Introducción. El nacionalismo
Al plantear un análisis en el que se pretende que el nacionalismo sea la lente a través de la cual se revise un objeto, la Biblioteca del Niño Mexicano, es fundamental considerar la existencia de la amplia gama de definiciones que se suelen dar a este término; por lo que el propósito del análisis implica tratar la específica graduación de esa lente desde la cual mirar, en este caso, los afanes de Heriberto Frías en el contexto del auge del porfiriato en México.
Distintas disciplinas sociales se han esforzado en definir el nacionalismo como objeto de estudio. La antropología, lo centra en la cultura; la política, en el desarrollo de doctrinas emanadas del gobierno; la sociología, en la construcción de la voluntad social que converge en cohesión e identidad. Para el caso que nos ocupa, cada una de ellas es útil, pero a la vez limitada, por lo que creemos pertinente especificar los alcances del concepto, considerando las ideas previas fundamentales: el nacionalismo “es un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política”(Gellner, 1991, p. 13); así mismo, es un proceso “que implica la búsqueda de una autodefinición, una búsqueda que tiende a ahondar en el pasado nacional en pos de enseñanzas e inspiración que sean una guía para el presente” (Brading, 1991, p. 11). David Brading considera además fundamental, determinar la distinción entre nacionalismo y patriotismo, y define a este último como “el orgullo que uno siente por su pueblo” (Brading, 1991, p. 11). Por su parte, Benedict Anderson (2021) y Ernest Gellner (1991) incluyen en su idea del nacionalismo las siguientes condiciones: la aspiración al reconocimiento de parte de otras naciones al nivel de modernidad alcanzado y a una madurez política tal, que permite a un Estado construirse como nación.
Estos son pues los elementos que nos conducen a proponer que el nacionalismo en el que se inscribió Heriberto Frías y sus afanes de tramar los relatos históricos que aquí se analizarán, fue un proceso fincado en principios políticos, los que darían pie a la creación de la nación mexicana.
En ese contexto, en el proyecto porfirista que se puso en marcha, el rescate selectivo del pasado fue fundamental para determinar la autodefinición de México en las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX.
Importa subrayar que los procesos nacionalistas varían de acuerdo con las épocas, las condiciones históricas y las tendencias políticas. Para ilustrar esta idea podemos señalar notables diferencias entre el movimiento nacionalista del periodo conocido como República Restaurada (1867-1872) en el que el gobierno consideró la posibilidad de crear ambientes pertinentes para consolidar la soberanía política y económica a partir de la recuperación de aspectos propios, como paisajes, costumbres, formas de vida y momentos determinados del pasado reciente, en el que se destaca el triunfo liberal a través de medios escritos: literatura, periodismo y discursos cívicos. En cambio, en los años de consolidación del porfiriato, el movimiento nacionalista adquirió matices en los que el pasado remoto cobró interés, así el pasado mesoamericano y sus monumentos se integraron a la memoria que debía recuperarse y asimilarse como referente de la nación.
El nacionalismo orquestado por el gobierno de Porfirio Díaz tuvo como punta de lanza la notable obra México a través de los siglos (1884-1889) en la que se vieron involucrados importantes intelectuales de la época, bajo la dirección de Vicente Riva Palacio, con el objetivo de atender la necesidad de una historia general de México, bajo un plan hábilmente combinado como la obra que se anunció, con la cual se prestaría un servicio de gran valor, no sólo al pueblo de México, sino a todos “los hombres ilustrados” que quisieran ver, en una sola obra, la narración de las diferentes etapas de una sociedad, que a través de grandes dificultades logra evolucionar, hasta ocupar un puesto digno al lado de los pueblos más ilustrados (Riva Palacio, 1884-1889).
Sin embargo, no fueron menos importantes los esfuerzos de otros intelectuales, que más que dirigirse a “los hombres ilustrados”, condujeron sus afanes a grupos de la población que sin ser de la elite ilustrada tenían acceso a la lectura, como niños, jóvenes, mujeres, trabajadores, entre otros.
Para lograr el propósito planteado, hemos considerado pertinente dividir el artículo en tres apartados. En el primero nos referiremos al ambiente durante el periodo porfirista, en el que se retoman la variedad de esfuerzos para hacer germinar el nacionalismo, el impulso a la literatura nacional, las artes plásticas, los esfuerzos por modernizar la educación, así como la revalorización de la prensa como difusora de los sentimientos nacionalistas.
El segundo apartado, perfila brevemente la biografía del autor, señalando su experiencia militar y periodística, lo que le permite una mirada privilegiada del ambiente castrense al tiempo que su práctica periodística le dio facilidad con la pluma.
En el número tres se desarrolla propiamente el análisis de tres de las partes de la obra de Frías.
Ambiente nacionalista durante el Porfiriato
A partir de la restauración de la República la clase política mexicana consideró que México ya estaba preparado para acceder al concurso de las naciones modernas; y la literatura fue una de sus expresiones, ya que autores como Ignacio Manuel Altamirano y Manuel Payno, entre otros, se interesaron en temas propios de su en- torno. Además, la aparición del semanario El Renacimiento -en 1869- buscó la conciliación entre liberales y conservadores, con lo que se quería dar la idea de una nación preparada para entrar en la modernidad.
Durante el porfiriato, como ya se apuntó en párrafos anteriores, el nacionalismo intenta afianzarse en la recuperación del pasado. Coincidimos con Antonio Saborit (2002, pp. 239-240) cuando afirma que la memoria mexicana en dicha etapa tuvo como base a la historia. Por entonces se rescataron y editaron distintas fuentes para acercarse al conocimiento del pasado; por ejemplo: el rescate de restos arqueológicos significó un papel fundamental para el conocimiento histórico, de tal manera que las piezas recuperadas se convirtieron en bienes culturales. Ejemplo de ello es que en 1905 Porfirio Diaz se hace retratar junto a la Piedra del Sol, misma que se exhibió en el Museo Nacional. Tal interés motivó cuidadosas investigaciones de los estudiosos del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, como lo fueron, por ejemplo, los trabajos de Leopoldo Batres, cuyos escritos aparecieron en El Imparcial. La restauración de Teotihuacan fue la muestra de la estrecha relación de la arqueología con el gobierno.
Al reconocerse en el México a través de los siglos (1884-1889) que la nacionalidad mexicana tenía como raíces lo indígena y lo hispánico, se empezó a ver al mestizaje como un factor necesario para zanjar las diferencias entre indios y blancos, entre indigenistas e hispanistas, pues esas diferencias habían caracterizado a la sociedad del siglo XIX.
Hay que destacar que no se vivió de igual manera el nacionalismo en el gobierno y el que se desarrolló en los ámbitos intelectuales. El primero se propició a través del acercamiento a “las antigüedades”; mientras que los segundos lo buscaron en la identificación con lo propio, como sucedió con los autores modernistas: José Juan Tablada, Heriberto Frías, Amado Nervo, que, si bien fueron sensibles al ambiente pro-indigenista, es en los temas, personajes y ambientes de sus obras donde se afianza la tendencia nacionalista. O bien, como sucede con los artistas plásticos, el ejemplo clásico se observa en las pinturas de José María Velasco, quien en sus paisajes se preocupa por destacar los elementos mexicanos.
En cuestiones educativas, uno de los aspectos que caracterizó al porfiriato fue la falta de libros específicos para la enseñanza de la historia que familiarizaran a los niños con las ideas de igualdad, libertad y respeto que tanto se busca- ban. Literatos y periodistas habían escrito algunas obras destinadas para la enseñanza, pero el contenido de los textos no seguía una norma general y los autores sólo se guiaban por sus conocimientos en la materia, además de que aún en algunas instituciones educativas se conservaba un sistema pedagógico que ya no era acorde a los nuevos tiempos.1
En 1889, se celebró el Primer Congreso Nacional para la Educación, donde se estableció la uniformidad de la educación elemental con los métodos didácticos y los contenidos de la materia de historia para todo el país. Al mismo tiempo se vio la necesidad de contar con libros de texto que tuvieran como base los programas oficiales.2
Aún con la existencia de una normatividad para la enseñanza de las asignaturas de historia, fueron varios los autores que manifestaron una preocupación por la difusión de este conocimiento fuera de las aulas, como se verá el caso de Heriberto Frías.
Heriberto Frías
En la ciudad de Querétaro, el 13 de mayo de 1870, nació Heriberto Frías Alcocer, en el seno de una familia de lo que hoy podríamos considerar clasemediera.3 Debido a la muerte de su padre acaecida cuando contaba con 14 años, tuvo que abandonar su natal Querétaro para trasladarse a la capital de la República. Frías ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, fundada apenas en 1867 por Gabino Barreda (Escuela Nacional Preparatoria, 2019), y que se caracterizaba por la enseñanza de corte positivista. En esta institución, según afirma su principal biógrafo, James W. Brown, “se une a un grupo de estudiantes, devotos de la poesía romántica y la política jacobina” (Brown en Frías, 1997, p. IX), con lo que podemos deducir su pronta identificación con el romanticismo nacionalista propio de la segunda mitad del siglo XIX. Las penurias económicas le harían abandonar muy poco tiempo después, sus estudios y conseguir algunos trabajos ocasionales, como vendedor de periódicos y expendedor de billetes en un teatro; lo anterior lo llevó a entrar en contacto con el mundo de la prensa (García Gutiérrez en Frías, 2008, p. 19) y tener suficiente tiempo para cultivar su afición voraz por la lectura de cuanto libro cayera en sus manos, pero también favoreció que se iniciara en el vicio y la delincuencia, por lo que fue a dar a la cárcel.
Tenía 17 años cuando un antiguo amigo de su padre consiguió ingresarlo en la Academia Militar y en 1889 pasó a formar parte de la infantería del Noveno Batallón del Ejército Mexicano, cuya realidad chocó con sus ideas románticas y nacionalistas, forjadas a través de sus lecturas. Ello no impediría, que su afición al alcohol, a la morfina y a las mujeres le ocasionara enfermedades y reingresos a prisión.
Tres años más adelante, en 1892, su Batallón recibió la orden de aplastar la rebelión de Tomochic en el lejano estado de Chihuahua. Para entonces Heriberto contaba con 21 años. Mucho impresionó esta acción al romántico Frías al ver la crudeza de la represión militar contra la población y, entre otras cosas, ello le orilló a tomar la pluma y escribir su versión de los hechos, la cual sería publicada por entregas en El Demócrata.4 Por esta obra el autor sufrió persecución y encarcelamiento y el diario fue clausurado debido a la censura porfiriana, por lo que dejó el ejército. A pesar de lo anterior la nove- la Tomochic fue un gran éxito en la capital del país.
Heriberto Frías se dedicó a escribir en periódicos, publicó primero en El Porvenir de Chihuahua y, ya en la Ciudad de México, en las páginas de El Demócrata, que había sido reabierto bajo la dirección de José Ferrel. Más tarde en El Combate se dieron a conocer varias de sus novelas y poesías e inclusive El Mundo Ilustrado y La Revista Moderna también vieron aparecer en sus páginas textos firmados por Frías. Finalmente, hacia 1897, se convirtió en colaborador del oficialista El Imparcial, mediante sus escritos elogiosos al presidente Díaz y a su ministro de guerra trató de congraciarse con el régimen para lograr mantener una vida de tranquilidad y un empleo. Sin embargo, no dejó de ser crítico al gobierno. Para esa fecha, con veinte y pocos años, nuestro autor había sentado cabeza: se había casado y alejado de los vicios.
Publicaciones de interés para nuestro trabajo fueron entonces las Leyendas históricas mexicanas (1899) y la Biblioteca del Niño Mexicano (1899-1901/2013), obras auspiciadas por la editorial de los Hermanos Maucci, entre los años de 1899 y 1901, entonces estaba entre los 29 y 31 años. En ambas se observa una clara identificación del autor con el pasado mexicano, al que exalta con la idea de que sus lectores encuentren en aquellos sucesos motivos de orgullo y pertenencia, como lo veremos más adelante, en particular con la segunda obra. En este último año, ya con problemas de visión, Frías regresó por poco tiempo al ejército. Pero a partir de 1906 se muestra como franco opositor al régimen, lo que se advierte en sus escritos de El correo de la tarde, de Mazatlán, y posteriormente en otras publicaciones, en las que ridiculiza las fiestas del centenario.
Durante los años de 1910 a 1920, participa activamente como escritor en la prensa revolucionaria, al mismo tiempo escribe varias novelas, finalmente viaja a Europa enviado por el presidente Álvaro Obregón con el cargo de cónsul de México en Cádiz. A su regreso se le otorga el puesto de profesor de historia patria en el Colegio Militar, año en el que murió en 1925. Tenía entonces 55 años.
La Biblioteca del Niño Mexicano
Si bien la Biblioteca del Niño Mexicano de Heriberto Frías inicia la historia de México desde las culturas prehispánicas, ya que de acuerdo con las ideas nacionalistas de entonces y siguiendo al México a través de los siglos, el mundo mexica se consideraba como parte de la patria mexicana, hemos considerado únicamente abarcar los tres periodos fundacionales de la nación: Conquista, Independencia y Reforma. Antes se presentarán algunas generalidades sobre esta obra.
Los antecedentes
Como lo hemos señalado en las páginas anteriores, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, la enseñanza de los temas del pasado no quedó exclusivamente en manos del Estado mexicano. La tendencia nacionalista que se desarrolló entre varios escritores los llevó a buscar la manera de difundir la historia patria para promover el patriotismo y favorecer la bondad cívica (Roldán Vera, E.,1996, pp. 498).
La literatura de ficción de temas históricos se desarrolló en la prensa con la intención de mostrar “la verdad”; Justo Sierra O’Reilly, se refería a este tipo de trabajo: “[…] cuyo contenido implícito señala las bondades de la ficción literaria para el conocimiento de la historia” (Clark de Lara, Speckman Guerra, 2005, p. 289). En varios casos se trataba de novelas por entregas periódicas5 con lo que era posible que llegaran a un amplio público, aunque no siempre a través de la lectura de estas, pero sí mediante la transmisión oral o comentarios en las tertulias y cafés.6
La crónica fue otro tipo de escrito en el cual los pasajes y personajes históricos ocuparon un lugar importante. Entre los autores más representativos de este género se ubican, por ejemplo, a Manuel Payno, Guillermo Prieto,7 Francisco Zarco y el mismo Heriberto Frías; quienes dan cuenta de sus vivencias y así muestran los hechos históricos con lenguajes accesibles para todo tipo de público. También, a través de la poesía, sainetes, obras de teatro8 y algunas canciones,9 se contaban hechos del pasado que la población mantenía en su memoria.
En el caso de los infantes, se hicieron obras dirigidas para ellos, por ejemplo, en 1839 se editó el Diario de los Niños, que traducía del francés artículos de temas diversos con fines educativos; y como se empezó a considerar que el futuro estaba en manos de la niñez, en México se incluyeron textos informativos sobre nuestro país, se enfatizaron los principios políticos y las enseñanzas religiosas (Agostoni, 2005, pp. 171-178).
Conforme avanzó el siglo aumentaron las publicaciones dirigidas a niños y jóvenes en periódicos, revistas y textos por entregas.10 Entre 1876 y 1910 vieron la luz obras periódicas con temas históricos para propiciar el conocimiento de los mismos, como fueron los casos de: El Niño Mexicano (1895-1896), cuyo fin primordial quedó señalado en el primer número de la siguiente manera: “[…] para grabar en vuestros corazones el amor a vuestra patria” (Agostoni, 2005, pp. 172,173). Otra obra fue la Biblioteca del Niño Mexicano, cuyos 110 fascículos aparecieron entre 1899 y 1901; en este caso se recomendaba a los padres de familia:
Que lean, que se instruyan, que no desconozcan los grandiosos episodios de su país. Hacedlos patriotas, nobles y dignos. Que vean con horror los infames hechos de los traidores y los déspotas, y que admiren y bendigan los nombres de los que nos dieron patria y libertad (Bonilla y Lecouvey, 2015, p. 185).
La Biblioteca del Niño Mexicano, un caso de educación informal.
Aunque si bien, la Biblioteca del Niño no tuvo la intención de utilizarse como un libro de texto, sí cumplió con los objetivos de moralizar a la infancia a través de ejemplos históricos y de fomentar el interés por la historia, al mismo tiempo que propiciaba el amor a la patria.11
La obra fue publicada por la casa editorial Maucci Hermanos, asentada en la Ciudad de México, con raíces que partían de Italia (Llanas, 2016). Consistió en una serie de folletines o pequeñas revistas de 16 páginas cada una, en las que se refirieron a manera de cuentos, tanto hechos históricos de México como narraciones de ficción. Con un lenguaje accesible y divertido incluyó, además de algunos sucesos históricos, aspectos ficticios, como la aparición de personajes fantásticos y sucesos irreales, pero también enseñanzas cívicas y morales para incidir en la educación de los pequeños. La impresión de los fascículos se hacía en Barcelona, España y en la Ciudad de México se distribuían en las calles de Santa Teresa y El Reloj, en el Centro Histórico, en un edificio que ya desapareció, pero que durante muchos años exhibió las revistas en las vitrinas de la librería El Parnaso Mexicano, obra de portadas llamativas, realizadas por el conocido grabador José Guadalupe Posada, y que se comercializaban a precios económicos, por lo que se vendían en gran escala y rápidamente (Bonilla y Lecouvey, 2015a).
La Biblioteca del Niño Mexicano fue un negocio concebido por Alejandro y Carlos Maucci Giovannacci, con un amplio tiraje. Ellos eligieron al periodista Heriberto Frías, ya reconocido por sus artículos en el diario El Imparcial y en otras publicaciones, y para ilustrar los cuadernillos se convocó al famoso grabador Posada, quien tenía su taller a la vuelta de la librería. Tanto la forma amena de escribir de Frías, como las llamativas ilustraciones de Posada, convirtieron a la serie de folletos en un éxito inmediato, pues estos circularon por todo el territorio nacional y llegaron hasta Sudamérica. La rapidez con que se vendían hizo que los editores presionaran al autor y al ilustrador para que entregaran cada dos semanas su trabajo a la mayor brevedad posible, por eso en varios de los folletos encontramos errores de imprenta, a veces incoherencias en la redacción y presentación de los temas, en el orden de aparición y en los dibujos (Bonilla y Lecouvey, 2015a).
Las dimensiones de los folletos son de 9x12 centímetros, aproximadamente de ¼ de hoja tamaño carta; los textos ocupan 16 páginas; cada librito tiene una atractiva portada con una imagen en color y en el interior, tres pequeños grabados en blanco y negro, toda obra de Posada. En su conjunto, como ya se apuntó, la obra se integró por 110 cuadernillos. En la primera serie, se tocaron episodios de la historia Prehispánica, con 20 fascículos; sigue después la segunda serie de Descubrimientos y Conquistas con 42; la tercera serie lleva por título Después de la Conquista, es decir trata del Virreinato y consta de 23 cuadernillos; la cuarta serie corresponde a la Independencia de México y se escribió en 8 folletos; y, la época de México moderno, que tiene 17, corresponde a la quinta serie.
En seguida, haremos referencia a la manera en que Frías trató tres momentos clave de nuestra historia: Conquista, Independencia y Reforma.
Para contar la historia: Descubrimientos y conquistas: Cortés y Cuauhtémoc adalides del embrión nacional
La segunda serie de la Biblioteca del Niño Mexicano, Descubrimientos y Conquistas, cuenta con 42 fascículos, es la más extensa de las cinco que integran la colección. Con un lenguaje sencillo, el autor desarrolla la temática de la Conquista y enfatiza ciertos sucesos sobre la participación de españoles e indígenas; por ejemplo, hay tomos o partes de los mismos que se dedican a los protagonistas principales como Hernán Cortés, a alguno de sus soldados, o a los misioneros. Por parte del mundo indígena, se habla de Moctezuma, Cuauhtémoc, la Malinche y Xicoténcatl, entre otros. Pero también están fascículos que tratan sobre algún héroe ficticio, como lo es Ocelotzin. Las ciudades prehispánicas que tanto llamaron la atención de los europeos ocupan algunas páginas de estas publicaciones; tales son los casos de Cholula y Tenochtitlan. De manera particular se destacan los enfrentamientos sangrientos que se sucedieron entre las huestes conquistadoras y los pueblos indígenas; por ejemplo, las batallas que se libraron en Centla, en el actual estado de Tabasco, o en Cholula, en el Estado de Puebla. De tal manera que los sucesos relevantes del proceso de la Conquista y sus participantes se describen y se caracterizan con distintos adjetivos, se enjuician de acuerdo con el criterio del autor y se entremezclan con leyendas, ficciones y milagros.
Es al público infantil y juvenil al que se busca cautivar y enseñar la historia de la nación mexicana, por ello el autor se refiere constantemente a sus lectores como “amiguitos”.12 Para hacer más atractivos los relatos se introduce la ficción en situaciones y personajes que se inventan y salen de la fantasía; El Castillo del poder se inicia invitando a la lectura: “¡Leed, amigos míos, esta imposible leyenda, divertida y fantástica! […]” (Frías, 2013, 23, p. 2).
Por otra parte, son muy pocos los datos que se incluyen y, en ocasiones se descuida la información, a veces varía de un cuadernillo a otro; por ejemplo, cuando se refiere al número de españoles e indígenas que participaron en la lucha, en La Noche Triste en Tenochtitlan apunta: “iEran por todo mil seiscientos españoles y siete mil aliados, traidores a su raza! [...]” (Frías, 2013, 58, p. 15). Pero en El llanto de Cortés o el árbol de la derrota, señala: “[…] eran dos mil españoles y ocho mil tlaxcaltecas” (Frías, 2013, 58, p. 4).
La serie se inicia con el folleto que se titula Hernán Cortés y sus primeras aventuras, para terminar con El sitio de Tenochtitlan o el último día de un imperio (Bonilla y Lecouvey, 2015, pp. 67-69). En la primera página el autor presenta sus textos a manera de cuentos; es por ello que señala: “Para que en estos cuentos se refleje por completo la historia de nuestra amada patria […]” (Frías, 2013, 24, p. 3); y efectivamente, al revisar el contenido de los dos primeros cuadernillos que se refieren a Hernán Cortés, encontramos que en cada caso se inician con algún hecho histórico, para incluir después alguna aventura irreal o, tal vez un sueño, en donde participa el protagonista, lo que se aprovecha para dar a conocer alguna reflexión; por ejemplo, cuando Cortés de encontraba “solo” en una oscura caverna, escuchó:
-Somos los que amamos la ciencia; nos persiguen y aquí nos refugiamos para poder con toda calma dedicarnos a los trabajos de las ciencias. Oye Hernán, tú vas a tener un destino magnífico porque eres inteligente, amante de las aventuras, audaz, tú amas los nuevos acontecimientos; por eso no eres vulgar. […] Y como también eres valiente, ve y conquista los mundos nuevos; que tu espada sirva a la buena causa; arranca a la idolatría de los indianos…] (Frías, 2013, 24, pp. 14-15).
En el párrafo anterior se distingue la postura religiosa de Frías, la conquista está justificada para acabar con la idolatría; al tiempo que son los estudiosos de las ciencias quienes pueden vislumbrar lo que está por suceder, cuestión que corresponde claramente con el pensamiento positivista de la época del autor.
También en diferentes partes de los cuadernillos se expresa la visión providencialista de este escritor, como sucede cuando Cortés dice:
-¡Cumplamos como se debe con lo que está escrito! [...] Ya sé que no debo tener remordimientos. ¡Soy el instrumento de la Providencia! […] ¡Hagamos nuestro oficio! (Frías, 2013, 28, p. 9).
Una manera en que nuestro autor busca captar la atención es cuando recurre en varias ocasiones al planteamiento de interrogantes, para después exponer las respuestas correspondientes. En La conjuración ante el Huracán. Cortés quema sus naves, los hombres del Capitán exponen sus temores mediante preguntas: “-¿Para qué ir a perecer sin gloria, sin poder adquirir siquiera los últimos goces que disfrutan todos los hombres? -exclamó un soldado de coraza reluciente” (Frías, 2013, 16, p. 4); o bien:
¿Qué podemos venir a hacer en este país ingrato donde sabemos que hay millares de jefes que están disponiendo ejércitos innumerables para aniquilarnos? ¿No es verdad que es preciso volver y embarcarnos para no volver nunca tan solos? (Frías, 2013, 16, pp. 4-5).
Frías manifiesta su visión de los protagonistas de sus relatos, a los que ve a través de una mirada romántica, pero a la vez nacionalista; así, Cortés es un personaje inteligente, audaz y con talento; pero al mismo tiempo es amante de aventuras, altanero y de terrible mirada (Frías, 2013, 16, p. 5). Por otra parte, al describir la situación de los indígenas destaca que fue terriblemente sombría, se refiere a ellos como: “infelices y humildes” (Frías, 2013, 35, p. 4). En el caso particular de Cuauhtémoc, lo nombra: “[…] adalid de la libertad y del honor mexicano” (Frías, 2013, 59, p. 4).
Así, para mostrar a los pequeños lectores los hechos de la Conquista, la pluma de Frías exalta el patriotismo; destaca la bondad y descalifica la maldad de los personajes; al tiempo que condena vicios y aplaude virtudes.
La Independencia y la exaltación de los primeros héroes nacionales.
Heriberto Frías, en la Biblioteca del Niño Mexicano, dedica a la Independencia nacional once fascículos. En varios de los libritos o cuentos, reitera su visión providencialista,13 al mismo tiempo que acepta la existencia de la Justicia Divina14 y no ataca las creencias religiosas de la mayoría católica de la población mexicana de aquellos tiempos.
De igual manera, a lo largo de las páginas de estos cuadernillos, Frías aprovecha imágenes religiosas para resaltar algunas acciones, tal es el caso de equiparar la muerte de los héroes con el martirio, y así como en algún momento Tertuliano en el siglo II había afirmado que “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, el autor considera que la sangre de los héroes-mártires sería fecunda para hacer surgir “nuevos adalides, nuevos mártires de la patria” (Frías, 2013, 91, p. 16). Al referirse a los héroes Hidalgo, Morelos, Mina, afirma que cada uno de ellos, como Cristo, “como todos los mártires, tuvo su calvario” (Frías, 2013, 88, p. 15); de igual manera, los próceres de la causa independentista son equiparados con el cordero divino que fuera traicionado para vivir su martirio; cuando se refiere a la traición de Elizondo al padre Hidalgo exclama: “[…] siempre ante un Cristo aparece un Judas”, lo mismo repetiría al relatar la caída de Morelos en manos de los realistas y más tarde la de Mina (Frías, 2013, 87, pp. 13, 15, 91).
También considera a la historia como un largo camino hacia la libertad, el cual se inicia desde siglos anteriores con la conspiración de Martín Cortés;15 las palabras que Frías pone en boca del hijo del conquistador son del todo elocuentes: “No es posible soportar ni un instante más lo que nos pasa… ¡Cuánta opresión, cuanta falta de libertad, cuanta falta de…!” (Frías, 2013, 69, p. 12), y éste camino transcurriría, en primera instancia con el triunfo de la Independencia, posteriormente y de manera ascendente con la Reforma, para culminar con la paz que finalmente se había alcanzado con el advenimiento de Porfirio Díaz, todo ello de acuerdo con la doctrina positivista, el camino del progreso, entonces en boga. Oigámosle:
¡México principiaba a ser nación libre y soberana; absoluta, independiente de sus actos; alta y engrandecida! […] era una nación niña! […] ¡Cuántos tropiezos, caídas, amarguras y desengaños iba a sufrir! […] Todavía faltaban muchos años para que llegaran los hombres que le dieran, seguridad, riqueza y bienestar. El hombre que le había de proporcionar el bien más precioso: -¡La paz!- aún no nacía!…
[…] ¡Pero con qué resplandor de rojas auroras se iniciaba la joven nación en la vía del porvenir!...
¡Ya la veremos seguir triunfante y gloriosa! (Frías, 2013, 93, p. 15).
Así, de acuerdo con el mismo positivismo, nuestro autor no deja de lado la idea de la existencia de razas humanas, las unas superiores, las otras inferiores, por lo que no es de extrañar, que aunque está hablando de la lucha independentista, durante la cual el cura Miguel Hidalgo aboliera la esclavitud, se refiere a los esclavos como “idiotas negros horribles de las regiones de África, que ya sabéis que son malignos, ignorantes, toscos y bestiales” (Frías, 2013, 86, p. 8); por su parte el venerable Hidalgo, pertenece a la raza blanca.16
De acuerdo con la visión de la época y al objetivo didáctico de los fascículos, abunda en ejemplos morales, cívicos, de patriotismo, de agradecimiento a los héroes y también de exhortos a conservar la memoria de los hechos heroicos, sí, pero también de traiciones para denostarlas y aborrecerlas.17
La lucha por la Independencia es una verdadera epopeya, si bien, resulta curioso que no se refiera a los independientes con el término de insurgentes; la narración tramada como cuento infantil, incluye las biografías de los héroes a los que hay que emular y reverenciar ya que nos dieron patria y libertad; entre la pléyade de próceres a los que hace referencia, hay quienes merecen que narre sus hazañas en varios fascículos, como Hidalgo, Morelos y Mina, otros solamente merecen que sus hechos sean consignados en pocas páginas e inclusive renglones, pero en variados cuadernillos, tal es el caso de doña Josefa, Guerrero, en tanto que a algunos otros solamente se les menciona una vez, tales son los casos del Lic. Verdad, Matamoros, los Galeana, Rayón, Victoria e inclusive el Pípila,18 a quien describe como un niño, tal vez con la idea de provocar mayor empatía en los pequeños lectores.
Pero no únicamente cuenta anécdotas y biografías, sino que también, siguiendo la idea de la historia como la sucesión de causas y consecuencias, en varios fascículos se refiere a los motivos que provocaron el levantamiento de los insurgentes, de entre ellos, ocupan varias páginas en diferentes números las injusticias que se vivían al interior de la Nueva España, menciona también a la Revolución Francesa, a los textos ilustrados franceses y a la invasión napoleónica a la península ibérica.
Veamos algunos ejemplos: al referirse a la situación interna del virreinato, escribe: “México era un inmenso lago de injusticias, de opresión, de privilegios para los más fuertes, de crueldades y de anatemas…” (Frías, 2013, 69, p. 152); “[…] gobierno de opulentos, nobles extranjeros, que vinieron a dirigir un país que nunca habían conocido, ni conocerían ja- más…” (Frías, 2013, 86, p. 15); “[…] los españoles trataron entonces al indio vencido peor que á un esclavo […] ese trato abominable duraba desde hacía tres siglos!” (Frías, 2013, 86, p. 8). Con respecto a los textos ilustrados franceses, el autor hace la siguiente alusión: “…en México había un anciano que leía el francés, que amaba á su patria y á la libertad, […] se llamaba Miguel Hidalgo” (Frías, 2013, 86, p. 13); para referirse a la influencia de la Revolución Francesa:
¿Sabéis dónde empezaron los pobres á comprender que era injusto que ellos, pagaran los goces de los monarcas? […] ¡Pues bien, fue en Francia, en esa hermosa nación, fuerte hoy, instruida, libre! (Frías, 2013, 93, p. 8).
Y la invasión napoleónica a España es equiparada a un castigo justo de la providencia: “…ahora la España Imperial recibía el suyo [castigo] con Napoleón que la encadenaba a la Francia Imperial” (Frías, 2013, 86, p. 16).
Época Moderna. Los héroes anónimos y el “Sol de la paz”
La última serie de la obra, como ya se ha mencionado, está compuesta por 17 fascículos en los que se abordan episodios como el fin de la guerra de Independencia, la guerra por Texas y su Independencia (1847), la invasión tripartita (1861), el Segundo Imperio y la restauración de la República, y la figura del general Porfirio Díaz en el gobierno.
En esta última sección Heriberto Frías centra su atención específicamente en los hechos bélicos, resalta los valores de la vida militar tanto de altos mandos, capitanes y líderes, pero sobre todo de los soldados de infantería, quizás porque es ahí donde centra su experiencia personal. Insiste en señalar el valor, la disciplina, el arrojo y la valentía de los soldados en la defensa de la libertad y la soberanía nacional.
Frías comparte las simpatías políticas de la época: el liberalismo como facción política progresista, visionaria y la única vía posible hacia el progreso y la modernidad, sin embargo, cuando aborda conflictos en los que se enfrentaron militarmente conservadores contra liberales, si bien subraya la valentía y sagacidad del ejército liberal y celebra sus logros, sin olvidar a los líderes militares, no ahorra elogios y reconocimientos para los soldados y mandos destacados del ejército enemigo; en la mirada de Frías el soldado es la pieza clave de la historia de México.
Esta última sección tiene características propias que vale la pena destacar: por un lado, es la más apegada al orden cronológico de los acontecimientos que aborda comprendidos entre 1846 a 1868, Frías cierra su secuencia cronológica con el título El sitio de Querétaro y el Cerro de las campanas para de ahí saltar a su presente, enmarcado por el auge del gobierno de Porfirio Díaz a quien dedica los dos títulos que cierran la obra: El genio de la guerra en México y El Sol de paz.
Los títulos mantienen el estilo ambiguo, en tono teatral y romántico que no facilita reconocer a primera vista el acontecimiento en cuestión, y corresponde a la tradición de dos títulos, por ejemplo: Los horrores de la guerra o la sangre en la patria (Frías, 2013, 95), Un año fatal o los desastres de la patria (Frías, 2013, 97), El triunfo del coloso y los tratados de paz (Frías, 2013, 100). Se trata de una estrategia comercial para mantener la atención del lector muy común en la publicación de las novelas por entregas, muy de moda en la época. Además, el conjunto de la sección promueve la importancia del ejército, el valor de los soldados y el prestigio de los líderes y altos mandos, Frías incita incansable a guardar memoria gloriosa y agradecimiento a los héroes que ofrendaron su vida por la patria:
¡Amádles!...
¡Respetad a esos héroes mexicanos que supieron morir con tanto esfuerzo por hacer de esta nuestra adorada patria mexicana, un campo de gloria, un templo de honor, y apoteosis! ¡por eso debéis amar el recuerdo de los que tantas veces combatieron contra tan tremendos enemigos, logrando victorias magníficas! (Frías, 2013, 104, pp. 14-15).
En su afán de subrayar el valor y el amor a la patria de los soldados anónimos, en esta sección hay un fascículo en el que el autor vuelve a insertar un relato de ficción en torno a un héroe anónimo, seguramente ficticio “el sargento cureña”. El fascículo en cuestión se titula “Glorias del pueblo o el hombre cureña” (Frías, 2013, 96), el eje del relato es enaltecer al soldado de infantería, subraya su valor, enjundia, amor a la patria, y grandeza humana. El relato se escenifica en Zacatecas, en una hacienda llamada San Eustaquio19 que al parecer poseía pozos de agua y ello la hacía pieza clave para los dos ejércitos en pugna, los monarquistas y los independentistas; los primeros estaban en posesión de la hacienda y los independentistas necesitaban urgentemente acceso al agua, pero no había manera de penetrar, la lucha había dejado a los libertadores con una compañía pequeña y sedienta, y un solo cañón incompleto, le faltaba una pieza llamada cureña, que sirve para fijar el cañón y darle estabilidad al arma. Al ver la urgente situación, un humilde soldado se acercó a su superior ofreciéndose como cureña del cañón inútil para lograr derribar la barda de la hacienda y acceder al vital líquido; el soldado es consciente de ofrendar su vida en ese acto y el capitán Castaños, al mando, acepta el valiente y generoso sacrificio de aquel soldado.
“¡Yo mi capitán, yo serviré de cureña!”... Así gritó aquel sargento cuando todos los mexicanos comprendieron que la salvación que era el agua podía tenerse por el heroísmo de un valiente… Se necesitaron tres disparos, murió el soldado, pero lograron su propósito, dando así el triunfo al grupo independentista.
[…] La tropa bebió y llevó de beber y comer a los demás […] gracias al heroísmo y al sacrificio sublime de aquel sargento que ahora se llama en nuestra historia “el Sargento Cureña”.
Nunca olvidéis, amigos lectores, el nombre de este valiente entre los más audaces, y los más intrépidos… jamás dejaréis de consagrar un buen saludo hacia los ausentes… recordando que si tenemos algo de ínfima gloria por tantos episodios lo debemos a esas heroicas víctimas del deber (Frías, 2013, 96, pp. 15-16).
Cierra la obra el tomo El sol de la paz, publicado en 1901, el protagonista del re- lato no es otro que el entonces presidente de los destinos nacionales, el general Porfirio Díaz, la ilustración de la carátula es elocuente; aparece Díaz en la parte superior izquierda, enmarcado por el lábaro patrio y un laurel, ocupan la mitad de la carátula, en el ángulo inferior derecho los símbolos de progreso material: la locomotora, los postes de energía eléctrica, los engranes de una maquinaria, la chimenea de alguna fábrica y un obrero con sus herramientas de trabajo.
La frase que abre el relato de este número no deja lugar a dudas: “¡He aquí la gran figura de gloria que ha hecho de nuestra patria un país libre!” (Frías, 2013, 105, p. 3). Después de un apretado resumen de los temas tratados y a propósito de enumerar a los héroes patriotas de la historia reciente cita a los “valientes que lucharon contra los extranjeros que quisieron arrebatarnos la patria… que se batieron contra los enemigos de nuestra libertad; Juárez, Ocampo, Zaragoza, Díaz… ¿Quién es Díaz?”, inmediatamente responde:
El que ahora es nuestro sol de paz y progreso, este extraordinario espíritu que con un genio extraño logró convertir un caos en una nación pacífica y próspera, ese mismo genio admirable de la paz y de la guerra, desde niño hizo prodigios… retumbó su nombre como trueno de guerra y brilló como un relámpago, y cuando joven, realizó tales hazañas, que se necesitarán libros y más libros para contarlas … ¡Era admirable! [sic] (Frías, 2013, 105, p. 12).
Heriberto Frías cierra su contribución a la educación moral de la infancia mexicana de principios del siglo XX enlazando el amor a la patria y a la nación con la admiración y respeto de quien entonces dirigía los destinos nacionales guiándola hacia “luminosos horizontes, con su libertad y su progreso… terminaron ya sus días amargos de guerras, sombras y odios” (Frías, 2013, 105, p. 16).
Consideraciones finales
Las narraciones breves de Heriberto Frías en un lenguaje accesible y con recursos literarios de drama, romanticismo y suspenso, facilitan la memoria de la información histórica básica sin la necesidad de recurrir a un maestro (el lector no tiene edad para poner en dudad la veracidad de la información que se le refiere). Ateniéndose a las recomendaciones de la Guía metodológica, podría advertirse que tal vez Frías utiliza “el método biográfico”, en una narración más bien identificable con el cuento breve logra “conmover corazones y motivar cerebros”.
El autor usa con frecuencia el “no olvidéis queridos niños”, insiste en que el proceso de la patria fue doloroso, con un alto costo por la sangre derramada lo que lleva intrínseco el mensaje que invita a la identidad nacional, a la empatía con los soldados en general y los próceres en particular. Finalmente, no cabe duda de que la educación moral en sus elementos más básicos también tiene cabida en La Biblioteca, los niños acceden a dramáticos retratos sobre heroísmo, valor, lealtad, solidaridad, estoicismo y amor a la patria.
Los relatos carecen de fecha, de precisión de lugares geográficos o de cualquier estrategia que sirva para respaldar la validez de los hechos que se refieren, no es ese su objetivo.
En el último tomo, Frías enlaza el fin de las desventuras de la patria a lo largo de 300 años de historia con el gobierno de Díaz, en una perfecta metáfora positivista cuyo tercer estadio es el progreso, la modernidad y la felicidad.
La consigna popular: la historia la escriben los vencedores, es también aplicable a los relatos de Frías en esta obra, no sabemos la opinión que pudo tener Prieto con respecto a La Biblioteca, pero al menos en la sección correspondiente a la Reforma, que es además el contexto histórico de los autores Prieto y Rébsamen, en ningún momento se señala la visión histórica del conservadurismo, no se hace mención de los héroes militares conservadores, de sus avatares como grupo político, de sus luchas, sus propuestas, sus argumentos; son en cambio el eterno enemigo a vencer, sorprendentemente irreductible y tenaz como obstáculo para el orden y el progreso. Qué duda cabe que Guillermo Prieto habría dado sin dudar su “humilde voto” a esta visión histórica en la que no falta la ficción y el romanticismo, todo con el fin de que el “pequeño lectorcito” no olvide que el camino recorrido por la patria liberal ha sido tortuoso y regado innumerables veces con sangre de patriotas, que afortunadamente es por fin cobijado por la noble luz de ese “sol de paz”20 que entonces gobernaba: Porfirio Díaz.














