Nadie puede adivinar cuándo florecerá
el cadáver plantado en el jardín de la modernidad tardía,
ni qué ramas podrán brotar de la roca sólida.
¿qué clase de cultura líquida se derrama
por las grietas del terreno seco de la modernidad? Roger Bartra,
Territorios del terror y la otredad
Introducción
La idea de lectura de este texto es una reivindicación hecha desde los poderes y privilegios de la academia en la circulación, opresión y reivindicación de discurso público. Entiendo que la academia es una máquina de muerte, de exclusión a través de generar categorías y discursos, nombres, formas de entender el mundo a través de gramáticas de poder instituidas por los regímenes de verdad imperantes; entiendo que es parte de un trabajo académico no hegemónico regenerar espacios de vida y apertura. En este caso es que considero importante hablar de la literatura trans*fronteriza1 del norte de México desde el espacio de la academia para dejar vivir, dejar existir. No me interesa como tal el discurso de la inclusión que genera automáticamente centros y periferias, pero reconozco la existencia histórica y situada de mecanismos de control y vigilancia, de normalización violenta de lo social (como ha estudiado, entre otros, Michel Foucault), de los que nuestros discursos de investigación forman parte.
Por lo expuesto anteriormente, considero importante desarrollar los siguientes tres puntos: primero, reivindicar la existencia de una literatura de frontera que es también experimental en lo que caracteriza a los aspectos del lenguaje, la estructura formal o de “género”; segundo, reivindicar la existencia de los cuerpos trans* como sujetos y protagonistas de la historia, de las historias y de la Historia (en específico de las historias de frontera); tercero, enfocar la mirada en autorxs que están políticamente comprometidxs con repensar los mundos de vida más allá de los sistemas de dominación actualmente existentes, con subjetividades otras. Este artículo intenta justificar por qué Adrift’s book (Aristas Martínez 2012), una creación literaria de Sayak Valencia, puede ser entendida como literatura trans*fronteriza del norte de México. Para ello hago un breve recorrido por cada uno de los temas planteados: por un lado, las referencias principales y ciertos puntos en común de lo que se ha llamado confusamente literatura del norte de México y/o literatura de frontera;2 por otro, la discusión sobre el género en lo literario que elegimos sea lo más ambigua posible para abarcar sentidos opacos, el género desde Genette (1988)3 y Derrida (1980), pero también desde una acepción del término “género” en los debates actuales, la teoría de género desde los feminismos y las disidencias sexogenéricas; así como la introducción de una escritura trans*fronteriza que desafía los binarismos y da lugar a otras existencias. La introducción del marco de análisis principal de este artículo son las propuestas de Cristina Rivera Garza sobre la necroescitura y la desapropiación como estrategias de la literatura contemporánea en este espacio fronterizo que se (re)crea constantemente, pues como dice Zygmunt Bauman, “se requiere de una atención constante, so pena de que los puestos fronterizos y las casetas de control se desintegren y se siga de ello un caos indescriptible” (cit. en Villafuerte 695).
¿Cómo es aquello de escribir más allá del género? Sayak Valencia hace un intento en Adrift’s Book, que bien podría ser uno de esos “tantos libros que, por su carácter híbrido y su estructura fragmentaria, insisten en ser llamados inclasificables cuando son ya más que reconocibles y reconocidos entre los lectores” (Rivera Garza 11). Adrift’s book es un texto catalogado como novela policial, con una forma muy otra. Dividida en cuatro partes -contra inicio, primer inicio, segundo inicio y fin- la novela transcurre en un tiempo fragmentario y no-lineal, enroscado entre la reflexión, la memoria, la incertidumbre y la ambigüedad. El Detective investiga un fallecimiento, el de La Muerta, recorriendo su propia biografía y encontrándose con La Othra o La mujer de los detalles. Ambos funcionan como espejos narrativos entre sí a lo largo del texto. Los colores -rojo, índigo-azul y rosa- también juegan un rol importante en la codificación de las situaciones trans*género literario del texto, tanto lo que refiere a la identidad de los géneros textuales como biológico-cultural.
Sayak Valencia es una rara entre raros, una adicta a la filosofía, una amante del riesgo. Nació en Tijuana en 1980. Es Doctora en Filosofía, Teoría Crítica y Feminismos por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente coordina el Posgrado en estudios culturales en El Colegio de la Frontera Norte (COLEF, México). Es al mismo tiempo poeta, crítica, académica y ensayista. Además, ha realizado performances como práctica política de su actitud en tránsito. Algunas de las obras de Sayak están entre el ensayo y la poesía como muestran Jueves Fausto (Ediciones de la Esquina / Anortecer, 2004) o El reverso exacto del texto (Centaurea Nigra Ediciones, 2007). Su tesis doctoral se reelaboró para publicarse en la editorial española Melusina a finales de 2010, en forma de ensayo cultural que intentaba entender la realidad mexicana como una escenificación del capitalismo en su fase más gore. Precisamente este libro, publicado luego en varias lenguas, es el que le valió su reconocimiento internacional más importante y ha sido republicado en castellano con la editorial Paidós como Capitalismo Gore (2016). El libro intenta una articulación transfeminista y desde la teoría queer para abarcar la imbricación necesaria entre la violencia, el narcotráfico, la economía capitalista y la masculinidad contemporánea en México.
