INTRODUCCIÓN
Durante el tránsito del siglo XIX al XX, el impulso de la modernidad en México se evidenció en la búsqueda de la identidad nacional y, particularmente, en el desarrollo de una cultura urbana en la que convergieron saberes tradicionales y modernos, populares y letrados, así como costumbres locales y modas cosmopolitas (Caravaca et al., 2018, pp. 3-4). En este contexto, las mujeres de las clases medias y altas incrementaron su participación en actividades económicas, culturales y sociales a través del impulso de causas benéficas, festivales y conmemoraciones patrióticas realizadas en espacios públicos, aunque siempre dentro de los límites impuestos por la opinión pública, las normas de moral y caridad católicas.1
En el caso específico de las jamaicas y las kermesses, muchas mujeres colaboraron activamente en la elección de alimentos, bebidas y vestimentas representativas de lo nacional, contribuyendo a homogeneizar usos y costumbres regionales y a recaudar fondos para distintas causas de interés público.2 Para entender este fenómeno, partimos de la idea de que los procesos de recepción, circulación, apropiación y redefinición de saberes son multidireccionales. Como ha señalado Néstor García Canclini (1989), estos intercambios no se limitan a una transmisión unidireccional entre cultura letrada y popular, sino que conforman una “hibridación” abierta a múltiples mezclas interculturales (pp. 14-15).3
En la ciudad de México, las jamaicas y las kermesses adquirieron matices de clase diferenciados, sobre todo cuando el gobierno desarrolló una normativa más precisa para su celebración que compaginó con una política más restrictiva sobre los usos de los espacios públicos. Así, al iniciar el siglo XX, se volvieron ferias destinadas a la exposición del desarrollo industrial y económico del país, con una mayor injerencia masculina y el patrocinio de almacenes, cigarreras y cerveceras. La kermesse de las elites volvió a los espacios privados de los Tívoli para sustentar criterios de distinción, según el término empleado por Pierre Bourdieu (1998), como el prestigio y la exclusividad de los espacios y formas de socialización burguesa afrancesada.4 No obstante, otras asociaciones siguieron instrumentalizando dichas celebraciones para recaudar fondos para diversas causas.
Aunque el crecimiento económico logrado durante el porfiriato buscó dar sustento material a la modernidad mediante el impulso de obras públicas, este se centró en edificios administrativos, equipamiento urbano y monumentos en el centro de la ciudad de México (Moya Gutiérrez, 2012, pp. 15-47). En contraste, la población tuvo que encargarse de las mejoras materiales de sus barrios y colonias, especialmente en aquellas habitadas por sectores medios y populares. Muchas de estas obras también serían financiadas mediante la organización de festivales que incluían la venta de alimentos y bebidas, actividades en las que las mujeres mantendrían una participación destacada durante gran parte del siglo XX (Giglia, 2012, pp. 39-40; Tuñón, 2008, pp. 37-38).
Esta investigación analiza cómo las mujeres de sectores medios y altos utilizaron los espacios públicos con fines sociales, políticos y económicos, contribuyendo a la modernización material y cultural de la ciudad de México durante el porfiriato.5 Aunque la historiografía ha prestado atención a maestras, escritoras, comerciantes, obreras y empleadas domésticas, este trabajo se centra en las asociaciones femeninas que, mediante la organización de festivales, financiaron obras de caridad y mejoras materiales en sus barrios y colonias, al tiempo que contribuyeron a definir los trajes, alimentos y bebidas representativos de la nación.6
Este texto se divide en cuatro apartados. Mientras el primero se ocupa del origen de los festivales y sus distinciones de clase a lo largo del siglo XIX, los otros tres se centran en la utilidad que adquirieron en el porfiriato: para financiar obras caritativas, celebraciones patrióticas y obras públicas. Entre las fuentes consultadas destacan las publicaciones periódicas dedicadas a la vida social capitalina, así como licencias y permisos sobre el uso de espacios públicos para actividades comerciales y recreativas emitidos por la administración del Distrito Federal, resguardados en el Archivo Histórico de la Ciudad de México (AHCM).
