La obra de Cristóbal Alfonso Sánchez Ulloa titulada Una confusa algarabía. Espectáculos públicos en la Ciudad de México después de la independencia, 1821-1846 es una excelente aportación a los estudios de historia de México. A través de la recuperación de diversas voces, testimonios y fuentes acerca de espectáculos públicos y eventos recreativos que se ofrecían en esa época, el autor nos entrega imágenes e ideas acerca de la realidad política, social y cultural que se vivía en el país hace doscientos años.
Las primeras décadas de vida de la nación mexicana fueron decisivas en el proceso de la “invención de México” y de “lo mexicano” (Florescano 2002, 124). Esos años iniciales, convulsos y confusos, fueron cruciales para el proceso de construcción de la nueva nación y de la identidad de sus ciudadanos. Fueron años de enorme inestabilidad política, tanto que, en tan solo tres décadas, las formas de gobierno pasaron por la monarquía constitucional, el imperio, la república centralista, la república federalista y hasta por la dictadura. La nación mexicana nació en bancarrota y empobrecida como resultado de la larga guerra y del despojo de que fue víctima debido a la fuga de capitales que se dio al pactarse la independencia en 1821 (Vázquez 1999, 769). La guerra había dejado enormes estragos, las condiciones de vida eran deplorables y las epidemias proliferaban causando altas tasas de mortalidad y muy bajas de supervivencia de recién nacidos. Las clases sociales seguían siendo muy marcadas: los ricos seguían teniendo privilegios y los pobres viviendo en la penuria.
En esta difícil situación económica, política y social, el país se vio obligado a contratar deuda con inversionistas extranjeros. Inglaterra era el principal prestamista de entonces y sus bancos le otorgaron crédito a México, que se vio forzado a aceptar condiciones de pago e intereses muy poco favorables y así fue acumulando deudas que lo hicieron brincar de una crisis financiera a otra (Vázquez 1999, 771-777). Además, en varias partes del país estallaron sublevaciones campesinas e indígenas (los yaquis en Sonora se rebelaron en 1825) y surgieron varios movimientos separatistas. El de Texas en 1738 resultó exitoso, pero también existieron otros: Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas buscaron conformar la República del Río Grande en 1840. Yucatán intentó su independencia en 1841 y en 1848, y Tabasco se declaró independiente tres veces en 1841, 1845 y 1846. Por si fuera poco, fue necesario defender la soberanía nacional ante las ambiciones extranjeras: España intentó reconquistar México en 1829 bajo el liderazgo de Isidro Barredas quien desembarcó en las costas de Tampico; y los franceses bloquearon y tomaron el puerto de Veracruz, llevando a cabo la primera invasión francesa, la Guerra de los Pasteles, en 1838 (Galeana 2012, 14-16).
En fin, la crisis y el caos predominaron en esos primeros años del México independiente. Pero, aún en este contexto, la recreación ocupaba parte de la vida de sus pobladores y justamente de esto trata Una confusa algarabía. Cristóbal Sánchez conecta de manera crítica y analítica el contexto político, económico y social con las prácticas y actividades diarias, especialmente con la alegría y la diversión, con el entretenimiento, con lo social y lo cultural. Al final de cuentas, lo que muestra el autor es que entretenerse y huir, aunque sea por un rato, de la realidad, es parte de la vida misma.
Una confusa algarabía es resultado de una profunda y minuciosa investigación de archivo. Presenta -usando documentos administrativos, relatos de viajeros, notas periodísticas y escritos de pensadores que vivieron esos tiempos-, una narrativa muy viva, llena de color y detalles; casi se puede oler a la multitud en las plazas de toros; escuchar las bandas tocando, los gritos y el ruido; imaginarse la penumbra de los teatros atiborrados de gente y llenos de humo de tabaco; sentir la decepción que causó en la gente el globo aerostático fallido, o la función cancelada. Asimismo, se hacen patentes la emoción por las acrobacias del circo, la expectativa de la gente frente a la llegada del hombre elástico o por el anuncio de la lucha entre el Hércules estadounidense y un mexicano. Este libro permite a sus lectores disfrutar la elegancia de los asistentes a la ópera en el Teatro Nacional y advertir la tensión que se generaba en algunas funciones que terminaban entre rechiflas y con los cojines de los palcos arrojados al escenario.
Cristóbal Sanchez describe en su obra varios eventos, funciones, presentaciones, etcétera, pero son tres los que llamaron especialmente mi atención y que voy a describir brevemente en las siguientes líneas: 1) en 1838, en la Ciudad de México, se vendieron boletos para un combate entre un toro y un tigre de bengala (Sánchez 2023, 57-60), esto sucedió de manera casi simultánea al bloqueo que los franceses hicieron al puerto Veracruz. En la lucha, el toro resistió, se levantó de varias embestidas y finalmente resultó vencedor. Inmediatamente el toro se volvió un héroe nacional, la noticia se dispersó por el país, y haciendo una comparación con la crisis entre México y Francia, los animales fueron apodados como “el torito mexicano” y “el tigre francés”. Por cierto, el toro murió de sus heridas, pero sabemos que la memoria popular es selectiva y a eso no se le dio mucha importancia. Era un deleite y un orgullo nacional que “el gran tigre francés” hubiese sucumbido ante “el torito mexicano”. La historia se recreó en representaciones gráficas, en notas en los diarios y fue popular por bastante tiempo. Es muy interesante notar cómo se significó el evento, cómo sirvió para expresar el patriotismo y cómo se conservó en la memoria popular. La historia del tigre y el toro también la usaron facciones políticas a su conveniencia. Por ejemplo, un periódico federalista, describió el encuentro como la lucha entre el toro federalista y el tigre centralista, celebrando obviamente la derrota del centralista a causa del federalista.
