El presente artículo ofrece un intercambio afectivo con atributos clave de las palabras y los mundos de Ranajit Guha, quien hoy goza de amplio reconocimiento como fundador de los estudios subalternos. En un departamento en los confines de la capital de Austria, con vista al bosque de Viena, el erudito súbdito de muchas partes habría cumplido cien años en nuestro planeta el 23 de mayo de 2023. Falleció el 28 de abril de 2023, menos de un mes antes de llegar al centenario. Tras su partida, lejos de ser una elegía, mi ensayo se plantea como una conversación cercana con las imágenes convincentes y los imaginarios críticos del infatigable intelectual. Tengo la esperanza de recordar que son estas interacciones -con la historia y la teoría, el arte y la literatura, la poesía y la filosofía, la música y el afecto, y lo cotidiano y lo inefable- las que apuntalaron la propia vida y la obra de Ranajit Guha.1
Cabe hacer una aclaración sobre la naturaleza de este ensayo. Por un lado, este emprendimiento accede a mis reflexiones anteriores sobre Guha (y sobre los estudios subalternos, en ciertos sentidos) pero las excede al reesbozar y reordenar sus énfasis respecto a los propósitos actuales. Valga lo anterior para decir que los lectores interesados no sólo en mi evaluación más amplia de la obra de Guha, sino también en una introducción a su corpus, pueden consultar las referencias que se citan más adelante. Por un lado, el esfuerzo corporiza atributos de inmediatez y emoción que apuntalaron el evento en el que se presentó el texto por vez primera, que tanto repasé en mis numerosas reuniones con Ranajit Guha, y que sólo se complejizaron en los meses posteriores a su muerte.2 Separar estos aspectos unidos y conjuntos de mi propia propuesta supone cierto peligro. Podría decirse que lo hago principal y rutinariamente separando lo intelectual y lo emocional, lo analítico y lo cotidiano. En contraste, expreso afecto e inmanencia, lo corporizado y lo sensual, no como meros engreimientos conceptuales, sino como algo que permea todo el ensayo, enteramente a tono con su presencia constante en nuestros mundos en general, incluidos los intelectuales-académicos que conforman nuestro ámbito.
Levantar el telón
Se requiere la más breve introducción a nuestro protagonista.3 Ranajit Guha nació en una familia de terratenientes de clase alta en una aldea en Bengala Oriental. Estudió en el Presidency College en Calcuta (ahora Kolkata) a partir de 1938 y pronto se convirtió en miembro del brazo estudiantil del Partido Comunista, siempre con un interés constante en la literatura en bengalí y en sánscrito, y en especial en la poesía de Tagore. Profundamente inmerso en las actividades de organización del Partido, aunque el joven Ranajit apenas pasó el examen delicenciatura (1942), su educación continua lo llevó a cursar una maestría en historia (1944), en la que obtuvo altas notas. Pronto, Guha viajó a París.
Con gran claridad, Partha Chatterjee (2023) describió esos tiempos y las texturas de los mundos del joven académico:
Viviendo en Kolkata durante esos años cruciales, Guha fue testigo de los bombardeos de Japón a la ciudad en 1942, las atroces escenas de cientos de cadáveres esqueléticos que yacían en las calles durante la hambruna de 1943 y los terribles disturbios de 1946. La promesa de un nuevo amanecer en la independencia parecía hueca. Ese año se seleccionó a Guha para representar al CPI (Partido Comunista de India, sigla en inglés) en la secretaría de la Federación Mundial de la Juventud Democrática en París. Los seis años posteriores dieron una dimensión completamente nueva a su visión intelectual. Gracias a sus vivencias en la ciudad abierta de París en los emocionantes días posteriores a su liberación de la ocupación nazi, a sus viajes por los países socialistas de Europa del Este y su recorrido por Rusia en tren como parte de una de las primeras delegaciones extranjeras en visitar China después de la Revolución, Guha adquirió un conocimiento de primera mano sobre la vida en varios partidos comunistas del mundo, poco común entre los comunistas indios. Además, este conocimiento se convertiría en una lección importante para él en etapas posteriores [...] Cuando volvió a Kolkata en 1953, Ranajit Guha combinó su nueva ocupación como profesor universitario con sus deberes en la redacción del diario del Partido Comunista. En 1956, cuando los tanques soviéticos entraron a Hungría para reprimir las protestas populares, Guha renunció a sus compromisos en el partido y se dedicó a la investigación histórica en el archivo. En 1958, se unió al Departamento de Historia de la Universidad de Jadavpur, que se había creado hacía poco y estaba al mando de Susobhan Sarkar, quien había sido su maestro en el Presidency College.
