…hay horas en el día, ciertos momentos en los que el suplicio se agolpa y no hay forma de esconderte, no hay manera de escabullirte. A mí me pasa a las tres de la mañana, siempre a las tres, algo me hace pensar que es un mensaje, como si a esa hora algo le haya pasado a mi niña o que a esa hora regresará. Siempre a esa hora suena su guitarra, se escucha el sonido de las cuerdas, un rasgueo fino, apenas audible. Corro a su cuarto, asumo que ha llegado y no ha querido despertarme, que no me quiere decir nada aún, que ha llegado perturbada. Antes de encender la luz noto su ausencia, sé que no está, su habitación no huele a ella, su olor se va perdiendo cada día, tomo su ropa, la huelo y noto que el polvo, la humedad y el silencio también carcomen su esencia. De cualquier forma, enciendo la luz para confirmar que no está, que no ha llegado aún…A eso huele la ausencia: la ausencia huele a polvo y humedad...4
Ausencia y metáfora
En el libro Metáforas de Ausencia en México5 sostuve que la academia mexicana tiene muchas carencias para explicar la ausencia de un ser querido que ha sido desaparecido, se ha tendido a dar una respuesta cándida y hasta romántica, particularmente, como una interpretación de las acciones desarrolladas por los familiares que buscan a sus parientes ausentes.
Dichas acciones han sido percibidas como actos de una resistencia ética, moral y han sido tipificadas como una “digna rabia”, una rabia que toma fuerza por el amor a la persona ausente. De esta forma, los colectivos y colectivas que buscan en cada rincón de nuestras geografías nacionales han sido denominados “víctimas”, buscadoras (es), rastreadoras (es), conceptos que se convierten rápidamente en metáforas organicistas,6 poco útiles para alcanzar las demandas de verdad, justicia y reparación. Contradictoriamente, estas metáforas han asegurado la impunidad de los actores legales e ilegales que perpetran las violencias sociales y políticas contra la población.7
La experiencia de las familias ante la ausencia de un ser querido ha sido, públicamente, un elemento negado, borrado como paradigma explicativo, marginado del espacio y la esfera pública. La negación y la borradura de la experiencia ante la ausencia de un ser querido, coloca a las familias de esos ausentes como “víctimas” homogéneas, como si se tratara de una nueva categoría sociológica que vacía a los dolientes de todo sentido-contenido legal y político.8
El problema de la ausencia se vuelve aún más indeterminado, pues sigue siendo un elemento nulamente abordado por la filosofía occidental, incluso, todo parece indicar que su análisis ha sido evadido. Las reflexiones en torno a la ausencia han sido dicotómicas y se han centrado en la “metafísica de la presencia”.
En el texto de las Metáforas de la ausencia planteé cómo es que Heidegger lo abordó en el “ser” o Dasien, cómo es que colocó la esencia del sujeto como un atributo del tiempo, como un horizonte de posibilidad, desde ahí, pretendió entender al “ser” de una forma integral.
El “ser”, para Heidegger, es un concepto elemental, pero, paralelamente, también es vacío, puesto que el “ser” universal es algo aún inidentificable. Bajo esta lógica, el “ser” se convierte en algo entendible, por tanto, cuestionarlo, es caer en un error metodológico. El “ser” debe entenderse como es, no es necesario explicitar que el “ser”, pues es un ente, equivalente al “es”, el “es” es, a final del día, un ente.
Para Heidegger, el Dasien es la piedra angular para el análisis de la existencia, es el ente que tiene la capacidad de preguntar por el “ser”, un “ser” que se pregunta por el “ser”, resulta un círculo vicioso. Heidegger advierte concebir al “ser” como un concepto, porque el “ser” es un “ser” de un ente y es, a la vez, el todo del ente.9
Entender el “ser” como concepto nos permitirá adentrarnos en la filosofía primaria, volver al origen de las cosas, pues debemos comprender que el “ser” no debe ser observado desde la teoría que formula conceptos, desde la historia, ni desde la teoría del conocimiento o, incluso, desde la teoría de la historia como objeto del saber histórico, sugiere observar al “ser” desde la interpretación del ente propiamente histórico, en función de su historicidad.10
La tarea fundamental radica en comprender el sentido del “ser”, el sentido óntico, la vida y experiencia de un “ser” en el mundo, en su temporalidad histórica. En este sentido, el “ser” está determinado por su existencia y no por la ausencia. El “ser”, el “ser ahí” es la única y última condición de posibilidad, el “ser ahí” es el ser que comparece en el texto de Heidegger intitulado “El ser y el tiempo”.11
Por tanto, para Heidegger no es la simple anulación de la vida, la muerte es algo inevitable que aparece a la vida fáctica, así sea evadida o negada, la muerte está ahí siempre presente. La muerte convierte a la vida en una totalidad en sí misma, es el arco en el que la vida temporal se cierra. Ante la muerte el horizonte de posibilidad llega a su fin, el “ser” es un “ser” para la muerte.12
Paralelamente, Platón sostuvo que el “ser” es también la centralidad del pensamiento, arguyó que la ausencia es solo vacío y, únicamente, ausencia del “ser”. La ausencia es para Platón una especie del no “ser”, es algo simplemente inexistente.13
Para Sartre, el “ser” es un hombre sin esencia, es un hombre que tiene que configurarse en el mundo a partir de su necesidad. El “ser” es un hombre no solo condenado a ser libre, sino también condenado a justificarse de sí, a crearse en el conocimiento de su ser en el mundo. En otros términos, el “ser” es una diferenciación permanente del “en-si”. Esta es la relación entre el “si” con él para “si”. El “ser” en Sartre es un sujeto que está plagado de intencionalidad y profundidad, por tanto, la conciencia es la nada, por sí sola la conciencia no es posible, es impensable, toda conciencia es conciencia de algo, no hay conciencia que no sea la posición de un sujeto. La conciencia no tiene contenido, no hay ser sin ausencia, ello supone que la ausencia representa una tensión con el “ser”, debido a que: la ausencia es la tirantez entre el “ser” y la nada.14
La ausencia en el “ser” es, para Levinas, un despojo de toda particularidad, de todo sentido de sí mismo, es vivir privado de todo sentimiento de sí mismo. Ello produce la construcción de una conciencia frente al mundo. La ausencia en el “ser” produce una existencia fantasmal, el “ser” se convierte en un espectro, un fantasma. El fantasma para Levinas es el sujeto que vivió la época del horror. El horror es espectro de fantasma en el sujeto y puede identificarse “cuando la existencia pasa por un hombre sin que este pueda devenir conciencia, tomar un nombre y un rastro ante los otros hombres y otros rostros, cuando el mutismo es el único grito de angustia y de desamparo y, sin embargo, no muere por ello ¿Qué queda ya?”15
Existe, en esta precisión de Levinas un miedo a la realidad de la irrealidad, esa irrealidad más profunda y trágica que la angustia de la nada, de la muerte o de la ausencia cercana. La ausencia estanca al sujeto en sí mismo, lo coloca en ese lugar donde la irrealidad es tal que la sonrisa aflige al corazón y la alegría termina por pesar.16
Nishitani fue un filósofo oriental pionero en sus geografías en estudiar la ausencia, él cuestionó el profuso nihilismo de la filosofía occidental existencialista, lo calificó como relativo.17 El relativismo para Nishitani radica en que el nihilismo de la filosofía oriental es absoluto, permea todo el pensamiento asiático, un pensamiento que, desde el origen de sus tiempos ha tomado como principio la nada, el vacío: el fondo sin fondo.
Esta reflexión la retomó, posteriormente, Byung-Chul Han.18 Él analizó la filosofía de la ausencia en el oriente. Identificó la permanencia de una cultura de la ausencia, la cual se contrapone a la cultura que sobre la ausencia se ha construido en occidente, una cultura que, como se escribió líneas arriba, se ha centrado en el binomio dicotómico de la presencia/ausencia.
Chul Han subrayó que en occidente la filosofía ha centrado su estudio en la existencia, en el “ser”. En la filosofía occidental no hay una diferencia o dicotomía entre luz y oscuridad, no se concibe como un elemento teológico: bueno/malo, blanco/negro, luz/oscuridad, no está aún indiferenciado.
Chul Han arguye que, en el oriente, la ausencia equivale a no habitar, mientras que, a diferencia de occidente, la esencia es la diferencia. La ausencia, por ejemplo, en términos espaciales no existe en oriente, los espacios están saturados, la ausencia ahí hace más permeable el espacio, lo amplia. El objeto de la existencia es el aferramiento al ser, por tanto -como ya se anotó- no hay una diferencia o dicotomía entre la luz y la oscuridad, se complementan como un elemento teológico: bueno/malo. Únicamente existe la indiferenciación.
En síntesis, Chul Han sostiene que la esencia y la ausencia no habitan en ningún lugar en el oriente. En China, por ejemplo, el no “ser” exige presencia, apetencia. Predomina la no esencia, inspirado por el taoísmo, la esencia está asociada al caminar, no en la acción de habitar. Por tanto, en esa región no hay puertas, aposentos, no hay nada fijo. La ausencia se vuelve funcional para sobrellevar el vacío, a todo lo ausente, a vivir con el corazón vacío, con la nulidad de sí mismo y la nulidad del mundo ante la ausencia del que es mi yo. El vacío y la ausencia acortan subjetivamente la vida. La vida está atravesada por una atmósfera de ausencia, un Dasien sin cuidado. El sujeto está encapsulado en algo onírico, en una levitación onírica. Bajo esta lógica, la ausencia no admite parcialidad, la ausencia, toma partido.19
Desde otra latitud, y en otra dimensión analítica de la ausencia y el vacío, Héctor Sevilla escribió sobre una apología de la ausencia.20 Sevilla argumentó que el vacío ha sido tolerado, que el vacío en la cultura occidental asemeja a un no sentido, una ausencia profunda. Mientras que el vacío es, o puede ser, un contendor de alternativas.
Para Sevilla, ello equivale a subrayar que, detrás de cada ansiedad hay un vacío que no ha sido significado correctamente. Por tanto, en el trascurso de nuestras vidas, no hemos aprendido a elaborar experiencias posibilitadoras ante el vacío y la ausencia. El vacío y la ausencia se viven con sufrimiento, con un dolor infecundo que vacía todo sentido, nos aleja de la contemplación y nos impide comprender nuestro mundo, nuestro orbe personal, la profundidad subjetiva.
Héctor Sevilla sostiene que el “aquí”, únicamente se hace consciente cuando se le ubica en la corporeidad. Es importante asumir el “aquí” de manera consciente y corporeizarlo, solo así podremos reducir la sensación del vacío y la ausencia. Si el aquí se concientiza y se corporativiza, las posibilidades de sobrevivir al vacío y a la ausencia se potencializan.
Existen múltiples obstáculos que impiden la concientización y corporeidad del “aquí”, elementos útiles para reducir la sensación del vacío y la ausencia y convertirlos en algo fecundo a través de la contemplación. Hay elementos biológicos, intelectuales, cognitivos, actitudinales y numinosos, que crean connotaciones del vacío y la ausencia.
Es importante destacar, según la lógica de Sevilla, que ninguna de estas modalidades de vacío es producida por voluntad propia. No es un ejercicio voluntario, reflexivo y, ni siquiera, admitido.21
Otras ramas denominadas científicas se han ocupado del estudio de la ausencia, una de ellas es el psicoanálisis. Para esta área, la ausencia con frecuencia deviene de la muerte y se experiencia a través del duelo. El o la ausente se vuelve un fantasma que visita, ronda y se va. Ese fantasma existe en el mundo de los recuerdos de los vivos, con toda su carga de nostalgia.22
A partir de este modelo, el psicoanálisis describe el contenido normativo de los duelos personales y familiares, los cuales se han llevado a cabo a través de funerales de cuerpo presente, homenajes a los muertos, acompañamiento a los vivos en su dolor, ayudándoles a diferenciarse, otorgando un lugar al que murió y está en el féretro, una urna, una fosa o permitiéndose ser testigos de su cremación. Es importante que la persona doliente encare y cierre el duelo de la ausencia de un ser querido por muerte, en términos relativos, “natural”. El duelo suele afectar seis ámbitos del familiar doliente: sicológico, emotivo, mental, social físico y espiritual.23
La ausencia deviene también por una pérdida o muerte violenta, una muerte que rompe el sentido natural: generacional, normativa o pérdidas desfasadas: enfermos mentales, con las que el alma se ausenta, pero el cuerpo se queda presente, como sucede cuando una persona entra en coma o adquiere una enfermedad mental degenerativa como el alzheimer. Existen también perdidas ambiguas24 cuando un ser querido se ausenta, muere en una guerra y el cuerpo no es encontrado, accidentes en los que el cuerpo es borrado o, incluso, cuando la persona ha sido desaparecida.
Estas muertes ambiguas adquieren formas fantasmales, según el psicoanálisis, esos fantasmas suelen proveer cierta continuidad entre los vivos y los muertos y, a veces, entre el pasado y el presente.25 El duelo en las familias de desaparecidos no puede ser superado, no arropan un sentido de pérdida, “el ausente no está muerto”, existe la esperanza del retorno. No experimentan el duelo, sino un dolor permanente, que se prolonga mientras la presencia de su ausencia siga latente.26
La presencia virtual es evocada por los familiares del ser ausente, lo mantienen en el mundo interaccional, aunque el ser no esté presente y se encuentre ausente. Las pérdidas ambiguas obligan a las familias a darle un lugar al ser ausente, tanto espacial, verbal o simbólico. Este fenómeno es conocido como una inversión emocional o un entrampamiento que padecen los familiares de la persona desaparecida, ausente. El fantasma no se va, se queda ahí con ellos por el resto de sus días. Los ausentes mantienen una presencia incontrovertible entre los vivos, corporizan sus emociones, hacen que múltiples ritos se activen y los silencios se extiendan. El fantasma del ser ausente se convierte en un orden estabilizador para los vivos.
Experimentan un duelo ambiguo, basado en la no presencia física del ausente, con resistencia para celebrar rituales de cierre, las dudas que suelen asaltar a los familiares de desaparecidos: ¿Vivirá o no? ¿Será necesario celebrar el funeral o esperar?27
La pérdida ambigua produce en los familiares una experiencia temporal de la ausencia, la viven en múltiples tiempos: circular, lineal o permanente. El ausente provoca soledad, recuerdo, nostalgia y produce una sensación de estar incompleto.28 Aparece la Saudade, contiene un significado doble de esperanza y fatalidad: aquello que extrañamos, la persona ausente, por ejemplo, no está más, hemos perdido su acceso; a lo mejor, lo encontraremos una vez más en el futuro distante… o quizá no.29 En la psicoterapia la Saudade es ese recinto emocional, esa metáfora paralela a la tumba vacía del occidente cristiano.
En los casos donde la ausencia de un ser querido fue producida por una violencia social y política desatada por un régimen totalitario, autoritario o dictatorial, la experiencia es, en primera instancia inenarrable, las palabras fracasan en su función descriptiva. La historia se borra, no hay narrativas que le den cuerpo, que la estructuren coherentemente.
Las violencias de Estado destruyen activamente el lenguaje y el mundo normativo, tanto de la víctima como de sus familiares.30 Las familias de los desaparecidos padecen una pérdida ambigua, los efectos de la presencia ante la ausencia violenta del ser querido suelen ser contundentes. La ausencia se vive con mucha presencia, con mucho presente, en algunos casos, la ausencia se experimenta con muchas cargas del pasado, las familias, cuando pueden enunciar esa ausencia, lo hacen desde diversos tiempos verbales.
La ausencia se tiende a anular, los familiares optan por creer que sus desaparecidos están vivos, prefieren mantenerlos vivos, mantener la esperanza de su regreso.31 El desaparecido, el ser ausente es abrigado de otro eufemismo que permita a los familiares mantener la esperanza del regreso. La persona desaparecida está físicamente ausente, pero sicológicamente presente, los familiares utilizan eufemismos, símbolos para cubrir el vacío generado por la ausencia de sus desaparecidos de manera forzada por actores e instituciones estatales y adyacentes al Estado.32
Los familiares de los ausentes-desaparecidos suelen vivir con la culpa, la culpa de ser sobrevivientes, de ser testigos del trauma, horror, la culpa de ser testigos de sí mismos. Suelen vivir en un limbo, inhabilitados para llorar a sus ausentes porque no están muertos, se mantienen inmovilizados para proseguir con sus vidas, una vida habitada por fantasmas-espectros de gente ausente, pero que también están, de una u otra forma, presentes.33
El conjunto de estas aseveraciones cobran relevancia si nos preguntamos sobre la experiencia de la ausencia de los familiares de desparecidos en México, si el vaciamiento, el vacío en el que han sido colocadas por el Estado y sus instituciones los convierte en una indiferenciación, sin duda, el Estado y sus narrativas los ha catalogado como “víctimas”. La “víctima” como una metáfora que explica la ausencia.34 Ello hace del fenómeno de la desaparición un símbolo, que carece de significado fijo, es un vacío, una ausencia permanente que ha sido recubierta por múltiples metáforas que revisten y maquillan la desaparición y desaparición forzada de personas, así como sus experiencias.
Bajo esta forma-no forma, la ausencia se habita, sufre un amontonamiento conceptual, se le nombra a través de metáforas las cuales suelen resultar ajenas para las personas que tienen un ser desaparecido, ausente.
Los paradigmas metafóricos nos deberían alertar sobre la doble desaparición. La doble desaparición consistente en que, en México, la ausencia de un ser querido se ha afrontado a través de una metáfora, ello debido a que no hay y no nos hemos permitido nombrar la ausencia, la experiencia ha sido suprimida, no contamos con un concepto que alcance y sea útil para transferir esa experiencia.
En resumidas cuentas, la desaparición sigue siendo una experiencia aun indecible. La imposibilidad de nombrar, narrar y transferir la experiencia no sutura, por el contrario, agudiza la profundidad de la fisura que genera. Desconocemos el quiebre del sujeto, la ruptura de su normalidad, el desmoronamiento de sus vivencias, así como la pérdida de certezas existentes antes de la ausencia, el sentido de vida.
Desconocemos cómo es que la esperanza en el presente y el futuro fue segada. Las metáforas de la ausencia terminan maquillando la experiencia de las múltiples fisuras, -como ya se señaló- biográficas y familiares, imposibilita conocer el dolor de la pérdida, cómo es que se olvida gradualmente la mirada de la personas desaparecida, el sonido de su voz, su sonrisa, su llanto y las expresiones alegres. El ser que busca al desaparecido también desaparece de su presente, por tanto, su experiencia también prescribirá en el futuro. La experiencia de la ausencia es algo vivo, pero sin porvenir, es el síntoma de un malestar sin tiempo, aunque sí finito.
Sin duda alguna, la religión ha sido un elemento poco analizado y que, -como en adelante se apuntará- holgadamente ha amortiguado la experiencia ante la ausencia de un ser querido. Me refiero particularmente a la religión emergida del cristianismo. El cristianismo nos ha legado una Paidea, una pedagogía-aleccionadora sobre la espera, la búsqueda, el retorno del ausente y la idea de trascendencia infinita.
Paideia cristiana: ausencia, búsqueda e infinito
Ante la falta de una filosofía y un análisis que, más allá de las metáforas nos permita entender y abordar la ausencia como un problema, se vuelve necesario repensar y preguntarnos sobre nuestras experiencias ante la ausencia, las ausencias en nuestro tiempo presente.
No disponemos de algún registro filosófico, sociológico, antropológico, histórico o teológico que nos permita comprender cómo es que hemos afrontado la ausencia, particularmente la ausencia de un ser querido a partir de una desaparición o desaparición forzada.35
Bajo este principio es que hurgué en uno de los más sólidos pilares que sigue generando, no solo cohesión, sino también un profundo sentido e identidad en la sociedad mexicana, me refiero al aparato religioso, principalmente aquel generado y heredado por el cristianismo.
Al revisar algunos de los abordajes de los principios religiosos -particularmente del catolicismo- que se anclan en la desaparición y la ausencia, podemos confirmar que, dichos elementos, son el epicentro fundacional y refundacional de esa religión. En esa unidad podemos localizar el gran sentido, la ruta que debe seguir todo creyente para solucionar el gran misterio del mundo y, alcanzar así, la trascendencia infinita.
Develar el misterio del mundo y alcanzar la trascendencia infinita tiene una clave que, para nuestra búsqueda resulta ser fundamental, consiste en saber cómo religiosa y dogmáticamente se ha afrontado la ausencia, particularmente, la ausencia de dios en la tierra. Esta fue, sin duda, la herencia-paideia teológica más poderosa para occidente, la cual nos permite pensar, desde otras geografías cognoscitivas, cómo es que se ha podido afrontar, más allá de la metaforología, la crisis de la ausencia en México.
El cristianismo decretó el misterio del mundo y la trascendencia infinita a través de una narrativa bíblica, los apóstoles Juan y Mateo describieron el momento justo cuando un ángel descendió del cielo y, con una arrebatada fuerza retiró la pesada loseta que cubría la improvisada tumba de un sujeto que había sido crucificado unas horas antes. Los guardias romanos que cuidaban la tumba, al ver al ángel perdieron el conocimiento, se desvanecieron. Posteriormente, el ángel se sentó arriba de la gran loseta y esperó hasta que tres mujeres se acercaron. Acto seguido, el ángel dijo a las mujeres que el sujeto que buscan, ese que había sido crucificado y resguardado en esa tumba improvisada, ya no estaba, que había resucitado, que había regresado del mundo de los muertos. Posteriormente, el sujeto que había sido crucificado apareció y dijo a las mujeres, con sobrada alegría, que por favor compartieran con todos sus hermanos, la noticia de su resurrección.
Las mujeres no dedujeron nada, antes solo habían observado cómo el cuerpo de aquel sujeto había sido descolgado de la cruz y trasladado con premura a su tumba improvisada. Atestiguaron su martirio, su inmolación y, posteriormente, constataron cómo el cuerpo fue depositado en lo que sería su primera morada antes de darle un aposento eterno. Ellas estaban seguras de que, el cuerpo había sido depositado en esa tumba, sellada posteriormente por los militares romanos, con una gruesa y pesada loseta.
Los militares romanos tenían prisa por trasladar el cuerpo a su tumba improvisada, pues faltaban pocas horas para que el sábado comenzara, y estaba prohibido realizar cualquier labor en un día de guardar. Trabajar en sábado era una violación a la ley. Pilato ordenó que el cuerpo pasara un día ahí y, que el domingo siguiente, fuera entregado para que le dieran una morada definitiva. Para evitar la extracción del cuerpo por sus seguidores, Pilato ordenó que una guardia de soldados romanos vigilara el aposento durante la noche. Al despuntar el alba, el cuerpo ya no estaba, el ángel que descendió del cielo lo había extraído, lo había llevado consigo. Cuando María, Magdalena y Salomé acudieron a la tumba con bálsamos y especias aromáticas para ungir el cuerpo, este ya no estaba, el cuerpo estaba ausente, con asombro comprobaron que la tumba estaba vacía.
Los soldados atónitos informaron sobre la ausencia del cuerpo en la tumba, no tenían respuestas ante lo sucedido, bajo su vigilia, nadie había extraído el cuerpo del hombre crucificado. Los gobernantes y los sabios sacerdotes solo pudieron sobornar a los guardias, para que dijeran que los seguidores de Jesús habían extraído el cuerpo durante la noche, que lo habían expropiado, que se lo habían llevado. ¿Quedó vacío el sepulcro de Jesús? El relato escrito por Jon Sobrino36 señala otras pistas sobre la ausencia de Jesús. Reproduzco íntegramente esas líneas:
Todos los evangelistas cuentan que, al día siguiente de la crucifixión, muy de mañana, unas mujeres se acercaron al sepulcro donde había sido depositado el cadáver de Jesús y lo encontraron abierto y vacío. Naturalmente quedaron sorprendidas y sobrecogidas. Según el relato, un ángel de Dios las sacó de su desconcierto con estas palabras: No os asustéis. Vosotras buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. ¡Ha resucitado! No está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis.
Las primeras confesiones e himnos litúrgicos que hablan de la resurrección de Jesús o de su exaltación a la vida de Dios no dicen nada del sepulcro vacío. Tampoco Pablo de Tarso menciona este hecho en sus cartas. Solo se habla del sepulcro vacío a partir de los años setenta. Todo parece indicar que no desempeñó una función significativa en el nacimiento de la fe en Cristo resucitado. Solo adquirió importancia cuando el dato fue integrado en otras tradiciones que hablaban de las apariciones de Jesús resucitado.
No es fácil saber si las cosas sucedieron tal como se describen en los evangelios. Para empezar, no es fácil saber con certeza cómo y dónde fue enterrado Jesús. Los romanos solían dejar a los crucificados sobre el patíbulo, abandonados a los perros salvajes y a las aves de rapiña, para arrojar sus restos luego a una fosa común o pudridero sin culto ni honras fúnebres. Esta humillación final del ajusticiado era parte del rito de la crucifixión.
¿Terminó así Jesús, en una fosa común donde ya estaban pudriéndose otros muchos ajusticiados, expulsados de la vida sin honor alguno? Históricamente es poco probable. Según una tradición, Jesús fue enterrado por las autoridades judías que pidieron a Pilato que le hiciera morir, y luego le bajaron del madero y le pusieron en un sepulcro. El dato es verosímil. Las autoridades de Jerusalén están preocupadas: van a comenzar las fiestas de Pascua y aquellos cuerpos que cuelgan de la cruz manchan la tierra y contaminan toda la ciudad. Jesús y sus dos compañeros han de ser enterrados con prisa, sin ceremonia alguna, antes de que comience aquel solemne sábado de Pascua.
Los evangelios, sin embargo, ofrecen otra versión. Reconocen honestamente que no fueron sus discípulos quienes enterraron a Jesús: todos habían huido a Galilea. Tampoco las mujeres pudieron intervenir, aunque siguieron el enterramiento desde lejos. Pero hubo un hombre bueno, llamado José de Arimatea, desconocido por las fuentes hasta este momento, que pide a Pilato la debida autorización y lo puede enterrar en un sepulcro excavado en la roca. No deja de haber puntos oscuros sobre la identidad de José de Arimatea y su actuación, pero también es posible que las cosas sucedieran así. Sabemos que, ocasionalmente, las autoridades romanas daban su autorización y permitían que un crucificado pudiera recibir una sepultura más digna y respetable por parte de amigos o familiares. Es difícil saber lo que sucedió. Ciertamente, Jesús no tuvo un entierro con honras fúnebres. No asistieron sus seguidores: los varones estaban escondidos, las mujeres solo podían mirar de lejos. Todo fue muy rápido, pues había que acabar antes de que llegara la noche. No sabemos con certeza si se ocuparon de él los soldados romanos o los siervos de las autoridades del templo. No sabemos si terminó en una fosa común como tantos ajusticiados o si José de Arimatea pudo hacer algo para enterrarlo en algún sepulcro de los alrededores.
Para muchos investigadores, tampoco queda del todo claro si las mujeres encontraron vacío el sepulcro de Jesús. La cuestión se plantea en estos términos: ¿está describiendo este relato lo que realmente sucedió o es, más bien, una deducción nacida a partir de la fe en la resurrección de Jesús, que está ya consolidada entre sus seguidores? ¿es una narración que recoge el recuerdo de lo que ocurrió o se trata de una composición literaria que desea exponer de manera gráfica lo que todos creen: ¿si Jesús ha resucitado, no hay que buscarlo en el mundo de los muertos? Ciertamente, el episodio puede haber ocurrido realmente, y no faltan motivos para afirmarlo. Se hace difícil imaginar que se creara esta historia para reforzar con todo realismo la resurrección de Jesús, escogiendo precisamente como protagonistas a un grupo de mujeres, cuyo testimonio era tan poco valorado en la sociedad judía: ¿no podía inducir a pensar que un hecho tan fundamental como la resurrección de Jesús era un asunto de mujeres? ¿Por otra parte, era posible proclamar la resurrección en la ciudad de Jerusalén si alguien podía demostrar que el cadáver de Jesús seguía allí, en su sepulcro?
Una lectura atenta del relato permite leerlo desde una perspectiva que va más allá de lo puramente histórico. En realidad, lo decisivo en la narración no es el sepulcro vacío, sino la revelación que el enviado de Dios hace a las mujeres. El relato no parece escrito para presentar el sepulcro vacío de Jesús como una prueba de su resurrección. De hecho, lo que provoca en las mujeres no es fe, sino miedo, temblor y espanto. Es el mensaje del ángel lo que hay que escuchar, y, naturalmente, esta revelación exige fe. Solo quien cree en la explicación que ofrece el enviado de Dios puede descubrir el verdadero sentido del sepulcro vacío.
Es difícil, pues, llegar a una conclusión histórica irrefutable. Lo que podemos decir es que el relato no hace sino exponer de manera narrativa lo que la primera y segunda generación cristiana vienen ya confesando: Jesús de Nazaret, el crucificado, ha sido resucitado por Dios. En concreto, las palabras que se ponen en boca del ángel no hacen sino repetir, casi literalmente, la predicación de los primeros discípulos.
Es otra manera de proclamar la victoria de Dios sobre la muerte, sugiriendo de manera gráfica que Dios ha abierto las puertas del sheol para que Jesús, el crucificado, pueda escapar del poder de la muerte… A los peregrinos llegados hasta el sepulcro se les anunciaba la Buena Noticia: Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí. Ved el lugar donde lo pusieron… Para estos creyentes, este relato resultó fascinante. ¿Dónde se puede captar la victoria de Dios sobre la muerte mejor que en un sepulcro vacío?
El relato del sepulcro vacío, tal como está recogido al final de los escritos evangélicos, encierra un mensaje de gran importancia: es un error buscar al crucificado en un sepulcro; no está ahí; no pertenece al mundo de los muertos. Es una equivocación rendirle homenajes de admiración y reconocimiento por su pasado. Ha resucitado. Está más lleno de vida que nunca.
Él sigue animando y guiando a sus seguidores. Hay que volver a Galilea para seguir sus pasos: hay que vivir curando a los que sufren, acogiendo a los excluidos, perdonando a los pecadores, defendiendo a las mujeres y bendiciendo a los niños; hay que hacer comidas abiertas a todos y entrar en las casas anunciando la paz; hay que contar parábolas sobre la bondad de Dios y denunciar toda religión que vaya contra la felicidad de las personas; hay que seguir anunciando que el reino de Dios está cerca.
Tal como se predijo y anunció, Jesús apareció en la montaña de Galilea y solicitó a sus seguidores buscaran más discípulos de todas las naciones, que los bautizaran y les enseñaran a cumplir sus mandamientos, que los conminen a seguirlo a él. A cambio, Jesús les prometió estar siempre presente con ellos, que nunca los abandonaría, aun a pesar de su ausencia. Por último, les prometió que algún día regresaría.
Las dudas sobre la resurrección de Cristo, la tumba vacía, su ausencia permanente y la promesa del retorno a cambio de que lo fieles lo siguieran, fueron disipadas cuando Jesús se presentó ante los peregrinos de Emaús:
...ellos iban a una aldea llamada Emaús, que estaba como a once kilómetros de Jerusalén. Y conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminó con ellos.
Pero sus ojos estaban velados para que no le reconocieran. Y él les dijo: ¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando? Y ellos se detuvieron, con semblante triste. Respondiendo uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido en estos días? entonces él les dijo: ¿qué cosas? y ellos le dijeron las referentes a Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los principales sacerdotes y nuestros gobernantes le entregaron a sentencia de muerte y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que iba a redimir a Israel. Pero además de todo esto, este es el tercer día desde que estas cosas acontecieron. Y también algunas mujeres de entre nosotros nos asombraron; pues cuando fueron de madrugada al sepulcro, y al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Algunos de los que estaban con nosotros fueron al sepulcro, y lo hallaron tal como también las mujeres habían dicho; pero a él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: ¡oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿no era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrará en su gloria? y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a él en todas las Escrituras. Se acercaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Y ellos le instaron, diciendo: quédate con nosotros, porque está atardeciendo, y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que al sentarse a la mesa con ellos, tomó pan, y lo bendijo; y partiéndolo, les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de la presencia de ellos. Y se dijeron el uno al otro: ¿no ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las escrituras? Y levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: es verdad que el señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaban sus experiencias en el camino, y cómo le habían reconocido en el partir del pan (Lucas 24:13-35).37
Los peregrinos de Emaús fueron testigos de la resurrección, la confirmación de la desaparición, ausencia, presencia y, el regreso de Jesús. Sintieron un agradecimiento profundo porque Cristo no los abandonó, los buscó y les dio aliento cuando estaban solos en el camino, siendo presa del desánimo y el abatimiento. Los peregrinos de Emaús regresaron a Jerusalén para contar las buenas nuevas, sintieron que su mente y corazón fue iluminado porque pudieron identificar a Jesús. Exhortaron a sus discípulos a salir a caminar, a buscarlo, porque él estará en todo lados y pronto regresará. Los exhortaban a que nada ni nadie les quite la gracia de la presencia de Cristo, es, según su testimonio, un gran tesoro de vida, aunque no esté presente, no se sienta su presencia, él estará ahí, con todos nosotros, acompañándonos y guiándonos en nuestros pasos al buscarle.
Detrás de este pasaje, se asume que la gloria se alcanzará detrás del sufrimiento, tal como aconteció a los peregrinos de Emaús, por ello Jesús les respondió que no fueran insensatos y tardos de corazón, pues cualquier persona experimenta la pérdida, la ausencia de un ser querido, amado, siempre seguida de una desilusión. El camino a Emaús es una procesión ante la pérdida de Jesús como mesías, donde Cleofás y el misterioso interlocutor de Jesús lo encuentran. Jesús regresó, se hizo presente en un momento de desesperación, desaliento y pérdida de sentido. Jesús exhortó a sus apóstoles a enseñar las escrituras, para que el mundo aprendiera que la obra de Dios es el convertir una y otra vez la experiencia de sentido y el sufrimiento en una experiencia de liberación y de gloria.
Sin duda, desde entonces, Jesucristo se convirtió para el mundo occidental en el primer desaparecido de su historia. La alegoría que acompaña dicha desaparición o ausencia es, como ya se señaló, la tumba vacía. La tumba vacía como un acto de fe en la resurrección -el regreso del mundo de los muertos- la tumba vacía como un cuerpo sin cuerpo que puede desaparecer y aparecer. La alegoría de la tumba vacía configuró en el occidente cristiano una pedagogía para sobrevivir a la ausencia de dios, por ende, conformó una experiencia ante la desaparición-ausencia de un ser querido, la cual oscila entre la culpa, incertidumbre, miedo y, sobre todo, la esperanza del retorno de ese ser entrañable que fue desaparecido, que desapareció y, por ende, está ausente.
Paradójicamente, con la desaparición de Jesús se construyó también la negación, la mentira como símbolo ante su desaparición:
cuando recuperan el aliento [los soldados que vigilaban la tumba] entran a la ciudad y les cuentan a los sacerdotes principales todo lo que ha pasado y, después de que éstos consultan a los ancianos judíos, deciden pagar una cantidad de dinero a los soldados para que no cuenten la verdad y para que digan: [que] sus discípulos vinieron de noche y se robaron el cuerpo mientras ellos dormían.38
La ausencia de Jesús aparejó la primera gran mentira histórica, elaborada por los arcontes romanos para reducir el misticismo de su desaparición, precisando que no desapareció, que su cuerpo fue extraído por sus seguidores. El argumento es que, aunque su cuerpo esté ausente en la tumba, no ha desaparecido, Jesús no está desaparecido, sus seguidores lo tienen resguardado en algún lugar.
En el mundo cristiano la ausencia se ha experimentado como una duplicidad que da sentido, si bien, no está el ser presente, tampoco hay una revelación de su ausencia. Paradójicamente, está presente en todos lados, la ausencia hace del ser ausente un ente omnipresente, una inmaterialidad que existe entre nosotros, en el recuerdo, memoria, conciencia, naturaleza, en la oración y también en el vacío. Ante ello, la ausencia tiene múltiples cuerpos, múltiples formas que avivan la esperanza del retorno del ser ausente. La ausencia para el cristianismo occidental es lo que E. Jünger denominó, en 1984, “el misterio del mundo”.39 Por consecuencia, la ausencia siempre estará presente.
La tumba vacía es, además de un misterio del mundo, una paideia ante la búsqueda del cuerpo ausente, un cuerpo que no está aquí, pues al igual que Dios está oculto, podría estar aquí, o más allá, o no estar, pero, algún día regresará. Los fieles seguidores, tal como Jesús encomendó a sus discípulos, deben esperar su llegada, pero mientras eso no suceda, deben ir en su búsqueda. La ausencia se convierte así en una metáfora del infinito, en un eterno buscar; es algo semejante a la prueba del desierto que pasó Jesús.
Michel de Certeau escrituró lúcidamente esos pasajes bíblicos y estableció conexiones entre el poder y el deber de la iglesia católica. De Certeau explicitó en la “mística del dios oculto” que la ausencia del cuerpo de Cristo es una ausencia relativa, porque él aseguró que regresará. Jesús está aquí, pero no está, está allá o, incluso, mucho más allá, sostiene de Certeau. La promesa de su retorno se convierte en una experiencia para sus feligreses, es un acto de fe, los que esperan su llegada, los que siguen a Cristo y lo buscan son testigos del milagro. La ausencia de Cristo siempre es presencia: “Dios está aquí”. Aunque fuera un engaño, no hay lugar sobre la tierra un paraíso donde se pueda identificar y negar esa verdad.40
De Certeau refiere un elemento que es muy importante para pensar el tema de la ausencia de dios, es el periodo de tiempo que pasa antes del prometido regreso: la “espera”. Todo creyente durante la espera padece múltiples escozores, tanto racionales, emocionales, físicos y materiales, por ello debe palearlos a través de la búsqueda, debe buscar a dios, trazar itinerarios, caminar puesto que no “se puede decir nada más Dios está aquí”,41 como si se tratara de un absoluto, una verdad que va al infinito. Dios es algo indefinible, algo no delimitado, es algo insuperable.42 Dios siempre es un más allá, no está en ningún lado, es un ente ilocalizable. La espera radica en que todo creyente debe buscar, no puede el creyente sentarse a esperar, porque la finitud de su arco temporal quizá no les vaya a alcanzar para atestiguar el milagro. Desde esta perspectiva, Dios se convierte en una metáfora del infinito, puesto que no está donde se busca, está siempre más allá.
El infinito es una paradoja, porque es, primeramente, aquello con lo que una comunidad o una persona no puede vivir, no tener una perspectiva de infinito, significa la muerte, equivale a estar muerto. El infinito es algo que no se puede conocer, poseer, aunque se anhele y se busque, aunque se tenga un itinerario y se ande y camine tanto.43 Por eso Dios está ausente, existe en la metáfora de ese infinito, nunca se sabe cuándo regresará Jesús como ese “otro”. Pero, el creyente, lo busca toda su vida, espera -como lo señalamos antes- el milagro de su retorno. La ausencia de Jesús es necesaria para su validación, de esta forma, su reencarnación se convierte en un realismo ahistórico o, un realismo infinito. Es la esperanza común del sujeto vivo. Una paradoja más: el presente es un espacio de vértigo entre el pasado y el futuro, Jesús, Dios, habita la ausencia, pero, a la vez, es un no habitar. Por eso, como ya se señaló reiteradamente, hay que caminar hasta encontrarlo. Jesús, Dios, es el “cuerpo místico”, un hombre-dios.44 Es la mística del Dios oculto.
La paideia cristina como una herencia cuasi infinita ante la ausencia cobra relevancia al intentar responder las preguntas que guiaron este escrito: ¿Cuáles han sido algunos de los soportes que la desaparición de personas contiene en sí misma y que la hacen ser, de alguna forma, algo “resistible” para los sujetos que, indirectamente la padecen, a decir los familiares? ¿Cómo es que la desaparición de una personas llega a ser entendida -a veces inconsciente y otras veces conscientemente- desde una perspectiva religiosa? ¿Cómo es que la ausencia puede sostenerse, qué contenido es el que tiene que desnutre el horror que reviste? ¿Cuál ha sido el papel histórico y presente de las entidades espirituales y religiosas ante la desaparición de personas, tanto en el ámbito simbólico como axiológico?
A partir de la paideia cristiana, la persona que busca a su ser querido soporta los horrores que revisten la ausencia por la promesa del regreso, el retorno. Asumir que un ser amado ausente está en algún lugar, que puede estar allá, o más allá, por ello es importante no quedarse quieto a esperar su retorno, es vital salir a buscarle, caminar. Para ello, diría de Certau, es apremiante, antes de caminar, elaborar itinerarios, trazar caminos y rutas de búsqueda.
En México, la acepción más socorrida para esta acción ha sido el mote de “buscadoras”, “buscadores”, “rastreadoras” y “rastreadores”. Una práctica que cientos de miles de mujeres y hombres que, además de sobrellevar el dolor, salen con la familia a cuestas a buscar a sus seres queridos que se encuentran ausentes. Estas personas que buscan en vida y buscan en muerte, trazan itinerarios, rutas de búsqueda, para caminar, raspar, escarbar y olfatear todas las capas de nuestra geografía nacional.
La ausencia de su ser querido es equivalente, tanto a nivel personal como social a la tumba vacía. La paideia cristiana nos permite pensar en un referente para el tratamiento del sufrimiento, el horror, el coraje, la frustración como una experiencia de liberación y gloria, el símil de la prueba del desierto, del gran misterio del mundo, la esperanza misma ante la promesa del retorno del ser ausente.
