Introducción
Durante el período de la pandemia por Covid-19, la discusión académica sobre las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria en el Perú se centró en la descripción del funcionamiento de las ollas comunes, la participación femenina y los procesos de acción colectiva en estos espacios (Cuadra, Soto, Meza, Miranda y De Las Casas, 2021; Santandreu, 2021; Defensoría del Pueblo, 2022; Alcázar y Fort, 2022). Sin embargo, la literatura también da cuenta del vínculo entre las dinámicas socioespaciales urbanas y el surgimiento y sostenimiento de las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria, punto de partida para la presente investigación.
La inseguridad alimentaria en Lima Metropolitana evidencia el vínculo estrecho entre las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria y la desigualdad urbana expresada en la segregación espacial, pues la mayoría de estas organizaciones resurgieron en los territorios más vulnerables de la ciudad capital, como lo es el caso de las zonas de ladera de Huaycán en el distrito de Ate. Con base en ello, se plantea la siguiente pregunta: ¿De qué manera las socias de las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria enfrentan la segregación espacial y las brechas socioeconómicas para el abastecimiento de alimentos en Huaycán durante la pandemia de la Covid-19? En esa línea, se proponen los siguientes objetivos:
Caracterizar a las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria de Huaycán.
Analizar las estrategias que emplean estas organizaciones para afrontar las barreras socioespaciales y económicas para el abastecimiento de alimentos.
Identificar las redes de cuidado que sostienen el funcionamiento y abastecimiento de las organizaciones.
Se eligió el caso de Huaycán dado que su historia ha estado marcada por importantes procesos de acción colectiva, autogestión y autoproducción social de hábitat. Desde su fundación en 1984, se desarrollaron iniciativas de autogestión para la atención de las necesidades de una población que crecía de manera acelerada frente a un Estado sin la capacidad institucional para atenderla (Rodríguez, 1988). Las iniciativas adquirieron mayor fuerza durante la década de 1990, cuando la crisis económica y la violencia derivada del Conflicto Armado Interno aceleraron oleadas de migración interna desde los diferentes departamentos del Perú que se asentaron en terrenos no urbanizados de la ciudad de Lima. Los primeros habitantes provinieron, principalmente, del sur peruano y eran de condición socioeconómica baja. En ese período, surgieron las primeras ollas comunes y comedores populares en Huaycán, en el distrito de Ate (Loayza, 2015).
Las iniciativas de acción colectiva fueron lideradas por migrantes que se asentaron en las zonas altas de las laderas de Huaycán, donde la población era más vulnerable. Fue este grupo el que más participó de las organizaciones comunitarias (Loayza, 2015; La RED et al., 2008). Hacia la segunda mitad de la década de 1990, los esfuerzos comunitarios se vieron presionados por el gobierno de Alberto Fujimori, quien intentó cooptarlos mediante dinámicas clientelares. La reproducción de estas prácticas durante los gobiernos posteriores condujo a una desarticulación de la organización comunal en Huaycán (Loayza, 2015; CVR, 2003). A partir del año 2020, en la pandemia de la Covid-19, la organización colectiva se reactivó y fortaleció en Huaycán como forma de afrontar la emergencia sanitaria y la escasez de alimentos debido al impacto de la restricciones de movilidad sobre las fuentes de ingresos de los hogares. Ello se manifestó en el surgimiento de ollas comunes, y la reactivación de comedores populares, entre otras iniciativas comunitarias (Ochoa, 2021).
Estado de la cuestión
La revisión bibliográfica abarca los siguientes ejes: primer eje, se indaga en los fenómenos de desigualdad urbana y segregación socioespacial en las ciudades latinoamericanas; especialmente, en Lima. Segundo eje, se revisa la literatura acerca de la seguridad alimentaria y las barreras para la alimentación en los contextos de crisis. Tercer eje, se definen y contrastan las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria tratadas en el presente artículo: las ollas comunes y los comedores populares. Finalmente, se revisan los estudios sobre las brechas de género relativas a la distribución del trabajo de cuidado y al rol de las mujeres en la provisión de alimentos en la ciudad.
Desigualdad urbana y segregación socioespacial en la ciudad de Lima
La desigualdad urbana se define como la expresión de las disparidades económicas y sociales en el espacio urbano, donde las comunidades más vulnerables económicamente se ven perjudicadas, mientras que aquellos con mayor poder socioeconómico se benefician (Wiese, Miyashiro y Marcés, 2016). El concepto se vincula con la segregación socioespacial, que se refiere a la distribución de la población en un área según grupos culturales, sociales o condiciones socioeconómicas. El fenómeno frecuentemente refuerza las desigualdades existentes, por ejemplo, cuando un grupo social ocupa los espacios más amplios, con mayores recursos naturales o con mejor infraestructura, mientras que otros grupos se encuentran en zonas periféricas, de difícil acceso y mayoritariamente autoconstruidas. Así, la segregación socioespacial reafirma y refuerza las desigualdades urbanas, generando espacios que se estructuran en torno a estas desigualdades y se vuelven tangibles como parte de la experiencia urbana (Linares, 2012; Roca, 2012).
El fenómeno se puede manifestar como segregación residencial, referida a la agrupación geográfica de familias pertenecientes a un mismo grupo social en áreas residenciales específicas (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001). La segregación residencial contribuye a la violencia y la desconfianza entre grupos con diferentes características, limitando la vida en comunidad y la capacidad de acción colectiva, algo común en las ciudades latinoamericanas (Fernández, Moschella y Fernández-Maldonado, 2021; Calderón, 2018; Rodríguez y Arriagada, 2004). Los factores perpetúan las condiciones de marginación y vulnerabilidad en las comunidades de barrios populares.
En Lima, la segregación socioespacial y residencial ha marcado el proceso histórico de expansión y consolidación de la ciudad, donde el crecimiento demográfico se ha visto influenciado por migraciones internas que han resultado en la formación de asentamientos informales. Estos se conformaron sin una planificación urbana, lo que dio lugar a viviendas construidas progresivamente con materiales simples (Wiese et al., 2016). Las áreas de quebradas y laderas, que presentan condiciones de riesgo más altas y no estaban destinadas para la urbanización, fueron ocupadas fuera del marco legal, como es el caso de Huaycán (Instituto Metropolitano de Planificación, 2014 en Wiese et al., 2016).
La segregación socioespacial también se evidencia en la concentración de grupos de ingresos más altos en áreas cercanas al centro de la ciudad, mientras que aquellos con menores ingresos se sitúan en barrios periféricos y recientemente constituidos (Fernández de Córdova et al., 2021). Lo señalado implica que las poblaciones más vulnerables y económicamente desfavorecidas ocupan espacios urbanos de riesgo, sin planificación adecuada ni la provisión de servicios básicos por parte del Estado y alejados de los núcleos centrales donde se concentran las principales herramientas para el crecimiento económico, como trabajo y educación (Wiese et al., 2016; Fernández de Córdova et al., 2021; Calderón, 2018). Como resultado, la población que habita esos espacios enfrenta barreras significativas para mejorar sus condiciones de vida, incluyendo dificultades para acceder a recursos básicos como alimentación, agua y saneamiento
A partir de lo anterior, se establece que la desigualdad urbana tiene un impacto en el acceso a alimentos de calidad y en cantidades suficientes, ya que la distribución de viviendas influye en la distancia a los establecimientos de abastecimiento y en las posibilidades de movilidad. La segregación socioespacial, a su vez, amplía las brechas de género en la distribución del trabajo de cuidado, ya que las mujeres, especialmente las madres de familia, deben asumir la responsabilidad de comprar, transportar y preparar alimentos, viéndose obligadas a recorrer distancias más amplias y zonas riesgosas. Para las mujeres que forman parte de organizaciones comunitarias en barrios segregados, la carga de trabajo de cuidado es aún mayor, ya que deben asumir una mayor cantidad de tareas y recorrer mayores distancias para velar por el bienestar de sus vecinos, además de sus propias familias.
Seguridad alimentaria y emergencia sanitaria
La seguridad alimentaria ha sido definida como aquella situación en la que “todas las personas tienen, en todo momento, acceso físico, social y económico a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos que satisfacen sus necesidades energéticas diarias y preferencias alimentarias para llevar una vida activa y sana” (FAO y PNUD, 2016, p. 11). La definición permite entender a la seguridad alimentaria más allá de la sola disponibilidad física de los alimentos y reconocer los aspectos que comprende la alimentación como problema socioespacial en nuestra región. En esa línea, el Programa Mundial de Alimentos (PMA, 2009) ha propuesto cuatro dimensiones principales de la seguridad alimentaria: la disponibilidad, el acceso, la utilización y la estabilidad.
Para fines de la presente investigación, resulta relevante observar la dimensión del acceso a los alimentos, que refiere a la posibilidad de que las personas, familias y comunidades obtengan los alimentos en cantidad y calidad adecuadas (FAO y PNUD, 2016). El acceso puede entenderse tanto en términos físicos como económicos. El acceso físico a los alimentos se relaciona con la distancia respecto de los mercados, la disponibilidad de alimentos en los centros de abastecimiento, la producción propia de alimentos, las condiciones geográficas, entre otros. En cuanto al acceso económico, este se explica, principalmente, por el nivel y distribución de los ingresos. Distintos organismos internacionales (FAO, FIDA, OMS, PMA y UNICEF, 2020) consideran el aspecto social del acceso a los alimentos, que implica la capacidad de obtenerlos mediante las redes sociales, familiares, y cómo ello se relaciona con factores como el origen étnico, la religión o la afiliación política. Tal enfoque permite dar cuenta de las estrategias colectivas que pueden ser desarrolladas en circunstancias adversas para obtener alimentos, lo que se vincula con el estudio de las organizaciones comunitarias en el contexto de emergencia sanitaria y alimentaria.
Tomando en cuenta estos factores, se puede indagar en los efectos que ha tenido la Covid19 sobre la seguridad alimentaria. Antes de la pandemia, la inseguridad alimentaria ya se concentraba en los sectores de la población que concentran altos índices de pobreza, que coincidieron con aquellos grupos de mayor vulnerabilidad frente a la Covid-19. De acuerdo con la FAO, el FIDA, la OMS, el PMA y UNICEF (2020), esto se debe, en el aspecto económico, a la pérdida de ingresos por parte de los consumidores y la elevación de precios de los alimentos; en el aspecto físico, estaría relacionado con la interrupción en el suministro de alimentos y la distancia a la que se encuentran las personas de los mercados y centros de abastecimiento; en el aspecto social, también puede estar asociado al tiempo que toma preparar una comida saludable, tarea a menudo asumida por las mujeres.
La disponibilidad física de alimentos frescos y saludables puede estar obstaculizada debido a los desiertos alimentarios. Estos se caracterizan por la carencia de establecimientos que ofrezcan alimentos frescos y nutritivos o porque estos se encuentran a una distancia excesiva de los hogares; por lo general, se encuentran en áreas con infraestructuras y accesos deficientes, donde reside la población de ingresos más bajos (FAO, OPS, PMA y UNICEF, 2019). El Comité de Seguridad Alimentaria Mundial (2020) añade que las personas que pertenecen a los sectores más empobrecidos a menudo no cuentan con servicios de agua y desagüe, lo que dificulta la preparación de alimentos inocuos.
Si bien la literatura da cuenta de un panorama general acerca de la inseguridad alimentaria durante la pandemia, aún existen vacíos acerca de las dinámicas y estrategias concretas que han surgido en esta etapa para asegurar el acceso a los alimentos, así como las barreras que afectan a las mujeres que organizan estas estrategias en los sectores populares.
Organizaciones comunitarias de complementación alimentaria en la ciudad
A fin de comprender el tema que se abordará en la presente investigación, resulta central caracterizar las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria y situarlas en el contexto de la crisis sanitaria y alimentaria. En el contexto peruano, las ollas comunes se definen como aquellos espacios en los que los vecinos y vecinas que no pueden asumir la preparación de alimentos de manera individual se organizan entre ellas para generar, mediante la acción colectiva, una respuesta solidaria para sus familias y sus comunidades (Santandreu, 2021). Así mismo, se ha destacado su carácter transitorio y precario, y su composición mayoritariamente femenina (Defensoría del Pueblo, 2022). En contraste, los comedores populares son organizaciones de base que, si bien también tienen el objetivo de preparar alimentos y brindar apoyo social, están formalmente reconocidos por las municipalidades: los comedores participan del Programa de Complementación Alimentaria (PCA), lo que implica que reciben ayuda alimentaria, además de capacitaciones y asistencia técnica (MIDIS, 2016; El Peruano, 2019). Ello les permite sostenerse en el tiempo, en contraste con la situación de las ollas comunes.
Tras la declaración del estado de emergencia por parte del gobierno peruano para prevenir la propagación de la Covid-19 la población peruana se vio obligada a acatar la cuarentena e inmovilización social en sus hogares (EP, 2020). Los comedores populares fundados antes de la pandemia cesaron sus funciones cumpliendo las medidas de aislamiento y debido a la falta de presupuesto. Ante esta situación, en los barrios populares de la ciudad se empezaron a organizar ollas comunes con el fin de hacerle frente a la escasez de alimentos provocada por la disminución de los ingresos familiares (Santandreu, 2021). Así, se han registrado 2 072 ollas comunes activas en Lima, distribuidas en treinta distritos (MIDIS, 2023). En el distrito de ATE, se han identificado 71 ollas comunes activas que atienden a 4 125 personas (MIDIS, 2023).
A partir del año 2021, los comedores populares iniciaron una etapa de reactivación en base a lineamientos de bioseguridad cuya implementación fue supervisada por el Estado. A la par, algunas ollas comunes consolidadas se registraron como comedores, para diciembre del año 2021, se identificaron 2 383 comedores que beneficiaron a 178 750 personas en la provincia de Lima (INEI, 2022). En ese mismo año, la Municipalidad de ATE registró 264 comedores populares que complementaron la alimentación de 16 090 usuarios (INEI, 2022).
El trabajo de cuidado y las brechas género en la ciudad
El trabajo de cuidado se vincula con la atención sostenida, la entrega y la búsqueda del bienestar de otras personas (Anderson, 2007). El cuidado puede brindarse de manera remunerada o no remunerada. Las labores no remuneradas de cuidado comprenden las responsabilidades relacionadas con las tareas domésticas y la atención en el entorno familiar, así como la labor voluntaria en el espacio público; en cambio, el cuidado remunerado puede manifestarse a través del trabajo doméstico, además de la prestación de servicios en instituciones públicas o privadas fuera del hogar (Jelin 2010, citado en Esquivel, Faur y Jelin, 2012).
Son las mujeres quienes asumen principalmente el trabajo de cuidado, lo cual se ancla en los roles de género tradicionales (Paura y Zibecchi, 2014). Debido a la mayor carga de cuidado que deben asumir, la disponibilidad de tiempo-espacio de las mujeres es más restringida. En sus desplazamientos cotidianos, las mujeres desempeñan tareas productivas y reproductivas, así como papeles comunitarios. Ello se refleja en organizaciones comunitarias como ollas comunes y comedores, cuya composición es altamente feminizada.
En el plano de la movilidad urbana, se observa que, mientras que los hombres asumen, principalmente, el rol de realizar los desplazamientos, las mujeres asumen la responsabilidad de la planificación, organización y coordinación necesaria para que estos se lleven a cabo (Jirón y Cortés, 2011, citado en Jirón, 2017). Por todo lo anterior, las mujeres de sectores populares juegan un rol esencial en la gestión de crisis, especialmente en barrios en los que se concentra la pobreza, desempleo y acceso limitado a servicios básicos (Brovelli y Faur, 2020).
Frente a la alta carga de cuidado, las mujeres se sostienen de sus redes, formadas por otras mujeres, a menudo, familiares o vecinas, para suplir su rol en el hogar; principalmente, en el cuidado de los niños (Jirón, 2017). Según la autora, la tendencia a recurrir a redes familiares o vecinales se explica en gran medida por los recursos de los que las familias disponen (Jirón, 2017). Mientras que algunas familias pueden recurrir a servicios de cuidado de los infantes o adultos mayores, otras deben recurrir a sus propias redes familiares extendidas o a la comunidad a la que pertenecen, acentuando las inequidades en la provisión del cuidado en las ciudades.
Metodología
Con el objetivo de analizar las estrategias de las organizaciones para el abastecimiento de alimentos y otros insumos necesarios para su sustento, en Huaycán, se ha optado por aplicar un enfoque interpretativo, una metodología cualitativa -reflejada en el diseño de entrevistas semiestructuradas- así como técnicas de ubicación geoespacial. Se elaboraron entrevistas semiestructuradas como instrumento de recojo de información, las cuales se aplicaron a las representantes de las organizaciones que acuden regularmente a los centros de abastecimiento en Huaycán. Asimismo, se fortaleció el análisis cualitativo utilizando un Sistema de Información Geográfica (SIG) para la modelización y análisis espacial de las zonas, permitiendo ubicar la información brindada por las entrevistas en el espacio físico de investigación.
El contacto con los representantes se estableció por vía telefónica a partir de la base de datos y georreferenciación de ollas comunes de la Municipalidad Metropolitana de Lima. La estrategia consistió en contactar a doce ollas comunes ubicadas en Huaycán, cuatro de las cuales habían sido recientemente reconocidas como comedores. El proceso de aplicación de entrevistas se llevó a cabo entre el 18 de octubre y el 16 de noviembre del año 2021. La entrevista se aplicó a participantes de las organizaciones para la alimentación con el fin de: i) recoger información básica de las y los entrevistados; ii) conocer sus estrategias para abastecerse de alimentos tanto para su hogar como para la organización iii) identificar su rutinas de movilidad para acceder a alimentos y otros insumos y iv) reconocer las redes de soporte que les permiten asumir los recorridos como parte de su carga laboral y doméstica.
El procesamiento de los datos consistió en la transcripción y codificación de las entrevistas para su sistematización. Se elaboraron dos tipos de matrices. El primer tipo permitió caracterizar las ollas comunes y comedores populares, incluyendo información sobre su temporalidad, su ubicación, organización interna, horarios de trabajo y tipos de financiamiento. El segundo se enfocó en la movilidad para el abastecimiento, detallando aspectos como los motivos y frecuencia de los viajes, los medios de transporte frecuentes y alternativos, los principales destinos y la duración de las jornadas.
A partir de las entrevistas realizadas, se incorporaron métodos de georreferenciación con el fin de identificar los principales hitos espaciales señalados por los dirigentes de ollas y comedores, incluyendo la ubicación de las ollas comunes y los comedores, los mercados, carpinterías y otros centros de abastecimiento de insumos. El proceso permitió la representación espacial de los recorridos cotidianos efectuados por los miembros de las organizaciones, lo que facilitó una comprensión más precisa de sus estrategias de movilidad cotidiana para el aprovisionamiento. La visualización geoespacial proporcionó una perspectiva multidimensional que permitió analizar las interacciones entre la segregación socioespacial y las estrategias comunitarias desarrolladas para enfrentar las barreras de movilidad y el acceso limitado a recursos. Los hallazgos resultantes de este proceso se detallan a continuación.
Análisis y resultados
Caracterización de las organizaciones
A fin de indagar en las estrategias que emplean las organizaciones comunitarias para afrontar las barreras para el abastecimiento de alimentos, en primer lugar, se describirán las características principales de las organizaciones comprendidas en la presente investigación. En la Figura 1, se muestra la ubicación de las ollas comunes y comedores populares que participaron en la presente investigación.
Tres de las organizaciones que se incluyeron en el estudio se encuentran fuera de Huaycán, pero están ubicadas también en el distrito de Ate. Se tomaron en cuenta debido a que sus miembros realizan desplazamientos hacia Huaycán a fin de abastecerse de alimentos y otros insumos necesarios para el funcionamiento de sus organizaciones. Otro punto importante respecto a la ubicación de las organizaciones es que once se encuentran en las zonas altas de las pendientes, como se muestra en la Figura 1. En contraste, solo dos ollas comunes se encuentran en una zona baja.
Adicionalmente, cabe destacar que, del total de doce organizaciones, ocho son ollas comunes y cuatro han sido reconocidas como comedores populares, pese a haber iniciado como ollas comunes. Ello implica desigualdades en la capacidad y las estrategias para el abastecimiento de insumos, ya que los comedores populares obtienen una serie de insumos básicos por parte de la municipalidad distrital que las ollas comunes deben autogestionar.
Respecto a la distribución interna del trabajo, es posible notar patrones entre las organizaciones estudiadas. Todas ellas se encuentran compuestas por familias que, en la mayoría de casos, viven en el mismo barrio o, en su defecto, en barrios aledaños. Cada familia asigna una representante que participa de las actividades semanales necesarias para el sostén de la olla. Así, las representantes identificaron a las “socias” de la olla como el grupo de mujeres madres de familia, usualmente, un total de veinte a treinta, que se turnan en grupos de dos a cinco personas por día para realizar dichas actividades: el grupo asignado en el día se encarga de la compra de víveres, la cocina, las labores de tesorería, la repartición de los platos a los beneficiarios, la limpieza del local y, de ser necesario, el recojo de leña. Los hallazgos confirman lo planteado por autores como Paura y Zibecchi (2014) sobre el trabajo de cuidado y cómo este se encuentra anclado en los roles de género tradicionales. Las mujeres organizadas en ollas y comedores populares constituyen un pilar fundamental para la gestión del cuidado comunitario y la gestión de la crisis en barrios vulnerables, en condición de pobreza y acceso limitado a servicios básicos (Faur y Bovelli, 2020) como los de Huaycán.
Organización interna para el abastecimiento
Con el fin de conocer la organización interna que sostiene y posibilita el abastecimiento de insumos necesarios, en la presente sección se presentará: la división del trabajo al interior de las organizaciones, la inversión de tiempo y horarios de trabajo de sus miembros, las fuentes de financiamiento de la organización y las estrategias adoptadas para la movilidad. Ello se complementará con una descripción de cómo las socias de las organizaciones perciben el espacio que deben transitar diariamente y las redes de cuidado comunitarias que se han formado para facilitar la movilidad y el abastecimiento.
Inversión de tiempo y horarios de trabajo
Las organizaciones estudiadas proveen de almuerzo a los beneficiarios de lunes a viernes, de modo que el tiempo de las socias se distribuye de la siguiente manera:
- Las labores diarias inician a las siete de la mañana, cuando el grupo de mujeres encargado se reúne y desplaza a los lugares de abastecimiento para realizar la compra de víveres para el día.
- Luego, retornan al local de la olla común para cocinar y servir el almuerzo al mediodía.
- Después de la distribución de platos, el grupo se encarga, también, de la limpieza del local y de los utensilios de cocina. La jornada diaria suele culminar a las dos o tres de la tarde.
Así, las socias encargadas invierten la mitad de su día en la jornada de trabajo en la organización.
Posibilidades de financiamiento
Las socias de las organizaciones de complementación alimentaria han tenido que adaptar su estrategia para conseguir fondos desde el inicio de la crisis sanitaria, debido a que se ha reducido la disponibilidad de donaciones, ya sean monetarias o de víveres y, por tanto, el ingreso principal proviene de la venta diaria de platos de comida a los beneficiarios. El dinero recaudado es invertido en la compra de víveres, pero también en el transporte para el traslado a los centros de abastecimiento. Las entrevistadas, además, mencionaron que, con la subida de los precios del gas, muchas veces el dinero proveniente de la venta de menús resulta insuficiente, por lo que tienen que usar sus recursos personales para poder pagar el transporte.
Se halló que la dificultad para obtener ingresos y el alza de los precios de los insumos, sumado a la falta de un sistema de refrigeración en los locales para almacenar los alimentos frescos explican la necesidad de realizar la compra de víveres de manera diaria, pese al esfuerzo y la inversión de tiempo que ello implica para las mujeres encargadas. Es importante destacar que la ubicación de las organizaciones también influye en sus oportunidades de financiamiento. Algunas entrevistadas manifestaron que, a diferencia de aquellas ubicadas en zonas altas, las que se encuentran en una zona baja cuentan con acceso a pistas y paraderos tienen la oportunidad de vender porciones de alimentos a peatones, lo que les permite tener un ingreso adicional. De este modo, las estrategias de financiamiento se ven directamente afectadas por la segregación socioespacial y por consecuencia, esta configura brechas en los procesos de organización comunitaria (Fernández de Córdova et al., 2021; Calderón, 2018).
En suma, las posibilidades de financiamiento de las organizaciones están sujetas a su capital social y económico, y su ubicación. A su vez, se halló que el financiamiento condiciona, en gran medida, las estrategias de movilidad para el abastecimiento de las organizaciones, con un impacto importante sobre la seguridad alimentaria de los cientos de beneficiarios que dependen de estas para poder alimentarse.
Establecimientos para el abastecimiento de alimentos
Las actividades de abastecimiento y recojo de donaciones de víveres son los principales motivos de desplazamiento. Tanto las ollas comunes como los comedores tienen la necesidad de movilizarse diariamente para conseguir víveres frescos para la preparación de alimentos, pese a que los segundos reciben asistencia alimentaria del gobierno local. Por lo tanto, es fundamental identificar los establecimientos a los que recurren las organizaciones comunitarias para abastecerse de insumos alimentarios. Como se muestra en la Figura 2, estos se encuentran distribuidos en un área geográficamente extensa, con una notable dispersión entre sí, y respecto a las ollas comunes y comedores populares, lo que acentúa los desafíos logísticos y de movilidad para las personas involucradas en dichas organizaciones.

Fuente: elaboración propia
Figura 2 Ubicación de los centros de abastecimiento de insumos para la alimentación.
La compra de alimentos es el motivo de la gran mayoría de los viajes que realizan las organizaciones. Once de estas indicaron que realizan compras de manera diaria, con jornadas que pueden durar entre treinta minutos hasta tres horas, según la distancia entre el local comunitario y el lugar de abastecimiento. Todas las jornadas inician a horas tempranas de la mañana. Ello se debe a que las socias deben empezar a cocinar antes del mediodía, para tener los platos listos a la hora del almuerzo.
La gran mayoría de organizaciones se ubican en las zonas altas de Huaycán, de modo que el terreno es accidentado y en pendiente, y los medios de transporte que llegan hasta sus viviendas o locales comunitarios son muy limitados o inexistentes. Por ello crean estrategias para movilizarse y adquirir alimentos, usualmente, de los mercados ubicados en zonas bajas. La principal estrategia para la compra de alimentos implica la conformación de grupos pequeños encargados de realizar el trayecto. Estos grupos suelen estar integrados por tres a cinco personas; usualmente, quienes son responsables de cocinar en el día.
Respecto al desplazamiento para realizar compras, las organizaciones consultadas indicaron que, para descender desde la sede de la olla o comedor hasta el centro de abastecimiento, recorren el camino de ida a pie, y el regreso en mototaxi, o movilidad. Esto con el fin de ahorrar en el costo del transporte, debido a que la movilidad puede costar entre 1 a 4 soles (0.27 a 1.08 dólares aproximadamente) por persona, o entre cuatro y ocho soles (1.08 a 2.16 dólares aproximadamente) diarios. Por ello, resulta más económico caminar hacia el centro de abastecimiento, y regresar en transporte alquilado, algo que resulta inevitable debido al factor del tiempo y de la carga de las compras que hacían.
La movilidad de las socias incluye otros propósitos, además de la compra de alimentos como por ejemplo, el recojo de donaciones, el cual sigue una lógica distinta. Se observa que las socias se encuentran dispuestas a invertir más dinero para recoger una donación de alimentos, víveres o insumos, por lo cual la mayoría de estas utiliza combi o taxi para poder llegar a zonas alejadas que ofrecen donaciones. Los viajes pueden llegar a costar entre 30 y 120 soles (8 a 32 dólares aproximadamente), según la distancia y la modalidad que, a su vez, afectan la duración del viaje. Los lugares de abastecimiento de donaciones suelen estar más alejados que los mercados donde frecuentan las organizaciones; inclusive, en otros distritos.
Entre los demás insumos que requieren de desplazamiento por parte de las organizaciones sociales, destacan la leña y/o gas para cocinar y el agua potable. La mayoría de socias de ollas comunes indican que fueron afectadas por el incremento en el precio del gas, por lo cual suelen recurrir a la leña con más frecuencia para poder preparar los alimentos. Las organizaciones consiguen su leña de lugares distintos de aquellos que las proveen de alimentos, y algunas incluso reciben leña de carpinterías y construcciones cercanas. La mayoría de las ollas consultadas contaba con una manera de abastecerse de agua desde la sede de su organización, o desde lugares cercanos. Por ejemplo, los vecinos que cuentan con cisterna suelen donar agua para sus respectivas organizaciones.
En cuanto a la percepción de riesgo de las socias de las organizaciones, esta no es especialmente alta en el trayecto en transporte público ni en los transbordos a lo largo de las rutas que deben recorrer diariamente. El tramo que reconocen como peligroso y el que más esfuerzo les supone recorrer es la subida en pendiente que realizan a pie cuando los locales se ubican en las partes altas. En muchos casos, no se cuenta con escaleras o estas no cumplen con medidas de seguridad adecuadas, de modo que se han producido accidentes en numerosas ocasiones e, incluso, se ha llegado a prohibir que las mujeres que se encuentran embarazadas bajen a participar del cargado de víveres.
Estrategias de abastecimiento de alimentos según escala
A continuación, se propone una categorización de las estrategias empleadas por las organizaciones comunitarias según la escala en la que llevan a cabo el abastecimiento de insumos: la escala barrial, la escala local y la escala metropolitana. Cabe señalar que estas no son necesariamente excluyentes, sino que responden a temporalidades, necesidades y motivaciones distintas para el desplazamiento.
Escala barrial
La escala barrial corresponde a los desplazamientos que se realizan a los centros de abastecimiento que se ubican más cerca a los locales de las organizaciones. Las socias realizan este tipo de desplazamiento para abastecerse de insumos debido a la ausencia de sistemas de refrigeración, por lo que resulta necesario realizar las compras diariamente. En ese sentido, la cercanía de estos centros de abastecimiento supone una menor inversión de tiempo para un desplazamiento diario y, en consecuencia, más tiempo disponible para realizar el resto de las tareas de cuidado comunitario. La cercanía a estos centros posibilita el movilizarse a pie o con un viaje corto en mototaxi, en un lapso de 20 a 25 minutos por tramo.
Los centros de abastecimiento identificados a escala local son el Mercado Modelo Huaycán, la Asociación de Comerciantes UCV 147 y el Mercado Central N°3 de Huaycán (Figura 3). Un factor determinante en la elección de estos centros de abastecimiento es que las lideresas no perciben una variación amplia del precio de los alimentos en estos establecimientos a escala barrial respecto a los mercados mayoristas. De este modo, los desplazamientos para el abastecimiento a escala barrial representan una estrategia para aminorar los tiempos y costos empleados en el transporte.

Fuente: elaboración propia
Figura 3 Estrategias de movilidad para el abastecimiento a escala barrial.
En la Figura 3, se aprecia el recorrido diario de la olla común Yessenia Sáenz para el abastecimiento de alimentos en el Mercado N° 3 de Huaycán, con una duración de 20 minutos aproximadamente. El recorrido de ida inicia con el descenso de la pendiente a pie (cinco minutos) para poder llegar al parcero de una calle principal, tras lo cual hacen un breve recorrido en mototaxi hasta el mercado (15 minutos). El trayecto de regreso es similar, a excepción de que las lideresas van cargadas de bolsas de víveres que deben cargar a través de la pendiente.
Escala local
La escala local corresponde a los desplazamientos que se realizan al interior del distrito y que implican una distancia mayor entre las organizaciones y sus destinos respecto de la escala barrial. En estos casos, las socias tienen que recorrer mayores distancias para abastecerse de alimentos, usualmente, desde la zona alta de Huaycán hasta la zona baja. Ello implica costos de transporte más elevados y el uso de “combis” o “micros”. Estos recorridos toman entre 30 y 40 minutos.
El principal centro de abastecimiento en la escala local es el Mercado La Arenera. La variedad de productos que ofrece y la posibilidad de comprar alimentos “al por mayor”, la cantidad de viajes que las socias realizan hacia La Arenera compensan la inversión de tiempo y dinero. No obstante, la falta de capacidad de almacenamiento y la ausencia de mecanismos de refrigeración resultan impedimentos importantes para la compra de grandes cantidades de alimentos. Debido a ello, en la escala local, se compran insumos que no se deterioren rápidamente y no requieran congelamiento con una frecuencia variable semanal (Figura 4).
La Figura 4 muestra el trayecto recorrido por la olla común Cerrito de la Paz hacia el Mercado La Arenera, que se realiza una vez a la semana con una duración total de 30 minutos. El recorrido inicia a pie (cinco minutos) para llegar al paradero donde las lideresas deben tomar la mototaxi que las lleva a la avenida principal para tomar el micro (cinco minutos). Sin embargo, dependiendo de la disponibilidad de recursos, algunas veces optan por realizar el primer recorrido a pie hasta la avenida (15 minutos aproximadamente). El trayecto en micro se lleva a cabo en 20 minutos.
Escala metropolitana
Como parte de su estrategia de abastecimiento de alimentos, bajo determinadas circunstancias, las organizaciones comunitarias optan por recorrer distancias largas hasta los mercados mayoristas de la ciudad. Este es un hallazgo central, tomando en cuenta que dicho traslado supone una mayor inversión de tiempo y dinero. La principal motivación para optar por esta estrategia estaría relacionada al ahorro, ya que los mercados mayoristas ofrecen precios menores. Existen, además, prácticas informales internas de solidaridad entre los comerciantes del mercado y las socias que se han ido desarrollando durante la etapa de pandemia, que consisten, principalmente, en que los comerciantes faciliten a las socias la recuperación de alimentos1 que, de otra manera, serían desechados.
En cuanto a la frecuencia de los viajes a escala metropolitana, estos suelen darse una vez por semana o cada quince días, pues el objetivo es comprar víveres que se preserven el mayor tiempo posible. Además, estos traslados suponen una inversión mayor de dinero y tiempo, tomando alrededor de una hora y 4,5 soles (1,19 dólares aproximadamente) por tramo por persona.
La Figura 5 muestra el recorrido de las lideresas de la olla común Los Claveles, que disponen de dos posibles estrategias para llegar al Mercado de Productores de Santa Anita, al cual acuden quincenalmente. La primera consiste en una breve ruta en mototaxi (5 a 8 minutos), tras lo cual abordan un micro en la avenida principal (65 minutos). La segunda estrategia involucra el apoyo de un párroco local que les permite usar su vehículo para trasladarse desde el local de la olla hasta el mercado, lo que les toma alrededor de 45 a 50 minutos. Además del traslado a mercados mayoristas, consideramos en la escala metropolitana a los centros de entrega de donaciones a los que acuden mensualmente algunas de las organizaciones. En estos casos, destaca el esquema costo-beneficio en el discurso de algunas de las socias al argumentar por qué deciden emprender viajes largos regulares y costosos para recoger donaciones. Las representantes consideran que el valor de recibir las donaciones es aún mayor, o más urgente, que el tiempo y dinero invertidos.
Estrategias colaborativas para el abastecimiento
Como se ha mencionado, los trayectos que realizan las organizaciones para la compra o rescate de alimentos implican llevar una carga pesada en el camino de regreso, y especialmente, en aquellas ubicadas en las zonas altas, que cuentan con escaleras empinadas. Ante ello, las socias emplean estrategias colectivas para gestionar el peso y la subida en pendiente. En este aspecto, se puede identificar dos tipos de casos: el primer tipo corresponde a aquellas organizaciones que gestionan el cargado de víveres sólo entre las socias. Se muestra la necesidad de dividir la carga entre varias personas; usualmente, quienes han estado encargadas de realizar las compras. Ello se debe también a que el temor al contagio disuade a los vecinos de acercarse y ayudar. El segundo tipo de caso corresponde a aquellas que han mostrado un mejor nivel organizativo que les permite distribuir el trabajo de carga de manera más equitativa e involucrando a una mayor cantidad de vecinos.
Por otro lado, se indagó en la formación de lazos entre distintas organizaciones del territorio para el abastecimiento de alimentos; especialmente, en las estrategias de comunicación, coordinación y desplazamiento. Se encontró que las organizaciones comunitarias de complementación alimentaria ubicadas en Huaycán mantienen contacto mediante el uso de un chat grupal de WhatsApp. Ello es posible debido a que las representantes de las organizaciones reconocen una serie de necesidades compartidas en torno al abastecimiento de insumos, lo que motiva un espíritu colaborativo entre ellas. El uso del chat de WhatsApp resulta una herramienta fundamental para la organización y planificación del desplazamiento. Las representantes indican que es por este medio que se comunican oportunidades de abastecimiento a través de donaciones o programas sociales. Es a través de este medio que establecen un cronograma semanal para movilizarse a los puntos de abastecimiento de forma intercalada, a fin de que cada olla reciba el apoyo equitativamente.
Estas estrategias de colaboración entre vecinos y organizaciones dan cuenta del aspecto social del acceso a los alimentos (FAO, FIDA, OMS, PMA y UNICEF, 2020). Si bien Rodríguez y Arriagada (2004) plantean que la segregación socioespacial limita las redes sociales de los sectores más pobres, y que ello debilita el capital social e impide la movilidad social, los hallazgos en Huaycán sugieren una perspectiva diferente. En el contexto de crisis, la inseguridad alimentaria es una necesidad compartida por las y los vecinos, esto se convierte en un motor que impulsa la colaboración y la organización comunitaria. En este caso, las condiciones de pobreza agudizan la urgencia de organizarse, lo que moviliza y fortalece el capital social y político.
Es posible inferir que los casos donde la necesidad es más crítica son aquellos en los que se observa una mayor capacidad organizativa que se consolida en torno a la subsistencia. Por otro lado, cuando la situación es menos crítica, la organización comunitaria tiende a debilitarse, un ejemplo de ello es el hecho de que el miedo al contagio disuade la participación. En este contexto, la segregación socioespacial no debilita el capital social; por el contrario, ante la necesidad compartida alimentaria urgente, las redes se fortalecen. Las redes colaborativas permiten no solo sostener las estrategias de abastecimiento, sino también ampliar la red de apoyo comunitario, contribuyendo así a la sostenibilidad de las organizaciones y al capital social comunitario.
Redes de cuidado
Resulta importante destacar los efectos de la crisis sanitaria sobre las desigualdades de género en torno a la alimentación, aspecto fundamental para la presente investigación. Como evidencian los hallazgos descritos hasta el momento, los roles de género y la carga de cuidado sitúan a las mujeres como actoras centrales para el sostenimiento de las ollas y comedores. En esa línea, encontramos que, de las nueve mujeres entrevistadas, ocho se encuentran ocupadas como amas de casa y una de ellas trabaja fuera del hogar. En contraste, los tres varones entrevistados tienen un empleo a tiempo completo. Algunas manifestaron haber perdido sus empleos debido a la pandemia y destacaron la imposibilidad de trabajar, especialmente, debido al cuidado en el hogar de menores en etapa escolar. Durante la pandemia, las escuelas cerraron sus puertas y los estudiantes retomaron sus clases de manera virtual desde sus hogares (El Peruano, 2020). Las entrevistadas manifestaron que la educación a distancia de los menores representa una responsabilidad que las limita de integrarse a actividades fuera del hogar.
Por este motivo, resulta relevante profundizar en cómo es que organizan o planifican sus desplazamientos considerando que son las principales cuidadoras de los menores en el hogar. Las socias optan por no realizar los desplazamientos hacia los puntos de abastecimiento en compañía de sus hijos, debido a que disponen de un tiempo limitado para trasladarse y regresar a sus barrios para proseguir con las actividades de su organización. Aparte, los desplazamientos implican el cargado de alimentos e insumos que suelen ser muy pesados y, por lo tanto, resulta riesgoso encargarse de ello mientras cargan a los niños. Ellas prefieren dejarlos en el hogar, de modo que, para cuidarlos, se apoyan en redes de cuidado conformadas, principalmente, por otras mujeres: abuelas, suegras, hijas mayores o vecinas. En la mayoría de los casos estudiados, el comedor u olla común forma parte de esta red de cuidado, en tanto las socias se apoyan para compaginar el cuidado de los menores con las labores de sus organizaciones. Se confirma que, ante la alta carga de labores de cuidado, las mujeres recurren a sus redes de soporte conformadas por otras familiares y vecinas para suplir su rol (Jirón, 2017). Ello, a su vez, se sostiene mediante una dinámica de solidaridad recíproca entre quienes conforman las organizaciones respecto a garantizar el cuidado, tanto en sus núcleos familiares como en su organización y comunidad.
Conclusiones
En conclusión, se establece que el abastecimiento de alimentos en distritos como Ate-Vitarte enfrenta numerosas limitaciones derivadas de la segregación socioespacial, originada por procesos de desarrollo urbano desigual y agravada por la crisis sanitaria y económica. Estas limitaciones incluyen la amplia distancia entre zonas comerciales y locales comunitarios, la topografía con pendientes elevadas que dificulta el desplazamiento y el acceso al transporte público, la falta de mecanismos de almacenamiento y refrigeración que obliga a realizar compras con frecuencia diaria o interdiaria, los bajos presupuestos de las organizaciones que limitan gastos en transporte y la adquisición de alimentos, y las barreras de acceso a servicios básicos como agua e implementos de bioseguridad.
Así mismo, se destaca que la organización interna de las ollas y comedores populares es fundamental para superar estas barreras. La distribución del trabajo permite a las socias asumir tareas diarias de compra, cocción y distribución de alimentos, con estrategias que varían según la escala de abastecimiento. La disponibilidad de fondos determina la frecuencia de las compras y el acceso al transporte público, generando disparidades en la capacidad de abastecimiento. Además, el despliegue de capital social y político permite el traslado de víveres desde zonas bajas a locales comunitarios en zonas altas. Esto evidencia que, pese a las limitaciones de la segregación socioespacial, la acción colectiva se moviliza ante necesidades compartidas, fortaleciendo el capital social comunitario.
Adicionalmente, se afirma que las redes de cuidado son esenciales para el funcionamiento de las organizaciones, ya que las socias, mayoritariamente mujeres, asumen el cuidado en el ámbito privado y comunitario. Estas redes, compuestas por otras mujeres, permiten suplir la ausencia de las socias en sus hogares y favorecen especialmente a madres de menores en etapa escolar. Sin embargo, esta dinámica refuerza las desigualdades en la distribución del trabajo de cuidado, lo que constituye una brecha estructural.
Finalmente, se recomienda seguir explorando el vínculo entre las estrategias de organización, el capital social comunitario y la sostenibilidad de las organizaciones. Asimismo, se debe profundizar en el análisis de las brechas en la distribución del trabajo de cuidado y su impacto en las oportunidades de desarrollo personal, social y laboral de las mujeres participantes de estas organizaciones. Estas líneas de investigación permitirán no solo visibilizar los logros alcanzados, sino también problematizar las brechas estructurales que afectan a las organizaciones y, en particular, a las mujeres que asumen el cuidado familiar y comunitario.










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