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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.64 Ciudad de México sep./dic. 2020  Epub 10-Jun-2025

https://doi.org/10.29340/64.2346 

Reseñas

Pasado y presente de Israel

Israel, Past and Present

Gerardo Díaz1 

1Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México flogerardo@gmail.com

Historia mínima de Israel. La historia milenaria de un pueblo, una región y un conflicto aún vigente. Sznajder, Mario. 2018. El Colegio de México, México:


Decía el historiador Hayden White que una historia expresaba la ideología o las tendencias del narrador. Mario Sznajder ha realizado en la Historia mínima de Israel… un gran esfuerzo para mostrar una historia llena de complejidades con un tono analítico por encima de cualquier compromiso. Una tarea de por sí difícil en cualquier tema, lo es más para Israel, por todo lo acontecido a lo largo de milenios en un territorio tan pequeño; espacio privilegiado para la longue durée, según la propuesta de Fernand Braudel.

Y es que se trata de la Tierra de Israel, un microterritorio de etapas históricas superpuestas, de religiones, culturas, etnicidades y civilizaciones. Desde David, Salomón, los imperios de Egipto, Babilonia, Roma, Bizancio, el Imperio islámico, el otomano o la designación de Palestina, que se impuso poco a poco sobre el establecimiento del Mandato británico, todo lo que la densidad histórica condensa en los judíos, el pueblo milenario expulsado y reintegrado, pero siempre con referencia a Israel.

Varias dificultades debieron ser superadas en este libro, con las que el lector también se enfrenta:

  1. Escribir un libro cuyo protagonista es un ente nacional que durante siglos ha sido internacional, con presencia en todas partes menos en la que reclamaba como suya.

  2. Seguir la construcción de una patria, en el sentido territorial, desde su exterioridad.

  3. Entender la construcción del sionismo en la complejidad de una Europa enfrascada en sus propios problemas.

  4. Construir un país en el que la sombra del holocausto de la Segunda Guerra Mundial se proyecta para seguirle constantemente, como se condensa en Yad Vashem, el museo y las instituciones que lo conforman.

  5. Alcanzar por fin el estatus de nación, en el sentido de Ernest Renán, mediante una suma de esfuerzos suscitada por las coincidencias construidas.

Por todo ello, es complicado explicar en un libro cómo un Estado que no fue creado sino hasta 1948 puede empezar con un mapa de Israel en la época del Antiguo Testamento, cuando por lo demás el concepto de patria era inexistente, simplemente porque se trata de una aportación del desarrollo de la jurisdicción romana. Allí está un problema serio de la narrativa, que a Sznadjer le interesa tanto, y así lo expresa a lo largo de su trabajo, porque hay que ver la trama de la excepcionalidad del pueblo judío, excepcionalidad que, aunque otros pueblos la reclaman, ninguno ha sido tan exitoso en obtenerla, si se considera lo que ha construido.

Para el lector de nuestro tiempo resulta más legible partir de la Declaración de Balfour y otras implicaciones del sionismo en Europa, todo ello en el contexto que dará origen a los mandatos franceses sobre Siria y Líbano, y británico sobre Palestina, con los procesos migratorios de judíos europeos desde el siglo XIX, que continuaron en el XX. De tal forma que, para 1948, la presencia de judíos era suficiente como para proclamar la existencia de una nación, según lo manifestaba su fuerte componente étnico.

En esa construcción radicarán muchos de sus problemas, porque la región, dividida sobre los escritorios de los europeos para formar demarcaciones, fue separada en identidades y pueblos, lo que produjo un mosaico de diversidades con las que debían lidiar los nuevos Estados. En esa división está mucho del origen de sus dificultades, según Uzzi Rabin. Estos conflictos, sin embargo, unen la historia de Israel; y a veces de forma increíble, el país los va superando, aunque sus raíces permanezcan.

A lo largo de la lectura de este libro, surgen los elementos que definen a los israelíes.

