1. Introducción
En las últimas décadas, y en cierto sentido a lo largo de todo el siglo XX, buena parte de la filosofía política se ha interrogado acerca de los presupuestos teológicos y metafísicos de las instituciones y las lógicas de gobierno que caracterizan a las sociedades contemporáneas. En este sentido, son innumerables los autores que, desde posiciones diversas (aunque retomando sobre todo la estela heideggeriana y luego la perspectiva abierta por la deconstrucción), se han abocado a la ardua tarea de pensar una política y una praxis que no reproduzcan necesariamente la lógica propia de la tradición metafísica, la cual consistiría en deducir un orden político de un Fundamento ontológico cerrado sobre sí y por ende no abierto a la contingencia. En este artículo quisiéramos concentrarnos en dos posturas concretas que si bien no agotan por supuesto la heterogeneidad de la filosofía política actual,1 al menos ofrecen dos de sus líneas más ricas y vigentes. A la primera postura la denominaremos, y ya se verán los motivos, política de lo neutro; a la segunda postura, y también se verán los motivos, política del antagonismo. Lo que quisiéramos mostrar aquí es que ambas posiciones, a través de sus críticas y objeciones recíprocas, han conducido a cierta línea del pensamiento político contemporáneo a una situación que podríamos llamar, retomando una expresión de Gregory Bateson, “doble vínculo [double bind]” (cfr. Bateson, 1987: 153-170, 199-204). Esta situación de double bind surge cuando queremos mantener ambas posiciones al mismo tiempo sin reducir ni minimizar los puntos en los que se contraponen o contradicen. Como explica Bateson, la aporía o paradoja -eminentemente esquizofrénica-2 que caracteriza al double bind, se basa en el hecho de que los enunciados de cada posición, perteneciendo a órdenes lógicos diversos,3 son considerados equivalentes por ambas teorías. Por tal motivo, propondremos aquí, retomando una sugerencia de Bateson en relación a la esquizofrenia, que una posible manera de resolver esta situación paradójica es recurriendo a la teoría de tipos lógicos de Bertrand Russell. Mostraremos por eso mismo que ambas posiciones filosóficas no sólo no son excluyentes, sino que se complementan una a la otra, puesto que abordan lo político desde registros diferentes. Para esto, procederemos en cinco momentos:
Explicaremos brevemente las dos posiciones enfrentadas.
Mostraremos la situación de double bind a la que conducen ambas posiciones cuando se las considera de forma conjunta.
Explicaremos -también brevemente- la teoría de los tipos lógicos de Russell.
Distinguiremos los dos órdenes o tipos lógicos implícitos en las tesis propuestas por ambas posiciones.
Retomaremos el término aymara ch’ixi (en el sentido de Silvia Rivera Cusicanqui) -lo cual no implica sin embargo que nuestra propuesta coincida con la de Cusicanqui, con quien no estamos de acuerdo en muchos aspectos- para pensar una filosofía política capaz de mantener las dos posturas al mismo tiempo sin necesidad de renunciar a ninguna de ellas.
En suma, el objetivo principal de este artículo es mostrar la necesidad 1) de confinar a cada teoría a un tipo lógico diverso (óntico y ontológico, como veremos) para resolver la situación de double bind y a la vez 2) de mantener a ambas en su tensión y presuposición recíproca sin renunciar a ninguna de ellas.
2. Política de lo neutro y política del antagonismo
Por razones de extensión, nos concentraremos en la filosofía de dos autores contemporáneos: Giorgio Agamben y Ernesto Laclau.4 Es preciso aclarar que nuestra intención prioritaria no es sistematizar en detalle las posiciones de ambos filósofos -tarea que implicaría en sí misma uno o varios artículos-, sino reconstruir rápidamente algunas de las tesis centrales de sus respectivas teorías políticas a fin de mostrar la tensión o contradicción que aparentemente existe entre ellas y la necesidad de mantener esa contradicción sin renunciar a ninguna de las dos posiciones.5 Cada uno de ellos representa una posición filosófica específica: Agamben, en la línea de Jean-Luc Nancy y Maurice Blanchot, lo que llamaremos política de lo neutro;6 Laclau, en la línea de Carl Schmitt y Antonio Gramsci, política del antagonismo. Expliquemos a grandes trazos la posición de cada uno.
2.1 Agamben y la política de lo neutro7
Como aclaramos previamente, resulta imposible dar cuenta de la complejidad y la magnitud del pensamiento político de Agamben (lo cual se aplica también al caso de Laclau) en el marco acotado de un artículo. Nuestro objetivo es más bien señalar algunos puntos específicos que conciernen al modo en que Agamben ha pensado la constitución y el funcionamiento del poder en las sociedades occidentales. Por tal motivo, nuestra exposición estará centrada fundamentalmente en Il Regno e la Gloria (2007), texto en el que Agamben propone la categoría de máquina gubernamental para explicar el desarrollo del poder político-económico en el mundo occidental.
Según una de las tesis más sugerentes de esta genealogía teológica de la economía y del gobierno, el poder occidental, al menos desde los primeros siglos del cristianismo en adelante, se ha constituido a partir de una bipolaridad esencial: por un lado, el paradigma soberano, trascendente, fundado en la idea del Dios-Padre que reina pero no gobierna; por el otro, el paradigma económico, inmanente, fundado en la idea del Dios-Hijo que gobierna pero no reina. Por tal motivo, la máquina gubernamental es necesariamente “una máquina bipolar, de cuya distinción y de cuya correlación resulta el gobierno divino del mundo” (2007: 253). El polo soberano habría dado lugar a la formación del Estado moderno y el polo económico a la administración biopolítica de las sociedades contemporáneas. Una de las tesis que desarrolla Agamben en este texto, rectificando en parte los análisis de Michel Foucault,8 consiste en mostrar que el poder occidental, a partir de la teología cristiana de los primeros siglos, es siempre soberano-gubernamental, es decir, político-económico. Esta estructura bipolar es característica de todas las máquinas agambenianas. A ella habría que agregar, además, la idea del centro vacío. Ya desde el inicio de Il Regno e la Gloria, Agamben vuelve explícito el otro aspecto decisivo de la máquina: “el centro de la máquina gubernamental está vacío. El trono vacío […] es, en este sentido, el símbolo más apremiante del poder” (2007: 11). El vacío central alude a una filosofía no esencialista: el poder no posee una esencia o un fundamento, es “originariamente” anárquico e inoperoso.