Mientras Valencia escribía Capitalismo Gore se gestó Adrift’s Book. La parte creativa, lo literario en su amplio espectro, le permitió salir del círculo de la violencia y construir alianzas responsables para llevar las cosas a otros términos de una forma más fácil y estimulante (Valencia, Entrevista). Adrift’s Book es una novela policíaca situada entre conceptos y géneros que explora la “fronterización”, un término clave usado en la producción académica y textual de esta tijuanense. Por “zonas fronterizadas” Valencia entiende las zonas internacionales de sacrificio, como reza el título de uno de los capítulos de Capitalismo Gore. Es un ejemplo de lo que la autora ha descrito como una distopía propia del sistema económico capitalista en su fase gore más reciente. Ahora, se intenta espectacularizar la muerte, convertirla en mercancía con la que se puede obtener un ascenso social patriarcal y capitalista de manera aparentemente rápida. La fronterización toma una forma literaria en Adrift’s book para rescatar el lenguaje como pieza fundamental de la vida social e individual.
Adrift’s book fue impreso en octubre de 2011 y se dio a conocer al público cinco meses después, los mismos que -nos dice el colofón del libro- tardó Sayak Valencia en aprender a hablar. Antes de ello, en su zona de oscuridad o ambigüedad, el texto se había trabajado como una performance donde la autora cedía su lugar a otras personas que se hacían pasar por ella mientras las ideas del texto iban desplegándose. Este punto, en el que el libro es desbordado por políticas que cuestionan la autoría e incluso el género no fácilmente reconocible del nombre que firma (“Sayak”) son importantes para Cristina Rivera Garza en su caracterización de la práctica contemporánea de la escritura desapropiada como vemos más adelante. En Adrift’s Book pareciera narrarse la historia de un detective trans* en transición, hay un juego y una crítica con la novela policíaca y las figuras de autoridad que representan tanto el narrador como el Detective para establecer o esclarecer las verdades unívocas esperables. Dice Sayak (Entrevista) que “la novela es una de las primeras incursiones a pensar la masculinidad desde otros lados. La masculinidad como las fronteras, es un material inestable”, precisamente, al intentar no serlo y mostrarse como identidades férreas, arrastran vidas e imponen sistemas de referencias.
Trans*Fronterizaciones De La Literatura
En los últimos años ha venido desarrollándose una noción de frontera complejizada por un alud de textos que la conceptualizan. En este caso me interesa retomar la idea de frontera como construcción de subjetividad, con su espejo que sería el límite (siempre móvil) de esa frontera. Esta forma de entender lo fronterizo también le habla al cuerpo físico y textual, así como a la metáfora corporal usada en las investigaciones culturales; en todas podría reflexionarse sobre bordes, límites y construcciones identitarias, teniendo en cuenta además que “el actual orden internacional no surge de manera espontánea de la interacción de fuerzas mundiales radicalmente heterogéneas” (Villafuerte 695). La posición actual es que “[l]as fronteras están en cualquier sitio: la discriminación las acentúa” (Cuevas Velasco 99) y que estas
separan, unen, delimitan, marcan la diferencia y la similitud, pero también producen espacios intersticiales, nuevos espacios que inauguran relaciones. Pueden ser burladas, acatadas, cruzadas, transgredidas, imaginadas, reales, reinventadas y destruidas. Confinan y liberan. Protegen y torturan” (Belausteguigoitia 106-107)
En este sentido teórico, compuesto de varias voces en un trabajo de collage, emerge la noción de “complejo industrial fronterizo, sexualidad y género” que retomo de Camila Esguerra Muelle, así como su problematización en la noción de “carne migratoria”, que sería “la cara menos visible del Complejo Industrial Fronterizo. Con la idea de carne migratoria hago una analogía, en el contexto neocolonial, con la llamada ‘carne de cañón’ en las guerras y la ‘carne de prisión’ de las cárceles” (Esguerra Muelle 111). Con el concepto “Complejo Industrial Fronterizo” Esguerra intenta:
expandir esta noción, incluyendo como parte constitutiva y sustancial del complejo industrial fronterizo una serie de tecnologías socio-políticas y económicas que no han sido tenidas en cuenta en otros análisis y que también administran la movilidad y permanencia de personas dentro y fuera de las fronteras nacionales y que, mediante una serie muy intricada de actores sociales, empresariales estatales, paraestatales y supranacionales, organiza no sólo una militarización, legal e ilegal, de esa administración, sino una vigilancia social sobre quienes se consideran indeseados o no bienvenidos. Me refiero a las “tecnologías del género” y de la sexualidad, articuladas con las de la raza y la clase, que producen movilidad involuntaria, confinamiento y enganche de personas. (111-112)
En Adrift’s Book vemos la vuelta de la carne misma, del límite que marca el propio cuerpo sobre las perfomatividades de género, las memorias que ha encerrado el binarismo. Recordemos que para Derrida, en “La ley del género”, “un texto no pertenecería a ningún género. Todo texto participa de uno o varios géneros, no hay texto sin género, siempre hay género y géneros, pero esta participación no es jamás una pertenencia” (10). El cuerpo se hace carne, herida y cicatriz. El deseo aparece como algo enterrado como la vida misma, los cuerpos que cada día son desechados en el capitalismo gore del sacrificio.