Esa persona que no está presente, pero habita en el mundo de los vivos como un espectro que regresa y se va, al igual que Jesús. La persona desaparecida comparte, bajo esta pedagogía la misma mística de Cristo, no está muerta, está oculta, su ausencia se vuelve entonces algo relativo. Su regreso es, en todas sus dimensiones, un acto de fe, el cual impide que, tal como aconteció con los peregrinos de Emaús, pierdan toda esperanza, sentido y vitalidad. La búsqueda de Jesús supone infinito, a decir, la eternidad de un cuerpo social que renueva su expectativa, pero, contrario a ello, en la búsqueda de los seres queridos ausentes, no hay finitud, no existe la eternidad, el tiempo vital de la persona que busca a su ser querido y su esperanza está determinada por el tiempo vital.
Epílogo
El análisis de la ausencia desde la filosofía es sumamente limitado y los escasos enfoques que la abordan tienden a ser dicotómicos. Por un lado, se han centrado en la metafísica de la presencia, sostiene que el “ser” está determinado por su presencia, no por su ausencia, el “ser” no es la única condición de posibilidad, manifestado en el ser y el tiempo, o tiempo y muerte.
Bajo esta perspectiva, la ausencia no es propiamente un ser, porque un ser es algo siempre presente, no parte del antagonismo ausente, inexistente, porque, si así fuera, el ser ausente se convertiría en algo enteramente espectral, en un fantasma que bien se puede ir y regresar. La eterna fantología.
La ausencia deviene entonces de la muerte y, la muerte natural, es afrontada a través del duelo, los duelos privados y los duelos públicos, salvo cuando la muerte acontece de forma ambigua, el ser se torna espectro, fantasma. La muerte ambigua y la ausencia de un ser, deviene en espectro, un fantasma que tiende a otorgar estabilidad a los vivos se convierte en un permanente orden estabilizador, un generador de sentido, pero plagado de nostalgia. Un permanente estado de saudade.
Por ello abundan las fotografías de los rostros, las pancartas con las caras y los nombres del ser ausente. El espectro de la persona desaparecida es un objeto, artefacto a través del cual el familiar que busca se comunica con las autoridades, con las instituciones y con toda la comunidad que le rodea. La fotografía se convierte en un elemento que pone rostro a la experiencia personal y social ante la ausencia, es un objeto que sirve para comunicar y comunicarse entre el ser viviente y el ser que está ausente, es una forma de hacerlo presente, regresarlo al mundo de los vivos.
Por tanto, la metaforología como una herramienta que nos permite entender y analizar las experiencias ante la ausencia de un ser querido, ha generado caprichosas formas en el nombrar y lexicalizar la ausencia. Como ya se observó, se han generado metáforas ancladas principalmente en elementos éticos y morales, destacando la resistencia de los familiares ante la ausencia de un ser querido, como si se tratara de una digna rabia, alimentada por el familiar que busca. El mote de buscador, buscadora, rastreador y rastreadora se ha lexicalizado a grado tal de ser metáforas funcionalistas, organicistas, convenientes para los aparatos del poder político legal e ilegal, son metáforas complacientes que no incomodan en nada a los principios y actores encargados de perpetrar el horror.
Estas metáforas han vaciado de todo contenido legal y político a los familiares que buscan a sus seres queridos, tanto a corto, mediano como a largo plazo. Han suprimido sus experiencias de dolor, homologado su sufrimiento y son consideradas como un nuevo sujeto sociológico denominado “víctima”. Al final, la metáfora que nombra la ausencia y la lexicaliza, se convierte en una doble desaparición.
Ante ello, es que la paideia cristiana cobra relevancia para pensar el afrontamiento de la ausencia, particularmente desde la tumba vacía de Jesús, ese gran misterio del mundo que justifica la búsqueda y conmina a pasar la prueba del desierto, la búsqueda de la trascendencia.
Ante la tumba vacía se confirmó la ausencia de Jesús, se convirtió en un ser que no está aquí, no está allá, podría estar más allá, por ello que es necesario buscarlo hasta el infinito, porque él prometió regresar. Por ello, como ya se señaló líneas arriba, es menester trazar rutas, hacer mapas de búsqueda y caminar y caminar sin perder la esperanza de encontrarlo. De esta forma, su ausencia -así como la de las personas desaparecidas- se convierte en una inmaterialidad que vive entre los vivos, es una mística que palia el sentimiento ante la ausencia total, la vuelve una ausencia relativa, porque hay fe, se hacen actos de fe ante el milagro del retorno del ser querido, la esperanza del retorno. Una metáfora del infinito, el buscar y buscar hasta que sea encontrado o Jesús -o el ser querido- regrese. Al final, el sufrimiento está recubierto por la gloria, por ello la experiencia del coraje, el dolor, la incertidumbre y el sufrimiento es un ejercicio liberador. Esta paideia cristina del infinito nos otorga elementos para pensar en los soportes que la desaparición de una persona contiene en sí misma, que la hacen ser algo resistible para los familiares que no encuentran a su ser querido. Desde esta paideia la ausencia se sostiene, genera contenido y, de forma teológica, desnutre el horror que reviste.
Ante todos los elementos aquí expuestos, se puede afirmar que las experiencias ante la ausencia son finitas, expirarán cuando las personas que buscan fallezcan. Cada día que pasa, esa experiencia se va borrando, no será esa experiencia un elemento heredable, se quedará en los espacios privados, no logrará ser una experiencia social que nos aleccione como afrontarla en el porvenir.
La experiencia ante la ausencia está regulada por un gran arconte anclado en la paideia cristiana y la metaforología a través de las cuales, todo es una doble o triple desaparición y no hay reaparecidos, regresados, resucitados. Tal parece, asistimos a la construcción de un nuevo orden o paradigma social y político, en el que no se permite la experiencia social, se clausura el malestar y no hay presente ni porvenir. Síntoma de una crisis irresuelta y latente en el México del presente.










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