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Anales de antropología

versión On-line ISSN 2448-6221versión impresa ISSN 0185-1225

An. antropol. vol.58 no.2 Ciudad de México jul./dic. 2024  Epub 11-Nov-2025

https://doi.org/10.22201/iia.24486221e.2024.58.2.90511 

Preliminares

Presentación

Presentación

Jorge Manuel Herrera* 

*Universidad Nacional Autónoma de México Instituto de Investigaciones Antropológicas sanjorgeyeldragon@unam.mx


La arqueología marítima es un área de la profesión que, a nivel mundial, ya cuenta con una historia de más de un siglo, considerando su inicio las primeras excavaciones de barcos vikingos enterrados en tierra firme, las cuales se realizaron por arqueólogos suecos y noruegos a finales del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, la arqueología marítima aún es relativamente nueva en México, así como en el resto de Iberoamérica.

Diferentes experiencias, en los últimos 30 años, en lugar de dar claridad sobre su potencial como herramienta de explicación de procesos sociales del pasado, han creado una falsa idea de que es un asunto de poco ejercicio reflexivo y realizado por buzos-arqueólogos; más que por arqueólogos preocupados por postulados teóricos y metodológicos y por la generación de estrategias de conocimiento acordes a problemas de investigación. Por ello, la denominación que más se ha extendido en México y en otros países de la región es la de “arqueología subacuática”, cuyas limitantes contextuales -que la atan a sitios arqueológicos que se encuentren sumergidos- no coinciden con la investigación que se realiza en la Universidad Nacional Autónoma de México, ni en la mayoría de los países donde se ha desarrollado con mayor solidez y tradición, como: Francia, Reino Unido, Australia, Canadá o Estados Unidos. Aunque comúnmente esta postura limitada a entornos sumergidos, la arqueología marítima no se limita exclusivamente al estudio de sitios arqueológicos bajo el agua. En la forma como se le concibe en un ámbito académico e internacional más amplio, es una línea de investigación de gran potencia explicativa que no está determinada por un medio ambiente específico que define y limita el trabajo intelectual de los arqueólogos. Lo que en verdad la determina son las preguntas y los diseños de investigación que buscan explorar la naturaleza de lo que llamaríamos el ámbito, la disposición y la fascinación marítima de la humanidad, pues la especie ha estado ligada a espacios marítimos, litorales, ribereños y lacustres desde siempre; tanto desde una relación directamente funcional como en toda su complejidad simbólica.

La arqueología marítima se ocupa de estudiar los aspectos marítimos de la cultura en sociedades del pasado, investigando temas tan variados como: la construcción naval, la navegación como instrumento de cambio social, las embarcaciones como herramientas civiles o militares, el uso del espacio y el paisaje como instrumento estratégico o bien como fuente de recursos -ya sea un paisaje costero, de mar afuera o de aguas interiores-, la manifestación simbólica del mar evidenciada en ofrendas e iconografía asociadas a culturas tanto costeras como no costeras, la influencia náutica en la sustentación de estados-nación, puertos y espacios portuarios de la antigüedad, procesos de conquista y resistencia, aspectos técnicos de prospección arqueológica y conservación de materiales; entre una extensa lista de alternativas de estudio que sería muy largo enumerar en esta breve presentación. De manera fundamental, las posibilidades de la investigación en arqueología marítima no dependen del hecho de si los sitios arqueológicos -fuente fundamental de sus datos- se encuentren a 100 metros de profundidad, en una superficie intermareal, en la costa, pero en tierra firme; o bien, kilómetros tierra adentro. Lo que define a la arqueología marítima no es que su campo de estudio esté bajo el agua, sino que dichos sitios sean susceptibles de señalar y explicar los aspectos marítimos de la cultura.

Tanto en la UNAM como en diversas universidades y grupos de investigación de Iberoamérica existe hoy una intensa y creciente actividad en la materia, tanto en el número y calidad de las investigaciones desarrolladas como en la cantidad de instituciones y académicos involucrados. Por lo tanto, es pertinente presentar un volumen temático para la revista Anales de Antropología en el que se ofrece una muestra de los trabajos que se están desarrollando en la región, todos ellos interesantes y de muy alto nivel.

