En la era de la globalización acelerada, con sus múltiples crisis sociales, económicas y ecológicas, el campo conceptual de lo precario ha demostrado ser una herramienta central para analizar y comprender nuestro tiempo contemporáneo.1 Más allá del contexto académico, las imágenes de lo precario circulan en la producción cultural y los medios de comunicación. El activismo social y legal, así como las políticas institucionales, intentan abordar los procesos generalizados de precarización. Por último, pero no menos importante, la precariedad también es un desafío que debe enfrentarse y comprenderse en las prácticas cotidianas. El campo semántico de este concepto hoy en día abarca mucho más que su enfoque económico original en las relaciones laborales y salariales, incluyendo diversas áreas de la vida social y cultural que van desde la pobreza, la informalidad y la marginación, hasta experiencias de violencia o vulnerabilidad y escenarios de amenaza ecológica. Lo que es común a todas estas áreas es que lo precario está estrechamente vinculado a la contingencia, la crisis y las amenazas existenciales. En otras palabras, transmite un fuerte sentido de disrupción temporal, desempoderamiento y desposesión, con profundas implicaciones para la constitución afectiva y psicológica del sujeto precarizado y su capacidad para actuar sobre su entorno. Al mismo tiempo, el debate también se ha centrado en la división geopolítica en las relaciones Norte/Sur. Las dinámicas de precarización a menudo trascienden las fronteras, creando formas fluidas y flexibles de explotación capitalista que pueden ser rastreadas a relaciones de poder organizadas globalmente, ubicadas de manera difusa y en constante cambio. Las confrontaciones militares, el genocidio y el capitalismo gore (Valencia) del crimen organizado producen formas de precarización con ramificaciones mundiales. Además, la migración transnacional se ha convertido en un tema de investigación destacado, ya que puede considerarse uno de los escenarios clave del conflicto entre el Norte y el Sur. Por lo tanto, existen muchas razones para afirmar, como lo hace Anna Tsing, que el estado fluido de la realidad en la globalización actual produce una “condición de precariedad a escala mundial” (4)2 en la que el reconocimiento por parte de la humanidad de la interconexión y la vulnerabilidad mutua de múltiples especies es de vital importancia para poder vivir a pesar de la lógica extractivista del capitalismo globalizado.
Cualquier afirmación universalista que surja al abordar la dimensión globalizada de la precariedad, sin embargo, debe superar la prueba de no proyectar una normatividad eurocéntrica sobre un mundo en el que existen profundas diferencias en cuanto a qué se entiende y experimenta como precario. Esta crítica al universalismo eurocéntrico ha sido articulada de manera muy efectiva por una serie de académicos prominentes involucrados en el campo de los estudios del Sur Global.3 Desde su perspectiva, la precariedad puede ser vista como un imaginario geopolítico que (re)construye nociones estigmatizantes y esencialistas sobre el Sur. Aunque reconocemos la necesidad de “provincializar” la producción de conocimiento académico en lo que respecta a lo precario, como ha sugerido Muehlebach (2013), nos gustaría argumentar aquí que los estudios del Sur Global deben explorar más a fondo la efectividad heurística de las categorías de investigación basadas en la noción de lo precario. Esto se debe a que, a nuestro criterio, es dudoso que la gama de categorías de investigación que han dominado este campo en las últimas décadas, tales como la informalidad, la marginación y la inequidad, pueda desempeñar una función idónea con respecto a la normatividad eurocéntrica subyacente. Además, existe una distinción notable entre estas categorías y lo precario: la semántica de lo precario transmite un sentido de exposición a la contingencia y está enraizada en una experiencia de asimetrías de poder radicales con subsecuentes ramificaciones éticas y políticas. Más que cualquiera de las categorías mencionadas anteriormente, el campo semántico de lo precario está estrechamente vinculado a la experiencia de efectos deletéreos en la existencia de aquellos expuestos a ello.4 Debido al sufrimiento humano involucrado, provoca una profunda irritación a nivel epistemológico. Esta irritación revela que cualquier tipo de posicionamiento autoritativo de conocimiento sobre lo precario es problemático, a menos que se relacione con la experiencia de aquellos que están realmente involucrados en las dinámicas sociales de la precarización.
Como consecuencia, sugerimos que lo precario no se conciba como un dato antropológico dado o como un atributo que se asigne a cualquier sujeto o grupo social, sino más bien como el resultado de complejos procesos de producción social y cultural que involucran una amplia red de actores que abarcan todo el espectro social. Por ende, entendemos lo precario como algo inevitablemente dinámico y relacional, que se encuentra estrechamente vinculado a la dimensión performativa de las prácticas significantes con las que damos sentido al mundo y a nuestro entorno, y puede considerarse como operativo y eficaz en todos los niveles de la interacción social y política.
Para demostrar su alcance, nos gustaría señalar dos tendencias actuales en el debate que abordan, respectivamente, el nivel micro y macro social. La última se refiere a lo que Millar ha llamado el “trabajo político (a menudo oculto) que el concepto de precariedad representa” (2017: 1)5 al negociar los fundamentos de lo social bajo las múltiples formas locales del capitalismo tardío. A nivel macro, se hace evidente que la precarización de grandes sectores de la población proporciona una poderosa contranarrativa a la promesa de progreso y emancipación de la modernidad liberal. En consecuencia, el papel del Estado moderno en procurar el bienestar de sus ciudadanos se ha vuelto debatible, ya que las políticas públicas recurren cada vez más a “gobierno mediante la inseguridad” (Lorey: 20).6 Al mismo tiempo, los movimientos sociales asumen el desafío de contrarrestar los mecanismos de precarización y son atraídos por una imaginación política en la que lo precario revela dialécticamente su potencial transformador (véanse Neilson y Rossiter, Paret y el artículo de 2017 de Millar). Teniendo en cuenta las múltiples maneras en que las instituciones ejercen su poder en diferentes contextos políticos del Sur Global, tiene sentido ver las políticas de la precariedad a este nivel como “regímenes de subjetividad” (Mbembe y Roitman 1995).7
La tendencia anterior se vuelve visible cuando se pasa del nivel macro de las instituciones sociales a los “microespacios de la vida cotidiana” (Ettlinger: 93).8 En este contexto, el concepto de precariedad permite abordar las formas en que las personas experimentan la precarización, sintiéndose expuestas a contingencias, crisis y consecuencias que son deletéreas para su existencia; además de revelar cómo comprenden estas dinámicas, cómo mapean las constelaciones de actores y cómo aprenden a actuar basándose en este conocimiento. En este sentido particular, un enfoque centrado en el sujeto puede mostrar cómo en escenarios cotidianos concretos las personas desarrollan y despliegan recursos sociales y culturales frente a amenazas existenciales que les ayudan a navegar, resistir y superar formas de desposesión, amenaza y condiciones adversas. Los sistemas de inteligibilidad y las narrativas mediáticas que circulan en sus contextos sociales pueden ser utilizados por las personas involucradas en dinámicas de lo precario para idear sus propias formas de hacerles frente. El conocimiento que extraen de los procesos de precarización no depende de ninguna terminología preestablecida e incluso puede ir más allá de la verbalización, dada la importancia de las formas de conocimiento encarnado en este contexto. En cualquier caso, es importante reconocer que la precarización no reduce forzosamente a las personas a la abyección, sino que más bien constituye un régimen de subjetividad en sí mismo.
