Un año después de haber ser sido despojado del poder por la insurrección liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y poco antes de su ajusticiamiento durante su exilio en Paraguay, el dictador nicaragüense Anastasio Somoza Debayle intentó ajustar cuentas en unas memorias tituladas Nicaragua traicionada. El autor alegó haber sido víctima en 1979 de una “traición sórdida” de parte del presidente estadounidense Jimmy Carter por cancelar durante su administración el apoyo militar a su viejo aliado centroamericano frente a la embestida de la izquierda armada. No obstante, Washington no fue el único malo de la película. Somoza también culpó a los gobiernos de Venezuela, Panamá, Costa Rica y Cuba.1 Precisamente sobre este segundo grupo trata esta novedosa e importante obra del historiador Gerardo Sánchez Nateras.
La última revolución profundiza en un elemento del drama nicaragüense insinuado en las mencionadas memorias, las de funcionarios relevantes de la administración Carter así como las de los mismos dirigentes del FSLN: el triunfo sandinista en 1979 jamás hubiese sido posible sin la intervención de la mencionada coalición de países latinoamericanos incluido México, cuyo gobierno protagonizó un papel clave en apoyo a la lucha contra la dictadura somocista y a favor del sandinismo. Hasta la fecha, la historiografía sobre los orígenes de la revolución nicaragüense ha puesto énfasis sobre dos categorías explicativas. En primer lugar, se han analizado variables internas: por ejemplo, la manera en que evolucionó la estrategia de la guerrilla nicaragüense (particularmente su política de alianzas con sectores ‘patriotas’ de la burguesía tradicional) o las vulnerabilidades estructurales que sufría el ancien régime a causa de sus rasgos dinásticos y personalistas. En segundo lugar, se ha demostrado que Carter, cuya administración priorizó el respeto a los derechos humanos dentro de la política exterior estadounidense, a la vez de manifestar renuencia a intervenir abiertamente en los asuntos internos latinoamericanos, exacerbó las dificultades del gobierno somocista y facilitó un cambio de régimen en Nicaragua. No obstante, Sánchez Nateras deja muy claro que esas explicaciones son necesarias pero insuficientes.
Basado en un extenso trabajo hemerográfico y de archivos en varios países de la región, el libro relata cómo una facción del Frente Sandinista dependió desde 1977 de una red transnacional donde figuraban el expresidente costarricense José (Pepe) Figueres y el entonces presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, quienes prestaron dinero y facilitaron armas para las primeras ofensivas guerrilleras. En alianza con el caudillo panameño Omar Torrijos, Pérez trabajó día y noche para aislar a Somoza (y legitimar a los sandinistas y sus aliados domésticos) en el plano internacional. A partir del 78, ya encaminada la insurrección popular contra la dictadura, el gobierno vecino de Costa Rica (bajo la presidencia de Rodrigo Carazo y con la colaboración de Vanguardia Popular, el partido comunista) prestó su territorio para la retaguardia del FSLN. Asimismo, durante los meses previos a la caída de Somoza en julio de 1979, la coalición revolucionaria dio un salto cualitativo al sumar el apoyo de los gobiernos de México y Cuba. Por su parte, la facción “tercerista” del Frente Sandinista participó activamente en la construcción de esta amplia alianza interamericana vislumbrando en ella la extensión y el reflejo de su exitosa estrategia doméstica de tejer alianzas con los partidos políticos tradicionales, la empresa privada, la Iglesia católica y otros grupos más allá de la izquierda nicaragüense.
