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Debate feminista

versión On-line ISSN 2594-066Xversión impresa ISSN 0188-9478

Debate fem. vol.70  Ciudad de México  2025  Epub 18-Ago-2025

https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2025.70.2595 

Dosier

35 años de debate feminista

No se nace feminista

Amneris Chaparro Martínez* 
http://orcid.org/0000-0002-9276-5566

*Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México


A lo largo de treinta y cinco años, Debate Feminista ha publicado artículos clave para la formación en estudios de género y teoría feminista en la región latinoamericana. Habitan sus páginas nombres y textos que nos permiten, por un lado, pensar en colectivo y, por otro, fortalecer el espíritu de debate de nuestro campo de conocimiento. Conviene recordar que la palabra debate proviene del latín battuere, que significa golpear o batir. Entonces, lo mejor que podemos esperar de un debate académico es que el golpeteo nos lleve a los argumentos más sólidos y las explicaciones más contundentes, que desbanque posiciones dogmáticas, que provoque más preguntas y que nos permita construir espacios para la discusión, el desacuerdo, el reencuentro y la creación del conocimiento del que las mujeres han sido sistemáticamente excluidas.

En El segundo sexo, Simone de Beauvoir se refiere a la irritación provocada en ella por las discusiones más abstractas, cuando algún colega le decía que ella pensaba de cierta manera por ser mujer, a lo que ella espetaba: “Lo pienso así porque es verdad” (Beauvoir 1998: 35). De manera hábil, Beauvoir nos advierte que, pese a que esa respuesta eliminaba su subjetividad -lo que hoy en día llamaríamos conocimiento situado-, le parecía crucial evitar la respuesta simple de que ese colega pensaba lo contrario por el simple hecho de ser hombre.

En un primer plano, la respuesta de Beauvoir no es meramente retórica; por el contrario, posee una carga epistemológica y política en tanto le permite dar cuenta de la manera en que las mujeres han sido, históricamente, pensadas como singularidades encerradas en y determinadas por su biología; mientras que los varones son vistos como un tipo humano absoluto, orientado a la abstracción y a una trascendencia que no se encuentra ligada a su anatomía.

En un segundo plano, la respuesta exhibe una discusión aún presente en el pensamiento feminista con respecto a qué son las mujeres y, en consecuencia, a cómo podemos comprender al feminismo en tanto postura ética. Esta es la discusión que me interesa abordar aquí con un objetivo doble: dar cuenta del impacto de Debate Feminista en mi formación teórica, política y, por supuesto, feminista; y ofrecer algunas reflexiones sobre el papel y la relevancia de la ética feminista en el siglo XXI.

Podría pensarse, con todo lo dicho hasta ahora, que para alcanzar ese objetivo he de basarme en lo que esta revista ha publicado de y sobre Beauvoir.1 Pero no es así. También podría pensarse que mi intervención se referirá a los contenidos del muy pertinente dosier que la revista dedicó a la ética feminista en 2014 (vol. 49).2 Tampoco es así. En lugar de ello, mi ruta de navegación está dirigida por dos textos que considero fundamentales por su fuerza argumentativa y capacidad de inspiración, “Ética y feminismo” (año 11, vol. 21)3 e “Igualdad y diferencia: la falsa dicotomía de la teoría y la política feministas” (año 26, vol. 52),4 de Estela Serret, publicados en 2000 y 2016, respectivamente.

Estos textos comparten una serie de virtudes: construyen una necesaria genealogía de los feminismos desde la Ilustración hasta las apuestas posestructuralistas comunitarias y decoloniales; dan cuenta de las tensiones al interior de los feminismos con respecto a su sujeto y la categoría “mujer”; buscan incentivar el debate teórico, en su nivel más abstracto sin descuidar sus implicaciones políticas; y ofrecen una aguda crítica a la manera en que los feminismos han bifurcado en, por lo menos, dos grandes vetas éticas, a saber: una igualitarista y otra esencialista o de la diferencia.

Es, sobre todo, con respecto a este último punto donde las críticas de Serret resuenan de manera más contundente con las de Beauvoir, y lo que me permite construir puentes entre ambas. Si bien se trata de autoras que pertenecen a contextos muy distintos, existe una preocupación común por criticar y evitar posturas esencialistas que perpetúan y justifican como moral y políticamente válidos imaginarios de desigualdad que colocan no solo a las mujeres, sino a todos los sujetos feminizados, en un estado donde pertenecer a la alteridad es deseable.