La Muerta, en la vida del Detective de la novela, sirve para evocar su cuerpo, con el que se relaciona de manera distante entre la concreción y la inadaptación a las categorías del heteropatriarcado. Así, una de las escenas de re-conocimiento del propio detective en el texto sitúa precisamente estas heridas, marcas de la memoria, como parte de una carne herida: “El Detective por su parte sabe que efectivamente el Rojo es el color que deshace. El color que podría llamar quirófano, proceso irrevocable, cercenamiento, reasignación” (Valencia, Adrift’s Book 107). El color, que es parte de un juego de lenguaje entre el rosa infantil, el índigo-azul masculino y el rojo femenino, va cobrando complejidad en el texto a razón de su relación con el cuerpo operado por las manos del sistema médico-biológico del binarismo que opera tanto en lo personal como en lo institucional (como ha trabajado Sara Ahmed):
LA PASIÓN POR LAS CICATRICES
El Detective se observa el pecho, el augurio de
lo roto aparece en las crestas de sus dedos.
Los inexistentes senos no paran de repetirle:
I’m your Scar.
I’m your Scare.
(Adrift’s Book 138)
En el texto, además, se juega con la forma poética a pesar de estar categorizado como una novela. La transgresión de género literario es una constante de Adriftt’s Book y se inscribe en la tradición teórica que identifica la ley del género con “un principio de contaminación, una ley de impureza, una economía del parásito” (Derrida 5), que puede verse como una formulación que camina de lo intertextual hacia lo trans*. Pero la obra de Valencia va más allá del teórico francés incorporando el desarrollo transfeminista contemporáneo para que el cuestionamiento de la forma acompañe la narración y el contenido ético-político. Nos dice la autora de Adrift’s Book: “LA PALABRA GÉNERO ES INHERENTE A LA PALABRA VIOLENCIA. Violencia de Género/ Violencia del Género” (176). De la misma manera que mucha de la literatura hecha desde y sobre la frontera norte de México, el inglés se mezcla con el castellano en una dislocación del cuerpo literario que en ningún caso quiere explicarse, pues ninguna explicación tranquilizaría al enamorado, como ya dejara dicho Ludwig Wittgenstein. Es precisamente ante su espejo erótico, el personaje de Othra, que el Detective se va planteando la otra parte del regreso a su cuerpo transicionado. El cuerpo del Detective en la novela va desplegándose hacia el deseo desde la carne misma, revindicando su existencia a pesar de los mandatos de invisibilidad de estas corporalidades: “El Detective tiembla. Piensa, entre las manos de Othra, en el momento exacto de la huida. . . . En el momento en que El Detective vuelve al placer de un cuerpo que ha vivido en retirada” (151).
Teniendo esto en cuenta, Victoria Rule, investigadorx mexicanx desde la disidencia sexogenérica, nos sitúa precisamente en las intersecciones de lo transitivo que intenta apagar la razón fronterizada del mundo contemporáneo. Lo trans* como una fugitividad, como un verbo que no se cierra sobre la carne, sino que puede permanecer en grado de apertura para retar las fijaciones, las fronteras, los límites impuestos. Lx investigadorx comenta en la conferencia “Perspectivas críticas del Norte de México” celebrada en 2021 que al aplicar la:
razón fronteriza a la problematización de lo transexual; diría que las contribuciones de la teoría de género -más allá de las aportaciones inteligentes de Judith Butler sobre la construcción social de género- no termina de decirlo todo. No explica el devenir de lo transexual, ni mucho menos desarrolla una posible ontología o por qué un cuerpo deviene trans. Para el cuerpo transexual la frontera es una noción múltiple y movediza. Una demarcación inestable y un borde movedizo. La frontera subvertida del género y la frontera del binarismo. Intersticio entre el ordenamiento social, lo abyecto y excluido. En el caso de la frontera norte de nuestro país los cuerpos estos cuerpos son atravesados por otras nociones de fronteras como la migrante y la división violenta entre un espacio de un capitalismo metropolitano y otro periférico y dependiente.
En esta cita de lx investigadorx mexicanx se imbrican muchas de las ideas que aquí apenas esbozamos y que tienen un reflejo literario en el texto de Sayak Valencia. El detective de Adrift’s rebusca en los intersticios del espacio, de su memoria y su cuerpo para encontrar un lugar dónde ser y dónde recuperar el deseo como guía de la existencia. Ante un inicio lluvioso, minucioso, muy enfocado en los objetos, la novela se va abriendo hacia el deseo como el cuerpo y las categorías mismas, desde el habitar esas contradicciones y sus cicatrices. El texto entra en una deriva, como su propio título en inglés traduce, que parte del género masculino que, para el filósofo francés de origen argelino “está afectado por la afirmación de una deriva aleatoria que puede siempre hacerlo otro” (Derrida 20).
Literatura del norte como categoría de invisibilización
En el apartado anterior hice un breve recorrido de algunas representaciones de lo que es considerado lo trans* y lo fronterizo. Aquí vemos de manera breve lo que es considerado lo propio del norte de México en la literatura y en la investigación literaria misma. Parece evidente que estas dos categorías sobrerrepresentan las dinámicas sistémicas que han creado el propio espacio social que podemos llamar frontera norte de México. Se hipervisibilizan una serie de temas, espacios y referentes culturales. Sin embargo, cuando acabamos el recorrido académico, los cuerpos y subjetividades que no están representados siguen ahí. Como hemos visto, si no tenemos en cuenta el tránsito, lo que escapa a la taxonomía dual occidental, toda categoría acaba invisibilizando. El caso de la(s) categoría(s) que ha(n) intentado domesticar la producción literaria textual en la que queremos enmarcar Adrift’s Book, no lo es menos. Parto de que para cada momento hay un orden del discurso y que parándonos desde ahí -y entendiéndonos- la función de la academia no debería ser tanto certificar como ampliar el sentido de la cultura como discusión humana.