Las primeras incursiones de Guha en tareas de archivo lo llevaron a los orígenes ideológicos de la fisiocracia -junto con las secuelas incesantemente coloniales- del asentamiento permanente de Bengala de 1793. Asolado por exigencias académicas (Chatterjee 2023) y después de muchos giros del destino, esta labor tuvo como resultado su notable obra A Rule of Property for Bengal (Guha 1963). Pronto, el historiador comenzó a impartir cátedra en la Universidad de Sussex, donde permanecería dos décadas. Durante su estancia como profesor en el sur de Inglaterra, que en apariencia fue ordinaria (y que incluyó una visita realmente transformadora a India gracias a un traslado temporal de dos años a la universidad de Delhi en 1970 y 1971), Ranajit Guha conoció a un grupo de estudiantes radicales e historiadores emergentes más jóvenes. Esto llevó al establecimiento del Colectivo de Estudios Subalternos, cuya historia se cuenta en otra obra (Dube 2001). También fue en esos años cuando el polifacético historiador escribió su brillante Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India (Guha 1983). En 1982, dejó Sussex para convertirse en fellow de la Universidad Nacional Australiana (ANU) en Canberra, donde siguió editando Subaltern Studies (Guha 1982-1989). Se retiró de la tarea en 1989 con el sexto y último volumen de la serie. Al mismo tiempo, escribió diversas obras imaginativas que se comentan más adelante. En 1999, después de casi dos décadas en las antípodas, Ranajit y su esposa Mechtild se mudaron a Viena. Ahí, Guha volvió al llamado de la literatura, una labor íntima y perdurable que fructificó en varias obras. Al principio, éstas incluyeron escritos en inglés (Guha 2003; véase también Guha 2010) y, posteriormente, una serie de libros en lengua bangla. Todo ello tuvo vastas implicaciones.
Obertura
Al aproximarse a la obra de Guha, es importante escuchar la advertencia que Arthur O. Lovejoy (1955, xiv-xv) hizo a mediados del siglo XX, más o menos al mismo tiempo que Ranajit llegaba a la mayoría de edad. En pocas palabras, el corpus de Guha no debe abordarse como “una sola pieza”. En su lugar, es esencial reflexionar sobre las influencias internas y las tensiones formativas de su pensamiento y su escritura. Las tensiones atraviesan cambios clave entre sensibilidades opuestas, así como yuxtaposiciones desconocidas de ideas contrarias. Las influencias habitan continuidades subterráneas unidas a contradicciones productivas. Dar un seguimiento prudente a embrollos tan fecundos es emprender lecturas entretejidas. Por lo tanto, las disciplinas y sus genealogías ahora se abordan a través de la diferencia que introduce un académico particular, Ranajit Guha -súbdito de una potencia colonial desgastada, súbdito de regímenes nacionales hostiles, sujeto de diásporas extrañamente cambiantes, sujeto de un planeta que se desdibuja cada vez más.