Ahora bien, la propuesta de Agamben frente al funcionamiento de la máquina gubernamental, y frente a las diversas máquinas examinadas a lo largo de su obra (antropológica, lingüística, sacrificial, etcétera), consiste en “desactivar” su funcionamiento.9 La desactivación supone una suspensión de la polaridad o del antagonismo. Por eso no se trata para Agamben de contraponer un polo de la máquina al otro, es decir, de hacer jugar la dinámica antagónica, sino de suspender la oscilación, detener el movimiento de la máquina a fin de que pueda exhibirse su vacío central. Mencionamos dos pasajes, que podrían sin duda multiplicarse, para mostrar esta lógica de la desactivación. El primero pertenece al texto L’uso dei corpi; el segundo, a L’aperto. L’uomo e l’animale:
No se trata, de hecho, de pensar, como se ha hecho hasta ahora, nuevas y más eficaces articulaciones de los dos elementos, jugando una contra la otra las dos mitades de la máquina. Ni tampoco se trata de remontarse arqueológicamente a un inicio más originario: la arqueología filosófica no remite a otro inicio más que a aquel que puede, eventualmente, resultar de la desactivación de la máquina (en este sentido la filosofía primera es siempre filosofía última) (2014: 336).
En nuestra cultura el hombre -lo hemos visto- ha sido siempre el resultado de una división, y a la vez de una articulación del animal y de lo humano, en el cual uno de los dos términos de la operación era también la puesta en juego. Volver inoperosa la máquina que gobierna nuestra concepción del hombre significará por lo tanto no ya buscar nuevas -más eficaces o más auténticas- articulaciones, cuanto exhibir el vacío central, el hiato que separa -en el hombre- el hombre y el animal, arriesgarse en este vacío: suspensión de la suspensión, shabbat tanto del animal cuanto del hombre (2002: 94).
Como queda claro en estos pasajes, no se trata para Agamben de reproducir la polaridad constitutiva de la máquina, sino de desactivar su funcionamiento, es decir, de neutralizar ambos polos con el objetivo de hacer emerger el hiato que la máquina custodia en su centro (en el caso de la máquina gubernamental, el centro designa la inoperosidad, la anarquía cuyo símbolo es el trono vacío; en el caso de la máquina antropológica, la ausencia de naturaleza o esencia humana). La noción de comunidad, en este sentido, designa para Agamben este espacio vacío, ajeno a toda propiedad y pertenencia a cualquiera de los dos polos. Es evidente que, desde esta perspectiva, lo común no puede asentarse en ningún tipo de identidad, sino más bien en su revocación o destitución, en el compartir el mero ser-así de las singularidades cualesquiera (cfr. Agamben, 1990). Esta política de la comunidad (cualquiera), por lo tanto, no puede remitir, so pena de reproducir la lógica propia del dispositivo que se intenta deponer, a ninguno de sus dos polos. Y en la medida en que no se funda ni en el polo soberano ni en el polo económico, es eminentemente una política de lo neutro (ne-uter: ni/ni).10
2.2 Laclau y la política del antagonismo11
En lo que concierne al pensamiento de Laclau, nos detendremos por razones de extensión en su análisis del populismo, no sólo porque este fenómeno hace posible la comprensión del “funcionamiento real de todo espacio comunitario” (Laclau, 2011: 10),12 sino también porque en él se vuelve evidente la conditio sine qua non del antagonismo social. Nuestra exposición, por lo tanto, estará centrada preferentemente en La razón populista (2005).13
La unidad mínima de análisis de la que parte Laclau es la noción de demanda. A partir de allí, Laclau distingue dos formas de construcción de lo social: o bien mediante la afirmación de la singularidad, cuyos lazos con otras singularidades son de naturaleza diferencial (motivo por el cual Laclau la llama lógica de la diferencia); o bien mediante una claudicación parcial de la singularidad, destacando lo que todas las singularidades tienen, equivalentemente, en común (y que Laclau llama lógica de la equivalencia). Ahora bien, y éste es el punto que nos interesa: “La segunda manera de construcción de lo social implica el trazado de una frontera antagónica; la primera, no” (2011: 104). Por eso el populismo, que funciona para Laclau según la lógica de la equivalencia, “implica la división antagónica del campo social” (2011: 111).
Cabe señalar que esta división antagónica del espacio social, imprescindible para que el “pueblo” pueda constituirse, requiere que la cadena equivalencial que dará origen al sujeto popular se oponga a un otro, a una alteridad que funciona -y aquí se ve la influencia de Schmitt- como enemigo, como un poder insensible a las demandas:
Esta división presupone […] la presencia de algunos significantes privilegiados que condensan en torno de sí mismos la significación de todo un campo antagónico (el “régimen”, la “oligarquía”, los “grupos dominantes”, etcétera, para el enemigo; el “pueblo”, la “nación”, la “mayoría silenciosa”, etcétera, para los oprimidos) (2011: 114).
Por ello, para Laclau el antagonismo es constitutivo de lo político y presupone, en consecuencia, un “espacio fracturado” (2011: 112). No es casual, además, que Laclau haga referencia al fenómeno de la significación para explicar la constitución de lo social. En efecto, para que emerja el sentido en un sistema diferencial, es preciso un grado mínimo de articulación y condensación, pues de otro modo las diferencias se propagarían y no podría surgir ningún efecto coherente de significación. Esta articulación o de sistematización, por ende, exige un límite, es decir, una frontera antagónica; dicho de otro modo: negatividad.14 Para que las diferencias asuman un cierto grado sistematicidad o significación, es menester que sean inscriptas en una cadena equivalencial, la cual sólo puede estabilizarse en relación con un afuera o un otro común.
