SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número167Lineamientos generales para la clasificación climática de Köppen-Geiger del continente americano en los siglos XVI y XVII índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Revista de historia de América

versión On-line ISSN 2663-371X

Rev. hist. Am.  no.167 Cuidad de México ene./mar. 2024  Epub 02-Mayo-2025

https://doi.org/10.35424/rha.167.2024.5137 

Documentos

Visitas culturales transatlánticas de fines del siglo XIX y comienzos del XX: propuestas y posibilidades metodológicas para su estudio

*Grupo Interuniversitario de Estudios sobre Diplomacias y Culturas (giedyc), Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: paugrabru@hotmail.com.


En este ensayo presento algunas reflexiones y propuestas acerca de cómo estudiar “visitas culturales”, noción que he propuesto en un libro colectivo publicado en 2014.1 La misma intenta ofrecer alternativas y complementar categorías como intercambios, movilidades científicas o académicas, redes intelectuales, cooperación intelectual y otras afines. A la vez, plantea una elección metodológica: la de pensar en las movilidades de algunas figuras de distinto tipo, como profesores universitarios, científicos, políticos y diplomáticos para analizarlas no solamente en el marco de los impactos estrictamente académicos o intelectuales, sino también en tanto acontecimientos culturales que generaron en los ámbitos de recepción dinámicas que exceden lo estrictamente ligado a las facetas institucionales y científicas. En el mismo sentido, años antes de la publicación de la obra referida, Gonzalo Aguilar y Mariano Siskind habían propuesto una noción afín, la de “viajero cultural”, para pensar en las travesías de escritores de la década de 1920.2

En el mencionado libro colectivo que dirigí, titulado Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, los visitantes estudiados fueron los siguientes: Pietro Gori (analizado por Martín Albornoz), Rafael Altamira (estudiado por Gustavo Prado), Georges Clemenceau (contribución a mi cargo), Jean Jaurès y León Duguit (capítulo de Carlos Herrera), José Ortega y Gasset y Eugenio D’Ors (tratados por Maximiliano Fuentes Codera), Rabindranath Tagore (contribución a cargo de Martín Bergel), Albert Einstein (objeto de dos capítulos: uno firmado por Alejandro Dujovne y el otro por Gangui y Ortiz), Filippo Marinetti (a cargo de Sylvia Saítta), Le Corbusier (estudiado por Rosa Aboy y Violeta Nuviala), Waldo Frank (aporte de Miguel Rodríguez), y Jacques Maritain (trabajado por José Zanca). A su vez, el volumen centró la atención en una geografía particular de recepción: Buenos Aires, Argentina; aunque varios de los visitantes estudiados se habían detenido en otras capitales latinoamericanas, también analizadas o referidas en el volumen. Con una cronología que va desde 1898 hasta 1936, el proyecto proponía analizar las visitas en tres tiempos: 1) el de las expectativas generadas por la llegada del visitante; 2) el de la estadía de éste en el lugar de acogida; 3) el de los ecos que se suscitaban con la partida. Algunas deudas quedaron sin saldar en el armado de la obra. Por ejemplo, no he logrado dar con especialistas que pudieran sumar, en ese momento, perfiles de mujeres para analizar visitas, tampoco fue posible equilibrar el volumen con el estudio de más visitantes provenientes de geografías asiáticas (sólo se cuenta con Tagore) y del continente americano (siendo Waldo Frank el único visitante estudiado con esa procedencia). Así y todo, con las limitaciones que estos hechos han implicado, el libro consiguió bastante atención y su propuesta fue retomada por otros investigadores.3

Intento aquí dar cuenta de algunas reflexiones que pueden pensarse como sugerencias metodológicas para otros estudios que, además de nutrirse de la bibliografía disponible sobre redes, movilidades e intercambios académicos, se propongan analizar otras repercusiones de las visitas que, quizás, no estaban previstas, no eran del todo esperables y “desbordaban” las expectativas iniciales.

De este modo, la noción de “visita cultural” hace referencia a una serie de fenómenos que se desatan a partir de la llegada de una figura extranjera a una capital y contempla tanto lo pautado como lo inesperado. Las reflexiones que aquí propongo se basan en mi experiencia como directora de este proyecto, en las derivas posteriores que la noción de “visita cultural” asumió en estudios provenientes del campo de la Antropología, la Historia de la Literatura y la Historia de los intelectuales -se hace referencia a varios de ellos en el ensayo- y en mis propias investigaciones posteriores.

Estas visitas culturales pueden ser pensadas para distintas geografías y es posible estudiar cómo, en el mediano y largo plazo, esbozaron mapas culturales cuyas coordenadas pueden verse en traducciones y ediciones, contactos interpersonales, “bautismos” que los visitantes otorgaban a los miembros de los círculos de recepción y que, eventualmente, consolidaban relaciones maestro/discípulo, entre otras manifestaciones.

Contextos y cronologías

En este punto, me interesa reflexionar de manera particular cómo deben pensarse las temporalidades de una visita cultural. Las opciones son varias. Por ejemplo, podría asumirse como contexto para analizar la geografía de acogida; sin embargo, esto traería aparejado un costo: el de “recortar” a los visitantes de las coordenadas culturales de las geografías de las que provienen. Es decir, podría analizase con un sesgo que priorizara a la sociedad receptora sin tener en cuenta las implicancias para el visitante de su contexto de procedencia.

Si se recorta una cronología a la luz de tiempos latinoamericanos, por ejemplo, se podría estudiar las visitas que se concretaron en torno a los centenarios de las rupturas de los lazos coloniales, cuyas celebraciones dieron lugar a conmemoraciones nacionales con proyección internacional, dado que puede reconocerse una serie de giras de conferencistas europeos que circularon por América Latina durante los años de esas fechas. Varios de ellos han sido estudiados de manera sistemática, siendo quizás Rafael Altamira, Vicente Blasco Ibáñez y Georges de Clemenceau las figuras que más atención han suscitado. Si estas figuras se estudiaran sólo al calor de las sugerencias que plantea la amplia historiografía sobre centenarios latinoamericanos, atenta a la conformación de identidades nacionales, se estaría desperdiciando la posibilidad de analizar qué implicaba recibir a españoles o franceses en capitales latinoamericanas y se dejarían de lado discusiones centrales para pensar en cómo se estaban elaborando, desde coordenadas europeas y americanas, ciertas identidades transnacionales en tensión: el latinismo, el panhispanismo y distintas modulaciones hispanoamericanistas o iberoamericanistas, entre otras.