Primero: el problema demográfico, esencial desde el establecimiento del Estado de Israel, cuando se abrieron las puertas a la inmigración, aunque cabe señalar que se abrieron en dos sentidos, si se aceptan los cientos de miles de palestinos que debieron salir en 1948 y 1967. Pero, además, hay que considerar la presencia de la población árabe que estaba allí. ¿Por qué árabe y no palestina? En ese sentido, resulta curioso que sea precisamente Israel el único que confiere la nacionalidad árabe a una parte de sus ciudadanos, si recordamos que los nacidos en Arabia Saudí llevan el gentilicio de saudíes. También debe agregarse la población beduina, que apenas se menciona en el libro, pero que se reclama originaria de esa tierra. La Ley de Ciudadanía de 1952 estableció que los habitantes que fueran ciudadanos de Palestina durante el Mandato y residieran en territorio israelí desde el final de la contienda recibirían la ciudadanía israelí, al igual que todos los “árabes” - en realidad, palestinos- nacidos en territorio israelí.

La política de recepción de inmigrantes continuó, ya con la creación del Estado en 1948, como una política estatal. Tan sólo entre 1979 y 1988 llegaron 165 ٠٠٠ judíos rusos, a los que se añaden los que continuaban llegando, como los miles de judíos etíopes que arribaron al país en 1985 por medio de la operación Moisés, en una acción humanitaria organizada por el propio gobierno de Israel. Con la caída del Muro de Berlín, se abrió paso a una fuerte inmigración rusa, principalmente.

Segundo: las guerras y el asunto de las armas. Después de la guerra de 1947-1948, que Sznadjer explica con lujo de detalles, al finalizar, el embargo de armas favoreció a Israel y se sumó al producto de la industria “subterránea” en Palestina durante la Segunda Guerra Mundial, con capacidad para producir municiones, obuses y metralletas con base en un modelo británico. Esta capacidad armamentística “no tenía paralelo en los países árabes” (p. 81). Asimismo, se suministró armamento a Checoslovaquia -84 aviones de combate-, para lo cual se contó con el padrinazgo de Stalin. Lo que no queda claro es cuál fue el costo y quién o quiénes suministraron los recursos. Pero resulta que la Unión Soviética, en 1955, también proveyó armas a Egipto. Aquí, lejos de los apoyos que el nuevo Estado recibía de todas partes, sin duda podía estar el juego de los países poderosos.

En 1956, la guerra de Sinaí evidenció la presencia de nuevos actores y las crisis políticas del nuevo Estado, por ejemplo, Moshé Sharet y David Ben-Gurión y los cambios acontecidos en Oriente Medio, donde surgía el panarabismo encabezado por Gamal Abdel Nasser desde Egipto. El saldo fue la pérdida de “varios miles” de soldados egipcios -algunas fuentes dicen que 3 000- y 6 000 prisioneros. De parte de Israel murieron 177 soldados y hubo cuatro detenidos. De acuerdo con Sznadjer, “la narrativa interna afianzó seriamente la cohesión nacional y mostró altos niveles de patriotismo, confianza y capacidad militar” (p. 140).

Por otro lado, se afirma que en 1967 Israel estuvo dispuesto a abandonar todo lo que había conquistado, lo cual no es creíble después de tanto empeño por conseguirlo. Quizá habría que preguntarse si los términos para la negociación podrían haber sido diferentes, con la finalidad de evitar la humillación sufrida, que ya era tan evidente para los árabes, y convertir la paz en algo más tangible.

En particular, la pérdida de Jerusalén, la ciudad legada por el rey David, la Al-Quds de los musulmanes y la Ciudad Santa de los cristianos, fue algo con un peso fundamental. ¿Por qué aceptar solamente la teología de los rabinos y no que a lo largo de los siglos ésta impregnó al cristianismo y el Islam, que la hicieron suya? Para reforzarlo, puede constatarse la densidad histórica del lugar, como se cuenta en Jerusalén. La biografía, contundente libro de Simon Sebag Montefiori (2012), cuya lectura hace inabarcable esa ciudad para una sola cultura o civilización.