3. La situación de double bind
3.1 Gregory Bateson y el double bind esquizofrénico
En el ensayo “Toward a Theory of Schizophrenia”, Gregory Bateson sostiene que la situación de double bind posee tres características fundamentales:
El individuo (la “víctima”) se encuentra implicado en una relación intensa con un/una otro/a y siente la exigencia de tener que interpretar correctamente los mensajes que le son comunicados para responder apropiadamente a ellos.
El individuo es atrapado en una situación en la cual la otra persona expresa dos órdenes de mensajes recíprocamente excluyentes.
El individuo es incapaz de discriminar a qué orden pertenecen los mensajes que le son comunicados. Bateson menciona como ejemplo paradigmático la relación entre un “pre-esquizofrénico y su madre” (cfr. Bateson, 1987: 157).15
En dicha relación nos encontramos también con tres características:
Un niño cuya madre se vuelve ansiosa y lo abandona si el niño le responde como una madre amorosa.
Una madre cuyos sentimientos de ansiedad y hostilidad hacia el niño no son aceptables, por lo cual los niega expresando un comportamiento amoroso para persuadir al niño de responderle como una madre amorosa y abandonarlo si no lo hace.
La ausencia en la familia de una figura que pueda intervenir en la relación y apoyar al niño frente a los mensajes contradictorios de la madre.
Según Bateson, la madre le comunica al niño dos clases de mensajes:
a) un comportamiento hostil de abandono cada vez que el niño se aproxima a ella; b) un amor simulado cuando el niño responde a su comportamiento hostil de abandono, como una manera de negar que ella está abandonándolo. El punto importante, explica Bateson, es que el comportamiento amoroso de la madre es una suerte de compensación de su comportamiento hostil y por lo tanto “de un orden de mensaje diferente al mensaje hostil” (1987: 162). La situación de double bind se genera porque el niño es castigado tanto si discrimina correctamente los mensajes que le transmite su madre, cuanto si no lo hace. Si el niño interpreta el amor simulado de su madre como amor real, entonces buscará acercársele…
pero este movimiento de acercamiento provocará en la madre sentimientos de ansiedad que la obligarán a alejarse. Pero si él entonces también se aleja, ella interpretará esa distancia como un signo de que no es una madre amorosa y lo castigará por alejársele y buscará aproximarlo. Si él entonces se le acerca, ella responderá poniéndolo a distancia. El niño es castigado por discriminar apropiadamente lo que ella está expresando, y es castigado también por discriminarlo inapropiadamente -él está atrapado en un doble vínculo (1987: 163; las cursivas son de Bateson).
Resumiendo: la situación de double bind se produce cuando hay dos imperativos en conflicto, ninguno de los cuales puede ser ignorado, lo cual deja a la víctima frente a una disyuntiva insoluble, pues cualquiera de las dos demandas que quiera cumplir anula la posibilidad de cumplir con la otra.
Ahora bien, en la introducción a este artículo hemos dicho que si queremos mantener ambas posturas teóricas al mismo tiempo, la de Agamben y la de Laclau, caemos en una situación de double bind (de lo cual se podría concluir -extrapolando quizás injustificadamente esta constatación- que buena parte de la filosofía política actual -y quizá de la política en cuanto tal, por no hablar de la filosofía- es eminentemente esquizofrénica).16 Veamos por qué sucede esto. Para ello nos resultará útil retomar las críticas de Laclau a Agamben en el ensayo “¿Nuda vida o indeterminación social?”.
3.2 El double bind de la filosofía política
Laclau considera -y critica, por supuesto- tres tesis contenidas en Homo sacer. Il potere sovrano e la nuda vita:
La relación política originaria es la exclusión.
La actividad fundamental del poder soberano es la producción de nuda vida como elemento político originario.
En la actualidad, no es la ciudad sino el campo de concentración el paradigma biopolítico fundamental de Occidente (cfr.Laclau, 2008: 108).
Atendamos, por razones de extensión, al núcleo de las dos primeras críticas para determinar lo que está en juego; la tercera se deduce, en su argumento central, de las dos primeras.
Según Agamben, la figura del homo sacer es el producto específico de la exclusión efectuada por el poder soberano. Tal exclusión, que no es una simple sanción, sino que implica el abandono -o, mejor aún, la relación de bando-, supone que el excluido quede “fuera del sistema de diferencias que constituyen el orden jurídico” (Laclau, 2008: 111). Sin embargo, argumenta Laclau, el excluido no está nunca absolutamente fuera de la ley tout court, sino sólo “fuera de la ley de la ciudad” (2008: 111); lo cual significa que dicha exterioridad es sólo el punto de partida para una nueva identificación colectiva en oposición (es decir, en una relación antagónica) con la ley de la ciudad. Por eso Laclau puede concluir: “No hay aquí ilegalidad en oposición a la ley, sino dos órdenes jurídicos que no se reconocen entre sí” (2008: 112). De allí la valoración radicalmente diversa a la de Agamben que propone Laclau del estado de excepción devenido norma en las sociedades contemporáneas: “En tanto para él, el devenir regla de la excepción, representa el avance inevitable hacia la sociedad totalitaria, lo que yo intento es determinar la presencia, en esta generalización de lo “excepcional”, de tendencias contrarias que permitan pensar acerca del futuro en términos más optimistas” (2008: 115).
Ahora bien, quisiéramos citar dos pasajes que a nuestro juicio resumen las críticas de Laclau. Como se verá, lo que está en juego en ellas es precisamente una confusión de registros:
El problema, sin embargo, es el siguiente: ¿agota la articulación de dimensiones mediante las que Agamben piensa la estructura de la exclusión el sistema de posibilidades abierto por dicha estructura? En otras palabras: ¿no ha elegido Agamben sólo una de estas posibilidades y la hipostatiza de modo tal que asuma un carácter único? (2008: 115).
Agamben ha confundido el problema, ya que ha presentado como momento político algo que en realidad equivale a una eliminación radical de lo político: un poder soberano que reduce el lazo social a la nuda vida (2008: 114).
