta Brasil, los rituales del pasado son reciclados por gobiernos contemporáneos que buscan legitimar su autoridad mediante apelaciones al orden, la tradición o el nacionalismo. En el caso de Medellín, resulta especialmente revelador que la reapertura de la cápsula del tiempo en 1975 -evento que conmemoraba un pasado glorioso y ordenado- coincidiera con el inicio de la crisis urbana y social más profunda en la historia de la ciudad. En ese momento, los valores exaltados por la conmemoración -la familia, la obediencia, el trabajo y la fe- comenzaron a ser instrumentalizados por sectores conservadores y empresariales no para cohesionar el tejido social, sino para justificar políticas excluyentes, reforzar jerarquías y naturalizar un orden social profundamente desigual. La memoria del siglo xix se convirtió así en recurso para la clausura simbólica de lo político en pleno auge del conflicto armado y la desigualdad urbana.

Pensar históricamente el ritual y la conmemoración es, en última instancia, una forma de disputar el sentido común sobre el pasado. Porque en los gestos que nos conmueven, en los objetos que decidimos guardar -y en los silencios que producimos- se cifran también las posibilidades de imaginar otros futuros posibles.

Archivos

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Zapata Cuéncar, Heriberto, Centenario de Pelón Santamarta. 1867-1967, Medellín, Gran América Editorial, 1966. [ Links ]

1Gónima, Apuntes para la historia del teatro de Medellín y vejeces, p. 288.

2Restrepo, Pedro A., Diario, 10 de enero de 1864, eafit, Medellín, pare, pp. 39-42.

3Berrío, Manifiesto que el gobernador provisorio de Antioquia dirige a la nación y a cada uno de los estados que la forman, p.1.

4Ortiz, “Antioquia durante la Federación, 1850-1885”, pp. 59-81.

5Arbeláez, Maravillas del Carmelo de Medellín; Berrío, Informe que el gobernador presidente del estado presente a la asamblea legislativa del mismo al instalarse el 15 de junio de 1864, p.5; Arbeláez, Aniversario 35º de un episodio inmortal.

6 Sanders, Contentious Republicans: Popular Politics, Race, and Class in Nineteenth-Century Colombia; Sanders, The Vanguard of the Atlantic World…; Lasso, Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia 1795-1831; Larson, Trials of Nation Making: Liberalism, Race, and Ethnicity in the Andes, 1810-1910.

7Ospina, Ojeada sobre los catorce meses de la administración del 7 de marzo dedicada a los hombres imparciales y justos, pp. 21-23.

8Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism; Gellner, Nationalism; Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1780: Programme, Myth, Reality.

9 Kraay, Bahia’s Independence. Popular Politics and Patriotic Festival in Salvador, Brazil. 1824-1900; Söderbaum, Rethinking Regionalism; Weinstein, “Racializing Regional Difference: Sao Paulo versus Brazil, 1932”, pp. 237-262.

10 Mallon, Peasant and Nation: The Making of Postcolonial Mexico and Peru, pp. 7-9; Sayer, “Everyday Forms of State Formation: Some Dissident Remarks on Hegemony”, pp. 371-372.

11 Molden, “Resistant Pasts versus Mnemonic Hegemony: On the Power Relations of Collective Memory”, pp. 125-142; Esposito, Funerals, Festivals and Cultural Politics in Porfirian Mexico, pp. 95-96; Uribe y Álvarez, Poderes y regiones: Problemas en la constitución de la nación colombiana. 1810-1850; Uribe; Álvarez, Las raíces del poder regional: el caso antioqueño.

12El mejor análisis historiográfico hasta ahora fue el escrito por González, Almario y Ortiz, Antioquia: territorio y sociedad en la configuración de una región histórica. Hacia un nuevo siglo XIX del noroccidente colombiano.

13 Arendt, The Human Condition, pp. 230-236.

14 Ahmed, The Cultural Politics of Emotion; Taylor, The Archive and the Repertoire: Performing Cultural Memory in the Americas; Reddy, The Navigation of Feeling: A Framework for the History of Emotions.

15 Appelbaum, Muddied Waters: Race, Region, and Local History in Colombia, 1846-1948, p. 116; Barrios, “Las guardias nacionales. Vida militar y cotidiana en Antioquia, 1853-1876”, pp. 135-155.

16Hobsbawm, “Introduction: Inventing Traditions,” p. 1.

17 Assman, Jan, “Collective Memory and Cultural Identity”, p. 129.

18Camacho et al., Poesías de Gregorio Gutiérrez González, p. 60.

19Ibid.

20Isaacs, Obras completas: poesía, canciones y coplas populares, p. 43.

21Gutiérrez González, Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia.

22Camacho et al., Poesías de Gregorio Gutiérrez González, p. 151; Cortázar, La novela en Colombia.

23Samper, Galería nacional de hombres ilustres o notables, o sea colección de bocetos biográficos, pp. 213-226; Higgins, Romantic Genius and the Literary Magazine: Biography, Celebrity and Politics; Barlow, “Facing the Past and the Present: The National Portrait Gallery and the Search for ‘Authentic’ Portraiture”, pp. 219-238; Golburt, “The Portrait Mode: Zhukovsky, Pushkin, and the Gallery of 1812”, pp. 105-131.

24 Restrepo, Epifanio Mejía y su obra.

25Restrepo, Epifanio Mejía y su obra, p. 52.

26“Editorial”, El Oasis, 11 de enero, 1868, p. 1.