A ambas autoras les preocupan sobremanera los planteamientos donde se abona a esa cómoda pero falsa idea de la existencia de un eterno femenino presente en muchas posturas feministas. A ambas les parece peligroso apostar por argumentos que se remiten a la existencia de una naturaleza del ser mujer ahistórica, inmutable e inmejorable que perdura y se agota en la experiencia fenomenológica de la feminidad. Ambas apuestan por pensar la feminidad más bien como un producto histórico y contextual versátil y rechazan argumentos donde se sugiere que todas las personas que encarnan valores de feminidad son idénticas.

De manera más concreta, el trabajo de Serret ofrece lecciones imprescindibles para pensar los feminismos contemporáneos desde la teoría y la praxis. De acuerdo con Serret, la teorización feminista en las últimas décadas del siglo XX se vio marcada por lo que denomina una “diversidad babélica” con respecto a definiciones sobre la ética y el sujeto del feminismo. Esta filósofa mexicana nos recuerda que desde sus inicios, hace más de tres siglos, el feminismo tuvo que desmantelar el discurso que justificaba la exclusión de las mujeres y, en consecuencia, se vio obligado “a inscribirse en la polémica sobre la definición del sujeto femenino” (Serret 2000: 108).

Esta polémica coloca al feminismo en un lugar de enorme tensión. Por un lado, encontramos un feminismo que anhela la igualdad moral entendida como igualdad en libertad para todos los seres humanos independientemente de su identidad de género. Desde muy temprano, con las sufragistas, este feminismo tuvo que sortear objeciones basadas en la idea de que las mujeres realmente deseaban “volverse” hombres, en virtud del androcentrismo, marco referencial sine qua non de la vida social, política y económica.

Por el otro lado, encontramos un feminismo que reivindica la diferencia como elemento constitutivo de la humanidad; un feminismo que se dice consciente de las diferencias biológicas, psíquicas y morales entre hombres y mujeres, que abandera las capacidades reproductivas de las mujeres como detonadores de expectativas y posturas éticas, y nos propone que la diferencia no debe ser vista como una desventaja, sino como un panorama de posibilidades de celebración de aquello que, por demasiado tiempo, ha sido considerado inferior.

Las implicaciones de este estado de cosas se ven reflejadas en el terreno de la vida política y, de manera específica, en la disputa con respecto a quién puede, o no, denominarse feminista. Mientras que, para un sector del feminismo, la credencial de pertenencia se sella con la existencia de cromosomas XX, las cuales determinarán, en buena medida, nuestro lugar y posición en el mundo; para otro, la pertenencia al feminismo no obedece a condiciones biológicas, sino a rituales performativos y a convicciones políticas que van más allá de la biología; en pocas palabras, para este sector, biología no es destino.

Es en este punto donde la intervención crítica del trabajo de Estela Serret me parece sumamente reveladora. Para el ojo poco entrenado, podría pensarse que nos encontramos ante una disputa sobre los contenidos generales de la ética feminista con visiones contrastantes del mundo y de las mujeres. Sin embargo, para Serret, esto no es así; más bien se trata de una discusión entre dos tipos de ética: una feminista donde se entiende a las mujeres como seres humanos, y una femenina que las reivindica qua mujeres.

Esta distinción entre dos tipos de ética no reside exclusivamente en los confines de la teorización feminista más abstracta. Por el contrario, es el sitio de forcejeo y cabildeo político que en las últimas décadas ha marcado buena parte del debate y la presencia feminista en la esfera pública. Empujados, en buena medida, por la creciente visibilización de identidades trans, no binarias y disidentes que se oponen a criterios de patologización y de homologación de experiencias, los feminismos se separan unos de otros con respecto a entendimientos distintos sobre el estatus ontológico de la feminidad.

Bien podría pensarse que en los feminismos existe un acuerdo mínimo con respecto a que las mujeres representan y ocupan la alteridad, lo otro de lo humano, lo abyecto, aquello carente de prestigio y poder. No obstante, el estado actual de la discusión al interior del feminismo sugiere que los acuerdos penden de un hilo cuando ciertos feminismos ignoran el papel del género como ordenador cultural que produce y reproduce significados de desigualdad y cuando optan por explicaciones biologicistas que creíamos superadas.

El fuego amigo feminista es necesario para la deliberación y el debate. Pero, como muestra Serret, existen enormes peligros en negar o despreciar las herencias ilustradas del feminismo en su rama más igualitarista, así como en abrazar de forma acrítica éticas que se pretenden feministas, cuando en realidad abonan a la reproducción de la feminidad tradicional asentada en el dogma del eterno femenino. En sus palabras:

una cosa es denunciar la invisibilización y carencia de prestigio que han afectado a las actividades y espacios reales de las mujeres, y otra muy distinta sublimarlos, reivindicarlos y valorizarlos porque se definen como femeninos. Al hacerlo se olvida que la definición misma de las mujeres y sus espacios se ha producido en el marco de un sistema de dominación masculina. Frente a esto parece una opción bastante pobre hacer de la necesidad virtud y, en lugar de cuestionar una caracterización producida por un orden cultural que nos subordina, contentarnos con apropiárnosla (Serret 2000: 113; cursivas en el original).