El problema que detecta aquí Laclau es que Agamben pierde de vista el carácter anfibológico de las instituciones políticas. El Estado soberano, asevera Laclau, no es esencial y únicamente totalitario, no es esencial y únicamente dictatorial.17 Al inscribirlo en el mismo espacio bipolar de la máquina gubernamental, Agamben le sustrae el doble aspecto que lo define desde un punto de vista político (en el sentido laclauiano). Por eso, el poder soberano, sostiene Laclau, identificado por Agamben con una de las fuentes de todo mal, en el capitalismo globalizado actual -sobre todo en sociedades periféricas como las latinoamericanas- puede llegar a constituirse en un foco de resistencia al mercado neoliberal.18 Si no se es sensible a esta posibilidad, anfibológica, de la soberanía, se oblitera para Laclau uno de sus aspectos fundamentales, si no el fundamental.
La soberanía, finalmente, puede ser totalitaria en el caso extremo en que implica una concentración total del poder; pero también, profundamente democrática, si implica un poder articulador y no determinante, esto es, cuando “otorga poder” a los desvalidos. En ese caso, como ya hemos señalado, la soberanía debería concebirse como hegemonía (2008: 121; las cursivas son nuestras).
Sinteticemos ahora, en dos tesis, las posiciones de Agamben y Laclau en relación a la soberanía:
Agamben: es inherente al poder soberano producir nuda vida. (La consecuencia de esta tesis es que no resulta posible pensar en una soberanía que no produzca nuda vida y que no tienda, por eso mismo, en mayor o menor medida, al totalitarismo).
Laclau: el poder soberano puede ser totalitario, pero también emancipador.
Según Agamben, en la medida en que el Estado soberano tiende esencialmente al totalitarismo, se trata de pensar una política (de la comunidad o de lo neutro) que desactive o neutralice la polaridad constitutiva de la máquina gubernamental. Se trata de una política de lo neutro, porque -como dijimos- la comunidad de singularidades cualesquiera, en el sentido agambeniano, no se funda ni en el polo soberano ni en el polo económico de la máquina política. Según Laclau, por el contrario, lo político es impensable por fuera de este antagonismo constitutivo, pero por eso mismo cada uno de los polos es susceptible de un doble funcionamiento: emancipador y totalitario. En suma, mientras que para Laclau se trata de pensar una soberanía emancipadora y democrática, para Agamben se trata de abandonar toda idea de soberanía.
Esta es la situación de double bind a la que nos referíamos al inicio de este artículo. Como el niño (pre)esquizofrénico que recibe una orden contradictoria por parte de su madre, nosotros recibimos enunciados políticos (aparentemente contradictorios) por parte de estas dos posturas filosóficas.19 Por eso, la situación a la que nos enfrentamos muchas de las veces que leemos textos pertenecientes a estas corrientes de filosofía política no dista demasiado de la situación en la que se encuentra atrapado el niño pre-esquizofrénico en los ejemplos de Bateson: “Su sistema metacomunicativo -las comunicaciones sobre la comunicación- se habrá desintegrado, y no podrá saber de qué tipo de mensaje se trata” (1987: 159). Como el esquizofrénico, nos hemos vuelto cada vez más incapaces de saber de qué mensajes se trata, a qué órdenes pertenecen los enunciados de estas dos corrientes de filosofía política. Pero creemos que existe una salida a esta situación y que es posible sostener ambas tesis políticas al mismo tiempo, más allá o a pesar de su aparente contradicción. Para ello, es preciso atender al enfoque del propio Bateson con relación a la esquizofrenia.
La teoría de la esquizofrenia presentada aquí está basada en el análisis de la comunicación, y específicamente en la teoría de tipos lógicos. De esta teoría y de observaciones en pacientes esquizofrénicos se deriva una descripción de, y las condiciones necesarias para, una situación denominada “doble vínculo” -una situación en la cual no importa lo que una persona haga, “no puede ganar”. Se formula la hipótesis de que una persona atrapada en un doble vínculo puede desarrollar síntomas esquizofrénicos (1987: 153).
Una manera de romper la aparente paradoja o contradicción de la situación de double bind consiste para Bateson en reconocer que los mensajes recibidos pertenecen a órdenes diferentes, es decir, en ser capaces de desarrollar un sistema meta-comunicativo. Esto significa, en nuestro caso, ser capaces de reconocer que ambos autores, Agamben y Laclau, hablan de lo mismo pero en registros diversos. Para llegar a individuar con precisión los dos niveles de análisis que están implícitos en las críticas recíprocas de ambas posiciones será menester, siguiendo la sugerencia de Bateson, remitir a la teoría de tipos lógicos elaborada por Bertrand Russell a principios del siglo XX.
4. Russell y la teoría de tipos lógicos
La tesis central de la teoría de tipos lógicos elaborada por Russell -cuya utilidad, según leemos en el capítulo II del primer volumen de los Principia Mathematica, consiste en “su habilidad para resolver ciertas contradicciones” (Russell y Whitehead, 1963: 37)- es que existe una discontinuidad entre una clase y sus miembros. Una clase no puede ser miembro de sí misma, así como uno de los miembros no puede ser la clase, puesto que el término usado para la clase pertenece a un orden -a un tipo lógico- diferente al de los términos empleados para designar a sus miembros. Por ejemplo, la proposición “la mesa es verde es verdadera” no pertenece al mismo tipo lógico “la proposición ‘la mesa es verde es verdadera’”. Russell menciona el célebre caso del escéptico que afirma no saber nada y es refutado por contradecirse:
De igual manera, el escéptico hipotético, quien asegura no saber nada y es refutado al preguntársele si sabe que no sabe nada, ha sido refutado falazmente por un argumento que implica una falacia de círculo vicioso. Para que la afirmación del escéptico sea significativa, es preciso introducir una limitación entre las cosas de las cuales él afirma su ignorancia, porque las cosas de las cuales es posible ser ignorante constituyen una totalidad ilegítima. Pero tan pronto como dicha limitación es introducida por él en el conjunto de proposiciones de las cuales asegura ser ignorante, la proposición de que es ignorante de cada miembro de ese conjunto no debe ser a su vez miembro del mismo (1963: 38).