Sin embargo, hay más elementos en esta imagen. La hermenéutica crítica que se apunta a sí misma requiere que otras propiedades la suplementen y la tamicen: propiedades de afecto y corporización, lo sensual y lo inmanente. Todos estos atributos impregnaron la obra y la vida, el brío y la vocación de Ranajit Guha (y, desde luego, estuvieron presentes de diversas maneras y en toda nuestra convivencia, como ya se insinuó). Pronto se abordarán el afecto y la inmanencia con mayor profundidad. El punto es el siguiente: esbozar una agenda tan ambiciosa en sí misma es prescindir de toda reivindicación de cumplirla en un ensayo corto. En lugar de eso, hago pequeños intentos de evocaciones íntimas, incluidas “instantáneas” de algunos de mis numerosos encuentros con Ranajit Guha, siempre agudamente afectivos. El mosaico que presento a continuación sólo tiene la intención de dejar entrever hacia dónde pueden llevarnos mis proposiciones.4
Comencemos con el título de este ensayo. Desde luego, “Quién resistirá” (“But who may abide”) se deriva de la magna obra de Händel, El Mesías. Se trata de un aria/solo que anuncia la llegada del Salvador, pero también la llegada de una ruptura inaugural. Así, “¿Quién resistirá cuando Él llegue?”, pero también “¿Quién resistirá cuando esto llegue?”. Esta llegada ya se había decretado. En este caso, resistir se refiere a la capacidad de soportar su/esta llegada, una llegada que es “como el fuego purificador” (cuyo calor abrasador refina y recrea los metales); una llegada que es “como el jabón de una lavandera” (cuya lejía limpia y purifica la ropa). Sobra decir que los metales y la ropa apuntan a temas de perdurabilidad, el tema duradero-perdurable del Salvador y de la ruptura inaugural. Todo ello también engendra la segunda parte del título, los registros distinguibles de “lectura” -como “juicio” y como “enfrentar”-, desde el momento del juicio y el recuento de nuestras acciones hasta las tareas de aproximarse al entendimiento.
Habiendo dicho esto, lo que busco al invocar “Quién resistirá” tiene seis aristas, seis razones que anidan las unas en las otras. En primer lugar, la “llegada” (la de Él y la de esto) se refiere a visiones milenarias. En segundo lugar, estas expectativas milenarias no sólo infunden la llegada del Salvador, sino el evento de la revolución, cada una insinuando la ruptura de lo inaugural. En tercer lugar, este imaginario milenario de la revolución inminente y su trágica derrota han rondado en diversos sentidos el pensamiento y la práctica marxistas, incluidos los de Ranajit Guha. En cuarto lugar, invocar un aria tan fuerte es tener en cuenta el lugar de la música y la presencia de la estética, especialmente el arte y la literatura, en los Lebenswelten de Ranajit.5 La quinta razón es que, bien sea que se trate de la estética de la creación de la revolución, del poder de la notación musical o de las exigencias de la figuración literaria, insinúa propiedades afectivas, sensuales, corporizadas e inmanentes más extensas. Estas propiedades apuntalaron y estructuraron, pero también escindieron y suturaron, la palabra y el mundo de Guha, los caminos de su resistir, las maneras de su perdurar, las formas de su afrontar. En sexto y último lugar, como se indicó anteriormente, nada de esto puede aprehenderse como una misma pieza. Más bien, tiene que ver con el entrelazamiento de texturas definidas, incluidas reivindicaciones de un tema en nuestros tejidos de memoria.
La memoria y sus tejidos
Conocí a Ranajit Guha en la curiosa cúspide de la adolescencia.6 Mi hermano Mukul, quien me lleva once años, realizaba su doctorado en filosofía en la Universidad de Sussex. Yo estaba de visita y viajando un poco durante el verano de 1977, después de mis exámenes de décimo grado. Mukul era cercano a Ranajit y Mechtild Guha. Sin ser un shagird (discípulo) en el sentido de shahid, compartía con Ranajit Guha una pasión por la música clásica y la política maoísta. En mi única maleta, llevaba dos volúmenes gruesos y pesados de pasta dura: la Gramática de Panini en sánscrito. Si ésta fue mi aportación minúscula e indirecta a la versión de Guha (1983, 23-28) de la función atidesha de su Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India, recibí una generosa retribución en la amabilidad que tuvo para conmigo.