La Guerra de Seis Días tuvo enormes repercusiones en el mundo, los palestinos adquirieron una presencia notoria y las organizaciones palestinas se fueron reforzando: Al-Fatah, el Frente Popular de Liberación de Palestina, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

La guerra de Yom Kippur en octubre de 1973, con la participación de Egipto liderando a otros países árabes, como Siria y Jordania, contra Israel, tuvo consecuencias de importancia mundial debido al cambio que se produjo en la correlación de influencias de la Unión Soviética y Estados Unidos, porque al final éste se impuso en una región que la otra había mantenido en su esfera de intereses. El saldo de muertes de ambas partes fue tan alto que en Israel el sentimiento popular consideró que el gobierno había traicionado al país. La arrogancia disminuyó del lado israelí y entre los árabes prevalecieron los éxitos obtenidos los primeros días de la campaña como una cierta recuperación del orgullo. Al finalizar ese año murió David Ben-Gurión, con su idea de que la devolución de territorios ocupados en la guerra de 1967 era negociable para lograr la paz. La recuperación de Sinaí seguramente influyó en el acercamiento entre los gobiernos de Egipto e Israel para restablecer relaciones.

La operación Paz en Galilea fue realizada con el fin de pacificar la frontera norte de Israel y poner fin a las organizaciones armadas palestinas. Así, Líbano fue ocupado de 1982 a 1985, y el sur hasta 2000. La estrategia de Ariel Sharon consistió en hacer alianza con Bashir Gemayel, líder de las milicias cristianas maronitas. En la vista de Israel también estaba Siria. Aquí Sznadjer hace dos preguntas de importancia: “¿en qué medida Sharon y el general Rafael (Raful) Eitán -jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzáhal)- engañaron al gobierno de Menajem Beguin respecto a los planes de guerra? ¿Hasta qué punto el gobierno de Beguin engañó al público israelí respecto al mismo tema?” (p. 218).

Desmesurada resultó la acción en Líbano, con el despliegue militar israelí: siete divisiones del ejército con 8 000 tanques, 1 500 transportadores de tropas y más de 90 000 soldados. La fuerza aérea intervino el 9 de junio de 1982, al tercer día destruyó 19 misiles antiaéreos sirios. Además, en la batalla aérea fueron derribados 23 cazas sirios, con lo cual el argumento de “operación limitada” había sido destruido. Beguin cayó en la tentación de ordenar la muerte de Yasir Arafat, por lo que de la defensa de Galilea se pasó a la destrucción de la OLP.

Gemayel asumió la presidencia de Líbano, con el respaldo de Israel, el 23 de agosto de 1982, pero fue asesinado antes de un mes, y el 16 y 17 de agosto las falanges libanesas entraron a los campos de refugiados de Sabra y Shatila para asesinar a la población civil. El gobierno de Beguin, junto con Sharon y Eitán, fueron acusados de haber permitido la masacre. Grandes manifestaciones en el mundo ocurrieron contra los hechos, mientras que en el interior de Israel la organización Paz Ahora realizó la marcha de los 400 000 para pedir el fin de la guerra y el retiro de sus tropas. Con esto se afectó el equilibrio político interno israelí y el consenso previo sobre seguridad.

Las intifadas que surgieron al final de la década de 1980 estuvieron relacionadas con los cambios operados en el conflicto árabe-israelí. Por ejemplo, la polarización de los palestinos en Gaza y Cisjordania y las acciones terroristas de Hamás.

Pero se podría preguntar: ¿por qué en todas las contiendas entre Israel y los países árabes son éstos los que aportan más muertos, con una desproporción notoria, en un listado que se puede ampliar hasta la operación Plomo Fundido en 2006? Pero sería preferible una historia que no se relatara principalmente en torno a las guerras y los conflictos.

Los asentamientos

La fundamentación del implante de asentamientos israelíes en los territorios ocupados se ha convertido en uno de los obstáculos más serios para la paz y para la puesta en práctica de la resolución de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre la creación de dos Estados, incluido el palestino. Por eso su análisis debe realizarse cuidando cualquier forma de argumentación.

Los asentamientos comenzaron desde el siglo XIX, aunque continuaron y fueron cada vez más grandes a partir de 1939 y después de la creación del Estado de Israel. Según el Plan de Ygal Alon, se aseguraban los límites estratégicamente defendibles. Moshé Dayán separaba lo demográfico de lo geográfico y algo tuvo que ver la motivación mesiánica para los establecidos en Cisjordania, Golán, Gaza y Sinaí.

La construcción ininterrumpida se ha convertido en un arma estratégica para el crecimiento del país, y de acuerdo con Sznadjer, ha incrementado su territorio hasta controlar más del doble de lo recibido por la resolución de la ONU. Sznadjer considera que para entender la situación que prevalece hay que “tener en cuenta los altos niveles de desilusión y frustración producidos por los largos años de ocupación militar israelí, la presencia y crecimiento de los asentamientos en Cisjordania y Gaza, los niveles de humillación de la población palestina al cruzar los controles policiales y militares que los separan de Israel donde se encontraban sus principales fuentes laborales”, aunque también inciden en esos sentimientos “los altos niveles de corrupción” de la Autoridad Nacional Palestina (p. 268).

Negociaciones

Los cambios ocurridos acarrearon un clima que en algunos momentos auspiciaba una posible negociación. Además de lo que pudo darse entre las partes sin hacerse público, el primer acuerdo con mayores alcances fue el de Camp David, entre el 5 y el 17 de septiembre de 1978, cuando se alcanzó la autonomía civil pero no territorial en Gaza y Cisjordania. No obstante, para Menajem Beguín, la creación de un Estado Palestino era inaceptable.

Con la llegada de Ehud Barak como primer ministro en 1999, del Partido Laborista, con Shlomo Ben Ami en la cancillería, se produjo una de las acciones más importantes para la paz. Su intención con Siria fracasó porque ya la reciente conformación de Hezbolá presionaba en otro sentido, y Barak se retiró de manera unilateral del sur de Líbano en 2000. El esfuerzo para la paz contaba con el antecedente de Oslo, aunque después de siete años lo que allí se negoció no se había cumplido. Por ejemplo, entre otros, no se cumplieron los pasos intermedios para la liberación de prisioneros.

La narrativa sobre lo que se percibía como una buena negociación culpó a Arafat de rechazar ofrecimientos tan extraordinarios; sin embargo, fueron otros los puntos que boicotearon cualquier posible acuerdo: “el liderazgo palestino se encontraba muy dividido y no estaba dispuesto a cambiar el apoyo internacional a la causa palestina y al retorno de refugiados palestinos, por lo que le parecieron propuestas difusas que no contemplaban solución a este problema, no concedían a los palestinos soberanía, sino custodia soberana sobre Haram ash Sharif y no les ofrecían -como Israel ya había otorgado a Egipto, Jordania y Líbano y hasta ofrecido a Siria- la reintegración territorial completa [de Cisjordania y Gaza]” (p. 264).

¿Por qué, cuando se sientan a la mesa de negociaciones, según la versión más divulgada, los palestinos -aunque serían los más beneficiados- son quienes las rechazan?

Para concluir, es importante subrayar que el libro La historia mínima de Israel…, de Mario Sznajder, demuestra la hazaña que ha sido la creación del Estado de Israel, su exitoso desarrollo y la consolidación de sus instituciones. Un país con un índice de crecimiento económico sostenido, que ha sorteado varias crisis y ha alcanzado un alto nivel tecnológico, ha sido en particular exitoso en el establecimiento de la democracia y una cultura en la que coexisten diferentes etnicidades, religiones y valores. También ha podido establecer su modelo singular, que subsiste en un mundo que le ha sido completamente adverso.

Bibliografía

Sebag Montefiori, Simon, 2012, Jerusalén. La biografía, Crítica-Grupo Planeta, Madrid. [ Links ]

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