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Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México

versión On-line ISSN 2395-9185

Rev. interdiscip. estud. género Col. Méx. vol.11  Ciudad de México  2025  Epub 27-Oct-2025

https://doi.org/10.24201/reg.v11i1.1235 

Artículos

Construyendo solidaridades: voces feministas en el simposio “Mujer y Sociedad en América Latina”, Tijuana 1978

Building Solidarities: Feminist Voices at Women and Society in Latin America (Symposium, Tijuana 1978)

1Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California, México. sara.musotti@uabc.edu.mx


Resumen

Este artículo analiza cómo académicas y activistas latinoamericanas, vinculadas al feminismo de la segunda ola o neofeminismo, construyeron redes transnacionales desde mediados del siglo xx para debatir las condiciones de las mujeres en América Latina. Se examina el simposio Mujer y Sociedad en América (1978), celebrado en Tijuana, México, como un espacio pionero de articulación entre movimientos feministas del norte y del sur del continente. El estudio propone integrar el análisis de centros académicos latinoamericanos con el de universidades californianas -como la de California-Irvine- que, en el contexto de la Guerra Fría, ofrecieron refugio intelectual a mujeres migrantes y exiliadas. Se argumenta que Tijuana, por su carácter fronterizo y su dinamismo cultural, se convirtió en un nodo clave donde confluyeron agendas feministas locales con discusiones transnacionales, complejizando las perspectivas regionales mediante el cruce de experiencias vinculadas a clase, etnia y nacionalidad. La investigación se basa en fuentes diversas: documentos del simposio (actas, folletos, fotografías, prensa), archivos personales, publicaciones feministas mexicanas y entrevistas que recuperan la memoria de sus protagonistas. Este enfoque permite comprender el impacto del simposio tanto en la agenda feminista local como en su proyección continental, destacando su relevancia histórica y vigencia actual.

Palabras clave: movimiento feminista; académicas; encuentros de mujeres; historia de las mujeres en América Latina; redes de mujeres

Abstract

This article analyzes how Latin American scholars and activists involved in second-wave or neofeminism built transnational networks from the mid-20th century to discuss women’s conditions in Latin America. It focuses on Woman and Society in the Americas, a symposium held in Tijuana, Mexico, as a pioneering space for dialogue between feminist movements from both the North and South of the continent. The study provides an integrated analysis of Latin American academic centers and Californian universities-such as the University of California, Irvine-which served as intellectual havens for migrant and exiled women during the Cold War and helped shape Latin American feminist thought from abroad. It argues that Tijuana, due to its border location and vibrant cultural dynamics, became a crucial node where local feminist agendas intersected with transnational debates, enriching regional perspectives through the lens of class, ethnicity, and nationality. The research draws on a wide range of sources: symposium documents (minutes, brochures, photographs, press), personal archives, feminist publications, and interviews that recover the memory of key participants. This approach enables a deeper understanding of the symposium’s impact on both local feminist activism and its broader continental projection, highlighting its historical significance and contemporary relevance.

Keywords: feminist movement; women academics; women’s conferences; women’s history in Latin America; women’s networks

Introducción

Uno de los logros centrales del feminismo de la segunda ola en América Latina fue la redefinición del rol tradicional de la mujer y la promoción de un pensamiento crítico que cuestionó las estructuras sociales dominantes. La modernización industrial y la ampliación de los espacios educativos y laborales transformaron las experiencias femeninas, especialmente entre mujeres de clase media, favoreciendo su autonomía económica, simbólica y corporal (Maier, 2007). En este contexto, el activismo feminista impulsó encuentros y simposios que propiciaron la creación de centros de estudios de género y la articulación de agendas comunes a lo largo del continente.

El objetivo de este trabajo es reconstruir las trayectorias políticas, académicas y afectivas de algunas de las participantes del Simposio Mujer y Sociedad en América Latina, realizado en Tijuana en 1978, entendidas como prácticas situadas que hicieron posible la organización del evento y definieron su contenido político. A partir de este enfoque, se analizan las dinámicas de circulación de saberes feministas en clave migrante, fronteriza y transnacional, así como las tensiones entre el feminismo académico y el activismo político, y entre las agendas feministas desarrolladas en el exilio o la diáspora latinoamericana en Estados Unidos y aquellas promovidas en el contexto mexicano.

La hipótesis que guía este estudio sostiene que el simposio de 1978 constituyó un nodo estratégico de conexión entre los feminismos mexicanos y los latinoamericanos del ámbito estadounidense, poniendo la condición de las mujeres en América Latina en el centro del debate. Lejos de ser un evento aislado, catalizó nuevas formas de colaboración e intercambio transfronterizo y sentó las bases para la consolidación de un feminismo latinoamericano con conciencia regional y global. En este espacio periférico de interlocución -entonces centrado en “la mujer”, en singular- confluyeron experiencias de migración, exilio, clase, raza y generación.

A diferencia de otros encuentros regionales convocados desde organizaciones feministas consolidadas o desde instituciones académicas formalizadas, este simposio, si bien oficialmente fue organizado por la Universidad de Irving y el Gobierno de Baja California, fue impulsado por académicas migrantes y exiliadas latinoamericanas radicadas en California en diálogo con las feministas, académicas o activistas, de Baja California. Es decir, mujeres de los márgenes geográficos y políticos del campo feminista, ya que no formaban parte de redes feministas latinoamericanas consolidadas en la Ciudad de México o en el Cono Sur, pero compartían preocupaciones comunes en torno a la condición de las mujeres en la región.

Carlos Monsiváis, participante del encuentro y figura clave en el impulso del feminismo en México, lo describió como “una reunión social con episodios o anécdotas académicas, destinada a que las personas se conozcan, convivan e intercambien ideas” (en Morales, 1978, p. 4). Vinculado al espíritu del Año Internacional de la Mujer (1975) y a las reuniones previas como el Primer Simposio Mexicano Centroamericano de Investigación sobre la Mujer (1977), Monsiváis lo consideró un evento relevante para la legitimación de los estudios de género y de los activismos feministas en la región (Morales, 1978).

Por esta razón, el análisis dedicará un espacio central a las trayectorias de las participantes, entendidas no como antecedentes biográficos, sino como prácticas situadas que hicieron posible la organización del simposio y su contenido político. Estas trayectorias permiten rastrear cómo se construyó un espacio de interlocución feminista a partir de experiencias de desplazamiento, arraigo y activismo local, dando lugar a una forma de transnacionalismo, más conectada con la vida cotidiana, la cultura, la academia y la articulación entre agendas diversas.

Este trabajo se inscribe en el campo de la historia del feminismo latinoamericano en diálogo con estudios nacionales como los de Palermo (2006), Trebisacce (2013) y Wagon, Moller, Canclini y Hernández (2021) para Argentina; Kirkwood (1981) para Chile; Alcántara (2011) en Brasil; Lamus (2010) y Gil Hernández y Pérez (2018) en Colombia; Ugalde (2021) para Costa Rica; y Bartra (1999), Tarrés (2011), Torres (2019) y Mingo (2020) en México y en la región latinoamericana. Esta historiografía ofrece un marco para situar el análisis del feminismo en contextos nacionales y comparativos, así como para identificar continuidades y tensiones en la producción académica sobre el tema.

En cuanto a los trabajos con enfoque internacional destacan las contribuciones de Alba Carosio (2019), quien ofrece una perspectiva comparativa acerca de la institucionalización de los estudios de género y eventos clave del pensamiento feminista. Autoras como Chinchilla (1991), Álvarez, Friedman, Beckman, Blackwell, Chinchilla, Lebon, Navarro y Ríos (2003), Ciriza (2015) y Espinosa (2019) han reflexionado sobre las agendas feministas desde marcos transnacionales y críticos del eurocentrismo, visibilizando la pluralidad del sujeto político feminista. García y Valdivieso (2005), por su parte, subrayan que, salvo en contextos dictatoriales, el feminismo latinoamericano fue protagonizado por mujeres de clase media organizadas en pequeños grupos autogestionados, y que los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe (a partir de 1981) jugaron un papel crucial en el fortalecimiento de redes regionales y el diálogo entre académicas y militantes. Yin-Zun Chen (2004) enfatiza la importancia de los encuentros de mujeres (cuya definición incluye a los seminarios, simposios, congresos) realizados a lo largo del continente como espacios de articulación transnacional, que consolidaron redes feministas latinoamericanas y ampliaron sus horizontes políticos.