Si recorremos a distancia la categoría que por ahora llamaremos literatura del norte de México, vemos que hay una presencia mayoritaria de hombres,4 ya sea en los textos publicados, reseñados o investigados.5 De ello ha hablado la misma Sayak Valencia en Capitalismo Gore con su categoría de “sujeto endriago”.6 Más allá de estos nombres de hombre, hay algunas pocas autoras que han sido incluidas en debates, antologías o referencias de esta literatura. Son la chihuahuense Rosario Sanmiguel, la mexicalense Rosina Conde, la queretana (ubicada en Tamaulipas) Sara Uribe y la misma Cristina Rivera Garza.7
Para Rivera Garza, “la literatura es uno de los pocos espacios donde podemos explorar los límites de nuestra experiencia con el lenguaje, los cuales son los mismos de nuestra experiencia con el mundo” (cit. en Mateos). En esto la autora nos sitúa directamente en la correlación que existe entre lenguaje, literatura y formas de vida; relación que señala dinámicas, resistencias, patrones de dominación y dimensiones del orden del discurso existentes en cada contexto. Se trata de formas de vida que no son casuales, como diría el antropólogo Andrés Fábregas Puig al hablar de la frontera, sino que son resultado de relaciones ya que:
son las comunidades humanas las creadoras de las fronteras espaciales o imaginadas, delimitando interna y externamente a los sistemas sociales, culturales, económicos o políticos. Las fronteras se dinamizan por una dialéctica particular cuya actuación evidencia hasta dónde llega un sistema y cuáles son sus componentes. En estos aspectos se muestra con claridad la relación entre la frontera espacial y las dimensiones social, política y cultural. (28)
Reflexionando sobre la inclusión y la representación de ciertas subjetividades y estereotipos, seguimos preguntándonos: ¿hasta dónde llega la de-limitación de los conceptos de género, de literatura, de la frontera norte? El guerrerense afincado en Coahuila, Julián Herbert, afirma en la nota de Héctor González: “para mí ya no solo se trata de una literatura regional sino de una estética de lo norteño . . . Hay una vertiente de eso que va más allá de lo estilístico y atraviesa por una decisión política que muchos tomamos de manera directa”.8 Aquí está señalando el autor de Canción de Tumba algunas de las preguntas fundamentales desde la literatura del norte. ¿Qué sería la literatura del norte? ¿Un estilo, una serie de paisajes, de estereotipos o representaciones?,9 ¿una identidad? Si como nos dice Valencia en Adrift’s Book “[l]a identidad no existe, su concepto se rompe con una pregunta ¿ser idéntico a qué?” (174), ¿tiene que escribirse la literatura del norte desde el norte como lugar geográfico o más bien sería sobre el norte?
Como decíamos inicialmente, el objetivo de este texto es comprometerse con una práctica política de la academia y por lo tanto pensar las categorías desde su posicionalidad y la posibilidad de su transgresión. Para ello tomaremos la discusión de Emily Vázquez Enríquez, que nos sitúa:
Con el nombre “literatura del norte de México” han sido denominadas dos categorías literarias que, empero, se aprecian distintas: la que se escribe, en efecto desde el norte mexicano y aquélla que utiliza esta misma zona como tema literario. El que a veces se inserte a ambas categorías bajo la misma clasificación resulta conflictivo en tanto que, como se verá, gran parte de la crítica está en desacuerdo con ello. (18)
En el trabajo de Vázquez Enríquez hay una discusión alrededor de cuatro novelas, dos escritas desde y otras escritas sobre. Le interesa analizar las diferencias y si son útiles las categorizaciones de lo que está escrito desde la frontera norte y lo que se escribe sobre ella (en el sentido de no ser de ahí). En el primer caso retoma a Daniel Sada y a Rosario Sanmiguel; en el segundo a Roberto Bolaño y Edmundo Paz Soldán, chileno y boliviano respectivamente. La discusión de “literatura sobre la frontera norte de México” (retomando la propuesta de Vázquez Enríquez) debería implicar también al público (es decir el aparato masivo de la recepción o al menos el aparato popular o distribuido), así como al aparato institucional de la recepción que conformamos lxs académicxs, investigadorxs y críticxs culturales de impacto cualitativo diverso. Es justo asumiendo esta ubicación de mi texto que me parece importante proponer que la literatura de la frontera norte puede ser definida y al serlo será necesariamente transformada. ¿Cuál es el límite y la potencia de esa transformación? Es una de las cuestiones que van más allá de este texto, pues dependerá de que la propuesta sea también digerida-apropiada-sostenida por otrxs.