Vale recalcar la lucidez de Sánchez Natera al explicar, de forma meticulosa, las motivaciones particulares de cada uno de los países que formaron parte del bloque regional a favor de la insurrección antisomocista. Por mencionar algunas, el auge en los precios mundiales del petróleo en los años setenta permitió que los gobiernos de Pérez en Venezuela y José López Portillo en México asumieran posturas más asertivas y beligerantes en el plano internacional. Para Costa Rica, apoyar al sandinismo fue asunto de defender su integridad territorial frente a las amenazas de la Guardia Nacional somocista. Y mientras la historiografía sobre la caída de Somoza “ha considerado como natural y casi automático el apoyo de Cuba a los sandinistas”, el autor demuestra que los cubanos intervinieron hasta después de Pérez y Torrijos, y que la influencia de Fidel Castro sobre el FSLN fue condicionada por la influencia que desarrollaron sobre la guerrilla los demás miembros de la coalición interamericana.2
La última revolución dibuja un retrato brillante y complejo de los últimos años de la Guerra Fría en América Latina, siendo sus enunciados pertinentes para los debates contemporáneos relativos a los vaivenes del regionalismo interamericano. La caída de Somoza, así como el ascenso del sandinismo al poder, sin duda fue coadyuvada por un momento inusual de autonomía regional y de concertación sur-sur; fue una iniciativa multilateral de tales dimensiones y tan exitosa que resulta casi imposible imaginar algo parecido en la América Latina de hoy. Sin embargo, a la vez consistió en una coalición muy frágil; tal como señala el autor a lo largo del libro, si bien hubo colaboración en asuntos clave como el tráfico de armas o los esfuerzos para sanar las divisiones dentro del FSLN, también hubo forcejeo para determinar quién dentro de la alianza internacional influiría más sobre la composición y el programa del gobierno revolucionario que sustituiría al de Somoza.
La historia de la insurrección transnacional está repleta de este tipo de contradicciones, algunas de las cuales ameritan ser estudiadas más a fondo. Por ejemplo, Sánchez Nateras demuestra claramente que Venezuela, Panamá, Costa Rica y México buscaban apalancar su inversión en el FSLN para orientarlo hacia posiciones “socialdemócratas” y de esa manera evitar que la caída de Somoza diera lugar a una “segunda Cuba”. También se sabe que Pérez, Torrijos y Carazo se distanciaron del sandinismo después del triunfo sobre Somoza al considerar que el gobierno revolucionario se alejaba del modelo prometido de “pluralismo político, economía mixta, y no-alineamiento en asuntos inter nacio na les”. Sin embargo, la injerencia de Castro en la crisis nicaragüense se dio, por lo menos en parte, a petición de Pérez y Torrijos. ¿Cómo se explica esa contradicción? Quizá prevenir la cubanización de la revolución nicaragüense no fue la única ni la más importante meta de los estadistas latinoamericanos que decidieron romper con Washington para contribuir a la caída de Somoza, cosa que no hubiese sido factible sin contar con los recursos bélicos que garantizaba el gobierno cubano.
La publicación de La última revolución llega en un momento oportuno. En años recientes se ha venido reconfigurando la memoria histórica de la llamada Revolución Popular Sandinista (RPS). Durante la década de los ochenta, la experiencia del gobierno sandinista fue sobredeterminada por la confrontación con Estados Unidos; consiguientemente, el análisis del proceso revolucionario se explicaba fundamentalmente desde la perspectiva de la intervención extranjera. Ese sesgo se ha corregido a medida que las nuevas reflexiones sobre la Revolución han puesto mayor énfasis en factores internos: véase, por ejemplo, el trabajo de Irene Agudelo sobre los orígenes de la Contra, o las declaraciones del comandante Humberto Ortega, jefe y fundador del Ejército Popular Sandinista, sobre la naturaleza del conflicto armado entre la Revolución y la Contra.3 La construcción actual de otra dictadura dinástica en Nicaragua -esta vez liderada por el comandante sandinista Daniel Ortega, y consolidada totalmente al margen de los conflictos ideológicos y geopolíticos de la Guerra Fría- le ha dado un impulso importante a la retrospección. Sánchez Nateras hace otro aporte notable; nos recuerda que además de buscar el equilibrio justo entre los factores externos y e internos a considerar en el análisis, los historiadores debemos repensar lo externo como tal, pues el libro demuestra que para la insurrección del 79 fue más relevante la política latinoamericana que el conflicto Este-Oeste.
Las narrativas mínimas alrededor de la Revolución Popular Sandinista no pueden ignorar el argumento básico planteado por Sánchez Nateras sobre el papel determinante de los países y partidos políticos latinoamericanos en el surgimiento de un gobierno de orientación socialista en el patio trasero de Estados Unidos, donde tantos experimentos de la izquierda revolucionaria habían fracasado. Tampoco podemos obviar las implicancias del argumento para el período histórico posterior. Si la revolución se disputó no sólo en Washington y Moscú, sino principalmente en contexto latinoamericano, seguramente debemos revisar nuestras tesis sobre los aspectos básicos del gobierno sandinista de los ochenta: su ideología, su agenda de desarrollo, su estrategia militar, y su inesperada conclusión con las elecciones de 1990 y la transición a la democracia liberal.










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