Los estudios de Pablo Ortemberg han avanzado en pistas interesantes para ahondar en estos temas. En su trabajo sobre la visita del jurista brasilero Ruy Barbosa a Argentina en 1916, enmarcada en la conmemoración del centenario de la declaración de independencia de España, por ejemplo, imperaba un clima de ideas en el que la noción de confraternidad latinoamericana estaba en auge. De este modo, las expectativas ante la visita de Ruy Barbosa mostraban cierta predisposición de la sociedad receptora a escuchar discursos en ese sentido. Sin embargo, las expresiones públicas de Barbosa no estuvieron tan concentradas en cuestiones regionales o continentales. Asumieron, en cambio, una perspectiva internacionalista en la que se acentuaban las preocupaciones de los países latinoamericanos respecto a la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias globales. De este modo, sus conferencias se vieron atravesadas por una agenda que trascendía la cronología americana y articulaba sus preocupaciones con el clima bélico.4 Se produjo así cierto “desencuentro” entre las expectativas de quienes lo habían invitado y sus manifestaciones públicas.

Otra cuestión para considerar en relación con las cronologías y las temporalidades de una visita tiene que ver con las desilusiones potenciales que se podían dar en los círculos de recepción de un visitante, ante las expectativas basadas en la información con la que se contaba antes de su llegada. Debe recordarse que para el período en el que he centrado la atención, los ritmos de circulación de la información no eran inmediatos y, en ocasiones, una figura política e intelectual de otra latitud era conocida por ciertos hitos de su trayectoria o cierta obra específica y que, a partir de estas pinceladas, se asentaban juicios categóricos. Así, cuando un visitante llegaba a una capital se esperaban ciertas opiniones y reacciones ante algunos temas específicos, pero éstas no siempre se concretaban.

En mi investigación sobre Clemenceau he dado cuenta de cómo, por ejemplo, entre los líderes del Partido Socialista argentino se tenían expectativas de escucharlo hablar sobre la “cuestión social”, dado que Buenos Aires atravesaba una etapa de movilizaciones con reivindicaciones obreras y un despliegue considerable de la cultura de izquierdas. Ante la demora de Clemenceau en pronunciarse sobre este tema, se generaron rumores, dudas y su perfil comenzó a ser difícilmente encasillable: ¿Clemenceau era en 1910 una figura política progresista como demostraba su pasado? ¿se trataba de un político conservador que había dimitido de la presidencia del consejo de ministros francés? Este tipo de tensión a la hora de interpretar a un visitante, se replicó en varias otras recepciones.

En la misma dirección, Sylvia Saítta ha mostrado cómo la llegada de Filipo Marinetti a Buenos Aires había generado dudas en las personas que lo recibieron y escucharon.5 La comunidad italiana no tenía claro qué ideas o proyecto político representaba. Los escritores tenían dudas sobre si se trataba simplemente de una visita del poeta del futurismo o de un publicista del fascismo. Nuevamente las preguntas y vacilaciones se manifestaban en los círculos que lo recibieron: ¿quién era Marinetti en 1926: un propagandista enviado por el gobierno de Benito Mussolini o su gira tenía un carácter estrictamente estético y distanciado de la política? Así, en ocasiones, las brechas temporales entre el momento en que se daba a conocer una figura europea en territorios latinoamericanos y la ocasión en la que la misma se apersonaba en alguna capital de la región, podían generar titubeos o confusiones respecto de los encuadres referenciales posibles.

En suma, como todo ejercicio potencialmente encuadrado en los marcos de investigación de la historia transnacional, considero que las preguntas sobre la articulación de cronologías y las temporalidades no puede ser naturalizada y deberían explicitarse las decisiones tomadas, con el fin de no asumir como obvios cortes cronológicos que no siempre tienen el mismo peso para actores de distintas latitudes. En esta dirección, y sin desconocer especificidades, los balances obtenidos en estas investigaciones podrían ser de utilidad al momento de pensar otro tipo de experiencias de circulación e intercambio de personajes entre distintas geografías intelectuales, como por ejemplo, las desplegadas en el marco de instituciones universitarias, redes académicas o circuitos profesionales.

Epítetos y jerarquías

En este punto, quisiera llamar la atención sobre una serie de fórmulas que cristalizaban recurrentemente en las situaciones de visitas. Algunas expresiones se repiten como epítetos estandarizados, entre ellas: “viajero ilustre”, “misionero educativo”, “sacerdote científico”, “embajador de las letras”, “profeta de los valores civilizatorios”, “sabio”, entre otras. Cada una de estas denominaciones de época estaba sustentada en prejuicios que se operativizaban y consolidaban en el transcurso de las estadías de los visitantes en las ciudades por las que transitaban.

Algunas de ellas, quizás la mayoría, portan consideraciones positivas sobre los visitantes. Sin embargo, considero que este punto debe ser revisado con atención, toda vez que al asumir que alguien podía ejercer una misión, ser sabio, profeta o portavoz de una serie de valores, podríamos estar frente a juicios que implican una situación no explicitada de asimetría: se trataba de voces autorizadas que emprendían acciones consideradas “civilizatorias”. De ahí que si no se problematizan estas denominaciones ofrecidas por los contemporáneos, como investigadores corremos el riesgo de asumir que el visitante contaba con una superioridad indiscutida, dada por su origen nacional, por el saber que manejaba y difundía o bien porque contaba con las credenciales que podrían considerarse pertinentes para posicionarse “por sobre” la sociedad que lo acogía. Así, en lugar de naturalizarlas -de hecho, son expresiones que suelen verse a menudo en los títulos de artículos académicos sin tratamientos posteriores-, estas expresiones deben problematizarse.

