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Revista de historia de América

 ISSN 2663-371X

        02--2025

https://doi.org/10.35424/rha.168.2024.5748 

Documentos

Diario de viaje de Rosa Oporto a las zonas gomeras de Bolivia (1891-1893)

José Eduardo Pradel Barrientos* 
http://orcid.org/0009-0004-4037-5170

*Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. Correo electrónico: pepe.pradel@gmail.com.


Resumen

El presente trabajo describe y recopila importante información sobre la región amazónica boliviana de fines del siglo xix, titulado el “Diario de La Paz a Villa Bella y de Villa Bella a La Paz. Relación de Viaje” escrito, por Rosa Oporto. Esta obra también describe el sentir de las viajeras, siringueros y dueñas de barracas.

Palabras clave: Siringa; Barracas Gomeras; Bolivia; Rosa Oporto

Abstract

The research describes and compiles important information of the Bolivian Amazon region at the end of the 19th century, entitled “Diary from La Paz to Villa Bella and from Villa Bella to La Paz. Travel Report” written by Rosa Oporto. This articule describes the lives of travelers, rubber tappers (Seingueros) and Owner of bubber plantations.

Key words: Rubber tappers; bubber plantations; Bolivia; Rosa Oporto

1. Introducción

La historia de la humanidad nos detalla que en la Antigüedad, mientras los hombres exploraban, conquistaban nuevos territorios y descubrían nuevas fronteras, las mujeres permanecían inmóviles en sus hogares. En la Edad Media a las mujeres se les otorgó una forma limitada de viaje, es decir la peregrinación a los lugares sagrados. Entre los siglos xv y xvii, las mujeres sólo podían desplazarse como acompañantes de sus maridos desde un lugar a otro. Sin duda, el desplazamiento les abrió nuevas perspectivas que se transformaron en enriquecedoras narraciones que dieron como resultado diarios de viaje, diarios de vida, autobiografías, testimonios, confesiones, cartas, biografías y otros.

Durante la conquista de América, las crónicas oficiales apenas mencionan a mujeres, pero también estuvieron allí compartiendo su vida y cohabitando con los primeros exploradores españoles, pero su protagonismo quedó en el olvido.

Entre los siglos xviii e inicios del xix, la participación de la mujer procedente de Charcas incluyó nuevos espacios de liberación como los primeros movimientos de Independencia y revolución. En este contexto, recordamos a Bartolina Sisa, Gregoria Apaza, Vicenta Juaristi de Eguino, Simona Josefa Manzaneda, Leonor de Vasconcelos de Ibáñez, Ana Barba, Juana Azurduy de Padilla y las heroínas de la Coronilla, entre otras.

Así, paulatinamente las mujeres ya no estuvieron aisladas en sus hogares o monasterios y se liberaron rompiendo con ciertos derechos exclusivos de los varones; escritoras como Juana Manuela Gorriti, Lindaura Anzoatégui Campero, María Josefa Mujía y Adela Zamudio, incursionaron en la literatura.

La escasez bibliográfica no es solamente numérica sino también informativa sobre la participación de mujeres como parte de tripulaciones de las exploraciones a las zonas gomeras. De esta manera, en la presente investigación rescatamos el texto inédito titulado: “De La Paz a Villa Bella y de Villa Bella a La Paz. Relación de Viaje” escrito, por Rosa Oporto.

2. Relación del viaje Rosa Oporto

En la década de 1890, en pleno auge gomero, muchos viajeros y aventureros registraron en informes, memorias de viaje y apuntes sus experiencias personales sobre exploraciones y viajes a la región Amazónica.

Sobre ello, el fundador de Puerto Alonso, José Paravicini, señaló:

esforzados bolivianos -se lanzaron a lo desconocido- sin medir vuestras fuerzas, sin pensar en los inmensos sacrificios que os debía imponer una campaña legendaria, transponiendo cordilleras elevadísimas y abruptas, atravesando selvas solitarias, navegando ríos caudalosos llenos de obstáculos, luchando con las fieras, con los insectos venenosos, con el clima mortífero, con toda una naturaleza bravía y salvaje, pero con la sonrisa en los labios, porque teníais en la mente y en el corazón la hermosa imagen de la patria.1

En este contexto, citamos los principales diarios intitulados: Exploración de don José Agustín Palacios, realizadas en los ríos Beni, Memoré y Madera y en el Lago Rogo-aguado, durante los años 1844 al 47. Descripción de la Provincia de Mojos; Viaje desde la ciudad de La Paz hasta el pueblo de Reyes de la provincia de Mojos, con observaciones generales sobre la de Caupolicán de José de Borja; Ligeros apuntes de viaje por el R.P. Fr. Fernando de M. Sanjinés Misionero del Colegio de San José de La Paz; Expedición del Coronel Don José Manuel Pando al Inambary; Diario de una expedición del Madre de Dios al Acre de Víctor Mercier y Exploración al río del Acre de Timoteo Mariaca, entre otros.

Sin embargo, la participación femenina en dichos viajes fue poco citada por los personajes referidos y desconocida por la historiografía actual. En esta oportunidad Rosa Oporto, desde una perspectiva singular, nos presenta una realidad más amplia de la vida de las viajeras, siringueros y dueñas de barracas.2

Sobre la incursión de paceños, recordamos que procedían de Coroico, Sorata, Apolo y Chulumani, además de la misma ciudad de La Paz, muchos de ellos ya tenían experiencia en la selva como cascarilleros.

En este primer grupo, la historia recuerda a Manuel Cárdenas, Faustino Belmonte, Uvaldo Antezana, Fidel Endara, Teodoro Ramírez y los hermanos Joaquín, Angelino y Marcelino Farfán, entre otros. Sobre ello, el historiador Hernando Sanabria Fernández apuntó: “cooperándose los unos a los otros, los paceños fueron sucesivamente estableciendo sus barracas de trabajo por arriba de Genechiquía, sobre ambas márgenes del Madre de Dios”.3

Originaria de la ciudad de La Paz, la bitácora de Rosa, escrita a la edad de 14 años, nos invita a apreciar desde una mirada diferente la geografía, considerada en la época como heredades misteriosas, habitadas por poblaciones originarias y animales legendarios. Sin duda, la imagen que emerge sobre los indígenas refleja una perspectiva eugenista y clasista de la época:

…Nuestros tripulantes eran indios de Santa Ana (Movimas) gente muy cobarde, que acostumbran arrojarse al agua al menor ruido desconocido abandonando todo, pero esta vez permanecieron quietos, lo que fue para nosotros un indicio de que no había peligro… Cuando ya se anunciaba el alba volvimos a sentir otro ruido en la rivera derecha, que creímos fuera producido por los salvajes, pero los indios de la tripulación reconocieron que eran de los chanchos del monte.