Ahora bien, no nos interesa para nuestro propósito explorar la ardua teoría de tipos lógicos de Russell, sino simplemente retener el hecho de que la aparente contradicción entre dos proposiciones puede resolverse, en ciertos casos, confinando cada una a un tipo lógico diferente. Nuestra hipótesis es que las dos tesis políticas consideradas en el apartado anterior, la de Agamben y la de Laclau, no son excluyentes, pues a pesar de estar hablando de lo mismo, pertenecen a órdenes o tipos lógicos diferentes. Lo que debemos explicar ahora es cuáles son estos dos órdenes o niveles implícitos en las discusiones políticas de estos dos pensadores contemporáneos.
5. La política y lo político
En el ya clásico Post-Foundational Political Thought, Oliver Marchart señala que uno de los rasgos esenciales de las teorías políticas post-fundacionales es la distinción entre la política (politics), entendida como la dimensión en la que se efectúan las prácticas de la política tradicional, y lo político (the political), entendido como la dimensión de institución de lo social. A la política en su sentido habitual le corresponde, en la línea post-fundacional de los heideggerianos de izquierda que analiza Marchart, la dimensión óntica de lo social, mientras que a lo político le corresponde la dimensión ontológica.
Dado que el proceso de fundación/desfundación debe ser considerado como intrínsecamente político, y que la ontología debe necesariamente ser concebida como una ontología política, la diferencia entre lo ontológico y lo óntico deberá ser reformulada en términos de la diferencia entre “lo político” y “la política” [between “the political” and “politics”] (2007: 149).
Ahora bien, nos interesa retomar estas dos dimensiones de la política indicadas por Marchart, y ya antes de él por varios autores,20 puesto que nos permiten situar el debate entre las dos posiciones consideradas con anterioridad en un marco de mayor inteligibilidad. Resumamos ambas posturas en dos tesis respectivas:
Laclau: el antagonismo es necesariamente constitutivo de lo político; por lo tanto, no es pensable una política que no sea antagónica.
Agamben: el antagonismo no es necesariamente constitutivo de la política; por lo tanto, hay que pensar una política a partir de la desactivación o suspensión del antagonismo.
Habíamos indicado que la situación en la que nos encontramos, al leer ambas tesis, es similar al double bind señalado por Bateson. Si se intenta pensar, en la línea de Laclau, una política antagónica, puesto que el antagonismo es constitutivo de lo político, se entra en contradicción con el intento agambeniano de pensar una política a partir de la desactivación del antagonismo. Y a la inversa, si se intenta pensar, en la línea de Agamben, una política de la comunidad cualquiera, es decir, no fundada en la polaridad o el antagonismo de la máquina gubernamental, se entra en contradicción con la premisa laclauiana según la cual es imposible una política sin antagonismo. ¿Cómo hacer, entonces, para mantener ambas tesis al mismo tiempo? La respuesta, dijimos, consiste en reconocer que ambas posiciones pertenecen a órdenes de enunciación diversos. Gran parte de las polémicas entre ambas posturas se basa en que cada una aborda a la otra desde su propio orden de enunciación, es decir, desde un tipo lógico diverso al que corresponde a la otra posición. Veamos cómo ocurre esto.
En la tesis de Agamben: es inherente al poder soberano producir nuda vida, está implícito que no es posible pensar en ninguna forma de soberanía que no suponga, en mayor o menor medida, la producción de nuda vida y que no tienda, por ende, al totalitarismo.21 Como vimos, Laclau le objeta a Agamben que la producción de nuda vida es un caso extremo, y de ninguna manera paradigmático del poder soberano, razón por la cual es posible pensar en un Estado soberano que no tienda necesariamente al totalitarismo o a la producción de vida desnuda. Pero podemos imaginar también la crítica de Agamben a Laclau: al desconocer la estructura inherente al poder soberano (la producción de vida desnuda, precisamente), Laclau sigue reproduciendo -es decir, sigue siendo funcional a- la lógica totalitaria que pretende deconstruir con su propuesta de una democracia radical. ¿A qué se deben estos “debates y combates”? Se deben a que ambos autores, como ya sugerimos, se ubican en órdenes de enunciación diferentes y que confunden el orden de enunciación del adversario. Por eso creemos que es posible desarmar esta situación de double bind indicando con exactitud a qué órdenes o tipos lógicos pertenecen ambas tesis o posiciones. Estosupondrá modificar levemente la lectura que Marchart propone de Laclau. Nos parece que las tesis de Agamben pertenecen a una dimensión ontológica de la política, mientras que las de Laclau a una dimensión óntica.22 Esto no significa darle la razón a Agamben, sino mostrar que así como la noción de antagonismo puede funcionar sólo en un registro óntico pero no ontológico, la noción de neutro o comunidad cualquiera puede funcionar sólo en un registro ontológico pero no óntico. Aquí es importante introducir una aclaración: en la filosofía heideggeriana a la que remite la famosa “diferencia ontológica” existe una evidente preeminencia del dominio ontológico sobre el dominio óntico. Esto es así porque para Heidegger, como se sabe, lo propio de la historia de la metafísica ha sido una confusión del Ser con el ente, es decir, un olvido del Ser y una consecuente exaltación del ente. Creyendo pensar el Ser, la metafísica no habría hecho más que pensar el ente. Frente a este olvido, que sin embargo obedece a razones históricas propias de la misma metafísica, Heidegger propone una ontología fundamental, es decir, recuperar la dimensión ontológica olvidada por la metafísica. Ahora bien, identificar -como sugerimos aquí- a lo ontológico y lo óntico con tipos lógicos implica automáticamente desactivar cualquier relación jerárquica entre ambos dominios y pensarlos, por lo tanto, en su coexistencia inmanente, es decir, como órdenes que se presuponen recíprocamente y cuya existencia independiente resulta imposible. Óntico y ontológico o la política y lo político, así, tienen para nosotros la misma relevancia y se ubican en una misma horizontalidad, aunque conservando cada uno, por supuesto, su especificidad y su lógica interna.
