He leído con gran interés la carta al editor de Elizarrarás Rivas et al.1 en la que se resalta la aplicación de los anticuerpos anti-Ro52/TRIM21 en relación con el perfil de citocinas en las enfermedades autoinmunes, así como el artículo de Cruz Loustaunau et al.,2 en el que se presenta la utilidad de los niveles séricos de los anticuerpos anti-Ro52/TRIM21 para realizar el diagnóstico diferencial de las variantes genéticas de SARS-CoV-2 y como marcador de COVID prolongado.
Hago énfasis en esos escritos porque pueden ser útiles en el medio rural o semiurbano del estado de Oaxaca, donde prevalece la alta marginación y no es posible la realización de una PCR en tiempo real para el diagnóstico de COVID-19, pero, sobre todo, porque la infección por SARS-CoV-2 se ha normalizado como parte de una política pública de salud.3 Las personas y los médicos ya no consideran que las variantes de SARS-CoV-2 sean mortales, lo cual es un error, ya que el virus se deposita en sincitios de los tejidos y posteriormente incrementa el desarrollo de problemas metabólicos crónicos y o procesos autoinmunes, o los grava y los complica.
En ese sentido, las variantes Pirola siguen siendo un reto, ya que todavía no es posible percibir sus secuelas, como COVID prolongado. En cinco pacientes con infección por variantes Pirola (dos por JN.1 y tres por BA.2.86) atendidos en el ámbito médico privado, tres meses después del tratamiento se encontró un promedio de anti-Ro52/TRIM21 de 175 UI/mL, en el rango de las variantes Delta, con las que tienen en común su alta contagiosidad y virulencia.
En “Respuesta a la carta sobre el artículo Tiempo de ciclado y carga viral en pacientes infectados por SARS-CoV-2 en Sonora, México”, Cruz Loustaunau3 señala que es relevante la observación de Ramírez García4 respecto a la prolongada presencia del virus en los tejidos y su posible relación con COVID prolongado. Comprobar la reactivación viral meses después del control de la infección puede ofrecer una nueva perspectiva sobre cómo la determinación del tiempo de ciclado y de la carga viral apoyaría el seguimiento y la atención de casos de COVID-19 prolongado.
Si bien es interesante la sugerencia de incluir las muestras de heces como un marcador potencial de COVID prolongado,4 aún no existe evidencia suficiente para su empleo poblacional; en este sentido, ya se ha publicado un trabajo breve sobre la importancia de la identificación de SARS-CoV-2 en las heces.5 A los cinco casos mencionados de infección por variantes Pirola, se les practicó qRT-PCR en ARN extraído de heces; se encontró positividad en el gen E.
En su conjunto, los estudios señalados tienen un gran impacto social, ya que ofrecen nuevas perspectivas en el manejo del síndrome de COVID prolongado en la población mexicana.










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