DE LA JAMAICA A LA KERMESSE
Las jamaicas surgieron en el periodo virreinal como ferias organizadas a partir de festividades religiosas. Aunque no ha sido posible inferir detalles de sus características en dicha época, es posible, por lo menos, proponer que obtuvo su nombre de la flor de origen africano (Hibiscus sabdariffa) introducida a Nueva España en el siglo XVI y adoptada por la población local debido a sus usos medicinales. Si bien esta colorida flor fue común en la ciudad de México, especialmente en el pueblo de Santa María la Jamaica, al sureste, según Juan de Dios Peza, en el último tercio del siglo XIX se popularizó su uso para preparar aguas frescas.7
La celebración de la jamaica fue habitual en primavera, realizada en los espacios públicos de los barrios de la ciudad, entre bailes, comida y bebidas, entre las que destacaban las aguas frescas (Prieto, 1996, p. 26). En este contexto, la festividad fue aprovechada por particulares para ofrecer productos de consumo inmediato y diversiones populares. Así, desde mediados de siglo, algunos emprendedores llegaron a pedir permiso al Ayuntamiento para “dar diversiones de Jamaica [como] columpios voladores, bolos de tierra y establecer una cantina interior en el Baño del Sol”, en Arcos de Belén.8
Por su lado, las mujeres de las elites las organizaban al aire libre, pero al interior de sus propiedades campestres, y las comenzaron a llamar kermesse. Dicho término francés tenía su origen en el neerlandés kermis, y se refería a festividades religiosas realizadas por campesinos y artesanos en los Países Bajos desde la época medieval. Con el tiempo incluyeron juegos, ferias comerciales, donde se ofrecían productos locales, principalmente comida y entretenimiento, convirtiéndose en eventos populares en toda Europa y otras partes del mundo, donde se resignificó y adaptó a las tradiciones autóctonas.9
En las kermesses organizadas por las elites mexicanas también era común reproducir usos y costumbres extranjeras. Estas celebraciones se convirtieron en espacios donde las mujeres vestían de campesinas al estilo europeo y montaban puestos con mesas y enramadas de flores, desde donde vendían listones, aguas frescas, frutas y verduras de la región (Calderón de la Barca, 2010, p. 185; Mühlenpfordt, 1993, pp. 149-150). Hacia mediados del siglo XIX, en el contexto de un discurso nacionalista promovido por políticos y hombres de letras, estos festejos comenzaron a incorporar elementos asociados con lo “mexicano”, como la comida local y los trajes típicos.10
Si bien en algunos espacios el uso de trajes mestizos como el de la china poblana seguía generando polémica, como lo relata Calderón de la Barca (2010) al describir un baile de fantasía (pp. 99-100), la misma autora registró la positiva recepción que tuvo ese atuendo, llevado por una jovencita en una jamaica (p. 185). Aunque su uso fue más común en las décadas siguientes, no se trataba de la vestimenta cotidiana de las clases populares, sino de una versión confeccionada con telas y adornos lujosos. Sin duda, al adoptar esta versión refinada del traje mestizo de la china -figura emblemática del “imaginario patriótico popular” (Florescano, 2005, 176)-, las elites contribuyeron a su idealización dentro del proyecto de construcción nacional.11
Al comenzar la segunda mitad del siglo XIX, las representaciones de costumbres locales adquirieron una presencia destacada en notas periodísticas, novelas, obras de teatro, pinturas expuestas en la Academia de San Carlos y publicaciones ilustradas con litografías. Tanto gobiernos liberales como conservadores recurrieron a estos referentes para “crear una identidad cultural e histórica de la nación” (Florescano, 2005, pp. 168-175).12 Lo mismo sucedía con los platillos populares, cuyas versiones más conocidas comenzaron a aparecer en libros de cocina dirigidos a los sectores medios y altos (Pilcher, 1996, pp. 200-207).
En la jamaica organizada en 1874 por las estudiantes del Conservatorio Nacional, por ejemplo, se vendieron “chía, enchiladas, pulque, tamales, periódicos” a jóvenes de confianza, como una forma de “inocente diversión”.13 Al tratarse de una fiesta privada, la transgresión temporal del orden y buen gusto europeos -ya incorporados a las formas de sociabilidad de las clases altas- resultaba socialmente aceptable. No obstante, al igual que bailes y tertulias, las jamaicas también tenían “un propósito exhibicionista” y funcionaron como escenarios de participación social, cultural, económica y política femenina (Jiménez Gómez, 2011, pp. 335, 337 y 340).
La prensa también comenzaría a enfatizar la importancia de estos eventos para el bello sexo pues eran concebidos como sanas diversiones, a diferencia de las prácticas masculinas en los novedosos hoteles, cafés, restaurantes, casinos y bares en donde el ocio, el gasto y la bebida se convirtieron en símbolos de distinción. En el caso de las mujeres, se preocupaban por vestir las últimas modas europeas en bailes, fiestas privadas y tertulias, eventos destinados a formalizar lazos de parentesco y alianzas entre las elites en beneficio de los negocios y la política. El mismo fin tenía la convivencia con extranjeros en sus clubes y festividades, y de esta manera se hicieron muy populares las celebraciones de la revolución francesa, la italiana y de la virgen de la Covadonga española en el Tívoli del Eliseo (García López, 2002, pp. 232-247; Rabell, 1996, pp. 8-45).14
La celebración del 14 de julio introdujo una nueva forma de kermesse al iniciar la década de 1880, empleada por la colonia francesa capitalina para recaudar fondos a beneficio de alguna causa noble.15 El público era obsequiado con un banquete, baile, espectáculos teatrales y circenses, boliches, tómbolas, rifas, loterías, mientras las señoritas francesas vendían flores, pasteles y abanicos para la recaudación. Con el tiempo aumentó su esplendor sumando al programa corridas en el Hipódromo y bailes en el Teatro Nacional. Para la prensa mexicana, las celebraciones patrióticas en beneficio de los pobres que influían en la voluntad colectiva e individual eran dignas de imitación para la sociedad mexicana en sus festividades nacionales.16
En este contexto, las descripciones de estos eventos comenzaron a alternar los términos kermesse y jamaica, a veces considerando este último como “vulgo” o versión local del primero, cuya popularidad llegó a generar críticas entre los defensores del “idioma nacional”.17 No obstante, independientemente del nombre que se le diera, esta diversión se volvió tan relevante socialmente que se integró a las fiestas patrias del 16 de septiembre de 1887, en las que también se celebró el cumpleaños del presidente Porfirio Díaz. Para la organización del evento se nombró una Comisión de Jamaica y Lotería, que prometía dejar “muy atrás a todo lo que hasta hoy se ha hecho en años anteriores”. Los arcos triunfales, marchas cívicas y militares, se complementarían con diversiones populares como la jamaica, corridas de toros y un baile en el Zócalo, además de modernos carros alegóricos, “carreras de biciclos” y “juegos de artificios japoneses”.18
Si bien la lluvia impidió realizar la jamaica y la lotería, estas se celebraron dos semanas después en el Tívoli del Eliseo, marcando el inicio de una serie de festejos que involucraban a las principales familias mexicanas, donde se animaba la participación femenina para donar objetos y hacer de vendedoras, pero también su asociación en grupos que promovieran causas caritativas.