Es decir, la propuesta de algunos contemporáneos no debería obstaculizar nuestra capacidad para analizar de qué modo se han acuñado estos epítetos, qué significaban, quiénes, supuestamente, los encarnaban y qué implica reproducirlos y convertirlos en elementos descriptivos en nuestros estudios. Debe considerarse que expresiones como “misionero”, traen consigo prejuicios asociados a ciertas declinaciones del pensamiento colonial; o bien si se trata a los visitantes como “sabios” esto implica una jerarquía que presupone la presencia de “legos” y este hecho podría replicar las reflexiones, casi superadas por la comunidad académica, sobre centros de producción y periferias de reproducción de conocimientos.

Creo que debemos hacer un esfuerzo por no caer en la tentación de pensar en centro/periferia o superioridad/inferioridad para pensar en las visitas de ciertas figuras. Al hacerlo, se generan interpretaciones como la propuesta por Paulina Iglesias, en una contribución sobre la visita de Anton Giulio Bragaglia a algunas provincias argentinas. Allí se asume, una serie de consideraciones que llevan consigo una jerarquización no explicitada en su trabajo: al narrar cómo esta figura, considerada de vanguardia, giró en 1930 con el objetivo de dar a conocer el “teatro nuevo” y llevar adelante “la internacionalización de los movimientos de vanguardia”, se señala que, sin proponérselo, terminó incentivando el surgimiento de “proyectos periféricos” que surgieron al calor de su gira.6 En esta interpretación de la visita, por ejemplo, se asumen las nociones de centro-periferia o vanguardia-retaguardia sin ser problematizadas.

Complementariamente, considero pertinente realizar indagaciones sobre las ideas y valores que, al menos teóricamente, se adjudican a los visitantes. En las fuentes disponibles se encuentran a menudo expresiones como “habla en nombre de Francia”, “representa la quintaesencia de la latinidad”, “cuenta con la sabiduría de los políticos del Viejo Continente”, entre otras fórmulas simplificadoras. Cada una de estas consideraciones también trae implícitas jerarquías y asimetrías que se validan a la hora de reproducir estas definiciones sin cuestionarlas. Además, podrían generar limitaciones al estudiar las visitas y sus dinámicas. Por ejemplo, no siempre los visitantes llegaban como delegados oficiales de un gobierno, una institución cultural o una universidad. Entonces, ¿en qué medida representaban a un país, una posición política o una comunidad científica? Cada una de estas preguntas abre vetas interesantes para dar cuenta de las tensiones generadas a partir de cosmovisiones que podían circular en un momento determinado en las comunidades científicas o intelectuales.

Costos, espectáculos y consumos

Cada una de las visitas de una figura que se desplazaba de una geografía a otra generaba costos pecuniarios y organizativos que debían cubrirse. Las preguntas que se abren ante este dato son varias: ¿quiénes y cómo se financiaban esas visitas? ¿los visitantes percibían honorarios? ¿existían figuras encargadas de comprar billetes de barco, comprar guías de viajero y reservar hoteles para los visitantes? ¿quiénes planeaban sus agendas? ¿las figuras del secretario y el traductor estaban garantizadas en el destino o implicaban acuerdos en el país de origen? En caso de que fuera así: ¿quiénes y bajo qué acuerdos financieros proveían estos servicios? Estos y otros interrogantes, en apariencia sencillos, suelen estar ausentes en los análisis sobre movilidades en circuitos académicos e intelectuales en el período en el que me interesa focalizar la atención, entre fines del siglo xix y comienzos del siglo xx.

En varios estudios se asume que tal visitante viajó en un barco bautizado con un nombre de época, llegó a una ciudad específica, se alojó en un hotel céntrico, se encontró con tales y cuáles figuras políticas e intelectuales, concurrió a cenas, banquetes y otros homenajes, y se naturalizan en la descripción cada uno de estos datos. Mi invitación es, en cambio, a pensar cada uno de los tramos organizativos, los costos que implica una movilidad e intentar dar respuesta a las preguntas recién esbozadas. A la luz de mis experiencias de investigación y las de otros colegas, en ocasiones se comenten errores que se repiten en el largo plazo sobre los móviles de una visita. En un caso que he estudiado con detenimiento, el de la estadía en Buenos Aires de Georges Clemenceau en 1910, la historiografía se había empeñado durante años en sostener que se trataba una visita oficial francesa en el marco de las celebraciones del centenario de la ruptura de los lazos coloniales con España. En cambio, he mostrado que su visita había sido organizada por un empresario teatral de origen portugués, que le ofreció a Clemenceau realizar un “tour de conferencias” por América del Sur y que él había aceptado porque se había enterado, gracias a la experiencia de Anatole France en estas giras, que las ganancias que se obtenían en los tours eran considerables. Estos indicios arrojaron nuevas pistas para pensar en su visita a Buenos Aires y pude ver que, lejos de responder a una visita oficial, la estadía del francés en la capital argentina fue motivada por una lógica comercial y que, de hecho, se anunciaban sus conferencias en un teatro porteño en la misma publicidad en la que se anunciaban eventos musicales organizados por el promotor teatral que lo había contratado, Faustino Da Rosa.

Semejantes indicios conducen a otras cuestiones problemáticas. Si en la época existían los “tours de conferencias”: ¿en qué espacios se presentaban los oradores? ¿quiénes concurrían a las mismas? ¿cómo se comercializaban las entradas? Atendiendo a estas preguntas y otras afines, he detectado algunos modelos que repetían varios visitantes que conferenciaban. Es decir, pueden verse reiteraciones en los nombres de los teatros que ofrecían estas charlas y también tener conocimiento sobre cómo las entradas y el acceso a esas conferencias se ofrecían al público, con prácticas que se asimilaban a las del mundo de los espectáculos (abonos, entradas para una sola sesión). Interrogantes interesantes se abren a la luz de este hecho: ¿las conferencias que no se pronunciaban en aulas o auditorios universitarios eran consideradas espectáculos por los asistentes? ¿en qué idioma exponían los conferenciantes que se presentaban en los teatros cuya lengua materna era diferente a la del país de acogida? Dar respuesta abre la posibilidad de llevar adelante una serie de pesquisas específicas. He mostrado cómo, por ejemplo, en un momento en el que no existía la traducción simultánea como práctica, italianos y franceses en Buenos Aires pronunciaban sus conferencias en su idioma materno. De este modo, el auditorio escuchaba exposiciones que podían durar hasta dos horas en lenguas que la mayoría de las veces, no era la propia. Desde ya, en sociedades con presencia fuerte de comunidades inmigratorias, podía presuponerse que había connacionales en las salas, pero cuando las entradas para las mismas se agotaban, puede que hubiera concurrentes que no comprendieran cabalmente los contenidos. Es decir, una parte de la audiencia “consumía” las conferencias sin esperar comprenderlas. Quizás solamente podía conocer los contenidos de lo que había escuchado en la prensa del día posterior al acto. Entonces ¿qué tipo de público se acercaba a estos eventos? Los periódicos suelen referirse a figuras políticas y culturales que se apersonaban en las salas y ocupaban lugares de visibilidad en los palcos, pero queda todavía por analizar qué otros públicos se acercaban a consumir estos “espectáculos”.