Por las razones mencionadas, se ha convocado a participar en el volumen a arqueólogos de instituciones y universidades de Iberoamérica, e incluso del Reino Unido. Esto se debe a que uno de los colaboradores del proyecto de arqueología marítima -que dio origen y lidera esta especialidad en la UNAM-, tiene su adscripción académica en una universidad británica. Los contenidos que se incluyen en el presente número de Anales de Antropología incluyen: arqueología marítima del conflicto, metodología de la arqueología marítima, tecnologías de punta (geofísica marina, robótica y análisis espaciales), arqueología de paisajes marítimos, arqueología náutica, estrategias marítimas ofensivas y defensivas en diversas batallas náuticas en la región y caracterización de especies ictiológicas en contextos rituales prehispánicos, entre algunos otros temas.

La variedad regional que se manifiesta en los artículos también es amplia, pues va desde Teotihuacan a diferentes sitios marítimos y ribereños de las costas del Atlántico sur y del Río de la Plata, pasando también por el Caribe colombiano. Incluso, uno de los artículos propuestos presenta recientes descubrimientos de arqueología marítima a gran profundidad en el mar Báltico y el mar Negro, implicando embarcaciones otomanas, barcos de la Grecia clásica y naufragios de la I Guerra Mundial. Los autores publicados son todos iberoamericanos y representan una variedad temática, temporal y contextual que confirma la amplitud de posibilidades que posee la arqueología marítima, como se comentó antes.

Los artículos son sin lugar a dudas interesantes y variados, aportan una mirada ya no orientada tan sólo al carácter medioambiental del contexto de deposición de los materiales arqueológicos, sino que se entreveran en discusiones y desafíos a niveles teóricos, metodológicos, históricos, tecnológicos y prácticos, dando cuenta de la riqueza implícita en el trabajo académico interesado en procesos culturales.

El artículo “Sacrificios de Guerra: hacia el estudio y la gestión del posible navío San Felipe (1741) en Cartagena de Indias (Colombia)”, de Carlos Del Cairo Hurtado, Carla Riera Andreu, Jesús Alberto Aldana Mendoza y Laura Victoria Báez Santos es otro ejemplo de arqueología marítima del conflicto donde se entrevera el estudio de restos arqueológicos sumergidos con restos terrestres pertenecientes a un mismo hecho histórico. Esto refleja la imposibilidad ontológica de separar las evidencias arqueológicas sumergidas de aquellas que se encuentran en la superficie, pero que están íntimamente relacionadas en una misma matriz situacional. Al realizar un estudio dentro del paisaje marítimo de la guerra y la defensa, tal como del Cairo y colaboradores lo definen, los autores se adentran en la investigación del espacio y las necesidades del uso crítico de recursos ante la inminencia de un ataque náutico. La caracterización de los restos de un naufragio, como parte de ese sistema de defensa, hundido por sus mismos oficiales para favorecer la dificultad de avance de una flota enemiga, es señalado como un “sacrificio de guerra”. Este concepto es aplicado a los restos del naufragio en conjunto con un minucioso estudio tanto de la realidad espacial de un antiguo campo de batalla náutico, la documentación histórica y la materialidad arqueológica. El cruce analítico de la evidencia espacial, documental y arqueológica lleva a los autores a proponer la posible identificación de los restos estudiados con el navío San Felipe. Definir la probable identidad de los restos incrementa el interés de otro de los conceptos discutidos por los autores, el del contraste y complementariedad entre defensa estática y defensa móvil.

El trabajo de Joaquín F. Rodríguez Saumell, Nicolás C. Ciarlo, Luis V. Coll, Carlos G. Landa, Amaru J. Argüeso y Leonardo Dam es parte de un tema que, en los últimos años, ha tenido un creciente interés en América Latina, la confluencia entre arqueología marítima, arqueología del paisaje y arqueología del conflicto y de campos de batalla en contextos fluviomarítimos y costeros. Esta imbricación de interés temático, en la arqueología marítima latinoamericana, se ha manifestado tanto en investigaciones como la aquí publicada como en los proyectos dirigidos desde la Universidad Nacional de Luján, acerca de la Batalla de la Vuelta de Obligado en 1845, en el Río Paraná, Argentina, como en los desarrollados por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México acerca de los aspectos marítimos de la guerra de Intervención (1846-1848), con énfasis en los asaltos y batallas a los puertos de Veracruz, Alvarado y San Juan Bautista de Tabasco (hoy Villahermosa). Al explorar un campo de batalla de la Guerra Argentino-Brasileña, del primer tercio del siglo xix, Joaquín Rodríguez Saumell y su equipo dan cuenta de un uso razonado de análisis multicriterio en un sistema de información geográfica combinado la cartografía histórica con la experiencia de trabajos de campo en la búsqueda de una batería de artillería empleada durante la Batalla de Carmen de Patagones (1827). Es relevante señalar los autores no se limitan a aplicar el análisis multicriterio de manera práctica, sino que también desarrollan una serie de reflexiones autocríticas sobre el potencial y las limitaciones de esta herramienta.

Desde el punto de vista de los desarrollos tecnológicos de exploración submarina a gran profundidad, el artículo de Rodrigo Pacheco-Ruiz demuestra que el uso de las herramientas de punta de lanza y de altos costos no implica la subordinación del pensamiento arqueológico a las directrices de los instrumentos de exploración. Los trabajos de arqueología marítima de gran profundidad que su artículo presenta, realizados en el mar del Norte, el mar Báltico y el mar Negro, fueron producto de una astuta interacción entre grupos de arqueólogos y la industria privada de inspección submarina de alta tecnología, empleando el conocimiento de especialistas de ambas partes. El proyecto del mar Negro da cuenta de la posibilidad real de interacción entre universidades, institutos de investigación y la iniciativa privada, al ser dirigidos por el interés científico de la arqueología y empleando las ventajas de infraestructura de las grandes compañías de manera armónica; experiencia de la que nuestra región podría tomar buen ejemplo, siempre y cuando siga siendo la inteligencia arqueológica la que lleve la batuta. El Dr. Pacheco nos presenta los trabajos de exploración arqueológica a profundidades de entre 90 y 2 200 metros, que incluyen hallazgos de la Grecia clásica, del periodo Romano, del Bizantino y del Imperio otomano. Además del interés intrínseco en estos sitios de naufragios significativos por su valor histórico, el artículo reseña de manera pormenorizada cuáles fueron las ventajas y desventajas de cada una de las piezas de instrumentación, muchas de las cuales estamos acostumbrados a emplear como arqueólogos marítimos, pero en aguas mucho más someras. El uso de cada pieza del rompecabezas tecnológico, sonares de barrido lateral, ecosondas multihaz, fotogrametría y empleo de vehículos de operación remota tuvo un reto y una solución particular. Si bien muchas de las respuestas encontradas por los miembros del proyecto son inherentes a las profundidades donde se desplegaron, algunas otras pueden ser aprovechadas en otros contextos no abisales, por lo que el aprendizaje metodológico no se ve encapsulado para un uso solamente en trabajos arqueológicos de gran profundidad.

Finalmente, el artículo de Bernardo Rodríguez Galicia es una buena demostración del poderoso vínculo que puede existir entre sociedades marcadamente de tierra adentro y los aspectos marítimos de la cultura. El hallazgo y análisis de ofrendas de peces marinos en el barrio de Teopancazco de la ciudad prehispánica de Teotihuacan (al centro del valle de México y teniendo la costa más cercana a más de 200 km de distancia), es sólida evidencia de que dichos aspectos marítimos de la cultura pueden presentarse no solamente en sitios arqueológicos del litoral o en contextos ribereños o lacustres. Lo importante, en este caso, es que la relación y presencia simbólica de estos materiales en Teotihuacan manifiesta un potente vínculo con paisajes y recursos costeros que no está encajonada en un concepto divisorio como lo terrestre opuesto a lo acuático, sino que incluso en un sitio tan lejano al litoral existe un aprovechamiento racional e intelectual de los recursos marítimos. Ante una variada muestra de biodiversidad ictiológica manifiesta en Teopancazco, el autor propone una serie de pasos metodológicos no sólo para la identificación de las especies presentes, sino de su número mínimo de individuos, contexto biológico de procedencia, posibles procesos de conservación previos al transporte de los especímenes de la costa hasta Teotihuacan y los usos que se dieron a estos recursos.

El lector tiene frente a sí un número que, si bien no aspira a cubrir todos los temas y regiones implícitos en el desarrollo contemporáneo de la arqueología marítima iberoamericana, sí da cuenta del buen camino que actualmente se está llevando, tanto en sus temas como en sus avances metodológicos. Finalmente, deseo agradecer la participación académica de la arqueóloga Pamela Jiménez, quien fue parte decisiva en el desarrollo de las ideas, la planeación y seguimiento que dan como producto este número temático.

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