ANEXO I: LAS RESERVAS
La identificación del pueblo con el ejército ha sido siempre un anhelo de todo buen argentino. Momentos hubo, sin embargo, que esa identificación estuvo en peligro, no por la obra de las fuerzas armadas, ni siquiera del pueblo mismo, sino por la acción de propagandistas en su mayoría extranjeros que obraban por cuenta de países e ideologías que nos eran extraños. Esta situación no ha desaparecido todavía, sino que por el contrario, estamos en presencia de un recrudecimiento del grave fenómeno que implica la presencia en el país de un número desconocido pero eficaz de agitadores y terroristas los ha denunciado el gobierno que rompen la armonía que ha de servir de ambiente para la identificación del pueblo y el ejército, identificación que es natural, ya que el ejército está formado por el pueblo y sostenido por él.
Por otra parte, hay que reconocer que las antiguas leyendas sobre la atención de los soldados, difundidas y exageradas por los mismos extremistas, han sido desplazadas por las experiencias de los hijos del pueblo que pasan por los cuarteles: el trato es excelente y en el reglón alimenticio, puede asegurarse que en muy pocos hogares se sirve un menú tan bien equilibrado como en el ejército. Por lo demás, el cuartel es una escuela donde se complementan los conocimientos de los ciudadanos a quienes se los educa con la disciplina y la justa ley de la formación moral y en los sentimientos patrióticos de mayor solidez. Un complemento importante para la identificación a que estamos haciendo referencia, es la organización de las reservas. Éstas han sido organizadas por ley quedando definido su significado. No son, pues, milicias civiles de iniciativa privada. Todo intento en este sentido sería ilegal. La Constitución Nacional es terminante. En la parte final del artículo 15 se lee: "Quedan prohibidas la organización y funcionamiento de milicias o agrupaciones similares que no sean las del Estado, así como el uso público de uniformes, símbolos o distintivos de organización cuyos fines prohíbe esta constitución o las leyes de la Nación".
Dentro de los términos ha de encuadrarse el ofrecimiento hecho por los trabajadores al Ministro del ejército, sobre la formación de las reservas para colaborar con la fuerzas armadas en la defensa de la Constitución y de las autoridades legítimamente constituidas. En realidad no es un ofrecimiento necesario. Todos los argentinos formamos en la reserva y estamos obligados a acudir al llamado de las autoridades respectivas. Y así dice en su respuesta el ministro. Copiamos sus palabras: "Estoy persuadido de que el generoso ofrecimiento habrá de ser considerado por el poder ejecutivo en la oportunidad que estime necesario ejercer la facultad exclusiva que le confiere la Constitución y la ley 12.913 para la convocatoria a las reservas de la Patria".
Es la buena doctrina; sólo el gobierno puede convocar y organizar las reservas y hacerlo dentro de las prescripciones legales, tampoco a su arbitrio. La organización por otra vía de efectivos militares o militarizados está vedada por el artículo citado. Y aún hay otras cláusulas correlativas. Es oportuno recordar el artículo 14 de la misma Constitución que dice: "El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición".
Las reservas legales, en cambio, están siempre a las órdenes del ejército y a las decisiones de los poderes del Estado. Quienes a su vez están obligados a acatar las leyes vigentes en la materia, que tienen que ser anteriores al hecho; en este caso anteriores a los ofrecimientos y a las órdenes.
ANEXO II: LA PROCLAMA
La proclama del jefe de la revolución es un documento sobrio y mediato y de claro sentido trascendente. El amor a la verdad la prestigia. Hay en ella una clara definición democrática de nítida esencia cristiana y una auténtica comprensión para los enemigos del movimiento.
Hubo una época en que los hombres pudieron dudar de la democracia. Sus experiencias no fueron siempre seductoras; pero los hechos presentes demuestran cuánta diferencia existe entre un régimen democrático y las diferentes formas antidemocráticas. Y eso se acentúa, si estamos con un pensador francés que dijo que a la democracia se la podía bautizar; cosa imposible de lograr con regímenes cuyo paso fundamental va contra la persona humana. El respeto a esta obra de Dios es el primer deber del gobernante. Por lo demás, es una exigencia cultural. Los regímenes totalitarios no caben en ella. Satisface, pues, plenamente a la opinión pública esta definición, que coloca al movimiento en el plano legal e ideológico más saludable para el país y para sus súbditos.