En esta línea, este estudio se propone recuperar el simposio de 1978 como un antecedente poco explorado, pero en la genealogía del feminismo latinoamericano. Su análisis permite comprender cómo el debate acerca de la liberación de las mujeres en América Latina se dio al interior y al exterior de sus fronteras. El evento reunió a mujeres exiliadas, migrantes y académicas que habitaban múltiples identidades, y que buscaban articular un feminismo sensible a las realidades locales y a los debates internacionales. Surgido por iniciativa de jóvenes académicas latinoamericanas en California, el simposio mostró cómo, incluso en contextos sin departamentos de estudios de género, era posible generar redes de colaboración para ampliar el debate feminista transnacional.

Este simposio no sólo constituyó un nodo de articulación transnacional, sino que también expresó las tensiones y las posibilidades de la posición intermedia de sus participantes. Las académicas latinoamericanas que lo organizaron se encontraban privilegiadas respecto al Sur, por el acceso a entornos universitarios y a los nuevos reclamos feministas, pero desplazadas respecto al Norte por su condición de migrantes (comunicación personal con Lucía Guerra Cunningham, 23 de octubre de 2023). Desde su posición fronteriza, estas académicas lograron visibilizar las experiencias de las mujeres latinoamericanas y construir un puente entre el feminismo académico y el activismo político.

Desde mediados del siglo xx, universidades estadounidenses como la Universidad de California-Irvine (uci), promotora del simposio, comenzaron a recibir a docentes y estudiantes latinoamericanas, muchas de ellas exiliadas por dictaduras o persecuciones políticas. En los años setenta, los departamentos de estudios latinoamericanos de estas instituciones ofrecieron un entorno fértil para el desarrollo de un feminismo crítico, transnacional e interseccional, en diálogo con las experiencias fronterizas y las redes políticas del continente.

En la Ciudad de México, los grupos feministas de los años setenta, integrados por mujeres de clase media, profesionales y universitarias, desarrollaron una agenda propia que no puede reducirse a una imitación del feminismo estadounidense. Sus reivindicaciones estaban arraigadas en el pensamiento de la nueva izquierda latinoamericana y concebían la emancipación femenina como parte de un proyecto más amplio de transformación social. A diferencia del feminismo liberal, centrado en la igualdad jurídica y los derechos individuales, el feminismo mexicano se articuló con sindicatos, partidos de izquierda y movimientos populares. Como señala Martín H. González, “las feministas mexicanas de esta etapa compartían con otros movimientos sociales la convicción de que la revolución -ya fuera armada o cultural- era el camino para una transformación estructural” (González, 2021, p. 244).

Las experiencias feministas en México y Estados Unidos durante los años setenta estuvieron marcadas por procesos de exilio, migración y militancia que transformaron tanto los circuitos académicos como las prácticas políticas. Espacios académicos como la uci, ya mencionada anteriormente, la Universidad de California, Los Angeles, (ucla), la de Stanford y diversas instituciones en la Ciudad de México se convirtieron en espacios de gestación de nuevas epistemologías feministas, en las que se articularon la vida política, la maternidad, la docencia y la resistencia. Estos diálogos transnacionales se intensificaron a partir del Año Internacional de la Mujer (1975), evento institucional que, pese a sus limitaciones y críticas, impulsó el encuentro entre feminismos del norte y del sur global. De ese proceso derivaron iniciativas como el Primer Simposio Mexicano Centroamericano de Investigación sobre la Mujer en la Ciudad de México y la Conferencia Nacional de la Mujer en Houston (ambas en 1977), antecedentes directos del Simposio Mujer y Sociedad en América Latina. El programa de este último recogió esa herencia al incluir mesas dedicadas a mujeres indígenas, cultura y cambio social, y al propiciar la participación de mujeres de ambos lados de la frontera.

Este trabajo se enmarca en una perspectiva de historia transnacional, orientada a comprender cómo las trayectorias de mujeres migrantes y exiliadas, desde el exterior junto, con las locales contribuyeron activamente a la circulación de saberes, lenguajes políticos y estrategias feministas en América Latina. Siguiendo planteamientos como los de Iriye y Saunier (2009) o Kuhlmann (2022), este enfoque no se limita a trazar los desplazamientos físicos de los sujetos, sino que privilegia el análisis de los espacios de encuentro, fricción e intercambio que surgen en contextos de crisis, como los provocados por las dictaduras y la represión estatal durante la Guerra Fría. Tijuana, situada en una periferia tanto geográfica como simbólica respecto al feminismo mexicano, tradicionalmente centrado en la Ciudad de México, ofreció condiciones particulares para la hibridación de agendas. Desde esta frontera se tejieron vínculos entre experiencias feministas del norte y del sur Global.

Este texto apuesta por una escritura que entrelace el análisis histórico con las voces de las protagonistas, privilegiando la riqueza interpretativa del testimonio como fuente para comprender prácticas y horizontes políticos. La reconstrucción de estas redes tiene como eje metodológico la memoria, entendida no sólo como una fuente histórica, sino como un campo de disputa simbólica relacionada con el presente. Tal como han planteado autoras como Joan Scott (1991), Michelle Perrot (1998) y Francesca Miller (1991), la memoria permite recuperar voces silenciadas y articular experiencias personales con imaginarios colectivos. En el contexto latinoamericano, estudios como los de Elizabeth Jelin (2002) y Margarita Millán (2014) han mostrado cómo la memoria feminista rescata trayectorias marcadas por la represión, el deseo de transformación y la militancia.

Metodología

En coherencia con esta perspectiva, la metodología del trabajo se basa en una combinación de fuentes que permiten reconstruir tanto las experiencias individuales como las articulaciones colectivas del feminismo fronterizo. Frente a la escasez de fuentes institucionales que, como advierte Jocelyn Olcott (2017), reflejan una tendencia a minimizar el papel del feminismo en la historia política y cultural de México, recurrimos también a los archivos personales (notablemente los de Martha Sánchez y Jorge Vélez Trejo), las comunicaciones personales con las protagonistas, la prensa local, las publicaciones feministas mexicanas y materiales provenientes de archivos digitales, como el del cieg-unam y diversos repositorios universitarios californianos y chilenos. En estos fondos se localizaron actas, folletos, fotografías, memorias escritas y publicaciones clave para reconstruir tanto el proceso organizativo del simposio como sus redes transfronterizas.

El texto se estructura en cuatro secciones, la primera sección analiza las trayectorias políticas, académicas y afectivas de las organizadoras radicadas en California, cuyas experiencias de migración y exilio moldearon un feminismo situado en prácticas de resistencia. La segunda examina el proceso de organización del simposio en México y las alianzas establecidas con activistas y académicas de Baja California. La tercera sección aborda los contenidos y debates del encuentro, así como los ejes temáticos compartidos. Finalmente, la cuarta sección explora las tensiones entre distintas corrientes feministas presentes en el evento, reflejo de fricciones locales y globales vinculadas a diferencias de: clase, generación, experiencia política y lugar de enunciación. A través de este recorrido, el artículo busca contribuir a una historia feminista situada, atenta a la diversidad de experiencias que configuraron el pensamiento crítico de las mujeres en América Latina durante la Guerra Fría.