2) En 1844, se llevó a cabo una corrida de toros dedicada al general Santa Anna y a su esposa. En esta ocasión se escenificó “la lucha de los antiguos aztecas”. El espectáculo constó de un grupo de personas disfrazadas de “aztecas”, lamentablemente no sabemos bien cómo era su vestimenta, sólo sabemos que lidiaron juntas a un toro adornado con listones y que lo banderillearon y mataron “con una macana de fuego”. Al final de la escena se iluminaron en el ruedo unas representaciones de dos pirámides rematadas con los retratos de los señores Santa Anna. Sánchez señala al respecto que “la función pretendía reivindicar al antiguo imperio azteca y presentar a Santa Anna como su heredero” (Sánchez 2023, 74) y no podemos evitar pensar en los delirios de grandeza de Santa Anna y su empecinamiento en ser llamado Su Alteza Serenísima. Sin duda, Santa Anna no fue el primero ni el último que buscó enaltecer un pasado indígena glorioso para México ni que se asumió como su heredero directo, tampoco fue el único gobernador o personaje importante al que se le dedicaría una corrida de toros. De hecho, el libro que aquí nos concierne indica que las corridas eran una de las actividades más comunes para honrar a los políticos o embajadores o para conmemorar alguna fecha importante, y que las corridas importantes se engalanaban con otros espectáculos, como el de los aztecas o con marchas militares, bandas de música y hasta trozos de ópera. Es interesante que, al igual que hoy en día, había una disputa en cuanto a la fiesta taurina; si era “salvaje” o “civilizada”, si era una “costumbre impuesta por España” o si era parte de la identidad mexicana. Fuera como fuera, era un espectáculo que gustaba al público y era un negocio muy lucrativo, así que es entendible que ningún intento de prohibirlas prosperara.
3)En la década de 1830 fue muy popular una obra de teatro llamada El diablo predicador. Era uno de esos espectáculos que, al igual que otras obras de teatro populares, pastorelas, coloquios, presentaciones de títeres, acrobacias y circos, se llevaban a cabo en teatros menores, ruedos, y hasta en corrales, patios de casas y vecindades. El Diablo predicador no le gustaba nada a los religiosos ni a los conservadores: en particular a esta obra la asociaban con superstición, fanatismo e inmoralidad, basta leer su nombre para imaginarse el sobresalto que despertaba. A pesar de esto -o quizás gracias a ello-, El Diablo predicador fue de lo más popular y fue representada con mucha frecuencia, tanto que se convirtió en parte del lenguaje de la época, el término “diablo predicador” se usaba coloquialmente para designar a aquellas personas cuyos actos contradecían sus palabras o que predicaban por conveniencia algo que habían criticado o combatido anteriormente (Sánchez 2023, 172), me imagino yo: “Fulanito es un diablo predicador”, “oye, no seas un diablo predicador”. Pero no fue el título lo único que desagradaba a las élites políticas y religiosas, tampoco les gustaba el contenido de la obra que criticaba a la Iglesia, a los políticos y en general “a los ricos que lo eran gracias al sudor de los pobres” (173). La persistencia de El Diablo predicador, sus representaciones clandestinas, así como su renuencia a ser censurada y eliminada, demuestran el poder y la importancia del teatro, del arte y del entretenimiento, como herramientas de resistencia y de confrontación a la autoridad, vehículos de transmisión de ideas y motores de cambio.
Una confusa algarabía es un libro cautivador. Contiene ejemplos riquísimos en su descripción y en su interpretación, que ilustran muy bien la época y dejan claro que el ambiente de disputas, divisiones y conflictos que predominó en los ámbitos políticos y económico no estuvo ausente del mundo de los espectáculos públicos, ahí mismo se confrontaban posturas sobre las bondades o la amoralidad de ciertas diversiones, sobre el carácter civilizador o corruptor de algunas actividades, y hasta se discutía sobre qué actor o actriz debería de representar un papel en la ópera o en el teatro (117-127). Resulta interesante que la política de las autoridades respecto a los entretenimientos cambiaba constantemente a la par de los gobernantes: “los espectáculos conservaban sus componentes básicos, pero cambiaban ciertos elementos para fortalecer o alabar a quien gobernaba en el momento” (74). Por supuesto los permisos y las censuras respondían a los intereses de las autoridades, aunque a veces no fueran del todo efectivas, como en el caso de El Diablo predicador. Además, el libro desmenuza las características y la convivencia de los diferentes públicos en diversas situaciones y contextos. Lo que yo me permito adelantar aquí es que la mayoría de los mexicanos -ricos y pobres, cultos e ignorantes, progresistas y tradicionalistas, federalistas y centralistas, conservadores y liberales, racionales y supersticiosos, religiosos y laicos-, todos gozaban y aprovechaban de alguna forma las actividades de entretenimiento.
Termino señalando que la contribución de Una confusa algarabía al conocimiento del entretenimiento y las diversiones decimonónicas en México deja al lector con ganas de saber más sobre el tema, antojando una investigación más amplia en cuanto al tiempo y a los espacios estudiados. Además, a las cualidades antes mencionadas se suma la de ser un libro bien escrito, entretenido y divertido.










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