LA CARIDAD
El proyecto cultural liberal contempló la educación básica de la mujer y el fomento de actividades propias de su género por medio de publicaciones periódicas como años nuevos, calendarios, semanas, panoramas y algunas columnas en los diarios, en las que ilustres varones instaban al público femenino a abandonar la frivolidad y las diversiones públicas para encargarse de su familia dentro del hogar. A partir de 1870 aparecieron las primeras publicaciones creadas por y para mujeres, aumentando considerablemente en las siguientes décadas (Macías, 2002, pp. 24-28).19 Mientras las más progresistas buscaban su integración al ámbito laboral y la obtención de derechos políticos, la mayoría profesaba un feminismo conservador que se centraba en la labor de la mujer para esparcir “una semilla de progreso”, educando a las futuras generaciones bajo la guía de los valores del catolicismo.21
Incluso después del proceso de secularización del Estado iniciado con la promulgación de las Leyes de Reforma, las escasas oportunidades de participación política femenina se relacionaban con actos de caridad fuertemente asociados con la moral católica. Si bien el triunfo de la reforma liberal implicó la expropiación de espacios físicos y culturales aún permeados por el catolicismo, y dejó el sistema asistencial a cargo del gobierno del Distrito Federal, este no contó con los recursos necesarios para su sostenimiento. Por su parte, la Iglesia promovió el desarrollo del catolicismo social que tomó parte activa en la prensa, la política y en la formación de organizaciones caritativas (Lorenzo, 2009, pp. 248-255; Tapia, 2010).21
Sin duda, la religión se mantuvo como un “lazo político” e identitario que encontró formas de expresión en la esfera y espacio públicos, sobre todo cuando la caridad fue asimilada a la filantropía y el entretenimiento en fiestas y ferias organizadas por las elites para apoyar a los necesitados. Así, encontramos a las madres, esposas e hijas de políticos prominentes formando “juntas de damas”, como aquella integrada en 1862 por Margarita Maza de Juárez y Josefina Bros de Riva Palacio para ayudar a los hospitales militares del Ejército de Oriente.22 Para 1881, el matrimonio de Porfirio Díaz con Carmen Romero Rubio marcó la reconciliación (subordinada) de la Iglesia mexicana con el gobierno en turno. A partir de este momento las celebraciones caritativas organizadas por damas de las elites, sobre todo las novedosas kermesses, llegaron a contar con la presencia de la esposa del presidente (Lorenzo, 2009, pp. 248-255).23
Carmen Romero se convirtió en el modelo ideal de mujer mexicana difundido por las notas periodísticas dedicadas al público femenino pues “reúne todas las virtudes, todos los méritos, todas las gracias de las interesantes hijas de esta tierra”. Además de ser bella, promovía la caridad y la maternidad mediante colectas, como aquella para fundar la “Casa Amiga de la Obrera”, para que las mujeres que se veían en la necesidad de trabajar dejaran a sus hijos en las manos de otras madres. Tan “noble” iniciativa vino “de donde debe venir siempre el buen ejemplo, de lo alto, pues ha partido de la esposa del Exmo. Sr. Presidente de la República”, decía la conocida escritora española Concepción Gimeno de Flaquer esperando promover la participación de “las damas mexicanas” en tan noble causa.24
Otros artículos similares enaltecían a las mujeres que no buscaban asistir a fiestas sólo para exhibir “su belleza y sus galas”, sino para socorrer al desvalido, sobre todo a la niñez, financiando escuelas, asilos y hospicios para contribuir a la labor del gobierno hacia la beneficencia pública. Sin duda, el efecto fue el deseado. El 1 de noviembre de 1898 Carmen Romero instó a las damas de sociedad a donar diversos enseres de lujo para su venta. Aunque el evento realizado en la Alameda Central destacó por la exhibición de los adelantos de la industria, Según Dolores Lorenzo (2009), la imagen del progreso nacional también se enalteció con el acto filantrópico de las señoras, aunque sólo recaudaron una sexta parte del gasto mensual de la beneficencia pública (pp. 251-253).25
En el mismo tono, en 1908, “las señoras del Congreso de Madres”, integrado por las “damas más encumbradas de la sociedad mexicana”, encabezadas por la esposa del presidente, organizaron una fiesta de caridad en la Alameda para que los niños de las “clases desheredadas” celebraran la Navidad. Los asistentes recibieron como obsequio “dulces, tamales y atole, música”, además de árboles decorados, en un espacio que no sólo era uno de los jardines más bellos de la ciudad, sino también un importante centro de comercio. Allí comenzaron a celebrarse los mercados de Todos Santos y Navidad, donde, en un contexto distinto, mujeres de estratos populares se ganaban la vida vendiendo alimentos y bebidas26 (véase plano 1).