Si lo vemos en el caso concreto de Adrift’s book podríamos decir que es una literatura desde la frontera norte, al auto-identificarse Sayak como tijuanense o del norte. Pero, ¿en este caso importa la auto-identificación? Si estamos de acuerdo con ello, ¿hasta qué punto y cuál sería el límite de esta auto-identificación más allá de nomenclaturas? Si nos preguntamos por la otra caracterización de Vázquez Enríquez, diríamos que también la literatura de Sayak en Adrift’s book es sobre el norte; a pesar de que la única alusión en el libro al espacio geográfico nos remite a un lugar que podría ser Madrid, (“Supongamos, entonces, que La Muerta sucede en Madrid” (40). Afirmamos que Adrift’s book es literatura desde, sobre y en la frontera norte, porque atraviesa lenguajes, conceptualizaciones, fronterizaciones que pueden verse precisamente en la frontera norte al ser una zona global de sacrificio donde el sistema se muestra más descarnado. La frontera es una zona para entender el centro -el borde nos delimita una noción si seguimos el pensar de Derrida- o para imaginar y re-crear una identidad como ha mostrado Servelli en el caso de la frontera interior en Argentina (37). La literatura de Adrift’s book es una zona compleja, como toda frontera y sus teorizaciones, creadora de subjetivaciones, crítica con la ley del género (tanto textual como sexual) que recorre junto a Jacques Derrida la posibilidad en que la ley “no sólo rige el género entendido como categoría artística o literaria. La ley del género rige también y tan paradojalmente, tan imposiblemente lo que consigo lleva el género en el engendramiento, las generaciones, la genealogía y la degeneración” (18). En el texto narrativo de Valencia precisamente lo trans* sirve como recorrido alrededor de la posibilidad de engendrar (la maternidad misma del Detective) y como metaliteratura que piensa cómo se engendra el texto mismo en el límite, en la frontera. Pienso que, a falta de espacio para la teorización, estas preguntas quedan solo esbozadas, anotadas si acaso. Y me permito tomar la clasificación de Vázquez Enríquez, de literatura sobre y desde el norte, para proponer otra categoría que pueda ser transitiva, cambiante, una ontología de otra forma, donde la presencia de la voz investigadora aporta la nomenclatura de literatura trans*fronteriza del norte de México. Para ello retomo el eco de Roxana Rodríguez, a través de su trabajo sobre la literatura fronteriza del norte de México que me permite ampliar el espectro de referencias fronterizas hacia lo trans*. La académica mexicana afirma: “la literatura fronteriza del norte de México también se caracteriza por infringir los límites del estilo y de los géneros” (91). Esto podría considerarse una forma de arraigo complejo dentro de la tradición literaria occidental hacia la hibridación de géneros que aporta ahora ciertas características diferenciales que son las que nos interesa indagar en las obras de Valencia y Rivera Garza. Esta propuesta de literatura trans*fronteriza del norte de México me permite abordar Adrift’s Book desde otro prisma de la complejidad del texto, teniendo en cuenta que como dice Cuevas: “los de esta novela son personajes que viven en la frontera de lo que son, entre el ser y no-ser, las apariencias, lo cual se traduce en la angustia por una culpa que no les pertenece: ser aquello que los otros ven” (106).
Necroescritura y desapropiación en rivera garza
Como se ha mencionado, Cristina Rivera Garza es una de las pocas autoras mujeres destacadas en las antologías, reuniones y debates de la literatura fronteriza del norte de México. Es además bastante más que eso. Es una teórica y una autora experimental, académica en la Universidad de Texas en Austin y coordinadora del posgrado en escritura creativa. Sus textos publicados van desde novelas como Nadie me verá llorar (Tusquets, 1999), la remasterización de su tesis doctoral en Historia sobre el manicomio general de la Castañeda en Ciudad de México (Tusquets, 2010) o algunas de sus obras más recientes Autobiografía del algodón (2020) o El verano de Liliana (2021) en las que muestra ya un estilo propio anclado en las mezclas de género, temas autobiográficos con referencias a espacios de la literatura en español y un marcado compromiso político. Es una autora con una exposición y circulación bastante notable, pues recientemente ha estado envuelta en polémicas literarias,10 ha obtenido distintos premios11 y es recurrentemente publicada por el grupo Random House Mondadori. En este caso nos interesa su vertiente de crítica literaria, ensayista e investigadora en literatura.
En concreto nos acercaremos al texto Los muertos indóciles. Necroescrituras, desapropiación (2021). Publicado originalmente por Tusquets en 2013, el libro ha sido recientemente puesto en circulación por uno de los sellos de Random House, Debolsillo, orientado a los libros que circulan con más frecuencia y en formatos más masivos en cuanto a papel, dimensiones y distribución se refiere. En contrapunto con la circulación de Adrift’s Book y su única publicación en una editorial pequeña española, el acceso y la importancia de la teorización de Rivera Garza tiene aquí un primer punto de anclaje. Como ella misma señala, las condiciones de posproducción y circulación son para las prácticas contemporáneas de la escritura de vital importancia, diríamos que demarcan una economía política de la re-apropiación de los sentidos del texto y del trabajo compartido entre la cadena de personas involucradas en la circulación del texto (y sus sentidos) enmarcadas en forma de libro. El trabajo de la tamaulipeca retoma su título de un poema de Roque Dalton, para enfatizar la importancia de las aperturas políticas y la fuerza poética en la práctica literaria. Con Sayak Valencia se observa que la escritura desobediente va contra la muerte y sus regímenes bio-necropolíticos. Podríamos situar aquí una de las primeras similitudes entre ambas autoras. Rivera Garza, además, escribió en gran parte esta serie de ensayos encadenados en el espacio entre Tijuana y San Diego, “un paso fronterizo donde diariamente se dirimen procesos de apropiación y desapropiación tanto a nivel material como simbólico” (Rivera Garza 23).
