Dejar toda esperanza…: la crítica como orientación
Richard Salvucci ha leído con agudeza, como es usual, nuestro trabajo colectivo Historia económica del peso mexicano. Ha detectado problemas sobre los conflictos que nos hemos planteado y nos ha sugerido rutas para una mejor problematización. Es una mirada generosa y nada complaciente, como debe ser la crítica científica. En algún sentido nos incita a seguir la discusión y ése es el ánimo de las réplicas que algunos colegas nos han compartido. Todos los autores estuvimos animados por su crítica, pero algunos se sintieron más entusiasmados para abrir un diálogo que nos guiará en investigaciones futuras.
El libro es producto de la pandemia: después de hacer un avance en la investigación documental en el proyecto conjunto de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Archivo General de la Nación (AGN) “La gestión política de la moneda”, nuestra primera observación de fuentes por describir nos sugirió problemas poco tratados en la historiografía monetaria, sobre la economía global hispanoamericana y en particular la mexicana. No quisimos hacer una historia narrativa, descriptiva, sino un relevamiento de problemas que juzgábamos cruciales para entender procesos globales y transiciones locales: de la unidad monetaria global, creada con el peso de ocho reales, a la moneda soberana de un gobierno que enfrentó fracasos fiscales y una economía que siguió su curso exportador, con grandes problemas para sostener la circulación monetaria metálica, más tarde fiduciaria y finalmente bancaria.
Se trata de una historia de larga duración, con momentos de inflexión que exigían fuentes documentales y reflexiones críticas. Los meses de encierro nos permitieron tener un seminario online muy productivo y estimulante. Los textos de este libro son testimonio de un proyecto de investigación de largo aliento del grupo H-monetaria2 que ya tiene una saga de cinco libros: tres colectivos y dos de autor. Sin embargo, en el libro que nos ocupa están los problemas seminales.
Como bien advirtió Salvucci, tenemos una trama de viejos y nuevos problemas, con soluciones plausibles para repensar la importancia de la historia monetaria en el pasado de México, inscrito en una dimensión mundial. El problema del bimetalismo es un referente: se producía plata, la cual a la vez que circulaba como commodity lo hacía como moneda con premio, pero también como valor frente al oro y a cambio de títulos de crédito. La plata fue un referente mundial de transacciones financieras y sistemas monetarios, mientras paradójicamente en México no pudo construir un sistema monetario estable que hiciese del cobre una moneda fiduciaria aceptable, porque el cobre tenía su propio valor de mercado y la preferencia por la plata obedeció a certidumbres y posibilidades de intercambio más allá de sus fronteras.
La mirada de Salvucci nos recuerda que el sistema monetario mexicano, sobre todo en el siglo XIX, acusó los desequilibrios de exportar moneda, requerir moneda y acudir al señoreaje para financiar el gasto público. El problema no fue sólo de escasez o abundancia de moneda, de contracción de la demanda o de inflación, sino de la manera en que los factores monetarios imputaron los problemas de crecimiento económico, de lo que se sigue la desigualdad y los choques sociales y políticos que propiciaron.
La historia entonces atraviesa el periodo colonial tardío: las transiciones monetarias que le sucedieron en la nueva nación, como el intento de moneda fiduciaria del Imperio, las sucesivas emisiones de cobre, la circulación de papel moneda de emisiones privadas, hasta la configuración -por cierto, tardía- de un sistema de moneda de curso legal y obligatorio, por la autoridad del Banco de México, que sin embargo se sometió al sistema político hasta la crisis cambiaria que decantó en crisis económica, cambio de paradigma de gobernabilidad y un nuevo esquema de gestión política de la moneda. Por ello, se requiere una historia de la economía política de la moneda en el largo plazo y con explicaciones complejas de procesos concretos, a lo que Salvucci nos invita con esta reflexión. Leamos la discusión.