La insuficiencia de la posición de Agamben es que intenta pensar una política óntica con categorías ontológicas; intenta pensar la posibilidad concreta -“en curso”, según su expresión- de una comunidad de lo neutro, lo cual es inviable porque el antagonismo, en este nivel óntico, es constitutivo y por tanto ineludible. En efecto, cada vez que se instituye políticamente lo social, adopta por necesidad una estructura antagónica o bipolar. Por el contrario, la insuficiencia de Laclau es que intenta pensar una política ontológica con categorías ónticas, es decir, una ontología del antagonismo, siendo que la estructuración antagónica de lo social acontece sólo al nivel de su actualización.23 Agamben aplica la noción de neutro, perteneciente a un orden ontológico, a la dimensión óntica de la política. De ahí su “nihilismo”. Laclau aplica la noción de antagonismo, perteneciente a un orden óntico, a la dimensión ontológica de la política. De ahí su “optimismo”. Aquél piensa la existencia de lo político sub specie essentiae; éste, la esencia de lo político sub specie existentiae. Esto significa que en la medida en que para Agamben el poder soberano es por naturaleza productor de vida desnuda (dimensión ontológica), cualquier actualización óntica de dicho poder supondrá necesariamente la producción de vida desnuda, pues tal operación concierne al ser mismo de la soberanía. La crítica de Agamben a Laclau, por eso mismo, apuntaría a mostrar que la noción de antagonismo, constitutiva del ser de lo político para el filósofo argentino y por lo tanto también perteneciente -al menos en apariencia- a una dimensión ontológica, resulta oportuna sólo para explicar la dimensión óntica del poder occidental. En la terminología de Agamben, esto significa que el antagonismo concierne sólo al funcionamiento bipolar de la máquina gubernamental, pero no al centro inoperante y anárquico que la máquina oculta y que a la vez requiere para funcionar. De tal manera, que para Agamben la noción laclauiana de antagonismo no pertenecería en rigor de verdad a la dimensión ontológica de lo político, sino a la dimensión óntica. Laclau se equivoca, argüiría el filósofo italiano, al confundir el registro óntico con el ontológico. Pero una crítica similar encontramos en Laclau: Agamben se confunde cuando postula como elemento político (la inoperosidad, la singularidad cualquiera, lo neutro, etcétera) lo que en verdad representa el fin de todo lazo político. Al intentar pensar una política a partir de la desactivación del antagonismo, Agamben se priva de toda posibilidad de pensar la política, puesto que para Laclau no hay política más que antagónica.
En suma: para resolver esta situación de double bind es preciso confinar cada posición a su tipo lógico específico. La tesis de Agamben de que es inherente al poder soberano producir vida desnuda, pertenece a una dimensión ontológica, pero justamente por eso no se contradice con la tesis de Laclau de que el poder soberano puede ser totalitario o emancipador, ya que esta última pertenece a una dimensión óntica. Marchart y también Laclau dirían que la noción de antagonismo alude a una ontología, puesto que concierne al ser mismo de lo político. Sin embargo, creemos que, como advertía Russell, es necesario introducir una limitación aquí. El antagonismo es una noción que se aplica al ser de lo óntico, pero no al ser de lo ontológico. La noción de neutro, implícita en los postulados agambenianos acerca de la comunidad y la desactivación de la polaridad de la máquina, se aplica en cambio al ser de lo ontológico, pero no al ser de lo óntico. Por eso, Agamben fracasa cada vez que intenta pensar no ya la comunidad que viene, sino la comunidad que hay. El antagonismo de Laclau pertenece a una ontología óntica o segunda, pero no a una ontología primera.24 Lo neutro de Agamben pertenece a una ontología primera, pero no a una ontología óntica o segunda. Ambos fracasan al intentar pensar la política del adversario con las propias categorías. No obstante, es preciso señalar que Laclau considera de manera positiva a la proliferación diferencial que está a la base de los sujetos políticos y que resulta irreductible a cualquier forma de identidad metafísica. En este sentido, la influencia del postestructuralismo -y más en concreto de la noción derridiana de différance- en el pensamiento de Laclau es innegable. Por eso, el filósofo argentino no mira con malos ojos a las singularidades cualesquiera que proliferan más acá o más allá de las formas políticas instituidas, mien- tras que Agamben sí mira con malos ojos las formas instituidas de la política representativa. En este punto, Laclau es mucho más agudo y menos ingenuo que Agamben. Como dijimos, Laclau considera en términos positivos el orden lógico de la propuesta de Agamben (el centro vacío, las singularidades límbicas, la vida mesiánica: orden ontológico), pero a la vez indica su insuficiencia y la necesidad de que esas singularidades se articulen y adquieran una traducción representativa o simbólica (orden óntico). Agamben, en cambio, considera en términos negativos el orden lógico de la propuesta de Laclau, razón por la cual la política que viene implica para él un rechazo rotundo y sin matices de todo lo que tenga que ver con los polos de la máquina y con las formas representativas de la política tradicional. De allí su irremediable “purismo”; para él, sólo vale la pena pensar una política no contaminada por la polaridad de la máquina, una política de la vida potencial e inoperosa que, habiéndose liberado de las cesuras instauradas por los dispositivos, pueda exhibir la “pureza” de su condición ingobernable y anárquica. Con “pureza” no nos referimos a una supuesta “originalidad” o “naturalidad” de la vida, cosa que Agamben niega taxativamente, sino a la idea de que, al contrario de lo que sostenía Foucault, la “forma-de-vida” designa un “Ingobernable que se sitúa más allá tanto de los estados de dominio cuanto de las relaciones de poder” (2014: 148). El purismo de Agamben concierne simplemente a este “más allá”. Es probable que, de haber sido argentino, el peronismo (es decir, la impureza misma) hubiera despertado a Agamben de su sueño anárquico, el cual puede ser tan dogmático como el más férreo totalitarismo. Si Mussolini engendró, per viam negationis, a Agamben; Perón engendró, per viam afirmationis, a Laclau.