En una cena en la casa de Mechtild y Ranajit, Mukul, animado por la fiesta, comenzó a burlarse sin piedad de mi gusto por la música rock. Comparó una y otra vez el tabla del maestro percusionista Alla Rakha, que giraba en la tornamesa, con la batería del grupo de rock Jethro Tull, del que era aficionado en ese entonces. Yo luchaba con ira y respuestas casi adolescentes en una rápida regresión a la infancia. Mientras mis ojos se llenaban de lágrimas que amenazaban con romper en una tormenta de llanto, Ranajit Guha le dijo a Mukul que dejara de insistir; básicamente le pidió que se callara. Aunque Ranajit Guha tenía la edad de mis padres, desde ese momento comencé a pensar en él como Ranajit-da, siguiendo la nomenclatura de mi hermano para este formidable mentor.7
En los años posteriores, Ranajit Guha recordaría que, cuando me conoció, yo vestía shorts (lo cual es embarazosamente cierto) y que tenía 12, 8 o 6 años de edad (una exageración significativa). Antes de la siguiente vez que nos vimos, más o menos cuando estaba terminando mi licenciatura, un trabajo con dos textos dejó la huella más profunda en mi orientación a la historia y a la teoría. Estos libros eran Elementary Aspects, de Guha, y Outline of a Theory of Practice, de Pierre Bourdieu (1977). Un poco después, como estudiante de maestría, escribí una apreciación crítica de Elementary Aspects que se publicó en el EPW (se titulaba “Peasant Insurgency and Peasant Consciousness” [Dube 1985], y durante un par de meses me pavoneé como un tipo muy chévere, como un auténtico ganador). ¿Cuál fue la respuesta de Ranajit-da? “El hermanito de Mukul no pudo haberlo escrito”, anunció, añadiendo que se trataba de una broma a instancias de Amiya Bagchi y Sumit Sarkar.8 Los términos de afecto y exageración se habían transmitido con el clásico estilo conspiratorio de Ranajit Guha.
Poco tiempo después, cuando era estudiante de primer año del doctorado en Cambridge y me encontraba de viaje en Estados Unidos para realizar investigación de archivo, recibí una invitación a una charla. Se trataba de un seminario en el Departamento de Antropología de la Universidad de California, Santa Cruz. El público fue escaso pero distinguido, e incluyó (entre otros) al antropólogo David Schneider y a nuestro propio Ranajit Guha. La charla salió bien. De hecho, tengo la fuerte sospecha de que me invitaron a la tercera conferencia de los estudios subalternos que se realizó en Calcuta unos meses después por sugerencia de Ranajit Guha.
Las texturas de generosidad y calidez nunca se fueron. Abundaron en la reunión que Ishita y yo tuvimos con Mechtild y Ranajit Guha en julio de 2022, que brevemente retomaré más adelante. El punto es que tales encuentros y embrollos no son sólo entretenidas veredas que acompañan pasivamente las carreteras principales de la sustancia académica, sino que están en el núcleo del afecto y la inmanencia a que aludí anteriormente y que ahora retomo. (Mis sugerencias se derivan liberalmente de un libro muy reciente, Disciplines of Modernity [Dube 2023]. Su carácter es un tanto denso, por lo que me disculpo de antemano).
Interregno: temas de afecto
Al abordar y desentrañar los terrenos intelectuales y cotidianos, “resulta crítico permanecer con las formas corpóreas y afectivas de ver, estar, conocer y ser” (Dube 2023, 5; Ahmed 2004; Clough y Halley 2007; Stewart 2007; véase también Mitchell 2005 y Mahmood 2011). Se encuentra en juego el necesario cuestionamiento de sujetos sociales siempre formados, “siempre poseídos de una razón ya insinuada”: pero también sucede que tal cuestionamiento “no retrata a los sujetos como presociales en ningún sentido, pues se ubican en Lebenswelten necesariamente heterogéneos pero siempre sobrepuestos” (Dube 2023).