Lasciate ogni speranza voi ch’entrate3
Richard Salvucci
No, este libro no es infernalmente difícil, pero el tema, la historia del peso mexicano, sí lo es. Basta con acudir al cuidadoso ensayo de Bernd Hausberger, “La distribución transcontinental de la plata americana en la globalización temprana”: aquí globalización simplemente significa mundial; carece del significado técnico moderno entendido como la convergencia de precios o ingresos relativos. Sin embargo, la plata americana -y con ella el peso mexicano- llegó al Mediterráneo, Europa Occidental y Central, la India, el Lejano Oriente, China, Japón y diversos puntos de la cuenca del Pacífico. Nótese también que el término americana, en contraposición a mexicana, lo vuelve una base considerablemente más restrictiva. Esto es relevante porque la plata peruana dominó el suministro mundial entre 1580 y 1680, lo que significa que el peso mexicano adquirió especial interés sólo hasta más tarde, aunque no del todo, como un fenómeno borbónico. No obstante, uno puede suponer que, tarde o temprano, el peso mexicano era una moneda conocida, valorada por sir Isaac Newton en 25.06 gramos de plata fina, que dominaría debido a la ley inversa de Gresham, al menos hasta 1717, incluso ante las posteriores devaluaciones del siglo XVIII (1728, 1771, 1786). Perú, por otro lado, era caótico y casi opaco en sus valoraciones. Una moneda internacional debe ser un buen numerario y el peso mexicano sin duda lo era. Mientras el precio de mercado de la plata se mantuviera estable, en teoría, la incertidumbre del receptor quedaba prácticamente eliminada, independientemente de lo que le sucediera a la moneda por el camino. Aunque lo que se filtró dentro de los mercados internacionales y lo que quedó en México no eran necesariamente lo mismo.
Sin embargo, como observa Hausberger, las monedas y los lingotes mexicanos no pasaban simplemente de la mina al puerto y de ahí a la economía internacional. Según las pruebas obtenidas de los naufragios fechados, así como de los pesos acuñados y fechados, eso ocurría a veces, pero no era lo habitual. Se suponía que el peso debía actuar como moneda de curso legal en México. Lo hacía, pero estaba, según coinciden muchas autoridades, sujeto a frecuentes escaseces. Esto es, como señala Antonio Ibarra de forma imaginativa en “Gresham en la Nueva España”, un poco extraño, ya que para el siglo XVIII, México era el mayor productor de plata del mundo. Era como si Arabia Saudita no tuviera ni una gota de petróleo crudo. Claro, es natural pensar que el problema tenía que ver con algo que los matemáticos llaman “sobredeterminación”. Sólo había una variable, el suministro de plata, y múltiples restricciones independientes sobre cómo podía utilizarse, ya fuera como dinero o para otros fines. Así que, tal vez, la respuesta sea que no existía un equilibrio estable: la escasez en sí misma era una especie de indicio de que todo el sistema siempre estaba desequilibrado.
El problema es que a ningún economista le va a convencer la idea de que un mercado nunca se equilibra, o que no encuentra la manera de hacerlo. Ibarra no cree que sea así. Más bien, la devaluación progresiva y la acuñación de nuevas monedas crearon incentivos para que los agentes privados de México conservaran las monedas más valiosas, mientras que el resto se incorporaba a la economía internacional. Eso no sucedió porque los comerciantes mexicanos se resistieron a las medidas de acuñación y devaluación, al igual que la gente común se aferró obstinadamente a sus pesos de menor denominación o imperfectamente acuñados (febles) para el uso diario. Así que, a primera vista, la ley de Gresham fue derrotada. El uso generalizado de las libranzas fue entonces menos un indicio de escasez, que una especie de sistema bancario primitivo cuyas “reservas” eran la plata y cuya emisión fiduciaria en circulación era esencialmente privada. Si ése era el caso, la emisión del papel moneda de Iturbide fracasó -y éste es un punto que destaca Andrew Konove (2025) en su obra actual-, no porque los mexicanos fueran alérgicos a la emisión fiduciaria, sino porque la de Iturbide, en comparación, era inútil. El Imperio no tenía “reservas”, estaba en bancarrota, y los comerciantes privados, versados en finanzas y nada tontos, lo sabían. Puede que Ibarra y Konove no convenzan completamente al lector, pero definitivamente ellos están en la pista de algo potencialmente muy significativo.