Lucía Guerra Cunningham y la organización del Simposio “Mujer y Sociedad

en América” desde el Cono Sur a California

A lo largo de la década de 1970, las universidades de California fueron epicentro de intensas movilizaciones políticas y culturales que moldearon el pensamiento crítico de una generación. El feminismo socialista, la contracultura, las protestas contra la guerra de Vietnam, los movimientos por la liberación sexual y homosexual, así como la emergencia de un feminismo radical, influyeron profundamente en la vida universitaria. Es en este paisaje político, marcado también por el influjo de migrantes y exiliadas latinoamericanas, donde se formaron y articularon muchas de las académicas que posteriormente incidirían en los espacios binacionales como el Simposio Mujer y Sociedad en América.

El simposio se celebró en la Casa de la Cultura de Tijuana, México, los días 31 de marzo, 1 y 2 de abril de 1978. Fue impulsado por la Dirección de Asuntos Culturales de Baja California, en colaboración con el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California en Irvine (uci), a iniciativa de la académica chilena Lucía Guerra Cunningham (El Heraldo de Baja California, 1978).

Nacida en Santiago de Chile y migrante en California desde los años setenta, Guerra se consolidó como una figura destacada en el ámbito de la crítica literaria feminista. Su experiencia en la academia estadounidense estuvo marcada por múltiples formas de discriminación, tanto por su género como por su origen latinoamericano, así como por el desdén hacia los temas que investigaba: la sexualidad y las identidades femeninas. En sus propias palabras: “La lucha fue muy dura. No dejaban que se abriera un centro de estudios de la mujer, lo mismo que un curso sobre la mujer latinoamericana. En los congresos te trataban pésimo” (comunicación personal, 23 de octubre de 2023).

Para lograr su reconocimiento académico, mujeres como Guerra debieron ajustarse a los estándares de una disciplina moldeada por varones. Sin embargo, con la expansión de los estudios de género a partir de los años noventa, estos marcos comenzaron a diversificarse, permitiendo mayor libertad para la creación y reflexión feminista (L. Guerra Cunningham, comunicación personal, 2023). Además de su labor académica, Guerra desarrolló una destacada trayectoria como escritora y crítica, reconocida con premios como el de Ensayo Plural (1987), el Municipal de Literatura (1992) y Casa de las Américas (1994) (Las Últimas Noticias, 1994, p. 36).

Como traductora, fue reconocida en 1979 por la Universidad de Columbia por su labor en la difusión internacional de la literatura escrita por mujeres, en particular la obra de la escritora chilena María Luisa Bombal. Precisamente, sobre uno de los personajes femeninos de Bombal, de la novela La historia de María Griselda (1946), Guerra impartió su ponencia en el Simposio de Tijuana, en la que analizó la complejidad del personaje, su belleza, su relación con la naturaleza, así como su libertad y rebeldía. A través de este análisis, subrayó una ruptura con los roles de género tradicionales representados en la literatura chilena que para la generación de Guerra representan los antecedentes a su propia visión de la liberación de la mujer.

No solamente la obra de Guerra, sino también su trayectoria personal e intelectual, permiten visibilizar las condiciones que enfrentaron muchas mujeres latinoamericanas que ingresaron a la academia estadounidense durante la década de 1970, en el marco de procesos migratorios o exiliares. Aquel periodo, signado por el avance de dictaduras militares y la violencia estatal en el Cono Sur y Centroamérica, convirtió el exilio en la única alternativa para miles de personas. Como ha señalado Benedetta Calandra (2007), un grupo reducido de ellos eligió Estados Unidos como destino, pese a su implicación en los conflictos regionales y a las posturas antiimperialistas de numerosos exiliados. Esta aparente contradicción, que denomina “in the belly of the monster” (p. 2), responde en gran medida a decisiones pragmáticas de supervivencia.

Aunque el número de exiliados en Estados Unidos fue reducido y predominantemente masculino, algunas figuras femeninas destacaron en los ámbitos académico y cultural. Entre ellas destacó Lucía Guerra quien se vinculó con proyectos como la revista Literatura Chilena en el Exilio (lichex), que buscaba dar visibilidad a la producción dispersa tras el golpe de Pinochet (Berchenko, 1996). Si bien la mayoría de los autores publicados eran hombres, Guerra empezó a ganar notoriedad por sus intervenciones críticas. En 1980, Juan Armando Epple ya incluía una referencia a su obra, entre las tesis doctorales de literatura chilena desarrolladas en universidades estadounidenses.

A pesar de los obstáculos, Guerra halló en el ambiente cultural estadounidense un espacio donde pudo ejercer con mayor libertad su sexualidad, pensamiento crítico y escritura. Esta experiencia fue común a muchas exiliadas y migrantes. Como documenta Calandra (2007), muchas de ellas intentaron regresar a sus países tras la transición democrática, pero, al hacerlo como mujeres solas -solteras, viudas o divorciadas- enfrentaron serias barreras para su reinserción, lo que las llevó a establecerse definitivamente en Estados Unidos.

Al mismo tiempo, Guerra y otras exiliadas se esforzaron por mantener vínculos activos con América Latina, no sólo como origen, sino como horizonte cultural. En este marco se inscribe su propuesta de realizar el simposio en Tijuana, ciudad fronteriza que facilitaba la participación de académicas tanto de México como del sur de California. Según narra en la introducción al libro que recopiló las ponencias y que ella coordinó, el evento fue posible gracias al apoyo logístico de un estudiante y a la colaboración de Juana Arancibia y Zulema de Mirkin, a quienes Guerra (1980) reconoce como “las verdaderas iniciadoras del congreso” (p. 23).

Juana Arancibia, feminista argentina formada también en la uci, jugó un papel central en la creación del Instituto Literario Cultural Hispánico (ilch), fundado en Westminster, California, en octubre de 1979. El instituto nació con el objetivo de preservar la lengua y cultura hispánicas en contextos angloparlantes, y uno de sus ejes fue la organización de simposios. Según Arancibia, se celebraron más de 34 encuentros en Estados Unidos, América Latina y Europa. También fue cofundadora de la revista Alba de América, concebida como plataforma para promover una visión transnacional del feminismo (Bilbao y Bianchi, 2021, p. 12).

En una entrevista reciente, Arancibia explicó que el ilch se propuso conectar a escritores y académicos latinoamericanos, visibilizar sus obras e integrarlas a los departamentos de lenguas hispánicas. Subrayó su interés por destacar a mujeres autoras y relató que en uno de esos simposios conoció a Elena Poniatowska, con quien mantuvo una amistad duradera y colaboraciones (Bilbao y Bianchi, 2021). Es probable que ese primer encuentro haya ocurrido precisamente en Tijuana.

Zulema de Mirkin, también argentina, llegó a California en 1963. Reconocida como poeta y dramaturga, colaboró con Arancibia en la recuperación de obras teatrales censuradas durante las dictaduras del Cono Sur. Es recordada, además, por haber escrito la letra de la canción Recuerdos de Ypacaraí, junto al compositor paraguayo Demetrio Ortiz.

Los intereses compartidos de estas tres mujeres, feminismo, literatura y cultura latinoamericana dieron forma al simposio y a las redes que surgieron a partir de él. A través de encuentros y publicaciones como Alba de América, construyeron circuitos alternativos de sociabilidad intelectual desde California, que suplían los espacios destruidos por la represión en América Latina durante esta etapa de Guerra Fría. Estas redes promovieron una mirada continental que desbordaba los marcos nacionales. En este contexto, el exilio y la movilidad académica posibilitaron la creación de espacios de reflexión crítica sobre teoría feminista, identidad y cultura latinoamericana, desde fuera del territorio de origen, pero con el compromiso de mantener una conexión activa con él.

La organización mexicana del simposio y sus relaciones internacionales con el feminismo de la teología de la liberación

El simposio tuvo como propósito principal “promover el conocimiento sobre la problemática de la mujer latinoamericana desde una variedad de perspectivas, como la sociología, antropología, comunicaciones, medicina y arte” (Guerra, 1980, p. 19). Como mencionamos previamente, se optó por realizarlo en México debido a la necesidad de que se llevara a cabo en territorio latinoamericano, dada su carga simbólica, y específicamente en la Casa de la Cultura de Tijuana, facilitada por la mediación de algunas estudiantes que establecieron el vínculo (Lucía Guerra Cunningham, comunicación personal, 23 de octubre de 2023).