Ambas autoras se preguntan qué puede significar escribir en el México contemporáneo. Ese México, el de inicios de la década pasada, es el país en el que emerge la noción de “necropolítica” (donde el poder reside en gestionar quién muere y quién vive) que acuñara Achile Mbembe, trabajada tanto por Valencia como por Rivera Garza. En el caso de la tijuanense, su concepto “capitalismo gore” ha logrado cierto reconocimiento al intentar una aproximación al (narco) capitalismo hiperpatriarcal en el entorno fronterizo mexicano. Para Rivera Garza, la respuesta se desplaza al ámbito literario:
¿Qué tipo de retos enfrenta el ejercicio de la escritura en un medio donde la precariedad del trabajo y la muerte horrísona constituyen la materia de todos los días? ¿Cuáles son los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir, literalmente, rodeados de muertos? . . . Si la escritura se pretende crítica del estado de las cosas, ¿cómo es posible, desde y con la escritura, desarticular la gramática del poder depredador . . . [?] (Rivera Garza 9)
De la misma manera, en Valencia dibujaremos “un camino común de empatía a través de este ente colectivo e individual que es nuestro cuerpo . . . [si] ponemos en el centro del problema del capitalismo gore, la re-ontologización del cuerpo y su vulnerabilidad” (Desobediencia 36). Esto facilita el diálogo de la tijuanense con Rivera Garza. Sayak Valencia nos señala que hay “autor@s [que] producen escrituras monstruosas, desdibujan los límites entre los géneros literarios, no escriben pura poesía ni poesía pura, reapropian y hacen dialogar” (Desobediencia 42). Este es un posicionamiento político muy concreto, dentro del contexto de la literatura fronteriza del norte de México, en el que Valencia señala la potencia de comprometerse, de manera que:
estxs autor@s, pese a los costes vitales que ello implica, se mantienen escribiendo desde la liminalidad que conlleva el dinamitar las esencias y defender una forma de hacer política a través de la escritura, desde lo que podría denominarse como las políticas de la escritura transmarikaputaindiamarimacha y que obedece a una serie de puestas en común de los destierros y las interconexiones que supone vivir “en los márgenes del género, de la clase, de las geografías de lo normal, de las alcantarillas del sexo” , que reconocen que frente a la voracidad del capitalismo gore y al recalcitrante heteropatriarcado pueden erigirse nuevos posicionamientos. (Desobediencia 41)
Tanto Rivera Garza como Valencia son destacadas en este trabajo precisamente por un compromiso en la producción e intervención cultural, que intentan remover el orden del discurso existente desde lugares de enunciación posicionados y corporalizados.
Desapropiación
Según Roberto Sánchez Benítez, en la lectura que hace de la propuesta de escritura comunitaria trans*fronteriza en Rivera Garza, la autora plantea “narrativas que buscan la aproximación y la transgresión de fronteras artificiales que se erigen en función de un sujeto privado que buscan la reconstitución del tejido de la palabra” (“Comunidad escritural”). A lo largo de Adrift’s Book vemos narrado el proceso de lectura mismo, al tiempo que se teoriza la escritura. El Detective rebusca en un libro encontrado dentro del texto que tiene el mismo nombre del libro que estamos leyendo, Adrift’s book. El Detective relee el expediente de la Muerta y siente que está también releyéndose a él mismo, lo que trae de vuelta el juego constante de la novela entre el cuerpo textual y el sexual, los géneros, el transcurrir. Esto podría ser un ejemplo de lo desapropiado, pues constantemente hay un juego de lenguaje que nos quiere implicar como lectorxs, alejándonos de un espacio pasivo en el que lx narradorx domina a lx lectorx. Aquí el proceso, a través del texto, se hace otro en el lenguaje y la estructura misma inicia una transición hacia la evidencia y constatación de que leer-escribir es “una práctica productiva y relacional, es decir, como un asunto del estar-con-otro” (Rivera Garza 37). Así, “cuando la lectura se convierte en el motor explícito del texto, quedan expuestos los mecanismos de transmisión, a lo largo del tiempo y a través del espacio, que la cultura escrita utiliza y ha utilizado para su reproducción y para su encumbramiento social” (Rivera Garza 37-38).
El trabajo de Rivera Garza, con estos puntos de partida, busca proponer varias prácticas, analizar algunas tendencias e iluminar caminos. La autora propone una escritura comunal (desde el pensar de Floriberto Diaz, y lxs mixes). Recorre las tendencias conceptualistas de escritura norteamericana, las vertientes de la escritura no creativa o la escritura en redes virtuales. Aquí me centro en dos conceptos para poder leer la obra de Sayak Valencia: el de escrituras desapropiadas y el de necroescritura. Así describe Rivera Garza estas dos categorías, que son una respuesta creativa a la contrainsurgencia de la violencia extrema y cotidiana:
la creciente relevancia crítica que han adquirido ciertos procesos de escritura eminentemente dialógicos, es decir, aquellos en los que el imperio de la autoría, en tanto productora de sentido, se ha desplazado de manera radical de la unicidad del autor hacia la función del lector, quien, en lugar de apropiarse del material del mundo que es el otro, se desapropia. A esa práctica, por llevarse a cabo en condiciones de extrema mortandad y en soportes que van del papel a la pantalla digital, es a lo que empiezo por llamar necroescritura en este libro. A la poética que la sostiene sin propiedad, o retando constantemente el concepto y la práctica de la propiedad, pero en una interdependencia mutua con respecto al lenguaje, la denomino desapropiación. (10)
Por lo que respecta a las escrituras desapropiadas, Rivera Garza nos sitúa en un espacio de análisis post-vanguardias, en un contexto de violencia, fronterización y preacarización de la vida. Al mismo tiempo, emerge un régimen casi ubicuo de la palabra, de la publicación como producción en el semiocapitalismo (Rivera Garza 20). La escritura desapropiada para la autora sería aquella en la que se empiezan a mostrar las costuras de la escritura, el texto y el libro mismo.