Habló también de los enemigos de la revolución. Las luchas producen asperezas, por mucho que sea el tacto con que se encaren. Y depende de la compresión de los unos y los otros limar esas asperezas hasta hacerla desaparecer. Desde el primer momento los revolucionarios usaron el "slogan" no por viejo menos prestigioso. Afirmaron que no habría para ellos vencedores ni vencidos. Después de la lucha sólo deben quedar argentinos. Hace falta para ello mucha comprensión, alto patriotismo. Cuando un hombre lleva en sí dotes suficientes para que lo lleven al triunfo, sólo teniendo verdadero acopio de virtudes cívicas podrá atender los llamados que tiendan a desviarse del mejor camino. El movimiento revolucionario ha sido prestigiado por esa posición inicial que declara la eliminación del peligro de mantener divididas las filas después del triunfo. No nos cansaremos de insistir respecto a la necesidad de esta conducta. Sobre todo si nos atenemos a las circunstancias. Hay que vencerlas. Por eso nos parece tan atinado el llamado constante del movimiento a los jefes y oficiales que estuvieron en otras filas. Se los instó a plegarse a ellas. Y esa invitación debe ser aceptada por todos los jefes y oficiales que estuvieron en otras filas, comprendiendo que es una actitud generosa del triunfador y no una prueba de debilidad. Si ya se logró así evitar mayores derramamientos de sangre, sellará en adelante la unión del ejército, tan necesaria para el fiel cumplimiento de sus fines.
ANEXO III: LOS ESTUDIANTES
Una de las instituciones que ha sufrido mayores daños durante los doce años de dictadura es la universidad. Y aún podemos agregar que toda la instrucción pública. No hay memoria de un caso semejante. En efecto, dentro de los planes totalitarios la instrucción era una presa valiosa. Desde la escuela primaria hasta la universidad, todo fue invadido, contaminado, corrompido. El régimen caído tenía una sola preocupación: su consolidación. Para ello no reparó en medio. Ni en contradicciones. Así pudo verse cómo al principio de su mandato los persiguió recuérdese la supresión de las franquicias que tenían para hacer el servicio militar en tres meses y en la última parte de su gobierno se lanzó a las conquistas por medio de la nefasta Unión de Estudiantes Secundarios, de exámenes y la obtención de títulos según revelaciones hechas por los mismos compañeros y correligionarios sin haber llenado los requisitos indispensables. Este es uno de los muchos casos de contradicciones, de que estuvo plagado su gobierno; pero él, por sí solo no contribuye a fijar el daño que causó al país con su injerencia en la instrucción pública. Terrible daño. Desde el primer momento empezó la persecución contra los profesores más dignos y competentes. Renuncias y cesantías, presiones y halagos. De todo hubo. Y más tarde, los mismos catedráticos nombrados por el régimen, sufrieron otras pugnas, al no firmar la vergonzosa declaración de adhesión al primer mandatario, a su partido y a su doctrina, y en particular a la legislación anticatólica. Por esas causas la universidad argentina había caído en una etapa de desprestigio que parecía que llevaría a arrasarla definitivamente.
La tarea de corromper las conciencias fue la más diabólica de la acción totalitaria: la monserga peronista se repetía en las clases de diferentes etapas, bajo el nombre de doctrina justicialista y con la aduladora literatura oficial, que endiosaba a la pareja presidencial. Todos los niños del país estaban deformados por esa instrucción, que copiaba las creaciones de Mussolini y Hitler. Todo eso tiene que terminar. La revolución ha llegado a la universidad. Y tiene en ella amplia labor a cumplir. No puede ser obra de un día. No puede exigirse que se borre de una vez todo el daño cometido en doce años de opresión. Para ello es necesario que las autoridades disfruten de la mayor tranquilidad. Y también que todos los interesados olviden sus diferencias y colaboren en la reconstrucción. Sería un error que nadie se autodeclarara heredero de la revolución. Sólo serviría para entorpecer una obra que a todos interesa. Los primeros nombramientos hechos por el gobierno en la casa de estudios han sido bien recibidos por la opinión pública. Por ese lado, no hay problemas. En cambio, sí se ha presentado desde otro ángulo: la reacción estudiantil. Aparentemente, la adhesión ha sido unánime. Los grupos más diversos lucharon juntos, hombro con hombro. En ese momento, hubo comprensión entre gente de las más diversas tendencias. Esa comprensión tiene que mantenerse ahora, para traducirse en efectiva colaboración.
Los estudiantes han de dedicarse a su misión específica: estudiar. Su participación en los sucesos tiene que ser excepcional. En la actualidad hay que extremar el empeño por el estudio. Tienen que recuperar el tiempo perdido. Ha habido razones poderosas para perderlo. No ha sido, desde luego, culpa de los alumnos. Tanto la lucha como los hechos que la precedieron, tenían un carácter vital que no podía ignorarse. Pero afortunadamente, ha pasado la urgencia. Ha llegado la hora de cambiar las armas por los libros. Hemos dado ya testimonio de su heroísmo. Ahora queremos darlo de su dedicación el estudio.