El simposio se llevó a cabo bajo los auspicios de la Dirección de Asuntos Culturales del Gobierno de Baja California, durante el mandato de Roberto de la Madrid, representante del Partido Revolucionario Institucional (pri). Específicamente, el Fondo Nacional para Actividades Sociales (Fonapas), dirigido por Elena Victoria de la Madrid, se encargó de los traslados y viáticos de las ponentes mexicanas, además de coordinar las sedes del evento en Mexicali, Tijuana y Ensenada. Por otro lado, el Departamento de Español y Portugués de la uci facilitó la participación de universitarias chicanas y latinoamericanas residentes en California. Aunque la política de género no formaba parte de las prioridades y planes de gobierno locales, se puede suponer que el apoyo se debió al antecedente nacional de referencia de 1975.

Un segundo elemento para destacar es la apertura y gestión de la Casa de la Cultura en Tijuana por parte de Jorge Vélez Trejo, cuya trayectoria estuvo marcada por el activismo político en la izquierda y los movimientos sociales de las décadas de 1960 y 1970. Estudiante de Medicina en la unam, participó en el movimiento médico de 1965, donde entró en contacto con el Centro de Investigaciones Culturales (cic), antecedente del Centro Intercultural para el Decrecimiento y Organización Comunitaria (cidoc), fundado por Iván Illich en Cuernavaca en 1961 y activo hasta 1976.

El cidoc, que comenzó como una escuela de español para misioneros, se transformó en un centro internacional de crítica al desarrollo, la modernidad y las instituciones occidentales. Vinculado a la teología de la liberación y al pensamiento latinoamericano norte-sur, reunió a figuras como Paulo Freire, Gustavo Gutiérrez, Susan Sontag y Erich Fromm (Gutiérrez, 2024), y se convirtió en un espacio de reflexión ética y acción transformadora que generó tensiones con la jerarquía eclesiástica.

Tras su participación en el movimiento de las “batas blancas” y la represión que le siguió, Vélez Trejo se trasladó a Tijuana junto con su esposa, Martha Sánchez González, también oftalmóloga formada en la Ciudad de México, donde ambos pudieron continuar con sus actividades profesionales y políticas, alejados del control centralizado de la capital

Martha se vinculó con el Centro de Comunicación y Desarrollo de la Mujer en América Latina (cidhal), también fundado en Cuernavaca en 1965 por la religiosa belga Betsie Hollants. cidhal fue una organización pionera en América Latina al articular redes de mujeres comprometidas con la justicia social y la transformación de las condiciones de género, y se enfocó en la formación, investigación y publicación de materiales que abordaban la situación de las mujeres en contextos rurales y urbanos, desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria. Vinculado también a los postulados de la teología de la liberación, el cidhal promovía una visión cristiana comprometida con las causas sociales de las mujeres, en especial de las más pobres y marginadas (Espino, 2019).

Juntos, Jorge y Martha impulsaron diversos proyectos culturales y sociales en Tijuana, integrando en sus iniciativas las experiencias adquiridas en los movimientos de izquierda y en el feminismo y en los talleres. Desde su llegada a la ciudad, promovieron cooperativas de consumo y organizaron grupos de estudio donde se discutían temas de actualidad desde una perspectiva crítica y transformadora. Siempre que les era posible, asistían a los encuentros realizados en Cuernavaca o a los cursos de formación -especialmente los de verano- como puede verse en algunas de las cartas de invitación conservadas en su archivo personal.

Un aspecto que marca su compromiso intelectual es que fueron suscriptores de las publicaciones del cidoc (dossiers, cuadernos, sondeos y antologías) entre 1966 y 1976. Muchos de estos volúmenes, aún resguardados en su biblioteca personal, fueron discutidos en los grupos de estudio que organizaron en Tijuana, en los que también participaban activistas de las izquierdas locales. Las reflexiones derivadas de estos espacios se difundieron a través de la columna “Éxodo” del periódico La Voz de la Frontera, publicado en Mexicali, donde abordaban temas vinculados con las reivindicaciones del feminismo de la segunda ola, como el aborto, la planificación familiar, la doble jornada laboral y las desigualdades de género en la sociedad mexicana (Musotti y García, 2022).

Paralelamente, establecieron redes de trabajo con un grupo de mujeres feministas de la ciudad de Mexicali que realizaban actividades sociales similares y se encargaban de implementar el feminismo a través de la organización de talleres de formación. De este grupo destacan las monjas francesas Marie-Noëlle Monteil Schaller y Nicole Diesbach Rochefort, relacionadas con el cidhal también. Según Martha Sánchez González: “se caracterizaban por una brillante formación teórica que destacaba” (comunicación personal, 4 de septiembre de 2023). Estas mujeres, junto con otras del ámbito cultural y universitario, fueron reconocidas por su relevancia en la ciudad. Su estancia en Mexicali marcó la apertura de numerosos proyectos cuyo objetivo eran las mujeres de clases bajas.

El historiador Saúl Espino Armendáriz (2019) apuntó que la hermana Marie-Noëlle Monteil fue “cercana a Méndez Arceo, Betsie Hollants e Imelda Tijerina. Fue fundadora de varios de los grupos que se desprendieron del cidhal -como Mujeres para el Diálogo- y participó en prácticamente todos los proyectos editoriales de la asociación” (p. 106). Espino (2019) señala que Monteil tenía un perfil similar al de Hollants por su trayectoria global, su poliglotía y su pensamiento feminista latinoamericano, que se acercaba al de Leonardo Boff al reivindicar los elementos tradicionales de lo femenino sin cuestionar los atributos tradicionales relacionados con los roles de género, como el cuidado maternal.

Marie-Noëlle Monteil fue la primera en llegar a la ciudad de Mexicali, donde se vinculó con Martha Sánchez Soler, quien realizaba actividades sociales en las colonias populares. Martha Sánchez Soler, que actualmente es una de las promotoras del movimiento migrante centroamericano en México, llegó a la ciudad fronteriza debido al trabajo de sus padres, exiliados españoles. Estudió en San Diego y trabajó en las empresas familiares, lo que le permitió reforzar sus relaciones con Estados Unidos. En Mexicali, con una visión de izquierda, promovió la conformación de las primeras cooperativas de consumo, en las que también se involucró su pareja sentimental de aquel entonces, Miguel Figueroa Quirarte, estudiante y posteriormente profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de Mexicali (Miguel Figueroa Quirarte, comunicación personal, 30 de enero de 2024).

En cambio, Nicole Diesbach Rochefort (1930-2015) llegó a la ciudad fronteriza en 1970 y se empleó como trabajadora social en el Comité Promociones Sociales (copromex ac) hasta 1978. Paralelamente, estudiaba la licenciatura en sociología en la Escuela de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Autónoma de Baja California (uabc) (1972-1978) y obtuvo un diploma de capacitación cooperativa del Instituto de Estudios Cooperativos de la misma ciudad (1975). Posteriormente, realizó sus estudios de posgrado en la University of Humanistic Studies de San Diego y se convirtió en investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la uabc hasta su muerte.

Martha Sánchez González y Marie-Noëlle Monteil presentaron ponencias en el simposio de Tijuana, luego publicadas bajo los títulos La mujer y la planificación familiar y La situación actual de la mujer en el cambio social de México (Guerra, 1980). En su intervención, Sánchez cuestionó las políticas públicas relacionadas con la planificación familiar que se concretaron en tres acciones jurídicas: la reforma constitucional de 1973, la Ley de Población de 1974 y el Plan Nacional de Planificación Familiar de 1977. Como ha señalado Ana Lau Jaiven (2017), estas medidas fueron impulsadas por el gobierno de Luis Echeverría en línea con el Plan de Acción Mundial impulsado desde Naciones Unida en 1975 y bajo el lema “La familia pequeña vive mejor” que correspondía a la idea de que el progreso estaba acompañado con el control de los embarazos y de la natalidad.

Sánchez (1980), desde una perspectiva cercana al marxismo feminista, afirmaba que las políticas de control natal que se formulaban en términos de derechos, en la práctica no alcanzaban a las mujeres pobres, quienes por su condición social carecían de acceso efectivo a servicios de salud y educación. Desde esta perspectiva, denunciaba que dichas políticas reproducían desigualdades de clase bajo una apariencia de neutralidad médica. Esta crítica dialogaba con los debates del cidoc, que cuestionaban las soluciones técnicas y jurídicas desligadas de las condiciones sociales en el ámbito de la salud. Un ejemplo de ello es el artículo de Nils Christie (1973), incluido en los preparativos del seminario de Illich en 1972, que forma parte de la biblioteca personal de Sánchez.

Marie-Noëlle Monteil analizó la transformación de las condiciones de vida de las mujeres desde una perspectiva que articulaba el cristianismo liberacionista con elementos del marxismo feminista. Su participación en el congreso estuvo estrechamente vinculada al trabajo del cidhal, al igual que el de Martha Sánchez González, con quien compartía una crítica estructural a las políticas públicas de desarrollo y planificación familiar. Ambas ponentes, formadas en espacios de reflexión como el cidoc y comprometidas con experiencias comunitarias, coincidían en denunciar cómo dichas políticas, presentadas como neutrales o progresistas, reproducían desigualdades de clase y género al ignorar las condiciones sociales concretas de las mujeres pobres.

Al mismo tiempo, el análisis de Monteil convergía con el de Raúl Macín en el señalamiento del papel opresivo de la Iglesia en la reproducción de la desigualdad de género. En su ponencia titulada La mujer y la Biblia, Macín -exteólogo metodista sociólogo y del Centro de Coordinación de Proyectos Ecuménicos (cocope) y posteriormente integrante del pcm y psum- retomó y amplió las ideas ya desarrolladas en su obra Eva no fue una mujer (1977), donde cuestionaba las interpretaciones de la Biblia que habían dado lugar a la construcción de los roles de las mujeres. Mientras Monteil centraba su crítica en la iglesia católica, denunciando la perpetuación de roles reproductivos tradicionales y la resistencia institucional al cambio, Macín advertía que esa lógica patriarcal también estaba presente en espacios protestantes. Ambos coincidían en que las soluciones no podían provenir del sistema capitalista ni de las jerarquías eclesiásticas, sino de formas organizativas surgidas desde abajo. En su intervención, Monteil (1980) destacó que los “grupos de acción” y las “escuelas-taller”, que promovía en Mexicali, constituían estrategias para generar servicios colectivos, favoreciendo la participación política, productiva y espiritual de las mujeres sin imponerles nuevas cargas.

Voces feministas en diálogo: El Simposio entre fronteras y perspectivas internacionales

Lucia Guerra fue la promotora del Simposio e invitó a un grupo de aproximadamente diez mujeres latinoamericanas académicas de las universidades del sur de California. El director de su centro aceptó la propuesta y la amplió con la inclusión de otros académicos y académicas californianas. El grupo se completó con las invitaciones del departamento de su universidad y con las del gobierno de Baja California, que invitó a representantes del feminismo mexicano.

En el evento participaron treinta y ocho personas que presentaron ponencias, poemas y otras expresiones culturales, lo cual evidencia su carácter expresivo y su apuesta deliberada por romper con los formatos institucionales del conocimiento. Este carácter también se refleja en la diversidad de adscripciones institucionales: aproximadamente veintidós participantes estaban afiliadas a universidades, mientras que el resto eran médicas, periodistas, escritoras, críticas de arte, promotoras indígenas y antropólogas.

De las académicas participantes, dieciocho estaban adscritas a universidades californianas como uc Santa Cruz, uc Riverside, uc Irvine, California State University-San Diego, University of Southern California y California State University-Los Ángeles, mientras que sólo tres provenían de instituciones mexicanas como el Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) y la Universidad Autónoma de Baja California (uabc). Esta asimetría refleja, por un lado, la predominancia de mujeres académicas del lado californiano y, por otro, una mayor presencia de participantes provenientes del ámbito cultural y artístico en el contexto mexicano. Más allá de una diferencia numérica, esta disparidad puede interpretarse como expresión de las condiciones institucionales desiguales para la producción académica feminista en ambos contextos: mientras en California comenzaban a consolidarse espacios universitarios abiertos a los estudios de género y las perspectivas críticas, en México apenas se estaba empezando como muestra el evento Primer Simposio Mexicano Centroamericano de Investigación sobre la Mujer que ya mencionamos y se realizó un año antes del Simposio.

Desde esta perspectiva, la decisión de organizar un encuentro no exclusivamente académico respondía no sólo a los principios del feminismo autónomo latinoamericano -como la horizontalidad, el afecto y la politización del espacio-, sino también a una necesidad estratégica de construir espacios de interlocución que trascendieran las jerarquías y normas de las estructuras académicas tradicionales. Como señala Margarita Pisano (2015), “el movimiento feminista fue un proceso de toma de conciencia, donde reconocimos experiencias comunes” (p. 90), lo que subraya que la conciencia feminista se articula a partir de las experiencias vividas, en oposición a los marcos conceptuales patriarcales que históricamente han definido y limitado la participación de las mujeres. En este sentido, la elección de un formato abierto y la integración de expresiones artísticas no fueron meramente simbólicas, sino estrategias deliberadas para resignificar la voz de las mujeres latinoamericanas desde lo íntimo, lo sensible y lo compartido, cuestionando la hegemonía de la historia oficial y promoviendo una politización de la experiencia que permite descolonizar los saberes y prácticas feministas (Millán, 2009).

Si bien la organización y procedencia institucional de las participantes fue binacional, un análisis detallado por nacionalidad revela la plurinacionalidad del evento. La mayoría provenía de México (doce mujeres y cuatro hombres), seguida por Argentina (ocho mujeres y un hombre, todas y todos residentes en California). El grupo estadounidense incluyó a tres mujeres y dos hombres, mientras que el contingente chileno -el único con mayoría masculina- estuvo compuesto por dos hombres y una mujer. También participaron dos mujeres chicanas, una venezolana, Noëlle Monteil, francesa naturalizada mexicana, y dos mujeres cuya nacionalidad no fue identificada. Más que un dato demográfico, esta diversidad encarna una geografía feminista construida desde el movimiento, en la que las identidades nacionales se dislocan y reconfiguran mediante vínculos afectivos, saberes compartidos y experiencias de desarraigo.

Como ha señalado Sonia E. Álvarez (2000), el feminismo transnacional no debe entenderse únicamente como una circulación global de ideas, sino como un entramado de articulaciones situadas que emergen desde las tensiones entre lo local, lo migrante y lo global. En este sentido, el carácter del evento y la composición de sus participantes reflejan no sólo la pluralidad de las experiencias femeninas en contextos poscoloniales y autoritarios, sino también el impulso ético y político de construir lenguajes comunes desde el exilio, la diáspora y la diferencia.

En cuanto a la participación por sexo, veintinueve de las personas asistentes eran mujeres y nueve eran hombres, lo que indica una amplia mayoría de mujeres. Sin embargo, en las imágenes publicadas por la prensa local, la presencia masculina fue muy visible en las mesas, ya que todos los moderadores y los encargados de la inauguración del evento eran hombres. Una posible explicación a esta notable presencia masculina en un simposio feminista puede encontrarse en las aclaraciones posteriores de Lucía Guerra y Martha Sánchez González: el gobierno de Baja California aceptó apoyar el evento bajo la condición de que no se abordaran temas considerados políticamente conflictivos, como la violencia, el aborto o la sexualidad, e impuso la participación de sus representantes en la organización.

Aunque dentro del simposio se respetó este acuerdo, durante las entrevistas realizadas por periodistas a las y los participantes, sí se filtraron y publicaron en la prensa local declaraciones ligadas con el activismo político. Por ejemplo, el 1 de abril de 1978, el periódico El Mexicano tituló uno de sus subtítulos de portada: “Debe legalizarse el aborto en México: cm”, haciendo referencia a la declaración del escritor Carlos Monsiváis sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo (Morales, 1978, p. 1).

Como recuerda Marta Lamas en el prólogo a Misógino feminista (2003), Monsiváis participó desde 1972 en espacios de reflexión feminista y fue una pieza fundamental y en el contexto mexicano de los años setenta donde la crítica al patriarcado se articuló con una crítica más amplia a los mecanismos de censura moral y política promovidos por el régimen posrevolucionario. En cuanto al tema de la despenalización del aborto, desde el suplemento cultural “La cultura en México” de la revista Siempre! en 1976, el Movimiento Nacional de Mujeres (mnm) y la Coalición de Mujeres Feministas (cmf) promocionaron varias iniciativas para la causa, entre ellas destacan la Primera Jornada Nacional sobre Aborto y la entrega de una propuesta legislativa a la Cámara de Diputados. Lamas (2003) apunta que en este contexto Monsiváis publicó “el primer manifiesto Por la legalización del aborto (núm. 772, 30 de noviembre de 1976), firmado por más de 200 figuras del mundo intelectual, artístico y feminista, que, por cierto, le causó una fuerte llamada de atención del director de Siempre!, José Pagés Llergo” (p. 312).

Estas reivindicaciones políticas y feministas son visibles en otras escritoras de la época, por ejemplo, Elena Poniatowska, amiga de Monsiváis, quien también participó en el Simposio de Tijuana recitando poemas de poetisas mujeres y denunciando al mismo periódico la censura en la prensa y demandaba garantías para la libertad de expresión (Morales, 1978). Estas denuncias formaban parte de su activismo político que puede apreciarse en sus colaboraciones con la revista Fem y en su obra La noche de Tlatelolco: testimonios de historia oral (1971).

Esta configuración institucional y transfronteriza del simposio definió el perfil de sus organizadoras y asistentes y marcó el contenido de las discusiones que se desarrollaron en sus mesas temáticas. A continuación, se analizan algunas de las intervenciones, temáticas y formas de circulación del pensamiento feminista que emergieron en este espacio.

Contenido y debates: un análisis de las mesas temáticas del simposio feminista y su publicación

El simposio se estructuró en diez mesas temáticas que evidenciaron su carácter interdisciplinario, con una marcada presencia del ámbito literario y una notable representación de Argentina y México, al punto de dedicar dos mesas a sus respectivas producciones nacionales en este ámbito (Dirección de Asuntos Culturales del Gobierno de Baja California y Universidad de California Irvine, 1978). La participación de académicas, escritoras, periodistas, antropólogas y activistas anticipó la conformación de los estudios feministas en América Latina como un campo híbrido que articula ciencias sociales, crítica cultural y experiencia vital.

Por cuestiones de espacio, se abordarán aquí sólo algunos de los debates más representativos de las mesas. Las mesas ofrecieron un diagnóstico crítico de la cultura patriarcal dominante, históricamente cimentada en los discursos del Estado y de la Iglesia. Frente a este entramado de poder, las participantes apostaron por su deconstrucción mediante la denuncia, el análisis y la relectura de textos producidos por mujeres de América Latina y de la diáspora. En estas voces emergen no sólo el sufrimiento y la opresión, sino también otras formas de conocimiento ligadas a la naturaleza, la tierra y el cuerpo femenino como espacios de resistencia y sentido. Estos saberes, muchas veces desplazados del canon, constituyen puntos de partida para las epistemologías feministas latinoamericanas y chicanas. Así, María Herrera-Sobek por ejemplo rescata en la poesía chicana representaciones de la madre como figura telúrica y protectora, que se manifiesta de diferente manera, una de ellas es la madre-tierra, mientras que Lucía Guerra (1980) analiza en la obra de María Luisa Bombal la relación entre naturaleza, encierro y subjetividad femenina en un contexto alterado por la violencia simbólica del amor heteronormativo, pero donde la naturaleza representa un lugar de conexión de la mujer con su cuerpo.

Estas intervenciones revelan cómo trayectorias y experiencias diversas se entrelazaron, generando una red de lecturas, saberes y marcos interpretativos compartidos que trascienden fronteras nacionales. En este sentido, el simposio no sólo articuló una crítica estructural, sino que propuso una genealogía propia y contrahegemónica, en la que el arte y la literatura fueron formas legítimas de conocimiento feminista.

Esa genealogía no se limitó al espacio académico: el evento incluyó también un recital-conferencia dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos y Pita Amor -tres figuras fundamentales en la historia intelectual de las mujeres en México-, conducido por Elena Poniatowska, Elena Urrutia y Susana Alexander. Este acto, ampliamente cubierto por la prensa local, fue celebrado por su calidad estética y, sino también por su potencia simbólica: ofreció una relectura del canon desde el feminismo, visibilizando una tradición crítica que entrelaza arte, política y experiencia vivida (Organista, 1978).

Las mesas también abordaron desigualdades estructurales persistentes, como la división sexual del trabajo, la pobreza, el analfabetismo y el control patriarcal sobre la reproducción.

En este sentido, las ponencias de Noëlle Monteil, Martha Sánchez -ya comentadas anteriormente- y Margarita Nolasco adquirieron una importancia particular, pues no sólo abordaron estas problemáticas desde una perspectiva crítica, sino que también lograron proyectarse en la esfera pública a través de la prensa. La visibilidad de sus intervenciones respondió, por un lado, a sus vínculos con instituciones estatales y, por otro, a la atención otorgada a las condiciones específicas de las mujeres tijuanenses, lo que permitió situar la reflexión feminista en un espacio fronterizo marcado por desigualdades sociales y culturales (Noticias, 1978; Arce Guillén, 1978).

La cobertura periodística, que incluyó entrevistas a estas participantes, permitió articular un discurso que denunciaba tanto la marginalidad de las mujeres en los espacios de representación política -con un énfasis particular en la ausencia de sujetos con conciencia feminista- como la reproducción de problemas estructurales asociados a la brecha salarial, la maternidad no planificada, la precariedad laboral y el analfabetismo. Dichos señalamientos pueden interpretarse como parte de un esfuerzo por desplazar el debate más allá de la igualdad formal y situarlo en el terreno de las condiciones materiales de existencia, donde se reproducen de manera más aguda las relaciones de poder patriarcales. Así, las intervenciones de Monteil, Sánchez y Nolasco no sólo denunciaron la continuidad de un orden social excluyente, sino que también contribuyeron a la configuración de un discurso feminista que tensionaba simultáneamente el ámbito estatal, el mediático y el político, al visibilizar la intersección entre género, clase y territorio.

La intersección de la condición de las mujeres con otros factores como la etnia, también tuvo lugar en las discusiones acerca de cultura indígena. María Teresa Pomar, antropóloga y directora del Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, presentó una ponencia sobre el papel de las mujeres indígenas en la preservación cultural y lingüística, denunciando los efectos del consumismo y la modernización forzada de sus saberes (Guerra, 1980). Evangelina Arana Osnaya, docente del inah, abogó por una educación bilingüe e intercultural que reconociera el valor de las lenguas y epistemologías originarias.

En la dimensión transnacional del encuentro emergieron comparaciones entre las condiciones de las mujeres latinoamericanas dentro y fuera de la región y el impacto de la cultura anglosajona en Latinoamérica, razón que motivó a Guerra a publicar una obra colectiva integrada por algunas de las ponencias del simposio que sería publicada en Chile como veremos más adelante. Mientras que en América Latina las limitaciones estaban marcadas por la desigualdad social y el autoritarismo político, en el contexto estadounidense, las participantes señalaron que las problemáticas enfrentadas por las mujeres latinoamericanas adquirían características específicas, distintas a las que vivían en sus países de origen a continuación dos ejemplos.

La escritora mexicana Emma Ruedas, en su ponencia titulada La incomunicación de la mujer: cáncer de nuestros días, subrayó que la integración económica al mundo laboral contrastaba con un profundo desarraigo subjetivo derivado de la ausencia de redes de apoyo comunitario, familiar y afectivo que solían tener en sus países de origen. Esta falta de arraigo emocional y social, señaló Ruedas, generaba nuevas formas de soledad, aislamiento y malestar psíquico, lo cual pone en evidencia que las condiciones de género deben analizarse también en términos de afectividad y pertenencia cultural (El Mexicano, 10 de abril 1978). Su lectura visibiliza cómo las experiencias de migración femenina no son homogéneas, sino que están atravesadas por factores como el racismo, la clase, el origen nacional y los modelos de sociabilidad.

Por su parte, la periodista estadounidense Pat Morrison, colaboradora de Los Angeles Times, aportó otra perspectiva acerca de las barreras de género en el ámbito profesional. En su ponencia No soy una dama, soy periodista, (Dirección de Asuntos Culturales del Gobierno de Baja California, Programa del simposio, 1978) relató las dificultades que enfrentó para ser tomada en serio dentro de un entorno mediático dominado por hombres, que la relegaba a un lugar secundario por su condición de mujer. Su intervención expuso la tensión entre los ideales de igualdad formal promovidos en el discurso liberal estadounidense y las resistencias estructurales que aún limitaban el reconocimiento profesional de las mujeres. Así, mientras las migrantes latinoamericanas se enfrentaban a la reconstrucción de sus vínculos identitarios en un contexto ajeno, las estadounidenses lidiaban con una persistente exclusión simbólica y material dentro de sus propios espacios laborales.

Finalmente, diecinueve ponencias presentadas fueron publicadas en un libro coordinado por Lucía Guerra y editado por Del Pacífico (1980), con el mismo nombre del simposio, en Santiago de Chile. La obra fue bien recibida, aunque algunos críticos apuntaron su enfoque sociopolítico centrado en México (El Teniente, 1982). La revista literaria chilena Novoa (1980) destacó, en una entrevista a la coordinadora, la importancia de las dos tradiciones culturales que moldean las problemáticas de las mujeres latinoamericanas: la indígena, latente en comunidades campesinas, y la española, dominante y patriarcal. Este enfoque subraya la relevancia del simposio y su publicación como documentos para comprender las dinámicas de género y las luchas feministas que desafían tradiciones discriminatorias en América Latina en este contexto de la Guerra Fría.

Lo global en lo local: tensión social en los simposios feministas

El público del evento fue mixto, según relatan las propias participantes, aunque la cobertura de la prensa local destacó principalmente la presencia de mujeres vinculadas a las élites políticas, económicas y gremiales de Baja California. Fotografías y columnas sociales del periódico El Mexicano subrayan la asistencia de integrantes de la Asociación Política de Baja California, como Rosella Moreno, Conny de Ballesteros, Yeyé González, Escandón y Concha Fontes de Castañeda, así como de mujeres conocidas por ser esposas de empresarios y políticos, como Silvia de Cota y Zarina de Campbell. Sólo dos mujeres fueron reconocidas por su trayectoria profesional: la doctora Rodó González y la licenciada Susana Vázquez (El Mexicano, 3 de abril 1978). Esta composición del público puede explicarse por el carácter restringido del evento, cuyo acceso era de pago y elevado para la época, lo que limitaba la participación a sectores privilegiados.

Esta exclusión fue cuestionada en 1979, en la segunda edición del simposio, por integrantes de la organización feminista Emancipación, activa tanto en Mexicali como en Tijuana y surgida en 1977 por iniciativa de mujeres vinculadas al Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt), sección mexicana de la iv Internacional. Desde su conformación en 1976, el prt, abogando por la justicia social y la lucha contra el imperialismo, se caracterizó por definir una agenda propia para las mujeres. Los fundadores del prt en Baja California se habían formado en California, especialmente en San Francisco, lo que marcó dinámicas propias con respecto a los otros comités estatales (Bustamante y Musotti, 2023). Esta característica marcó tanto a los hombres como a las mujeres que lo integraban.

En las mujeres del prt bajacaliforniano el elemento de definición fue la doble militancia: mantuvieron su vínculo militante con el partido y fundaron en 1977 Emancipación, la primera organización feminista de la entidad. En esta definición se incluyeron también a mujeres independientes, como Martha Sánchez González en Tijuana, oftalmóloga que ya mencionamos en el apartado anterior como una de las ponentes y colaboradoras de la primera edición, y Leticia Figueroa, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la uabc en Mexicali. Según las palabras de Maricela Fierro, otra de las fundadoras de la organización y militante del prt, las motivaciones que las llevaron a fundar una nueva organización se debían a que:

pensábamos que las mujeres tienen sus demandas propias, demandas salariales, la cuestión de las guarderías para las mujeres (no había guarderías), como mujer, tenías que ir a pagar para que te cuidaran los niños para poder trabajar. La cuestión de la salud de la mujer. Necesitábamos la cuestión de no sólo hablarnos, planteado ya como debería ser público [las instituciones públicas], para que la mujer no tuviera que llegar a su casa y tener que hacer de comer, que hubiera comedores donde ellas pudieran ir a comer. El acceso a servicios: la vivienda, que también estaba contemplada, que era un derecho, había muchas mujeres solteras que viven con sus hijos solas y que no tienen [vivienda] (M. Fierro Quiroz, comunicación personal, 25 de mayo de 2023).

En este sentido podemos apreciar que la doble militancia fue una característica de estos feminismos de segunda ola en México, como apunta Ana Lau Jaiven (2017) retomando a Esperanza Tuñon: “En México, a diferencia de lo que aconteció en otros países de Europa o Estados Unidos, este movimiento surgió mezclado con partidos políticos y organizaciones sociales de izquierda y no como desprendimiento de éstos” (p. 234). Sin embargo, en la frontera el proceso de doble militancia en Baja California también respondió a las demandas transnacionales de solidaridad política y feminista que cruzaban las fronteras entre México y Estados Unidos. A través de sus conexiones con organizaciones como el Socialist Workers Party (swp), el Movimiento Estudiantil Chicano de Aztlán (mecha) y las clínicas feministas de Woman Care de San Diego, las militantes de Baja California incorporaron ideas y prácticas feministas en su activismo. La influencia de figuras como Selina Espinoza, una de sus principales integrantes, inspirada por mujeres feministas de la iv Internacional y del swp, evidencia la capacidad de estas militantes para articular un activismo radical que fusionaba la lucha de clases con la lucha de las mujeres.

Los temas que denunciaban surgieron a partir de la formación de las jóvenes integrantes en organizaciones californianas como Woman Care, con sede en San Diego, que ofrecía información sobre salud reproductiva, asesoramiento y apoyo logístico a mujeres ―especialmente mexicanas y centroamericanas- que cruzaban la frontera para acceder a servicios de abortos seguros o para capacitarse y aplicar estos conocimientos en sus comunidades de origen. Selina Espinoza se especializó en acompañamiento a mujeres que deseaban abortar y, posteriormente, fue contratada por la organización, gracias a su nacionalidad estadounidense. Otras mujeres mexicanas y francesas que pertenecían a la Cuarta Internacional y a través de las redes de solidaridad del partido reforzaron el feminismo entre sus integrantes (S. Espinoza, comunicación personal, 8 de octubre de 2019).

A pesar de su presencia y labor en el territorio bajacaliforniano, las integrantes de Emancipación no fueron invitadas a participar en el simposio Mujer y Sociedad en América, lo que motivó que una de ellas irrumpiera en el evento para leer un comunicado de la organización que cuestionaba el clasismo, el racismo y el elitismo del evento.

