La historiografía sobre los movimientos estudiantiles en América Latina necesita desmarcarse de la preeminencia de 1968. La excesiva atención dada a ese año emblemático ha limitado la pesquisa tanto de las décadas del sesenta y setenta en su conjunto, como de temporalidades que anteceden o son posteriores a esa etapa de la historia reciente. El libro de Robinet parte de ese diagnóstico cuando afirma que la historia de los movimientos de protesta latinoamericanos de los años 1960-1970 consagró la figura del “estudiante revolucionario”, aunque, paradójicamente, el “estudiante en situación revolucionaria” fue objeto de estudio en muy pocos análisis.
La apuesta del investigador francés es mostrar que entre 1910 y 1940 la revolución mexicana experimentó el surgimiento de un vigoroso movimiento estudiantil que alcanzó una dimensión nacional e internacional al calor de las diversas fuerzas que pugnaban por orientar el proceso. Robinet busca saldar las deudas pendientes de dos corpus bibliográficos en los que se enmarca su trabajo. Por un lado, en la literatura especializada sobre la revolución mexicana, sea ortodoxa, revisionista, cercana a una historia social o a la historia cultural, el papel de los estudiantes apenas tuvo lugar en una narrativa de múltiples rostros con eje en lo popular. Por otra parte, la bibliografía mexicana sobre educación ha abordado de manera dispersa a los activismos estudiantiles de la primera mitad del siglo XX, considerando a la revolución como un simple telón de fondo y no como la experiencia clave con la que los actores constituyeron sus intervenciones político-culturales.
Para Robinet, la revolución mexicana también fue una revolución estudiantil. Aunque los primeros activismos modernos surgieron a fines del siglo XIX, las grandes organizaciones del estudiantado se consolidaron durante aquel periodo de cambios profundos. En este punto, uno de los aciertos del libro, en consonancia con las tendencias más renovadas de la bibliografía latinoamericana actual, es la capacidad de mostrar la heterogeneidad interna del movimiento estudiantil mexicano desde un enfoque que concibe de manera integral las relaciones entre política y educación. Esto queda claro en la forma en que el autor analiza el proceso de conformación de la Confederación Nacional de Estudiantes (CNE) en 1928. El acuerdo oficial que le dio origen expresaba una articulación compleja y diversa de estudiantes enrolados en escuelas preparatorias, técnicas, normales y profesionales, tanto públicas como privadas.
Esa heterogeneidad dentro del movimiento estudiantil mexicano explica las tensiones que caracterizaron a la “revolución universitaria” de mayo de 1929. Por esta razón, el análisis de Robinet discute con la bibliografía que argumenta que la autonomía de las escuelas no figuraba entre las exigencias de los jóvenes huelguistas. El autor sostiene que, si bien esta experiencia de protesta surge como una denuncia de arbitrariedades por la imposición de nuevos exámenes y métodos de eva lua ción, su propuesta central de reforma educativa se basaba en la autonomía, la cual ya había exigido y debatido en 1917, 1923 y 1928.
Lejos de una visión idílica y edulcorada del conflicto, el libro analiza cómo en el marco de los 68 días de huelga, el aparente logro que obtiene el activismo estudiantil termina dividiéndolo en su interior. Tras la masiva marcha del 28 de mayo, el presidente Emilio Portes Gil (1928-1930) decide otorgar únicamente la autonomía a la Universidad Nacional, lo que termina desarticulando al movimiento estudiantil interescolar que se había constituido desde la década de 1910. Además, la renombrada “revolución universitaria” terminó obteniendo una autonomía bastante limitada, dado que el Consejo Universitario sólo era capaz de elegir a la máxima autoridad de la universidad a partir de una terna escogida por el mismo presidente.
Otra dimensión relevante del estudio de Robinet consiste en su capacidad de mostrar las complejas identidades políticas del activismo estudiantil de la revolución mexicana. En esta cuestión, destaca su pesquisa sobre la constitución de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC) en diciembre de 1931, en un momento en el que aún se sentían los ecos de la guerra cristera (1926-1929). La UNEC fue capaz de dejar atrás el estilo de las antiguas asociaciones estudiantiles religiosas y de apoderarse al poco tiempo de la dirección de la CNE. En este cambio jugó un papel destacado su reivindicación de la revolución desde la doctrina social de la Iglesia y de la autonomía universitaria frente a la reforma al artículo 3 de la Constitución que llevó adelante el gobierno de Lázaro Cárdenas en 1934 al implementar la “educación socialista”.
Durante la década de 1930, el activismo estudiantil mexicano se dividió entre los defensores de la autonomía universitaria y los partidarios de la educación socialista. El primer bando, de alineación liberal y católica, estaba principalmente compuesto por sectores universitarios; mientras el segundo por estudiantes de escuelas técnicas y normales vinculados a espacios nacionalistas y de izquierda afines al gobierno de Lázaro Cárdenas. Lo interesante es que para Robinet esta cuestión no sólo expresaba una escisión de la base estudiantil, sino uno de los grandes debates de la “revolución universitaria” dentro de la revolución mexicana. El propio proceso exigía una educación que cristalizara el pensamiento revolucionario y, a la vez y con grandes tensiones, una universidad liberada de los dictámenes directos de los gobiernos que habían surgido de esa misma revolución. Sin embargo, esta gran controversia tampoco impedía que las dos vertientes estudiantiles celebraran conjuntamente las medidas económicas del nacionalismo revolucionario, como la expropiación petrolera de 1938.
Robinet no sólo tiene como referencia la escala nacional a la hora de abordar el movimiento estudiantil mexicano. También logra fundamentar lo relevante que fueron sus relaciones internacionales, las cuales han sido escasamente indagadas por la bibliografía existente. Para el investigador francés, el activismo estudiantil de ese entonces se constituyó por y para la revolución a escala transnacional. En la óptica de buena parte de las élites y los estudiantes, ese espacio era esencialmente el linaje, el territorio y la comunidad de la “raza iberoamericana”. Esa entidad se enfrentaba a la “raza anglosajona” del “coloso del norte”. La hipótesis del libro es que la revolución mexicana consagró cada 12 de octubre a la celebración de esa identidad cívico-étnica gracias a sus activistas estudiantiles, quienes actuaron muchas veces como agentes de relaciones internacionales. Además, sus vínculos diplomáticos, actividades, viajes y correspondencias se tradujeron en su participación en la conformación de las grandes confederaciones estudiantiles iberoamericanas del periodo que, si bien no tuvieron una vida extensa, supieron existir en un momento en que las comunicaciones eran complejas.
El libro de Robinet se presenta como una historia estudiantil de la revolución mexicana y como una historia revolucionaria del movimiento estudiantil. La primera dimensión es la más lograda, dado que argumenta exhaustivamente cómo los activistas estudiantiles de aquel período formaron parte y debatieron el curso de la revolución. La segunda, sin embargo, deja algunos supuestos y preguntas abiertas que el libro no termina de resolver. ¿Esta etapa de la historia mexicana dio origen a una “clase estudiantil revolucionaria”? A lo largo del trabajo esa definición pivotea entre una identificación nativa de los actores de la época y una categoría socio-política-cultural que utiliza el investigador francés para delimitar la constitución del propio movimiento estudiantil. Quizá en esa dimisión ambivalente se encuentre una perspectiva teórico-metodológica para abordar los movimientos estudiantiles que el estudio no termina de explicitar. No obstante, su lectura es una tarea necesaria ya que es una manifestación de las miradas más renovadas que se hacen a la bibliografía sobre los activismos estudiantiles en América Latina.










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