Mi pregunta es: ¿podrían nuestras lecturas y nuestras interpretaciones de los terrenos humanos negarse a privilegiar al “sujeto definido e intencional” y al mismo tiempo poner en primer plano la “corporización y la vida sensual” (Mazzarella 2009, 291)? En tales escenarios, ¿podemos permitir que las “circunstancias afectivas” precedan en experiencia (y a la vez constituyan contemporáneamente) a aquellos “procedimientos formales de razón” (Dube 2023)? Ahora, mientras que “el sujeto y el sentido” se forman por la experiencia de sus elementos (Rajchman 2001, 15), ¿deberíamos, quizás, ampliar las percataciones del filósofo Gadamer para cuestionar cuáles son las insinuaciones y las maneras de “estar expuesto a las labores de la historia” que “preceden a las objetificaciones de la historiografía documental” (Gadamer citado en Bauman 1992, ix-x), sin olvidar, además, los engreimientos cambiantes de la antropología explicativa?9
Debe quedar claro que aquí no sólo se encuentra lo “afectivo”, sino también lo “extraanalítico” como ya “corporizado” en espíritu y en sustancia. Y no me estoy refiriendo a lo afectivo como un “retorno de lo reprimido” (Mazzarella 2009, 293) -como una indicación a la vez de la modernidad y de su superación-. Más bien, mi referencia es a “lo afectivo, a lo extraanalítico y a lo corporizado como tejidos rutinariamente en nuestros mundos modernos académicos y cotidianos”, que ya anuncian, en una palabra, la “inmanencia” (Dube 2023).
Ahora, lo que quiero decir con inmanencia es
un reconocimiento de las propiedades de valor que realmente habitan el mundo, no sólo como proyecciones separadas de palabras e imágenes. En este sentido, las categorías (tanto académicas como cotidianas) están lejos de ser vistas como dispositivos de explicación principalmente instrumentales. En lugar de ello, se las aborda como atributos constitutivos de los mundos sociales, que también pueden tener propiedades de valor de distintas maneras.10 Estas propiedades de valor de objetos y sujetos, categorías e imaginarios hacen reivindicaciones sobre nosotros, e invitan e incitan prácticas significativas (Dube 2023, 6).
Tales atributos inmanentes de la vida social incluyen la añoranza y la pérdida, el color y el olor, lo sensible y lo sensorial. La pregunta concierne a cómo tales elementos podrían “incluirse en descripciones, tejidos en narrativas” (Dube 2023), pues ¿no es de esta manera como esquivamos el funcionamiento normal de una “ciencia sin sentido”, como la llama Johannes Fabian (2000, ix)?
Desentrañamiento de texturas
Sobre esta base abordo las palabras y los mundos de Ranajit Guha, primero al tomar sensibilidades críticamente hermenéuticas, y después al dejar que lo afectivamente inmanente rompa sobre ellas. Para empezar, consideremos lo siguiente. En su discusión de los estudios subalternos, Dipesh Chakrabarty (2002, 10) se centra en Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India de Guha para desenredar “la tensión entre una narrativa familiar del capital y un entendimiento más radical del mismo”.11 Al mismo tiempo, el propósito principal del esfuerzo de Dipesh Chakrabarty reside en subrayar esas aprehensiones radicales de Guha que subrayan “las diferencias específicas en las historias de poder en la India colonial y en Europa” (Chakrabarty 2002). En contraste, durante mucho tiempo me he ocupado más de permanecer con esas tensiones para reflexionar sobre ellas con paciencia y modestia. Aquí, mi apuesta es explorar cómo “las condiciones de posibilidad de la escritura de Guha yacen en su preciso trenzado de orientaciones definidas -el discurso simultáneo en diferentes lenguas- sobre los términos de la historia. Estas orientaciones discretas habitan a la vez la fuerza crítica de los análisis de Guha y atraviesan los atributos heredados de su comprensión” (Dube 2004, 132). Análisis tan fuertes y herencias tan resistentes a la vez se habitan e incluso se engendran mutuamente en la notable obra de Ranajit Guha.
En conjunto se encuentran potencialidades críticas, así como posibilidades no realizadas. Tengamos en cuenta que, en Elementary Aspects, Guha describió al insurgente campesino del subcontinente como el otro recíprocamente incompatible del Imperio británico en el Sur de Asia. Con determinaciones espacialmente revueltas y temporalmente tentativas de tales subalternos rondando,12 aquí se encontraban insinuaciones de explorar a estos pueblos como “sujetos de la modernidad”. Por lo tanto, el movimiento tenía el potencial para aprehensiones más nuevas de la modernidad.