Fuente: elaboración de Blanca Rosas a partir de “Reducción del plano oficial de la Ciudad de México”, Compañía Litográfica y Tipográfica, 1900, CGF.DF.M5.V1.0092; “México en 1810, 1876 y 1909” de A. Portilla, 1909, CGF.DF.M6.V7.0462. Mapoteca Manuel Orozco y Berra (MMOYB)
Plano 1 La ciudad de México en 1900
Según Ángela Giglia (2012), las mujeres han estado históricamente a cargo de las tareas de reproducción en el espacio doméstico, orientadas al consumo y cuidado de otros. La preparación y el servicio de alimentos, tareas vinculadas al ideal femenino del siglo XIX, han sido tradicionalmente valoradas como expresiones de altruismo o amor y no como trabajo, o como uno invisible y socialmente poco reconocido. No obstante, algunas mujeres lo han resignificado al trasladarlo al espacio público, dotándolo de nuevas dimensiones sociales (pp. 28-43).
En la ciudad de México porfiriana, mientras las vendedoras callejeras, e incluso las meseras, eran cuestionadas por poner en riesgo su integridad moral al desempeñar sus oficios fuera del hogar, esa integridad se veía menos comprometida cuando las labores se percibían como una extensión del trabajo doméstico.27 La valoración era aún mayor cuando estas actividades se realizaban en beneficio de otros y sin ánimo de lucro. Así, la kermesse-jamaica se volvió una herramienta socorrida por las damas de sociedad en diversas ciudades del país para mostrar su colaboración altruista en apoyo a diversas causas mediante la preparación y venta de alimentos y otros objetos.
Si bien la capital había fijado la pauta para la celebración de jamaicas y kermesses, en los estados fue patente la injerencia femenina para su reproducción, lo que implicaba la venta de platillos representativos de lo nacional para las recaudaciones. Para apoyar a la ciudad de León, devastada por una inundación en junio de 1888, en San Luis Potosí, mujeres de todas edades y ocupaciones donaron pañuelos, flores, fiambre, pasteles, gorditas, rompope, atole, tamales, enchiladas, pulque, café y pan. En San Pedro Coahuila, el gobierno pensó en una jamaica, “algo nuevo capaz de despertar la tención de nuestra sociedad”, para ayudar a los “hermanos del Bajío”, en donde las señoritas vendieron los boletos, papel moneda, “la merienda mexicana, los ricos tamales”, repostería, “clásicas enchiladas”, fruta, café, aguas frescas y flores.28
Mientras se llegó a creer que “La Edad Moderna ha dulcificado la virtud de la caridad por medio de las kermesses”, el reconocimiento de la participación femenina se generalizó en la prensa, donde se describían las celebraciones de grandes, medianas y pequeñas ciudades, como Amozoc, Guanajuato, Hermosillo, Lagos, Monterrey, Morelia, Pachuca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí y Tlaxcala:29
Es verdaderamente grato ver que el dolor público producido en un punto cualquiera de la República, despierta los sentimientos filantrópicos en toda su extensión, y en todos los grupos sociales. [… E]n todas las poblaciones de alguna importancia, las autoridades bondadosamente secundadas por las señoras y señoritas, organizan arbitrios para recaudar fondos, destinados al alivio de las grandes miserias y desgracias ocurridas en Tehuantepec, por los terremotos continuos.30
Además de exaltar su labor como vendedoras, se aplaudía que “distinguidas señoritas” comenzaran a organizar estos eventos para aderezar con causas caritativas las celebraciones patrias de la década de 1890.31 En este contexto, ya fuera en espacios públicos o privados, a las mujeres de las elites se sumaron las de las clases medias para celebrar a la patria con causas caritativas, tal como lo hacían las colonias extranjeras asentadas en la capital.
LA KERMESSE PATRIÓTICA
Una vez consolidado el régimen porfirista bajo un contexto de paz interna y crecimiento económico, fue posible buscar un lugar para México en el concierto de las naciones modernas y civilizadas. La capital se proyectó como la ciudad modelo del progreso nacional, con una serie de mejoras materiales, la adopción de costumbres cosmopolitas y nuevas formas de celebrar la patria (Beezley, 1983, pp. 265-279; Moya Gutiérrez, 2012, pp. 59-102). Moya Gutiérrez (2001) sostiene que entre 1883 y 1900 la celebración oficial de la independencia se transformó en un “espectáculo moderno” que promovía la participación de todos los ciudadanos, incluidas las clases populares, con fines pedagógicos y de instrucción cívica, dejando atrás sus “tendencias aristocráticas” (pp. 50-58). En tal sentido, las mujeres también aprovecharían esta coyuntura para unirse a la celebración organizando jamaicas y kermesses.
