Entre el 30 de marzo y el 9 de abril de 1949 tuvo lugar en Mendoza el Primer Congreso Nacional de Filosofía de Argentina en el que participaron, entre otros: (los menciono en orden alfabético) Nicola Abbagnano, Carlos Astrada, Maurice Blondel, Otto Friedrich Bollnow, Walter Bröcker, Benedetto Croce, Galvano Della Volpe, Emilio Estiú, Cornelio Fabro, Eugen Fink, Hans Georg Gadamer, Ernesto Grassi, Nicolai Hartmann, Jean Hyppolite, Karl Jaspers, Ludwig Klages, Helmut Kuhn, Ludwig Langrebe, Francisco Larroyo, Karl Löwith, Gabriel Marcel, Julián Marías, Antonio Millán Puelles, Francisco Miró Quesada, Rodolfo Mondolfo, Luigi Pareyson, Bertrand Russell, Michele Federico Sciacca, Wilhelm Szilasi, José Vasconcelos, Miguel Ángel Virasoro y Alberto Wagner de Reyna. Mucho se ha debatido sobre la enorme relevancia que tuvo ese encuentro -donde el propio Presidente de la Argentina, Juan Domingo Perón, impartió una conferencia- en el desarrollo de la filosofía argentina, en general, y en la atmósfera intelectual de la ciudad de Mendoza, en particular. Allí se encontraron la gran tradición europea y un pensamiento latinoamericano siempre acompañado por la tensión entre reflexionar en el interior del horizonte intelectual de occidente, por un lado, y desarrollar un pensamiento autónomo, y en ocasiones al margen de -e incluso en contra de- la tradición occidental. Quince años antes había nacido en esa ciudad el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel cuya formación se desarrolló en el horizonte de la tensión antes descrita. A invitación suya, tuve la oportunidad de coincidir con él, por última ocasión, en el marco de la presentación de su libro Filosofía de la Liberación (2021) en la que recordó vivamente su primer viaje desde Buenos Aires a Europa, pasando por Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Recife, Senegal y Casablanca, para finalmente llegar a Madrid y expuso ante el público cómo ese viaje le permitió ver por vez primera rostros, paisajes y culturas de América Latina y África y advertir en carne propia la experiencia de la exclusión que posteriormente se colocaría en el centro de su pensamiento. La vida de Dussel se vería profundamente marcada, además, por la dramática experiencia del exilio provocado por la Dictadura militar argentina que lo obligó a abandonar su país de nacimiento y a establecerse en México, donde se integró como profesor de tiempo completo solamente a una única Universidad, la Universidad Autónoma Metropolitana, inicialmente en la Unidad Azcapotzalco, y posteriormente, en la Unidad Iztapalapa, en la que permaneció hasta su muerte.
La reflexión filosófica de Dussel siempre estuvo guiada por el esfuerzo de pensar las experiencias y luchas de Latinoamérica y, en general, de los países periféricos con ayuda de categorías que fueran propias de éstos y de sus tradiciones culturales, así como de sus experiencias y luchas sociales y políticas. Su nombre permanecerá siempre asociado con la que él mismo denominó Filosofía de la Liberación. En ella confluyeron el impacto y la reflexión sobre acontecimientos históricos, políticos y sociales que marcaron a Latinoamérica y al mundo en la segunda mitad del siglo XX con orientaciones filosóficas de muy diversa índole. Entre ellos se encuentran la Revolución Cubana y los movimientos anticolonialistas y de liberación nacional que tuvieron lugar en el llamado Tercer Mundo en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, la transformación operada en el seno de la Iglesia Católica provocada por el Concilio Vaticano Segundo (1962-1965) y el impacto que éste provocara en obispos, sacerdotes y pensadores latinoamericanos en el marco de la Conferencia del CELAM en Medellín (1968) con la exigencia de que la Iglesia de Cristo en Latinoamérica tenía que ser una Iglesia de los Pobres; la teoría de la dependencia surgida en el marco de una crítica a la economía del desarrollo y a las teorías de la modernización que constituyeron los paradigmas dominantes en la discusión latinoamericana sobre el desarrollo económico hasta principios de los años sesenta, al igual que la recepción y radicalización de la hermenéutica heideggeriana desarrollada bajo el influjo de la crítica al capitalismo de Karl Marx, la reflexión sobre la alteridad de Emmanuel Levinas y la crítica teológica a la modernidad capitalista de Franz Hinkelammert. Dussel ofreció una reinterpretación radical de la Modernidad occidental europea en la que la inclusión de lo excluido, de lo Otro de esa Modernidad pudiera convertirse en el punto de partida para una reinterpretación radical del proyecto de la Modernidad en su conjunto. Es en este punto donde su pensamiento se encuentra con el pensamiento postcolonial. Así, una reinterpretación de la Modernidad, como la que ofrece Dussel no la circunscribe sólo al plano exclusivamente filosófico, sino que la extiende al plano histórico, político y económico. Los orígenes de la Modernidad que habitualmente se remiten al mundo helénico se reconducen ahora al mundo no-helénico (egipcio, babilónico, semita, etcétera). Análogamente, su despliegue en el mundo post-helénico se amplía para comprenderse ahora en el horizonte más amplio del mundo no-europeo (África, Asia y América Latina), buscando así deconstruir las nociones de sujeto y razón vinculadas al despliegue incontrolado del poder, la violencia y el exterminio, sea de la naturaleza o de otras culturas. Ahora ya no solamente el Renacimiento, la Reforma y los procesos de secularización o la Ilustración, sino también la conquista de América y la colonización de África pasan a ser comprendidos como acontecimientos históricos decisivos en la emergencia de la Modernidad. Estas ideas las desarrolló y presentó en forma insistente a lo largo de sus obras, enmarcadas siempre en una propuesta ética y política orientada por la idea de la emancipación de las clases y grupos subalternos. Seguramente varias de ellas serán retomadas y eventualmente reformuladas en un aparato conceptual y con una estructura argumentativa acaso desprovista de los resabios teológicos que las acompañan y en una forma que sea más sensible a las transformaciones sociales, políticas y culturales que ha experimentado el discurso crítico, por lo menos desde la caída del Muro de Berlín, y del decurso de las experiencias que han tenido lugar especialmente en Latinoamérica. No siempre coincidí con él, pero siempre reconocí su vitalidad y compromiso para pensar en favor de los excluidos del mundo. Su presencia y su voz nos harán mucha falta.










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