Graciela Montaldo ha ofrecido algunas consideraciones interesantes para reflexionar sobre estas cuestiones, al pensar las formas de consumo masivas exitosas a nivel público. Destaca al respecto que las mismas no pertenecen “a un sector social específico, sino que pone en contacto las diferencias”.7 Ese contacto es quizás una pista para entender que en una misma sala escuchando, por ejemplo, a Jean Jaurés en Buenos Aires, se contaran políticos socialistas y conservadores, la comunidad francesa de la ciudad, curiosos que no comprendían su idioma, entre otros concurrentes.8

La noción de una conferencia como “espectáculo”, abre también nuevos interrogantes sobre las performances de los visitantes al presentarse en público. En crónicas de prensa se encuentran numerosas referencias que describen los escenarios y dan cuenta de los ademanes, el uso de la voz, los movimientos y los cambios de estrategia expositiva y de expresión física que podía propiciar la aprobación o la indiferencia ofrecidas por el público. Pueden pensarse, entonces, en estas presentaciones públicas con claves de teatralización y performance y como eventos culturales de consumo no restringido a las elites letradas.

Sobre las performances de los visitantes, me interesa aquí destacar algunos apuntes de las contribuciones de Martín Bergel, sobre Haya de la Torre y Fernando Degeovanni, acerca de Manuel Ugarte. Ambos han mostrado cómo en sus giras de conferencia latinoamericanas cada uno dinamizó formas de expresión del cuerpo, retóricas y modulaciones de la voz en sus discursos públicos y conferencias con el objetivo de interpelar con las palabras y el contenido afectivo a quiénes los escuchaban, a la vez daban a conocer sus proyectos latinoamericanistas o transnacionales.9 Estos aspectos podrían verse enriquecidos por análisis que, nutriéndose de los aportes de la historia de las emociones, reflexionaran sobre las facetas emocionales de la vida intelectual, entre otras posibilidades.

Lo inesperado

Dado que, en general, las visitas se mencionan en el marco de estudios que las utilizan como eventos para ilustrar otras cuestiones -entre ellas: las transferencias culturales, las “influencias” de la cultura o la ciencia de un país sobre otro o el reforzamiento de los vínculos de intercambio académico entre dos geografías-, dichos episodios pueden ser recuperados por la historia de una rama del saber o una disciplina específica. Estas opciones pueden generar un sesgo y limitar las posibilidades que se abren a la hora de pensar una visita cultural como objeto en sí.

En el libro que coordiné, consideré oportuno sumar dos capítulos diferentes sobre la visita de Albert Einstein a Buenos Aires. Uno de ellos, a cargo de Alejandro Gangui y Eduardo Ortiz, centra la atención en el impacto específico que su presencia generó en los ámbitos universitarios y científicos;10 el otro, escrito por Alejandro Dujovne, hace foco en los efectos que la visita tuvo en el marco de la comunidad judía argentina. Estos capítulos muestran los carriles paralelos en los que podría transcurrir la estadía de un visitante en una ciudad y hasta qué punto las agendas pautadas originalmente podían modificarse al calor de la experiencia de la visita en sí.

Por otro lado, he constatado la forma en que la estadía de un visitante podía generar manifestaciones o demandas inesperadas de diferentes sectores que torcían circuitos previstos. En ocasiones, al saber que un visitante estaba en la ciudad, comunidades étnicas, asociaciones civiles o profesionales, círculos de sociabilidad intelectual o clubes sociales manifestaban un interés inesperado por contar con la presencia de los visitantes. La proliferación de instancias de circulación y de escenarios posibles, entonces, solía convertir a cada visita en una experiencia en la que lo inesperado o imprevisto ganaba terreno. Así, estudiando la estadía argentina de Pietro Gori, Martín Albornoz ha demostrado cómo transitó por diversos espacios de la vida cultural y política argentina que no estaban previstos desde el comienzo de su visita, como el Círculo de la Prensa, la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, el Teatro Doria y el Teatro Victoria, escenarios desconocidos de Barracas y Luján, la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos y otros.11

A la luz de la visita de Rafael Altamira, Gustavo Prado ha mostrado cómo, a partir de un circuito que se presentaba predominantemente universitario -ya que dictó cursos en la Facultad de Derecho y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y visitó o conferenció en la Universidad de La Plata, la Universidad de Santa Fe y la Universidad de Córdoba-, su presencia generó intereses y convocatorias de centros de estudiantes, asociaciones étnicas como el Club Español y otros auditorios espontáneos, como escuelas, teatros, o asociaciones profesionales.12

Una última referencia, Maximiliano Fuentes Codera ha constatado que en la primera visita a Buenos Aires de José Ortega y Gasset, éste frecuentó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y visitó las universidades de San Miguel de Tucumán, Córdoba, Mendoza, Rosario y Montevideo; pero sumó a su agenda conferencias en los teatros Ópera y Odeón, y aceptó convites de pequeños cenáculos animados por jóvenes interesados en escucharlo.13 También se podían dar situaciones en las que un visitante era demandado por un espacio y su visita no se concretaba por motivos diversos, como ha mostrado María Belén Portelli para el caso de Enrico Ferri, en “una visita que no fue” a la Universidad Nacional de Córdoba.14