El 18 de octubre de 1896 se celebró una kermesse en el Palacio de Minería que reunió a la “sociedad más culta, las damas más hermosas, lo más selecto de México” a favor del Asilo Colón para niñas. Fundado en 1893, en Santa Julia -al este de la capital-, por la señora Luz González Cosío, su financiamiento dependía de la organización de fiestas y las buenas relaciones de las administradoras con los “ricos”. Las vendedoras, “mensajeras de la caridad”, con belleza, gracia, hermosura y gentileza, ofrecieron diversos productos mientras los asistentes disfrutaban de las diversiones francesas. Sin embargo, el tono nacionalista fue marcado por la interpretación del himno nacional a la llegada del presidente. Al año siguiente, este matiz estuvo en la subasta de las obras de artistas nacionales como “Izaguirre, Mas, Ruelas, Gedovius, Rebull, Parra, Ramos Martínez, y un “álbum, conteniendo trozos de prosa selecta, cuentecillos, anécdotas, etc., y poesía de nuestros más renombrados literatos”.32
Frente a un nutrido calendario festivo religioso, el aniversario de la independencia se consolidó como la celebración civil más importante del gobierno liberal. Su organización quedó a cargo de juntas patrióticas desde la década de 1820 hasta 1876, casi siempre integradas por voluntarios supeditados a la supervisión del Ayuntamiento. Al igual que las cofradías encargadas de las fiestas religiosas, las juntas se ocupaban de recaudar fondos, principalmente entre políticos y empleados públicos, para financiar la iluminación, templetes, música y causas caritativas como ayudas a las viudas y huérfanos de los insurgentes (Lempérière, 2003, pp. 338-343; Moya Gutiérrez, 2001, pp. 51-54).33
Estas fiestas reprodujeron ceremoniales inspirados en los protocolos católicos, como oraciones y procesiones, hasta que, en 1883, fueron sustituidos por “paseos cívicos, gallos, bailes y banquetes”, en los que participaba toda la población, incluyendo las colonias extranjeras (Lempérière, 2003, pp. 338-343; Moya Gutiérrez, 2001, pp. 54-67). La participación femenina también se haría mucho más patente en esta época, incluso colaborando con juntas patrióticas como la de la nueva colonia de Santa María la Rivera, la cual contó con una “junta de señoras” encargada de la celebración del 16 de septiembre de 1895. La kermesse inició con “un coro de lindas señoritas de la colonia, vestidas correctamente, simbolizando en tres grupos los colores de nuestra bandera”.34
Si bien desde mediados del siglo XIX las celebraciones patrias se trasladaron a la Alameda Central, reconocida como un espacio neutro y laico, para 1896 el Ayuntamiento prohibió “hacer concesiones a particulares” para ocupar sus calles y prados con “diversiones o cualquier otra cosa que entorpezca el libre tránsito”, de modo que quedó reservada exclusivamente para actos oficiales. En contraste, las alamedas de barrios y colonias se transformaron en espacios públicos modernos que asumieron las funciones tradicionales de las plazas. Aunque en la vida cotidiana se mantuvieron exentas de actividades comerciales, se convirtieron en lugares de sociabilidad y de expresión política. Además de ser jardines, fueron embellecidas con monumentos que cumplían funciones pedagógicas vinculadas al nacionalismo (Lempérière, 2003, pp. 338-343; Moya Gutiérrez, 2012, pp. 59-64).35
Las fiestas patrias celebradas en la colonia Santa María en 1897, por ejemplo, se realizaron en su alameda. Además de arcos triunfales, se arregló el kiosco para que Díaz, acompañado de su familia, inaugurara un busto con su figura: “Una compañía del 26º batallón hizo los honores de ordenanza, y un ejército de cerca de 200 señoritas, formadas en la calzada principal de la Alameda aclamó con ¡vivas! al Primer Magistrado de la Nación.” Además de estas expresiones oficiales de nacionalismo, entre los trajes de fantasía europeos (odaliscas, manolas y aldeanas) se destacó el atuendo de “Felisa Sánchez ataviada con las originales galas de la india tehuana distinguida”.36
Para este momento, el periódico El Mundo puntualizaba que los trajes debían ser “realmente típicos, es decir, en todo ajustados a la indumentaria propia del personaje” representado en la festividad.37 Como sugiere Natividad Gutiérrez (1998), en “la búsqueda de homogeneidad, la función de la identidad nacional es alentar la participación individual en la construcción artificial de unidad” mediante la socialización de significados. Si bien los escritores de costumbres marcaron las pautas a seguir para representar a los “tipos” sociales nacionales, las mujeres de las elites contribuyeron a la homogeneización de los trajes e incluso de los platillos “típicos” mexicanos produciendo “experiencias culturales identitarias recreadas en la variedad de la vida cotidiana e institucional” (pp. 86-89).
