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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

 ISSN 0185-2620

        29--2025

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2025.69.77954 

Reseñas

Patricio Herrera González, En favor de una patria de los trabajadores. Historia transnacional de la Confederación de Trabajadores de América Latina (1938-1953)

* Karlsruhe Institut für Technologie/Universität Heidelberg (Alemania), andrea.acle@kit.edu

Herrera González, Patricio. En favor de una patria de los trabajadores. Historia transnacional de la Confederación de Trabajadores de América Latina (1938-1953). Buenos Aires: Ediciones Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas, Ediciones Imago Mundi, Zamora: El Colegio de Michoacán, 2022.


En este libro se narra la historia del esfuerzo más exitoso, hasta la fecha, de la unificación del movimiento obrero que abarcó desde México hasta Argentina, pasando por el Caribe, y que propició la creación de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), fundada en 1938 bajo la guía del líder obrero e intelectual mexicano Vicente Lombardo Toledano. Esta institución llegó a representar a siete millones de trabajadores repartidos a lo largo del subcontinente poco menos de una década después, en 1946.

La CTAL, en cuanto plataforma obrera de carácter continental, defendió un programa antiimperialista, propugnando la libertad tanto política como económica de las naciones latinoamericanas. También sirvió para articular, en torno a la figura de Lombardo, una toma de posición, específicamente latinoamericana y antifascista, respecto de eventos internacionales, como la Guerra Civil Española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Pero, como señala acertadamente Patricio Herrera, si bien la CTAL floreció en un contexto internacional marcado por las confrontaciones ideológicas, su quehacer como institución no puede limitarse únicamente al plano discursivo. Y éste es el gran mérito del libro: a partir de una multitud de fuentes primarias obtenidas en archivos de varios países, Herrera reconstruye el día a día de la CTAL.

Ello permite a Herrera escapar de varios de los escollos que pueblan la historiografía de la CTAL: en primer lugar, la tendencia a estudiarla como un mero capítulo en la vida de su fundador, el mexicano Vicente Lombardo Toledano, y no como una institución con vida propia, lo cual la supedita a las controversias en torno al legado de este líder obrero.1 Me refiero, sobre todo, a las discusiones en torno al “fracaso” de la Revolución mexicana ante la derechización creciente del régimen tras la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940), e incluso sobre la supuesta adopción de tópicos del marxismo soviético al contexto mexicano, como la “revolución por etapas” que postergaba el socialismo auténtico a un futuro indefinido.2 En segundo lugar, el recurso a viejos paradigmas de la Guerra Fría a la hora de estudiar el movimiento obrero latinoamericano expresados, según Herrera, en una fijación por determinar el grado de influencia comunista en la clase trabajadora del continente (p. XLIII).

En este sentido, la CTAL no ha sido una excepción, complicada por la propia filiación ideológica de Lombardo, marxista convencido y partidario de la Unión Soviética pero nunca miembro del Partido Comunista. Mientras que algunos de sus enemigos se complacían en describirlo como un comunista peligroso, otros le atribuían (y siguen imputándole) los fracasos de la política comunista en América Latina. Sin embargo, importa insistir en que la tendencia a reducir a la CTAL a un proyecto ideológico procomunista no es cosa del pasado. En un recuento reciente sobre la historia del movimiento obrero en América Latina, el surgimiento de la CTAL aparece como respuesta latinoamericana a la política soviética de crear “frentes” multiclasistas y multipartidistas como estrategia para combatir el avance del fascismo.3

Para Herrera, la CTAL no sólo fue un reflejo de antagonismos internacionales ni un apéndice de la biografía de Vicente Lombardo. La historia que este autor cuenta, si bien tiene su epicentro en México, trasciende a su líder y se extiende a varios países latinoamericanos, y es esencialmente la historia de una institución encarnada por actores tanto individuales como colectivos.

Herrera se suma así a una serie de estudios seminales4 que van más allá de enfoques puramente nacionales y subrayan cómo el movimiento obrero contribuyó al surgimiento de una “institucionalidad social internacional” (p. XXX). En el caso de la CTAL, esta institucionalidad se manifestó primordialmente en la creación de herramientas para influir en la formulación de políticas públicas, y en la implementación de cambios que reflejaran los intereses obreros en el ámbito del derecho y la legislación laborales.

La CTAL amplió lo que Herrera llama “repertorios de contención” de la clase trabajadora latinoamericana, creando así un lenguaje común para denunciar abusos e incumplimientos, lo cual amplió la capacidad de las organizaciones sindicales para hacer frente a la inestabilidad laboral e incluso la persecución política (p. XXXI). Además, a través de resoluciones elaboradas en sucesivas conferencias internacionales, la CTAL se erigió como actor supranacional, capaz de ejercer presión sobre gobiernos individuales.

A lo largo del libro, se dibuja la historia de una institución que, lejos de limitarse a agrupar a trabajadores y trabajadoras ya sindicalizados, sirvió de impulso para la constitución de una decena de confederaciones obreras en América Latina. En el primer capítulo, “La unidad obrera continental, 1935-1938”, Herrera explora la etapa fundacional de la CTAL y muestra claramente cómo, aun cuando había cierta coincidencia entre Lombardo Toledano y el presidente Cárdenas, la fundación de la CTAL en 1938 no podía reducirse a una iniciativa más del reformismo cardenista. Según Herrera, Lombardo albergaba la intención de crear una plataforma obrera continental, al menos desde 1927, aunque sólo encontró el ambiente propicio hacia 1937, en el contexto de una crisis de salarios, inflación, recesión y desempleo que sirvió para aglutinar a los trabajadores organizados de la región.

Cabe recordar que, en el momento de la fundación de la CTAL en 1938, sólo cuatro países en la región -México, Argentina, Chile y Colombia- contaban con centrales obreras nacionales; no obstante, el objetivo principal perseguido por la CTAL (p. XLI) era lograr que América Latina alcanzara una mayor autonomía política y económica, lo que Herrera llama una “vocación antiimperialista”. Es importante señalar que autonomía estaba lejos de significar autarquía para Lombardo y sus colaboradores; de hecho, se trataba de reducir asimetrías y lograr mejoras, metas que fueron impulsadas aprovechando las coyunturas traídas por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), incluyendo un acercamiento estratégico al sindicalismo estadounidense, europeo e internacional.

En el resto del libro, Herrera logró zanjear un escollo adicional: la tendencia de la historiografía obrera a ver al movimiento obrero como intrínseca y exclusivamente revolucionario, esto es, reducido a una actitud de radical oposición al Estado. En contraste con esta posición, Herrera enfatiza cómo la CTAL propugnó un activismo obrero que, guiado por una actitud pragmática e incluso oportunista, buscó ampliar su margen de maniobra dentro del propio Estado a partir de la negociación y no sólo de la confrontación. Su relato, prolijo y atento a la historia específica de cada país latinoamericano, muestra a la CTAL navegando, no sin ambigüedades, en una realidad poblada de populismos y autoritarismos, caudillos y dictadores, entablando relaciones con figuras controvertidas como el cubano Fulgencio Batista en 1939 o el nicaragüense Anastasio Somoza en 1942.

Esta estrategia, dictada por el pragmatismo, se detalla en el segundo capítulo, “La CTAL y la implementación de su proyecto sindical continental, 1938-1943”, en donde se describe el surgimiento de nuevas confederaciones obreras en Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Costa Rica, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Estas confederaciones fungieron como marco para el surgimiento paulatino de una legislación moderna que sentó las bases para la creación de instituciones como el seguro social, y la implementación de medidas de previsión social en caso de jubilación, enfermedad e invalidez y, por último, debates sobre cómo extender estos derechos sociales y económicos a campesinos e indígenas.

Como bien enfatiza Herrera, para los líderes de la CTAL, era esencial pasar de la retórica (progresista) a la acción, esto es, a la elaboración de estudios sobre la situación de los trabajadores en América Latina y de ahí a la creación de herramientas concretas para la defensa de sus intereses. El tema de la pobreza, extendida en amplias capas de la población latinoamericana, así como la marginación sufrida por sus pueblos indígenas fueron asuntos que la CTAL logró llevar a una plataforma internacional. Así, en el tercer capítulo, “Las conferencias americanas del trabajo. Cooperación, redes y conflictos entre la CTAL y la OIT, 1936-1946”, Herrera profundiza en la relación que se estableció entre el mundo del sindicalismo latinoamericano y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que, inmovilizada en Europa por la guerra, buscó entonces ampliar su radio de acción en otros continentes.

Podría decirse que la trayectoria seguida por la CTAL se convirtió en reflejo de la lectura estratégica de la realidad internacional hecha por su líder, Vicente Lombardo Toledano, siempre atento a las coyunturas que permitieran ampliar el margen de maniobra de América Latina en el mundo del sindicalismo internacional. Sin embargo, Herrera está muy lejos reducir la historia de la CTAL a un capítulo más de la vida de Lombardo. Este tratamiento cuidadoso se refleja en una de las partes mejor logradas del libro (páginas 82-101), en donde se narra el viaje de Lombardo por Estados Unidos, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala entre agosto y diciembre de 1942. El relato detallado del viaje tiene el mérito de resaltar el rol implícitamente desempeñado por Lombardo en la región, que fue el de servir como catalizador de una amplia gama de expectativas de cambio y mejoramiento social, presentes lo mismo en el campo que en la ciudad, protagonizadas por miembros de la clase obrera, pero también campesina, política, intelectual y estudiantil. La diversidad de estos grupos, bien descrita por Herrera y capaz de despertar la empatía del lector, sirve adicionalmente para apuntalar la idea de que la CTAL, aunque atenta a los vaivenes ideológicos de Estados Unidos y Europa, tenía como prioridad los asuntos latinoamericanos.

El principio del fin de la CTAL, como detalla Herrera en el cuarto capítulo, “Entre la esperanza por un ‘mejor porvenir’ y la derrota de la unidad de la CTAL, 1944-1953”, fue la Guerra Fría. A partir de 1945, la retórica antiimperialista y prosoviética -antes favorecida por Lombardo- se convirtió muy pronto en una reliquia del pasado. La CTAL fue percibida como una amenaza para la política anticomunista seguida por el gobierno de Estados Unidos, secundada por un buen número de gobiernos civiles y militares en América Latina. Infiltrada por agentes del gobierno de Truman y acosada por la American Federation of Labor (AFL), la unidad de la CTAL fue resquebrajándose.5 Su eventual disolución fue acelerada tanto por las pugnas ideológicas entre comunistas y socialistas, así como por un contexto marcado por una mayor persecución política. Además, en México, Vicente Lombardo fue perdiendo influencia, al grado de ser expulsado de la CTM (Confederación de Trabajadores de México) en 1948. En 1953, según Herrera, la CTAL estaba desmantelada, aunque logró sobrevivir nominalmente hasta 1963, sin poder revertir el desmembramiento del sindicalismo continental.

La historia de la CTAL, una institución transnacional y de vocación continental, ha encontrado un intérprete fiel en Patricio Herrera, aunque aún algunos flancos quedan abiertos, comenzando por el ideológico, pues las distintas posiciones y pugnas de la izquierda latinoamericana sólo se mencionan brevemente. Ello permitiría entender cómo, hacia mediados del siglo, sindicatos y otras organizaciones obreras lograron, tras décadas marcadas por la represión, ser finalmente consideradas como actores con pleno derecho para negociar con el capital y con el Estado.

Además, el libro de Herrera abre interrogantes sobre la relación entre sindicalismo y la política económica que predominó en América Latina hacia mediados del siglo XX, esto es, sustitución de importaciones y creación de mercados nacionales, con el Estado actuando frecuentemente como rector y árbitro de la economía. En este contexto de urbanización e incipiente industrialización, las organizaciones sindicales se convirtieron en un actor político de primera importancia, capaz de establecer una relación de beneficio mutuo con el Estado, esto es, a cambio de apoyo político.

Ahora bien, ¿qué conclusiones pueden derivarse en este sentido de la experiencia específica de la CTAL? La institucionalización de intereses obreros, esto es, su incorporación a la legislación laboral estatal, ¿se tradujo necesariamente en una pérdida de independencia a largo plazo?, ¿qué ganaron y qué perdieron las distintas confederaciones obreras nacionales en su acercamiento pragmático al Estado, tomando en cuenta variaciones regionales, temporales e incluso ideológicas? Por último, también habría sido de gran valor para el lector profundizar sobre cómo fue el impacto de la labor educativa y editorial realizada por la CTAL, a través de la Universidad Obrera de México, en el resto de América Latina. No obstante, queda claro: en virtud de su mesura y riqueza documental, el libro de Herrera ha sentado la piedra de toque para futuros estudios de la CTAL.

Referencias

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1Véase esta problemática reflejada en la biografía más reciente de Lombardo: Daniela Spenser, En combate. La vida de Lombardo Toledano (México: Penguin Random House, Debate, 2018).

5Para un análisis del papel desempeñado por el movimiento obrero norteamericano American Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO) en América Latina, Europa, Asia y África durante la Guerra Fría, destacando matices más allá del marcado anticomunismo de la AFL-CIO, véase Robert Anthony Waters, Jr., y Geert van Goethem, eds., American Labor’s Global Ambassadors. The International History of the AFL-CIO during the Cold War (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2013).

Recibido: 01 de Abril de 2024; Aprobado: 06 de Junio de 2024; Publicado: 11 de Diciembre de 2024

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