27Mejía, “Canto del antioqueño”, El Oasis, 11 de enero, 1868, p. 1.

28 Restrepo, El cancionero de Antioquia, pp. 87-88.

29 Zapata, Centenario de Pelón Santamarta. 1867-1967.

30 Zapata, Antología de la canción en Antioquia, p. 67.

31Idem.

32 López, “Los jóvenes escritores en El Oásis, primer periódico literario de Medellín (1868-1869, 1873)”, pp. 101-123; Bedoya, “Los juegos florales y la creación del valor literario. El caso de la narrativa breve antioqueña”, pp. 53-72.

33Ahmed, The Cultural Politics of Emotion, p.10.

34 Connerton, How Societies Remember, p. 73.

35Assman, “Collective Memory”, p. 127.

36Botero, Berrío, el grande.

37“Decreto xvi por el cual se honra la memoria del esclarecido ciudadano Pedro Justo Berrío”, AHA co, tomo 58, 439, 14 de febrero, 1875; Boletín Oficial del Estado de Antioquia, 14 de febrero de 1875, p. 1.

38Latorre, Historia e historias de Medellín, p. 227.

39Restrepo, Diario, 2 de enero de 1875, f. 6, eafit, Medellín, pare.

40Latorre, Historia, p. 227.

41Restrepo, Diario, 15 de febrero de 1875, ff.16-17.

42“Antioquia”, El Correo de Antioquia, 17 de febrero de 1875, p. 11.

43Centenario de Berrio, 1827-1927: Homenajes tributados al grande hombre de Antioquia, Dr. Pedro Justo Berrio en el primer centenario de su nacimiento; Botero, Berrío el grande, p. 335.

44Gómez, “Oración Fúnebre”, p. 15.

45 Ramírez, El cantón de Marinilla, p. 14.

46Corona Fúnebre, p. 84.

47“Antioquia”, El Correo de Antioquia, 17 de febrero de 1875, p. 18.

48Ospina, “Discurso en el panteón”, pp. 29-30.

49Ospina, Ibid., pp. 33-34.

50Fowler, “Collective Memory and Forgetting. Components for a Study of Obituaries”, pp. 53-71; Eng y Kazanjian, The Politics of Mourning.

51“El Doctor Berrío”, El Correo de Antioquia, 17 de febrero de 1875, pp. 1-2, 9-10; José María Soluaga, “Discurso pronunciado al tiempo de la inhumación del cadáver del doctor Pedro J. Berrío, 14 de febrero de 1875”, El Correo de Antioquia, 24 de febrero de 1875, pp. 34-35.

52“El Doctor Pedro J. Berrío”, Repertorio Eclesiástico, 17 de febrero de 1875, pp. 612-613; “Pedro J. Berrío”, El Tradicionalista, 19 de febrero de 1875, 1684; J.A.P., “El Doctor Pedro J. Berrío”, Repertorio Eclesiástico, 17 de febrero de 1875, p. 612.

53Echeverri, “Señor editor La Restauración”, 1° de septiembre de 1868, p. 1. La Restauración fue un periódico político, literario y comercial editado por Isidoro Isaza en su propia imprenta desde el 21 de julio de 1864, hasta el 29 de octubre de 1868. El periódico se fundó con el objetivo de defender el gobierno de Berrío y promover el pensamiento conservador colombiano. El periódico consideraba que la Constitución de 1863 era “funesta” e “inmoral.”

54Zuleta, Pedro Justo Berrío; Moreno, Pedro Justo Berrío; Gómez, Del Dr. Pedro Justo Berrío y del escenario en que hubo de actuar; Pérez, General Pedro Justo Berrío. Páginas de su vida; Gutiérrez, Pedro Justo Berrío. Centenario de su muerte; Mejía, Berrío íntimo; Bronx, Pedro Justo Berrío.

55El doctor Pedro Justo Berrío; Monografía de Santa Rosa de Osos: como homenaje al doctor Pedro Justo Berrio en el primer centenario de su nacimiento; Jaramillo, Vida de Pedro Justo Berrío.

56 Turner, The Ritual Process. Structure and Anti-Structure.

57Ibid., p. 154.

58Fowler, “Collective Memory and Forgetting”, p. 61.

59Gómez, “Oración Fúnebre”, pp. 5-12; Ospina, “El segundo centenario de Medellín”, Artículos escogidos, p. 312.

60Villa, Celebración del 2º Centenario de la fundación de la villa de Medellín.

61Gómez, “Oración Fúnebre”, p. 11.

62Villa, “El 2º Centenario de Medellín”, p. 42.

63Uribe, “Estructura social de Medellín en la segunda mitad del siglo XIX”, p. 21.

64 Durrans, “Time Capsules as Extreme Collecting”, pp. 181-202.

65Ibid., p. 183.

66 Jarvis, Time Capsules: A Cultural History, p. 3.

67 Anderson, Imagined Communities, p. 14; Turner, The Ritual Process, p. 132.

68Ospina, “El segundo centenario de Medellín”, p. 314.

69Codazzi, “Al Prefecto José María Facio Lince, Medellín, 12 de junio de 1852”, p. 84.

70 Koselleck, Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, p. 334.

71Assman, “Collective Memory and Cultural Identity”, pp. 125-133.

72Molden, “Resistant pasts versus mnemonic hegemony,” p. 139.

Recibido: 28 de Febrero de 2025; Revisado: 31 de Marzo de 2025; Aprobado: 23 de Abril de 2025

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