Esta visión da a entender dos clases de habitantes: los “salvajes”, representados en repetidas ocasiones como “bárbaros asechadores” y los “civilizados”, más sumisos y complacientes a las labores de navegación. Pero esta impresión no será ajena, muchos años después el periodista y colonizador Juan B. Coimbra, los describirá de igual manera en el apartado intitulado: “Los Barbaros”, en el libro Siringa. Memorias de un colonizador del Beni’.

En consonancia temporal, la narración de Oporto muestra una interesante red fluvial-comercial, el funcionamiento del mismo territorio y población, vinculado por embarcaciones artesanales, como fueron el batelón, callapo y la montería: “Cada balsa se compone de siete palos gruesos, que sirve para hacer el viaje aguas arriba; tres de estas balsas unidas sirven para viajar aguas abajo…”, apuntó.

Expresado en largos trayectos inseguros y peligrosos, la autora relata tres naufragios: dos los sufrió como tripulante y otro, donde perecieron los tripulantes de un batelón: “… fue atraído por la corriente que no dio tiempo a que retrocediera y fue inevitable el naufragio, sepultando entre sus aguas al joven Víctor Ballivián, a B. Pérez, a tres extranjeros y nueve individuos entre hombres y mujeres…”.

El auge cauchero (1880-1910) impulsó una gran expansión económica en la región Amazónica boliviana, caracterizada por la proliferación de barracas gomeras, el desarrollo de las vías de comunicación fluviales y terrestres, la migración interna y externa, y una estratificación social diferente. En este escenario, las mujeres efectuaban tareas cotidianas y a su vez, contribuían a la economía doméstica fabricando bolsas, zapatos y ponchos. En otros casos, realizaban el trabajo de la pica. El diario de Oporto rescata de la anonimidad algunos nombres como: Cornelia Saravia e hijas, Josefina C. V. de Roca y Manuela V. de Boguer, entre otras.

Sobre el itinerario y ritmo de viaje, se puede tener en cuenta que responde a la ruta empleada en la región. Geográficamente la Amazonia boliviana, situada en el centro de América del Sur, se encontraba cubierta en su mayor parte por la selva virgen y zonas apantanadas.

Sobre la autora, desconocemos casi totalmente sus datos biográficos, debido a la carencia de información.

3. Indicación técnica sobre la transcripción del documento

El documento transcrito y presentado a continuación, proviene de la publicación que apareció en varias entregas en el periódico paceño El Siglo Industrial: 20 de mayo de 1894, pp. 2-3; 26 de mayo de 1894, p. 2; 3 de junio de 1894, pp. 2-3 y 10 de junio de 1894, p. 3. La transcripción de esta edición es la versión completa y fue realizada con absoluta fidelidad a la citada publicación.

DE LA PAZ A VILLA BELLA Y DE VILLA BELLA A LA PAZ

RELACIÓN DE VIAJE POR LA SEÑORITA ROSA OPORTO

(A mi distinguido amigo el Sr. Sixto L. Ballesteros, con motivo de su viaje al N. E. de la República).

Origen de este viaje.-

Mi hermano Alejandro Oporto, un dotado de su carácter emprendedor, de miras elevadas, interesado en el bienestar de su familia, tan respetuoso para con sus padres, como afectuoso para sus hermanos, a su segundo regreso de Europa, no quiso privarse del placer de abrazarlos, para después volver a las regiones del Madre de Dios, donde había resido más de siete años y a donde le llamaba el deber y el planteamiento de una empresa que la había proyectado en consorcio de una respetable persona. Llegó a esta ciudad a mediados de agosto de 1891. Él fue quien concibió la idea de llevar a mis hermanos Leónidas, Daniel y a mí. Con tal propósito, se esforzó en persuadir a nuestros padres, manifestándoles las ventajas que se podían reportar de nuestra traslación a aquellos fértiles lugares, donde la industria iba tomando un incremento colosal por sus exuberantes producciones y la navegación de sus caudalosos ríos, y alcanzó a obtener el permiso que deseaba; después de lo cual y previos los preparativos correspondientes a un largo viaje, el 21 de octubre de 1891 partimos de esta ciudad, por la vía de Sorata a donde arribamos el 23 con todo el personal de nuestra expedición.

Fue necesario permanecer allí hasta el 4 de noviembre con objeto de complementar las provisiones y contratar los bagajes precisos para nuestra traslación a Mapiri, a donde después de cuatro días de marcha por un camino pésimo arribamos el 7 y nos demoramos dos días esperando las balsas que debían llegar del Guanay. Cada balsa se compone de siete palos gruesos, que sirve para hacer el viaje aguas arriba; tres de estas balsas unidas sirven para viajar aguas abajo, solamente hasta puerto de Rurrenabaque.

El 9 dejamos Mapiri, embarcándonos con toda la comitiva, equipajes y el cargamento de provisiones.

Grande fue mi sorpresa, al ver por primera vez el caudaloso río de Mapiri y mucho más al ver las pequeñas balsas donde debíamos viajar; confieso que tuve miedo y sin embargo yo fui la primera que penetré a la balsa viendo a las demás compañeras, que contemplan tímidas sus asientos: más tarde llegamos todos a hacer noche en un lugar llamado Culebrani, incluso mi profesor de francés el Sr. Claudio Osambela. Inmediatamente que llegamos a este lugar descubrimos una choza abandonada, la cual nos la reservaron solamente para las dos señoras y yo, que aceptamos gustosas por pasar la noche bajo de techo; al penetrar en nuestro alojamiento, vimos con sorpresa que se hallaban nuestras camas, cubiertas de mariposas negras, que con su vuelo nos aturdieron y apagaron la luz: asustadas dimos media vuelta y preferimos dormir en la playa.

El 10 llegamos al Guanay, donde pasamos cuatro días dando tiempo a que se arreglaran bien los callapos.

Es de advertir que la comitiva constaba de veintiséis individuos compuesta de nueve familias incluyendo la esposa e hijo de mi hermano Leónidas y tres criados, diez y siete entre adjuntos y contratados.

El 15 emprendimos la navegación en dos callapos y caminamos los días 16 y 17 sin ninguna novedad pasando la boca de los ríos: Coroico, Kaka y el Wopi que entran del costado derecho y el peligroso rápido denominado Nuve, durmiendo en el campo a la margen del río.

El 18 continuamos la marcha y pasamos con alguna dificultad la cachuelita Retama. A horas 12 m. llegamos a la cabecera del Veo, y resolvimos pasarla; más en el momento más preciso el capitán que hacía de piloto, cometió un pequeño descuido que dio lugar a que se hundiera el callapo bajo de los tumbos más grandes tres veces, quedando nosotros cubiertos por el agua. Yo creí en ese momento llegado el último instante de mi vida, di un grito no supe más, habría sin duda fracasado si mi hermano Alejandro no me hubiera sostenido con tanta solicitud. Lo propio sucedió con la señora Benigna M. de Viderique y mi hermana política Mercedes, que fueron también auxiliados oportunamente por su hijo, la primera y por su esposo, la segunda. Este suceso dio por resultado la pérdida de un baúl mío que contenía mi equipaje con algún dinero, varios barriles de vino, el servicio de mesa y otras especies, incluso la tienda de campaña. Luego salimos a tierra y nos ocupamos de secar la ropa del cuerpo que la teníamos empapada de agua, quedándonos en ese punto hasta el día siguiente.

Excuso hacer mención circunstanciada de la terrible impresión que nos causó tan inesperado acontecimiento y solo me quedó el recuerdo de haber dado gracias a Dios por haberme protegido en este duro trance y que ninguno de nosotros hayamos perecido.

El 19 continuamos viaje y pasando por la boca de los ríos Quendeque, río Hondo y Tuichi, arribamos a h. 5 p.m. al Puerto de San Buenaventura, donde permanecimos como treinta días, mientras se fabricaba un batelón. Durante esos días fuimos visitados por varias personas vecinas de Rurrenabaque, que está en la rivera opuesta con cuyo motivo estuvimos muchísimas veces allá disfrutando de la amabilidad con que acostumbran portarse.

De este punto se nos separó mi hermano Leónidas, por haber tenido precisión de ir a Trinidad para presentarse en la Prefectura como empleado por el Gobierno, a la Aduana de Villa Bella, quedando con nosotros su esposa e hijo.

El 17 de diciembre nos embarcamos a h. 2 p. m. y navegamos río abajo del Beni, hasta la primera pascana que es el Puerto Salinas, donde pasamos la noche en una carpa sin gente, sufriendo las picadas de los mosquitos y sancudos que son abundantes, en tal extremo que no se podía distinguir la fisonomía de una persona a otra, al otro día apenas amaneció, emprendimos viaje sin querer demorar un minuto.

Desde el 18, en que dejamos este lugar, caminamos diez días por despoblado pasando por boca de los riachuelos, Tarene, Enapurera y el río Undumo, que están a la izquierda y a la derecha el Rogagua, así en las pascanas en el campo sin más distinción que la vista de los bosques a ambos costados y sin oír otro ruido que el monótono chillido de los loros y monos, hasta llegar a la primera barraca llamada Irupano perteneciente a don Nicanor Alcázar donde recibimos las más afectuosa acogida por este señor, a quien le conservamos nuestra gratitud.

Al día siguiente 28 proseguimos marcha. A poca distancia dejamos la boca del arroyo Vira a cuya inmediación notamos que el río hace una curva extraordinaria. Después de dos horas de tránsito pasamos por la barraca abandonada Santa Rosa, donde todavía existen platanales.

En todo el trayecto recorrido en el río Beni, en varios lugares se encontraran considerables grupos de cacao; sin embargo nadie se ocupa de explotar, todos los vecinos se preocupan solamente de picar la goma y los demás nada les importa. En ese mismo día pasamos por la boca del río Madidi, que entra al Beni con una fuerza tal que empuja hasta más allá del centro y lo tiñe a colorado. Sobre tarde encontramos a la margen derecha y entramos en la barraca Guanay que pertenece a don Miguel Apuri.

El 29 marchamos poca distancia y a h. 12 llegamos a la barraca Todos Santos, que está a la izquierda del río y nos quedamos allí por insinuación del señor Santos Fariña, que es el propietario, quien nos prodigó de consideraciones, de que le somos muy gratos.

Al día siguiente 30, caminamos hasta la barraca San Antonio de D. Antonio Roca donde pasamos la noche.

El 31 seguimos la marcha y pasamos por la barraca Maco que está a la izquierda y aportamos a la barraca Fortaleza de un señor Belisario Medina, que también está en la misma vereda.

El 1° de enero de 1892 emprendimos marcha hasta h. 9 a. m. en que llegamos a la barraca Ayacucho que está a la izquierda donde descansamos y almorzamos, y pasando adelante arribamos a la barraca Santo Domingo dejando a retaguardia la barraca Carnavales que está a la derecha del río donde nos quedamos un día a insinuación de un compadre de mi hermano Alejandro (que) nos halago bastante.

El 3 seguimos viaje, pasando por las barracas, California que está a la derecha, Etea y San Lorenzo que están a la izquierda; es una altura que les da un aspecto pintoresco y llegamos a hacer noche en el campo dejando atrás la barraca Esperanza.

El 4 proseguimos la marcha hasta arribar a la barraca Blanca Flor que está a la izquierda donde pasamos la noche.

El 5 continuamos la marcha: a h. 12 m. llegamos al arroyo Viata que entra de la izquierda. Subamos aguas arriba de este arroyo hasta la barraca del mismo nombre, donde permanecimos de día por haber tenido que recoger goma (y) mi hermano.

El 8 emprendemos viaje hasta ir a hacer descanso en la barraca Copacabana a 2 p. habiéndose hecho tarde nos quedamos. Esta barraca está a la izquierda, donde el propietario no hizo mucha atención.

El 9, (el) viaje es solamente hasta la barraca Concepción, que está a la derecha, deja de atrás la barraca Exaltación que tiene, muy bonito aspecto y está a la izquierda.

El 10 continuamos la marcha a h. 12 pasamos la boca del río Jenesuaya que entra por la derecha y fuimos a hacer noche cerca de un bosque que se halla en la ribera izquierda.

El 11 seguimos adelante y pasando por las barracas de Bella Briza y la de San Nicolás y la boca del arroyo Ybon que están a la derecha tocamos la barraca del mismo nombre que está cerca (de) donde hicimos un ligero descanso y de allí avanzamos hasta la confluencia del Beni con el Madre de Dios, cuyo desemboque es imponente por su anchura, de donde pasamos a Riberalta, que es una población bien situada en altura. Es allí, donde están establecidas las casas comerciales de los señores Velasco, Henicke y Cía., y otras.

Conviene hacer notar, que en el trayecto recorrido desde San Buenaventura hasta la barraca Irupana es algo triste por ser despoblado; de allí del viaje se hace muy distraído recorriendo las barracas y sitios pintorescos, donde hay grupos hermosos de ciervos, almendras y otros frutos silvestres, que sirven de recurso para la vida. Por otra parte, es digno de mención el carácter hospitalario de los que habitan las barracas.

El 12 partimos de Riberalta, río arriba del Madre de Dios con toda la comitiva, excepto mi hermana política Mercedes y su hijo, niño de dos años, que se fueron a incorporarse con su esposo, que debía llegar a Villa Bella de Trinidad. Habiendo salido tarde solo alcanzamos a hacer noche en Valparaíso.

El 13 continuamos la marcha y sin ninguna ocurrencia notable, en los cuatro días que navegamos pasando las noches en el campo arribamos el 16 a San Pablo. Como no teníamos remadores prácticos, la navegación, aguas arriba fue muy lenta.

La barraca de San Pablo pertenece al empresario señor don Nicanor Salvatierra, a cuya casa estuvo adherido mi finado hermano Alejandro, donde fuimos recibidos con muestras de estimación siendo este el lugar obligado de nuestra residencia.

El Sr. Salvatierra, era un digno caballero y de un bondadoso corazón. Su hija la Felima con quien a primera vista llegamos a congeniar, de tal manera que parecíamos hermanas; ella con su trato afable y sus distinguidas cualidades; supo conquistarse la simpatía de todos los que aportamos a ella.

El caserío se halla situado sobre una barranca elevada, que (da) la distancia como de tres cuadras de subida desde la playa. Por la estación de secas, esta distancia es mayor por la diminución de que descubre un largo espacio.

La casa tiene un bello aspecto sobre el río, las habitaciones son construidas puramente de carrizos y la techumbre se compone de hojas de palmera.

Varios empleados extranjeros tiene la casa, además se encuentran en ella muchos parientes del Sr. Salvatierra que componen un número regular de habientes en la barraca. En cuanto a árboles frutales tiene varios, como son: naranjos, limoneros, guayabos, chirimoyos (y) otros muchos.

El alimento es regular, por la abundancia de caza y pesca, en especial la caza de monos que abunda bastante y es carne que la apetecen y la toman con sumo agrado: la cual jamás la he tomado yo, por ser su figura muy repugnante. También abundan multitud de tortugas en las playas que dejan sus nidos con millares de huevos. La curiosidad hizo que me insinuará con mi amiga Felima, a que me lleven a presenciar la (búsqueda) de huevos que es muy divertida; con admiración vi, que cada nido, contenía cuarenta huevos, cavando media vara de profundidad y los hábiles animales tapaban tan bien sus huellas que era difícil descubrir su nido a las personas que no conocen pero para los indios que son diestros conocedores le es muy fácil.

La empresa gomera del señor Salvatierra es una de las más notables en esta región. Tiene buen número de peones. El clima favorece a la empresa.

A los cincuenta y cinco días de nuestra permanencia fue indispensable la marcha de mi hermano Alejandro al Puerto de San Antonio con objeto de recibir y transportar los efectos, que habían despachado de Europa. Sin prever que podía ser para siempre su separación, recibí su último abrazo.

Su marcha me impresionó de tal manera, que desde ese instante principiaron mis sufrimientos morales.

Se fue en compañía de mi hermano Daniel, que por cierto, su minoridad e inexperiencia, no era a propósito para serle útil en un viaje tan peligroso por las cachuelas insanas del Madera.

Cumplido el terminó fijado para su regreso lo esperaba ansiosa con todo listo, para emprender nuevamente viaje: forjándome ilusiones mil de conocer países nuevos y regresar pronto al lado de mis padres.

El Sr. Salvatierra viendo que no llegaban en el término fijado, resolvió mandar, un propio en alcance de ellos.

El 26 de mayo del 92; día fatal a la madrugada, recibí la funesta noticia de su muerte. El portador vino en una montería desde la cachuela Riveron, donde yacen los restos mortales del que fue mi segundo padre y mi más digno hermano. Oí la fatal noticia y quede muda sin poder articular una frase volví en sí y no me quedaba duda de lo que pasaba……

Trece años de edad contaba, entonces, cuando quede completamente huérfana en esos desiertos lugares, sin más apoyo que la divina providencia; y el Sr. Salvatierra fue quien se constituyó de mi padre en esos momentos. Solo la fe cristiana que tenía hizo que resista a tan gran dolor.

Excuso hacer reminiscencia de lo que me pasó en este trance fatal. Solo recordaré los saludables consejos y consuelos que recibí del señor Salvatierra y mi digna amiga su hija, a quienes les conservo mi gratitud.

En San Pablo permanecí hasta el 15 de septiembre, día en que me embarque para Villa Bella en compañía de mi hermano Daniel y mi criada Isabel, para reunirme (con) la familia de mi hermano Leónidas.

En el transito tuve conocimiento de los desgraciados sucesos que tuvieron lugar en Orthon. Hicimos pascana en el campo, a las inmediaciones de Riberalta; al día siguiente, proseguimos la marcha hasta Orthon, donde la encontré a la señorita Felima alojada en la playa, cuidando las mercaderías que les pertenecía, mientras la prisión de su padre el señor Salvatierra. No pude ser indiferente a su situación y tuve que acompañarla por ocho días, hasta que consiguió su libertad dicho señor y pudo dirigirse a San Pablo. Allí nos separamos, partiendo ellos río arriba y nosotros río abajo. A poca distancia pasamos, la boca del río Orthon, que está a la izquierda, dejamos la barraca Progreso que está a la derecha, divisando varias islas. Viajamos toda la noche, y al amanecer del día 25 llegamos a la cachuela Esperanza, dejando atrás las barracas Progreso y Recreo. Allí descansamos hasta después del almuerzo. Nuestro batelón pasó la cachuela a remolque por tierra, por el costado derecho con alguna dificultad. En la misma ribera y a mediana altura existen las casas pertenecientes al señor N. Suárez, el más renombrado capitalista y negociante de esas regiones.

Pasando adelante, hacia medio día comenzamos a distinguir en ambos costados del río muchos platanales, sementeras de yuca y arroz, pertenecientes a los vecinos de la Aduana de Villa Bella, a donde arribamos a h. 3 p.m. con la satisfacción de encontrar a mi hermano Leónidas y familia.

Villa Bella está situado en la confluencia de los dos grandes ríos, el Beni y el Mamoré. Ocupa un plano bajo expuesto a inundaciones, que llegan hasta la población en algunas ocasiones, siendo esta la razón porque el lugar no es muy sano. Allí permanecimos hasta que paso la estación de aguas es decir, desde el 25 de septiembre de 92 hasta el 11 de abril del presente año.

La población de Villa Bella aun es pequeña a pesar de ser Puerto principal situado entre el Brasil y Bolivia, punto indispensable por ahora para salir al Atlántico por el río Madera y el Amazonas.

Su vecindad es mayor que de Riberalta, la mayor parte son cruceños y brasileños: entre ellos se distinguen muchas familias, por su buen trato social. Sus costumbres muy semejantes a la de los brasileños. En cuanto a tranquilidad no la tienen, por estar muy próximos a los salvajes quienes han intentado salir varias veces, viéndose obligados los vecinos, hacer una expedición con motivo de ahuyentarlos. Esto se ve con frecuencia en la ribera opuesta del Mamoré y aún más se escuchan los gritos amenazadores que aterran a los vecinos.

Villa Bella, abril 11 de 1893.- R. O.

Viaje de Villa Bella a La Paz

Después de la muerte de nuestro hermano Alejandro, habíamos resuelto con mi hermano Daniel alejarnos del luctuoso teatro de nuestro infortunio para regresar al abrigo de nuestros padres, único medio de lugar el sentimiento que nos era insoportable.

La estación de aguas no favorecía nuestro proyecto y fue indispensable aplazar la marcha hasta abril del presente año: y no habiendo una embarcación que se dirigiera a Reyes por la vía recta del Beni, optamos por hacer el viaje, por el Mamoré aprovechando las embarcaciones del respetable señor don Juan Alverdi, que iba a Santa Ana.

A dicho Sr. fue a quien mi hermano Leónidas, nos recomendó, por ser él muy conocedor de esos lugares. El Sr. Alverdi persona distinguida en todos conceptos fue quien nos colmó de consideraciones en todo el trayecto de Villa Bella a Santa Ana: por quien recordaremos siempre con eterna gratitud.

El 12 de abril a h. 6 a.m. emprendimos el viaje por el río Mamoré, embarcándonos en una montería (vote) con el señor Alverdi, mi hermano y yo con once tripulantes; a las 8 a. m. llegamos al barador de la cachuela Layo, donde encontramos las embarcaciones que salieron día antes, que nos habían esperado, antes de pasarla. Allí permanecimos hasta las cuatro p.m. mientras descargaban media carga para pasar la cachuela, y vuelvan a llevar la que quedó Salvada la cachuela nos embarcamos en los batelones y devolvimos al señor Becerra la montería que nos prestó y continuamos navegando hasta unas correnteras de la cachuela Palogrande, un torno, o 5 kilómetros abajo, donde llegamos a h. 6 p. m. y nos quedamos.

El 13 a h. 6 a.m. seguimos la marcha hasta h. 9 a.m. en que llegamos al barador, donde descargaron por completo las embarcaciones, motivo al mayor cuerpo de la corriente del río, trabajo que duró, hasta h. 12 del día 14, en que emprendimos marcha y fuimos a hacer noche a un torno y medio más abajo de la cachuela Bananera. El 15 a la hora de costumbre seguimos viaje y a las 10 a.m. descansamos en la Isla o barador de la misma cachuela: a las 11 a.m. encostó una Montería, que había salido de Villa Bella a las 6 a.m., no habiendo tardado más que cinco horas, lo que nosotros en batelones, habíamos empleado cuatro días, y después de entregarnos unas comunicaciones para el Prefecto de Trinidad se regresó. En esta cachuela nos demoramos hasta las 12 m. del día 16, mientras se descargaban los batelones que pasaron por tierra. En dicho día y hora emprendimos la marcha hasta llegar a una Isla a h. 3 p.m. situada en la cabecera de la cachuela Bananera, donde encostamos y nos demoramos hasta h. 6 p.m. a causa de la corriente del brazo o canal que está a un costado y que es muy conocido desde la época en que comenzaron a navegar el Mamoré.

Al otro costado de la Isla teníamos a la vista el funesto lugar, donde naufrago una de las embarcaciones que conducía al Teniente Quintín G. Portal y demás de su dependencia. Según informes, dicha embarcación constaba de dos batelones. Uno de ellos navegaba por delante, en el que iba dicho Portal, el que de un modo improvisto se arrojó a la peligrosa corriente de la cachuela donde zozobró y salvó milagrosamente.

El otro batelón que iba en seguida fue atraído por la corriente que no dio tiempo a que retrocediera y fue inevitable el naufragio, sepultando entre sus aguas al joven Víctor Ballivián, a B. Pérez, a tres extranjeros y nueve individuos entre hombres y mujeres. Los únicos que pudieron salvar, fueron el Teniente Marcó, tres de los tripulantes y una mujer.

El 17 continuamos viaje sin obstáculo ninguno hasta desembarcar en el parador de la cachuela Huayaraguasú, donde hicimos noche.

El 18 a h. 7 a.m. pasaron las embarcaciones a tiro de cordel por la orilla sin descargar nada, por ser la corriente menos rápida que las anteriores, tarea que duró hasta las 10 a. m. hora en que continuamos navegando: avanzamos hasta dos tornos más abajo de la cachuela Guayaramerin donde hicimos noche.

El 19 a h. 9 a.m. pasamos la cachuela sin advertirla porque el río estaba lleno y cubiertos sus peñascos, que en tiempo de secas sus canales son muy peligrosas: a las cinco p.m. hicimos pascana tres tornos (15 kilómetros) más abajo de la Isla de Pacanobas.

El 20 continuamos viaje a la hora de costumbre (6 a.m.) y a las 12 m. desembarcamos en la primera Isla de Pacanobas, de donde nos despedimos de aquellas peligrosas cachuelas, que deben un sin número de vidas, en cuyos fondos reposan los restos mortales de los intrépidos viajeros que se afrontaron a su furor. Allí dimos gracias a Dios por habernos salvado de esos infernales peligros, aunque no estábamos libres de otros, por otro estilo y quizá peor, porque el momento menos pensado, sin saber cómo ni de donde podíamos estar atravesados por las flechas de los salvajes que habitan en las selva tupidas de las riberas del Mamoré e Iténez, y avanzamos a hacer noche en la última de las Islas Paconobas, donde no hubo peligro.

Aquí tuve ocasión de conocer a una inmensa boa que dormía en la playa más sintiendo el ruido de los remos se metió en el agua dejándonos atónitos.

El 21 fuimos a dormir en una pequeña lengua de tierra, por donde trajinan los bárbaros. El estar todo el campo inundado, nos resguardaba de la invasión de aquellos; pero no eso nos descuidamos en poner centinelas que cuiden por nuestra seguridad y la de los tripulantes, que dormían en tierra.

El 22 continuamos viaje sin inconveniente ninguno, así como los días 23, 24 y 25, observando siempre la vigilancia necesaria para no ser sorprendidos por los bárbaros y llegamos a una Isla que está cinco tornos (25 kilómetros) más abajo de la confluencia del Mamoré e Iténez, donde dormimos tranquilamente a pesar de hallarnos próximos a los salvajes, que no se apercibieron de nuestro arribo.

El 26 seguimos la marcha a h. 6 a.m. hasta encostar en un punto donde hicimos el almuerzo: eran las 12 y hacia buen sol. Allí hecho menos uno de los que viajaba con nosotros, de su mosquitero para secarlo, porque todas las mañanas amanecían mojados estos trastos y resultó que se había quedado en el campamento anterior, con cuyo motivo siguió sufriendo la mortificación de los mosquitos: a h. 8 ½ p.m. llegamos a la confluencia del Iténez y el Mamoré e hicimos noche frente al Iténez en la rivera del Mamoré, por ser menos expuesto al asalto de los bárbaros. Es en este punto donde terminaron los mosquitos diurnos y comenzaron los nocturnos. A las 9 de la noche distinguimos en la ribera izquierda del Iténez el humo y la luz de las fogatas de los bárbaros, que les sirve de abrigo en las noches y también veíamos al frente el funesto sitio donde victimaron los salvajes a la señora Rosaura de Lenz y dos de sus serviciales que fueron atacados por los bárbaros el 20 de enero de 1892 por la noche, donde fueron heridos la señorita Amalia Pedril, hija de doña Rosaura de Lenz y dos mozos y también el señor Lenz que recibió 8 flechazos, quien después de descargar 300 tiros de rifle de Winchester, impidió que se apoderarán del batelón y de los cordeles que aseguraban le pudo salvar su familia el contenido de su embarcación y valor muy digno de recordación.

El 27 continuamos viaje, siempre con el temor de que los bárbaros podían estarnos asechando de las orillas. Felizmente no ocurrió nada de lo que sospechamos, sin duda por hallarse los campos completamente inundados. Ya se hacía tarde y no podíamos encontrar en la costa un pedazo de terreno seco para alojarnos: a h. 5 descubrimos una alturita seca y aparente donde resolvimos hacer pascana. Cuando dormíamos tranquilamente a bordo, a eso de la una de la mañana escuchamos un grito de los hombres que dormían en tierra, decía “un rifle”. A tal hora y en semejante lugar, la palabra rifle era una voz de alarma y anunciaba peligro ¿Cuál sería la impresión que nos causó? Tuvimos que ponernos en pie y todos tomaron sus armas que estaban cargadas, y en nuestra confusión fue difícil encontrarlas. Nos pusimos a la expectativa y no había más que silencio. Nuestros tripulantes eran indios de Santa Ana (Movimas) gente muy cobarde, que acostumbran arrojarse al agua al menor ruido desconocido abandonando todo, pero esta vez permanecieron quietos, lo que fue para nosotros un indicio de que no había peligro. Después de unos 40 segundos preguntó, el señor Alverdi ¿Qué hay? Uno de los mozos contestó, que a los treinta pasos de ellos se producía un ruido que podía ser de los bárbaros, lo que trataron de descubrir dando algunos pasos adelante. A una segunda pregunta el vigía contestó diciendo que había sido un anta, que podían casarla, pero a pocos instantes disparó el animal haciendo un ruido espantoso en el bosque. Resuelto el drama dormimos hasta las 3 a. m. del día 28, hora en que se emprendió marcha aceleradamente. Cuando ya se anunciaba el alba volvimos a sentir otro ruido en la rivera derecha, que creímos fuera producido por los salvajes, pero los indios de la tripulación reconocieron que eran de los chanchos del monte.

Entonces abordaron los mozos y se pusieron en tierra entre el capitán y mi hermano cada uno con su rifle y los persiguieron a los doscientos metros distinguieron la tropa que pasaba de seiscientos chanchos: rompieron fuego y en una lucha de cinco minutos mataron tres que escasamente alcanzó para el almuerzo de los mozos que eran 27. Como no habían comido más que charque durante 15 días, la carne fresca fue devorada con sumo agrado por ellos.

En este mismo lugar encontramos con gran sorpresa mía, la osamenta de un cadáver que había sido desenterrado. A pocos pasos distinguimos las tablas de un ataúd destrozado con la siguiente inscripción….

(Estos restos son de la Señora N. N. muerta ahora cuatro meses en este mismo sitio con tisi pulmonar y después, desenterrada por los bárbaros, quienes se habían comido una parte del cuerpo después encontramos rastros de caimán que había arrastrado lo demás hacia el río). Esto era lo que decía la inscripción. Más el señor Alverdi conmovido de ver los despojos de la persona que él había conocido en otro tiempo; recogió y los sepulto lo poco que restaba.

Seguimos la marcha hasta las 4 p.m. en que hicimos pascana en el campo. El 29 caminamos sin ninguna ocurrencia notable hasta las 2 p.m. hora en que llegamos al desemboque del río Matucaré que es navegable, por donde se va directamente a los pueblos de San Joaquín y San Ramón. Desde este punto ya no existen los cuidados que causan los bárbaros, porque solo hasta allí avanzan en busca de caza.

El 30 llegamos a unos pajonales pertenecientes a la finca ‘Benjamín’ del Sr. Antonio V. Diez, donde terminan los bosques y principian los pajonales con manchas pequeñas de monte.

El 1° de mayo llegamos a la finca ‘Navidad’, donde encontramos gente civilizada y también bárbaros conquistados. Nos pareció llegar a la gloria, porque en diez y ocho días trascurridos no habíamos visto gente y solo habíamos escuchado de vez en cuando, el rugir de las panteras y cocodrilos.

El 2 fuimos a hacer noche en una finca denominada ‘El Cerrito’, dos tornos más abajo del Puerto de Exaltación y el 3 llegamos al Puerto de dicho nombre, de donde no nos fue posible entrar al pueblo, que está a las seis cuadras del río, por haber estado el camino cubierto de media vara de agua. Solo el señor Alverdi entró por una laguna que está a doscientos metros del pueblo. Después, de dos horas de descansar seguimos marcha y fuimos a hacer noche a 2 kilómetros más abajo del Yacuma.

El 4 a h. 8 a.m. encontramos la boca del río Yacuma y tomamos su curso, dejando de navegar las aguas del río Mamoré. A h. 10 a. m. llegamos a la finca ‘Copacabana’ de la propiedad de la señora Cornelia Saravia, aquí, el señor Alverdi, tomó una res, que fue carneada inmediatamente y distribuida entre los 27 mozos. A las 12 m. ya no existía de la res masque la cabeza, las patas, el cuero y los intestinos.

A la una continuamos viaje, hasta un lugar más acá del pueblo distante dos tornos, donde encostaron las embarcaciones mientras los indios se ponían elegantes para llegar a sus casas. Seguimos navegando y entramos al puerto de Santa Ana por una encañada o canal. Allí el batelón en que yo iba se encalló por ser de mayor calado y el agua era poca, con cuyo motivo los tripulantes tuvieron que meterse al agua hasta la cintura. Sin embargo, de que estaban elegantes y procedieron todos ellos a arrastrar el batelón hasta el terraplén que está a media vara de altura sobre el nivel de la pampa y a las ocho cuadras adelante encontramos más de setenta mujeres que estaban esperando a sus padres, maridos y hermanos. Saltamos a tierra y encontramos al señor Pedro M. Suárez, quien nos ofreció sus servicios y ordenó que fueran a traer caballos y llegados estos, nos encaminamos al pueblo de Santa Ana, donde tuvimos el honor de conocer a la digna señora Cornelia Saravia e hijas que nos alejó en casa. Allí permanecimos quince días mientras sacaban los caminos, que estaban inundados impidiendo el tráfico de los carretones, porque las lluvias no cesaban y tuvimos que resolvernos a hacer el viaje por el río Yacuma empleando 26 días hasta el puerto de Santa Rosa, en vez de ocho días que podíamos emplear hasta Reyes por tierra.

Santa Ana está situada diez cuadras más allá de la orilla del río Yacuma. Este pueblo es pequeño, sus habitantes muy reducidos a causa de que la mayor parte de ellos, se han trasladado, al río Beni; por ser este punto de mucho comercio. Las casas tienen una particularidad, de ser construidas las paredes de adobe y techadas, con teja. El señor Alverdi se quedó en este lugar.

El día 20 de mayo emprendimos marcha a caballo hasta llegar al puerto de San Pablo, que está distante más de una legua, acompañados de la familia Saravia de la que allí nos separamos con grande sentimiento, conservando en nuestro pecho la gratitud a que son acreedores por la amabilidad con que nos trataron. En dicho puerto nos embarcamos a h. 7 a. m. en una montería, tripulada por gente Reyesana, sin práctica para remar, negligente, aconstumbrada a abusar de su patrón el señor N. Zeballos.

En este trayecto fue donde conocí por primera vez al terrible y horroroso caimán. De medio río lo distinguimos, a una cuadra de distancia hacia la playa, en figura de un tronco seco a dicho animal, más como los mozos eran tan conocedores, reconocieron que era un caimán, mi hermano Daniel, que desde ese momento se le apoderó la idea de matarlo, hizo aproximar la embarcación dos varas de distancia del animal le dio el tiro con tal acierto, que le penetró la bala en el ojo izquierdo, todos le creíamos muerto, pero nuestra sorpresa fue grande, al ver que avanzaba hacia nosotros: en esto Daniel le secundó el tiro y lo dejó muerto. Entonces los mozos lo arrastraron a la orilla, yo curiosa y deseosa de conocer aquel feroz animal, salí de la embarcación a contemplar la horrible figura del que hace tantas víctimas.

Seguimos viaje y a los quince días llegamos a la finca ‘Joví’.

‘Jovi’, que también pertenece a doña Cornelia Saravia, que es medio camino entre Reyes y Santa Ana.

En este río, una noche estando durmiendo nosotros tranquilamente a bordo, sentí un ruido extraordinario en el agua; serían las dos de la madrugada. Sobre saltada recordé, llamando a mi hermano y al capitán, que sorprendidos inmediatamente, vieron que se sumergía en el agua el batelón: yo salí queriendo huir, pero no pude, porque al menor movimiento se llenaba de más agua el batelón: los demás mozos que se hallaban en tierra, se pusieron a desaguar con mucho cuidado poco a poco y quedamos salvos. Amaneció el día y todo lo que tenía la embarcación, incluso nuestro equipaje estaba mojado.

Con este acontecimiento, tuvimos que quedarnos un día para secar y evitar que se echen a perder los víveres.

Allí trató mi hermano de conseguir un carretón para continuar viaje por tierra; pero, como día antes llegasen los señores Pastor Oyola, padre y Gabriel Ortiz, desterrados de Magdalena por orden del señor Prefecto de Trinidad a San Borja, ocuparon los pocos carretones que habían, así es que tuvimos que continuar el viaje por el río. Solo así, pudimos relevar a los remadores con gente diestra, que nos sirvió mejor, hasta el Puerto de Santa Rosa, a donde llegamos en siete días, el día 12 de junio, navegando por una laguna que está situada a la derecha del río Yacuma.

En este camino, se encuentran a derecha e izquierda inmensas tropas de ganado vacuno y toros viendo pasar la embarcación se aproximaban a la orilla furiosos sin podernos alcanzar. En esos lugares el ganado vacuno se distingue mucho por su enormidad y corpulencia que en nuestras provincias jamás se ven de estos.

El 13 temprano hicimos pedir caballos, que llegaron a h. 12 m. luego emprendimos marcha y a las 4 p.m. llegamos a la finca, donde encontramos a la señora Josefina C. v. de Roca; allí permanecimos hasta el 16, día en que llegaron los carretones en los que seguimos viaje a h. 5 p.m. El 19 a h. 9 a.m. llegamos a Reyes y fuimos alojados en casa de la señora Manuela v. de Boguer, donde permanecimos dos días. En todo mi viaje; puedo asegurar que jamás tuve un momento de satisfacción; pero, a penas me vi en compañía de mi digna huésped y algunos paisanos, todo mi pesar se convirtió en alegría.

También se encontraba el señor Luis V. Anquen en ese lugar (es) uno de los vecinos principales; a quien mi finado hermano estimaba en sumo grado, él fue quien nos favoreció con importantes servicios, facilitándonos la venida a esta. Este señalado servicio no lo olvidaré jamás.

El 22 por la mañana nos dirigimos al puerto de Rurrenabaque en compañía de doña Manuela S. v. de Boguer, la señora del señor J. Abrego, don Calazans Tapia, don M. Aramayo, mi hermano y yo.

En el camino la señora de Abrego cayó del animal repetidas veces, a causa del camino tan fangoso, por los saltos violentos que daba el caballo por no enfangarse. Felizmente, sin más desgracia que los sustos, llegamos a h. 5 p.m. alojarnos en casa del señor Calazans Tapia; de cuya señora le merecimos la más amable recepción. Allí permanecieron dichas señoras hasta el 27, día en que se regresaron a Reyes, después de haber pasado cuatro días muy satisfactorios.

El 28 sobre tarde nos embarcamos en Rurrenabaque, muy reconocidos por las bondades que nos habían dispensado nuestros nobles huéspedes, en unas balsas que contratamos y fuimos a hacer noche en las últimas casas de un lugar llamado Susi.

El 29 continuamos viaje a las 7 a.m. y sin ningún inconveniente, hasta llegar el día 3 de julio a la cachuela. Veo donde hicimos descargar por completo las balsas por el obstáculo que oponían las piedras y fuimos a dormir en el desemboque del río Quendeque, lugar de muchos mosquitos.

El 4 seguimos marcha. A h. 10 a.m. llegamos a la boca del río Wopi o de La Paz, que con el río Kaka forman el Beni. A las 3 p.m. llegamos a la barraca Carmen, gomales del señor D. Linali, donde trabaja un mozo Navi, fregués4 de la Cía. Guanay. Allí quedo admirado mi hermano al saber que dicho fregués con siete picadores, en seis meses solo había extraído cincuenta libras de goma, cuando en otras partes es trabajo de cinco o seis días con un solo picador, lo que nos hizo suponer que carecía de pericia en la materia o los árboles eran muy pobres.

Allí hicimos noche a pesar de que llegamos temprano, a causa de que nuestros tripulantes se plegaron al festín que dicho fregués daba en obsequio de su hermana, que había cumplido años y saludando a la empresa Guanay con toda su freguesía,5 con sus dos barriles de licor, que tenía a la vista.

El regocijo duró por toda la noche y nuestros tripulantes no estuvieron aptos para seguir la marcha temprano, así es que apenas pudimos levantar el campo a h. 9 a.m. con la gente todavía embriagada.

El 5 caminamos sin obstáculo a h. 12 m. ya comenzamos a encontrar las caras de los lecos del Guanay y las barracas de la empresa Linali.

El 6 llegamos a los malos pasos o pequeñas cachuelas de Nuve y Retama que están separadas a cierta distancia.

El 7 a h. 12 llegamos a la finca ‘Teoponte’ del señor José Ballivián y a las 2 p.m. encontramos el desemboque del río Coroico: a las cuatro el río Challana y a 5 p.m. el río Tipuani. Por fin a h. 6 p.m. desembarcamos en el puerto del Guanay, donde encontramos a los señores Coronel Juan Muñoz, Teniente Coronel Pastor Baldivieso y varios oficiales. Después de dos días de descanso partimos el 9 para Mapiri a donde sin ningún inconveniente arribamos el 13 a h. 4 p.m. tuvimos que acampar tres noches en el campo, como lo habíamos hecho en todo el trayecto desde Rurrenabaque con excepción de una, que otra noche que dormimos bajo de techo y sin otra cubierta que nuestras toldetas.

El 12 a h. 10 a.m. salimos del Guanay navegando lentamente en nuestras balsas sin ninguna novedad: en tres días arribamos al pueblo Mapiri, que lo encontramos muy concurrido con motivo de las fiestas Julias. Allí permanecimos dos días mientras lleguen los animales que habíamos contratado en flete para marchar a lomo de bestia dejando las balsas.

Aquí respiré por fin, con toda libertad dando gracias a Dios por habernos salvado de tantos peligros con toda felicidad.

Desde el primer día en que me embarque, hasta que llegue al lugar de viajar por tierra no me atreví a salir de mi camarote ni un minuto, en el río Mamoré por temor a los bárbaros en Yacuma y demás trayecto por temor a los tigres que en esos lugares son muy temibles, por haber asaltado varias veces a los transeúntes. El 17 a h. 4 p.m. emprendimos marcha y fuimos a hacer noche en la finca de San Antonio del señor A. Violand, quien se hallaba en Mapiri. Este señor tuvo la bondad de darnos animales hasta dicha su finca, donde nos quedamos dos días esperando que descansen los animales del fletero.

El 19 a h. 9 a.m. fuimos a hacer noche en la finca ‘Cantarías’ lugar todavía cálido, donde hay cafetales, aunque no tanto como en Mapiri.

El 20 seguimos marcha. A h. 3 p.m. encontramos con la comitiva de la Delegación en la ladera de Lagunillas, donde nos demoramos dos horas con motivo de la estreches del camino, que con suma dificultad se podían cruzar los animales cargados, que iban con los que veníamos expuestos a desbarrancarse en cualquiera de sus precipicios. Con muchos trabajos y dificultades pudimos llegar a la cordillera, que se llama Vargas Jipiña; donde se termina el monte y comienzan los pajonales de la cordillera.

El 21 fuimos a hacer noche en el Ingenio, que está situado a pie del pueblo de Yani donde los indios comunarios lavan oro.

El 22 a h. 7 p.m. llegamos a la Villa de Sorata, con la satisfacción de haber salvado de tantos peligros que continuamente habíamos tropezado, pareciéndonos menos fatigosos el viaje por agua que por tierra, transitando por esas cuestas del Tornillo, Sasipuedes y Amargurani, tan terribles como lo indican sus nombres.

En Sorata tuvimos que permanecer un día mientras el fletero pudiera conseguir otros animales para proseguir la marcha.

El 25 emprendimos viaje y a las 7 p.m. llegamos a Achacachi, donde como en Sorata fuimos bien alojados.

El 26 llegamos al tambo de Machacamarca, pasando por la inmediación de Guarina y el 27 a h. 3 p.m. llegamos al alto de La Paz donde nuestros corazones principiaron a latir de contento contemplando la hermosura de nuestro querido país y viéndonos próximos a estrechar en nuestros brazos a nuestros padres y hermanas, sentimos agitarse más y más en nuestros pechos, aquel (solemne) deseo que rayaba en desesperación, hasta que a las 4 de la tarde llegamos a realizar.

La Paz, a 27 de julio de 1893.

Rosa Oporto

Imágenes de referencia: Figura 1 y Figura 2.

Figura 1 Parte del mapa titulado “A través del Amazonas. Trayecto recorrido por Sixto L. Ballesteros, desde el Departamento de La Paz hasta la provincia brasilera del pará o Belem. En los años 1894-1895”. Se puede apreciar los lugares que recorrió Rosa Oporto. 

Figura 2 Callapo o balsa, embarcaciones de troncos unidos por amarras, que servían para el transporte. 

Hemerografía

El Siglo Industrial, La Paz, 1894.

Referencias

Gamarra, Pilar, Amazonia Norte de Bolivia economía Gomera (1870-1940), La Paz, Colegio Nacional de Historiadores de Bolivia-cima Editores, 2007. [ Links ]

Paravicini, José, Conferencia leída por el fundador de Puerto Alonso, en la sesión de 4 de febrero de 1922 celebrada por la Sociedad ‘Beneméritos de la Patria’, La Paz, Escuela Tipográfica Salesiana, 1922. [ Links ]

Sanabria Fernández, Hernando, En busca de Eldorado. La colonización del Oriente Boliviano por los cruceños, Santa Cruz de la Sierra, Universidad Gabriel René Moreno, 1958. [ Links ]

1 Paravicini, Conferencia leída por el fundador de Puerto Alonso, en la sesión de 4 de febrero de 1922 celebrada por la Sociedad ‘Beneméritos de la Patria’, pp. 1-2.

2La barraca gomera, “es el establecimiento gomero, centro productivo-extractivo del Norte Amazónico que aglutina un número variable de concesiones de estradas gomeras. Lugar de operaciones de los industriales gomeros”.Gamarra, Amazonia Norte de Bolivia economía Gomera (1870-1940), p. 436.

3 Sanabria, En busca de El dorado. La colonización del Oriente Boliviano por los cruceños, pp. 61-62.

4Fregués, “hombre dedicado a la explotación de látex, conocido también como siringuero”. Gamarra, Amazonia Norte de Bolivia economía Gomera (1870-1940), p. 439.

5Freguesía, “conjunto de hombres que se dedicaban a la explotación de la goma”. Gamarra, Amazonia Norte de Bolivia economía Gomera (1870-1940), p. 439.

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