Pilar Gonzalbo Aizpuru prácticamente recreó el campo de vida cotidiana dentro de la historia de México. Le dio un nuevo empuje, un nuevo enfoque, una nueva presencia a nuestras investigaciones. Sus preguntas acerca del quehacer diario y su impacto en la sociedad y en el entorno nos obligó a ver el tema con una mirada diferente, a cuestionar preceptos y presupuestos, a buscar fuentes ignoradas. Así como analizó e interpretó la vida cotidiana de nuestros antepasados, así debemos reflexionar acerca de su papel en la nuestra, pues convivimos con ella, en multitud de proyectos, durante 45 fructíferos años.
La esencia de la vida académica para Pilar era el trabajo. No terminaba una investigación antes de estar pensando en la siguiente. Algunas eran colectivas, otras individuales. No sé si hubo una excepción, pues parece que todas desembocaron en un seminario, un coloquio, una conferencia, una publicación. Esta entrega al trabajo excluía las frivolidades o un tiempo excesivo en el café, definido como minutos más allá de pedirlo, tomarlo y regresar al cubículo, aunque con frecuencia fue el escenario escogido para plantearnos un nuevo reto de interpretación, búsqueda de fuentes o lecturas desconocidas para nosotros. Pilar se permitía hablar del cariño tan especial que guardaba para sus nietos, sin duda sus seres más queridos. Cuando sus funciones auditivas eran mejores, disfrutaba del teatro y del cine, el cual, gracias a los subtítulos, nunca dejó de ver. Compartía recomendaciones de películas hasta los últimos días de su vida. No perdonaba, tampoco, el mercado sobre ruedas, donde conseguía los alimentos más frescos para su bien provista mesa, ampliamente alabada gracias a sus dotes de maravillosa cocinera. Admiramos también su colección de nacimientos, que orgullosamente exhibía en la sala de su casa en temporada navideña, cuando, sabíamos con seguridad, que nos obsequiaría con sus deliciosas empanadas de pelo de ángel, hechas de chilacayote. Pero las horas que pasaba en El Colegio de México eran para escuchar y aconsejar a los estudiantes, los colegas, los ayudantes, contestar su abundante correspondencia y, sobre todo, redactar. Su presencia, para sus colegas, era un recuerdo constante de que podríamos esforzarnos más, publicar más, leer más, investigar más. Nadie podía competir con ella; por supuesto, no se trataba de eso, pero los niveles de producción y excelencia de Pilar marcaron los estándares contra los cuales nos juzgábamos a nosotros mismos.
Pilar se enfermó durante la posguerra en España, cuando no tuvo acceso a medicinas que pudieron haberle salvado de una futura sordera. Cuando su condición empeoró, hasta perder por completo el oído, luchó para aprender lenguaje de señas y cómo usar distintos dispositivos electrónicos para comunicarse. Ese ejemplo de empeño por no dejarse vencer quedará con nosotros como una enseñanza de vida. Por supuesto, la música no formaba parte de sus gustos, pero lo que sí le animaba era lucir bella joyería artesanal, sacos de vestir a la española y los pantalones que formaron parte de su guardarropa desde que la conocimos.
Nuestra convivencia con Pilar era más estrecha cuando oía más, cuando aceptaba alguna invitación a comer, cuando viajamos juntas a España o a Portugal (Oporto y Las Azores). Sus lecciones de historia latina, griega y española ampliaban nuestros horizontes culturales, así como su sugerencia de qué comer en cada lugar. Fueron años de intensa vida académica, de combinar las exigencias de familia, que todos tuvimos, con las exigencias de Pilar, que siempre fueron en beneficio de nosotros mismos.
La imposibilidad de hablar con ella nos animó, en la última semana de su vida, a entregarle un pequeño libro digital titulado Querida Pilar… con unos párrafos de aprecio y cariño por parte de los colegas del Centro de Estudios Históricos. Ella había exigido que no hubiera homenajes ni “culto a la personalidad”, como decía. Así que con la mesura que demandaba la ocasión, le enviamos mensajes de los cuales aquí entresacamos algunos temas relacionados sobre todo con el impacto que tuvo y tendrá su perdurable obra:
“No cabe duda de que has renovado la historia de México, abriendo nuevos horizontes en un extraordinario conjunto de temáticas de investigación”, le escriben Carlos Marichal y Soledad González: “la historia de la educación, de la familia, de la vida cotidiana, de las emociones […]” “Además de tu vasta obra de investigación personal, admiramos tu capacidad de convocar a grupos de investigadores no sólo de México sino también de otros países de América Latina, para trabajar en torno a temas novedosos y publicar obras colectivas. Tu amabilidad y, a la vez, tu firmeza en el trabajo, inspiraron a colaboradores a trabajar e investigar con energía, disciplina, precisión, pero también originalidad. Y no podemos dejar de recordar que más allá del Centro de Estudios Históricos, le diste un apoyo decisivo al Programa de Estudios de la Mujer, hoy Centro de Estudios de Género de El Colegio de México, que es un espacio pionero en las ciencias sociales.”
Pablo Yankelevich subraya el empeño de Pilar por “ desterrar el olvido”, “abriendo brecha en territorios inexplorados de la historia social y cultural. Precursora en numerosos temas, algunos largamente menospreciados por nuestro gremio. Tu legado cristaliza en decenas de libros, de alumnos, de coloquios y congresos que has organizado y de sesiones del seminario que fundaste. Has sido una esmerada rescatista y una meticulosa ordenadora de repositorios documentales. Además, editora rigurosa y pionera en el uso de formatos digitales para la divulgación de la historia…”. Diego Pulido hace un recuento de la magnitud de su obra, destacando la Historia de la vida cotidiana, un “referente indiscutible en la historiografía mexicana y, en general latinoamericana” dirigido por Pilar y publicado en seis volúmenes en 2004. “Como otras obras importantes, esta colección es resultado de un esfuerzo colectivo que sería impensable sin tu dirección, pues tu trayectoria investigativa en el periodo colonial es amplísima y prolija. El catálogo de autoridades de la biblioteca de El Colegio de México arroja una voluminosa y apabullante obra realizada de 1962 a 2024: 101 libros, 56 artículos, 109 capítulos, decenas de audiovisuales y participación en 28 tesis, 19 bajo su asesoría y defendidas en el Centro de Estudios Históricos. Es decir, también has dejado escuela en historiadores de distintas generaciones y especialidades. Imposible de abarcar en unas cuantas líneas, pues tu obra ha recorrido diversas instituciones sociales, la familia y las relaciones familiares, las costumbres y la vida social en toda su amplitud: educación, infancias, fiestas y cultura popular. Por lo tanto, no es sencillo definir las coordenadas de esos mundos dinámicos y fluidos. Tal vez por eso, la apuesta para aprehenderlos exigió convocar decenas de estudiosos del pasado, tanto en instituciones mexicanas como extranjeras.”
Como maestra, Pilar dejó una impronta imborrable en multitud de estudiantes. Cecilia Zuleta comenta que al inscribirse a su curso “no tenía ni la menor idea de la historia social y mucho menos de la historia de la vida cotidiana”, pero “[quedé] convencida de que […] esta última era un nuevo campo que florecía, con tanto dinamismo, en el Centro de Estudios Históricos gracias a tu cátedra e impulso. En tu curso, así, pude aproximarme a pensar la historia a través de las personas, los trabajos, y los días, por decirlo de alguna manera, tan distinto de pensar en las estructuras, las coyunturas, los factores y las relaciones de producción tal como bullía por entonces en mi cabeza más materialista.” Erika Pani lo señala con la misma contundencia: “A principios de los noventa, tus cursos sobre la Nueva España nos revelaron una sociedad fascinante y en muchos sentidos sorprendente: complejísima, colorida, inestable y abigarrada, atravesada por solidaridades, tensiones y conflictos, estructurada sin duda por la desigualdad, los desequilibrios, la violencia y la explotación, pero también de familias, parroquianos y cofrades, de mujeres emprendedoras, indios que dejaban de serlo, esclavos que violaban a placer las leyes suntuarias, monjas que se le rebelaban al obispo que había mandado romper sus palanganas […]”.
Los libros de Pilar apuntalaron el aporte de sus clases, como señala Óscar Mazín: “Pienso que tu principal aportación, haber dado rostro a la gente común de aquellos siglos ante las situaciones que suscitaban interés, ha sido posible gracias a ese bagaje e instrumental que hizo de ti una historiadora de la cultura. Son las costumbres, las creencias, las prácticas y las rutinas cotidianas, la tela con que has confeccionado un decir tan acertado como accesible. Tus libros miran a través de lo anecdótico y pintoresco y extraen la miel de procesos trascendentes, de cambios y permanencias que dan sentido a nuestro pasado. Nada más difícil, ni más noble.” “Gracias a ti, hemos aprendido a apreciar una historia cotidiana que no es monolítica ni definida por normas prestablecidas, sino cambiante y alterada siempre por el conflicto y lo imprevisible”, escribe Gabriel Torres Puga. “Si en un momento fuiste pionera en la ‘historia de la vida cotidiana’ en México, ahora eres sin duda su principal transformadora; has complejizado una historiografía que en otros tiempos buscaba normas y continuidad, incorporaste el desorden de las vidas particulares, nos mostraste que las mujeres tuvieron historia en una sociedad que tendía a encerrarlas u ocultarlas. Tus investigaciones recientes nos muestran una multitud de rostros contradictorios de una sociedad novohispana en la que convivían la norma y la trampa, la negociación, la simulación y la adaptación […] Narras historias para cuestionarlas, para imaginar el mundo que las hacía posibles o verosímiles, para disfrutar y reflexionar […] Esa vitalidad que infundes a tus libros y artículos está presente también en los espacios de difusión. Por eso, tus cápsulas en video o audio transmiten dudas y preguntas, además de buenas historias. La colección La Aventura de la Vida Cotidiana es buen ejemplo de ese empeño. No solo es importante el esfuerzo de reconstruir casos individuales; también el de hacerlos significativos”.
Juan Pedro Viqueira llama la atención sobre la “revolución” que provocaron los estudios de Pilar sobre “el orden social” en Nueva España. “Sin duda otros historiadores habían intentado dar cuenta de las categorías que se usaban para clasificar a sus habitantes y de las consecuencias prácticas que tenían sobre la vida de las personas. Pero el uso de conceptos como ‘raza’ o ‘casta’ ayudaban poco a entender la especificidad de las formas de discriminación en los reinos americanos del imperio español. Tu rescate del término ‘calidad’ (con toda la complejidad que implicaba) -que era el que se acostumbraba en aquellos tiempos- fue clave para renovar en profundidad nuestra comprensión del funcionamiento cotidiano de dichos reinos americanos.” En el mismo sentido, Pani subraya la importancia de haber estudiado esa “categoría central y escurridiza que tanto nos dice sobre la sociedad virreinal, y que los historiadores hemos deformado -en este caso, creo, endurecido- por proyectar sobre el pasado los conceptos del presente, por una parte; por otra por nuestro -bas tan te arrogante- afán justiciero.”
Marco Palacios rescata un viejo artículo de Pilar, sobre los “indios chocó”, publicado en el número 2 de la Revista Española de Antropología Americana (1956-1958). Imagina el difícil contexto en que debió “transcurrir el día a día de la joven historiadora bajo un franquismo algo menos duro que el primero, pero igual de siniestro y de censuras”. Por lo mismo, destaca su audacia: “tu mirada de joven historiadora puesta en América, que te debió parecer un continente descomunal y que interpretaste y pudiste imaginar desvelándote en lecturas de cronistas de Indias, etnólogos y arqueólogos, lingüistas y geógrafos especialistas, los disponibles en los repositorios a tu alcance que citas juiciosamente en el mencionado artículo”. Esa curiosidad, en efecto, la llevó a América, como recuerda Josefina Z. Vázquez. “Venía enviada por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid (hoy Complutense) a una participación en Guatemala. Me llamó y arreglé todo para recibirla en México. Hicimos un viaje memorable por el Bajío, Morelia, Pátzcuaro, en compañía de mis padres; me escribió después que el recibimiento que le habíamos dado la convenció de que México era el lugar donde quería vivir. Desde entonces nos hicimos amigas”. Además de varios recuerdos familiares, destaca el paso de Pilar por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como su incorporación al Seminario de Historia de la Educación en México y al proyecto de Notarías, a los que daría continuidad con excelentes resultados. “Su aporte a El Colegio fue notable, sobre todo en la historia de la vida cotidiana, que logró colocar a la altura de la historia política y de cualquier otra forma de hacer historia”. Andrés Lira enfatiza el “impulso decidido y ejemplar dirección” con que guiaba sus proyectos, sembrados o cultivados en numerosos “espacios [que] ha llenado su presencia y ocupan nuestros recuerdos […] espacios a los que dan sombra y fruto los árboles de Pilar […] huerto y vivero de sabiduría y generosidad del cual nos hemos beneficiado y al que seguiremos acudiendo”.
Sobre esa multitud de terrenos de cultivo comenta Sandra Kuntz: “¿Cómo estudiar la economía sin saber de la vida cotidiana? ¿Sin saber de la comida, del vestido, de la vivienda? Trajiste estos temas y muchos otros al foro de la discusión, con seriedad y buenos fundamentos, abriendo nuevos campos de investigación.” Romana Falcón recuerda a los “numerosos alumnos que hablan con admiración de tus enseñanzas en clase” y destaca el “liderazgo en el grupo de investigadoras sobre vida cotidiana y de educación que ha llevado a tantos congresos, conferencias y libros publicados, muchos ellos de vanguardia”. También Dorothy Tanck y Engracia Loyo, activas colaboradoras en varios proyectos de Pilar, se suman a las palabras de aliento y amistad, reconociendo su importancia en su formación y en el desarrollo de los seminarios de Historia de la Educación y de la Vida Cotidiana.
Pilar trabajó casi hasta el último día de su vida; de hecho, entregó un artículo a una revista académica el jueves anterior a su muerte, acontecida en la madrugada del lunes 26 de febrero, a los 89 años. Estamos muy conscientes de su legado, tanto personal como profesional, que quedará con nosotros por siempre. Sin duda, los estudiantes e investigadores que seguirán su camino sabrán estimar en su justa medida el trabajo pionero, inspirado e inteligente de la colega que tuvimos el privilegio de llamar “nuestra” durante tanto tiempo.