No todo lo que estaba circulando en México era plata. Lo más notorio fue la emisión de la moneda de cobre a principios del siglo XIX. La fragmentación de un sistema monetario unificado en “Guerra y transición monetaria”, de Ricardo Fernández, apunta a la ruptura del monopolio de acuñación en la Casa de Moneda de la Ciudad de México. Aparecieron otras casas de moneda en Sombrerete, Zacatecas, Chihuahua, Durango y Guanajuato, a veces bajo el control de las fuerzas rebeldes. Su producto era, por consiguiente, igual de incierto, por lo que no es sorpresa que se produjeran episodios de inflación local y falsificación. Los funcionarios de la Casa de Moneda de la Ciudad de México fueron los opositores más acérrimos; pero otros, como Fausto D’Elhuyar, adoptaron una visión más amplia de la necesidad del dinero para mantener la actividad económica, aunque procediera de otro lugar que no fuera la capital. Zacatecas fue, de lejos, el mayor productor entre 1814 y 1817; alcanzó más de 50% del valor de la Ciudad de México y un tercio de toda la acuñación durante ese intervalo. El dinero es poder y, como era de esperarse, las autoridades locales se mostraron naturalmente reacias a ceder el control. Zacatecas, en particular, llama la atención por su posición persistentemente ambigua, o tal vez anómala, en la Federación. ¿Realmente necesitaban Texas y Zacatecas que la Ciudad de México siguiera por su cuenta? Para los años de 1830, la historia nos da la respuesta.
Sumado a esto, es difícil evitar pensar que la emisión de monedas de cobre con el virrey Calleja fue, probablemente, oportunista, ya que el cobre y el oro se encuentran a menudo juntos. La covarianza de estas monedas entre 1814 y 1816 es, a simple vista, evidente, y puede haber representado un señoreaje de guerra al que, según nos dice Juan Ortiz Escamilla en Guerra, botín y fortuna (2017: 148-161), el virrey, presionado financieramente, no se habría opuesto en absoluto. La sangre, como nos advirtió Virgil Sollozzo en El padrino (1972), representa un gasto elevado. Esto, más que una “escasez” de plata (causada por la fuerte fuga de pesos de plata) hacia los Estados Unidos en vísperas de la crisis de 1837, cuyas consecuencias inflacionistas fueron desastrosas, bien podría ser una razón más convincente para los experimentos monetarios de principios del siglo XIX, fueran exitosos o no.
Como observa Javier Encabo González en “El cobre en México, del final de la colonia hasta 1905”, las casas de moneda regionales con acuñación local quizás estaban mejor adaptadas a una economía como la mexicana. Hubo variaciones dramáticas regionales en la producción, el comercio interior y la influencia política. Las casas de moneda y acuñación locales se ajustaban mejor a las necesidades provinciales que una sola casa de moneda en la Ciudad de México. Los Estados Unidos también tenían sucursales en Nueva Orleans, Denver, San Francisco y Filadelfia. Esta primera en particular tenía estrechos vínculos con México, así como con su banco mercantil de élite, Lizardi & Cía., con Santa Anna.
Sin embargo, antes de declarar que el cobre no tenía valor como dinero, conviene hacer una observación: aunque su precio en el mercado era poco más de 20 o 30% del peso de la plata, el cobre se movía mucho más e incrementó la tarifa considerablemente en Nueva York después de 1850 hasta, aproximadamente, 1870; se mantuvo estable entre 1820 y 1850. El problema era la sobrevaloración de las monedas de cobre, más que la moneda en sí misma. No obstante, en el fondo se trataba de un problema fiscal para la Federación, debido a que el régimen centralista de 1835 y 1836 era insolvente, pero empeñado en librar una guerra para conservar Texas. Un gobierno, cualquiera que sea, obtiene sus ingresos de donde puede, y el señoreaje proyectado es una idea muy antigua: Javier Torres Medina lo dice precisamente así en “El negocio del día: falsificación de moneda de cobre”. La resistencia que estalló en Celaya, Guanajuato, Morelia y Querétaro fue contra la inflación, que es harina de otro costal. La gente en México podía utilizar prácticamente cualquier cosa como dinero, incluidos los tlacos o fichas privadas, siempre que cumplieran sus expectativas de poder adquisitivo razonable.
Aunque el contenido de plata en el peso tenía algo que ver con su circulación, no era el único factor. El otro factor difícil era si la plata mexicana se exportaba como dinero (o como título financiero) o como mercancía. Ésta es una de las cuestiones sin resolver, especialmente en el siglo XIX: como está implícito en “El peso de plata mexicana, 1822-1872: forastero distinguido y bien recibido”, de Mario Contreras Valdez, quien parece considerar el peso en su función monetaria. La evidencia podría indicar que el peso mexicano, como medio de pago, solía tener una prima de cambio de entre 6 y 8%, dependiendo de la época y el lugar. Cuando escaseaba el dinero, como en los Estados Unidos en 1837, la prima alcanzó un asombroso 24% en Nueva Orleans, durante una época en la que los bancos estadunidenses solían operar con reservas de alrededor de 10%. Esto, por supuesto, reflejó la crisis del algodón en bruto del mercado británico cuando los precios cayeron entre 25 y 50% en 1837, lo que generó un enorme sobreendeudamiento. Entonces, los especialistas en algodón, como Lizardi, acudieron suplicantes al Banco de Inglaterra en busca de préstamos de emergencia para reforzar la liquidez. Lizardi no fracasó, pero otros sí, así que la conexión con México y el peso fue un salvavidas. Para un país que estaba a casi un siglo de tener un verdadero banco central, el peso se había convertido en una especie de reserva internacional de facto. Sin duda, a los capitalistas privados mexicanos les fue muy bien, como muestra Rosa María Meyer (2016) en Empresarios, crédito y especulación en el México independiente (1821-1872). Contreras Valdez puede tener razón al afirmar que 90% de la plata extraída en México se exportaba. Es posible que los propios “banqueros internacionales” de México se quedaran con una parte sustancial cuando llegaba a su destino, quizás al exportar pesos y comprar otros activos financieros. Ésta era la táctica preferida de los Lizardi en la década de 1820: lavar su propio dinero. Si para ello utilizaban agentes estatales, bueno, el rango tiene sus privilegios.
En “La plata mexicana en Oriente, 1821-1870”, Sandra Kuntz también se interesa por los flujos de plata en contraposición a las reservas. Además observa acertadamente que nunca se podría explicar la reserva de pesos mexicanos en China simplemente con examinar el comercio bilateral, debido a que había demasiada plata mexicana allí. Era obvio que existía algún otro canal de exportación. Kuntz identifica este canal como Inglaterra y los Estados Unidos, con flujos que tendían a desplazarse progresivamente de Inglaterra a los Estados Unidos durante este periodo. Esto no fue una casualidad. A partir de los años de 1840, el flujo de plata de Inglaterra a la India, y de allí a China, se hizo progresivamente más grande, como consecuencia del comercio entre los últimos dos países. Irónicamente, el descubrimiento de oro en California en 1848 cambió el enfoque: la caída del precio de la plata en relación con éste hizo, si acaso, aún más atractiva su compra en Extremo Oriente. Por supuesto, la apertura de San Francisco en la soberanía de los Estados Unidos no hizo más que ampliar una salida del flujo cuyos costos totales de transporte se redujeron en beneficio de lo que entonces era el bien inferior: la plata. Se trataba de una versión inversa del efecto Alchian y Allen, según el cual, cuando se añade una tasa unitaria común a los precios de los productos de alta y baja calidad, el precio relativo del producto de alta calidad disminuye y su consumo relativo aumenta. Ahora bien, la tasa por unidad debió de reducirse con el efecto contrario; por ejemplo, al fomentar la exportación de plata. Kuntz, Marc Flandreau y otros han abierto para los estudiantes de historia monetaria -el lector disculpará la expresión- una mina de oro para la exploración histórica. Por eso, estudiar la historia económica internacional del siglo XIX ignorando a México es un error de graves proporciones, del que suelen adolecer los historiadores angloamericanos, debido a su miopía y a sus prejuicios profundamente arraigados.
Además, hay características del sistema mexicano que son difíciles de clasificar. La mayoría de las casas de moneda regionales entre 1825 y 1868, incluso la Casa de Moneda de la Ciudad de México durante una época, fue explotada mediante contratos privados, a menudo con intereses extranjeros. Si bien esto era simplemente otro aspecto de la crisis fiscal crónica de la Federación, como sostiene Omar Velasco Herrera en “La gestión política de la moneda”, no hay duda de que es cierto. Sin embargo, se trataba de monopolios, y los monopolistas no juegan con las mismas reglas que los demás. Su comportamiento no tiene nada que ver con los intereses regionales o nacionales debido a que son maximizadores de beneficios privados, y los monopolistas tampoco tienen curvas de oferta. Por lo tanto, asumir que existe algo parecido a un interés “nacional” es, en gran medida, un accidente. Si el dinero tiene algún papel en el desarrollo económico, los monopolios privados de las casas de moneda fueron un obstáculo para el desarrollo económico de México que nadie menciona: ¿cuánto? Alguien tendrá que intentar medirlo, lo cual no es tarea fácil. Sin embargo, México no era en absoluto un caso único. En los Estados Unidos existieron medidas monetarias caóticas hasta 1914 y cualquiera que afirme que la situación era óptima está simplemente equivocado.
En las décadas de 1870 y 1880, la reexpansión de la economía con Porfirio Díaz dejó claro que las necesidades del comercio ya no podían satisfacerse con una moneda sin ningún tipo de curso. La decisión sobre las condiciones exactas en las que se introduciría el dinero fiduciario sería trascendental y compleja, como aborda Iliana Quintanar Zárate, en su texto “Los billetes bancarios durante el Porfiriato, 1879-1897”. Aunque su análisis es detallado y sutil, la necesidad de resumir el asunto de forma concisa es la siguiente: aunque todo el dinero es deuda, no toda la deuda es dinero. La distinción no es en absoluto obvia, pero para quienes la ven, las líneas de batalla siempre estarán claramente trazadas. La narrativa porfiriana es bastante compleja y, en definitiva, remite al ejercicio del poder financiero a través de cuestiones tan esotéricas como la definición de la moneda de curso legal. Éstas constituyen una reserva aceptable para los bancos emisores (si es que existen), si estas reservas son públicas (valores del Estado) o privadas (algún tipo de papel comercial de alta calidad). Además incluye las limitaciones a la emisión y, en conjunto, un sinnúmero de consideraciones que determinarán en última instancia quién puede llamar dinero a algo y quién controla, directa o indirectamente, su suministro. Está en juego el poder: nadie lo cede ni lo toma sin un conflicto de por medio. El lenguaje de la banca y las finanzas puede ser poco transparente, pero es precisamente por eso que figuras como José Yves Limantour, Joaquín Casasús o Pablo Macedo son muy importantes, aunque no estén de moda. Asimismo, también tenía relevancia saber qué banco obtuvo el derecho a emitir pasivos que se consideraron dinero en lugar de simples documentos comerciales. En definitiva, se trata de aspectos de la soberanía, no de meras curiosidades jurídicas, y los financieros porfiristas lo entendían muy bien.
Los últimos capítulos, de Luis Anaya Merchant, “Del fin de la convertibilidad al desvanecimiento de Bretton Woods” y de Paulina Segovia, “De la estabilidad monetaria a la libre flotación”, tratan aspectos relativamente más “contemporáneos” de la historia del peso, desde épocas de la Revolución hasta tiempos más recientes. Estos aspectos han sido una extraña mezcla entre largos periodos de estabilidad con periodos de fluctuaciones salvajes: en definitiva, la Revolución provocó el caos monetario. Éste se resolvió en parte con el regreso al uso del oro en 1918 y con la creación de un banco central en 1925; aunque una serie continua de crisis internas e internacionales en el periodo de entreguerras hizo que el proceso de la transición distara de ser sencillo. Si bien la segunda Guerra Mundial proporcionó los cimientos institucionales, financieros y políticos para un cuarto de siglo de equilibrio (de 1954 a 1976), también dejó claro que la estabilidad monetaria interna no era, ni podía ser jamás, un asunto que dependiera simplemente de la buena conducta política. El colapso del peso en 1976, 1982 y 1994 recordó a los políticos mexicanos que lo que la economía internacional otorgaba también podía despojarlo con la misma rapidez. Los riesgos parecían ser asimétricos: la política macroeconómica responsable podría ser recompensada; pero, de nuevo, fueron los casos de despilfarro e irresponsabilidad que trajo consigo el “redescubrimiento” del petróleo, a mediados de la década de 1970, los que provocaron que se impusieran severas sanciones de la más diversa índole.
Sumado a esto, México era el clásico “vividor” del régimen internacional de Bretton Woods: su tipo de cambio fijo, “la era del 12.50”, no se vio tan afectado por lo que el país hizo o dejó de hacer, como por el “privilegio exorbitante” de los Estados Unidos al emitir dólares pasivos libremente una vez que la guerra de Vietnam se intensificó. Cuando Richard Nixon cerró la ventana del oro en 1971, los aliados europeos de los Estados Unidos se mostraron cada vez más incómodos ante el prospecto de que los dólares en su poder no pudieran ser canjeados a $35 la onza. El secretario del Tesoro dijo: “El dólar es nuestra moneda, pero es su problema”. El destino del tipo de cambio fijo de México ya estaba escrito para 1973. En retrospectiva, la devaluación de 1976 sólo se agravó por la tenaz negativa del presidente Luis Echeverría a considerar una recomendación previa del ministro de Hacienda, Hugo Margáin, para devaluar el peso. Puede que fuera un error de Echeverría, pero no fue enteramente su culpa. Lo peor estaba por llegar.
Así, este detallado y estimulante resumen de la historia del peso conduce a un par de conclusiones que los historiadores mexicanos ya han puesto empeño en explorar. El peso fue, en cierto sentido, una reserva internacional mucho antes que cualquier otra cosa. Esto implica que las posturas monetarias y fiscales de México fueron más importantes de lo que la mayoría de los historiadores económicos internacionales han pensado. En especial en el siglo XIX, simplemente no se puede entender mucho sin una consideración explícita del peso. México no sólo fue un factor importante en el “mundo atlántico”, sino también en el resto del mundo, desde principios de la Edad Moderna. Sin embargo, también es cierto lo contrario: los acontecimientos internacionales (en particular las crisis económicas) pueden haber impulsado, en parte, eventos que los historiadores de ese país han considerado principalmente endógenos. ¿Se podría considerar cuidadosamente el estallido de la Revolución de 1910 como una consecuencia, al menos en parte, de la adopción parcial del patrón del oro por México en 1905? Se verá… pero ésta y otras posibilidades de resúmenes históricos y económicos fructíferos se han abierto gracias a la línea de investigación seguida en este volumen.
Réplica
Ricardo Fernández Castillo
Richard J. Salvucci nos compartió sus ideas sobre el libro colectivo en cuestión, pero no en una ráfaga dispersa de apuntes, sino en una trama finamente construida que aterrizó en una propuesta de agenda para futuras investigaciones. Salvucci citó a Andrew Konove y su estudio en proceso sobre el papel moneda del primer Imperio de Agustín de Iturbide en 1822. Sin lugar a dudas, coincido con la propuesta de Andrew y Richard en torno a dicho papel moneda y su descalabro por problemas político financieros, no por una “falta de madurez monetaria de México”. Pero el déficit financiero debe ser cifrado y, de no poder hacerse, al menos debe delinearse con los conceptos de la época. El problema sigue y seguirá estando sujeto a debate. Si la caída de ese primer Imperio minó el papel moneda en un plazo corto, pero la población en realidad sí estaba preparada para su uso, entonces ¿por qué los federalismos y los centralismos posteriores no retornaron a la implementación de billetes?
Responderé a las amables provocaciones de Salvucci en torno a mi capítulo “Guerra y transición monetaria”. Cobre, multiplicación de cecas, deuda pública y falsificación, solamente algunas consecuencias de la guerra civil y la ruptura de la exclusividad de la Real Casa de Moneda de México. Salvucci identificó los elementos del compuesto, creó su propia fórmula y nos señaló el valor interpretativo de las tensiones centro-región como una perspectiva para entender el difícil orden para la amonedación policéntrica que heredó el México independiente. El lector encontrará que la selección de palabras es un contraste entre la reseña de Salvucci y la manera que me he permitido tener para enunciar el fenómeno. Pero conviene tener en cuenta que esas tensiones fueron parte fundamental de las negociaciones institucionales, ideológicas, fiscales, territoriales y culturales de México durante el siglo XIX.
Con esa alusión a las tensiones centro-región, Salvucci nos preparó un esquema que a futuro se torna completo. Como él anotó, el libro colectivo nos lleva a repensar el papel de México en el mundo atlántico y los metales preciosos pueden ser ese vehículo cuyo rastreo nos hará maniobrar sin perdernos en infinidad de niveles y latitudes. Pero hasta para los mercados internos acarreamos deudas analíticas. No olvidemos que tampoco hemos diseñado descripciones que nos permitan comenzar a tipificar con especificidad espacial y cuidado cronológico, ¿qué monedas solían circular en las regiones novohispanas y mexicanas? Mientras tanto, se seguirán acumulando testimonios archivísticos sobre el oro, la plata y sus acompañantes populares. Pero corremos el riesgo de seguir universalizando la semántica alrededor de las pseudomonedas, cuando en realidad nos sobran sospechas de que el cobre, las libranzas y el cacao eran fieles acompañantes de un “bimetalismo a la mexicana”.
Destaco especialmente el comentario sobre el cobre emitido en tiempos de guerra por el virrey Félix María Calleja del Rey. Ahora bien, tanto a Salvucci como a mí nos hizo falta un término selecto para cumplir como categoría de estudio de la acuñación cuprosa de Calleja. Una expresión que nos facilite la comprensión integral de una medida de guerra que finalmente se convertiría en parte de un sistema monetario: la oficialización de la moneda de cobre. Aquello que tanto había obnubilado a virreyes y superintendentes de la ceca de México se convertía en realidad durante la guerra. Tal amonedación extraordinaria, realizada entre 1814 y 1816, tuvo un móvil financiero y el anhelo de algún margen de señoreaje. Pero en realidad se trató de una ingeniería monetaria tácticamente prediseñada. Recordemos los componentes básicos del bando que autorizaba la amonedación cuprosa: ¡explícitamente pedían la sustitución de los tlacos y pilones populares por las nuevas monedas de cobre!
Era una ingeniería monetaria que tomaba estratégicamente las formas sociales de utilizar medios alternos de cambio y proyectar reformas monetarias que significaran legitimidad política e ingresos financieros. Si lo primero fallaba, quedaba lo segundo y a la inversa. Otro episodio de nuestro bimetalismo a la mexicana en tiempos de guerra. Sin embargo, Salvucci nos hace repensar esta medida monetaria como un posible basamento para la larga historia del cobre decimonónico. Quise construir una idea de estas dimensiones en el capítulo tres de mi libro citado, pero el diálogo con nuestro reseñista añadió aquellas últimas palabras y retoques que a todos nos gustaría cosechar para describir mejor los argumentos detrás de nuestras investigaciones. El cobre de Calleja y los insurgentes creó por vez primera en la historia de México un equilibrio difícil de sobrellevar entre la legitimidad de las monedas de cobre y su papel financiero para los entes emisores. En procesos posteriores, como la creación de monedas republicanas de cobre y el Banco de Amortización de la Moneda de Cobre de 1837, ese balance se inclinó hacia alguno de los dos extremos.
Aprovecharía entonces la oportunidad que me brinda esta réplica para añadir que la guerra de Independencia provocó un bimetalismo en disputa. Propongo la alegoría de un coliseo de lucha aleatoria en la que ya no son absolutamente necesarias las distinciones entre proyectos monetarios de insurgentes y realistas. Por el contrario, en esas batallas por la moneda, las facciones políticas eran apenas una primera capa que en sí misma se desmenuzaba en ayuntamientos, virreyes, nuevas casas de moneda, tropas, la Real Hacienda, consulados, tenedores de moneda e intermediarios. Organismos y agentes que por primera vez podían intervenir aún más de cerca en la toma de decisiones, justo como actores de un largo drama que apenas empezaba: la transición de un sistema circulatorio de moneda.
Reacción a los comentarios de Richard Salvucci
Mario Contreras Valdez
Entre los asuntos difíciles, con el fin de parafrasear a Salvucci, está conocer las cantidades de plata mexicana exportadas durante el siglo XIX, como dinero y como mercancía. Entiendo que el grado de dificultad en este asunto se deriva de sus investigaciones, en temas que le han interesado por años, como el comportamiento de la economía durante el siglo XIX, el protagonismo comercial y financiero de Lizardi y Co., así como la importancia del comercio de algodón en rama.
Se sabe por ahora que ocho a nueve pesos de cada 10 se exportaban, y aunque son datos clave, no dejan de estar en un grado de generalidad. En mi opinión, el freno a ese conocimiento específico es no disponer por ahora de las fuentes pertinentes; sin ellas, grandes preguntas se han quedado en la historiografía sin respuestas amplias.
Otro asunto a destacar es la necesidad de averiguar sobre el ciclo de exportación de la plata mexicana en el siglo XIX, para asociarlo con dos variables, a saber, el crecimiento de 7% anual del comercio en el hemisferio occidental y la estable paridad cambiaria del peso mexicano frente a la libra esterlina, el franco francés y el mismo dólar estadunidense. Esta perspectiva macroeconómica se enriquece y se puede acompañar con la de tipo microeconómica, es decir, la relacionada con las capacidades técnicas y organizacionales de acuñación de la plata en las casas de moneda.
Reflexiones sobre la gestión política de la moneda: réplica a Salvucci
Antonio Ibarra
Como el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia las cosas, es la confusión y el trueque universal de todo, es decir, el mundo invertido, la estupidez en entendimiento, el entendimiento en estupidez.
K. MARX
La sentencia de Dante Alighieri, con que Richard Salvucci inicia sus comentarios críticos al libro Historia económica del peso mexicano. Del mercado global a la gestión política de la moneda es una nueva reflexión sobre un viejo tema infernal: la explicación sobre el poder de la moneda.
Salvucci pone rigor los conceptos: lo que se dice global es mundial; cuando se trata de la plata americana, implica al Perú y la Nueva España, y si nos referimos a la ceca de México, se habla de la producción mundial del siglo XVIII. Convenimos con que así se inscribe la historia de la moneda mexicana, en el largo plazo.
Pero también nos recuerda conceptos esenciales, usualmente extraviados en la historiografía: si la plata conserva el fino -el que sir Isaac Newton midió, como alquimista moderno-, entonces su valor se ajusta a esa relación ley/peso y la fricción de su circulación global siempre remitirá a ello, los costos de circulación no son independientes y terminan así determinados, aunque merecen identificarse los beneficios del factoraje y los riesgos de su circulación global, en un mundo cargado de fricciones bélicas.
Que los reyes españoles devaluaran, como lo hicieron en 1731, 1771 y 1786, no cambiaba el sistema monetario que se debía mundialmente al peso mexicano, sencillamente se ajustaba y provocaba una reacción natural: retener la moneda de mayor fino o contenido puro de plata, inventar otros medios de pago y generar un sistema de aceptación que maximizara la relativa escasez de moneda buena.
Lo que nos interesaba discutir es cómo se opone un proceso histórico concreto del México colonial a la “Ley de Gresham”: si hay plata, puede haber simultáneamente crédito fiduciario y no sólo debido a su escasez. Una “sobredeterminación”, nos dice Salvucci, muestra un sistema monetario siempre desequilibrado, que explica el uso extendido de libranzas, de feble, tlacos y pilones, pero también del fracaso de la emisión de papel moneda de Iturbide y del cobre republicano: moneta fides.
La crisis monetaria que legó la guerra civil de independencia produjo descentralización de la circulación interna y externa, nuevos polos de poder y un sustento a la construcción territorial del nuevo Estado: el gobierno monetario se descentralizó y adaptó a la plástica de la nueva economía internacional. Al valor relativamente estable de la plata se añadió el problema de la covarianza con el oro y el cobre. El problema, sugiere Salvucci, no es que el cobre careciera de valor monetario, sino que “la sobrevaloración de las monedas de cobre” propició su falsificación: un argumento que demanda un nuevo relato sobre el poder y los negocios.
México sigue siendo de los primeros exportadores de plata, no dejó de serlo en el siglo XIX, si bien lo que cambió fue su premio en los mercados internacionales, por el valor de uso en otros sistemas monetarios. Internamente los contratistas privados, británicos y estadunidenses, controlaron la oferta de moneda fuerte, pero en interés de su función monopolística y exportadora. Los contratos con el gobierno apelan a una larga relación entre negocios y política, que alivió la penuria fiscal sin fin. Como advierte Salvucci, si los monopolistas son maximizadores privados frente a agentes políticos debilitados, entonces fueron un obstáculo al desarrollo económico: ¿cómo medirlo?, ¿con cuáles variables de la economía real y cuáles de la monetaria?, ¿qué poder y papel tuvieron los actores locales?
Cuando el crecimiento económico porfiriano permitió gobernar con la moneda, al recuperar la acuñación, liberó las capacidades financieras de los banqueros que emitieron sus billetes, con la venia del gobierno y el respaldo interbancario, lo que suponía emisión de dinero con poder liberatorio limitado. Salvucci sugiere que llamarlos por su “curso legal” es un esoterismo, ya que sobre el crédito comercial “no toda deuda es dinero”. Lo que sí revela es el poder sobre el dinero, pero también el dinero sobre el poder: los banqueros porfirianos y sus socios políticos lo entendieron. ¿Es una pregunta que merece otra explicación?
La estabilidad del régimen político mexicano, más específicamente desde Bretton Woods hasta la crisis de la deuda, es más claramente una historia política de la moneda en una “extraña mezcla de estabilidad y fluctuaciones salvajes”. La estabilidad de una economía free rider del global dollar a contraluz de la mala gestión política de la moneda mexicana, primero por rigidez cambiaria y después por sobreendeudamiento, requiere una narrativa a la vez local y global, un análisis de agentes privados y actores políticos. ¿Qué visión de largo plazo tuvieron esos actores en el éxito y el fracaso de la economía mexicana? La historia del peso es, también, una apelación a buscar nuevas explicaciones históricas de gobernar con la moneda. La crítica de Salvucci, por lo demás generosa, traza nuevas rutas de investigación e inspiró las respuestas que la acompañan.













