Introducción
En este texto se analiza la forma en que Casimiro Castro, conocido dibujante y litógrafo,1 retrató al controvertido ejército del estado de Guerrero que, liderado por Juan Álvarez, tras el triunfo de la revolución de Ayutla ocupó la Ciudad de México a fines de 1855, suscitando con su presencia una diversidad de reacciones y posicionamientos políticos y sociales relacionados con cuestiones de clase, raza y género. Su litografía, excepcional representación visual de dicho cuerpo -solo hay otro testimonio pictórico, que se citará más adelante-, se titula «Trajes mexicanos. Soldados del sur» (véase figura 1), y fue incluida en la primera edición del álbum México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856).2
Por lo que se refiere a este conocido álbum, con imágenes litográficas de la Ciudad de México y sus habitantes, en el lapso comprendido entre 1855 y 1869, cuando se publicaron sus sucesivas ediciones, culminó y se resolvió la confrontación entre liberales y conservadores. Por ser la capital sede del poder nacional y de la infraestructura de gobierno, el interés por su control político la convirtió en un territorio en disputa, por lo que pasó alternadamente de manos de unos a otros y quedó, incluso, bajo el dominio del ejército francés. Por ello no extraña que, a pesar de su visión idealizada, congruente con su vocación amena y comercial, se cuelen en el álbum resonancias de las crisis en un contexto político y social convulso, el cual transitó por una cruenta guerra civil y por la traumática intervención francesa.
Nada se sabe del pensamiento del principal dibujante que las ejecutó,3 y no existen declaraciones explícitas del editor, el francés José Decaen,4 ni tampoco se descubre una línea editorial monolítica en el propio álbum que permita leer en él una toma de partido clara en un ambiente de radicalización política. Asimismo, las litografías en general no reflejan las críticas que los textos emiten, provenientes de las miradas y voces múltiples de quienes los escribieron.5 Es el contraste de las imágenes del álbum con estas voces, y con las del complejo contexto social y político, lo que permite atisbar en la forma en que Casimiro Castro,6 y quizá el editor a través de este, sortearon la representación visual de coyunturas que alteraron la vida y el espacio de la capital, como revelará justamente el análisis de «Trajes mexicanos. Soldados del sur» (véase figura 1).

Fuente: Internet Archive.
Figura 1 Casimiro Castro, «Trajes mexicanos. Soldados del sur», en México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856). Litografía
En efecto, lo que permite acercarse a la significación o significaciones que tuvo esta imagen en su momento, o incluso un poco después, es su contraposición con: lo que expresaron distintos actores políticos y sociales de la época en la prensa, al cobijo de la privacidad o en obras historiográficas más tardías y nada desinteresadas, que abominaron o simpatizaron con la presencia de los soldados del sur en la capital, y de sus consecuencias en el uso de un espacio urbano no preparado para albergarlos; con un contexto histórico muy complejo y de más larga data que pone a la vista un enfrentamiento interétnico y una relación tensa por décadas entre comunidades rurales y propietarios, en la que los personajes representados en la imagen o sus predecesores tuvieron parte directa; con otros testimonios visuales, porque ello pone a la vista las estrategias artísticas que utilizó Casimiro Castro para mostrar o invisibilizar ciertos aspectos de aquellos a quienes representó. El rastreo y análisis de este conjunto de circunstancias y testimonios en fuentes primarias, y la reflexión sobre estudios historiográficos recientes en que se ha apoyado este trabajo, permiten observar cómo este importante litógrafo mexicano del siglo XIX construyó su propia versión, que además se convirtió en un referente para otros artistas igualmente importantes.
Si bien en las últimas décadas ha aumentado el interés en el estudio de la producción gráfica en México del siglo XIX, son pocos los trabajos que indagan más allá de lo iconográfico o político, para aventurarse en la exploración de las significaciones sociales de las imágenes y de lo que estas pueden aportar.7 En última instancia, ese es el objetivo de este trabajo.
En la Ciudad de México: de la cordial bienvenida al abierto rechazo
Tras una serie de transacciones entre distintos actores políticos, especialmente liberales puros y liberales moderados, que se organizaron contra el último gobierno de sesgo conservador y dictatorial de Antonio López de Santa Anna, fue elegido presidente interino Juan Álvarez, caudillo y cacique del estado de Guerrero, quien fue uno de los primeros que se pronunciaron con el Plan de Ayutla (González Navarro, 1972). Álvarez inició su gestión en Cuernavaca entre las desavenencias de un gabinete conformado por las dos facciones liberales, y con la animadversión del clero, el ejército y la elite social. Reticente a trasladarse a la Ciudad de México, supuestamente porque su clima o modo de vida no le acomodaban, al final Álvarez tuvo que hacerlo porque ahí estaban las oficinas de la administración pública, y lo hizo acompañado de las fuerzas armadas que lo apoyaban.8 Estas estaban compuestas en su mayoría por fuerzas irregulares a las que Álvarez denominó cuerpos auxiliares -organizadas por particulares y conformadas en general por campesinos y algunas unidades de caballería- que se integraron vía la Guardia Nacional, la cual fue parte del ejército constituido por el caudillo guerrerense, junto con miembros del ejército permanente y de la milicia activa, es decir, sus hombres provenían de las tres instituciones militares que operaban en ese momento, al igual que ocurría en el ejército santannista, por cierto (Celis y Rodríguez, 2023: 93 y 94).9
A su llegada, él y las fuerzas que lo apoyaban fueron aclamados por la prensa liberal, que reseñó su entrada pacífica a la capital el 15 de noviembre de 1855 y el recibimiento jubiloso que les habría dado el pueblo, vitoreándolos, según dijo, entre apenas algunos rostros sombríos.10 Celebrado con el consabido ceremonial cívico y religioso de bienvenida, se adornaron y regaron «las calles [… hubo] un inmenso gentío, á pie, en coche ó a caballo […] desde la plaza de armas hasta […] la garita de la Piedad», e hicieron valla niños de las escuelas de Beneficencia y miembros de los clubes liberales.11 En la noche se iluminaron las calles, y «la mayor parte» de las casas de los ingleses, franceses y sardos se engalanaron con cortinas, «faroles y vasos de colores».12
La brigada que entró con Álvarez a la capital estaba compuesta por 1 300 hombres de las fuerzas de Jesús Villalva, de Mezcala e Iguala, y de Cesario Ramos y Juan B. Berdeja, de Acapulco y la Costa Grande (Strobel, 2024: 138-139), además del cuerpo de zapadores del ejército de línea, poco antes santannista (Zamacois, 1888: 116).13 A la particularmente polémica sección de Villalva, al parecer la única mencionada y descrita en las reseñas del recibimiento,14 pertenecían, si no todos, varios de los soldados representados en la litografía de Castro, como se verá adelante. Dirigida todavía en 1854 por Jesús y su padre, el líder campesino Faustino Villalba, esta facción había sido, entre las que operaron mediante guerrillas, la que más había hecho daño a Santa Anna luego de que este salió de Chilpancingo para reprimir a los insurrectos (Strobel, 2024: 79).15 La prensa liberal calificó como «conmovedor el espectáculo que presentaban [… aquellos] hombres medio desnudos», a los que comparó con los vencedores de Valmy -tras cuyo triunfo se abolió la monarquía en Francia en 1792- y con los insurgentes mexicanos, de los que dijo: «También […] venían casi desnudos [… y] traían los rostros tostados por el sol de las batallas; también […] habían conquistado la libertad!».16
Esta fue la reacción inicial de un sector acotado del espectro político. Algún periódico conservador, por prudencia, en un ambiente de polarización política y social, solo reprodujo lo dicho por la prensa adepta sobre la entrada de Álvarez y su tropa a la capital.17 En realidad, el hecho despertó el escándalo y la intolerancia de la elite capitalina -afín a sus pares hispanoamericanas en su actitud respecto de las poblaciones indígenas y afrodescendientes- y de algún funcionario extranjero (García Cantú, 1965: 391-392; Villegas Revueltas, 2021: 142). Lo mencionado en estos periódicos exhibe crudamente la forma de conceptualizar la otredad desde una mirada racista y desconfiada, social y económicamente privilegiada. En efecto, quienes, desde una postura conservadora o liberal moderada, en aquel tiempo mencionaron el suceso en su correspondencia personal, o años después en sus memorias o en textos historiográficos, fueron despectivos y, desde luego, silenciaron el amistoso recibimiento del que fueron objeto los surianos.18
Les incomodó su pobreza, suciedad, incultura, improvisación militar, y hasta su aspecto físico, que en muchos evidenciaba la afrodescendencia o la afectación de su piel por el mal del pinto, una enfermedad que dio lugar a que se les apodara justamente como «los pintos». Pero, sobre todo, lo que molestó fue que un líder, con sus seguidores campesinos de sangre negra e indígena, pretendiera ponerse a la cabeza de una elite blanca que ponderaba su herencia europea y que cuestionaba la legitimidad de aquellos para liderar, lo mismo que su derecho a la autonomía, y hasta su carácter racional. Además del rechazo y el miedo que de por sí generaban los sectores populares, de trasfondo se encontraba una relación de confrontaciones y agravios de larga data entre los intereses de los propietarios españoles en México y los de la población campesina del sur, de lo que se hablará más adelante.
Aunque con contención, el disgusto se plasmó en el propio texto que en México y sus alrededores acompañó a la lámina de Casimiro Castro, redactado por el escritor Niceto de Zamacois (1855-1856),19 precisamente español, quien décadas más tarde, de manera más abierta, repitió y amplió lo dicho en su historia de México. En esa ocasión, Zamacois (1888: 113) matizó la versión de la prensa liberal: el recibimiento que se hizo a los surianos no fue espontáneo, pues el gobierno de la capital ordenó que se celebrara con tres días de regocijos públicos, siendo la curiosidad, no la afinidad ideológica o el agradecimiento, lo que hizo que «el pueblo» se aglomerara para ver entrar al presidente interino y a su ejército, compuesto en su mayoría de pintos, que por su aspecto captaron la atención de la «culta capital» que por primera vez los veía.
Zamacois dijo que los surianos estaban llenos de «manchas amarillas, negras, rojas, azules, blancas y verdes, que les [… daban] un aspecto repugnante», eran de toscas facciones y áspero cabello; que abundaban entre ellos los negros y el «color prieto» y cetrino, producto de la mezcla de la raza indígena y la africana introducida por los conquistadores (Zamacois, 1855-1856: 28). Solo se distinguían de sus paisanos por el fusil, y su desaseo era más ostensible junto a «los excelentes uniformes […del] cuerpo de zapadores del ejército nacional, que […] adherido, como todo el ejército de línea, al plan de Ayutla después de la marcha de Santa-Anna […] entró acompañando a D. Juan Álvarez» (Zamacois, 1888 12-113, 115-116:).
Por su parte, el diplomático francés Alexis de Gabriac expresó en su comunicación epistolar su repulsión, y también la de los capitalinos acomodados, y afirmó además que su presencia era responsabilidad de posturas radicales -se refería a los puros muy posiblemente-:
Acompañado de sus pintos, Álvarez hizo el jueves 15 su entrada a [la Ciudad de] México ¡Qué espectáculo! […] Si los del norte son espantosos a los ojos de un europeo, los del Estado de Guerrero son repulsivos. Aparecieron vestidos con trajes que atestiguaban la miseria del tesoro y la indisciplina del ejército. A los lados de la formación de la columna, se veía a las mujeres, a caballo, llevando en la misma canasta hijos, harapos, maíz, pimienta, ajo, cebollas y frutas. La caballería ofrecía un aspecto aún más miserable por la enorme variedad de trajes, sin contar la impedimenta de los caballos. Esta entrada, muy tranquila, constituye la afrenta más sangrienta infligida por la revolución radical al orgullo de las gentes decentes de la capital. ¡Habría que escuchar los lamentos de los capitalinos ante la invasión de esta horda de salvajes [… y] oírlos confesar su ruina […]! (Díaz, 1963 226:).
Para 1861, en la antesala de la intervención tripartita a México, José G. Arboleya, español radicado en Cuba -de quien la prensa liberal dijo que había sido pagado «para halagar las pasiones de su pueblo» y que vertía los juicios más absurdos sobre los mexicanos y su gobierno constitucional20-, evocó el suceso, informado quizá por algún residente interesado en promover los reclamos españoles o legitimar la intervención.21 Silenciando la importancia o siquiera la existencia de la mayoría india o mestiza, y reconociendo solo a una minoría favorecida y blanca, afirmó que el «pueblo ilustrado de la capital» contempló «con estupor y sobresalto la entrada triunfal del caudillo indio que […] iba á regir á los descendientes de Hernan Cortés», y miró «con repugnancia el extraño traje y torva fisonomía de los pintos que componían su escolta y gendarmería semisalvaje […]» (Arboleya, 1861: 179-180).
Después, en 1872, el historiador conservador Francisco de Paula y Arrangoiz, criollo de alta posición social, colaborador de Santa Anna y Maximiliano, se refirió asimismo a los soldados de Álvarez como mulatos y pintos con manchas en la piel, y al recordar su entrada a la capital afirmó: de «asqueroso aspecto, muchos de ellos con más figura que de seres racionales, de monos; sucios generalmente, con oficiales de su misma raza; pueblo salvaje, muy poco numeroso felizmente, y era, sin embargo, uno de los elementos principales para dar libertad a Méjico» (Paula y Arrangoiz, 1872: 313, 343 y 346). Estaba implícito en sus palabras que era una insolencia que pretendieran ponerse al frente del país y ocupar cargos de mando, trastocando su rol de subordinación
Sus «salvajes e incivilizadas» costumbres
Pronto se desató una cascada de acusaciones contra los surianos en la prensa liberal moderada que inicialmente los elogió y que, en un giro de opinión -posiblemente con la intención de debilitar la posición de los liberales radicales y de Álvarez, y removerlo de la presidencia22-, refirió prolijamente sus excesos y desmanes. Sobre estos, y su supuesto uso incivilizado del espacio urbano, años después testigos socialmente acomodados refrendaron las críticas:
…tomaron cuarteles en los lugares céntricos de la ciudad y los infestaron al grado de no poder transitar […] los habitantes de la populosa ciudad, que por la falta de policía23 estaban muy disgustados […] (Rivera y Cambas, 1873: 481).
…adonde les cogía el sueño allí se echaban a dormir […] (Lombardo de Miramón, 1989: 73).
…ultrajaban a la sociedad [… al] hacer sus necesidades corporales públicamente, y con particularidad en los atrios de los templos […] (García Cubas, 1894: 89, en Bushnell, 2010: 246).
Acostumbrados al clima abrasador del Sur, el fresco de México en noviembre empezó […] á llenar de enfermos los cuarteles [… lo que] unido á la suciedad [… los convirtió] en pocos días en focos de inmundicia, de los cuales podia resultar una peste para la poblacion […] (Zamacois, 1888: 116).
La prensa afirmó que las señoras no podían caminar por las aceras porque ahí cocinaban un número considerable de mujeres,24 o porque ensuciaban «sus vestidos, con orines y otras […] inmundicias», y que de noche los transeúntes, frente a los cuarteles, tenían que bajarse al empedrado porque en las aceras, ahora habitación de los soldados y sus mujeres, se suscitaban escenas que ofendían la moral.25 En relación con esto, más tarde el citado Arboleya, ponderando la herencia cultural hispana frente a la inmoralidad de ese ejército nativo, arguyó abiertamente que el «pueblo ilustrado de la capital» atestiguó «en la plaza Mayor, aquella plaza espléndida y monumental, decorada un tiempo con la estátua ecuestre del gran Carlos III [sic, Carlos IV]», ofensivas escenas de consumación sexual a plena luz del día protagonizadas supuestamente por los pintos, guardias de Álvarez, «hartos de pulque» y alguna «mujerzuela de las que callejean en México» que, entre «ronca gritería», hacían palidecer las escenas «crapulosas» de los soldados norteamericanos de años atrás (Arboleya, 1861: 179-180).
Aún más, los pintos habrían causado desasosiego entre las capitalinas, según escribió el francés Gabriac al calor de los sucesos:
Atropellan a las mujeres y las roban a sus maridos; apuñalan a los hombres que las defienden y […], después de repartir machetazos, se van a beber aguardiente […]. Allí se niegan a pagar diciendo que son los soldados restauradores de la libertad de la patria. Anteayer en la plaza mayor de México, dos de estos salvajes quisieron cierto objeto en el almacén de una mujer y […] se lo llevaron. La vendedora gritó […]: salió su marido […]; uno […] con toda calma le abrió el vientre […y] continuó apaciblemente […] rumbo al palacio, después de haber limpiado su machete en la camisa. Nadie se atrevió a detenerlo. Las mujeres de sociedad no se aventuran a salir (Díaz, 1963: 228).
Donde la crispación de la prensa alcanzó un punto álgido fue justamente en relación con la confrontación sangrienta con la clase baja de la capital. El Pensamiento Nacional, sumándose a la campaña, llamó a las tropas de Álvarez «hordas surianas», y señaló que se podía pasar por alto la multitud de robos que cometían en las calles de la Ciudad de México con tal de que no hubiese otro daño, pero que era necesario castigar la violencia que cometían a diario, para que no corriera «en el mundo civilizado la noticia de que los soldados del ejército vencedor de la tiranía obraban en una capital ilustrada, á la vista […] del gobierno, con […] barbarie y desenfreno», pues «poco dóciles al yugo militar y mas propensos á servirse de su machete, que á respetar las leyes y el decoro público» ofendían, reñían y asesinaban al pueblo bajo de la capital.26
Resulta interesante observar las supuestas causas de la confrontación. En el propio álbum, Zamacois (1855-1856: 28) explicó que la falta de disciplina y uniforme de los surianos inspiró antipatía, y que dado el carácter pendenciero y bravucón de la clase baja de la capital y de los surianos, pronto se confrontaron con piedras y machetes entre sí, lo que causó desgracias y consternación. Pero El Ómnibus señaló otras causas, como la diferencia cultural y étnica:
…el pueblo bajo de esta capital, movido por una emulación grosera, y […] una antipatía resultante de la indiferencia [sic, diferencia] de raza, de costumbre y hasta de aspecto, profesa el odio más enconado a […] las tropas del Sur, odio que estos no dejan de pagar con creces teniendo […] la ventaja de estar armados y la arrogancia de pasar como libertadores. De semejante pugna de sentimientos resulta una porción de ataques […], cuyo resultado suele ser sangriento y cuya frecuencia va aumentandose en la más escandalosa progresion.27
En todo caso, no hay duda de que las críticas tuvieron un sesgo, lo que se evidencia en que los comentarios negativos sobre la conducta inapropiada de los soldados surianos no fueron excepcionales, pues en ellos no solo se vertían los prejuicios existentes hacia los sectores populares, sino en particular los que, a lo largo del siglo XIX, denostaron comportamientos semejantes de individuos pertenecientes a las fuerzas armadas o de seguridad de diversas instituciones, incluido el ejército permanente, en el que muchos de sus miembros de rango inferior eran reclutados por la fuerza, a veces entre hombres indisciplinados considerados «vagos, ociosos y mal entretenidos […] infractores y delicuentes menores», quienes protagonizaban desde deserciones, hasta alborotos, borracheras, peleas o insubordinaciones, a veces fatales o sangrientas, y distintos tipos de abuso, incluido el económico y el sexual, frecuentemente instigados por el alcohol, pero también por la pobreza, la falta de educación, o incluso la debilidad institucional que los obligaba a vivir en la precariedad, la suciedad, el hacinamiento y mal vestidos (Ceja, 2022, 2023). Al respecto, es muy ilustrativa una nota publicada en el periódico El Siglo Diez y Nueve una semana antes del arribo de Álvarez y sus soldados del sur, que muestra que la situación no era del todo distinta antes que después:
La casualidad nos ha hecho ser testigos de un cuadro de horror, al entrar en la mañana de hoy en el cuartel de S. Francisco: hemos visto hacinados unos sobre otros á los infelices soldados que en él se hallan acuartelados hasta el estremo de dormir más de setenta hombres en piezas sin ventilacion, hediondas y de diez varas cuadradas, en las que no hay sitio ni siquiera para los fusiles […] sin camas ni petates, y aún sin lugares comunes, resultando […] inconvenientes y peligros que está por demas espresar.
En el pequeño patio del cuartel, no cabe siquiera una compañía, y está aquello convertido en un hediondo muladar. No queremos describir todo lo repugnante de tal sitio, por no horrorizar á nuestros lectores.
Escitamos á las autoridades para que, por humanidad, remedien todos los sufrimientos de esos desgraciados soldados.
En frente del cuartel están acampadas en barracas formadas de sábanas y harapos, una tribu de mujeres, en un estado espantoso de miseria y desnudez.
Debe debiera igualmente ecsigirse a los padres de San Francisco diesen asilo á estas infelices. Esta seria una verdadera obra de caridad.28
La previa campaña de odio y miedo
Tras la profusión de acusaciones de los periódicos moderados y conservadores se estaba reforzando un temor alimentado desde tiempo atrás: que los surianos, instalados ahora en el corazón de la Ciudad de México, pudieran atentar contra las vidas y propiedades de los sectores acomodados, y en particular de la población blanca capitalina. Así lo expresó inequívocamente en sus cartas Gabriac, quien creía ver en los desórdenes los prolegómenos de una guerra civil con un cariz racial, y desde una mirada colonialista, sin ambages afirmó: «la población blanca se debilita numéricamente día a día; en tanto que la raza india, aleccionada por los radicales, empieza a comprender su importancia y su superioridad, y a querer trabajar para sí misma» (Díaz, 1963: 228).
De hecho, la confrontación de la elite económica y política criolla con el sur y sus dirigentes era histórica, y concebida efectivamente en términos raciales, pues desde tiempos de la insurgencia los líderes de la Tierra Caliente del Pacífico, ante el malestar social, movilizaron contingentes populares de origen étnico mixto, en los que se encontraban personas que descendían de esclavos africanos traídos a América en los siglos XVII y XVIII e indígenas campesinos (Ballesteros, 2010: 109-117). De esta confrontación da cuenta el polémico juicio y la ejecución del expresidente Vicente Guerrero en 1831, así como el tono xenófobo con el que políticos y hacendados se refirieron a lo largo del tiempo a él, a otros líderes sureños y a aquellos a quienes encabezaban. En 1829, por ejemplo, el historiador y político Carlos María de Bustamante, a pesar de haber sido cercano a José María Morelos, también afrodescendiente, al referirse a la solicitud hecha por Juan Álvarez de dinero para su tropa, afirmó: «¿quién creería que unos negros despreciables del sur, que ni figura tienen de hombres, vendrían un día a imponer al gobierno de México y a formidar a esta ciudad [la Ciudad de México]?» (Ballesteros, 2010: 135).
Desde la década de 1840 Álvarez se involucró de manera ambivalente y polémica en levantamientos y disputas por la tierra que enfrentaron a grupos de desposeídos con hacendados o terratenientes, en lo que se percibía como un conflicto entre clases e interracial. Al respecto, en 1845 el general Nicolás Bravo afirmó que la guerra del sur tenía por objetivo «la devastación de la raza europea de que se compone la parte pensadora de la nación» (González Navarro, 1976: 77). Para principios de 1854, en el periodo próximo a la publicación de la litografía de Castro objeto de este estudio, las tensiones se exacerbaron en el plano social y en la opinión pública a partir de que Álvarez se pronunció contra el gobierno santannista e impulsó el Plan de Ayutla con otros surianos.
El periódico conservador El Universal, instigando el miedo y evocando los horrores de la revolución que encabezaba, en 1854 le dedicó a Álvarez una campaña de desprestigio; lo llamó «pantera» y «antropófago» del sur, y lo retrató como un personaje infernal, violador y hasta parricida,29 promotor de la anarquía y de una sangrienta guerra de castas (MacGowan, 1978: 35-41 y 62). Fuese porque la prensa y la documentación oficial exageraron o porque efectivamente se entretejieron, hubo frecuentes noticias que relacionaron el bandolerismo, la violencia y el pillaje con la protesta social en contra de usurpaciones y despojos de los hacendados hacia comunidades indígenas. Defendidas estas por Álvarez, sus hombres se involucraron en las pugnas y tomaron poblaciones en el estado de Morelos, dirigidos eventualmente por algún pinto, mientras lanzaban vivas a la virgen de Guadalupe, al propio Álvarez y a Villalva (Barreto Zamudio, 2019 153, 164 y 254:).30
Para 1855 la prensa de España acrecentó el desasosiego al informar que, en Cuernavaca, al triunfo de la revolución de Ayutla, mientras las tropas santannistas huían y mientras los liberales descontentos atizaban la discordia, los pintos junto con indios de la localidad y entornos se lanzaron contra las autoridades, saquearon comercios y cometieron todo tipo de tropelías contra los españoles y sus propiedades, por lo que estos huyeron aterrorizados a la Ciudad de México. La prensa también informó que más tarde el presidente Álvarez ordenó que los aprendieran, pero que el jefe de la guarnición hizo caso omiso porque sabía que los asesinarían (Barreto Zamudio, 2019: 185-187). Aunque se difundieron amenazas de que España intervendría, en ese contexto de incertidumbre se entiende que el anuncio del arribo de los surianos a la Ciudad de México atemorizara (Arboleya, 1861: 184), y que familias como la de Concepción Lombardo, más tarde esposa del general conservador Miramón, abandonaran temporalmente la capital (Lombardo de Miramón, 1989: 66-67).
Finalmente, la salida de los surianos el 18 de diciembre de 1855 tras el reemplazo de Álvarez por Comonfort en la presidencia luego de múltiples tensiones e intrigas alivió a los grupos acomodados (Díaz, 1963: 240; Bushnell, 2010: 249).31 Gabriac afirmó que el caudillo había desvalijado la capital y embargado «todas las carretas, las mulas y los arrieros de la ciudad y de los alrededores para transportar a sus pintos y sus bagajes, mucho más considerables a su partida que a su llegada», pero que por fin las señoras de sociedad habían podido salir a las calles sin temor a ser insultadas, y que restableciéndose el orden, los cuarteles serían saneados para evitar un contagio de la «lepra del sur» (Díaz, 1963: 240).
No obstante, no terminó la intranquilidad, pues en los meses y años subsiguientes en Morelos continuó la confrontación de peones, hacendados y propietarios, así como las acusaciones a Álvarez; se afirmó que cuando había sido presidente sus secuaces cometieron «toda clase de desmanes» también en contra de «los súbditos mexicanos de raza española en las inmediaciones de Cuernavaca» (Barreto Zamudio, 2019: 191). Entre esos propietarios salió a relucir el nombre del político moderado Manuel Payno, ni más ni menos que uno de los escritores del álbum México y sus alrededores. La rispidez y la propaganda alcanzaron un punto culminante con el asesinato de trabajadores y familiares de un español dueño de las haciendas de San Vicente, Dolores y Chiconcuac en 1856, hecho del que se aseguró que los perpetradores eran igualmente milicianos de la sección Villalva -representada, cabe reiterarlo, en la litografía de Castro-, que también en esa ocasión vitorearon a su jefe y a Álvarez y lanzaron «mueras» a los españoles. La consternación escaló, pues España rompió relaciones con México y continuó pidiendo castigo para el cacique del sur, mientras su prensa lo calificó de mulato cuya ambición, instigada por sus dos hijos, engendrados con una negra, estaba al mando de los extraños y feroces pintos, que con su enfermedad contagiaban a las poblaciones a las que atacaban.32 En suma, el nombre de Álvarez para muchos se asociaba con la «guerra exterminadora de castas».
Desde otra perspectiva: los surianos pintados por sí mismos y por un literato liberal
Otras perspectivas políticas, la de los propios enjuiciados y la de un hombre que militó con los puros, pusieron en entredicho en el momento y más tarde la visión negativa y la multitud de críticas y señalamientos vertidos por un sector de la elite social y política.
Entre los surianos, se expresó a través de la prensa el general Diego Álvarez, futuro gobernador del estado de Guerrero, hijo y asesor de Juan Álvarez, posiblemente con un mayor grado de afrodescendencia que este,33 según algunos, y al igual que él educado en la capital. Álvarez hijo afirmó que sus soldados eran ciudadanos laboriosos y pacíficos, compasivos y desinteresados, no ladrones ni asesinos. Reconoció su indisciplina, pero la justificó afirmando que apenas habían tenido tiempo de aprender «á manejar las armas en defensa de las libertades patrias», incluida la de la prensa. Insinuó que había una ingrata y siniestra campaña para desprestigiar al ejército y a su caudillo basada solo en un parte policíaco, que magnificaba hechos de violencia menores en comparación con periodos previos. Aclaró que el conflicto y las desgracias ocurrieron luego de que un oficial ebrio vitoreó a Santa Anna y disparó a otros estando desarmados, pero que él de inmediato acudió y lo contuvo.
Afirmó que, por el contrario, eran los surianos los que salvaguardaban la capital de los desórdenes. Y para puntualizar quiénes eran los salvajes, recordó las acciones cruentas del ejército que llegó con Santa Anna desde la Ciudad de México y atacó a la población de ese estado: ese ejército «civilizador» fusiló hasta «a campaneros por no solemnizar la entrada de las tropas del dictador», y asesinó fríamente a mujeres, niños y habitantes indefensos para repartirse sus bienes; ahora había zonas asoladas y destruidas, y muchos ricos propietarios sureños estaban en la miseria gracias a aquella «invasión humanitaria». Sin embargo, de «tan refinada perversidad nadie se atrevió a llamar bárbaras á las legiones del tirano, ni aun después de caido».34
Confirmó la animadversión derivada de la diferencia cultural -no hizo referencia a la cuestión étnica- y dijo que ellos eran los agredidos, que la clase más ignorante, en la que había muchos desertores -por lo tanto traidores-, se burlaba «de las acciones, del traje y hasta del modo de hablar de los Surianos», que los insultaba y arrojaba piedras, y que ellos solo se defendían, «pereciendo varios en tales contiendas» o siendo asesinados en lugares solitarios donde eran arrastrados.35
La otra versión que conviene citar fue proporcionada por un liberal puro, Juan Antonio Mateos, quien vivió las atrocidades del periodo en carne propia y contribuyó con una importante labor literaria a la construcción del mito liberal en el último tercio del siglo XIX. En su novela histórica Memorias de un guerrillero, publicada en 1897, ridiculizó la reacción de la «petimetre» Ciudad de México que vio a los pintos como bárbaros. En cambio, exaltó el patriotismo y valentía de estos, recordando que, para derrotar la tiranía de Santa Anna, los que llegaron a la capital «con distinto color y traje» derramaron su sangre en las batallas, subieron a patíbulos y llenaron prisiones. Además, Mateos trastocó estereotipos: describió a algún propietario español que simpatizaba con la fracción radical y los pintos, o a un simpático oficial suriano de rostro azulado, finos modales, con recursos y educado en la capital, quien al cotillear con viejos camaradas de escuela -liberales puros, y criollo uno de ellos- se burlaba de lo pedestre de una fonda capitalina y su comida, y contaba de su amor a una bella y virtuosa suriana rubia, hija de un italiano. En su relato, los desmanes son contenidos o tienen un fundamento: los pintos acosan a una joven costurera para invitarla a pasear y atacan a quienes la defienden, pero terminan obedeciendo al citado oficial, que se disculpa y dice que son muy buena gente, pero no conocen de costumbres. El capítulo cierra con una riña a machetazos, producto de una burla hecha por los soldados -se sobreentiende que del ejército permanente que apoyó antes a Santa Anna- a los pintos, quienes ahora, junto con su oficial, defienden su honor (Mateos, s.f: 29-42.).
No es gratuito que tanto Álvarez hijo como Mateos mencionaran las pugnas entre el ejército de línea y el ejército suriano. Cabe recordar que, mientras los liberales puros pugnaron desde años atrás por quitar privilegios y fuero al ejército, y en ese periodo incluso por disolverlo, propusieron también la inclusión y movilización política de los sectores subalternos, lo que los distanció del resto del espectro político.
La invisibilización de las tensiones en los surianos de Castro:espacio público y decoro
La aversión que despertaron los surianos por su aspecto o actitud, presente incluso en el texto del mismo álbum México y sus alrededores (Decaen, 1855-1856), no es evidente en la litografía diseñada por Castro titulada «Trajes mexicanos. Soldados del sur», que los muestra instalados y en pacífica convivencia en el centro de la Ciudad de México. Los soldados charlan, reposan, comen o atienden a sus animales, y no se observa ningún desorden o actitud fuera de lugar, incluso se puede suponer que la caballería del fondo está llegando o partiendo para hacer un rondín y vigilar la capital, ahora bajo su resguardo (véase figura 1).
No hay un uso inadecuado del espacio público, aunque con su pobreza sí han invadido buena parte de la calle de San Juan de Letrán, frente a su cuartel en el convento de San Francisco que,36 en contraste con ellos, es el más suntuoso de la Ciudad de México, retratado fielmente por Castro en su costado suroeste -poco después sería destruido al intensificarse la confrontación entre liberales y conservadores-. Esto se corrobora al contrastar la imagen con el croquis publicado años más tarde por Antonio García Cubas (1904: 55) (véase figura 2). Ni siquiera hay basura, en contraposición a lo dicho sobre la gran suciedad ahí generada, por ejemplo, en El Siglo Diez y Nueve el 18 de noviembre, donde se apuntó la necesidad de una visita higiénica al cuartel de San Francisco para evitar que se desarrollara «allí alguna enfermedad epidémica y contagiosa de funestísimas consecuencias».37

Fuente: Colección Digital de Nuevo León.
Figura 2 Sin título [convento de San Francisco], en Antonio García Cubas, El libro de mis recuerdos, 1904. Fotograbado
En la litografía de Castro las mujeres o soldaderas que arribaron con el ejército suriano a la capital ocupan un lugar relevante y contribuyen a una imagen de tranquila convivialidad, a diferencia de los diversos testimonios que o soslayaron su presencia o solo las mencionaron para reprochar su poca civilidad y supuestos actos inmorales en la vía pública. Además, a contrapelo de la prejuiciosa afirmación de Zamacois (1855-1856: 28) en el álbum respecto a su indolencia -algo menor que la de los hombres-, muestra las pesadas tareas que desempeñaban, pues a la izquierda una de ellas carga un bulto grande sobre su espalda -elementos de un vivac (Strobel, 2024: 118)38 o improvisado campamento militar- y una canasta con ropa en mal estado, quizá para remendar o lavar,39 en tanto que otra, apenas abocetada en el fondo, podría ser una vivandera -vendedora de comida y víveres-, pues se le ve solitaria y sentada en el suelo con varios objetos indiscernibles en torno a sí.
Desde tiempos insurgentes mujeres de extracción humilde, como las retratadas por Castro, se desplazaron junto con los soldados mexicanos y establecieron con ellos vínculos sentimentales, familiares o sexuales; compartieron la rudeza e incomodidad de una vida azarosa, enfermedades, peligros y hasta la muerte, y se encargaron de la comida, la limpieza de la ropa y los hijos, pero también de allegar recursos a la tropa y obtener ganancias para sí, cuando en campaña se atacaba o despojaba a poblaciones por las que transitaban. De manera frecuente padecían maltratos40 y violencia sexual. Su condición era producto de múltiples factores sociales como pobreza, desarraigo, violencia sistemática, etc. Eventualmente fueron descritas como mujeres abnegadas, pero más a menudo fueron mal vistas desde el discurso de clase y género de la elite de escritores, médicos y militares, que las describieron como vagabundas, concubinas cínicas o prostitutas del ejército, y hasta feas,41 como hizo el mismo Zamacois (1855-1856: 28) en el álbum.
Respecto a los soldados, a pesar del temor que causaron, no se observan actitudes amenazantes, aunque el oficial ubicado casi al centro tiene el ceño fruncido, lo que evoca las denostaciones sobre la «torva fisonomía» o ferocidad de los surianos, pero que podría significar también un rasgo de firmeza y valentía. No se trasluce un uso violento de sus armas y típico machete, con las cuales, según la prensa que los legitimó y ellos mismos -en voz de Diego Álvarez- habían asegurado, continuaban defendiendo la causa liberal y la capital misma del ejército conservador. En relación con esto, Castro tuvo cuidado en documentar la expresión autolegitimadora de los surianos, plasmada en las etiquetas de sus sombreros, que exaltan su lugar de procedencia y su compromiso militar y político con las frases «Viva el sur», «Viva Villalva» y «Muera el tirano» (véase figura 3). Esta postura política fue ponderada por unos como heroicidad, por haber liberado al país del yugo santannista, y por otros como expresión de ilegitimidad y pretexto para violentarlo y controlarlo. A este respecto, se ha comprobado la existencia de un liberalismo popular para otras regiones de México, pero al menos por ahora no para el caso guerrerense; en cambio, se ha demostrado que fueron problemas locales y concretos, y la búsqueda de su resolución, lo que movilizó a sus campesinos, y que individuos interesados en la política nacional fueron quienes dieron cauce a su adhesión (Strobel, 2024: 29-30 y 85).

Fuente: Internet Archive.
Figura 3 Casimiro Castro, «Trajes mexicanos. Soldados del sur», en México y sus alrededores, (Decaen, 1855-1856). Litografía, detalles
Por lo que se refiere a la precariedad de los soldados, criticada por unos y ensalzada por otros, Casimiro Castro no la oculta: la mayoría están descalzos, despeinados, y algunos tienen algo ajada la ropa. Carecen de uniforme y en su atuendo, común a los paisanos del sur,42 han improvisado algunos accesorios militares: sobre la camisa suelta una sencilla fornitura y un fusil, y para distinguirse, los oficiales de capitanes para abajo, tan solo unas «presillas en los hombros de la camisa, ó […] chaqueta de dril blanco» (Zamacois, 1855-1856: 28). Esto último indica que el hombre ubicado casi al centro, con calzón raído pero con zapatos, que mira hacia el espectador y charla con un chinaco que da la espalda es, al igual que este, justamente un oficial, lo que constata la lamentación de Arrangoiz en cuanto a que los oficiales no se distinguían étnicamente del resto de la tropa.
Pero en general Castro mantiene su imagen dentro de un margen de decoro, pues al contrario de lo expresado en las críticas, ha omitido mostrar la semidesnudez y el desaseo de sus personajes -lo mismo ocurrió en las otras láminas del álbum-. Esta relativa contención se percibe mejor si se compara con un cuadro al óleo conservado en el Museo Nacional de las Intervenciones (véase figura 4) que retrata a varios soldados liberales vestidos improvisadamente, algunos sin camisa y con la ropa hecha andrajos.43 En cuanto a Castro, incluso ha conferido a los animales buen aspecto, aunque en su novela Juan A. Mateos (s.f.: 29) refirió que sus caballos estaban flacos y sus monturas envejecidas.

Fuente: Museo Nacional de las Intervenciones, Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fotografía Mtro. Jorge Sandoval Pardo
Figura 4 J. Gómez, sin título, copia de una imagen del siglo XIX. Óleo sobre tela
Conviene subrayar que la característica más significativa que Castro ha borrado en la fisonomía de sus personajes es el estigma en la piel por el mal del pinto,44 a pesar de que se ha señalado la altísima prevalencia de la enfermedad entre las tropas de Álvarez (Zamacois, 1855-1856: 28; Mateos, s.f.: 29), y muy en particular entre la citada fuerza de Villalva, que en buena parte provenía de la región del Mezcala (Belarmino Fernández, 2013: 11), zona muy afectada por la enfermedad, a tal grado que un estudio médico publicado décadas después se ilustró justamente con la imagen de un lugareño de la región con notorias afectaciones cutáneas (véase figura 5).

Fuente: HathiTrust
Figura 5 Dibujado del natural por P. Monroy (Litografía de Iriarte), «Manchas azules en un indígena de la Cuenca de Mexcala (Estados de Michoacán y Guerrero)», en Gaceta Médica de México, 1 de febrero de 1881. Cromolitografía
Se ha afirmado que los pintos eran indígenas y mestizos porque la enfermedad no afectaba a los negros o mulatos (Strobel, 2024: 95), lo que podría llevar a la sospecha precipitada de que en la escena estudiada no hay afrodescendientes. Pero esa afirmación es inexacta porque, aunque en la época se llegó a creer erróneamente que la enfermedad afectaba más a determinadas razas, estudios posteriores aclararon que se propagaba más entre los indígenas porque era endémica en la zona que ellos habitaban (Costilla Leyva, 2014: 148),45 contigua a ríos.
La ambigüedad de la condición étnica en los surianos dibujados por Castro
No es fácil saber cuál pudo ser el posible grado de mestizaje o de presencia de afrodescendientes entre las tropas de Jesús Villalva, que además de la zona del Mezcala provenían también de Iguala (Strobel, 2024: 139).46 Si bien son valiosos los datos relativos al territorio del actual estado de Guerrero levantados en el siglo XIX por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, no siguen criterios sistemáticos y no permiten resolver la cuestión;47 sin embargo, hay información e indicios recogidos antes y después que pueden dar luz sobre el tema. Casi ocho décadas antes, en 1777, en el curato de Iguala había un 16 % de mulatos entre la población (Von Mentz, 2016: 60), y cuando este se integró al curato de Taxco, en el periodo comprendido entre 1794 y 1799, había en toda esa jurisdicción una proporción de cuatro a uno entre tributarios indígenas y mulatos -3 200 los primeros y 892 los segundos- (Pavía Guzmán, 1998:288-289). En cuanto a la región central, que es en la que se ubicaría la región de Mezcala, era eminentemente indígena y contaba entre 1741 y 1745 apenas con un 2 % aproximado de población afrodescendiente,48 pero en algunas zonas de esa misma región central, como Tixtla, entonces capital del estado, había un 10 % de población mulata entre los años 1791 y 1804 (Pavía Guzmán, 1998: 289).49 María Teresa Pavía Miller (2016: 127) observa que la población afrodescendiente en el territorio del actual estado de Guerrero fue en aumento desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX. Al margen de lo que puedan aportar datos más precisos que escapan al alcance de este trabajo, conviene también considerar que en la actualidad Guerrero es la zona con mayor porcentaje de afrodescendencia en México (8.8 %), la cual es también significativa en el municipio de Eduardo Neri (Amaro Clemente, 2022: 12),50 donde hoy se ubica Mezcala. En resumen, todo lleva a pensar que en efecto la ascendencia africana estuvo presente entre las tropas de Villalva.
En cuanto a la imagen de los surianos, quizá Castro eludiera deliberadamente la representación de la negritud, como hizo con las manchas en la piel, pues, aunque fue ampliamente reconocida la ascendencia africana de muchos soldados del sur, en su imagen no es visible. No obstante que el cabello de algunos parece crespo51 o su nariz ancha, ni su cara ni su color los distinguen de otros tipos étnicos representados en el resto del álbum, por ejemplo, indígenas. Esta ambigüedad resalta si se contrasta con dos imágenes de tropas afines donde la afrodescendencia es clara: «Garde Civique D’Alvarado, descendante», del italiano Claudio Linati publicada en 1828 (véase figura 6), o «Soldados de la Brigada Roja, partidarios de Juárez», acuarela pintada entre 1858 y 1860 en Veracruz por el suizo Johann Salomon Hegi.

Fuente: Internet Archive.
Figura 6 Claudio Linati, «Garde Civique D’Alvarado, descendante», en Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique. Dessinés d’après nature, 1828. Litografía coloreada
Tampoco en el boceto de Casimiro que precedió a la litografía «Soldados del sur» hay rasgos inequívocos de negritud (véase figura 7). De hecho, no está claro si Castro se apoyó en apuntes del natural para retratar a los surianos o si, como se ha sugerido, copió reelaborándolas varias figuras de un grabado cuyo diseño fue realizado por Johann Moritz Rugendas,52 publicado en el libro Mexiko und die mexicaner o Mexiko: Landschaftsbilder und Skizzen aus dem Volksleben (véase figura 8), escrito por Carl Christian Sartorius -alemán residente en México- y editado al menos en 1855, 1859 y años subsecuentes. La similitud entre la imagen de Castro -boceto y litografía final- y la de Rugendas es evidente, pero por su contemporaneidad por ahora no es posible asegurar quién copió a quién.53 Sin embargo, se observa que las figuras del mexicano son mucho menos esquemáticas que las diseñadas por el alemán54 y, por lo tanto, si Castro fue el que copió, las «mejoró» en cuanto a que les confirió un relativo grado de realismo y detalle.

Fuente: Museo Soumaya.
Figura 7 Casimiro Castro, Los pintos de Don Juan Álvarez en la Calle de San Juan de Letrán, 1855-1856. Dibujo

Fuente: Bavarian State Library
Figura 8 Johann Moritz Rugendas dibujó (G.M.Kurz grabó), «Soldados (cívicos) de Tierra Caliente y fruteros», en Mexiko und die mexicaner o Mexiko, 1855
Sin embargo, en su obra Casimiro a menudo resolvió sus figuras con cartabones, sin gran caracterización, por lo que, por ejemplo, muchas de sus mujeres indígenas o mestizas podrían pasar por criollas o europeas, a no ser por su traje. Pero en ocasiones, además de las diferencias sociales y la multiculturalidad de quienes vivían o transitaban por la capital, detalló más la plurietnicidad, como se observa en otra lámina suya para el álbum (véase figura 9), donde aparece en el lado derecho un mantequero cuya afrodescendencia sí es evidente. Otro ejemplo en que la diferencia étnica y la negritud también son patentes en el álbum lo ofrece otra litografía en la que se ve a un negro mascogo entre un grupo de indios kikapoos, imagen que posiblemente no fue elaborada por Castro (Bonilla, 2021b: 4).

Fuente: New York Public Library.
Figura 9 Casimiro Castro, «Trajes mexicanos», en México y sus alrededores (Debray, 1869). Cromolitografía
Interesa observar lo que al respecto pudiera aportar «Soldados de la Reforma en una venta», la otra excepcional representación de la misma sección Villalva del ejército del sur que hacia 1858 pintó Primitivo Miranda, en la que por cierto tomó como punto de partida para sus principales personajes a varios de la litografía de Castro, aunque reelaborándolos de manera muy personal.55 Obsérvese que los rasgos faciales que el pintor dio a uno de sus protagonistas al centro-izquierda en el primer plano, por el grosor de su nariz y boca, sí podrían identificarse con los de un mulato (detalle, véase figura 10). Como sea, varias ambigüedades de la imagen de Castro parecen estar presentes de igual modo en la de Miranda, que tampoco muestra las manchas en la piel ni su supuesto desaseo, y en su caso ni siquiera la ropa raída.

Fuente: Museo Nacional de las Intervenciones, Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Figura 10 Primitivo Miranda. «Soldados de la Reforma en una venta», 1858. Óleo sobre tela
Por ahora, el asunto en cuanto a la afrodescendencia queda un tanto abierto, pero con indicios importantes. Al respecto, el propio texto de Zamacois (1855-1856: 28) que describe la estampa es confuso cuando afirma que había muchos negros y pintos en la región calurosa del sur, y a la vez comenta que la imagen es fiel y los muestra «perfectamente dibujados». En suma, deliberadamente o no, Castro hizo una representación ambigua o poco definida de las características de los surianos que incomodaron a las clases acomodadas.
Consideraciones finales
En un ambiente de polarización política y social, la presencia de los soldados del sur en la Ciudad de México fue ampliamente criticada y vista con horror por una parte de la elite política y social criolla que no estaba dispuesta a que se pusiera a la cabeza de México un líder con una calidad étnica distinta, apoyado por un contingente con el mismo origen. El cuestionamiento sobre lo que consideraron su aspecto desagradable e inadecuada conducta en el espacio urbano capitalino sirvió además para objetar el triunfo de los liberales radicales que los impulsaron.
No obstante, no todos opinaban igual.56 La litografía de Castro no hace una exaltación grandilocuente de los surianos, pero tampoco se aviene con las críticas de las elites conservadora y moderada; por el contrario, propone una imagen decorosa y relativamente idealizada de ellos. Aunque no oculta su improvisación militar y pobreza -heroicas para algunos-, tampoco muestra las condiciones o actitudes que indignaron: Castro escamotea su desaseo, desnudez y el estigma en su piel por el mal del pinto, y no da indicios de actitudes de incivilidad, violentas o amenazantes. Las mujeres, invisibilizadas o apenas mencionadas en el resto de los testimonios por el mal cariz que daban a la tropa, por su incultura o desvergonzada relación con los soldados, contribuyen a dar un aire de laboriosidad y tranquilidad a la escena. Mostrar el rostro pacífico de esta tropa resulta importante porque precisamente la brigada Villalva, a la que pertenecían si no todos varios de los soldados, había estado y continuaría en boca de la opinión pública por su supuesto vandalismo y violencia.
En suma, Casimiro Castro ofrece una imagen dignificada de los soldados de Guerrero. En primera instancia esto se debe seguramente a que la lámina formaría parte de un álbum con una vocación amena, recreativa y comercial, que compilaba vistas idílicas de la Ciudad de México y sus habitantes, destinadas tanto al consumo local de un público familiar con poder adquisitivo, como al de visitantes extranjeros que lo adquirirían como souvenir de viaje. Pero la idealización también pudo deberse a que, como buen empresario, Decaen, su editor, sabía que podía aprovechar el agrado o impulso publicitario que entre los liberales radicales y sus simpatizantes tuvo al menos en un inicio la llegada de Juan Álvarez y su ejército del sur a la Ciudad de México, de lo que dan cuenta además varias entusiastas reseñas periodísticas que se les brindaron en un ambiente de euforia política por la caída de Santa Anna, y también algunas hojas volantes con versos populares,57 las cuales usualmente salían de imprentas ínfimas para exaltar el ascenso, o a veces la caída, de los gobernantes y sus grupos de apoyo.
Pero la simpatía de inmediato empezó a verse opacada por los jaloneos políticos. Los liberales moderados, más cercanos a la postura conservadora respecto de las clases bajas, dieron amplio vuelo en la prensa a los hechos de violencia en que se vieron inmiscuidos los surianos, y aunque con menos insistencia, también se refirieron a las afectaciones que causaba su presencia en las calles de la capital. Fue sobre todo al cobijo de la privacidad o del tiempo, en la intimidad de sus cartas y en posteriores testimonios históricos, donde para desacreditar a los liberales puros señalaron su incivilidad e inmoralidad, o la repulsión que les causaba su aspecto. Ahí expresaron más claramente su temor de que se salieran de control, considerando seguramente hechos históricos de violencia popular -como el motín de 1829 o la revuelta de 1840-, pero sobre todo la agitación ocurrida en la última década, también recientemente en los estados del sur, en la que Álvarez y sus pintos, incluyendo los de Villalva, estuvieron implicados.
Por ahora no hay elementos para suponer que la dignificación en la imagen de los surianos se debió a una simpatía o inclinación política hacia el liberalismo radical por parte del editor o del propio Casimiro Castro quienes, en una edición posterior del mismo álbum, desde un punto de vista opuesto políticamente, se mostraron empáticos con la intervención francesa. Al margen de lo que se pudiera especular sobre esto y la nacionalidad del editor, seguramente lo hicieron para capitalizar las circunstancias, al igual que cuando en 1869 incorporaron una lámina sobre la inauguración del ferrocarril en Puebla por el triunfante Benito Juárez. Sin embargo, no deja de llamar la atención un comentario vertido en 1864 por Manuel Orozco y Berra en la segunda edición del propio álbum, quien de paso menciona que la decisión de insertar en la vista de Palacio Nacional una escena de otro ejército liberal se debía a la decisión del artista (Orozco y Berra, 1869: 47), es decir, a Castro. A este respecto, tal vez no fuera gratuito que el pintor liberal Primitivo Miranda partiera de la litografía idealizada de Castro para elaborar un cuadro igualmente idealizado.
La lectura de las imágenes de Casimiro Castro, y de cualquier artista, debe buscar sus claves en el marco histórico. Evidentemente, la significación de la litografía aquí estudiada no fue la misma para quienes simpatizaron con las propuestas liberales que para quienes las abominaron. En un contexto cambiante, la imagen, que siguió circulando en las ediciones posteriores y a la que incluso se le añadió color,58 con seguridad se fue rápidamente cargando de nuevos significados; el hecho singular de que la escena de los surianos tuviera como fondo el convento de San Francisco en el corazón de la Ciudad de México ayuda a entender cómo fue operando dicha resignificación, pues meses después, en septiembre de 1856, el recrudecimiento de la resistencia y las pugnas de los conservadores desembocaron en el inicio de la demolición del emblemático convento. Su pérdida, junto con la de otros conjuntos conventuales y templos, dejó una honda huella emocional en quienes amaban la antigua ciudad colonial y veían cómo se desmoronaba. Resulta improbable que en el nuevo contexto pasara desapercibida la carga ahora subversiva de la imagen. Unos verían en ella los agravios cometidos por los liberales -el trastorno social y la pérdida del patrimonio edilicio-, otros por el contrario el triunfo del pueblo sobre la hipocresía clerical y el camino hacia el progreso.
Como se ha dicho, se aprende más del pensamiento xenófobo de quienes lo sustentan que de la población a la que intentan describir (Suárez Argüeyo, 2007, en Ballesteros Páez, 2017). Los juicios de la elite capitalina no fueron descripciones neutras, sino expresiones de una construcción política y cultural compartida por una comunidad minoritaria con valores afines que ponderaba su herencia cultural europea, frente a una alteridad en condiciones de marginalidad y con un fuerte componente rural indígena y afrodescendiente que, alzándose en armas, cuestionó la funcionalidad de esa visión para la mayoría de la población. Si esta alteridad, mayoritaria en México, pudo beneficiarse o si benefició a otros, es tema de otro trabajo. Sabemos que tanto el clero como las comunidades indígenas fueron víctimas de las leyes de desamortización.