Así, la proliferación de auditorios “fuera de agenda” podía ser uno de los efectos inesperados que las visitas podían desencadenar y que vale la pena indagar. Pero hay más efectos que merecen la pena considerar. Por ejemplo, he detectado manifestaciones de afecto “popular” que los visitantes podían desencadenar sin proponérselo. En el caso de la visita de Clemenceau, las crónicas periodísticas narran que al cierre de una de sus conferencias teatrales, fue llevado en andas por el público hasta la puerta de su hotel (entre el teatro y el alojamiento había un tramo de aproximadamente dos kilómetros). También que, a lo largo de su estadía, recibía de parte de desconocidos regalos como tejidos, ponchos, dulces y fotografías, que dejaban con notas en el lobby de su hotel. Esta situación lo hizo comprar vitrinas para exponer todos los obsequios que conformaban lo que llamó el “museo argentino”, las cuales fueron transportadas a su regreso a Francia y las mantuvo en una de sus residencias. Este tipo de reconocimiento a los visitantes muestra una forma de repercusión que trasciende espacios de circulación universitaria, intelectual y política, hecho que ofrece pistas interesantes para pensar en las “apropiaciones” variadas que ciertas figuras podían generar, incluso sin proponérselo.

Otros efectos inesperados que pueden ser analizados son aquellos que surgían al calor de las dinámicas locales de los espacios que recibían a los visitantes. En el mencionado libro que dirigí, invité a los especialistas a no reducir a anécdotas algunos gestos que daban cuenta del “color local” y que, a la vez, generaban preguntas sobre las apuestas identitarias que podía generar una visita extranjera. Así, los autores relevaron situaciones como las siguientes: Pietro Gori consideró, por sugerencia de un desconocido, vestirse de gaucho para dictar sus conferencias en algunos pueblos de la Provincia de Buenos Aires; entre los regalos del “museo argentino” de Clemenceau, los objetos autóctonos predominaban sobre otros. Así, piezas de cuero, facones, mates y platería criolla, se acumulaban en sus vitrinas; un fotógrafo insistía para que Einstein se prestara a posar con “aires tangueros” en una sesión; los paseos por estancias, que implicaban horas dedicadas a degustar asados, formaron parte de la agenda de casi todos los visitantes que hemos estudiado para el libro colectivo. Algunos de estos episodios, que podrían ser considerados simplemente pintorescos, como argumentó Matías Casas, se ritualizaron y se convirtieron, con el correr de los años, en parte constitutiva de un “tradicionalismo for export” puesto en acción ante cada visitante extranjero.15

De este modo, considero que atender a estas cuestiones pueden dar pistas sobre los momentos específicos de construcción o consolidación de identidades que se daban en las sociedades receptoras y que permiten captar qué manifestaciones públicas y puestas en escenas catalizaban los visitantes de otras geografías.

Los registros

Las visitas culturales pueden ser también estudiadas en tanto eventos que desataban una cantidad de registros escritos de distinto tipo. Desde el momento mismo que se daba a conocer que la llegada de un visitante con reputación estaba cerca temporalmente, se multiplicaban las notas de prensa sobre semblanzas del visitante, traducciones de fragmentos de sus textos, testimonios de figuras locales que lo conocían de manera epistolar o personal. Se generaba, de este modo, una especie de campaña de expectativas que ofrecían información a los lectores curiosos -en ocasiones desfasada, como ya he señalado-, que los preparaba y predisponía para seguir el día a día de los visitantes una vez que llegaran a destino.

El arribo de los visitantes abría otra etapa de generación de escritos en prensas y revistas, no sólo académicas, sino de amplia tirada también. Debe considerarse que en el período en que se han centrado las indagaciones que he mencionado, figuras como la del “periodista científico” o la del “crítico cultural”, como otras figuras periodísticas hoy especializadas, no contaban con rasgos definidos. Así, las visitas de personalidades con saberes específicos podían generar desafíos en el mundo impreso de las sociedades receptoras, dado que distintas plumas comenzaban a dar cuenta de la estadía de una figura que implicaba cubrir el transcurrir cotidiano del visitante -en mis indagaciones he dado cuenta de la existencia de una columna titulada “La journée de M. Clemenceau” que se publicaba a diario durante su visita a Buenos Aires en el periódico El Diario, además de ofrecer resúmenes sobre los contenidos de las conferencias pronunciadas en auditorios universitarios, asociaciones profesionales y étnicas, o teatros-.

En ocasiones, los encargados de escribir sobre los eventos en la prensa devenían traductores espontáneos de las voces de los oradores que se expresaban en otros idiomas. Esta cobertura periodística de una visita generó en el largo plazo una cierta forma de cubrir este tipo de eventos que forjó una bastante estandarizada para dar cuenta de estos episodios culturales. Junto con los registros escritos proliferaron también otros visuales, entre los que destacan el retrato con epígrafe informativo y la caricatura que sugería rasgos del visitante asociados a su nacionalidad, ambos registros merecen también atención por parte de los investigadores.

Algunos aportes han explorado el camino sugerido en Visitas culturales en la Argentina sobre el rol de la prensa. Alicia San Martín Molina, por ejemplo, ha mostrado cómo El Diario Español, destinado a la comunidad española de Buenos Aires, cubrió la visita de Blasco Ibáñez a Argentina. En su trabajo ha dado cuenta de cómo la prensa étnica dio un tratamiento especial a la visita del escritor, cubrió sus conferencias y afianzó ciertas nociones de hispanoamericanismo que ya circulaban atribuyendo al visitante sentidos no siempre explícitos en sus intervenciones.16 Celia Aldama, en su tesis doctoral, da cuenta de las visitas de figuras culturales a Argentina mediante un tratamiento privilegiado al análisis de la prensa, a partir de silencios, dudas y énfasis ofrecidos ante la llegada de varios visitantes.17

Las visitas generaban también otras dinámicas de escritura. En numerosas ocasiones, los conferencistas se comprometían a enviar colaboraciones a periódicos y revistas de su país de origen. Algunas veces, se publicaban mientras la visita sucedía y otras con algún desfasaje temporal. Clemenceau, por ejemplo, se había comprometido a enviar sus crónicas sobre América del Sur a la L’Illustration mientras viajaba, pero las excesivas demandas ocasionadas por la gira le habían impedido honrar el compromiso y envió sus crónicas un año después. Este tipo de texto escrito como resultado de una visita era bastante usual. Ángeles Montero ha mostrado cómo el español Luis Olariaga, quien concretó una visita a Buenos Aires en 1924 propiciada por la Institución Cultural Española, expuso sus ideas sobre el rol de la comunidad española en la sociedad argentina tanto en los artículos que enviaba al periódico El Sol de Madrid como en sus ensayos, que fueron luego publicados en Revista de Occidente.18

Otra práctica asociada a la cultura impresa que valdría la pena estudiar es la proliferación de publicaciones de autoría de los visitantes que veían la luz en los meses anteriores y posteriores a sus estadías. He detectado en algunas investigaciones que desarrollo actualmente, un alto nivel de interés generado en el ámbito de las casas editoras en traducir o publicar conferencias breves u obras voluminosas de las figuras científicas o intelectuales en tránsito porque se preveía la generación de un mercado de lectores y curiosos que podían ser satisfechos.

Una vez cerradas las estadías, para los visitantes llegaba la hora de dar lugar a los registros de las experiencias sobre el país visitado. Los tipos de escritos que podían surgir eran variados, desde los ya mencionados artículos y crónicas en medios de esos países, pasando por relatos o impresiones de viaje, diarios íntimos o memorias, publicación de las conferencias dictadas con estudios que recogían anotaciones sobre la experiencia vivida, libros que presentaban análisis “sociológicos” sobre los países conocidos, entre otras opciones. Una lectura sistemática de estos textos permite contrastar las informaciones previas sobre el país con las que viajaban los visitantes -en ocasiones escasas o equívocas-, con las observaciones surgidas al calor de la experiencia. Es interesante también considerar cómo varios de estos registros luego fueron incorporados como fuentes para pensar distintas cuestiones de las naciones visitadas por las figuras intelectuales locales. En estas prácticas se genera un intercambio implícito entre la voz del visitante extranjero y los intelectuales vernáculos que, en ocasiones, también puede rastrearse en correspondencias personales, las cuales vale la pena revisar para ver de qué modo esos testimonios de testigos participantes desafiaron las certezas de la vida cultural receptora.

Visitas cruzadas

Un último aspecto que quisiera considerar es el de un efecto que no siempre se puede constatar: el de las visitas cruzadas. Es un fenómeno bastante usual estudiar intercambios académicos entre dos naciones que están institucionalizados y cuentan con mecanismos específicos de concreción. Pero, como en las secciones anteriores de este ensayo, invito aquí a pensar en fenómenos que se daban por otros carriles o que superponían dinámicas de la institucionalización científica con emprendimientos privados y comerciales. Presento aquí un caso de visitas cruzadas que pone en evidencia algunas vetas interesantes para ser analizadas y rastrear otros casos similares.

En años anteriores, he estudiado la trayectoria intelectual de un francés afincado en Argentina en la década de 1860, Paul Groussac (1848-1929). Se trata de una figura que se consolidó como referente intelectual en el marco de la vida cultural argentina y que tuvo una impronta considerable en la conformación de repertorios de ideas asociados con el latinoamericanismo de sesgo antinortemaericano.19 Su nombre devino, para los contemporáneos, sinónimo de prestigio cultural francés en un país latinoamericano. Para retomar uno de los planteos que presenté aquí, apunto que Jorge Luis Borges lo consideró como un “misionero de Voltaire entre el mulataje”. Una noción semejante propuso Georges Clemenceau en su visita a Buenos Aires de 1910. Al estudiar su visita pude detectar su estrecho vínculo con su compatriota instalado en tierras porteñas. El primero tomó como referente al segundo por varias cuestiones: era el director de la Biblioteca Nacional argentina, se lo consideraba un articulador de la vida intelectual y se mostró abierto a ser su acompañante espontáneamente. Aunque como he señalado, la estadía de Clemenceau en capitales sudamericanas fue ideada por un empresario teatral, Groussac se mostró dispuesto a ser parte de su comitiva y oficiar como guía local en paseos por el Hipódromo de Buenos Aires, estancias y tertulias propiciadas por círculos de sociabilidad intelectual.

La visita de Clemenceau, a juzgar por las crónicas, transcurría sin mayores problemas. Sin embargo, el 12 de agosto de 1910, varios periódicos argentinos cubrieron, siguiendo las dinámicas ya descriptas, un altercado entre el visitante y un grupo de intérpretes teatrales que pretendían agasajarlo interpretando su pieza Le voile de bonheur en un teatro. La compañía se acercó al hotel del francés y le solicitó permiso para hacerlo, asumiendo que se sentiría halagado, también lo invitó a presenciar los ensayos. La reacción de Clemenceau es descripta por los cronistas como colérica: sorprendido por esta iniciativa, se negó de manera rotunda a que se representara su obra. De todas formas, la troupe ensayó, publicitó la obra y la interpretó. Este hecho generó en el visitante una gran irritación, a tal punto que hizo una denuncia por escrito en la que señalaba que se oponía “a estos procederes de piratería que desgraciadamente autoriza la falta de una ley que garantice en la República Argentina la propiedad literaria”.20

El juicio describía una realidad: la falta de adhesión de la Argentina a las normas de derechos y propiedad intelectual posibilitaba que se realizaran traducciones, reproducciones y representaciones de todo tipo de obra sin pagar las retribuciones a los autores de éstas. Clemenceau se reunió con Groussac para manifestarle que él, en tanto oriundo de un país “civilizado”, debía promover la redacción de una ley de protección de la autoría intelectual.

En pocos días, en el mismo mes de agosto de 1910, se discutió en la Cámara de Diputados un proyecto de ley de propiedad literaria y artística, presentado por los diputados Carlos Carlés y Manuel Carlés quienes sostenían que representaban gratamente “el encargo de amigos y maestros, célebres en ciencias, artes y respetos sociales”.21 El proyecto fue aprobado y pasó a la Cámara de Senadores, donde Joaquín V. González, senador por La Rioja, prestó su voz a la hora de exponer el proyecto, argumentando que la Argentina había sido presionada por destacados intelectuales franceses a tener su propia ley de propiedad científica y literaria. González declaraba:

En Europa, particularmente en Francia, se ha promovido últimamente un movimiento de instancia á la República Argentina respecto á la sanción de esta ley. Un comité, formado por los primeros intelectuales franceses, bajo la presidencia del célebre historiador y político Hanotaux, ha hecho gestiones ante la legación argentina en París aduciendo razones de esas que difícilmente se postergan, á fin de que se dicte una ley que reconozca los derechos de los autores franceses. Esta instancia ha tenido aquí su repercusión con motivo de la visita de uno de los hombres más eminentes de Francia y de la Europa contemporánea, Monsieur Clemenceau.22

La ley 7092, primera ley de propiedad intelectual de la Argentina, fue finalmente aprobada. Su redactor fue Groussac, a instancias de Clemenceau. Este hecho da cuenta de cómo esta visita, motivada por intereses comerciales y particulares, desencadenó una serie de sucesos que, aunque pueden considerarse fortuitos, propiciaron una legislación que impactaba directamente las condiciones de difusión de obras en el ámbito intelectual argentino. Desde ya, nada anunciaba en la preparación de la visita de Clemenceau este tipo de repercusión, totalmente inesperada. En el libro publicado por el estadista francés luego de su tour de conferencias, titulado Notes de voyage dans l’Amérique du sud: Argentine, Uruguay, Brésil, le dedica a Groussac unas cuantas páginas hablando de su labor y de la notable influencia de Francia en la vida cultural argentina, constatada en el hecho de que un compatriota ocupara el alto cargo de director de la Biblioteca Nacional de su país de adopción.

Aunque la visita de Clemenceau a Argentina en el año del centenario de la revolución de 1810 suele ser mencionado en estudios sobre la época, no se había prestado atención a su contraparte. Sin embargo, al poco tiempo de su estadía porteña, se concretó una estadía de Paul Groussac a París. Esta vez, en cambio, la visita estaba enmarcada en lo que podríamos llamar un programa de intercambio sui generis. El viaje de Groussac de 1911 fue motivado por una invitación del Groupement des Universités et Grandes Ecoles de France pour les rapports avec l’Amérique latine. Los organizadores de este grupo autoconvocado eran referentes de casas de estudio francesas que se habían asociado estatutariamente en 1909 con el propósito de estrechar los vínculos intelectuales entre la nación gala y los países latinoamericanos. Con este objetivo, la agrupación organizó una serie de visitas de representantes de la cultura latinoamericana y estudiantes destacados -a quienes les conseguían descuentos en los pasajes de barco y ofrecían algunas facilidades para realizar las visitas-. Según puede apreciarse en el Bulletin de la Bibliothèque Américaine (Amérique latine), órgano del grupo referido, entre los participantes de las reuniones con conferencias de esta asociación se contaron, por ejemplo, Manuel Ugarte, Oliveira Lima, M. A. Dellepiane. Groussac fue convocado por este grupo como una figura relevante de América Latina de origen francés. Así, en los salones de la Sorbona durante un acto presidido por Clemenceau, se lo invitó frente a una amplia concurrencia a pronunciar una conferencia sobre Santiago de Liniers, que luego se publicó en la Revue des deux mondes.23

Estas breves consideraciones sobre visitas cruzadas permiten ver cómo, a través del seguimiento de dos figuras, se pueden rastrear circuitos diferentes -comerciales y académicos-, analizar propuestas identitarias transnacionales -como el latinoamericanismo francés-, identificar la presencia de intermediarios lingüísticos, compatriotas interesados, empresarios y editores, detectar formas de circulación de escritos propiciados por las visitas en libros y revistas, dar cuenta de los efectos inesperados que podían suscitarse al calor de las experiencias -como la redacción y promulgación de una ley de propiedad intelectual-, entre otros aspectos destacados en este ensayo.

Queda así hecha la invitación a desarrollar nuevas investigaciones sobre estas y otras dinámicas que, seguramente, pueden seguir estudiándose para pensar cómo se conformaron los mapas de la circulación y las movilidades intelectuales a escala transnacional.

Agradecimiento

Estas reflexiones fueron presentadas en el Seminario Internacional “Redes intelectuales globales”, realizando en la Universidad Complutense de Madrid en septiembre de 2022. Agradezco los comentarios allí recibidos. Se inscriben, a su vez, en la investigación realizada en el marco del proyecto “Un campus global: universitarios, transferencias culturales y experiencias en el siglo xx”, PID2020-113106GB-I00, Ministerio de Ciencia e Innovación de España.

Referencias

Aguilar, Gonzalo, “El cuerpo y la sombra. Los viajeros culturales en la década del 20”, Punto de Vista, núm, 59, Republicado en Aguilar, Gonzalo, Episodios cosmopolitas en la cultura argentina, Buenos Aires, Santiago Arcos, 2009, pp. 171-184. [ Links ]

Aguilar, Gonzalo y Mariano, Siskind, “Viajeros culturales en Argentina (1928-1942)”, en Noe, Jitrik (dir. de colección) y María Teresa Gramuglio (dir. de tomo), Historia Crítica de la Literatura Argentina, Tomo 6: “El imperio realista”, Buenos Aires, Emecé, 2002, pp. 367-391. [ Links ]

Albornoz, Martín, “Pietro Gori en la Argentina (1898-1902): anarquismo y cultura”, en Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos, 2014, pp. 23-48. [ Links ]

Aldama Ordoñez, Celia de, “La parola contesa: inmigrantes y viajeros italianos en el campo intelectual argentino (1900-1936)”, tesis doctoral, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filología, 2017. [ Links ]

Bergel, Martín, “Haya de la Torre en el Cono Sur (1922): viaje y ritual latinoamericanista en la expansión del reformismo universitario continental”, en Bergel, Martín (coord.), Los viajes latinoamericanos de la Reforma Universitaria, Rosario, Humanidades y Artes Ediciones-HyA ediciones, 2018, pp. 65-91. [ Links ]

Bruno, Paula, Paul Groussac. Un estratega intelectual, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica-Universidad de San Andrés, 2005. [ Links ]