Al tener en cuenta este espectro de fenómenos distintivos, pero interrelacionados, este artículo explora cómo el debate sobre lo precario puede contribuir a la comprensión de subjetividades en disputa y en conflicto en el Sur Global. En la primera sección de este trabajo abordamos brevemente una serie de enfoques canónicos sobre lo precario que han sido cuestionados debido a los presupuestos subyacentes sobre la formación del sujeto en los que se basan. Exploramos las implicaciones que esta crítica podría conllevar, utilizando la reciente contribución de Ritu Vij a este campo desde la perspectiva de los estudios de las relaciones internacionales, incluida en Precarity and International Relations: International Political Economy Series (2021). En la segunda sección, desarrollamos una caja de herramientas teórico-metodológica para el estudio de lo precario, basada en diversas tradiciones de investigación en las humanidades y ciencias sociales que utilizan las figuraciones como un marco relacional y procesual para el análisis social y cultural. Planteamos que las figuraciones de lo precario son una manera de avanzar con un enfoque centrado en el sujeto que es capaz de superar algunas de las limitaciones de los preceptos eurocéntricos sobre la subjetividad en este campo.
Encarando las teorías del sujeto en los estudios sobre la precariedad
Aunque el primer enfoque sociológico sobre el trabajo precario se remonta al uso del término précarité por parte de Bourdieu en la década de 1960 para referirse a los trabajadores en la Argelia colonial (Bourdieu 1963), no fue sino hasta finales de la década de 1990 que los estudios sobre la precariedad comenzaron a experimentar su auge actual, centrándose en las consecuencias del declive del estado de bienestar fordista en Europa y Estados Unidos.9 Durante aproximadamente una década, el campo semántico de lo precario —que abarca conceptos teóricos ampliamente discutidos como precariedad [precarity], precariedad exacerbada [precariousness],10 precariado y precarización— también ha ido ganando terreno en los estudios sobre el Sur Global. A pesar de la amplia crítica a las normas fuertemente eurocéntricas presentes en los estudios de la precariedad en el Norte, una serie de académicos del Sur ha recurrido a categorías relacionadas con lo precario, reconociendo el hecho de que la transformación del trabajo en una economía globalizada postfordista no puede considerarse, en modo alguno, el único componente de los fenómenos generalizados de desposesión, condiciones de vida informales, exclusión social y vulnerabilidades, que son clave para comprender lo precario. La estructura profunda de la colonialidad en las sociedades del Sur Global, así como las relaciones de casta, raza y las relaciones de género represivas, se entrecruzan con las formas económicas de explotación, la devastación ecológica y la falta de acceso a infraestructura. Además, los temas relacionados con la precariedad han sido discutidos en debates sobre subdesarrollo, marginalidad, informalidad y exclusión en las sociedades del Sur Global mucho antes de que los estudios sobre la precariedad en la sociología del trabajo se volvieran dominantes en el Norte Global (véase a Braga, Cuevas Valenzuela y Scully). Por lo tanto, existe un cuerpo de investigación relevante sobre el Sur Global que, en realidad, precede a los estudios sobre la precariedad en el Norte, y debe reconocerse que, para la mayor parte de la población mundial, el Estado de bienestar keynesiano, que sirve como norma para los estudios sobre la precariedad en el Norte, en realidad constituye una excepción histórica (Munck: 752).11
Hoy en día, un número creciente de investigadores en los estudios sobre el Sur Global señala las ventajas heurísticas que tiene la categoría de lo precario frente a algunas de las categorías dominantes utilizadas en la investigación sobre el Sur, como la informalidad, la desigualdad o la marginación, y utilizan cada vez más categorías relacionadas en los estudios sobre el Sur Global (véase Cuevas Valenzuela, During 2015a, Paret, Paret y Gleeson, Cruz-Del Rosario y Rigg). Es particularmente significativo para nuestro contexto que, a partir de 2015, una serie de académicos iniciaron una crítica de gran alcance a la subalternidad como la categoría distintiva de las teorías poscoloniales sobre la subjetividad y sugirieron utilizar en su lugar la de precariedad. Simon During tiene el mérito de haber dado un impulso clave en esta dirección con su artículo “From the Subaltern to the Precariat” (2015b). De hecho, este texto retoma la conferencia magistral que dictara en el marco de un simposio con motivo del 30º aniversario de los Estudios Subalternos en 2011.12 Aunque no estemos de acuerdo con el erudito análisis literario de During que vincula la condición de precariedad exacerbada [precariousness] con la tradición paulina del cristianismo, el artículo incluye un prólogo programático sobre cómo el precariado podría convertirse en una categoría clave para analizar nuestra época.
En 2017, Melinda Hinkson utilizó este prólogo para justificar el uso del término precariedad y más tarde sugirió “refigurar lo poscolonial para tiempos precarios” (2020).13 El argumento principal de During señala las formas en que el campo semántico de lo precario14 es más apropiado que el término subalternidad para abordar dos dinámicas principales de las tendencias actuales en la globalización neoliberal, ya que “las relaciones de dominación y subordinación, relativamente estables geográfica y culturalmente, están siendo reemplazadas por condiciones de privación e inseguridad, relativamente inestables y dispersas” (2015b: 58).15 Al centrarse en la privación, During hace eco de uno de los principales puntos de entrada de los críticos post subalternos, quienes afirman que el arraigo de los estudios subalternos en la lógica del culturalismo se debe a que tienen un punto ciego teórico en cuanto al papel desempeñado por la economía (Chibber 2013). Sin embargo, lo clave en la formulación de During es que la privación económica va acompañada de un sentido de inseguridad que resuena con el sentido generalizado de inestabilidad y dispersión de las estructuras de poder en tiempos de globalización.
Una serie de académicos que abordan críticamente posiciones largamente sostenidas dentro de los estudios subalternos resuenan con la forma en que During señala la aspiración de las ciencias sociales y las humanidades por confrontar las realidades mucho más volátiles de las crisis globalizadas. Prathama Banerjee, por ejemplo, coincide con los argumentos de During en su contribución a The Subaltern after Subaltern Studies (2015)16 afirmando que el “binario crítico de dominante-subalterno” ya no parece ser una herramienta analítica adecuada en un mundo donde “la miseria y la desigualdad comienzan a experimentarse como en entramado difuso de relaciones sociales o una red global y transinstitucional de causas y efectos” (Banerjee: 46). 17 18
Resumiendo las principales posiciones del giro hacia la precariedad, se debe afirmar que el potencial innovador de este debate radica en el hecho de que lo precario transmite, paradójicamente, tanto una noción fuerte de privación económica, basada en el interés prolongado de la sociología en las relaciones laborales precarias e informales, así como un interés agudo en cuestiones que van más allá de la economía y entran en el ámbito de la ontología, la experiencia y las estructuras de afectividad. Son principalmente los ensayos de Judith Butler, Precarious Life (2004) y Frames of War (2009), escritos en el contexto del 11-S y la posterior “guerra contra el terrorismo”, los que llevaron a la expansión posterior del tema de investigación sobre la precariedad en los años previos a la entrada de During en el debate. Butler introduce una distinción crucial entre la condición de precariedad exacerbada [precariousness] y precariedad [precarity],19 definiendo la precariedad exacerbada [precariousness] como “the site of a common human vulnerability” (2004: 44),20 y por lo tanto, como una condición ontológicamente compartida. La precariedad, por otro lado, es un concepto superpuesto pero más político, que denota “that politically induced condition in which certain populations suffer from failing social and economic networks of support and become differentially exposed to injury, violence, and death” (Butler 2009: 25).21 Los textos de Butler son seminales para numerosas áreas de investigación tanto en el Norte como en el Sur. Señalan a la precarización como una condición causada por conflictos armados, a la dimensión corporal y afectiva de las experiencias, al papel del Estado en su fracaso para proteger vidas y al rol del discurso público y los medios de comunicación. Este ámbito terminológico ampliado explica cuán central podría haber sido el concepto de lo precario en muchos de los principales escenarios de crisis en el orden mundial globalizado actual, que van desde las consecuencias de la global “guerra contra el terrorismo” hasta el profundo impacto de la crisis financiera de 2007-2009, la crisis climática provocada por el ser humano que prefigura el fin de la Era del Antropoceno y la pandemia mundial.22
Un segundo autor que ha contribuido significativamente a la discusión sobre las dimensiones globalizadas de la precarización es el economista británico Guy Standing. Él sugiere que ha surgido un nuevo afectado colectivo por las condiciones de precariedad, un precariado que entiende como una “nueva clase peligrosa” (2011). Dado el interés que tienen en los efectos precarizantes de la globalización capitalista, no es sorprendente que Standing conciba al precariado como un fenómeno transnacional que refleja la suposición de Bourdieu de que la precariedad hoy está en todas partes (1998). A pesar de su postura a veces paternalista, algunos de los intereses de investigación de Standing resuenan fuertemente con nuestro interés en las subjetividades disputadas y en disputa.23 Además, él se enfoca en la afectividad relacionada con la inseguridad crónica, que afirma tiende a impactar a las subjetividades de manera mental, emocional y conductualmente. En consecuencia, propone que el precariado está fuertemente marcado por las “cuatro A: ira [anger], anomia [anomie], ansiedad [anxiety] y alienación [alienation]” (2011: 19).24 Según Standing, estas cuatro dimensiones afectivas de la precarización acompañan un impacto psicológico profundo en la subjetivación vinculado a lo que él considera una “mente precarizada [...] alimentada por el miedo y [...] motivada por el miedo” que no es capaz de concebir una “conexión sistemática entre el pasado, el presente y un futuro imaginado” (Standing: 20).25 Su escritura elitista y burguesa sobre este tema contiene una serie de connotaciones cuestionables con respecto a la generalización de las mentalidades precarizadas de una manera que parece propensa a una esencialización de la diferencia social. En retrospectiva histórica, sin embargo, es fácil identificar cómo se posiciona en relación con uno de los debates clave que durante décadas ha forjado conceptualizaciones de las subjetividades en disputa en el contexto de la marginación, el subdesarrollo y la pobreza en las sociedades del Sur Global. Históricamente, esta línea de investigación abarca un debate entre posiciones expresadas por Oscar Lewis (1959), Johan Galtung (1969) y Arjun Appadurai (2013), quienes intentan, desde distintos contextos disciplinares, responder a la pregunta de cómo las condiciones extremas restringen la capacidad mental y somática del sujeto para imaginar su propio futuro y actuar en consecuencia. Para entender el impacto que el trabajo de Standing tuvo en la década de 2010, es importante examinar cómo vincula las formas en que la precarización desafía la formación del sujeto con un cambio dialéctico hacia el potencial transformador del precariado (es decir, la formación de un sujeto colectivo transnacional capaz de desafiar las condiciones prevalecientes más allá de las fronteras nacionales). Aunque el impacto político de los textos de Standing, que tienen un carácter de manifiesto, ha disminuido en parte desde 2011, muchos trabajos académicos continúan resonando con el supuesto potencial de transformación social que reside en lo precario y cómo este potencial se relaciona con sus dimensiones social, cultural y psicológicamente restrictivas.
Sin duda, los textos de Butler y Standing han contribuido considerablemente a ampliar el alcance de los estudios sobre la precariedad más allá del enfoque en la sociología laboral. No obstante, las afirmaciones universalistas que caracterizan sus trabajos han suscitado una serie de críticas, especialmente desde la perspectiva de los Estudios del Sur Global. Ritu Vij realiza una intervención particularmente significativa en la que demuestra que las suposiciones universalistas más problemáticas sobre la precariedad en los textos de Butler y Standing están, en realidad, relacionadas con una teoría del sujeto que establece la noción liberal del sujeto soberano como una norma contra la cual el “sujeto global de la precariedad” se construye en términos de desviación y otredad. Cuando se aplica a las sociedades del Sur Global, la supuesta existencia de un “sujeto global de la precariedad” implica una grave distorsión de las formas en que la formación del sujeto en el Sur difiere del “ideal regulativo de autocontrol, autonomía y futuridad” (Vij 2021: 66) del liberalismo. Según Vij, debe reconocerse que la forma en que se evalúan el riesgo y la vulnerabilidad, en particular por parte de los grupos poblacionales de “bajo consumo” (85) en el Sur Global, difiere en gran medida de las nociones liberales de subjetividad. Así, cuestiona la aplicabilidad de las nociones eurocéntricas de precariedad como categoría de análisis social en el Sur Global.
El texto de Vij argumenta fuertemente a favor de descolonizar lo que ella llama el discurso sobre la precariedad del Norte y los preceptos subyacentes relacionados con una “antropología oscura” (Ortner 2016) que afirma que el Sur es abyecto y vulnerable. Sin embargo, las conclusiones de su texto siguen siendo problemáticas, ya que la vulnerabilidad, así como la subalternidad, las dos opciones que Vij propone como alternativas para un análisis social y cultural del Sur Global,26 podrían en principio promover el mismo pensamiento geopolítico binario que Vij percibe como implicado en las concepciones eurocéntricas del Sur como un espacio social con una formación subjetiva esencialmente diferente.27
Contrariamente a las conclusiones de Vij, creemos que no se puede descartar lo precario como una categoría de investigación en su totalidad, porque ha demostrado rendir resultados en una amplia variedad de contextos. Dado que es imperativo tomar en serio la crítica de Vij sobre el efecto estigmatizante del discurso de la precariedad, deben buscarse formas de ir más allá de las suposiciones generalizadoras utilizando una meta-perspectiva teórica. En consecuencia, optamos por una perspectiva centrada en el sujeto. De hecho, Vij propone algo muy similar al final de su texto cuando llama a una perspectiva desde abajo que se enfoque en “la movilización de un vasto repertorio de recursos culturales, espirituales y sociales y las múltiples temporalidades contenidas en ellos, que permiten modos de vida que abjuran de la vulnerabilidad como abyección” (2021: 82).28 Sustituir la precarización por la vulnerabilidad nos permite leer sus conclusiones un tanto en contra de la corriente. Buscar los recursos culturales, religiosos y sociales con los que los sujetos sociales abordan o reaccionan a la precarización parece ser un primer paso necesario en el esfuerzo por sondear la relevancia sociopolítica de lo precario como una categoría de investigación centrada en el sujeto para los Estudios del Sur Global. Sin embargo, “recurso” como categoría analítica es un tanto traicionero en la medida en que se relaciona con la misma noción liberal del sujeto que Vij pretende deconstruir, es decir, un sujeto que, a voluntad, utiliza recursos más o menos externalizados cuando se enfrenta a condiciones adversas. Pensar en recursos asume así una distinción entre el sujeto que actúa y los recursos a su disposición, lo cual puede ser completamente distinto de la forma en que los propios sujetos entenderían la precariedad como ser. Tomemos, por ejemplo, el altar en el tablero de un típico microbús en la Ciudad de México: una expresión de fe que tiene como objetivo proteger al conductor y a los pasajeros de los peligros de una situación de tráfico contingente en una megalópolis del Sur Global; es poco probable que el conductor entienda la fe como un recurso externo a su ser. Este ejemplo demuestra la importancia de tener un diseño de investigación centrado en la forma en que las dinámicas de precarización son realmente entendidas desde una perspectiva centrada en el sujeto, cómo se experimentan en términos de afectividad, cómo tienen sentido y cómo se actúa en consecuencia. Dado que la precarización afecta a todo el sujeto —sus experiencias corporales, inclinaciones mentales, estatus social, recursos económicos, así como los medios de participación en la esfera pública—, es necesario abordar las subjetividades involucradas de una manera holística que no fragmente la experiencia y la actuación en parcelas analíticas. Además, este diseño de investigación debe superar cualquier tendencia a aislar al sujeto de las complejas redes de interacción que en realidad son constitutivas de su subjetividad.
Figuraciones de lo precario
Hemos elegido el Figuraciones de lo precario como un término paraguas [portmanteau]29 y como un denominador identificable para este tipo de investigación en la intersección entre diversas tradiciones de pensamiento en ciencias sociales, antropología y estudios culturales. Al adoptar la metodología difractiva propuesta por Karen Barad (2007 y 2014), sugerimos abrir una conversación entre estas diferentes corrientes de pensamiento y prácticas disciplinarias, leyéndolas dialógicamente “una a través de la otra” (2007: 30) para generar resultados creativos que puedan ayudarnos a desarrollar una caja de herramientas teórica y metodológica con suficiente flexibilidad para manejar los diversos desafíos en el campo. Aunque el contenido semántico de la categoría “figura” varía en cierta medida entre los idiomas, ha servido desde la antigüedad para describir el reconocimiento de patrones textuales y sociales de significado por parte de un sujeto, así como la manera en que la creatividad humana adopta formas y figuras en el mundo material. En consecuencia, la figuración se referiría primero a pensar o actuar a través de figuras, es decir, producir una “obra de imaginación” (para tomar un término acuñado por Arjun Appadurai 1996) a través de la cual las personas dan sentido al mundo y a los tiempos en los que viven, así como a las formas en que se relacionan con él. En este sentido, la figuración es un dado antropológico como lo plantea Philippe Descola en su “antropología de la figuración”,30 aunque puede adoptar formas que difieren ampliamente según los contextos culturales de los que emergen. Los patrones o formas generados por la figuración pueden variar desde la concreción y estética de las imágenes figurativas hasta la abstracción, pero siempre están relacionados con dinámicas, relaciones y, hasta cierto grado, performatividad. En resumen, la figuración representa un enfoque epistemológico que no privilegia la abstracción teórica como la única forma de razón para hablar con autoridad sobre la subjetividad y los fundamentos de la sociedad, sino que entiende el campo de la producción del conocimiento como mucho más horizontal. Lo que es particularmente atractivo acerca de la figuración en este contexto es que su genealogía demuestra que trasciende la división cuerpo/mente usualmente asociada con el pensamiento occidental: si las interacciones creadas al desempeñar un rol teatral o, por extensión, un rol social, pueden concebirse como figuras, entonces las formas encarnadas de conocimiento juegan un papel tan importante en pensar con figuras como cualquier otra forma de conocimiento.
A continuación, presentaremos brevemente una serie de aproximaciones a la figuración desde diferentes disciplinas para añadir capas de comprensión a estos esbozos básicos y, al mismo tiempo, ver cómo pueden contribuir a nuestro campo de interés particular. En primer lugar, exploraremos la sociología del proceso de Norbert Elias, que actualmente está experimentando un fuerte renacimiento en varias disciplinas.31 Como enfoque metodológico, el análisis de la figuración se elabora principalmente en el trabajo tardío de Elias, su clásico The Established and the Outsiders (1965). Su rasgo distintivo es que aborda la descripción de los procesos sociales explícitamente sin una carga pesada de preceptos teóricos, sino que desarrolla sus categorías descriptivas directamente del tema, es decir, de los entrelazamientos dinámicos de la vida social en los que los seres humanos están inmersos. Aunque claramente hay un punto de vista discernible y distintivo en la sociología de Elias desde el cual los sociólogos generan sus figuraciones sociales, se ha notado que la sociología del proceso, en principio, no construye una división estricta entre la reflexión sociológica y el tipo de teoría popular que surge en la vida cotidiana (Mörth 1991). Por lo tanto, Elias puede ser visto como un defensor de la comprensión horizontal de la producción del conocimiento mencionada anteriormente y, en consecuencia, su análisis de figuración parece particularmente adaptable a la investigación sobre la precariedad, especialmente en contextos en los que se cuestiona la verticalidad de la teoría social occidental en términos de colonialidad del conocimiento.
Dos características de la figuración según el análisis de Elias se convierten en una herramienta particularmente efectiva para investigar lo precario. La primera, según Elias, es que el análisis de figuración rechaza el tipo de examen sociológico que atribuya nociones de fijación estructural a lo que, en principio, es fluctuante y dinámico. La segunda característica importante es que Elias introduce el término figuración explícitamente para superar cualquier tipo de construcciones atomísticas del sujeto que él percibe como comunes en la sociología de su tiempo —y que caracterizan muchas teorías sociales hasta la fecha—. La figuración, según la entiende Elias, denota las redes dinámicas de interacción, interdependencia y entrelazamiento en las que los sujetos necesariamente evolucionan y actúan. En este sentido, el análisis de figuración no se centra únicamente en el sujeto ni en las estructuras sociales, sino en las complejas dinámicas de entrelazamiento que los han unido.
Aplicar este enfoque a la comprensión de lo precario hace justicia al hecho de que no existe una condición estática de precariedad; en cambio, las dinámicas de interacción e interdependencia siempre están abiertas a discontinuidades y transformaciones. Además, este enfoque nos permite entender las figuraciones de lo precario como dinámicas asimétricas de interacción e intrincamiento32 [entanglement], en las que actores de diferentes contextos funcionales tanto infligen consecuencias perjudiciales unos a otros como sufren estas consecuencias a manera de una crisis existencial. Ampliando la comprensión de Elias hacia un enfoque más multiperspectivo, sugerimos prestar atención particular a las formas en que los involucrados en estas dinámicas mapean las figuraciones en las que se sienten inmersos y cómo desarrollan formas de actuar sobre estas figuraciones. Esto implica que utilizan sistemas de inteligibilidad que pueden alcanzar más allá de las nociones occidentales de agencia humana e incluir co-agentes no humanos, metafísicos, naturales o tecnológicos. Cuando se estudian desde una perspectiva centrada en el sujeto, las figuraciones de lo precario pueden ser una categoría heurística poderosa para el análisis social y cultural, en tanto que minimizan las preconceptualizaciones ontológicas sobre la agencia y en su lugar se enfocan en las formas en que las personas perciben, imaginan y comprenden el ámbito social en el que habitan. En otras palabras, suponemos que los sujetos dentro de las figuraciones observadas por el sociólogo desarrollan sus propias formas de figuración —con la diferencia de que lo hacen desde dentro de las propias dinámicas sociales cuyas condiciones intentan comprender—.33 En consecuencia, el análisis de figuración se desplegaría en una estratificación de múltiples prácticas interconectadas de figuración de diversa amplitud y complejidad.34
Es a este nivel que la aproximación relativamente extendida del análisis de figuración de Elias muestra una proximidad estrecha con la segunda corriente de pensamiento que utiliza la figuración como una categoría clave para comprender el trabajo de la imaginación en su sentido más amplio. Mientras que el interés en el potencial heurístico que las figuras poseen puede rastrearse hasta la antigüedad, es especialmente a principios del siglo XX cuando se reúnen una gran cantidad de enfoques que cruzan una amplia variedad de disciplinas, desde la antropología, la filosofía, la fenomenología, la psicología de la Gestalt, la filología y la historia del arte, por nombrar algunas contribuciones destacadas. Clave para este desarrollo es la transversalidad que muestran las figuras en todas las dimensiones complejas de la semiosis: desde la apercepción a través de la interpretación hasta la articulación, incluyendo todas las formas de creatividad literaria y artística, o incluso la performatividad del juego de roles y las prácticas rituales. Un ejemplo destacado de este uso transversal es la teoría de la Gestalt: una metateoría que se originó en la psicología de principios del siglo XX y teoriza la percepción de figuras, patrones y formas —todo comprendido en la noción alemana de Gestalt— a través de fenómenos relacionados con la percepción, la afectividad y el comportamiento humano.35 Aunque la posteridad se ha centrado principalmente en cómo la teoría de la Gestalt conceptualiza la apercepción de figuras visuales, el esquema general presentado por Wertheimer en 1925 es mucho más ambicioso y abarca una serie de supuestos sobre percepciones de fenómenos sociales y culturales en general. Lo que se puede extraer de estas investigaciones de principios del siglo XX sobre las formas en que la psique humana establece patrones de significado es que se necesitan herramientas para comprender cómo los sujetos perciben de manera holística la relacionalidad y las dinámicas de precarización. Esto es, ver el panorama completo de fuerzas en acción e incluir incluso su propia posicionalidad como humanos afectados por o expuestos a los efectos perjudiciales de la precarización.
Hay una serie de trabajos posteriores en la intersección de investigaciones sociológicas y culturales que siguen esta línea constructivista social sobre la figuración, incluido Philosophie der symbolischen Formen (1923-29) de Ernst Cassirer; Der sinnhafte Aufbau der sozialen Welt (1932) de Alfred Schütz; y L’institution imaginaire de la société (1975) de Cornelius Castoriadis. De estos tres autores, es el filósofo político Castoriadis quien entiende los imaginarios sociales como una “creación incesante e indeterminada de figuras/formas/imágenes” (7) y cuya influencia sigue siendo importante en nuestro campo, como se puede ver fácilmente en el trabajo de Susanne Goumegou en esta sección de Thema sobre la imaginación política en la obra de Achille Mbembe. Castoriadis considera que las significaciones sociales se producen en un proceso complejo de co-constitución entre sujetos, objetos y significaciones, y subraya repetidamente la importancia de las figuras para hacer presente el significado.36 El trabajo de Castoriadis puede verse como una contribución clave para una comprensión centrada en el sujeto de la sociedad. Él es muy claro sobre cómo los imaginarios que instituyen lo social no son generados por actores individuales, sino siempre desde dentro de redes formadas por individuos en co-presencia con objetos sociales, es decir, en una red de interacción que está cerca de una figuración en el pensamiento de Elias. Para nuestro contexto, abordar la figuración de lo precario a través de Castoriadis implica comprender cómo los funcionamientos deletéreos de la precariedad son imaginados dentro del marco más amplio de los imaginarios sociales.
Castoriadis puede ser fácilmente un punto de partida para explorar la contribución a nuestro campo de las muchas disciplinas académicas que se ocupan de la creatividad cultural en general. Es evidente que la figuración como término relacionado con la imaginación humana y las prácticas significativas abarca un campo demasiado vasto de enfoques disciplinarios en las humanidades para ser mapeado adecuadamente aquí. La influencia del ensayo clásico de Erich Auerbach sobre “Figura” (1938) no puede ser sobreestimada en este contexto porque ofrece muchas ideas seminales sobre el pensamiento a través del uso de figuras y figuraciones dentro de la tradición de pensamiento occidental, particularmente con respecto a los patrones de interpretación en relación con el tiempo y la historia. Además, Auerbach también ha desencadenado debates recientes sobre figuración y performatividad.37 Usando una sistematización incipientemente esbozada derivada del alcance de interés mostrado en el artículo de Auerbach, introducimos tres dimensiones básicas que contribuyen en gran medida al alcance teórico del término y responden a desafíos metodológicos distintos en el área: figuras narrativas, figuras visuales y figuraciones como formas de performatividad.
La narración es una estrategia humana básica para dar sentido al mundo y crear modelos de subjetivación o patrones de interacción; por lo tanto, las figuras narrativas son relacionales en el sentido de que contienen un mapeo condensado de constelaciones de actores. Paul Ricœur, cuyo Temps et récit (1983-1985) —Time and Narrative— es una de las principales contribuciones a este tema, afirma que la imaginación productiva es central en las formas en que apropiamos el mundo (11) y propone un movimiento triple de figuración en el corazón de la creación literaria, situado respectivamente en el nivel del autor, el texto y el lector (85-129). Como señala Ricœur, la figuración narrativa juega un papel clave no sólo en la literatura, sino también en la historiografía y —podríamos añadir— en todo tipo de escritos sobre la vida, cosmologías, discursos políticos y mediáticos, y similares creaciones lingüísticas-conceptuales. Especialmente porque la narración trata con el cambio a lo largo del tiempo, es un medio complejo y altamente eficiente para asumir el desafío de dar sentido a las contingencias y temporalidades disruptivas que acompañan las experiencias de precarización o lidiar con la prefiguración de la amenaza existencial. Las formas narrativas de figuración en su dimensión pragmática no sólo producen una accesibilidad a formas condensadas de conocimiento sobre la precarización, sino que, como ha demostrado la teoría del trauma, también pueden proporcionar una especie de sanación para quienes se abren a contar sus experiencias traumáticas (Nance 2006, van der Merwe y Gobodo-Madikizela 2007).
Tan ubicuas como las figuras narrativas, las visualizaciones de lo precario se encuentran circulando en los medios actuales, aunque aún parece no haber una tendencia de investigación establecida que trate sistemáticamente estos temas relacionados con lo precario.38 En consecuencia, una breve visión general mostrará posibles líneas de pensamiento a las que los estudios de la precariedad pueden acceder fácilmente debido a sus afinidades teóricas o metodológicas. Uno de los enfoques más destacados que trata estos temas se encuentra en el trabajo de Stuart Hall en el área de estudios culturales sobre estereotipos, ya que las representaciones de precariedad y vulnerabilidad están fuertemente vinculadas a los regímenes asimétricos de representación que describe en su estudio clásico “The Work of Representation” (1997). Desde una perspectiva de historia del arte, el trabajo de Aby Warburg sobre las pathos formulae ofrece ideas sobre cómo las representaciones figurativas almacenan y transmiten dolor y sufrimiento a nivel figurativo y cómo esto se relaciona con las prácticas relacionadas con la memoria cultural (Gombrich 1970). En el campo de los estudios visuales, en la década de 1960 Rudolf Arnheim presentó una teoría más general del pensamiento visual, Visual Thinking (1969), que se basa sustancialmente en el pensamiento de Wertheimer. Su percepción de que el pensamiento siempre ocurre en figuras da un peso sustancial a nuestro esfuerzo por abordar lo precario a través de figuraciones. En una línea de pensamiento más decolonial, Nicolas Mirzoeff arraiga su genealogía dialéctica de la visualidad y la contra-visualidad en el expansionismo colonial europeo y el sistema de haciendas (2011). El autor desarrolla una aguda percepción de cómo las imágenes políticas pueden romper la estrategia hegemónica de invisibilización utilizando lo que llamaríamos figuraciones, como la representación de “I can’t breathe” por el movimiento Black Lives Matter como una poderosa estrategia contra-visual (véase Mirzoeff 2018).
La tercera dimensión de la figuración que ha recibido una atención particular en las humanidades críticas en los últimos años trata sobre la figuración como una praxis performativa. Esta comprensión deriva de una de las significaciones originales del verbo “figurar”, que significa “representar, desempeñar un papel o actuar en un contexto teatral”. Esta significación abre la posibilidad de una vasta gama de connotaciones en nuestro contexto, particularmente si tenemos en cuenta que las dinámicas de precarización pueden conllevar o provocar ciertas formas o figuras de comportamiento. La figuración como rendimiento se referiría así a desempeñar una determinada subjetividad, representar un rol (social) o idear una praxis ritual. En este sentido, la noción performativa de figuración actúa como puente entre la praxis de la imaginación, la interacción social y las formas de encarnación. Incluso es posible imaginar la figuración como la creación de un tipo de escenario que, hasta cierto punto, predispone los roles que los co-actores en dinámicas de precarización deben desempeñar. Pensar en tales escenarios de precarización está cerca de mapear constelaciones de actores y prefigurar dinámicas de interacción. Esta forma de descomponer los procesos de la vida real en representaciones dramáticas imaginadas constituye una forma de comprender la precariedad investida con afectos y conocimiento encarnado, lo cual se acerca particularmente a proporcionar patrones de interacción y tácticas de resistencia. Por lo tanto, la figuración puede convertirse en una forma de idear estrategias transformadoras o transgresoras. Donna Haraway utiliza específicamente el término figuración como “imágenes performativas que pueden ser habitadas. Verbales o visuales, las figuraciones pueden ser mapas condensados de mundos en disputa” (11).39 Esta idea es explorada más a fondo por Braidotti en una teoría posthumana de la subjetividad que sostiene que la figuración dramatiza los procesos de devenir (164), así como por la “política de re(con)figuración” de Lucy Suchman (227).
En conclusión, las prácticas de figuración pueden involucrar múltiples formas de narración, imaginación figurativa, performatividad o conocimiento encarnado que son capaces de mapear las dinámicas y constelaciones de actores involucrados en formas de precarización. Al mismo tiempo, suministran los sistemas de inteligibilidad que circulan (y compiten entre sí) en contextos sociales dados e impactan profundamente en las formas en que las personas perciben las formas de precarización. Tanto para los estudios culturales como para la antropología cultural es importante que la noción de figuración permita enfoques que abarquen tanto el paradigma de la representación —y, por lo tanto, los patrones textuales de construcción de significado— como las prácticas significativas que muestran los límites de la representación en relación con experiencias inconmensurables, como la vulnerabilidad, el dolor y la crisis. Si abordamos estas figuraciones desde una perspectiva estética en un sentido amplio, podemos percibir la fricción entre el esfuerzo por comprender lo precario, por un lado, y la volatilidad, inestabilidad y temporalidades disruptivas que su articulación estética transmite, por el otro.
Considerando todas estas distintas, pero complementarias, corrientes de pensamiento como una especie de caja de herramientas teórico-metodológica, la figuración puede verse como un enfoque particularmente adecuado para la producción social y cultural de lo precario. La figuración describe un continuum de prácticas significativas con las cuales las personas mapean cognitivamente su entorno, les otorgan significado y actúan sobre ellos. Así, supera la tradición de la razón científica occidental que describe la apercepción y la acción como registros completamente diferentes. En consecuencia, el análisis de figuración se propone cerrar la brecha entre la razón científica y la experiencia cotidiana, reconociendo que lo precario está enraizado en la experiencia y, por lo tanto, difiere considerablemente del conjunto de conceptos descriptivos en el campo de los Estudios del Sur Global que simplemente derivan de la razón teórica abstracta, como marginalidad, subalternidad, informalidad y desigualdad.
La lógica de la concreción inherente en la semántica de lo precario
Aquí detallaremos brevemente algunas de las consecuencias de este enfoque para entender la producción social y cultural de lo precario, como algo arraigado en la lógica situada y concreta de la experiencia cotidiana. Primero que nada, esta lógica de concreción está intrínsecamente vinculada a la conciencia de que lo precario desafía cualquier noción de estabilidad o fijeza, ya que la precarización incluye la amenaza de que la integridad corporal, las estructuras sociales y los medios para sostener la vida puedan desmoronarse en cualquier momento. En otras palabras, se puede identificar un sentido específico de temporalidad en el corazón de las experiencias relacionadas con lo precario. Para enfrentar estas interrupciones y amenazas prefiguradas, los sujetos deben establecer patrones de significado respecto a las dificultades a las que están expuestos de maneras que les ayuden a sobrellevarlas y, si es posible, desarrollar capacidades de navegación para resistir. Este sentido de disrupción temporal vincula lo precario de manera inextricable con la experiencia del tiempo vivido.40 En consecuencia, abordar los fenómenos de precarización en los intersticios de las ciencias sociales y las humanidades implica tomar conciencia de cómo el marco temporal de la razón práctica involucrada en la apercepción de estos fenómenos por parte de las personas puede diferir considerablemente de la abstracción teórica (Bourdieu 1994). Por lo tanto, uno de los principales desafíos en este campo de estudio es tratar con la lógica concreta y situada del conocimiento experiencial y no simplemente ignorar los diferentes regímenes temporales en juego.
La lógica de la relacionalidad es el segundo componente principal que suma a la lógica de la situacionalidad y concreción inscrita en la semántica de lo precario. Aunque siempre es arriesgado regresar a los orígenes etimológicos en este campo culturalmente diverso, un vistazo breve a los orígenes latinos de la palabra precariedad revela que el campo semántico de lo precario porta una noción dialéctica que sugiere que el sentimiento de exposición se origina en una relación de poder altamente asimétrica: el adjetivo precarius deriva del verbo precari —pedir, suplicar, rogar, orar, solicitar, llamar, implorar, demandar [“to ask, beg, entreat, pray, supplicate, request, call upon, beseech, sue” (Lewis y Short 1879)]— se relaciona con cosas que se obtienen por súplica u oración. Así, el sustantivo precarium denota cualquier cosa que se concede a petición y que, en consecuencia, puede ser retirada a voluntad por el otorgante en cualquier momento (Lewis y Short). Aunque el enfoque dentro del campo semántico suele estar dirigido hacia la persona que experimenta o sufre la exposición a la precarización, claramente hay una dialéctica básica en juego que también evoca a quien está involucrado en establecer las condiciones para que la precarización comience. La relacionalidad, en este sentido, implica que la precarización se percibe como emanando de un sujeto o lugar concreto y operando sobre los sujetos de formas similares al poder soberano. Este tipo de escenario primordial de relaciones de poder precarizantes se refleja en el significado figurado del inglés moderno precarious como “dependiente de circunstancias fortuitas, condiciones desconocidas o desarrollos inciertos” o “caracterizado por una falta de seguridad o estabilidad que amenaza con el peligro” (Merriam-Webster). 41 42 Si lo que expone la vida y la existencia corporal a consecuencias perjudiciales puede ser causado por la voluntad de otro y en cualquier momento, esta noción de lo precario como dependencia radical está en realidad mucho más cerca de la colonialidad del poder que de la pérdida amenazada de la autodeterminación liberal que Vij imagina como el centro de su crítica al término.
Una tercera dimensión se suma a la concreción que constituye el campo semántico de lo precario: la forma en que lo precario se relaciona con la afectividad. Al estudiar redes de interacción, los afectos —tanto a nivel individual como colectivo— son extremadamente relevantes para entender las causalidades en juego en las dinámicas de precarización. Varios académicos clave en el campo, como Guy Standing, Nancy Ettlinger o Lauren Berlant, señalan este fuerte componente afectivo en la noción de precariedad.43 Al profundizar en el micronivel, se puede ver que la ansiedad, la angustia y el trauma [traumatisation] pueden restringir severamente la capacidad de un sujeto para (inter)actuar en dinámicas de precarización. La ira y el odio, en contraste, pueden ayudar a desencadenar tácticas de resistencia. El impacto afectivo de lo precario puede parecer relativamente evidente en el nivel subjetivo, y también introduce un componente visceral y corporal fuerte en las experiencias relacionadas con la precarización. En nuestro contexto, sin embargo, tiene sentido también examinar el papel que el afecto juega en las figuraciones de la precariedad en un sentido relacional y sociocultural. En este sentido más amplio, las figuraciones de la precariedad pueden concebirse como regímenes de afectividad porque cada interacción en situaciones de crisis y contingencia tiende a producir respuestas afectivas en toda la red de actores involucrados. Esto es cierto para el micronivel de las personas directamente expuestas o involucradas en la precarización. Sin embargo, el espectro del afecto puede en realidad ir mucho más allá y puede servir para interpelar a otros grupos de población por la mera intensidad del sufrimiento, la vulnerabilidad y las formas de exposición existencial que están en juego. La precariedad que se hace visible para la atención pública, en lugar de ser oculta por contramedidas sociales, puede tener un profundo impacto en la opinión pública y las políticas de maneras que están relacionadas con lo que Butler ha llamado una “ética de la cohabitación” (2012). Al mismo tiempo, en una especie de inversión negativa, la fuerte interpelación afectiva también puede desencadenar ansiedades públicas que llevan a reprimir y hacer invisible lo que se considera una fuente de perturbación pública.
La lógica de concreción inherente en la semántica de lo precario puede verse así como una clave para su amplia circulación en los imaginarios sociales de las múltiples crisis que golpean a las sociedades como parte de las dinámicas actuales de globalización: exclusión económica, violencia y crimen, el colapso de estructuras institucionales, catástrofes naturales o la destrucción ecológica de medios de vida. Dado que estas experiencias pueden impactar a grupos de población en todos los niveles sociales, aunque evidentemente de manera altamente diferenciada, tiene sentido pensar en lo precario como una categoría socialmente transversal. Las figuraciones de lo precario operan en los márgenes de la sociedad, donde la vida está en riesgo debido a la falta de recursos, así como dentro de las clases medias, donde implicarían una amenaza existencial para un sentido burgués de seguridad o autodeterminación; la amenaza de la precarización incluso puede percibirse entre las élites cuando su sentido de derecho está amenazado. Aunque todos estos grupos experimentarán la amenaza de consecuencias perjudiciales para su existencia de maneras muy diferentes, el carácter transversal de lo que se refiere como figuraciones de lo precario puede llevar a que jueguen un papel clave en la construcción de un sentido de lo común, particularmente en sociedades que se ven afectadas por crisis múltiples y frecuentes. Esto está lejos de sugerir una proyección utópica simplificada de transformación social como lo postularía Standing. Evidentemente, las figuraciones de lo precario pueden igualmente dividir a las sociedades y obstaculizar la construcción de comunidad tanto como pueden desencadenar actos de solidaridad que cruzan las líneas de división social. Sin embargo, siempre que las crisis se conviertan en una experiencia abrumadora para diversos grupos poblacionales, lo precario se vuelve clave para las mediaciones sociales sobre lo que constituye la base misma de la vida social.