En lo referente a la comida, desde las fiestas patrias de 1890, en la oferta de la jamaica se incluyeron los tamales, asociados con el atole de leche, convirtiéndose en uno de los pocos platillos mexicanos consumidos por las elites capitalinas en celebraciones de diversa índole. Estuvieron presentes en el cumpleaños de Carmen Romero en 1893, y un año después en la inauguración de la cocina del hospital Morelos, presidida por el secretario de Gobernación Manuel Romero Rubio.38 Las kermesses fueron más comunes cuando se realizaban en el ambiente campestre de los alrededores de la ciudad, en donde se relajaban las normas de la etiqueta y reaparecían los elementos costumbristas del discurso liberal de mediados de siglo: los puestos de aguas nevadas servidas con “jícaras de Alzala y cucharas de madera pintadas al óleo, con tipos mexicanos” por señoritas vestidas de “una clásica poblanita y una indígena tehuantepecana”; junto a exposiciones de flores, frutas y ganadería, que publicitaban el desarrollo de las industrias locales.39
Los tamales eran representativos de las costumbres mexicanas desde el periodo colonial, pues se trataba de un platillo que fusionaba la cocina española e indígena y que, además, tenía características regionales muy variadas que comenzaron a homogeneizarse en recetarios impresos desde 1830. Dichas obras, creadas por editores mexicanos, asociados con los impresores europeos que hicieron posible su circulación en Hispanoamérica, fomentaron el desarrollo de una comunidad culinaria informal en la que mujeres de diversos estratos y regiones reproducían, adaptaban e intercambiaban recetas.40
Aunque los tamales eran un platillo popular relacionado con celebraciones religiosas, también estuvieron presentes en la vida cotidiana, disponibles en estaciones de trenes y otros espacios públicos para su venta. En el caso concreto de las elites, su preferencia sobre otros platillos puede atribuirse, entre otras cosas, a un gusto que sobrepasaba los límites sociales, pero también geográficos, pues los tamales se hicieron presentes en algunos restaurantes mexicanos en el extranjero. Sin duda, su versatilidad les atrajo una preferencia generalizada: eran prácticos para comer sin cubiertos y su elaboración se simplificó con el desarrollo de la harina de maíz y los molinos mecánicos al finalizar el siglo XIX.41
Dicha versatilidad también hizo posible que las elites emplearan los tamales como elementos de distinción social. En las exclusivas tamaladas y kermesses realizadas en el ambiente campirano de los alrededores de la ciudad aparecieron “refinados” como aperitivos dulces (masa de arroz o maíz rellena de semillas y fruta deshidratada) (Pilcher, 2001, pp. 94-96).42 También se integraron a las kermesses-jamaicas de las clases medias realizadas en instituciones educativas y en las filantrópicas de otras ciudades de la república, lo que puede interpretarse como una forma de retroalimentación entre costumbres, platillos y prácticas nacionalistas entre diversas clases sociales y regiones.43
No obstante, fuera del ambiente festivo patriótico, las elites y estratos medios gustaban de asistir a novedosos y exclusivos restaurantes y dulcerías de inspiración francesa. Lo mismo pasaba en eventos oficiales privados, donde fueron recurrentes los platillos europeos preparados por chefs franceses, como en el banquete ofrecido a los cuerpos diplomáticos en las celebraciones del Centenario de la Independencia. Si bien no se dispone de suficiente información sobre los alimentos consumidos por las elites en el ámbito doméstico, es posible inferir que, más allá de las modas, la cultura letrada compartió el desprecio por la cocina popular de raíces indígenas. Esta postura se vio reforzada por estudios y opiniones “expertas” que, al menos hasta los primeros años del siglo XX, le atribuían un bajo valor nutricional (Bak-Geller, 2009; Barceló, 2012; Pilcher, 1996).44
Aunque la relación de la kermesse con las fiestas patrias inició por influencia de la colonia francesa en México, la apropiación de esta fiesta por la sociedad mexicana permitió que otros grupos de origen extranjero se valieran de ella para expresar los lazos identitarios con sus países de origen. Así, las señoritas españolas llamaron “Romería” a su colecta para los heridos de Cuba realizada en el Tívoli del Eliseo, integrando algunas comidas, bailes y diversiones españolas. La colonia italiana también hizo celebraciones patrias en el Tívoli, cuyos fondos se destinaron al hospital italiano, y su fiesta fue descrita por el Mexican Herald como “expretion of national pride upon the realization of Italian union and Independence”. Mientras “The English Fair” unió a las inglesas con “sus hermanas” americanas “para practicar la filantropía y allegar recursos a la beneficencia”.45
Si bien, al finalizar el siglo XIX, algunas damas continuaron organizando jamaicas caritativas el 16 de septiembre, sobre todo en Santa María la Rivera, las fiestas oficiales en el centro de la capital adquirieron un tono distinto. Las celebraciones iniciaban el día 15 en honor al cumpleaños del presidente e incluyeron a las colonias y calles comerciales más importantes a través de un desfile de carros alegóricos que iba de Chapultepec, Paseo de la Reforma, Plateros y San Francisco, hasta el Zócalo, coronado de arcos triunfales y saludos militares. El 16 se llevaban a cabo las oraciones cívicas y condecoraciones. Además, desde 1898, la iluminación eléctrica de la plaza principal, comercios y edificios públicos se ganó la atención del público.46