Pero ¿resulta sorprendente que tal promesa no se convirtiera en realidad? Ahora,
sólo algunos años después, Guha (1997))propuso el “dominio sin hegemonía” en la India colonial. En este sentido, planteó un arquetipo de la hegemonía burguesa en la que la persuasión supera la coerción en la composición de su dominio. Ofrecía el prototipo clásico del estado liberal hegemónico representando a la burguesía revolucionaria y la política democrática en la Gran Bretaña metropolitana. Contra ello se erguía el desventurado ejemplo de dominio sin hegemonía en la India colonial. Moldeada por suposiciones inmaculadas de una cultura democrática vigorosa y una política liberal vital del Occidente moderno, la analítica de Guha interpretó la narrativa histórica central del subcontinente bajo el gobierno colonial como una de fracaso y carencia. Esta ausencia se expresó fehacientemente por la mala fe de una potencia imperial autocrática y los límites arraigados de una burguesía indígena inefectiva […] Es decir que, evacuadas de su propia particularidad, el significado de las historias indias heredaba de su retraso respecto al tiempo y al espacio de Europa. En estas proyecciones teleológicas de pasados coloniales e historias metropolitanas, las transiciones incompletas de los primeros se medían contra las trayectorias obsequiosas de las segundas, de manera que se apuntalaban mutuamente. Están en juego expresiones de una temporalidad jerárquica exclusiva que segrega espacialmente a Gran Bretaña y a India, al imperio y a su puesto de avanzada, a Occidente y al Resto (Dube 2023, 39-40).
En conjunto, mi argumento es el siguiente: es fundamental prestar atención al trenzado definido de énfasis opuestos en el corpus de Ranajit Guha. La maniobra permite cuestionar nociones de una “fisura implacable”, a saber, “una contradicción innata entre un régimen democrático moderno en la metrópoli y sus interminables omisiones retrógradas en la colonia” (Dube 2023, 58, n. 40). De esta manera también se interrogan conceptos excepcionales de “gubernamentalidad colonial” y “modernidad colonial”. Hacemos todo esto para dar seguimiento, en lugar de lo anterior, a “la constitución mutua y la labor recíproca de la modernidad y el colonialismo en la metrópoli y en las márgenes” (Dube 2023), entretejiendo la antropología, la historia y la teoría social en mi caso en particular.
Hermenéutica tan analítica y antropologías históricas están muy bien, escucho a los lectores suspirar. Pero ¿qué ocurre con lo afectivamente inmanente?, se preguntarán mis lectores. Sólo puedo señalar algunos indicadores telegráficamente. En términos afectivos y estéticos, éticos y políticos, son los imaginarios milenarios de una revolución resistente los que reivindicaron la vocación y el vigor de Guha, apuntalando y rompiendo incómodamente sobre sus Lebenswelten. No sorprende que tales propiedades de valores hayan dividido y suturado la escritura de Guha, desde las sensibilidades estructuralistas de Elementary Aspects (1983) hasta las inflexiones posfundacionales de Dominance without Hegemony (1997) y el retiro romanticista de History at the Limit of World History (2003).
Como se sabe, en Elementary Aspects, Ranajit Guha aborda la insurgencia como si fuera un código lingüístico. Había un código común que se manifestó como múltiples expresiones -de “pronunciamientos” discretos pero sobrepuestos, por así decirlo- de rebelión subalterna. Éstos poseían atributos innata y principalmente “políticos”. En efecto, están en juego un despliegue analítico y un desentrañamiento crítico que se vinculan íntimamente con imperativos estéticos y deseos afectivos. Estas cualidades privilegian “la política de insurgencia campesina, que se entiende como la esencia de la conciencia y las iniciativas subalternas” -“el proyecto emancipatorio y autónomo de reversa prescriptiva que busca borrar todos los signos de subalternidad” (Dube 2004, 151 énfasis añadido; véase también Dube 1985)-. Esta unión de técnica estructuralista y milenarismo revolucionario se expresó al tiempo que el neoliberalismo realizó sus primeras reivindicaciones sobre lo global y lo planetario. Se implementó sobre registros sobrepuestos definidos. Conlleva no sólo un desgarramiento analítico y hermenéutico sino una evaluación afectiva y estética, todo lo cual señala inmanencia mundana.
Para Guha, el otro lado de la insurgencia era el dominio. Volcó su atención sobre lo último en Dominance without Hegemony, mientras el capital neoliberal mostró sus colmillos sin cesar en la década de 1980. Ahora la revolución no estaba solamente en retirada, sino viviendo una lenta derrota, esperando sin saber la caída del Muro, el colapso del sistema soviético. Así, lo afectivo y lo estético, lo ético y lo político recibieron un giro distintivo. Ahora Guha respaldaba una presunción posfundacional que interpretaba el dominio y la disciplina -o bien, los términos del poder- como formaciones totalizadas, pesadillas distópicas que han llevado al primer plano la alteridad y la diferencia como antídotos de la autoridad.13 Por un lado, Guha (1987) ya había insinuado tales figuraciones en “Chandra’s Death”.14 Por el otro, el hábil historiador prosiguió a entretejerlas con una teleología milenaria más temprana de revolución y ruptura. Este telos se orquestó precariamente por imaginarios heredados de un Occidente inmaculado, nuevos dibujos del mapa del pensamiento marxista y un súbdito revolucionario que había retrocedido. Ahora, la lenta danza de premisa posfundacional y telos milenario estaba lejos de ser meramente analítica en general, construida de abstracciones usuales. En lugar de ello, aquí se encontrarían espectros vivientes de inmanencia, cuyas propiedades de valor sacudieron y dieron forma a las figuraciones de Guha.
Durante la larga década de 1990 y después de ella, Guha luchó con los fantasmas de un origen comunista, especialmente con su propio lugar, y aún su complicidad, en la oscuridad -como ha indicado Partha Chatterjee (2022; véase también Chatterjee, 2023)-. ¿Debe sorprender, entonces, que Guha se haya sentido poderosamente atraído por abrazo de la estética, al regazo de la literatura, como en The Small Voice of History (2010), en los límites mismos de la historia mundial? ¿Estaba en juego, quizá, algo menos que el alma y la sustancia de Ranajit Guha?
Coda
Al final ofrezco dos imágenes, cada una de las cuales contiene palabras que resisten los términos de una obsesión. Hace poco menos de cien años, Walter Benjamin había reflexionado sobre la articulación de la historia y un apoderamiento de la memoria, conjurando al ángel del progreso al que Paul Klee dio a luz. Benjamin había profetizado: “Ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste gana. Y ese enemigo no ha dejado de ser victorioso”. Hoy, la claridad de la profecía de Benjamin cobra vida al recordarnos que el enemigo tiene muchas encarnaciones. Y así, con un terrible giro en el que lo satánico sustituye a lo redentor, podríamos preguntarnos: ¿quién resistirá?
Hacia finales de julio de 2022, Ishita y yo pasamos tres maravillosas horas con Mechtild y Ranajit Guha en su casa adyacente a los bosques de Viena.15 Fue uno de esos momentos que hacen que valga la pena vivir, de lo mejor que nuestros desdichados mundos pueden ofrecer. En la sobremesa, mientras disfrutábamos de una ligerísima torta Cardinal y un vino tinto rumano, Ishita le preguntó a Ranajit Babu si se arrepentía de algo en la vida (Ishita es muy valiente, ¡se atreve a ir allá donde los ángeles mismos no se aventuran!). En respuesta, Ranajit Guha negó con la cabeza y dijo simplemente: “No, lo hecho, hecho está”. Sin embargo, después añadió que, cubierto por la oscuridad de la noche, entre el sueño y la vigilia, solía volver a las primeras palabras de su madre, y a las que él le dijo a ella. Un poco más tarde, cuando nos habíamos trasladado a su estudio, rodeado de libros (tanto sus propias obras como las de otros), asiendo el pasado y el presente en un solo abrazo, Ranajit susurró: “No soy más que palabras”.
¿Quién resistirá? Hay diferentes formas de resistir, distintas maneras de perdurar. Sin embargo, no hay manera de escapar a sus inmanentes reivindicaciones y atractivas propiedades de valor, para bien o para mal, para esto y aquello. ¿Acaso no Ranajit Guha fue ejemplo de tales insinuaciones -en vida y muerte, en espíritu y en sustancia-?










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