La ética feminista es un ejercicio complejo y demandante que nos exige prácticas de reflexividad a través de las cuales podemos cuestionar muchas de las posiciones que nos constituyen subjetivamente ya sea como hombres, como mujeres o como personas fuera del binario de género. En este sentido, el trabajo de Serret, fiel a la tradición crítica feminista ilustrada, es un catalizador que, por una parte, celebra la lucha feminista, pero por otro, advierte los riesgos de limitar el feminismo a una lucha donde todo cambia para permanecer igual, una lucha que únicamente sirve como edulcorante de la dominación masculina. La ética feminista es un ejercicio individual y colectivo, crítico y propositivo, cuyo fin último es la transformación profunda de las identidades y las sociedades.

Pienso que una de las características más interesantes del trabajo de Serret en Debate Feminista es su vigencia a la luz de los más recientes acontecimientos en el movimiento feminista, en particular en países del sur global. Ambos textos fueron escritos en momentos donde la cuarta ola feminista apenas comenzaba a dibujarse; sin embargo, son pertinentes para preguntarnos ¿qué supone, en términos éticos, este momento sin precedentes del feminismo latinoamericano? ¿Acaso las movilizaciones masivas interpelan a las mujeres como tales o exigen derechos para ellas en tanto individuos?

Hace falta una investigación etnográfica y sociológica profunda para responder esas preguntas. No obstante, una mirada rápida, facilitada por la lectura del trabajo de Serret, permite proponer algunas hipótesis. Tal y como se presentan, los feminismos de nuestra región encarnan éticas feministas y éticas femeninas diversas que marcan sus estrategias de convocatoria y movilización en las personas que se sienten interpeladas por ellos.

Entonces no es extraño encontrarnos con colectivas feministas que predican fuertes mensajes separatistas y hasta esencialistas con respecto ya no nada más a qué son las mujeres, sino también a qué son los hombres. Se crean dicotomías imposibles de superar como, por ejemplo, que todas las mujeres son víctimas y todos los hombres son violentos; o que solo existen dos géneros. Esto es así porque no se parte de un entendimiento de la estructura estructurante del orden de género, sino de experiencias muy localizadas (sí, reales, injustas y dolorosas) de desigualdad y subordinación. Empero, la experiencia no puede convertirse en el único dispositivo que legitima nuestras posturas éticas.

Serret nos recuerda que visibilizar los intereses, experiencias y cuerpos de las mujeres y los sujetos feminizados es central para el feminismo, pero no es un fin en sí mismo. El feminismo posee, ante todo, un motor ético ambicioso que, sin embargo, requiere esfuerzo. No se nace feminista, se llega a serlo.

Referencias

Beauvoir, Simone de. 1998. El segundo sexo, Madrid, Cátedra. [ Links ]

Serret, Estela. 2000. “Ética y feminismo”, Debate Feminista, Fragmentos y proposiciones, año 11, vol. 21, pp. 103-128. https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2000.21.263 [ Links ]

Serret, Estela. 2016. “Igualdad y diferencia: la falsa dicotomía de la teoría y la política feministas”, Debate Feminista, año 26, vol. 52, pp. 18-33. https://doi.org/10.1016/j.df.2016.09.001 [ Links ]

1Debate Feminista publicó, en su primer volumen en 1990 (Amor y democracia), una traducción al español de “Las estructuras elementales del parentesco de Claude Lévi-Strauss” de Simone de Beauvoir; este texto vio la luz en la revista Les Temps Modernes en 1949 (mismo año en que se publicó El segundo sexo). La traducción estuvo a cargo de Marta Encabo de Lamas <https://debatefeminista.cieg.unam.mx/index.php/debate_feminista/article/view/1893/1694>. Más tarde, en el volumen 5, en 1992 (Conquistas, reconquistas y desconquistas), Mónica Mansour tradujo “La vejez”. Estos son los únicos textos que tienen a Beauvoir como autora en Debate Feminista. Empero, su obra ha sido ampliamente referenciada a lo largo de setenta volúmenes en textos que abordan temas como el sujeto feminista, el cuerpo, la violencia y la maternidad.

CÓMO CITAR ESTE ENSAYO: Chaparro Martínez, Amneris. 2025. “No se nace feminista”, Debate Feminista, año 35, vol. 70, pp. 73-80, e2595, https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2025.70.2595

Autor para correspondencia: amneris_chaparro@cieg.unam.mx

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