Paralelamente, la opinión pública empezó a cuestionar la capacidad instructiva de las kermesses para mujeres y niños en comparación con la educación escolar, la lectura y el arte. Además, ya no eran tan efectivas para recaudar fondos como en sus inicios, e incluso fomentaban el despilfarro de los caballeros acosados por las insistentes vendedoras. En este sentido, la consolidación del régimen y su ceremonial laico-militar, junto con la influencia de las modas extranjeras y el desarrollo económico de la capital, parecen haber opacado el sentido moral de las kermesses-jamaicas. Así, con el cambio de siglo, estas comenzarían a emplearse para exhibir los adelantos de la industria nacional y para financiar obras públicas.47
NACIONALISMO Y PROGRESO MATERIAL
La década de 1890 marcó el auge de clubs deportivos, jardines Tívoli, y la aparición del “Combate de Flores” en el Paseo de la Reforma. Este último celebraba la llegada de la primavera desde una perspectiva identitaria mestiza, con raíces católicas europeas y prehispánicas. Se trataba de nuevas formas de diversión pública en donde los ricos mostraban las buenas costumbres extrajeras al grueso de la población, mientras la prensa estigmatizaba las diversiones y costumbres populares.48 Por su parte, el gobierno impulsó mejoras en el equipamiento urbano (empedrado, drenaje, luz eléctrica, cañerías), procurando dotar a cada barrio y colonia de paseos y jardines arbolados, con bancas, fuentes y esculturas (Beezley, 1983, pp. 265-279; Moya Gutiérrez, 2012; Pérez Bertruy, 2002, pp. 314-331).49
Asimismo, los ideales decimonónicos de modernidad se materializaron en la división y regulación de lo público y lo privado pues, más allá del espacio, sus usos y prácticas sociales definían la vida urbana (Lefebvre, 2013, pp. 75-85). El espacio público, “entendido como espacio común y abierto, apto para favorecer el intercambio y la circulación de las personas y las cosas”, quedó sujeto a un orden que pretendía restringir o “domesticar” sus usos. El reforzamiento de las instituciones de gobierno en el porfiriato promovió una normativa tendente a limitar los usos espontáneos y tradicionales de los espacios públicos, salvaguardando jardines, parques y plazas de sujetos y prácticas indeseables.50
Si bien las principales obras públicas de la ciudad de México quedaron a cargo del gobierno y se limitaron muchas veces al centro de la ciudad, en los nuevos fraccionamientos se crearon Juntas de Mejoras Materiales, con una importante participación masculina, que buscaron dotarlos de servicios mientras fomentaban lazos comunitarios entre las nuevas clases propietarias. A finales del siglo XIX, estas organizaciones se habían apropiado de las jamaicas para recaudar fondos para financiar obras en colonias concretas, como Santa María la Ribera, o para dar mantenimiento a espacios públicos mucho más céntricos.51
En octubre de 1898 se llevó a cabo una kermesse organizada por Guillermo Valleto, director de las obras de saneamiento y modernización de la Alameda Central, que contó con la participación del presidente. El ideal de progreso se expresó en la prohibición de la guerra de confeti y en la formación de puestos “decorados con un lujo y originalidad pocas veces visto”, patrocinados por importantes negocios como la Cervecería Toluca, la Droguería Labadie, la Palestina, el Globo. Pabellones de diversos países quedaron articulados por la exposición de los adelantos nacionales: de la industria lechera y cervecera, los trabajos de imprenta y tipografía premiados en la exposición de Chicago, la sala de fotografía de Valleto, trabajos de obreras mexicanas y adelantos en el tejido de la seda.52
En medio de este ambiente progresista, mientras la cerveza comenzó a sustituir las aguas frescas con el patrocinio de la cervecería Cuauhtémoc, las mujeres de las elites y clases medias capitalinas aparecieron nuevamente como donadoras de objetos, vendedoras de comida, madrinas en la inauguración de monumentos y obras, o paseando en los carros alegóricos. Con el cambio de siglo, el discurso público reforzaría el ideal femenino ligado a las actividades dentro del hogar y no “en las escenas públicas”, en donde la mujer alcanzaría “la grandeza” como esposa y madre, enseñando a su familia el “patriotismo, amor y caridad”.53
Si bien la kermesse siguió empleándose entre los sectores medios de la capital, así como en otras ciudades, para financiar obras públicas, fiestas civiles y religiosas, esto se haría en espacios más acotados, ya no en la Alameda Central, el Zócalo ni en los festejos nacionales. A partir de 1900, las fiestas patrias oficiales mantuvieron su carácter popular, pero marcaron distinciones sociales. Mientras las elites celebraban banquetes y bailes privados, el resto de la población disfrutaba de desfiles militares, inauguraciones de edificios y monumentos que promovían el culto a los héroes, especialmente a la figura del presidente (Moya Gutiérrez, 2001, pp. 67-72).54
En el mismo sentido, la reorganización del gobierno municipal, subordinado a la Junta Superior de Gobierno del Distrito Federal a partir de 1903, afianzó el control del Estado sobre celebraciones públicas y privadas. Jamaicas y kermesses quedaron contempladas dentro de las fiestas donde se vendían alimentos y bebidas para acompañar bailes y otras diversiones, por lo que requerían permisos especiales para ocupar jardines, plazas, quintas, ranchos y hasta en los Tívoli, o si se querían ofrecer bebidas embriagantes. No obstante, la sistematización de la administración pública sería gradual y dependería del ensayo y el error. Pese a que se determinó el procedimiento para solicitar permisos para realizar dichas celebraciones, estos fueron escasos hasta 1907, y los que se presentaron con anterioridad correspondían, en su mayoría, a fiestas privadas.55
