La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera, ganó fama de ser la primera novela que planteó el tópico latinoamericano de civilización y barbarie expuesto, en su versión ensayística, por Domingo Faustino Sarmiento en Facundo. Civilización y barbarie (1845). Doña Bárbara (1929) refrendó el asunto y voy a referirme a ella, no sin antes decir que ese planteamiento ya estaba, en agraz, en su primera novela, El último de los Solar (1920) que, diez años después, se reeditaría con el título escueto de Reinaldo Solar.
En la primera novela de Rómulo Gallegos encontramos el interés en confrontar la vida campirana con la vida en las ciudades. Esto entrañaba la diferencia entre la rusticidad de la gente de las afueras y las inquietudes intelectuales de los universitarios, periodistas y pensadores citadinos. De aquí la presencia de Reinaldo Solar, quien es un filósofo idealista que quiere materializar un gran sueño en su hacienda Los Mijaos; luego se traslada a Caracas para darle cuerpo. Todo lo que consigue es un fracasado viaje a Europa -que no le deja nada-, y convertir su vida en una brújula loca. Perjudica su economía, su vida familiar y a Rosaura, una mujer independiente y culta que se había encampanado con sus idealismos.
La obra literaria de Gallegos estuvo cargada siempre con planteamientos políticos. Por eso no es extraño que hubiera ocupado diversos cargos públicos e incluso la presidencia de la república de Venezuela -de febrero a noviembre de 1948-, antes de ser derrocado. El último de los Solar acusaba al gobierno de provincianismo intelectual y de incapacidad: “Venezuela es un zapato roto que se lo están disputando muchos remendones” (Gallegos, 1976, p. 192).
Cuando Reinaldo vive en su hacienda hace un viaje a las alturas rocosas de Naiguatá. Desde allí mira el mar, las montañas y los valles y celebra la vida rústica en armonía con la naturaleza. “El paisaje -dirá-, es la única cosa bella y amable de la patria” (Gallegos, 1976, p. 112). Desde allí, las familias de las ciudades le parecen inmorales y cuestiona la vida literaria. Opone el hombre de acción, que emprende tareas civilizatorias, con la vida de los intelectuales:
Creo que en todo literato hay un creador fracasado, porque escribir es una manera fácil de realizar lo que no se ha podido o sabido ejecutar. Ese es el peligro de la literatura: engaña con apariencias de acción. Y en este país, sobre todo ha sido eminentemente nociva: los hombres capaces de ejecutar se han contentado con escribir (Gallegos, 1976, p. 128).
En 1954, al prologar una edición conmemorativa de Doña Bárbara para el Fondo de Cultura Económica, de México, refrenda su aserto: “algo además de un simple literato ha habido siempre en mí” (Gallegos, 1993, p. 12).
Solar quiere fundar una Asociación Civilista -inspirada en Ernesto Renan, Tomás de Kempis, Lord Byron y Juan Jacobo Rousseau- que no tenga nada que ver con la política. Sería puramente cultural y de acción, pero la misma se atrofia cuando empiezan a llegar a ella personajes que ya quieren cargos públicos.
En sus sueños idealistas, Solar escribe una novela que se llama Punta de raza, misma que quiere crear a los nuevos venezolanos y se desarrolla en las selvas de la Guayana porque ese ámbito le parece el más prístino, símbolo del origen.
El último de los Solar es una novela que sí plantea la dicotomía de civilización y barbarie, pero resulta opacada por la vehemencia de su idealismo que la hace digresiva y a ratos inverosímil. Quizá por esto Doña bárbara, eminentemente narrativa, sea su novela que mejor expresó no solo su interés ontologista, sino los polos telúrico e intimista de la tierra y de los personajes venezolanos, respectivamente.
Luego de la publicación de América, novela sin novelistas (1940 [1933]),1 de Luis Alberto Sánchez -que descalificaba toda narrativa inspirada en la tierra de nuestro continente-, y de una cauda de ensayistas cuyas reflexiones se reunieron en Tres novelas ejemplares,2 se volvió un lugar común el afirmar que Doña Bárbara era mejor novela que La vorágine porque la primera tenía creación de personajes mientras en la segunda el paisaje aplastaba a los entes de ficción. A lo largo de mi vida he releído varias veces ambas novelas y no puedo establecer superioridad en alguna de ellas. Las dos son grandes obras, piedras fundacionales de las letras latinoamericanas que nos plantan ante el mismo problema: la rotunda geografía continental antes de ser roturada,3 y el modo en que los hombres se relacionaron con ella.
En La vorágine, su única novela publicada, José Eustasio Rivera (1888- 1928) se ocupó del llano y de la selva; Rómulo Gallegos (1884-1969), en Doña Bárbara, plantea largamente la vida en la llanura y entrega varios símbolos. Canaima (1935) tendrá su planteamiento sobre la selva, mientras en Pobre negro (1937) hablará de la vida en la costa venezolana.
Doña bárbara, novela torrencial, muestra una llanura poblada de caballos y reses libérrimos, que deambulan por una vastedad encajonada entre los ríos Arauca y Apure. En los años del siglo XVIII, un patriarca acumuló tierras y animales que, a su muerte, hijos, yernos y primos fueron fraccionando y acabaron siendo enemigos. La novela recoge la historia económica de América: los hijos de los llaneros sintieron el llamado de las ciudades y fueron allá para dejar de ser salvajes. Como se desentendieron de sus heredades, pronto los mestizos, extranjeros, mayordomos y advenedizos fueron robando los animales y las tierras que, cuando reaccionaron los descendientes de los propietarios más antiguos -aquí no podemos decir originarios-, vinieron a rescatar las ruinas de haciendas y de las vidas de parientes viejos. Aquí aparece Santos Luzardo -en el nombre trae una carga moral, porque quiere llevar el bien a lo que resta de su propiedad- y su apellido pretende imponer la luz civilizadora que barrerá las tinieblas de la vida salvaje, que no conoce más ley que la violencia. El norteamericano Guillermo Danger -blanco, pelo rubio, ojos claros y rifle en mano- que también se apropió de tierras y robaba ganado, en su nombre lleva la marca de lo que es: peligro. Nutría sus ingresos con la venta de pieles de caimanes. En el campo los mejores son los más valientes, los que doman caballos salvajes, los más peleoneros, los más ladrones y los más asesinos. ¡Ah!, y también los más dotados para poner en rimas lo que sucede en el campo; maracas, cuatro y bandurria hacen el joropo. El llanero nunca trabaja en silencio; siempre grita o canta.
Doña Bárbara, hija de criollo e india, sufre la violencia de América toda. De la violación de su madre nace ella, colmada de rencor. No tuvo tiempo de conocer el amor de un hombre porque sufrió un estupro colectivo. Más tarde concebirá una hija, Marisela, con un pariente de Luzardo, Lorenzo Barquero -que acabará enloquecido por el alcohol y las malas artes de la mujerona-, pero la repudia porque la maternidad le parece signo de debilidad. Hace honor a su nombre, vive dando órdenes de robo y asesinatos, se ensaña con sus amantes y se convierte en una cacica. Sin embargo, en la sabana inconmensurable se haya a gusto; es la personificación de lo salvaje que tanto desaprueba Santos Luzardo. De los aborígenes aprende el uso de la pusana, bebida que sirve para inflamar la lujuria y aniquilar la voluntad de sus amantes. En un cuarto cuya entrada estaba prohibida tenía cruces de palma bendita, escapularios y colmillos de caimán:
En cuanto a la conseja de sus poderes de hechicería, no todo era tampoco invención de la fantasía llanera. Ella se creía realmente asistida de potencias sobrenaturales y a menudo hablaba de un Socio que la había librado de la muerte, una noche, encendiéndole la vela para que despertara a tiempo que penetraba en su habitación un peón pagado para asesinarla, y que, desde entonces, se le aparecía a aconsejarle lo que debiera hacer en las situaciones difíciles o a revelarle los acontecimientos lejanos o futuros que le interesara conocer. Según ella, era el propio milagroso Nazareno de Achaguas, pero lo llamaba simplemente y con la mayor naturalidad: el Socio y de aquí se originó la leyenda de su pacto con el diablo.
Mas, Dios o demonio tutelar, era lo mismo para ella, ya que, en su espíritu, hechicería y creencias religiosas, conjuros y oraciones, todo estaba revuelto y confundido en una sola masa de superstición (Gallegos, 1976, p. 523).
Así caracteriza Gallegos a doña Bárbara, mujer hermosa de apariencia machanga:
Durante las jornadas se entregaba a una actividad febril, a horcajadas sobre el caballo, amazona repugnante de pantalones hombrunos hasta los tobillos bajo la falda recogida al arzón, lazo en mano detrás del ganado altamireño [robándolo] que paciese por sus sabanas, insultando a los peones por el menor descuido y destrozándole los ijares a la bestia con las espuelas, y por las noches se encerraba en el cuarto de las conferencias con el Socio y allí permanecía en vela hasta el primer menudeo de los gallos (Gallegos, 1976, p. 631).
Rómulo Gallegos concibió sus novelas como un arma de combate porque siempre fue un hombre político de fuertes convicciones: en 1928 se echa a andar una de las tantas reelecciones del General Juan Vicente Gómez y Gallegos renuncia a su puesto de senador por el estado de Apure. Hombre intransigente con el poder dictatorial, sufrió las consecuencias de su rebeldía. Emprendió el exilio a Nueva York y, más tarde, a España. En 1930 fue ministro de Educación, senador y volvió a renunciar. En 1948 es presidente de la República y, meses después, es derrocado por el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez. Vendrían nuevos exilios en La Habana y México
Si arriba hablé de los símbolos que pueblan su obra, aquí tenemos una indirecta a Juan Vicente Gómez. “Ahí tiene usted la historia de Venezuela: un toro bravo, tapaojeado y nariceado, conducido al matadero por un burrito bellaco”
Aunque nació en la capital venezolana, toda su obra se afinca en un ambiente colmado por los elementos de la naturaleza:
Todas las novelas de Gallegos se inspiran en un ambiente natural; todos sus personajes son fieles representaciones de esa realidad telúrica; proteica, densa y compleja (…) La Caracas que vio nacer a Gallegos no era más que un pueblo grande, de aspecto provinciano, cuyos extremos los formaban apacibles vecindades de vegas, haciendas y tupidas arboledas. Comarca pastoril y agraria, de apenas 60 000 habitantes, según indicaba el último censo nacional de 1881. Clima ideal, delicioso y friolento, heredado de una vegetación que se conserva a todo lo largo y ancho del espacioso valle, bordeado de cerros y cruzado por numerosas aguas limpias (Medina, 1973, pp. 13 y 16).
En el vasto cajón del Arauca transcurren marcadamente las estaciones del año y ellas determinan las distintas actividades a que se aplican los llaneros: herrar caballos, domesticarlos, preparar el queso, pescar, atajar cocodrilos en los ríos crecidos… Este es el gran escenario, con su bochorno, fangales, pirañas y nubes de moscos en que van surgiendo los personajes: el Brujeador, espaldero favorito de doña Bárbara; ambos combinan la criminalidad y el uso de los recursos mágicos y diabólicos tomados de los aborígenes. Santos Luzardo, joven abogado hecho ya a la vida citadina, regresa a su antiguo hato, llamado Altamira. El indio baniba Eustaquio, que servía de piloto en la piragua donde violaron a Barbarita, la rescata de los agresores porque la madre india de la futura cacica se la había encomendado.
Santos Luzardo y doña Bárbara encarnan dos polos: él quiere llevar la civilización a su hato, poniendo alambradas, herrando el ganado y acudiendo al auxilio de las leyes; ella con sus crímenes, sus robos y sus sirvientes asesinos encarna la violencia que sojuzga las tierras antaño bucólicas. Pero ella se enamora del forastero y cambia sus modales. Cuando Luzardo le va a reclamar por el asesinato de dos de sus peones y el robo de una carga de plumas de garza, un antiguo amante de doña Bárbara, Balbino Paiba, intenta asesinarlo, pero un peón de Luzardo le madruga. Sin embargo, Luzardo se siente ya un asesino más, otro ser arrastrado por la violencia y hasta piensa que “Después de todo, la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación” (Gallegos, 1976, pp. 697 y 698).
La mujerona se enamora de Luzardo porque es el primero que no se somete a sus valentonadas; le regresa muchas tierras y reses que le había hurtado; incluso lo libra ante los tinterillos del supuesto crimen contra Paiba. Pero Luzardo se ha enamorado de Marisela, hija de doña Bárbara, una muchacha que Luzardo había rescatado de un estado salvaje, desgreñada, desaseada, en andrajos, agresiva. Y la enseña a comportarse, a procurar su arreglo. Ante la evidencia, doña Bárbara abandona todo y desaparece míticamente. Unos dijeron que se dejó ir en un pantano, otros que se fue en un bongo, como aquél en que, por la selva cauchera, surcaba los ríos en compañía de su padre.
Lorenzo Barquero, el padre de Marisela, en sus años de estudiante, proponía llevar la civilización a la tierra de los hombres machos. Formuló su propuesta de matar al centauro que todos los llaneros llevaban dentro. Hasta que llegó una carta desde la sabana: “el reclamo fatal de la barbarie, escrito de puño y letra de su madre: Vente. José Luzardo asesinó ayer a tu padre. Vente a vengarlo” (Gallegos, 1976, pp. 576).
El ontologismo que hallamos en su primera novela, reaparece en Doña Bárbara porque el llanero es mucho más que encarnación de lo salvaje. Es indómito y sufridor, receloso y abnegado, voluptuoso y áspero, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso, alegre y melancólico. En suma, es complejo como todos los seres humanos, pero también producto de todas las razas:
Algo de esto lo dejaban traslucir las coplas donde el cantador llanero vierte la alegría jactanciosa del andaluz, el fatalismo sonriente del negro sumiso y la rebeldía melancólica del indio… (Gallegos, 1976, pp. 703).
Con la desaparición de doña Bárbara, la novela queda abierta y suponemos que Luzardo, unido con Marisela Barquero, consumará el dominio de la sabana, bárbara pero hermosa, junto con su sueño del ferrocarril.
En 1928, Rómulo Gallegos viajó a Bolonia, Italia, para atender una dolencia de su esposa Teosiste Candelaria Arocha Egui. De aquí fueron a España en donde empezó a tejerse la fama de Doña Bárbara como gran obra que deslumbró a los peninsulares. Pero las cosas no fueron tan clamorosas.
Emir Rodríguez Monegal, uno de los grandes críticos de nuestro continente que acompañó el nacimiento y auge de la generación que conocemos como boom latinoamericano, ayuda a seguir los pasos de la consagración de esta novela y de toda la obra de Rómulo Gallegos.
En 1954, en “Doña Bárbara, una novela y una leyenda americana”, recordó que, en septiembre de 1929, un grupo de distinguidos escritores españoles proclamó a Doña Bárbara, publicada ese mismo año por la editorial Araluce, de Barcelona, como la mejor novela del mes. Y continúa:
Una consagración tan (aparentemente) efímera, fue, sin embargo, el espaldarazo que necesitaba el nombre de Rómulo Gallegos (45 años, venezolano, dos nove- las anteriores) para cubrir todo el mundo de habla española. Porque lo que importaba no era la distinción “del mes”; lo que importaba era el jurado y era la resonancia. Ricardo Baeza escribió poco después en El Sol de Madrid (enero 14 de 1930): “El señor Gallegos es el primer gran novelista que nos da Sudamérica y ha escrito una de las mejores novelas que hoy por hoy cuenta el idioma”. Desde entonces muchos otros han repetido su juicio, han multiplicado el elogio, han practicado la alabanza del novelista venezolano (Rodríguez Monegal, 1976, p. 106).
Pasaba luego a hacer una serie de juicios descalificatorios que se oponían a los elogios peninsulares: la novela es incoherente, sus diálogos vacíos y sus golpes de efecto son gratuitos, tiene personajes desdibujados, la narración “va cayendo de incidente melodramático en incidente melodramático hasta embotar su filo, hasta gastarse (Rodríguez Monegal, 1976, p. 108).
En una posdata de 1969, rectificará las opiniones vertidas tres lustros antes:
Hoy no sería tan severo con el libro ni me parecería tan importante el dato de que Gallegos estuvo solo ocho días en el Llano. Para un novelista de imaginación, y esa cualidad es la que caracteriza sobre todo a Gallegos, ocho días son suficientes. Al fin y al cabo, Sarmiento no había visto la Pampa cuando la describió en su Facundo, basándose en relatos de los viajeros ingleses. No. Estoy seguro de que hoy encararía el libro desde otro ángulo. En primer lugar, analizaría más a fondo su naturaleza. Creo que buena parte de mis objeciones de 1954 se deben a que yo medía Doña Bárbara con la vara de un género algo distinto al que pertenece realmente. La consideré como novela y en realidad es un romance. La útil distinción metodológica que hace el crítico canadiense Northrop Frye en su Anatomy of Criticism entre novela y romance se aplica aquí. El libro de Gallegos trabaja con personajes arquetípicos, con símbolos, son leyendas. Está más cerca del romance, y como tal cumple una función muy importante. Lo curioso es que en el subtítulo de mi trabajo de 1954 ya está indicada esta distinción (Rodríguez Monegal, 1976, p. 112).
Pues sí. Había que rendirse ante el reconocimiento aluvional de Gallegos, que no nació de la admiración española pues el editor, cuando el autor quiso cobrar regalías, ante la cantidad de ediciones piratas que se dieron (por lo demás hay que decir que el novelista la pagó de su propio peculio) dijo que agradeciera que lo había hecho famoso.
Hubo venezolanos que le profesaron verdadera devoción, como Juan Liscano, quien le dedicó todo un libro; también destacadas plumas cuyos trabajos han aparecido año con año. Liscano, entre las tantas cosas que dijo de su biografiado, abunda en Doña Bárbara como mito y como símbolo:
Doña Bárbara, la Dañera, la Devoradora de Hombres, la Cruel Esfinge de la Sabana, está visiblemente, en el umbral de un mito milenario. Por transmutación de magia literaria, se confunde, en el plano de los símbolos, de las divinidades oscuras, con la representación de la Naturaleza prepotente a la cual los antiguos adoraban como energía creadora y destructora, a la cual había que satisfacer […] Pero lo verdaderamente original del mito galleguiano es que doña Bárbara, identificada con el mal, no será vencida por acto de violencia, por batalla física ganada, como en la imaginería de San Jorge alanceando el Dragón o de San Miguel y sus huestes, arrojando al infierno a Luzbel y a sus diablos, sino por el amor, por esa alquimia trascendente que es el despertar de la libido amorosa, por esa iluminación interior, que es la pasión del amor (Liscano, 1961, pp. 92-93).
El escritor cubano Raúl Roa extiende la vigencia de la antinomia aquí tratada, no a la narrativa colombiana o venezolana, sino a la realidad y la novelística de América Latina:
No se trata, por cierto, de una antinomia académica. Cultura y barbarie constituyen el nudo dramático de su ya secular conflicto en nuestra América mestiza. Su forma de expresión varía con las circunstancias; sus raíces sociales y el ámbito natural siguen siendo los mismos. Ni la historia, ni la sociología han logrado traducir y expresar tan vívidamente como la novela ese crudo conflicto” (Roa en Pérez, 1975, pp. 401).
En la narrativa telúrica señoreada por la selva, la pampa o el desierto, la fuerza de la naturaleza es tan poderosa que parece disputarle el protagonismo a los seres humanos. Este es el caso de La vorágine, Doña Bárbara y muchas otras novelas más. El ya citado Luis Alberto Sánchez descalificó toda esa producción que Mario Vargas Llosa designó como protonovelística. Alberto Zum Felde reivindicó largamente toda la producción continental dictada por nuestra geografía. Precisamente a ella pertenece la obra de Rómulo Gallegos:
Podría decirse que es esta una narrativa anteica; el contacto con la tierra y con las cosas de la tierra le da su fuerza y su esplendor. Anteica, es decir, telúrica; pero lo mismo que le da su fuerza es causa de su limitación. No puede apartarse mucho de ella, de su imperio primitivo, tremendo (Zum Felde, 1959, p. 67).