Bruno, Paula, “Georges Clemenceau en la Buenos Aires de 1910”, en Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 71-98. [ Links ]

Bruno, Paula, “De Buenos Aires al mundo: la trayectoria de Paul Groussac de 1900 a 1929”, en Carlos Altamirano (dir.), Aventuras de la cultura argentina en el siglo xx, Buenos Aires, Siglo XXI, 2024. [ Links ]

Castro Montero, Ángeles, “España en la Argentina: Luis Olariaga y sus impresiones acerca de la inmigración española”, Estudios de Historia de España, vol. 21, núm. 2, 2019, pp.170-188. [ Links ]

Casas, Matías, “Tradicionalismo for export: el entramado gauchesco transnacional a partir de la trayectoria de Carlos Daws (1897-1948)”, Revista Complutense de Historia de América, núm. 48, 2022, pp. 319-344. doi: 10.5209/rcha.81386. [ Links ]

Degiovanni, Fernando, “Correspondencias sumergidas: latinoamericanismo, performance y archivo en Manuel Ugarte”, Anclajes, vol. 24, núm. 3, 2020, pp. 137-153. doi: 10.19137/anclajes-2020-24310. [ Links ]

Dujovne, Alejandro, “Einstein y la comunidad judía argentina”, Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 191-214. [ Links ]

Fuentes Codera, Maximiliano, “José Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors: las primeras visitas a la Argentina y sus proyecciones”, en Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 121-142. [ Links ]

Gangui, Alejandro y Ortiz, Eduardo, “Albert Einstein en la Argentina: el impacto científico de su visita”, en Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 167-190. [ Links ]

Herrera, Carlos, “Jean Jaurès y Léon Duguit en Buenos Aires: el político, el científico, lo social”, en Bruno, Paula, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 97-120. [ Links ]

Iglesias, Paulina, “La visita cultural de Anton Giulio Bragaglia. Circulación nacional y transnacional de las vanguardias”, Boletín de Artes, septiembre, 2018, pp. 1-8. doi: 10.24215/23142502e002 [ Links ]

Montaldo, Graciela, Museo del consumo: archivos de la cultura de masas en Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica , 2016. [ Links ]

Ortemberg, Pablo, “Ruy Barbosa en el Centenario de 1916: apogeo de la confraternidad entre Brasil y Argentina”, Revista de Historia de América, núm. 154, 2018, pp. 105-134. doi: 10.35424/rha.154.2018.40. [ Links ]

Portelli, María Belén, “Avatares de una visita que no fue: Enrico Ferri y la Universidad Nacional de Córdoba a principios del siglo xx”, CIAN-Revista de Historia de las Universidades, vol. 21, núm. 2, 2018, pp. 299-321. doi: 10.20318/cian.2018.4478. [ Links ]

Prado, Gustavo, “Rafael Altamira y su visita a la Argentina”, enBruno, Paula , Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014. 49-70. [ Links ]

Saítta, Sylvia, “Filippo Marinetti en la Argentina”, enBruno, Paula , Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936, Buenos Aires, Biblos , 2014, pp. 215-230. [ Links ]

San Martín Molina, Alicia, “Vicente Blasco Ibáñez: su visita a la Argentina a través de El Diario Español”, Revista Internacional de Historia de la comunicación, vol. 1, núm. 12, 2019, pp. 134-154. doi: 10.12795/RiHC.2019.i12.07. [ Links ]

1Bruno, Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936.

2 Aguilar, “El cuerpo y la sombra. Los viajeros culturales en la década del 20”; Aguilar y Siskind, “Viajeros culturales en Argentina (1928-1942)”.

3Algunas reseñas del libro pueden encontrarse en las siguientes revistas: Anales de Literatura Hispanoamericana, Anuario de Estudios Americanos, Anuario iehs, Prismas. Revista de Historia Intelectual.

4 Ortemberg, “Ruy Barbosa en el Centenario de 1916: apogeo de la confraternidad entre Brasil y Argentina”.

5 Saítta, “Filippo Marinetti en la Argentina”.

6 Iglesias, “La visita cultural de Anton Giulio Bragaglia. Circulación nacional y transnacional de las vanguardias”.

7 Montaldo, Museo del consumo: archivos de la cultura de masas en Argentina.

8 Herrera, “Jean Jaurès y Léon Duguit en Buenos Aires: el político, el científico, lo social”.

9 Bergel, “Haya de la Torre en el Cono Sur (1922): viaje y ritual latinoamericanista en la expansión del reformismo universitario continental”; Degiovanni, “Correspondencias sumergidas: latinoamericanismo, performance y archivo en Manuel Ugarte”.

10 Gangui y Ortiz, “Albert Einstein en la Argentina: el impacto científico de su visita”.

11 Albornoz, “Pietro Gori en la Argentina (1898-1902): anarquismo y cultura”.

12 Prado, “Rafael Altamira y su visita a la Argentina”.

13 Fuentes Cordera, “José Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors: las primeras visitas a la Argentina y sus proyecciones”.

14 Portelli, “Avatares de una visita que no fue: Enrico Ferri y la Universidad Nacional de Córdoba a principios del siglo xx”.

15 Casas, “Tradicionalismo for export: el entramado gauchesco transnacional a partir de la trayectoria de Carlos Daws (1897-1948)”.

16 San Martín Molina, “Vicente Blasco Ibáñez: su visita a la Argentina a través de El Diario Español”.

17 Aldama, “La parola contesa: inmigrantes y viajeros italianos en el campo intelectual argentino (1900-1936)”.

18 Castro Montero, “España en la Argentina: Luis Olariaga y sus impresiones acerca de la inmigración española”.

19 Bruno, “Georges Clemenceau en la Buenos Aires de 1910” y Paul Groussac. Un estratega intelectual.

20El Diario, Buenos Aires, 13 de agosto de 1910.

21Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 24 de agosto de 1910, pp. 89-95

22Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores, 14 de septiembre de 1910, p. 612

23Para un análisis sobre estas revistas puede consultarse: Bruno, Paula, “De Buenos Aires al mundo: la trayectoria de Paul Groussac de 1900 a 1929”.

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons