SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.11 número22Elecciones e insurgencia indígena en Brasil: participación política de 2014 a 2022Diagnóstico de los gobiernos divididos en Nuevo León índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Política, globalidad y ciudadanía

versión On-line ISSN 2395-8448

Polít. globalidad. ciudad. vol.11 no.22 Monterrey jul./dic. 2025  Epub 29-Ene-2026

https://doi.org/10.29105/rpgyc11.22-363 

Artículos

Los Dibujitos como sujetos políticos emergentes: Anonimato, performatividad y reconfiguración de la esfera pública en el Perú digital

Beyond Westphalian Citizenship: Anonymous Political Agency and the ‘Dibujitos’ as Post-Identitarian Subjects in Digital Peru.

Fernando Ramos-Zaga1  , Docente Investigador
http://orcid.org/0000-0001-6301-9460

1Maestro en Gerencia Social. Universidad Privada del Norte, Lima, Perú, Docente Investigador. Email: fernandozaga@gmail.com.


RESUMEN

En el contexto de las democracias contemporáneas, donde las formas tradicionales de participación política muestran signos de agotamiento, la aparición de colectivos digitales anónimos plantea interrogantes urgentes para la teoría social. En ese contexto, el presente artículo tiene por objetivo analizar el caso de los Dibujitos en Perú, como una manifestación de prácticas digitales articuladas desde el anonimato, la ironía y la performatividad, que tensiona las categorías clásicas de identidad, representación y liderazgo. A partir de un enfoque teórico-conceptual, se plantea una propuesta epistemológica que reconoce la afectividad, el simulacro y la fragmentación como dimensiones constitutivas de una nueva politicidad. Como resultado, se introducen tres nociones clave: la acción colectiva performativa, la ciudadanía post-westfaliana y los capitales digitales (memético y técnico), categorías que permiten comprender cómo opera el poder simbólico en escenarios marcados por la descentralización y la opacidad. Lejos de constituir un fenómeno excéntrico o episódico, los Dibujitos revelan una transformación más amplia en los modos de hacer política, lo que nos obliga a repensar la esfera pública desde una mirada crítica, atenta tanto a la potencia disruptiva de lo marginal como a los riesgos de su posible captura.

Palabras Clave: Agencia política digital; anonimato colectivo; esfera pública digital; hacktivismo; Dibujitos

ABSTRACT

In the context of contemporary democracies, where traditional forms of political participation show signs of exhaustion, the emergence of anonymous digital collectives raises pressing questions for social theory. This article analyzes the case of the Dibujitos in Peru as a manifestation of digital practices shaped by anonymity, irony, and performativity, which challenge classical categories of identity, representation, and leadership. Through a theoretical and conceptual approach, the article proposes an epistemological framework that foregrounds affectivity, simulation, and fragmentation as constitutive dimensions of a new political logic. Three key concepts are introduced: performative collective action, post-Westphalian citizenship, and digital capital (both memetic and technical), categories that offer insight into how symbolic power operates in environments marked by decentralization and opacity. Far from being an eccentric or episodic phenomenon, the Dibujitos reveal a broader transformation in the ways politics is enacted, compelling a critical rethinking of the public sphere, one that accounts for both the disruptive potential of the marginal and the risks of its co-optation.

Keywords: Digital political agency; collective anonymity; digital public sphere; hacktivism; Dibujitos

1.- INTRODUCCIÓN

Durante las últimas décadas, el tejido político en las democracias contemporáneas ha atravesado, y aún atraviesa, una transformación impulsada por la conjunción, simultáneamente técnica y simbólica, del entorno digital, que no solo ha sido una irrupción sino también una prolongación de ciertas lógicas previas de interacción política, aunque en clave mediada. Esta transformación, caracterizada por su naturaleza desigual, discontinua y profundamente contingente, ha obligado a actores institucionales a ensayar, de forma no siempre coherente, una serie de adaptaciones que, a menudo, resultan ser reactivas más que anticipatorias frente a los cambios. Mientras eso ocurre, emergen, con creciente visibilidad o al menos resonancia, formas colectivas de acción digital anónima que, desde una lógica no convencional, buscan intervenir activamente en la esfera pública, redefiniendo así tanto los modos como los márgenes de la agencia política.

En el caso peruano, el fenómeno denominado de los Dibujitos se convierte, sin ser un caso único, en una ilustración pertinente y, al mismo tiempo, compleja de esa dinámica en curso. Se trata de una constelación de actores cuyo anonimato no es accidental sino deliberado, y que operan, mediante prácticas como el humor, la ironía o lo estéticamente disruptivo, dentro de plataformas digitales que les ofrecen un espacio de agencia sin precedentes, o al menos poco reconocidos por los marcos clásicos. La relevancia de este fenómeno no debería restringirse, exclusivamente, a su inscripción dentro de la cultura digital en sentido estricto, sino que más bien debe interpretarse como la expresión de tensiones subyacentes, tanto estructurales como simbólicas, que atraviesan a las democracias de tipo post-transicional, particularmente en el contexto latinoamericano.

Ahora bien, desde una perspectiva más bien teórica, el análisis de los Dibujitos exige, con cierta urgencia crítica, un distanciamiento de los marcos clásicos sobre la acción colectiva, entre los cuales destacan los trabajos de Olson (1965) y Tilly (1978), cuyas propuestas, si bien fueron fundamentales en su momento, resultan insuficientes cuando se enfrentan a prácticas descentralizadas, lúdicas y, sobre todo, anónimas. De allí la necesidad de incorporar perspectivas más recientes como la connective action (Bennett & Segerberg, 2012), así como las reconfiguraciones performativas del espacio público trabajadas por autoras como Butler (2015) y Fraser (1990), aunque incluso estos enfoques, al intentar explicar fenómenos similares, tienden a simplificar dimensiones que en los Dibujitos se presentan con una densidad distinta. La literatura centrada en el anonimato digital ha oscilado, de modo reiterativo, entre la patologización de estas prácticas y su romantización como resistencias marginales (Scott, 1990), sin detenerse, con la suficiente atención, en su capacidad de producir sentido político o de articular una simbólica propia de intervención.

En este marco, lo que el fenómeno de los Dibujitos pone en evidencia es una serie de interrogantes que son, al mismo tiempo, teóricos y metodológicos. Tales interrogantes desbordan las categorías analíticas tradicionales, que continúan operando bajo supuestos de identidad, jerarquía y representación formal. De hecho, lo que se identifica como la brecha central en este campo de análisis es una ausencia o, si se quiere, una precariedad de herramientas conceptuales que logren captar con suficiente nitidez aquellas formas de agencia política que prescinden de los dispositivos identitarios clásicos, que no se organizan jerárquicamente y que se sitúan fuera o al margen de los marcos institucionales reconocidos. Esta desvinculación, que es triple pero también interdependiente, genera un vacío epistemológico que impide una lectura adecuada, o siquiera tentativa, de fenómenos como el de los Dibujitos, cuyo encuadre en las categorías de los movimientos sociales o de las subculturas digitales resulta forzado o incluso artificial.

Derivado de este diagnóstico preliminar, lo cual se propone en la presente investigación no es únicamente, ni principalmente, una descripción del fenómeno en cuestión, sino una apuesta por reconfigurar el marco desde el cual se piensa la participación política en contextos digitales. Lo que interesa es explorar, desde una perspectiva crítica, cómo estas prácticas anónimas configuran formas de agencia post-identitaria, performativas y dislocadas del marco tradicional de la representación. Más allá del objetivo descriptivo, se busca intervenir en el debate normativo sobre las condiciones de posibilidad de una democracia que, sin negar su mediación tecnológica, logre incluir expresiones políticas no convencionales sin reducirlas ni cooptarlas.

Las consecuencias prácticas de esta investigación se vinculan, estrechamente, con la necesidad de repensar los marcos institucionales y normativos que regulan o intentan regular la participación ciudadana en entornos digitales. En un momento histórico en el cual la desafección política coexiste con una multiplicación de formas de enunciación ciudadana, muchas de ellas disruptivas, se vuelve indispensable pensar alternativas a los mecanismos clásicos de rendición de cuentas. Es decir, aquellas formas de rendición que descansan en la visibilidad del actor político o en su encuadre institucional, y que se ven crecientemente desbordadas por fenómenos que operan desde la ambigüedad, la fluidez y la estética como forma de intervención.

De modo más amplio, esta investigación se inserta en una discusión transversal a las ciencias sociales y la teoría política, la cual gira en torno a los desafíos contemporáneos de la democracia en relación con la transformación de los vínculos entre representación política y representación simbólica. El auge de colectivos como los Dibujitos no constituye una excepción o una anomalía, sino un indicio, incluso un síntoma, de una transición más profunda: desde una política de la identidad hacia una política del gesto, de la performance y de la irrupción estética. Esta mutación nos obliga a reformular preguntas fundamentales respecto del lugar que ocupa la ciudadanía digital, sobre los criterios que definen la legitimidad de lo político, y también acerca de los límites mismos de la esfera pública como espacio articulador de lo común.

En este marco, el objetivo del presente artículo es desarrollar un marco teórico-conceptual alternativo que permita comprender las transformaciones estructurales en los modos de articulación de la agencia política en entornos digitales contemporáneos, tomando el fenómeno de los "Dibujitos" en Perú como caso paradigmático para teorizar sobre las formas emergentes de acción colectiva que operan desde el anonimato, la performatividad estética y la ironía como dispositivos de intervención política. Se espera que el estudio contribuya a una relectura crítica de los marcos teóricos disponibles, al mismo tiempo que abra nuevas líneas de investigación sobre formas emergentes de politización digital, legitimidad sin rostro y poder anónimo.

2.- MARCO TEÓRICO

Del anonimato al poder simbólico: El caso de los Dibujitos en Perú

En el contexto sociotécnico contemporáneo del Perú, se ha configurado una forma cultural emergente que, lejos de ser una simple anécdota folclórica o un gesto risueño sin consecuencias, exhibe una densidad de implicancias cuyas ramificaciones no se agotan en lo virtual ni en lo efímero, sino que, como un rizoma indisciplinado, se inserta en los intersticios del tejido sociopolítico. Se trata del fenómeno denominado como “los Dibujitos”, cuyo carácter, más cercano a una mutación simbólica que a un colectivo identificable, se manifiesta a través de prácticas que orbitan en torno al anonimato, el artificio y la perturbación como táctica, lo cual permite entrever una reacción, no necesariamente consciente o articulada, frente a la crisis de los dispositivos clásicos de identidad, representación y visibilidad.

En el contexto peruano, se denomina “Dibujito” a sujetos anónimos que participan activamente en la esfera pública digital mediante cuentas falsas en redes sociales, adoptando como identidad visual el nombre y la imagen de personajes de caricaturas infantiles, especialmente de The Backyardigans (como Uniqua, Pablo, Tyrone, Tasha o Austin). De ahí deriva el apelativo “Dibujito”. Estas identidades digitales suelen estar acompañadas de nombres compuestos como Pablito de los Backyardigans Luján Carrión, en alusión paródica al personaje que inspiró el nacimiento del colectivo, el “Ingeniero” Jesús Andrés Luján Carrión, más conocido como “La Beba”, autoproclamado rector de la “Universidad Sideral Carrión”. Esta estrategia identitaria dificulta cualquier trazabilidad individual y permite que el número de miembros sea inconmensurable, dado el carácter efímero y mutable de sus perfiles digitales. Aunque el fenómeno surgió en espacios vinculados al gaming, se ha expandido hacia formas de participación política no convencional, activismo digital lúdico y performances colectivas que combinan humor, anonimato y crítica social.

Contrario a lo que se podría suponer, no todos los Dibujitos son hackers ni ciberinfractores; el colectivo incluye personas de diversas profesiones, incluyendo médicos, abogados, ingenieros, funcionarios públicos e incluso autoridades electas, como el alcalde del distrito de Ate, Lima, Franco Vidal Morales (Lima, 2 de abril de 1995), quien interactúa diariamente con la comunidad de Dibujitos a través de plataformas como Kick y TikTok. El colectivo también cuenta con una especie de manifiesto musical, “Dibujito de corazón”, interpretado por el Mariachi de la Cumbia, en el cual se refuerzan sus valores colectivos de anonimato, diversidad profesional, acción colectiva coordinada, ubicuidad, capacidad de vigilancia, rebeldía política, estética del exceso e irreverencia como forma de intervención política y cultural.

La emergencia, que debe comprenderse como una especie de coalescencia de factores estructurales y contingentes, encuentra su epicentro en entornos digitales de sociabilidad informal como foros de videojuegos, transmisiones en vivo o redes secundarias de consumo audiovisual, destacando entre ellos el caso de Jesús Andrés “Sideral” Luján Carrión, en cuyo entorno, aunque no exclusivamente, se articulan formas de resistencia simbólica frente a dinámicas de exposición y ridiculización masiva. Lo paradójico del asunto radica en que el anonimato practicado por los Dibujitos no persigue la desaparición del sujeto sino una especie de presencia espectral, refractada por el uso de avatares explícitamente artificiales. No simulan ser reales, al contrario: su poder radica precisamente en el artificio. Goffman (1959) ya sugería que toda identidad es una escena representada. Lo que los Dibujitos representan, con una estética que bordea lo grotesco, no es tanto una persona como una falla del sistema de personalización mismo.

En el transcurso de su desarrollo, cuyo devenir no ha sido lineal sino más bien errático, se distinguen fases que, aunque imprecisas en sus bordes, sí permiten inferencias analíticas. Entre 2016 y 2018, se detecta un uso reactivo del recurso avatarial, como mecanismo de autoprotección ante contextos digitales hostiles, los cuales proliferaban sin contención. A partir de 2018 y sin que exista un hito único, se establece una estética ya no meramente defensiva, sino afirmativa: el dibujo se convierte en emblema, en marca de filiación. Ya para el periodo conocido como la “Era de la Chocolatada” (2021-2023), se produce una expansión significativa hacia lo presencial, en la cual actos paródicos y sabotajes simbólicos, como el evento fallido en el distrito de Los Olivos en Lima, rebasan los límites de lo virtual para interferir de modo activo en el espacio público, con consecuencias performativas que exceden la intención inicial.

Nota. Captura de pantalla realizada por el autor. El contenido fue tomado de una cuenta pública en TikTok (@clipsmagic1). Uso académico sin fines comerciales.

Figura 1 Imagen del alcalde de Ate (Lima) con un personaje que representa a Pablito de los Backyardigans. 

Desde 2023, o incluso ligeramente antes, se inaugura una etapa que algunos han empezado a nombrar como “Era Mainstream”, durante la cual los Dibujitos, cuya influencia anteriormente se mantenía en márgenes no hegemónicos, logran incidir en la esfera pública de modo cuantificable, aunque sin abandonar sus estrategias de confusión. Casos como la fundación ficticia de la “Universidad Sideral Carrión”, en la cual se ofertan carreras como “Dentista de Gallos Atómicos”, no solo parodian las formas institucionalizadas del conocimiento, sino que también instauran una crítica que funciona en clave absurda, una crítica que no busca desmontar por argumentos sino por saturación del sentido.

En términos identitarios, la figura 1 del Dibujito se define menos por una sustancia que por una lógica de circulación y réplica: su identidad no radica en la autenticidad, sino en la iteración irónica de lo falso. La máscara, que en otras épocas ocultaba el rostro, aquí lo sustituye. La referencia a Butler (1990) resulta inevitable: el yo es una performance reiterada. Del mismo modo, Baudrillard (1994) sostiene que el signo ya no remite a nada externo, y eso justamente es lo que encarnan los Dibujitos. Desde su inautenticidad construyen una forma singular de autenticidad, si cabe la paradoja. No es un disfraz, sino una forma de decir que no hay nada detrás del disfraz (Figura 2).

Nota. Captura de pantalla realizada por el autor. El contenido fue tomado de una cuenta pública en TikTok (@clipsmagic1). Uso académico sin fines comerciales.

Figura 2 Comentarios en TikTok con nombres de usuarios que hacen alusión a personajes de The Backyardigans. 

El ecosistema Dibujito se articula como un entramado de funciones que, a pesar de su aparente incoherencia, exhiben una diferenciación operativa significativa. Se identifica, por ejemplo, al Dibujito de luz, cuyo rol afectivo busca crear lazos de pertenencia; al Dibujito inconexo, que opera por disrupción aleatoria, y al Dibujito oscuro, dotado de habilidades técnicas sofisticadas, capaz de intervenir en eventos como el hackeo a la Municipalidad de Arequipa en 2020. Esta taxonomía funcional, aunque fluida, sugiere la existencia de una organización no explícita, extrapolítica y situada fuera de las coordenadas clásicas de militancia.

El continuo vaivén entre caos y representación, entre burla y gesto simbólicamente agresivo, da forma a una cultura que no responde a los valores de orden y normatividad, sino a una lógica interna que podríamos denominar racionalidad del desorden. No se trata simplemente de una festividad subversiva sin consecuencias, sino de una anticonducta en el sentido foucaultiano (Foucault, 2009), en la cual el exceso y la desmesura no son fallas del sistema simbólico sino precisamente sus modos de operar. El “chongo”, como categoría de lo escandaloso y lo risible, funciona no solo como manifestación cultural, sino como estrategia de intervención en la lógica misma del discurso público.

Los Dibujitos no solo narran, sino que alteran la narración. En un ecosistema mediático donde la velocidad narrativa supera la posibilidad de verificación, el avatar resulta más eficaz que el vocero. La estrategia del shitposting, la edición irónica, y las campañas de troleo constituyen mecanismos que reorganizan el flujo de sentido. La risa, en tal marco, no implica evasión ni banalidad, sino forma de enfrentamiento. La risa no elude el conflicto, lo intensifica.

La influencia simbólica de los Dibujitos no ha pasado desapercibida para las estructuras formales de poder. El caso del alcalde Franco Vidal, de Ate, cuya presencia mediática remite claramente al repertorio Dibujito, plantea interrogantes sobre las formas emergentes de autoridad. Su accionar digital, performático y ambivalente, lejos de restarle legitimidad, parece dotarlo de una suerte de carisma afectivo, fundado no en la coherencia programática sino en la resonancia estética. La pregunta que de ello se deriva, inevitable, es si el caos puede constituirse en fundamento de autoridad.

Esa misma pregunta nos sitúa ante un dilema: la posibilidad de que lo que inicialmente fue una crítica radical sea absorbido por la lógica del espectáculo o la automatización. Si los Dibujitos pueden ser replicados por inteligencias artificiales, bots o generadores de contenido, entonces se abre la posibilidad de una saturación simbólica que anule su efecto político. Cuando la repetición vacía el contenido, la crítica corre el riesgo de convertirse en ruido.

La interrogante final no remite solamente a los Dibujitos como sujetos, sino también a su capacidad de agencia: ¿seguirán operando como dispositivos críticos, o serán desplazados por dinámicas automatizadas que imitan su estética sin comprender su política? La frontera entre sátira y desinformación, entre performance y simulacro, es cada vez más frágil. Lo que el fenómeno encarna es una tensión propia de la modernidad tardía: habitar el simulacro para decir lo real, ejercer poder desde lo periférico, sostener una voz sin rostro en un mundo que duda de todas las voces.

Desde ese punto de vista, el Dibujito debe ser leído no tanto como una anomalía, sino como una figura sintomática del momento histórico. No representa solo una máscara, sino una forma radical de habitar el espacio público colonizado por algoritmos y desconfianza. Su ambivalencia revela tanto la crisis de la representación como el poder latente de lo risible. Comprender su dinámica requiere una epistemología situada, que no se limite a observar desde fuera, sino que se deje afectar por el fenómeno.

Lo que los Dibujitos ponen en evidencia es que las nuevas formas de agencia política escapan a las coordenadas convencionales de identidad, liderazgo o institucionalidad. Su modo de operar, marcado por el anonimato, la ironía y la performatividad, desafía las bases mismas de la teoría política clásica. Entender su potencia exige desarticular el paradigma de la representación y construir marcos analíticos que puedan dar cuenta de formas emergentes de acción colectiva que se despliegan en y desde lo digital. Esta necesidad de nuevos lentes analíticos no es simplemente una cuestión académica, sino una urgencia para comprender el presente.

Ruptura epistemológica: Desafiando las categorías clásicas de la sociología política

Comprender lo que involucra la agencia política en un entorno digitalizado, que no solamente se transforma de manera acelerada sino también descompone las lógicas heredadas, implica necesariamente que se realice una ruptura epistemológica, aunque no definitiva sino más bien problematizadora, respecto de los marcos que, desde tiempos fundacionales, sostuvieron la sociología política clásica. Las categorías tradicionales como la identidad, el liderazgo carismático o racional-legal y la representación política de tipo formal, si bien fueron centrales, hoy se perciben cada vez más como esquemas insuficientes y limitantes, incapaces de aprehender las dinámicas actuales, dinámicas nuevas que no se articulan del mismo modo.

El caso peruano conocido como Dibujitos, revela formas colectivas de acción que, sin apelar a lo institucional, se constituyen dentro de parámetros como la anonimidad, la afectividad emocional y una performatividad que subvierte la norma representacional. No habría que cancelar la tradición, por el contrario, sino que se propone revisarla con ojo crítico, tensarla hasta donde resista y, llegado el momento, si hiciera falta, entonces superarla en algunos aspectos.

Lo que la teoría social ha hecho históricamente, desde sus formulaciones más estructuradas, ha sido privilegiar una concepción bastante instrumental de la acción política, como si todo actor político actuara exclusivamente por la obtención de objetivos. Desde Weber (1978), con su énfasis en la racionalidad orientada a fines, hasta Coleman (1990), con su marco de decisión racional, ha prevalecido esta idea de una agencia calculada. Aunque dicho marco resulta útil en determinados contextos estructurados e institucionalizados, lo cierto es que frente a las dinámicas digitales emergentes, las cuales privilegian el afecto, la espontaneidad improvisada, el humor a veces absurdo o la ironía sin dirección clara, sus explicaciones resultan claramente limitadas. Tilly (2004), al introducir la noción de repertorios de contienda, reconoció, aunque no en toda su extensión, que la acción colectiva tenía componentes simbólicos. Sin embargo, la magnitud, la frecuencia y la velocidad con la que estos elementos hoy se despliegan exige, requiere, incluso impone, una reconceptualización de fondo y no sólo de forma.

La noción de acción prefigurativa, desarrollada por Melucci (1996), adquiere en este escenario digital una centralidad que no puede ser ignorada. Lo que esta forma de agencia busca, en el fondo, no es alcanzar un objetivo pragmático o político exterior, sino encarnar desde ya aquellos valores que se consideran deseables para un futuro colectivo posible, como si se tratara de un ensayo que es a la vez político, ético y estético. En lo digital, estas prácticas se dispersan sin un centro conductor, viralizan sin una firma de autoría clara y conmueven, paradójicamente, sin que haya necesariamente un discurso ideológico estructurado detrás. Gerbaudo (2012) lo define como una performance comunicativa en la cual la emoción se convierte en el lenguaje mismo de lo político, y el afecto en el vínculo que lo sostiene.

El desplazamiento desde una racionalidad estratégica hacia una performatividad emocional no sólo implica una transformación de las formas de hacer política, sino también plantea una crítica de fondo a la política del reconocimiento tal como fue concebida desde perspectivas identitarias. Young (1990) y Taylor (1994) insistieron en que la visibilidad era una condición indispensable para la legitimidad política. Sin embargo, cuando lo que se pone en juego es una forma de agencia que opera desde el anonimato, el imperativo de mostrarse colisiona con la táctica de esconderse. Butler (1990), (2004), al concebir el sujeto como resultado iterativo de actos performativos y no como una entidad estable o preconstituida, abre una vía para pensar la política no desde un “quién” fijo, sino desde una serie de actos que interrumpen el orden, desordenan lo sensible e irrumpen en lo que parecía establecido.

Este giro encuentra resonancia en Rancière (1999), quien argumenta que la política, más que gestionar consensos, se activa allí donde el disenso emerge desde los cuerpos que no tienen parte en la distribución de lo sensible. En tal sentido, se puede pensar una política que no aspire a la visibilidad como validación, sino que desde el margen actúa, se articula y perturba. Una agencia sin rostro, pero cargada de efectos.

Por su parte, lo colectivo en este nuevo entorno ya no responde de forma directa o equivalente a los modelos organizativos tradicionales, en los cuales la centralidad del liderazgo era una condición de posibilidad para la acción política efectiva. La figura del líder carismático que Weber (1978) conceptualizó pierde vigencia frente a prácticas donde el liderazgo se torna algo efímero, situado y a menudo prescindible. Shirky (2008) introdujo la idea de organización sin organizaciones, mientras que Hardt y Negri (2004) propusieron el concepto de enjambre, una multiplicidad operando sin jerarquía visible. La eficacia política en tales casos no se deriva de una estructura, sino de la coordinación afectiva entre múltiples nodos.

No se trataría entonces de una colectividad definida ni institucionalizada, sino de comunidades cuya afectividad compartida se activa espontáneamente, incluso sin necesidad de un “nosotros” explícito. Deleuze y Guattari (1987) ofrecen con su noción de rizoma una imagen particularmente sugerente, en la cual los vínculos no se estructuran jerárquicamente, sino que se conectan de modo transitorio y fragmentario. Castells (2012), por su parte, ha mostrado cómo estas redes, aun cuando carezcan de una representación formal clásica, logran generar poder, sentido compartido y acción política colectiva. Se configura aquí una política rizomática, donde la pertenencia se construye a partir de la agencia y no al revés.

Desde esa perspectiva, el anonimato ya no puede ser considerado como un déficit, sino que aparece como una estrategia deliberada. James Scott (1990), al hablar de los hidden transcripts, propuso que la resistencia muchas veces se articula desde lo no dicho o lo dicho en privado. En el entorno digital, estos discursos ocultos pueden volverse públicos sin necesidad de una identificación clara, lo cual rompe con las lógicas de la transparencia y la rendición de cuentas individual. Coleman (2015) estudia el caso de Anonymous como una forma de visibilidad sin rostro que desarma los mecanismos de vigilancia y opone a la identificación obligatoria una anonimidad militante.

En ese marco, el meme se convierte en herramienta de una desobediencia simbólica que no por ser lúdica pierde potencia. Gracias a su ambigüedad y plasticidad, su capacidad para combinar humor con crítica política se transforma en un artefacto desde el cual subvertir los lenguajes dominantes. Su eficacia reside en esa mezcla entre lo irónico y lo devastador, entre lo cómico y lo político. Papacharissi (2014) define estos espacios como affective publics, en los que la emoción articula formas novedosas de deliberación. Shifman (2013), a su vez, los interpreta como prácticas culturales participativas, en las cuales la parodia, el humor y el absurdo son también, y con todo derecho, expresión política.

Ahora bien, pensar que la horizontalidad organizativa, el afecto como motor principal y el anonimato como herramienta puedan representar una política “menor” es subestimar los efectos que producen. La crítica, en todo caso, debería dirigirse no a estas prácticas emergentes, sino a la insistencia en analizarlas mediante categorías conceptuales que ya no les hacen justicia. Frente a una constelación digital marcada por códigos fragmentarios, imágenes estéticas y relaciones inestables, urge repensar de forma profunda lo que entendemos por acción colectiva, por comunidad política o por responsabilidad pública.

La ruptura epistemológica que se propone aquí, lejos de clausurar el campo de la sociología política, apunta a su revitalización. Fenómenos como los Dibujitos, junto con múltiples colectivos sin identidad visible, no representan una anomalía, sino una transformación radical en los modos de hacer política. Una transformación que escapa a la identidad, al liderazgo como centralidad, a la representación como necesidad, y que abre paso a una política sin sujeto fijo, sin rostro identificable y sin centro organizativo, pero que, no obstante, está cargada de agencia, de potencia y de posibilidad histórica.

Reconceptualización de la esfera pública digital

La profunda mutación, que ha sido provocada, o más bien acelerada, por la creciente y expansiva proliferación de los entornos digitales, plantea una seria y tal vez ineludible interrogación respecto de la continuidad histórica de ciertas categorías fundacionales sobre las cuales, durante siglos, se ha articulado la teoría política de cuño moderno. En esta circunstancia, se hace difícil sostener, sin incurrir en simplificaciones problemáticas, la idea según la cual la esfera pública se configuraría como un espacio único, uniforme, e inherentemente racional, destinado a la deliberación discursiva de los sujetos reconocidos, que son, o eran, los inscritos formalmente en el marco de instituciones legitimadas. Dicho marco, por tanto, se ve ahora desplazado por modalidades de politicidad, si se quiere, de politicidad digital, en las cuales lo simbólico, lo afectivo, y la disolución de la identidad en lo anónimo, constituyen vectores que reordenan, o al menos reconfiguran, la cartografía de lo político contemporáneo, cuya topología escapa a las herramientas analíticas tradicionales.

El modelo deliberativo que Habermas expuso (1992), al cual se le ha conferido el estatus de fundamento normativo para la democracia liberal, parte de una concepción comunicativa de la racionalidad orientada al consenso, lo cual, sin embargo, excluye sistemáticamente dimensiones no discursivas, como lo emocional, lo somático o incluso lo disonante. Esto, que ya había sido advertido por Fraser (1990), no constituye únicamente una falla teórica, sino que implica una reproducción de exclusiones sociales bajo la fachada, bastante eficaz, de una pretendida neutralidad epistémica. La politicidad actual, por contraste, se inscribe en lógicas de afectividad, de actuación performativa y de temporalidades que no obedecen a un patrón estable, ni a un relato continuo, sino a una fluidez que escapa al canon normativo habermasiano, cuyo anclaje en la Ilustración se hace cada vez más frágil.

En este horizonte, Papacharissi (2014), al reconocer las limitaciones del paradigma clásico, propone una noción alternativa: la de affective publics, que consistiría, o mejor dicho, se conformaría por colectivos no estables, cuya cohesión no deriva de argumentos racionales ni de procedimientos deliberativos, sino que está basada en una circulación afectiva de experiencias, emociones, imágenes compartidas y pulsiones digitales. Estos públicos no buscan el consenso como horizonte teleológico, sino que se activan, se movilizan, se disuelven incluso, en torno a eventos significativos o estímulos virales. Una lógica que encuentra resonancia en Butler (2004) y Dean (2009), quienes, desde perspectivas distintas, han abordado la dimensión performativa de lo político, en la cual los actos simbólicos y afectivos sustituyen, o desplazan, la necesidad de representación estable o de articulación discursiva coherente.

Así entonces, en lugar de consolidar una esfera deliberativa regulada por normas de urbanidad comunicativa, el entorno digital engendra un espacio de antagonismo, donde los códigos tradicionales del civismo pierden operatividad y, en muchas ocasiones, se tornan incluso irrelevantes. Aunque Sunstein (2001) ha insistido en preservar una ética comunicacional, sus recomendaciones, por no decir sus advertencias, parecen ajenas a las dinámicas digitales actuales. Fenómenos como el shitposting, el trolling o la producción masiva de memes, prácticas que usualmente son interpretadas como patologías del espacio público, constituyen, más bien, modalidades legítimas de intervención política. Tal como Rancière (1999) lo articuló, el disenso no representa una falla de racionalidad, sino que constituye, más bien, el núcleo mismo de lo político. Aquello que bajo una lógica normativa aparece como ruido, puede ser, desde una perspectiva más abierta a lo simbólico, una interrupción profundamente significativa.

En este contexto, el humor no solo se despliega como un recurso expresivo o un simple adorno discursivo, sino que opera como una táctica crítica con eficacia simbólica concreta. Bourdieu (1986), al definir el capital simbólico como un recurso que confiere legitimidad, permite entender cómo, en la digitalidad, dicho capital se actualiza mediante el humor, convirtiéndose en una forma de subversión, de desacralización de lo solemne. En ese sentido, Bakhtin (2009), quien estudió las lógicas carnavalescas, demostró cómo el humor puede funcionar como una inversión del orden simbólico establecido. Hoy, esto se observa en fenómenos como el deep-fake satírico, las cuentas paródicas o las intervenciones irónicas que apelan a la resonancia emocional antes que a la lógica argumentativa.

Simultáneamente, la performatividad digital se manifiesta como una estrategia de desidentificación, no siempre consciente, pero sí eficaz. Muñoz (1999) elaboró una lectura política de la desidentificación como reapropiación crítica de signos dominantes desde posiciones marginales. Esta lectura resulta particularmente útil para interpretar prácticas digitales que consisten en la distorsión, remediación o incluso vaciamiento del lenguaje institucional. En tales casos, el anonimato y la máscara no son obstáculos para la agencia, sino condiciones mismas de posibilidad. Parodiar el discurso hegemónico desde la disolución del sujeto no anula su potencia crítica, sino que la multiplica.

Dicha forma de agencia entra en tensión con la concepción clásica de legitimidad enunciada por Weber (1978), quien, como es sabido, identificó tres formas de autoridad: legal, carismática y tradicional. En cambio, dentro de los márgenes de la digitalidad contemporánea, la autoridad puede emanar, paradójicamente, de una imagen viral sin autoría, de una secuencia sin firma, o de una comunidad afectiva sin rostro visible. García Canclini (2020), en su análisis, caracteriza esta transformación como una hibridación entre consumo cultural y cultura política, en la cual las lógicas del espectáculo, de la ironía y de la estetización de lo político no implican necesariamente una trivialización, sino una mutación de sus formas expresivas.

Colectivos como Anonymous, estudiados en detalle por Coleman (2015), ejemplifican esta lógica rizomática, es decir, no jerárquica, no centralizada, y sin identidad común predefinida. Esta estructura, que Deleuze y Guattari (1987) conceptualizaron mediante la figura del rizoma, no se desarrolla por subordinación o jerarquía, sino por conexión múltiple y expansión reticular. Estos counterpublics, como fueron denominados por Fraser (1990) y Warner (2002), no buscan integrarse al espacio público tradicional, sino que generan espacios propios, fragmentarios, efímeros y deliberadamente disidentes.

La política rizomática encuentra su fundamento en el anonimato como ética de intervención. Lo cual, lejos de constituir un obstáculo para la responsabilidad, puede entenderse como una respuesta táctica frente a regímenes de vigilancia y control. Scott (1990), al conceptualizar los hidden transcripts, mostró cómo las formas de resistencia pueden operar fuera del campo visual del poder. En el espacio digital, dichos discursos se tornan públicos sin tener que asumir una identidad particular. Coleman (2015) y Lovink (2019) han denominado esta modalidad como visibilidad sin rostro, una forma de aparición política que no se somete a las lógicas de representación tradicionales.

A pesar de todo ello, surgen dilemas difíciles de resolver. ¿De qué manera es posible pensar la accountability en ausencia de sujetos identificables? La tradición moderna, desde Taylor (1992) hasta Young (1990), ha vinculado inextricablemente la responsabilidad política a la identidad personal, lo cual se ve desafiado por formas de acción anónima que no presentan un emisor claro ni una intención firmada. Las campañas virales sin autoría explícita y las filtraciones sin firma obligan a repensar el nexo entre visibilidad y responsabilidad.

En paralelo, el concepto de representación también se ve alterado de manera significativa. Pitkin (1967) y Urbinati (2006), al desarrollar sus teorías sobre la representación política, partieron de una relación estable entre representados y representantes. Sin embargo, en los entornos digitales, tal relación se vuelve contingente, emocional y fugaz. Laclau y Mouffe (1987), ya en su momento, ofrecieron una visión alternativa en la cual las identidades políticas se constituyen en torno a demandas móviles. Berlant (2011) radicaliza esta perspectiva al proponer la idea de una representación sin representación, donde lo político se articula desde la multiplicidad, la contradicción y la opacidad, desafiando cualquier pretensión de transparencia total.

No se trata de anomalías que deben ser corregidas, sino de transformaciones estructurales que reconfiguran el modo mismo en que lo político se produce, se comunica y se disputa. Por lo tanto, la esfera pública digital no puede comprenderse bajo las categorías analíticas de la modernidad ilustrada, cuyos marcos normativos se ven desbordados por nuevas formas de subjetividad, por prácticas liminales y por estéticas del disenso. La tarea, entonces, no se limita a describir lo novedoso, sino a forjar herramientas conceptuales capaces de pensar la complejidad sin aplanarla. En efecto, resulta urgente una sociología política que sea proporcional, en su agudeza crítica, a las fracturas del presente.

3.- METODOLOGÍA

La investigación que aquí se presenta adopta un diseño metodológico de carácter crítico-teórico, cuyo enfoque se inscribe en una revisión conceptual integrativa, enmarcada en los lineamientos propuestos por Grant y Booth (2009), lo cual permite atender la necesidad de sintetizar y reformular constructos teóricos emergentes, cuya presencia resulta particularmente densa en fenómenos que desbordan marcos analíticos consolidados, por lo cual su reconceptualización resulta imperativa (Torraco, 2005, 2016), la cual ha sido concebida para responder a la complejidad estructural que presentan los procesos de agencia política digital, cuya naturaleza escapa a los moldes disciplinarios tradicionales, situación que no solamente complica, sino que también enriquece la exploración teórica.

En función de lo anterior, el proceso analítico se estructuró según una secuencia de fases recursivas, organizadas con base en el modelo formulado por Webster y Watson (2002), en el cual se destaca una lógica de iteración como fundamento de una rigurosidad conceptual no exenta de ambigüedades operativas. Lo que se realizó en la primera fase fue un mapeo sistemático de corpus teóricos cuya pertenencia a tres dominios conceptuales interrelacionados resulta crucial: las teorías clásicas sobre acción colectiva y movimientos sociales, los estudios contemporáneos vinculados con cultura digital y agencia en red, y, finalmente, las aproximaciones críticas que problematizan la esfera pública en conexión con la democracia digital. Tales categorías, que no pueden ser pensadas como compartimentos estancos, fueron abordadas de forma entrelazada, en la medida en que la triangulación teórica se vuelve una necesidad, y no un lujo, cuando el fenómeno en cuestión rebasa los marcos teóricos preexistentes (Cooper, 1988).

La selección del material teórico, además de haber sido guiada por la relevancia conceptual, también estuvo condicionada por el impacto académico y por una evaluación temporal de su pertinencia, cuyos criterios, si bien definidos, no pueden considerarse inmunes a las tensiones propias del campo. Lo que se aplicó fue una estrategia conocida como “bola de nieve conceptual” (Paré et al., 2015), en la cual, comenzando con textos que se consideran fundacionales, se fueron identificando genealogías discursivas que delinean, más que develan, los vacíos y tensiones presentes en la literatura disponible. Esa forma genealógica de exploración no solo traza cartografías del saber, sino que también habilita un marco desde el cual pueden percibirse las fracturas epistemológicas que, en muchos casos, han sido invisibilizadas o tratadas de modo marginal.

Durante la segunda fase, el análisis se volcó hacia una lectura crítica-interpretativa de las fuentes seleccionadas, recurriendo a técnicas que son propias de las revisiones conceptuales integrativas (Snyder, 2019), aunque no siempre se aplican con suficiente atención a sus implicancias epistemológicas. No se trató meramente de comparar o describir teorías, sino más bien de identificar aquellas premisas ontológicas y epistemológicas subyacentes, cuyas limitaciones para comprender nuevas formas de politicidad digital justifican la emergencia de un aparato conceptual distinto. En este ejercicio, el razonamiento abductivo sirvió como motor dialéctico, y permitió transitar entre teoría y fenómeno sin anclar del todo la lectura en ninguno de los dos polos (Tavory y Timmermans, 2014), lo cual genera una dinámica interpretativa que no siempre es lineal ni transparente.

El rigor y la confiabilidad de lo que podría ser denominado el proceso de interpretación fueron asegurados mediante procedimientos inspirados en estándares de calidad propios de la investigación conceptual. En función de los aportes de Booth et al. (2016)), se implementaron auditorías de naturaleza conceptual, documentando sistemáticamente tanto la selección de fuentes como la lógica detrás de las decisiones interpretativas. A su vez, la triangulación teórica se propuso como un mecanismo para ampliar los márgenes de validación, sin que ello implique una neutralización de las tensiones epistemológicas. En este mismo proceso, y no de manera aislada, se adoptó el principio de saturación teórica (Saunders et al., 2018), que consistió en extender el análisis hasta que se percibió que no surgían nuevas dimensiones conceptuales, al menos no de modo evidente ni persistente.

La tercera fase estuvo dedicada a la construcción de un marco conceptual de carácter integrador, que tuviera como objetivo articular las dimensiones hasta entonces identificadas. Para lo cual, se retomaron los lineamientos de Jaakkola (2020), quien propone una serie de principios destinados al desarrollo conceptual riguroso, como son la identificación explícita de conceptos nodales, la clarificación de sus condiciones de aplicabilidad, y la articulación con debates teóricos preexistentes, aunque no siempre claramente delimitados. Esta construcción no aspiró a ser una mera síntesis acumulativa, ya que lo que se pretendió fue generar un dispositivo analítico nuevo, uno que pudiera iluminar zonas oscuras de un fenómeno que permanece, en gran parte, inexplorado por marcos tradicionales.

Una dimensión metodológica de particular importancia se refiere a la incorporación del caso de los Dibujitos en Perú, cuya función no fue la de constituir un objeto de análisis empírico exhaustivo, sino la de actuar como catalizador heurístico y como ejemplo paradigmático. En tal sentido, su inclusión no responde a una lógica de estudio de caso convencional, sino a una estrategia de teorización anclada, entendida según lo propuesto por Thornberg y Charmaz (2014), quienes conciben los casos concretos no como datos en bruto, sino como plataformas desde las cuales pensar teóricamente de forma situada. Esta operación, sin embargo, exige una actitud de escucha conceptual que no siempre se encuentra disponible en las ciencias sociales.

La reflexividad, concebida como postura epistemológica, atraviesa todo el proceso investigativo. Bajo la influencia de Bourdieu et al. (1991), se incorporaron prácticas de vigilancia epistemológica que buscan desnaturalizar los supuestos del investigador, al tiempo que abren la posibilidad de incorporar formas de conocimiento marginalizadas o subalternizadas, lo cual resulta fundamental al analizar colectivos digitales anónimos, cuya organización escapa a los cánones de inteligibilidad académica. Esa vigilancia, en su despliegue, no impide la teorización, sino que la condiciona hacia formas más responsables, aunque no necesariamente más cómodas.

El rigor metodológico, que se ha intentado sostener a lo largo del texto, descansa tanto en la sistematicidad del proceso como en la transparencia que rige la presentación de los procedimientos empleados. Se ha documentado con exhaustividad cada fase del análisis, no sólo como garantía de replicabilidad, sino como parte de una ética investigativa que reconoce el carácter siempre provisional, y a menudo contestable, de toda formulación teórica. En contextos donde la agencia política digital se encuentra en plena mutación, resulta particularmente urgente reconocer que lo teórico no está terminado nunca, sino siempre en proceso.

4.- RESULTADOS

Performatividad conectiva: límites del modelo connectivist vs collectivist

Comprender, en toda su densidad y no sin dificultades interpretativas, las transformaciones que han ido produciéndose, aunque no siempre de forma lineal, en los modos mediante los cuales se articula la acción colectiva contemporánea, implica, y esto no debe ser minimizado, una toma de distancia, más o menos consciente, respecto de aquellas tipologías que, por largo tiempo y con notable persistencia, han gobernado las estructuras categoriales dominantes dentro de la teoría sociológica. El entorno digital, con sus ritmos inestables, introdujo una heterogeneidad que, al insertarse en los repertorios ya existentes, produjo una especie de desplazamiento, de superposición incluso, al punto que la distinción entre lo público y lo privado, que antes se consideraba más o menos clara, ahora parece volverse porosa, a veces incluso ilusoria, al igual que las fronteras que solían separar lo político de lo estético y lo estratégico de lo afectivo.

De este modo, lo que resulta claro, aunque no por ello menos problemático, es que los marcos analíticos heredados, aquellos que con frecuencia se han anclado en la oposición entre acción colectiva y acción conectiva, comienzan a evidenciar sus límites. La sola sustitución de categorías, por mucho que se realice con rigor terminológico, no logra capturar la complejidad de fondo que subyace a los desplazamientos, más bien subterráneos, que vienen reconfigurando la agencia en red, una agencia que, muchas veces, y no sin ambigüedad, es ejercida por sujetos cuyas identidades tienden a la volatilidad, a la elusión de lo permanente, o incluso al juego irónico con las formas institucionalizadas del reconocimiento.

Bennett y Segerberg (2012), en un intento que resultó especialmente útil para describir ciertos fenómenos que empezaban a emerger con fuerza en aquel momento, propusieron una distinción entre collective action, propia de movimientos sociales clásicos, con estructuras más o menos jerarquizadas y con identidades que podían reconocerse como compartidas, y connective action, la cual se basaba, según los autores, en la personalización del compromiso político a través del uso de tecnologías digitales que habilitan formas de organización marcadamente horizontales. Esta segunda categoría fue particularmente esclarecedora para el análisis de experiencias como Occupy Wall Street o el 15M. Sin embargo, lo que se observa ahora, y no sin perplejidad, es que la dicotomía resulta limitada para abordar las dimensiones expresivas, estéticas y afectivas, todas ellas entrelazadas, que tiñen las prácticas de acción contemporánea. La conectividad técnica, siendo necesaria, no se puede, de ninguna manera, erigir como principio explicativo suficiente, ya que lo simbólico, y también lo expresivo, han venido adquiriendo, con fuerza creciente, un lugar central, incluso estructurante, en la práctica política digital.

Dada esta insuficiencia, se propone, sin ánimo de clausurar otras perspectivas, pero con intención de abrir nuevas líneas analíticas, la noción de acción colectiva performativa. Esta categoría no tiene la intención de reemplazar a las anteriores, aunque a veces podría parecerlo, sino más bien busca complementarlas desde una mirada que privilegie la dramaturgia de lo político en cuanto fenómeno que, además de ser expresivo, es situado y muchas veces escapa a los marcos de lo estructural. La performatividad, entonces, no debe ser entendida como mero estilo o modo de enunciación, sino como forma de presencia que, si bien puede ser rastreada en prácticas políticas previas, ha cobrado, a raíz del entorno digital, una intensidad que exige atención renovada, incluso urgente.

Una primera característica, y tal vez la más sintomática, de la acción colectiva performativa es la dispersión de la identidad, cuya lógica ya no responde a la unificación ni a la búsqueda de una coherencia estable. Más bien, lo que se observa es un juego constante con el anonimato, con la fluidez de los posicionamientos del yo, con una multiplicidad que no pretende ser resuelta en una síntesis. Judith Butler (1990) sugiere que la identidad, más que una esencia, es efecto de una repetición performativa, mientras que Erving Goffman (1959) había examinado el carácter escénico del yo en sus interacciones. En el contexto digital, tales intuiciones alcanzan un nuevo grado de radicalización: la identidad no solo se simula, sino que se programa, se diseña como interfaz. No se trata, por tanto, de esconderse detrás de una máscara, sino de habitar la máscara como espacio de agencia posible, donde el seudónimo, el avatar o la multiplicidad de perfiles no son ocultaciones, sino condiciones habilitantes para una subjetividad desanclada de la unidad ontológica.

A lo anterior, que ya implica una ruptura importante, se suma un segundo rasgo, no menos decisivo: la desinstitucionalización de la convocatoria. Si antes los partidos, los sindicatos o los movimientos se concebían como instancias organizadoras, ahora lo que prolifera son formas de convocatoria que se movilizan desde afectos, desde resonancias emocionales, no necesariamente articuladas desde ideologías. Gerbaudo (2012) analiza cómo las redes sociales, al actuar como dispositivos de afectación colectiva, permiten la creación de lo que denomina “coreografías emocionales”, escenas móviles en las cuales los cuerpos se articulan no a partir de una doctrina común, sino desde afectos, a veces muy primarios, que generan atmósferas de participación. Estas coreografías, que se ensamblan con una lógica que escapa a la centralidad tradicional, pueden intensificarse y luego disiparse sin que medie estructura formal alguna.

Un tercer aspecto crucial, aunque a menudo no suficientemente tematizado, es la centralidad de lo estético en tanto dispositivo de acción. En un contexto saturado por estímulos, en el cual la atención se convierte en un bien escaso y en disputa, lo visual, lo sonoro y lo narrativo no actúan como adornos, sino como elementos estructurantes del acontecimiento político. Papacharissi (2014) insiste, con argumentos sólidos, en que lo político y lo estético no pueden pensarse como esferas separadas, particularmente en la esfera digital, donde la expresión se realiza, antes que, por medio de programas ideológicos, mediante signos, imágenes, performances breves y memes. La acción, en este nuevo régimen de visibilidad, se comunica por medio de hashtags poéticos o composiciones visuales de impacto, más que por la lógica discursiva tradicional.

Las tres dimensiones mencionadas, que no deben pensarse como aisladas, sino como elementos que se entrecruzan constantemente, configuran una forma de acción cuyo objetivo no parece ser la institucionalización, ni siquiera la construcción de una comunidad estable. Más bien, lo que define su fuerza es la capacidad de irrumpir, de dramatizar con intensidad momentánea, de producir significados que, aunque efímeros, logran interrumpir los modos clásicos de entender lo político. Resulta sintomático que muchas de estas acciones no posean continuidad en el tiempo ni persigan eficacia según criterios institucionales. Su éxito, si así puede decirse, se mide desde parámetros distintos: irrupción, viralidad, resonancia.

Lo lúdico, en este esquema, no actúa como evasión, sino como forma peculiar de resistencia. En la digitalidad, las distinciones tradicionales entre lo serio y lo cómico se disuelven, lo que abre la posibilidad de que el humor, la parodia y la ironía se activen como potentes herramientas políticas. Raunig (20079, así como Berg y Pettersson (2022)), a través del concepto de playful resistance, identifican prácticas que, sin confrontar de manera directa, descomponen y parodian las gramáticas dominantes, transformando al adversario en objeto de risa. Lo que aquí aparece no es tanto una crítica racionalizada, sino una crítica encarnada en gestos irónicos que desarticulan la autoridad simbólica del enemigo.

Desde una lectura inspirada en Foucault, se puede pensar que estas prácticas constituyen formas de anticonducta, según el sentido que da el autor en sus conferencias de 2007, es decir, maneras de subjetivación que se sustraen de los regímenes normativos. El juego, por tanto, no sería solo una forma cultural, sino una tecnología política. Goriunova (201)3 habla de disruption aesthetics, una estética que no busca persuadir ni representar, sino más bien interrumpir, provocar incomodidad, abrir grietas. El shitposting, así como los videojuegos modificados con intención crítica, encarnan una forma de intervención que es fragmentaria, creativa y que rehúye los formatos tradicionales de la politización.

En estas formas, tan disímiles como sintomáticas, puede advertirse un giro profundo, un cambio radical incluso, en los modos de aprender y ejercer lo político. Ya no se trata, como antaño, de militar en una organización o de adherir a una línea programática. Ahora, la politización ocurre a través del juego, por contacto, por contagio afectivo. Se aprende política remixando, interviniendo, creando imágenes virales. La acción no es la consecuencia de una reflexión previa, sino que, muchas veces, es su punto de partida.

No obstante, esta reapropiación lúdica del espacio digital no está libre de ambivalencias. Puede ser cooptada, volverse reaccionaria, o incluso reproducir violencia simbólica. Pero precisamente en esa ambigüedad reside su fuerza crítica. Es desde esa inestabilidad que la acción colectiva performativa logra desestabilizar las formas instituidas de lo político, abriendo nuevas posibilidades para pensar y ejercer lo común. No considerar estas prácticas equivaldría a cerrar los ojos frente a las mutaciones más vivas de lo político. En ellas se está jugando, literalmente, la reconfiguración del vínculo entre estética, afecto y agencia, lo que obliga a repensar, con toda seriedad, qué significa hoy actuar políticamente.

Ciudadanía post-westfaliana: del citizen al netizen

Durante las últimas décadas, si es que no incluso antes, aunque de forma menos visible, lo que ha ocurrido con los medios de comunicación, con los regímenes de visibilidad y con las formas contemporáneas de acción política, ha consistido en un proceso de transformación que no solo ha sido acelerado, sino también de carácter estructural. Esta transformación, lejos de presentarse como una simple evolución interna o como un ajuste técnico de mecanismos institucionales preexistentes, ha erosionado, hasta hacerla casi irreconocible, la idea moderna de ciudadanía, cuyo fundamento en el Estado-nación de inspiración westfaliana ya no resulta suficiente, ni eficaz, ni siquiera pertinente en muchos casos. La crisis, más que episódica o de representación circunstancial, se perfila como un quiebre ontológico, un desplazamiento en el nivel del ser, en cuanto a lo que significa, o podría llegar a significar, el ser ciudadano en un mundo que, con cada vez más frecuencia, se constituye sobre plataformas transnacionales, redes fluidas, anonimatos operativos y flujos de información, afectividad y agencia, que no conocen fronteras, ni las reconocen.

El modelo canónico articulado por Marshall y Bottomore (1992), en el cual se establecía una progresión de derechos ,civiles, políticos, sociales, arraigados en un sujeto legalmente identificado, domiciliado y regulado dentro del marco nacional, ofrecía un relato de inclusión cuya linealidad ya no se sostiene. En aquel marco, el ciudadano era, por definición, un sujeto localizado en una territorialidad concreta, un individuo cuya existencia política estaba vinculada, más allá de sus deseos o de sus acciones, a un aparato estatal que lo nombraba, lo documentaba, lo controlaba. Incluso en aquellas teorías que buscaron complejizar esa relación, como la genealogía del ser político trazada por Isin (2002), no se renunció del todo a la premisa de que la ciudadanía debía ser pensada en relación con el Estado. Así, la política continuaba, incluso en sus formas más críticas, encerrada dentro de los límites del contenedor nacional.

La emergencia de lo digital, sin embargo, ha desarticulado esa configuración en modos que, por momentos, desafían la inteligibilidad de los propios conceptos con los que se intentan describir. La figura del netizen, en apariencia un término trivial, remite no solo a un usuario activo de internet, sino a una subjetividad política en proceso de redefinición, la cual ya no encuentra su legitimidad ni en el derecho, ni en el territorio, ni en la pertenencia administrativa. A lo que Deleuze y Guattari (19879 denominaron "nomadismo", se le reconoce ahora un valor operativo, no meramente metafórico, pues los sujetos digitales se desplazan sin cesar entre posiciones simbólicas, técnicas y afectivas, en muchas ocasiones simultáneamente, aunque sin necesidad de fijarse ni reconocerse en una identidad única o permanente. Este nomadismo no constituye una excepción, sino una forma emergente de agencia política. En vez de responder a la lógica arbórea de una genealogía establecida, estos sujetos siguen la lógica del rizoma, que prolifera sin jerarquías ni centros.

Castells (2007) ha descrito el ciberespacio como un nuevo escenario de confrontación por el poder. No es un espacio físico ni topológicamente delimitado, sino una trama en la cual se entrelazan relaciones simbólicas, informacionales y afectivas que operan con reglas propias, en ocasiones incluso ininteligibles desde el punto de vista de la racionalidad institucional clásica. En este entorno, las formas tradicionales de autoridad, representación o convocatoria se ven trastocadas por dinámicas impredecibles como los hashtags, los memes, las plataformas, los algoritmos, cuyas reglas de funcionamiento no responden a los principios de transparencia ni de responsabilidad personal. La ciudadanía se vuelve, por tanto, una práctica contingente, intermitente, cuya validez se define por la capacidad de participar en flujos, alterarlos, dejarse afectar por ellos o incluso reapropiarse de sus sentidos. La nación ya no delimita el espacio de lo político.

Pero el desplazamiento no es únicamente espacial. Implica, además, una mutación en las formas de rendición de cuentas, las cuales históricamente fueron estructuradas para operar con sujetos visibles, con nombres, firmas y responsabilidades imputables. La burocracia estatal se concibió para administrar actos y actores que pudieran ser identificados, localizados, incluso sancionados. No obstante, ¿cómo gobernar cuando las formas de acción política emergen sin cuerpo, sin nombre y sin continuidad institucional? El desfase, más que técnico, es normativo. La incapacidad del Estado para responder a estas prácticas no se debe a una falta coyuntural, sino a una inadecuación estructural frente a nuevas formas de politicidad.

John Keane (2009) ha afirmado que la democracia liberal se sostiene sobre el principio de accountability, lo que implica no solo visibilidad, sino también trazabilidad. En entornos digitales, donde la agencia puede ser anónima, fragmentaria y discontinua, ese principio se vuelve problemático. No estamos ante una evasión moral de las responsabilidades, sino frente a un dispositivo de acción que no fue concebido para producir sujetos identificables. En lugar de una irresponsabilidad individual, lo que se configura es una irresponsabilidad estructural, no como falta de ética, sino como una condición del régimen de acción política en red.

A pesar de su aparente exterioridad institucional, este tipo de agencia produce consecuencias tangibles, reales y, a menudo, difíciles de neutralizar. Las campañas virales, protestas no planificadas, filtraciones organizadas o intervenciones simbólicas que irrumpen en momentos clave, constituyen formas de acción política que, aunque no siempre reconocidas ni legitimadas por los marcos normativos existentes, tienen capacidad de impacto. Lo que genera desconcierto en el Estado no es la ilegitimidad de estas acciones, sino la imposibilidad de traducirlas en los términos normativos heredados. ¿Cómo legislar sobre lo que no se deja capturar en categorías? ¿Cómo ejercer autoridad sin la posibilidad de localizar al actor? ¿Cómo mantener un sistema de derechos y deberes si no hay sujeto que los encarne?

Tales interrogantes demuestran el agotamiento del paradigma westfaliano. En ese modelo, ciudadanía, territorio y legalidad coincidían. Pero esa coincidencia se ha roto. La práctica política actual se desenvuelve en simultaneidades dispersas, en tiempos asincrónicos, en múltiples ubicaciones virtuales. Los sujetos no se adhieren necesariamente a ideologías, ni se registran, ni representan a colectividades. A veces ni siquiera se representan a sí mismos. Se implican en causas específicas, discontinuas, afectivas.

Lo que se requiere, por tanto, es una transformación radical en la manera en la que se concibe la ontología política. Ampliar la ciudadanía para incluir lo digital como un simple suplemento no basta. Lo que está en juego es la posibilidad de pensar la acción política sin anclaje territorial, sin sujeto unificado, sin comunidad representada. Las herramientas teóricas para comprender esta mutación, si es que las hay, apenas comienzan a dibujarse. Pero eso no impide que la transformación ya esté ocurriendo. Los actores digitales no aguardan validación académica. Intervienen, se manifiestan, alteran el orden establecido. Operan desde márgenes, desde ubicaciones que no siempre pueden nombrarse. Y, al hacerlo, están redefiniendo, en la práctica, tanto las formas de hacer política como las maneras de estar en el mundo como ciudadanos, aunque sin necesariamente reconocerse como tales.

Capitales digitales como nuevo campo de lucha simbólica

A partir del entramado ya expuesto, conviene insistir, incluso si ello implica una cierta redundancia conceptual, en que la aparente disolución de jerarquías tradicionales en los espacios digitales no representa una eliminación radical de estructuras de poder, sino, más bien, una mutación de las formas mediante las cuales dicho poder se instituye, circula y se hace reconocible. La ilusión de horizontalidad, tan celebrada en algunos discursos celebratorios de la cultura digital, esconde bajo una superficie de accesibilidad y participación ampliada una reorganización sutil, aunque profundamente determinante, de los mecanismos de exclusión, reconocimiento y dominación. En lo cual, se advierte una paradoja: el anonimato, lejos de democratizar per se el acceso a la acción política, reconfigura las condiciones bajo las cuales tal acción puede adquirir relevancia pública.

La persistencia de jerarquías simbólicas, las cuales no necesariamente se expresan de modo explícito, sino que operan como infraestructuras cognitivas o afectivas, remite directamente a la noción de capital simbólico, en la formulación original de Bourdieu (1984), cuya vigencia, aunque con modificaciones necesarias, se mantiene incuestionable. No obstante, se advierte que, en el entorno digital, el capital simbólico ya no se vincula a posiciones estables, sino a flujos efímeros de visibilidad, a formas performativas de resonancia, las cuales, si bien no son permanentes, poseen una eficacia situada, localizada en lo temporal y en lo viral. En consecuencia, la autoridad discursiva deviene, en muchos casos, en función de la capacidad de articular afectos, producir brevedades expresivas e insertarse en circuitos de circulación informacional sin mediar reconocimiento institucional alguno.

Desde esta perspectiva, lo propuesto por Nissenbaum y Shifman (20189, al introducir el concepto de memepower, adquiere una relevancia que excede su ámbito original. Lo que ellos identifican como la potencia comunicativa de los memes no debe ser interpretado únicamente como un fenómeno estético o humorístico, sino como una forma específica de estructuración del capital cultural digital, la cual implica una redefinición de los modos de intervención en el espacio público. La capacidad de un meme para condensar malestares sociales, resignificar narrativas dominantes o establecer marcos interpretativos compartidos no depende solamente de su calidad técnica, sino también de su inserción oportuna en el repertorio afectivo colectivo, cuya lógica no siempre resulta explícita.

En tal sentido, la dimensión estética del meme, que en primera instancia podría parecer secundaria o meramente decorativa, se revela como un componente esencial de su eficacia política. La familiaridad gráfica, el uso de códigos visuales reconocibles y la inteligibilidad semiótica son condiciones que, aunque triviales en apariencia, configuran la frontera entre el éxito viral y el olvido digital. Esta estética, que opera con una lógica propia, contribuye a la circulación de sentidos políticos que muchas veces no son reconocidos como tales por las gramáticas tradicionales del discurso ideológico.

Por otro lado, la repetición estructural de ciertas fórmulas meméticas permite la emergencia de repertorios colectivos de acción discursiva, cuya estabilidad es paradójicamente dinámica, pues depende de su constante reformulación. Lo que se constituye, entonces, no es una estética fija ni una política estable, sino una forma de sedimentación simbólica que se actualiza continuamente en la praxis digital. Es decir, lo viral no es simplemente lo popular, sino lo que logra insertarse eficazmente en los mecanismos de reiteración cultural.

Además del capital simbólico, cuya relevancia ha sido ya ampliamente esbozada, emerge con fuerza el capital técnico, el cual, como Himanen (20019 sugiere, funda una lógica meritocrática alternativa. No obstante, esta meritocracia, lejos de ser transparente o universal, se basa en habilidades altamente especializadas que, al no estar distribuidas equitativamente, instauran nuevas formas de exclusión. La competencia técnica, entendida como dominio de herramientas, lenguajes y procedimientos algorítmicos, se convierte en un umbral tácito de acceso a la agencia digital, lo cual plantea un problema de fondo respecto de la supuesta apertura horizontal de los espacios digitales.

Quienes logran dominar el conjunto de saberes técnicos relacionados con la programación, el anonimato, la automatización o la manipulación algorítmica de la información, adquieren una capacidad de intervención que no está al alcance de cualquier actor. Es decir, el capital técnico no solo incrementa la visibilidad o la eficacia comunicativa, sino que redefine las coordenadas mismas de lo políticamente posible. En efecto, el poder no reside ya en la autoridad formal, sino en la capacidad operativa de producir efectos discursivos concretos, los cuales, por cierto, no siempre son visibles como tales.

La legitimidad asociada a esta capacidad técnica no se sostiene en principios legal-racionales, ni en tradiciones culturales, ni siquiera en carismas personales, como Weber (1978) los clasificaba. En su lugar, se impone una lógica funcional, donde el criterio de eficacia sustituye al de legalidad. Lo cual implica que la autoridad digital, en muchas ocasiones, no deriva de la posición reconocida, sino de la capacidad de incidir, incluso anónimamente, en la configuración del espacio discursivo.

Así, lo que se configura no es una ausencia de jerarquía, como algunos discursos idealistas podrían suponer, sino una redistribución opaca de la misma, una estratificación que se produce no por títulos ni cargos, sino por saberes prácticos y posicionamientos estratégicos. Esta economía de la visibilidad, que no está codificada en ningún reglamento, opera a través de estructuras técnicas, afectivas y culturales, cuyas reglas son implícitas y cuyo aprendizaje se produce, muchas veces, de manera tácita o experiencial.

Frente a este escenario, la sociología digital se ve obligada a replantear sus marcos teóricos, en la medida en que las categorías heredadas de la modernidad, como ciudadanía, representación o deliberación, pierden capacidad explicativa. En su lugar, emerge una gramática política alternativa, en la cual el anonimato no implica ausencia, lo estético no excluye lo racional, y la técnica se convierte, cada vez con más frecuencia, en condición de posibilidad del discurso.

Por lo tanto, resulta imperativo interrogar, con renovada urgencia, quién puede ejercer agencia política en los entornos digitales, bajo qué condiciones, mediante qué recursos y desde qué posiciones, incluso si estas son volátiles o efímeras. Estas preguntas, cuya relevancia se acrecienta en un mundo crecientemente mediatizado, demandan una atención teórica y política que no puede ser diferida. La densidad simbólica de lo digital, lejos de trivializar el debate político, lo complejiza hasta hacerlo, en muchas ocasiones, irreductible a las categorías con las cuales solíamos pensar lo colectivo.

5.- CONCLUSIONES

La irrupción del fenómeno de los Dibujitos dentro del entramado digital del contexto peruano, que no puede ser entendida si se parte de premisas analíticas clásicas sin ser reformuladas, demanda una relectura, o más bien, una reconsideración en profundidad de las categorías establecidas por la sociología política, la cual, a menudo, ha operado con lógicas de representación que no logran capturar la fugacidad ni la disrupción que caracteriza a estos fenómenos. No solamente se requiere una reorientación del enfoque teórico, lo cual implicaría una adecuación técnica, sino que más bien lo que se necesita es una ruptura epistemológica, que no ha sido menor, con el objetivo de aprehender unas formas de agencia que, siendo fragmentadas, afectivas, intermitentes incluso, eluden las estructuras tradicionales de mediación política.

Lo que aparece a simple vista como algo trivial, en realidad encarna tensiones profundas de una modernidad tardía que, lejos de haber sido superada, persiste en modos inesperados, y donde lo anónimo no constituye una excepción, sino que más bien constituye una regla emergente. Estas prácticas, aparentemente sin pretensiones, desafían la normatividad representacional, y en ese movimiento, reconfiguran tanto las condiciones de posibilidad como los contornos mismos del sujeto político. Es decir, no se trata solamente de cómo actúa el sujeto, sino de cuál es la forma en que se constituye como tal.

Desde tal perspectiva, emergen tres conceptos, los cuales no deben ser tomados de forma aislada, aunque cada uno ofrece una clave interpretativa que contribuye a expandir el campo de comprensión sobre lo político digitalizado. En primer lugar, la noción de acción colectiva performativa, que es una forma que permite ir más allá de la dicotomía, que ha sido por momentos inflexible, entre lo colectivo en su forma tradicional y lo conectivo que es propio del entorno digital, muestra una agencia que, siendo estética, no está institucionalmente anclada, lo cual le confiere una volatilidad política no siempre comprendida. En segundo lugar, la ciudadanía post-westfaliana, cuya definición excede el marco territorial, replantea la pertenencia política como un tránsito, más que como una posición fija, reconociendo al sujeto digital como actor nómada entre esferas simbólicas, que no necesariamente están jerarquizadas. Por último, los capitales digitales, especialmente el memético, aunque también el técnico, evidencian cómo el poder simbólico se está reorganizando, lo cual implica nuevas jerarquías, que son, al mismo tiempo, inestables y virales.

Dichas transformaciones, que no son abstractas, tienen impactos concretos, tanto sobre la práctica política en su dimensión cotidiana como sobre el funcionamiento de las instituciones democráticas y los procesos de formación ciudadana, que han comenzado a desplazarse hacia otros modos de socialización. Así, las instituciones, entendidas en un sentido amplio, se ven compelidas a rediseñar sus mecanismos de representación, los cuales se ven erosionados por formas anónimas de poder, las cuales, a pesar de su informalidad, son efectivas. Por otra parte, los movimientos sociales, especialmente aquellos más tradicionales, deberían, aunque muchas veces no lo hacen, incorporar repertorios estéticos, afectivos y simbólicos, cuyo peso ha ido en aumento. En el ámbito educativo, lo cual no es un detalle menor, se presenta el reto de formar ciudadanos con capacidad crítica frente a los códigos propios de la digitalidad, quienes puedan tanto navegar como disputar las lógicas que estructuran la esfera pública contemporánea.

Sin embargo, no todo se resuelve a partir del análisis simbólico. Toda propuesta crítica, si pretende ser rigurosa, debe también reconocer los límites que la constituyen. Al enfocarse predominantemente en lo performativo y en lo simbólico, se corre el riesgo, que no es menor, de subestimar la importancia de factores estructurales, como lo económico, lo técnico y lo geopolítico, que continúan operando con fuerza. Esta carencia o insuficiencia, dependiendo del marco teórico desde el cual se mire, reclama investigaciones futuras que logren articular con mayor precisión las relaciones, por momentos opacas, entre agencia y estructura. Además, el caso peruano, debido a sus singularidades históricas, exige una cautela adicional frente a las generalizaciones apresuradas, así como una disposición metodológica abierta a comparaciones que, siendo transnacionales, enriquecen el análisis, sin imponer categorías ajenas.

Desde lo teórico, el análisis, si bien ha avanzado, requiere un mayor grado de articulación con procesos más amplios, como aquellos relacionados con el capitalismo algorítmico, cuya lógica extractiva transforma también los modos de subjetivación política. En términos empíricos, las comparaciones internacionales no solamente son deseables, sino que resultan imprescindibles para identificar patrones, ya sean convergentes o divergentes. En lo metodológico, se imponen enfoques que logren capturar tanto lo efímero como lo opaco de estas prácticas, combinando herramientas como la etnografía digital, que puede ser intensiva, con técnicas de análisis computacional que aportan escalabilidad. Por último, en el plano ético, que muchas veces queda relegado, es necesario distinguir entre una agencia crítica, que impulsa procesos emancipatorios, y una deriva autoritaria, que se disfraza de espontaneidad para erosionar las bases normativas de la democracia. En tal sentido, resulta urgente definir criterios normativos que posibiliten una praxis democrática que no sea simplemente defensiva.

Lo que está verdaderamente en juego no es simplemente la descripción más o menos detallada de un fenómeno emergente, sino la posibilidad de comprender una mutación, cuyas consecuencias aún no están del todo claras, en la experiencia misma de lo político. La figura del Dibujito, que opera con humor, anonimato y simulacro, obliga a repensar, con urgencia incluso, categorías como representación, autoridad y deliberación, cuyas definiciones se tambalean. Pero no solo interpela al objeto del análisis, sino también al investigador mismo: ¿siguen siendo pertinentes las herramientas conceptuales de la modernidad ilustrada para dar cuenta de lo que está ocurriendo? Tal vez, lo que se presencia es el nacimiento de una politicidad radicalmente nueva, cuya aparición exige no solo una imaginación analítica más audaz, sino también un compromiso ético diferente, quizá más atento a la fragilidad. En el umbral, entre lo que está desapareciendo y lo que apenas comienza a emerger, se sitúa el verdadero reto de pensar lo político, hoy, en estos tiempos de desorden que, si bien son creativos, también son profundamente inciertos.

REFERENCIAS

Bakhtin, M. (2009). Rabelais and his world ( Iswolsky, H. Trans.). Indiana University Press. (Original work published 1965) [ Links ]

Baudrillard, J. (1994). Simulacra and simulation. University of Michigan Press. [ Links ]

Bennett, W. L., & Segerberg, A. (2012). The logic of connective action: Digital media and the personalization of contentious politics. Information, Communication & Society, 15(5), 739-768. https://doi.org/10.1080/1369118X.2012.670661 [ Links ]

Berg, E., & Pettersson, U. (2022). Resilience and resistance in the digital age: Revisiting the threshold effect in total defence. Journal on Baltic Security, 8(2), 41-60. https://doi.org/10.57767/jobs_2022_0013 [ Links ]

Berlant, L. (2011). Cruel optimism. Duke University Press. [ Links ]

Booth, A., Sutton, A., & Papaioannou, D. (2016). Systematic approaches to a successful literature review (2nd ed.). SAGE Publications Ltd. [ Links ]

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgement of taste (Nice, R. Trans.). Harvard University Press. (Original work published 1979) [ Links ]

Bourdieu, P. (1986). The forms of capital (Nice, R. Trans.). In Richardson, J. G. (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education (pp. 241-258). Greenwood Press. [ Links ]

Bourdieu, P., Chamboredon, J.-C., & Passeron, J.-C. (1991). The craft of sociology: Epistemological preliminaries ( Krais, B. Ed.; Nice, R. Trans.). Walter de Gruyter. [ Links ]

Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge. [ Links ]

Butler, J. (2004). Undoing gender. Routledge. [ Links ]

Butler, J. (2015). Notes toward a performative theory of assembly. Harvard University Press. [ Links ]

Castells, M. (2007). Communication, power and counter-power in the network society. International Journal of Communication, 1, 238-266. https://ijoc.org/index.php/ijoc/article/view/46Links ]

Castells, M. (2012). Redes de indignación y esperanza: Los movimientos sociales en la era de Internet. Alianza Editorial. [ Links ]

Coleman, G. (2015). Hacker, hoaxer, whistleblower, spy: The many faces of Anonymous. Verso Books. [ Links ]

Coleman, J. S. (1990). Foundations of social theory. Belknap Press. [ Links ]

Cooper, H. M. (1988). Organizing knowledge syntheses: A taxonomy of literature reviews. Knowledge in Society, 1, 104-126. https://doi.org/10.1007/BF03177550 [ Links ]

Dean, J. (2009). Democracy and other neoliberal fantasies: Communicative capitalism and left politics. Duke University Press. [ Links ]

Deleuze, G., & Guattari, F. (1987). A thousand plateaus: Capitalism and schizophrenia ( Massumi, B. Trans.). University of Minnesota Press. (Original work published 1980) [ Links ]

Foucault, M. (2009). Security, territory, population: Lectures at the Collège de France 1977-1978 (Senellart, M. Ed.; Burchell, G. Trans.; F. Ewald & A. Fontana, Series Eds.). Picador. (Original work published 2004) [ Links ]

Fraser, N. (1990). Rethinking the Public Sphere: A Contribution to the Critique of Actually Existing Democracy. Social Text, 25/26, 56-80. https://doi.org/10.2307/466240 [ Links ]

García Canclini, N. (2020). Ciudadanos reemplazados por algoritmos. UNSAM EDITA; Centro de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS); Universidad de Guadalajara. (Serie CALAS, Afrontar las crisis desde América Latina). https://www.unsamedita.unsam.edu.ar/wp-content/uploads/2021/03/garcia_canclini.pdfLinks ]

Gerbaudo, P. (2012). Tweets and the streets: Social media and contemporary activism. Pluto Press. [ Links ]

Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Anchor Books. [ Links ]

Goriunova, O. (2013). Art platforms and cultural production on the Internet. Routledge. [ Links ]

Grant, M. J., & Booth, A. (2009). A typology of reviews: An analysis of 14 review types and associated methodologies. Health Information & Libraries Journal, 26(2), 91-108. https://doi.org/10.1111/j.1471-1842.2009.00848.x [ Links ]

Habermas, J. (1992). The structural transformation of the public sphere: An inquiry into a category of bourgeois society ( Burger, T. Trans.; Lawrence, F. Asst.). Polity Press. (Original work published 1962) [ Links ]

Hardt, M., & Negri, A. (2004). Multitude: War and democracy in the age of Empire. Penguin Press. [ Links ]

Himanen, P. (2001). The hacker ethic and the spirit of the information age. Random House. [ Links ]

Isin, E. F. (2002). Being political: Genealogies of citizenship. University of Minnesota Press. [ Links ]

Jaakkola, E. (2020). Designing conceptual articles: Four approaches. AMS Review, 10(1-2), 18-26. https://doi.org/10.1007/s13162-020-00161-0 [ Links ]

Keane, J. (2009). The life and death of democracy. W. W. Norton & Company. [ Links ]

Laclau, E., & Mouffe, C. (1987). Hegemonía y estrategia socialista: Hacia una radicalización de la democracia (Arancibia, J. Trans.). Siglo XXI. (Original work published 1985) [ Links ]

Lovink, G. (2019). Sad by design: On platform nihilism. Pluto Press. [ Links ]

Marshall, T. H., & Bottomore, T. (1992). Citizenship and social class (Moore, R. Ed.). Pluto Press. https://doi.org/10.2307/j.ctt18mvns1 [ Links ]

Melucci, A. (1996). Challenging codes: Collective action in the information age. Cambridge University Press. [ Links ]

Muñoz, J. E. (1999). Disidentifications: Queers of color and the performance of politics. University of Minnesota Press. [ Links ]

Nissenbaum, A., & Shifman, L. (2018). Meme templates as expressive repertoires in a globalizing world: A cross-linguistic study. Journal of Computer-Mediated Communication, 23(5), 294-310. https://doi.org/10.1093/jcmc/zmy016 [ Links ]

Olson, M. (1965). The logic of collective action: Public goods and the theory of groups. Harvard University Press. [ Links ]

Papacharissi, Z. (2014). Affective publics: Sentiment, technology, and politics. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780199999736.001.0001 [ Links ]

Paré, G., Trudel, M. C., Jaana, M., & Kitsiou, S. (2015). Synthesizing information systems knowledge: A typology of literature reviews. Information & Management, 52(2), 183-199. https://doi.org/10.1016/j.im.2014.08.008 [ Links ]

Pitkin, H. F. (1967). The concept of representation. University of California Press. [ Links ]

Rancière, J. (1999). Disagreement: Politics and philosophy ( Rose, J. Trans.). University of Minnesota Press. (Original work published 1995) [ Links ]

Raunig, G. (2007). Art and revolution: Transversal activism in the long twentieth century ( Derieg, A. Trans.). Semiotext(e). [ Links ]

Saunders, B., Sim, J., Kingstone, T., Baker, S., Waterfield, J., Bartlam, B., Burroughs, H., & Jinks, C. (2018). Saturation in qualitative research: Exploring its conceptualization and operationalization. Quality & Quantity, 52(4), 1893-1907. https://doi.org/10.1007/s11135-017-0574-8 [ Links ]

Scott, J. C. (1990). Domination and the arts of resistance: Hidden transcripts. Yale University Press. [ Links ]

Shifman, L. (2013). Memes in digital culture. MIT Press. [ Links ]

Shirky, C. (2008). Here comes everybody: The power of organizing without organizations. Penguin Press. [ Links ]

Snyder, H. (2019). Literature review as a research methodology: An overview and guidelines. Journal of Business Research, 104, 333-339. https://doi.org/10.1016/j.jbusres.2019.07.039 [ Links ]

Sunstein, C. R. (2001). Republic.com. Princeton University Press. [ Links ]

Tavory, I., & Timmermans, S. (2014). Abductive analysis: Theorizing qualitative research. University of Chicago Press. [ Links ]

Taylor, C. (1992). Sources of the self: The making of the modern identity. Cambridge University Press. [ Links ]

Taylor, C. (1994). Multiculturalism: Examining the politics of recognition (Gutmann, A. Ed.). Princeton University Press. [ Links ]

Thornberg, R., & Charmaz, K. (2014). Grounded theory and theoretical coding. In Flick, U. (Ed.), The SAGE handbook of qualitative data analysis (pp. 153-169). SAGE Publications. https://doi.org/10.4135/9781446282243.n11 [ Links ]

Tilly, C. (1978). From mobilization to revolution. McGraw-Hill. [ Links ]

Tilly, C. (2004). Social movements, 1768-2004. Paradigm Publishers. [ Links ]

Torraco, R. J. (2005). Writing integrative literature reviews: Guidelines and examples. Human Resource Development Review, 4(3), 356-367. https://doi.org/10.1177/1534484305278283 [ Links ]

Torraco, R. J. (2016). Writing integrative literature reviews: Using the past and present to explore the future. Human Resource Development Review, 15(4), 404-428. https://doi.org/10.1177/1534484316671606 [ Links ]

Urbinati, N. (2006). Representative democracy: Principles and genealogy. University of Chicago Press. [ Links ]

Warner, M. (2002). Publics and counterpublics. Zone Books. https://doi.org/10.2307/j.ctv1qgnqj8 [ Links ]

Weber, M. (1978). Economy and society: An outline of interpretive sociology ( Roth, G. & Wittich, C. Eds.; Fischoff, E. et al., Trans.). University of California Press. (Original work published 1922) [ Links ]

Webster, J., & Watson, R. T. (2002). Analyzing the Past to Prepare for the Future: Writing a Literature Review. MIS Quarterly, 26(2), xiii-xxiii. http://www.jstor.org/stable/4132319Links ]

Young, I. M. (1990). Justice and the politics of difference. Princeton University Press. [ Links ]

Recibido: 02 de Octubre de 2024; Revisado: 14 de Enero de 2025; Aprobado: 09 de Mayo de 2025; Publicado: 30 de Julio de 2025

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons