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Fuentes humanísticas

 ISSN 2007-5618

        07--2025

https://doi.org/10.24275/dfnx1049 

Reseñas

Paredes descarapeladas. Relatos de soledad y dolor, de Federico Cendejas

Edilberta Manzano Jerónimo* 

* Universidad Autónoma Metropolitana (México). emj0050@yahoo.com

Cendejas, F.. 2023. Paredes descarapeladas. Letras Negras. Palabra herida,


Un pasaje de la novela Polvo, de Benito Taibo, cuenta la historia de un joven seguidor y amigo de “Juan Ranulfo Escudero, el primer alcalde rojo del puerto de Acapulco” (Taibo, 2010, p. 144). En una época en que el adolescente cuidaba de su padre enfermo sufrió un intento de asesinato del cual se salvó tan sólo porque el libro que leía se le cayó de las manos y él se agacho a recogerlo en el instante mismo del disparo de una carabina 30-30 dirigido no se sabe si a su padre, a él o “a todos los acapulqueños libres y escuderistas de hueso colorado” (p. 35), pero a partir del suceso, el joven tuvo la certeza de que “la literatura salva” (p. 35).

Muchos de quienes vivimos el encierro a que nos obligó la pandemia de Covid-19 también nos convencimos de ello. La literatura nos salvó del aburrimiento, del estrés, de la angustia y el dolor de ver partir para siempre a conocidos, amigos y familiares. Sin embargo, a Federico Cendejas, novel escritor, más que la lectura, lo salvó la escritura, lo salvó del encierro, de la soledad, de la añoranza de sus más cercanos familiares, y de los recuerdos que día a día aprovechaban el total silencio para flagelar su alma; la escritura lo salvó del desfiladero que llevaba dentro de sí, del abismo al que se asomaba diariamente, así lo describe en sus relatos “La grieta” y “Otra soledad”.

Se ha abierto una grieta en el piso, ancha y profunda, oscura e inexplorada, de la que emanan murmullos que llegan sutiles hasta mis oídos: -Ven-me dicen-, lánzate -me invitan. Yo me siento seducido por la profundidad de ese abismo insondable y deseo hacer caso a las voces. (Cendejas, 2023, p. 13).

Hoy me abruma la nostalgia y el dolor, la melancolía ha inundado mi casa despiadadamente y el hogar que antes estaba lleno de risas, notas musicales y palabras sin control, se ha callado. Un velo de silencio ha caído sobre las ventanas y las esquinas, antes habitadas por alegres sorpresas, ahora están llenas del polvo de la ausencia. (p. 47)

Federico Cendejas Corso, doctor en Teoría Literaria, escribió, durante el encierro a que nos obligó la pandemia, Paredes descarapeladas, libro que compila 17 relatos divididos en dos grandes apartados: Nostálgicos y Epistolares. El texto publicado en 2023 por el grupo editorial Letras Negras forma parte de la colección Palabra herida y se puede conseguir en el link https://edicionesletrasnegra.com/nuestros-sellos/ols/products/paredes-descarapeladas-defederico-cendejas-corzo.

Dichos relatos tienen la cualidad de ser autobiográficos, así lo ha declarado el propio autor en diversas presentaciones de su libro primigenio; sus textos son catárticos, confesionales. Como diría Michel de Montaigne, él mismo es la materia de su libro, ahí el autor se pinta a sí mismo. Sin embargo, es imposible dejar de reflexionar acerca del carácter retórico de los relatos y lo que hay de ficcional en ellos. Al leer los relatos de Cendejas hay que recordar que “En realidad la autobiografía, toda autobiografía, tiene este carácter bifronte: por una parte, es un acto de conciencia que ‘inventa’ y ‘una identidad, un ‘yo’ frente a los otros (los lectores, el público)” (Yvancos, 2006, p. 211, citado por Guerra, 2023, p. 14).

De esta característica ficcional de las autobiografías es ejemplo el relato titulado “Gritos de sangre y lluvia”, donde describe en primera persona los últimos momentos de agonía de un joven que fue salvajemente agredido; tirado en el suelo, desangrándose bajo la lluvia, su único deseo antes de morir es ser el último, que su sacrificio salve de ese mismo destino a tantos otros jóvenes expuestos a la furia asesina de la homofobia.

Estoy empapado de sangre y lluvia. Siento un intenso frío aquí en el suelo, la herida en el costado es la que me causa más dolor, un dolor inmenso, tan grande como no lo había sentido nunca. Sé que este es mi final. […]

Quiero que nadie sienta el miedo o la vergüenza que yo sentí, que a nadie lo asalte la culpa, que la palabra pecador no se use para describirnos nunca más. Que todos puedan amar, besar y caminar al lado de quien quieran sin miedo.

Que yo sea el último. Que yo sea el último. (Cendejas, 2023, p. 16)

Pronto el autor da forma a su dolor personal convirtiéndolo en una denuncia social, porque lo que él describe lo han vivido muchos. La homofobia es un asunto de interés general que hay que denunciar, sobre todo cuando toca los límites de la intolerancia y concluye en homicidio; Cendejas denuncia en ese relato las agresiones físicas que han llevado a la muerte a demasiados miembros de la comunidad gay.

En un hecho salido de su imaginación, pero también, lamentablemente, de la realidad, el autor lleva al límite a sus lectores, que no pueden más que seguir leyendo con un nudo en la garganta. Sus lectores, si no lo eran, después de este relato ya lo son, son conscientes del terrible y constante riesgo en el que se encuentran los miembros de la comunidad LGBTTTI+. Es este un libro que enfrenta a su lector, que lo obliga a verse a sí mismo, a preguntarse si ha hecho lo suficiente por detener tanta violencia.

En “Yo también lo sabía”, “Otra soledad” y “Palabras para mí”, el autor nos muestra un universo de lo íntimo, del secreto más doloroso que tiene oculto en las profundidades de su alma, y que, aprovechando la silenciosa soledad en que se encuentra, afloran y se desbordan; esas confesiones ya no las puede detener, salen en forma de ingeniosas metáforas, en una narración casi poética que descubre el tormentoso proceso de aceptación de un joven que tarda demasiado en descubrir lo que es y tarda aún más en aceptarse y “perdonarse” por haber decepcionado a su padre y familiares que, desde niño, le hicieron saber que ciertos comportamientos no son propios de un hombrecito.

En “Anticonfesión” el nostálgico narrador en primera persona, a través de la catarsis de la escritura, nos lleva de la mano a momentos íntimos, nos cuenta episodios dolorosamente atravesados que lo dejan en ruinas. Alejado de cualquier impulso narcisista, Cendejas sólo busca el encuentro consigo mismo. En este relato nos habla de la auto negación, del esfuerzo por ser lo que los hombres heterosexuales y patriarcales de su familia reclaman de él, hasta que, finalmente, llega la auto aceptación, la salida del closet, la confesión escrita que nunca se concreta, pero que lo libera.

Ese era yo, eras tú, un niño al que los hombres de su familia nunca escatimaron en hacerle saber el enorme miedo que tenían a que el primogénito les saliera joto. Uno al que le causaron una ansiedad enorme cuando le decían que no hablara así, que no se moviera así, que la palabra <<lindo>> no la decían los hombres. Cuánto sufrí al intentar imaginar cuál era esa manera correcta de entonar la voz, de elegir las palabras que sí podían decir los machos o de moverse de forma varonil.

[…] ¿qué sentido tuvieron esas palabras y ofensas, para qué el dolor y la violencia?, no les valió de nada, su mayor miedo se cumplió de todos modos. (p. 74)

Por otro lado, los relatos de desamor tienen una constante, ahí el autor usa el recurso de la metáfora de la ciudad, de la geografía o de las constelaciones para describirse a sí mismo y su reconstrucción. En “Después del incendio” nos dice: “… después del caos tuve que construir nuevamente toda la ciudad que era yo. […] Tardé años en quedar listo otra vez […] mi ciudad ya no está amurallada, sino que tiene caminos libres de ida y vuelta y en la que no se guardan más secretos” (pp. 32-33). Su cuerpo como una ciudad invadida cuyas murallas cayeron porque el hombre no dominó su espíritu, pero una vez reconstruido ya no requiere amurallarse, ya es libre y dueño de sí.

Ahora, ya libre, quiere perderse en sus deseos, deshacerse de ese yo que le impedía ser dueño de sí mismo. Una existencia así es necesariamente desdichada, porque en su búsqueda de emociones no encuentra más que engaño y desamor. En “Piadosa lujuria” la nostalgia, los recuerdos, la soledad lo llevan al límite, frente a la ausencia del ser amado no le queda más que la memoria. “Convoco a mi memoria la geografía abrupta de tu cuerpo, tus montañas y tus planicies, las bahías y los oasis del mapa escarpado de tu persona, las heladas tundras de tus pies, las cálidas zonas selváticas de tu Ecuador conmigo como único residente” (p. 62). Así, son estos relatos no sólo de confesiones y autoaceptación, sino también de desengaño y desamor.

“Paredes descarapeladas”, relato que da nombre al libro, es tal vez el menos potente de todos los textos. El narrador personaje está viviendo una decepción amorosa, una más entre las muchas que ha vivido, se da por vencido, no está dispuesto a seguir intentando, “Está bien, ya no quiero amar, porque lo único que he conseguido ha sido una buena cantidad de cachetadas espantosas” (p. 19), en medio de esa actitud de derrota empieza a describir una casa derruida, en completo deterioro y abandono y a imaginar la alegría, la luz y los colores que en otro tiempo la habitaron; la metáfora está tan bien lograda que el lector entiende que esa casa en abandono y soledad es una comparación del joven que la describe; sin embargo, y ahí radica tal vez el error, el narrador concluye declarando que, “Era un llanto antiguo y familiar, pero también había sensaciones nuevas en él, quizás lloraba porque me di cuenta de que esa casa soy yo” (p. 21), no era necesario decirlo, el lector ya lo sabía.

En la segunda parte del libro titulada Epistolares, las misivas “No me rompiste el corazón” y “Besos en azul profundo” las dirige al mal amor, mientras que “Viene la calma” es una emotiva carta dirigida a la amiga fallecida, la que ya no lo escuchará y, sin embargo, le cuenta sus triunfos y añoranzas. Dedica también una carta a sí mismo, “Palabras para mí”, ahí consuela al desamparado niño que fue, le agradece haber tenido la fuerza para seguir adelante y ser lo que ahora es, un exitoso joven que se ha aceptado a sí mismo. Finalmente, en “¿Tengo que sufrir intensamente de amor? inicia una larga charla con su querida hermana, a quien tanto extraña y no puede ver, pues partió lejos, a otro país. Todas las misivas son de desolación y añoranza, de tal forma que tanto relatos como misivas siguen la misma línea de desesperanza, el libro, de principio a fin, cuenta sólo historias tristes.

Invitar a leer Paredes descarapeladas es una invitación a vivir intensamente el dolor, hasta hacer catarsis. Es una invitación a acoger la tristeza, a disfrutarla como sólo los latinos disfrutamos lo fatuo, porque, como me dice Cendejas en la dedicatoria de su libro, la tristeza es también el camino de regreso a la sonrisa, a la felicidad perdida.

Fuentes

Cendejas, Federico. (2023). Paredes descarapeladas. Letras Negras, colección Palabra herida. [ Links ]

Guerra, Humberto. (2023). Escrituras autobiográficas latinoamericanas: procesos y actualidad. México: Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. [ Links ]

Taibo, Benito. (2010). Polvo. Un país en guerra, un niño milagroso y un ojo que todo lo ve. México: Planeta. [ Links ]

Recibido: 14 de Agosto de 2024; Aprobado: 15 de Octubre de 2024

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