6. Hacia una política ch’ixi
En Sociología de la imagen, o también en Ch’ixinakax utxiwa, Silvia Rivera Cusicanqui recurre al término aymara ch’ixi para pensar una estrategia que permita habitar de forma crítica y creativa la contradicción generada por la situación de double bind.25 Después de hacer referencia a la noción de double bind propuesta por Bateson, Rivera Cusicanqui sostiene: “Al reconocimiento de este “doblez” y a la capacidad de vivirla creativamente la hemos llamado “epistemología ch’ixi”, que impulsa a habitar la contradicción de tal modo que podamos liberarnos de la esquizofrenia que supone” (2015: 326). Para Cusicanqui, se trata de vivir al mismo tiempo adentro y afuera de la máquina capitalista. Lo ch’ixi designa una coexistencia de niveles opuestos que, a pesar -o en función- de su antagonismo, conviven en una tensión que no llega a resolverse nunca. Por tal motivo, lo ch’ixi resulta fundamental, asegura Cusicanqui, para pensar la condición mestiza de la sociedad boliviana sin recurrir al concepto de hibridación. Leamos la definición que propone en La sociología de la imagen:
la idea de lo ch’ixi […] literalmente se refiere al gris jaspeado, formado a partir de infinidad de puntos negros y blancos que se unifican para la percepción pero permanecen puros, separados. Es un modo de pensar, de hablar y de percibir que se sustenta en lo múltiple y lo contradictorio, no como un estado transitorio que hay que superar (como en la dialéctica), sino como una fuerza explosiva y contenciosa, que potencia nuestra capacidad de pensamiento y de acción. Se opone así a las ideas de sincretismo, hibridez, y a la dialéctica de la síntesis, que siempre andan en busca de lo uno, la superación de las contradicciones a través de un tercer elemento, armonioso y completo en sí mismo (2015: 310-311).
Es preciso indicar que la referencia a -y el consecuente “uso” (o, mejor aún, “profanación”) de- la noción de ch’ixi de Rivera Cusicanqui, como indicamos en la introducción, no implica una adhesión al pensamiento político de esta autora. Lo único que nos interesa del concepto de ch’ixi es que permite pensar y sostener al mismo tiempo dos dimensiones presuntamente contradictorias y además resolver, al menos así se enuncia en Sociología de la imagen, la situación esquizofrénica de double bind. Como se sabe, Cusicanqui ha criticado en varias oportunidades a los populismos y republicanismos de América Latina con argumentos con los cuales no estamos de ningún modo de acuerdo. Sin embargo, el objetivo de este artículo no es reconstruir y desarrollar la posición filosófico-política de Cusicanqui, sino simplemente utilizar la noción de ch’ixi, en la medida en que supone la coexistencia de dos elementos o dominios contradictorios, para pensar la relación -no sintética ni armoniosa- entre lo óntico y lo ontológico y al mismo tiempo la necesidad de su presuposición recíproca. Quisiéramos sugerir que la noción de ch’ixi propuesta por Rivera Cusicanqui nos permite acceder a ese nivel meta-comunicativo que, según Bateson, constituía el requisito necesario para desarmar la situación de double bind. No se debe malinterpretar, sin embargo, el prefijo meta. No es que lo ch’ixi se ubique más allá, por encima o por debajo de los dos órdenes, óntico y ontológico, que hemos distinguido. Al contrario, lo ch’ixi designa más bien la integración o la coexistencia -pero nunca la síntesis o la identidad- de los dos tipos lógicos considerados previamente. El meta indica, entonces, la irreductibilidad de lo ch’ixi a las posiciones de Agamben y Laclau (y, en un sentido general, a la filosofía de la potencia o de lo neutro y a la filosofía del acto o del antagonismo), y no un más allá trascendente o metafísico. Por eso creemos que uno de los desafíos de la filosofía política actual consiste en situarse en esta zona intermedia, irreductible a las posiciones consideradas, tanto a la óntica del antagonismo (Laclau) cuanto a la ontológica de lo neutro (Agamben), tanto a la política cuanto a lo político, que conducen a una suerte de double bind teórico-práctico. Cusicanqui utiliza el término aymara taypi para designar el entremedio en el que, nos parece, debe situarse tanto la política que hay como la que viene.
una manera de andar por los caminos de una suerte de conciencia del borde o conciencia fronteriza, un enfoque que he bautizado como la epistemología ch’ixi del mundo-del-medio, el taypi o zona de contacto que nos permite vivir al mismo tiempo adentro y afuera de la máquina capitalista, utilizar y al mismo tiempo demoler la razón instrumental que ha nacido de sus entrañas (2015: 207).
Sólo a partir de esta conciencia del borde o conciencia fronteriza, creemos, es posible desarticular la situación de double bind indicada con anterioridad. Esta política ch’ixi, abigarrada y mestiza, nos permite mantener, a la vez, la dimensión ontológica de lo neutro y la dimensión óntica del antagonismo, pero también nos advierte de la imposibilidad de independizar cualquiera de los polos y constituirlo en la instancia única de lo político. No hay ontología de lo neutro que no presuponga una óntica del antagonismo, ni hay óntica del antagonismo que no remita a una ontología de lo neutro. La noción de taypi, en este sentido, se revela fundamental: ella designa el espacio intermedio, la zona fronteriza que articula y distingue lo óntico de lo ontológico. Podría pensarse que también en este caso se trata de una noción neutra, puesto que no se confunde ni con la ontología ni con la óntica. Sin embargo, se trata de un neutro muy especial, diverso al neutro ontológico. El taypi es el borde (doblemente neutro, neutro al cuadrado, una suerte de archi-neutro) que mantiene la contradicción entre la óntica del antagonismo y la ontología de lo neutro. La condición neutra del taypi, por ende, pertenece a un orden lógico diverso del neutro ontológico de Agamben.
7. Conclusión
A lo largo de este artículo hemos mostrado que algunas tesis de dos de las corrientes más importantes de la filosofía política contemporánea, cuando son afirmadas simultáneamente, conducen a una situación de double bind, en el sentido propuesto por Gregory Bateson. Esta expresión hace evidente la situación en la que hay dos imperativos en conflicto, ninguno de los cuales puede ser ignorado, lo cual deja a la víctima frente a una disyuntiva insoluble, pues cualquiera de las dos demandas que quiera cumplir anula la posibilidad de cumplir con la otra. Para demostrar esta situación de double bind hemos considerado dos posiciones políticas diferentes y, en cierto sentido, contrapuestas: la de Giorgio Agamben, a la que hemos llamado política de lo neutro; y la de Ernesto Laclau, a la que hemos llamado política del antagonismo. Desde este marco, hemos considerado dos tesis concretas correspondientes a cada postura teórica, a saber:
Tesis de Agamben:
Es inherente al poder soberano producir vida desnuda, es decir, tender -en mayor o menor medida- al totalitarismo.
El antagonismo forma parte del funcionamiento de la máquina gubernamental, pero no de su centro inoperoso y anárquico.
Tesis de Laclau:
El poder soberano puede ser totalitario pero también emancipador.
El antagonismo es constitutivo de lo político tout court.
Ambos grupos de tesis, hemos mostrado, pertenecen a tipos lógicos diferentes. Para Agamben, por ejemplo, la noción de antagonismo correspondería a la dimensión óntica de lo político; para Laclau, a la dimensión ontológica. De allí que Laclau critique a Agamben por no percibir la naturaleza “esencialmente” antagónica del campo político, y que Agamben critique a Laclau por no percibir la naturaleza “esencialmente” totalitaria del antagonismo. Frente a esta indecibilidad paradójica, hemos sugerido considerar la noción de neutro o de comunidad cualquiera como pertenecientes a una dimensión ontológica y la noción de antagonismo como perteneciente a una dimensión óntica. Esta distribución de los términos, sin embargo, lejos de darle la razón a Agamben, muestra más bien la imposibilidad de pensar una política desligada de lo óntico, así como la imposibilidad correlativa de pensar una política desligada de lo ontológico. Agamben comete el error de aplicar categorías ontológicas (lo neutro es el caso paradigmático) para pensar lo óntico; Laclau, el error de aplicar categorías ónticas (el antagonismo) para pensar lo ontológico. Ambos confunden los registros o los tipos lógicos. Por eso, la “víctima”, es decir, nosotros, lectores de sus textos, nos vemos atrapados en una situación de double bind: si admitimos la tesis de Agamben, entramos en contradicción con la tesis de Laclau; si admitimos la de Laclau, entramos en contradicción con la de Agamben. La manera de resolver esta aporía es reconocer que ambas tesis pertenecen a órdenes diferentes. Pero que se trate de órdenes diversos no significa que sean pensables por separado. Lo óntico y lo ontológico se presuponen siempre y necesariamente, lo cual significa que ninguna dimensión existe sin la otra.
Alguien podría preguntar, por cierto, cuál es la necesidad de resolver esta situación de double bind -suponiendo que tal situación exista, cosa que hemos intentado mostrar en este artículo. Para responder a esta cuestión y mostrar la importancia de mantener estas dos teorías en su tensión constitutiva, sería menester remitir la discusión a casos muy concretos. Por ejemplo, una traducción posible de la política de lo neutro agambeniana, en el caso argentino, sería la consigna “son lo mismo”, refiriéndose a los gobiernos de Cristina Fernández y de Mauricio Macri. En tanto el paradigma del Estado soberano y el paradigma del Mercado neoliberal-financiero forman parte del mismo espacio bipolar de la máquina gubernamental; Cristina y Macri, según el marco conceptual agambeniano, son efectivamente lo mismo y por ende deben -o deberían- ser desactivados en un mismo gesto deponente. En este punto, Agamben y Nicolás del Caño -¡e incluso Javier Milei!- coinciden.26 Sin embargo, cualquier persona de buena fe sabe que esos dos modelos, por sus consecuencias directas en la vida comunitaria, no son lo mismo, más allá de las críticas que se le puedan formular a cada uno en función de sus falencias e insuficiencias. Lo que nos permite desarmar la falacia de la consigna “son lo mismo”, es precisamente el pensamiento de Laclau, puesto que para la política del antagonismo tanto el polo soberano como el polo económico pueden funcionar de dos maneras muy diferentes: emancipadora o totalitaria. Pero a la inversa, creer que lo único que existe, en términos políticos, es el antagonismo entre estos dos polos resulta insuficiente, y allí se ve la importancia de la propuesta de Agamben, la cual amplía la imaginación política al postular la existencia de un resto o elemento (la forma-de-vida, lo ingobernable, la vida mesiánica, la inoperosidad, etcétera) que resulta irreductible a -e inasimilable por- cualquier forma de antagonismo o bipolaridad.
Ahora bien, estimamos que la noción aymara de ch’ixi propuesta por Rivera Cusicanqui nos permite habitar, por así decir, la contradicción y convertirla en potencia crítica y creativa. Ello no significa, desde luego, adoptar la posición política de Cusicanqui, con la cual, como hemos dicho, no estamos de acuerdo.27 Por el contrario, uno de los objetivos del presente texto consiste más bien en retomar la noción de ch’ixi -es decir, profanarla, hacer un uso de ella, desplazarla ligeramente de su horizonte de sentido- para dar una respuesta a la situación de double bind en la que muchas veces se encuentran atrapados quienes no desean renunciar a ninguna de las tesis de estas dos corrientes de la filosofía política contemporánea representadas por Agamben y Laclau. Esta respuesta, como hemos indicado, supone por un lado confinar cada teoría a un tipo u orden lógico diferente (de allí la importancia de la referencia a Russell y Bateson), y por otro lado mostrar la necesidad de mantener ambas teorías en su tensión “aparentemente” contradictoria (de allí la importancia de la noción de ch’ixi de Cusicanqui). No se trata de resolver dialécticamente la tensión entre lo óntico y lo ontológico, sino de instalarse en el borde o la frontera, en el taypi, en el adentro-afuera, en el entre-medio que une y separa ambas dimensiones de la/lo política/o. Por eso creemos que la política que viene no es -o por lo pronto no sólo es- la política de la comunidad cualquiera y de lo neutro, sino la política del taypi, de lo abigarrado y lo contradictorio, la política ch’ixi. Sólo ella, en tanto “forma un tejido en la frontera misma de aquellos polos antagónicos” (2015: 226) y asume de forma creativa y crítica la contradicción del double bind, es capaz de crear las condiciones de posibilidad para “liberarnos de la esquizofrenia” (2015: 326).