Martha Molina, integrante del prt, fundadora de Emancipación Tijuana y sindicalista de Teléfonos de México, leyó el texto denunciando que:

los reclamos de género y regionales deben realizarse bajo la influencia de la clase social a la que se pertenece. Para las mujeres ociosas pseudointelectuales y las esteticistas a ultranza, este simposio sigue siendo un evento importante, pero para los grandes sectores de la población femenina que sufren la alienación del trabajo, la doble jornada y el analfabetismo, estos tipos de eventos no son relevantes (Emancipación, Discurso “ante el II simposio Mujer y sociedad en América”, Archivo persona de Martha Sánchez González, s.f., p. 1).

El comunicado refleja la ideología marxista de la organización de mujeres Emancipación, que veía la lucha de clases como central para la liberación de las mujeres. También criticaron el costo de entrada, que excluía a estudiantes, obreras y campesinas, y denunciaron la censura de temas como el aborto o los derechos laborales. Asimismo, señalaron la contradicción de que la dirección del simposio estuviera a cargo de hombres y de una candidata local públicamente antifeminista, acusada además de explotar a mujeres indocumentadas.

Esta organización fue parte de la Red Nacional de Mujeres y la revista feminista La Boletina, publicada desde 1982 con el objetivo de descentralizar el feminismo mexicano y visibilizar experiencias regionales, registró a Emancipación como una de las organizaciones activas en el norte del país, junto con otras como el Grupo Autónomo de Mujeres Universitarias (gamu) y lambda en la Ciudad de México, o cihuatl en Monterrey.

En este contexto, el simposio organizado por estas redes, fue uno de los espacios donde se manifestaron las tensiones entre un feminismo institucional, vinculado a redes políticas formales, y un feminismo que emergió desde la periferia geográfica y social de México, en este caso asociado a la militancia del prt. En la frontera, esta disputa también constituyó una crítica al centralismo y a la falta de reconocimiento de las realidades locales, sentando un precedente para la construcción de un feminismo transfronterizo con conciencia de clase, orientado a conectar las luchas de las mujeres a ambos lados de la frontera.

Por su parte, otras agrupaciones feministas, especialmente aquellas vinculadas a los talleres de formación organizados en Mexicali por iniciativa de las monjas francesas mencionadas anteriormente, participaron en los congresos posteriores compartiendo sus experiencias. Como señala Laura Treviño Garza, quien asistió en 1985 (comunicación personal, 29 de enero de 2024), estos encuentros anuales -realizados en Tijuana o Ensenada, según el año- se convirtieron en espacios clave para intercambiar avances, tejer nuevas redes y lanzar proyectos junto a aliadas de ambos lados de la frontera. La elección de estas sedes, con buena conectividad vial con California, reforzó el carácter transnacional de los vínculos.

Estas distintas formas de organización y participación reflejan la heterogeneidad del feminismo de la segunda ola en América Latina, caracterizado por demandas y estrategias diversas según la generación, el género, la clase social, la adscripción política y el lugar de enunciación. Así, las experiencias fronterizas y los intercambios transnacionales muestran cómo los feminismos locales se articularon en redes más amplias, construyendo un espacio plural y complejo de acción política y académica.

Conclusiones

El Primer Simposio Internacional sobre la Mujer en América Latina, realizado en Tijuana en 1978, debe ser entendido como un momento fundacional en la historia del feminismo latinoamericano. Aunque aún no existía una articulación plena ni un campo consolidado de estudios de la mujer, el evento evidenció la emergencia de un pensamiento feminista que comenzaba a formular sus propias categorías, temas y estrategias desde América Latina. En este contexto, el simposio puede ser considerado un antecedente clave de los procesos de institucionalización académica, organización política y circulación transnacional que definirían al feminismo regional en las décadas siguientes.

Lejos de ser un espacio periférico, la frontera entre México y Estados Unidos, y en particular Baja California, se reveló como un nodo activo del feminismo emergente. Desde la década de 1970, la región había sido moldeada por intensos procesos migratorios y por una densa red de relaciones sociales, económicas y culturales con el sur de California. Esto favoreció el cruce de ideas y experiencias entre mujeres mexicanas, chicanas y latinoamericanas, así como la formación de alianzas transfronterizas. El simposio fue un ejemplo de esta dinámica: reunió a mujeres de distintas generaciones, trayectorias y orígenes sociales, y generó un espacio inédito para el diálogo entre lo local y lo internacional.

Un papel fundamental en este proceso fue desempeñado por las académicas latinoamericanas radicadas en California, muchas de ellas migrantes o exiliadas. Su posición en centros universitarios de Estados Unidos les permitió legitimar su producción teórica y construir redes transnacionales de colaboración intelectual y política. Estas mujeres difundieron teorías feministas desarrolladas en el ámbito anglosajón y las reinterpretaron críticamente desde una perspectiva latinoamericana, anclada en la historia, la cultura y las condiciones materiales del continente. Como han señalado Waterman (1993) y Basu (2000), este tipo de articulación transnacional contribuyó a forjar una nueva solidaridad global, basada en el diálogo horizontal entre diferentes contextos, no definido por las instituciones.

En ese marco, los simposios se consolidaron como un formato privilegiado para el encuentro entre teoría y práctica. Las ideas feministas debatidas en las aulas y centros de investigación encontraron eco en espacios públicos de deliberación, donde se articularon con demandas sociales concretas. Esto permitió que el pensamiento académico dialogara con las experiencias de mujeres de la sociedad civil, incluyendo maestras, funcionarias, estudiantes, artistas y activistas locales. La cobertura mediática del evento, que alcanzó a un público amplio a través de la prensa tijuanense, amplificó sus efectos pedagógicos y políticos.

El análisis del simposio revela también cómo las dinámicas globales del feminismo se expresaron en contextos locales específicos. Si bien el evento estuvo marcado por ciertos rasgos elitistas, como la preeminencia de mujeres de clase media y alta, y la ausencia de una participación más plural de mujeres indígenas y obreras, estas limitaciones fueron señaladas y cuestionadas por organizaciones como Emancipación, que aportaron una crítica marxista al feminismo liberal dominante. Las tensiones entre clases sociales, generaciones y tradiciones ideológicas no sólo coexistieron con momentos de confluencia y reconocimiento mutuo, sino que configuraron un espacio de debate y aprendizaje que enriqueció el movimiento feminista. De esta interacción compleja emergió una forma de activismo feminista fronterizo, que supo conjugar la reflexión teórica con la acción política.

El simposio de 1978 no sólo fue un evento pionero para el feminismo en la frontera norte de México, sino también una manifestación temprana de los procesos de transnacionalización, latinoamericanismo y crítica cultural que definirían al feminismo latinoamericano contemporáneo. Al centrar su atención en la escritura, la historia, la sexualidad, la reproducción, el trabajo y la diferencia cultural, las participantes del simposio trazaron una agenda que aún resuena en las luchas feministas del presente, especialmente en el contexto de la migración, la justicia reproductiva y la defensa de los derechos de las comunidades indígenas. En un mundo cada vez más globalizado y marcado por la movilidad humana, el feminismo transfronterizo se enfrenta al desafío de construir alianzas que trasciendan las fronteras nacionales y culturales, al mismo tiempo que reconocen y respetan las particularidades de cada contexto local.

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Recibido: 17 de Junio de 2024; Aprobado: 20 de Agosto de 2025; Publicado: 13 de Octubre de 2025

Sara Musotti

Licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Florencia, maestra en Historia de América Latina. Mundos Indígena” por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, y doctora en Ciencias Políticas y Jurídicas por la misma institución. Ha impartido clases en diversas instituciones de educación superior en México y España. Actualmente, se desempeña como investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California (uabc), México. En esta institución, imparte clases en los programas de doctorado y maestría en Historia. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México (nivel 1) y cuenta con el perfil deseable prodep. Sus investigaciones se centran en la historia contemporánea e internacional de América Latina, con un enfoque especial en las redes transnacionales de solidaridad entre movimientos políticos y sociales, así como en la historia de las mujeres en la frontera Norte de México.

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