Lo anterior se observa en Adrift’s Book cuando Valencia nos propone un código de color, entre negro y rojo, con el que marca las intervenciones que podríamos llamar metaliterarias, pues refieren de cierta manera a una teoría de la ficción aún dentro de lo que podríamos considerar la novela. Estas marcas, que a veces introducen citas, muestran el descosido que Sayak hace y Rivera Garza propone como:
la consecuente subversión de la función del narrador o de cualquier otro elemento de la ficción convencional, como eje único de producción de significado; el uso de la traducción como lengua original; la yuxtaposición y la elipsis como principios secuenciales, y la mezcla de géneros . . . dinamitaron nociones más bien conservadoras” (12-13).
Veamos por ejemplo una imagen, a manera de poema visual en Adrift’s Book (101):
En esta imagen vemos cómo Valencia juega entre los géneros en un sentido amplio, al relacionar los cromosomas XX-XY asociados a la binarización de género en un continuo en el que no sabemos dónde detenernos, en el que la Y (asociada en el binarismo a la masculinidad biológica) se presenta como una extrañeza y donde el detective aparece acompañado de los artículos del castellano para femenino y masculino. “Supongamos”, nos dice la autora, “que esto es una novela”. Y el eco, como vimos antes, es para suponer que hay identidad, en un sentido amplio ante el contínuum desapropiado de la escritura y la vida misma.
Necroescritura
El otro término de Rivera Garza que retomo aquí es el de necroescritura. Para la autora las necroescrituras -“siempre en plural” (15)- son una serie de estrategias que podrían “mostrarnos modos de ver y experimentar el mundo” (21) del horrorismo contemporáneo, y sería prudente que tanto investigadorxs como creadorxs -“máquinas de guerra y máquinas digitales” - (Rivera Garza 15) buscaran derruir “el dominio de lo propio”, es decir, literalmente des-apropiar a través de una serie de operaciones que llama Rivera Garza “poéticas de la desapropiación” y que tienen que ver con el lenguaje y lo metanarrativo: prácticas gramaticales y sintácticas, estrategias narrativas que cuestionan el status quo dado por el capitalismo gore. Las necroescrituras serían “producto de un mundo en mortandad horrísona, dominado por Estados que han sustituido su ética de responsabilidad para con los ciudadanos por la lógica de la ganancia extrema” (15).
Para Rivera Garza, la metáfora entre el cuerpo sexuado y el cuerpo textual toma ahora un sentido otro, pues más que la vida el cuerpo ahora es huella de algo que ya no tiene bios sino necro: un cadáver textual. Dice la escritora tamaulipeca que la figura más parecida al escritor contemporáneo podría ser la del forense, leyendo estos cadáveres que alguna vez tuvieron vida, deseo, magnitud de potencia. Lo es en parte por la situación de amenaza y peligro a la que unx escritorx ha de enfrentarse en un contexto dominado por la violencia en el que a veces es menos dañino hablar con lxs muertos que intentar asir el presente: hacer las preguntas equivocadas a los muertos parece menos peligroso. Esta metáfora, tomada de Giovanni de Luna por Rivera Garza, caracteriza los escritos experimentales en contextos necropolíticos como “fichas anamnésicas de la cultura” (De Luna cit. en Rivera 18). Los cambios tecnológicos, la ubicuidad cotidiana y la velocidad de la producción textual de cadáveres textuales ha hecho que estxs creadorxs produzcan necroescrituras y se relacionen con los textos de manera que los “leen con cuidado, los interrogan, los excavan o los exhuman a través del reciclaje o la copia, los preparan y los recontextualizan, los detectan si han sido dados de alta como desaparecidos” (Rivera Garza 18). Son marcas, alteraciones del continuo del tiempo, cicatrices en la memoria, pero también inscripciones en el cuerpo y el territorio.
De alguna manera en Adrift’s book estas necrografías, o formas de escribir con la muerte entre las manos, emergen desde el cuerpo mismo. La novela inicia con una descripción detallada de objetos que revolotean alrededor de una muerte, que complejizan la escenografía de La Muerta. Son los objetos en este caso, incluso sus detalles (el color rosa, por ejemplo) los que evocan disrupciones en la memoria, que son momentos de densidad emocional que precisamente intenta borrar el capitalismo necropolítico en algunos cuerpos, haciéndolos no válidos o prescindibles. Que el texto muestre la profundidad de lo que no se ve, la complejidad de los cuerpos trans* en su propia memoria nos ofrece un contrapunto de borramiento y de la categorización de los cuerpos destinados al no-ser. Así, El Detective empieza a acercarse y a preguntarse con otrxs sobre esa Muerta a partir de sus propios recuerdos. Valencia nos ofrece al mismo tiempo una práctica de collage, de composición literaria no lineal, pues va alternando escenas, puntos de vista y anotaciones metaliterarias que resuenan en la caracterización de Rivera Garza pues “el uso masivo y cotidiano del copy-paste ha convertido a los más distintos autores en curadores textuales para quienes las distinciones entre narrador y autor o el respeto por la verosimilitud poco tienen que ver con la efectividad de su proceso creativo” (17). Aquí la creación es también co-creación, con nosotrxs como lectorxs y con las referencias y los personajes mismos de la narración. La forma de leer es compleja, desordenada, como de rompecabezas en el que los fragmentos nunca acaban de embonar y todo parecen pistas en esta novela policiaca donde el asesinato no termina de esclarecerse, donde más bien el asesinato conduce a empezar a preguntarse, ¿no será este un acto social y colectivo?, ¿no será la muerte de unx mismx o al menos de lo que unx alguna vez -en otro tiempo- fue? ¿Dónde unx no deja de ser cadáver de un texto que fuera anteriormente?