Las kermesses siguieron celebrándose en los Tívoli -sobre todo con motivo de las celebraciones francesas del 14 de julio y las mexicanas del 16 de septiembre-, aunque también aumentaron las solicitudes para llevarlas a cabo en espacios particulares, entre familiares y por invitación. Además de tramitar el permiso correspondiente y, en ocasiones, pagar una contribución, las fiestas particulares requerían el aval del inspector de policía local sobre las buenas costumbres de los organizadores. Tal fue el caso de la solicitud presentada por María Escorcia, aprobada bajo la condición de que “en la Jamaica sólo se cambiarán golosinas y dulces y no habrá bebidas embriagantes”.56
Para 1907 sería más común la solicitud de licencias para realizar kermesses en plazas y jardines públicos de diversos barrios y colonias de la ciudad de México y en las municipalidades inmediatas. En este contexto, el gobierno comenzaría a encargarse de su reglamentación y supervisión, pero también de determinar las obras públicas a las que se destinarían los fondos recaudados. Las Juntas Patrióticas de fiestas parroquiales y de Mejoras Materiales, encargadas de la organización, dejaban un depósito en la Subdirección de Ramos Municipales, el cual se emplearía para la reparación de los desperfectos causados en plazas y jardines, en caso de haberlos. Además, la Junta Superior de Gobierno designaba un interventor para “vigilar el manejo de los fondos” recolectados.57
Usualmente la kermesse se repetía en fines de semana consecutivos, para asegurar la asistencia de la clase trabajadora, en fechas próximas a alguna fiesta religiosa o civil. Al igual que los bailes, estas reuniones tendieron a reforzar las relaciones comunitarias de una manera más o menos controlada. Si bien se mantuvo constante la venta de alimentos y bebidas, ya no se hacía énfasis en su carácter identitario, evitando únicamente que fueran perjudiciales a la salud y buenas costumbres. En consecuencia, comúnmente quedó prohibida la venta de bebidas embriagantes y de confeti pues, al ceñirse a las disposiciones de policía vigentes, no se podía dejar basura en los espacios públicos.58
Sin duda, las solicitudes de licencias son un indicio claro de que la adopción de los festivales, promovida por las mujeres de las elites, influyó en el desarrollo de una cultura urbana moderna, permeando hacía las clases medias e incluso a las populares. En el caso de la Junta Patriótica de la Primera Demarcación de Policía, pidió extender las celebraciones patrias a los fines de semana de noviembre para conmemorar también el arreglo del jardín de San Sebastián, al que la Junta Patriótica donó “columnas con macetones, bancas estilo Ayuntamiento y dos centros para las fuentes del Jardín”. La misma junta proyectaba dotar de bancas, columnas y kioskos los jardines de las plazas del Carmen y Loreto, ubicadas en barrios populares del noreste de la ciudad.59
CONSIDERACIONES FINALES
En las líneas anteriores se mostraron algunas formas en que las mujeres, principalmente de las elites, contribuyeron a formar una cultura urbana moderna, mediante la reproducción y apropiación de usos y costumbres locales y extranjeras, tradicionales y modernas. La presencia de las mujeres en la esfera y en los espacios públicos fue importante en el proceso de modernización urbana de la ciudad de México y otras ciudades en el porfiriato. Pese a que la moral burguesa terminó por volver a limitar sus actividades públicas, políticas y económicas, sentaron precedentes importantes para instrumentalizar las fiestas civiles y religiosas, no sólo con fines particulares, sino para financiar obras de beneficencia y mejoras materiales que a la larga beneficiaban hasta a los grupos menos favorecidos.
Cuando las elites perdieron interés en la kermesse, el término floreció entre las clases medias y populares en un ambiente más permisivo respecto a las costumbres “civilizadas”, retomando su sentido festivo, las diversiones populares, bailes, comidas y bebidas que amenizaban alguna conmemoración. De esta manera, las enchiladas, el pulque, los tamales y los trajes de china poblana recobraron importancia popular, lo que permitiría su integración a los símbolos nacionales del gobierno posrevolucionario. No obstante, el regreso de la jamaica tradicional también fue aprovechado por las Juntas de Mejoras Materiales para involucrar a la población en el arreglo de sus colonias, práctica que se extendió a otras ciudades y que siguió teniendo una fuerte participación femenina.60
Como sugiere Angela Giglia (2012), históricamente las mujeres han adquirido un papel importante en la producción del orden urbano, en la formación de colonias populares y en la exigencia y procuración de servicios básicos “mínimos para que el espacio sea utilizable colectivamente” (pp. 19, 39-40, 51-52 y 85). Estas acciones no sólo respondieron a necesidades prácticas, sino que también configuraron formas específicas de sociabilidad urbana, en las que el intercambio, la convivencia y la interdependencia entre desconocidos marcaron el ritmo de la vida cotidiana. En este contexto, las mujeres contribuyeron activamente a construir una cultura urbana moderna, en la que la tensión entre lo familiar y lo extraño dio lugar a nuevas formas de identificación, diferenciación y pertenencia a nivel barrial, regional y nacional.










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