Se trata de una escritura que, en el decir de Sánchez Benítez, “busca, pretendidamente, quedar inconclusa no sin antes minar certezas consabidas. Escritura que busca recuperar el horizonte de una mutua pertenencia al lenguaje, entendida como el evento que supera el formato del libro”. Al detective, en Adrift’s book, se le recuerda desde la escritura anotada que representa el color rojo, una escritura meta-literaria que aparece a lo largo de la novela apuntando, en este caso, desde la Voz de La Muerta:
Detective, sé que no me escucha, pero déjeme decirle que me gustan más los finales que los inicios. Podría decirse que sólo inicio algo para apresurar su fin. Es como leer un libro, sólo se avanza para llegar a la última página y en ésta a la última letra y al último punto” (Valencia, Adrift’s 67).
Rivera Garza hace referencia también a Gertrude Stein, cita que podemos encontrar a lo largo de Adrift’s Book. Ambas remiten al sustrato material en el que aparece el lenguaje, a “la escritura como una realidad encamada. La escritura como una indagación en el sentido temporal” (Rivera Garza 14). Esta marca de tiempo, una más, puede parecer la más irreversible y cuestiona las nociones de performatividad del lenguaje en Butler y del acto de habla de Austin; por ello mismo Rule considera que las teorías de la performatividad de género ya no bastan. El Detective, diríamos el-la protagonista del texto, se re-plantea su transición en el tiempo. Es el paso y el peso del tiempo el que sigue marcando lo que ya no es y lo que nunca fue. El tiempo que nos habla de las heridas, de las cicatrices, evoca para dejar de desaparecer. Como se afirma en Adrift’s Book: “CICATRIZ / [Si la cicatriz hablara aquí se contaría otra historia.]” (175).
Reflexiones finales
En el texto se ha hecho un recorrido sobre la lógica de la literatura fronteriza del norte de México. Ante esta lógica propongo el trabajo de dos autoras precisamente ubicadas en este tránsito del borde entre México y Estados Unidos: Cristina Rivera Garza y Sayak Valencia. He querido hacer notar que ambas autoras, tanto académicas como literatas, son personalidades importantes en el mundo de la cultura mexicana con una amplia producción intelectual y artística, y con reconocimiento laboral y profesional. Sin embargo, las propuestas de desmontaje sistémico que proponen (a partir del análisis de los aspectos del sistema-mundo contemporáneo en su versión mexicana) aún siguen siendo objeto de poca reflexión o producción crítica. Esto es más evidente en lo que respecta al trabajo literario de Sayak Valencia. Tal aseveración se vuelve correlato del doble ocultamiento al que están sometidos los temas mismos sobre los que han reflexionado: la violencia de/l género a partir de Valencia y Derrida, las resistencias al capitalismo o las escrituras mestizas desde los (trans)feminismos. La categoría “literatura fronteriza del norte”, tal y como es pensada desde la academia, no favorece la apertura, por eso se propone un término más poético y ambiguo, en el sentido de que tiene la potencia de desplegarse: literatura trans*fronteriza del norte de México. Esta primera formulación presenta apuntes para un trabajo posterior más profundo.
Tras lo visto, entendemos que Adrift’s Book es un ejemplo de esta literatura que no puede seguir obviándose en el análisis cultural de la región. Aquí hemos visto el análisis de la necropolítica como forma regente de estructura social, así como el cuestionamiento desde el ensayo y la ficción de ciertos puntos del pacto narrativo y de la industria del texto escrito. Ambos correlatos, tienen en común un mecanismo de encubrimiento en nuestras “democracias fascísticas” (Valencia y Sepúlveda 76). El encubrimiento es parte de dinámicas contemporáneas sobre las que podemos incidir como investigadorxs contemporáneos: haciendo evidentes los entresijos del trabajo literario como política -que argumentan Rivera Garza y Sayak Valencia- y observando cómo ciertas formas de vida y cuerpos son opacados por los modelos del binarismo de/l género. Las autoras aquí propuestas retan este encorsetamiento heredado de la ley del género que va más allá de lo artístico/literario y es causa de sufrimiento cotidiano para las disidencias y los desbordes sexogenéricos.
La urgencia de estas reflexiones académicas está en que “México ocupa el segundo lugar en América Latina en donde se llevan a cabo la mayor cantidad de asesinatos en contra de personas trans, sólo detrás de Brasil” (Muñoz). Esta realidad está en espera del desplazamiento que la literatura y su análisis podrían hacer desde su campo intelectual de lenguaje: abrir espacio, engendrar metáforas y nombrar en y desde la transición; pues como dice Rivera Garza, “lo que pasa fuera de la página y lo que pasa dentro de la página tienen, ahora más que nunca, una relación concreta y directa con la producción de valor social” (20). Este ha sido el objeto del texto, empezar por proponer una categoría más transitiva y localizada para la literatura mexicana y las vidas que en ella habitan. La literatura trans*fronteriza del norte de México es aquella que ensaya respuestas contra la muerte, des-apropiándola, y lo hace abriendo las costuras de lo que consideramos el cuerpo teórico-literario-fisico normativo. En el caso de Adrift’s book, como caso de estudio, vemos que lo hace transitando entre géneros, con personajes no binarios y con una metaconciencia literaria del espacio narrativo.










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