09 Abril 2026
Jan-Jun 2026
El objetivo de este estudio fue explorar el fenómeno de la migración como un proceso del grupo étnico wixáritari para obtener la ciudadanía étnica en la ciudad de Guadalajara. Con base en la perspectiva de género se utilizó la metodología cualitativa para la construcción del análisis interpreativo y subjetivo de las etnografías realizadas en la liga de baloncesto femenil ‘Ukári Waikamete, para evidenciar, en tres casos, los conflictos por los que la mujer wixárika transita, bajo la influencia de modelos patriarcales y colonialistas, por parte del Estado y de sus relaciones sociales inmediatas.
Palabras clave: :
violencia de género, conflicto étnico, derecho público, migración, ciudades inclusivas
La mayoría de los pueblos indígenas de México -y cabe señalar que todos- suelen ser identificados en regiones alejadas de las urbes, casi como entelequias rurales atrapadas en el tiempo. Y no cualquier tiempo, se trata de uno muy específico en el que los pueblos, forzadamente, se mostraron obligados a desplazarse a las zonas refugio desde los albores de la Colonia. En aquel momento, “las comunidades originarias entraron a la historia moderna por la puerta del tributo y la sobreexplotación” (Talavera, 1989, p. 306).
Dibujar el desarrollo de la migración indígena en nuestro país constituiría en sí mismo el tema central de un escrito y rebasaría, con mucho, los límites de tiempo y de espacio. Por lo que no se pretende llevar a cabo un recuento y análisis detallado de la presencia de la migración indígena -como unidad de análisis- dentro de la literatura antropológica. Sin embargo, es necesario hablar sucintamente de la ciudad como “alternativa de supervivencia de las familias campesinas” (González de la Rocha, 1989, p. 209) porque de estos flujos migrantes rurales es de donde surge una condición -de las tantas formas- para acceder a la ciudadanía étnica de los pueblos indígenas.
Los estudios sobre migración indígena, si bien han sido analizados como un proceso de mediana o larga duración o descritos como res-puesta a los modelos macroeconómicos, igualmente atienden a la con-textualización de las variables que causan la movilización. Dichas variables superan el incremento de la actividad industrial que impacta geográfica y demográficamente a los territorios, pues desde la antropología se parte de factores particulares en donde la investigación micro tiene relevancia por su carácter inductivo. Utilizando una metodología tradicional de entrevistas1 y observación directa para profundizar el entendimiento del conocimiento de las comunidades, es como la mirada se ha centrado en las mujeres.
El aumento de la migración femenina ha sido muy consolidado desde la evidencia etnográfica y los motivos para que una mujer deje su hogar se encuentran asociados a modificar aspectos tradicionales y de reproducción social; es decir, hay que entender a la migración como una vía para cambiar las situaciones del “ciclo de vida doméstico: como hijas, solteras, madres solteras, esposas, abandonadas, viudas” (Arias, 2013a, p. 151). Fuera de las observaciones de la migración masculina y campesina, es necesario hacer la distinción de géneros y no asumir implícitamente la migración de las mujeres o que esta está “subordinada a la migración de los hombres” (Canales, 2014, p. 305).
La operación simbólica (Ambriz, 2011) le da diversos significados al cuerpo de las mujeres y los hombres, y a través de estos se construye otro proceso de la feminidad y masculinidad. Lo que da como resultado que la respuesta a ser mujer u hombre indígena en la ciudad no sea la misma experiencia, aunque se tenga una misma noción de ser (e)migrante. De tal manera, revisar los trabajos previos, reelaborar o crear desde un punto de vista feminista, o sea, teniendo en cuenta a la mujer y tratando de desentrañar las actividades y aportes culturales de las mujeres (dota a la teoría equilibrio al evitar los sesgos machistas) que dejan fuera a la mitad de la especie humana (Gabayet Ortega & Lailson, 1989, p. 231).
Como respuesta a la inequidad de género que se manifiestan tanto en el acceso y control diferencial de recursos (físicos, socioeconómicos, socioculturales y políticos), como en las concepciones del mundo, el proceso de individualización y la construcción de identidades, es preciso hablar de las condiciones histórico-estructurales, en principio, del indigenismo posrevolucionario que interiorizó el racismo y la mestizofilia (Díaz Alba, et al., 2022), de precarización, de violencia (San Juan, 2007) y falta de trabajo en el lugar de origen, que han derivado en los flujos migratorios -que van in crescendo junto con la industrialización en México (Ambriz, 2007) entre las décadas de 1940 y 1970 (Lara, 2014, p. 23), y la cual desde 1990 ha cambiado la configuración de las ciudades destino y responde a “nuevos fenómenos de movilidad” (Cárdenas Gómez, 2014, p. 1) y la modificación del uso de los suelos. De tal manera que han disminuido los productores campesinos y los hogares rurales no son sinónimo de economía campesina (Arias, 2013b).
El pueblo indígena wixáritari tiene mayor concentración de sus integrantes en las comunidades rurales de la Sierra Norte de Jalisco, mejor conocida como la Sierra Madre Occidental (Jauregui, 2008). Este espacio también ha sido conceptualizado por la administración estatal como la región Huicot por su interacción con los grupos étnicos Huichol, Cora, Tepehuanos y mestizos de los estados de Nayarit, Jalisco, Durango y Zacatecas (Chávez & Lartigue, 2012). Las tierras de los wixáritari ocupan un área de aproximadamente entre 4,100 kilómetros cuadrados (Miranda Torres, 2023, p. 50) a 4,107.5 kilómetros cuadrados (Torres Contreras, 2006, p. 41), por otro lado, también se sostiene que no se encuentran tan aislados dentro de la macrorregión del Occidente de México, región, por cierto, considerada una de las más ricas en expresiones culturales de carácter popular (Talavera, 1989, p. 303). Su vestimenta es muy atractiva a la vista, incluye bordados multicolores y telas industriales con estampados (INPI, 2020), y suele ser muy distintiva entre la población que habita en las inmediaciones de la urbanidad.
La construcción del territorio wixáritari es muy importante porque no sólo permite abordar la reorganización política y ceremonial de estos pueblos, sino que a su vez muestra la fragmentación del territorio (Téllez, 2005) y la diáspora de las comunidades en la ciudad. Una vez que migran, su inserción se da de forma dispersa en asentamientos de la periferia (Contreras, 2022) lo que aumenta la complejidad para situarlos en una sola localidad debido a que construyen nuevos espacios en la(s) metrópoli(s).
Las actuales articulaciones estructurales entre la vida doméstica - que incluyen la violencia de género- en sus hogares serreños y la falta de oportunidades económicas al vivir en una región con recursos escasos, sobreexplotados, de tierras estériles o limitadas al consumo de una mínima partede la producción del coamil2 Una práctica que se ve mucho en (Chávez Benicio, 1989), enmarcan las dificultades de la producción agrícola como una fuente importante en la economía de estas familias porque representan una parte de sus ingresos. Teniendo en cuenta las implicaciones para poder disfrutar una buena cosecha, el trabajo es totalmente manual y se valen muy poco de otras herramientas para facilitar la faena. Este sistema de producción es muy particular del estado de Jalisco y se caracteriza por tener actividades de gran esfuerzo físico que van desde la elección del lugar, la roza, tumba, quema, siembre, deshierbes y, finalmente, la recolección (Ortiz, 2011). Hasta el siglo XX este recurso de autoconsumo era indispensable.
Tal es el primer caso, de Terracota, quien migró a sus quince años a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, para refugiarse en el CIDECI-UNITIERRA de un abuso sexual que sufrió en su comunidad (San Andrés Cohamiata). Como consecuencia de esta violencia tuvo una hija -nacida en Guadalajara porque Terracota también nació ahí-, a quien cuida su mamá (la abuelita) en la sierra para que ella trabaje en la ciudad y pueda mandar dinero porque “allá no hay trabajo”. Su padre falleció, lo que dejó a su madre, hermana e hija sin el respaldo patrilineal en la comunidad, dificultando significativamente su proceso de recuperación económica tras la pérdida de su padre.
Por un lado, se observa que la familia nuclear comprende las implicaciones asociadas a la decisión de abandonar el entorno comunitario para trasladarse a la ciudad en busca de mejores condiciones de subsistencia tanto para sus hijos e hijas como para sus padres y madres. Por otro lado, prevalece una actitud de desaprobación hacia las actividades participativas y/o la exclusión de los sistemas de cargos tradicionales por parte de las autoridades indígenas hacia aquellas personas que permanecen un periodo prolongado fuera de la comunidad.
Asimismo, una modalidad particular en las prácticas de crianza que se puede observar consiste en el cuidado de los menores por parte de familiares, quienes asumen la responsabilidad de su crianza para que otros integrantes de la misma familia puedan desplazarse en busca de recursos que resultan difíciles de obtener en la comunidad de origen. Más allá de la dimensión económica, esta estrategia responde principalmente a necesidades de supervivencia alimentaria. Otra de las razones, en el caso de Terracota -y que igualmente fue compartida por su madre- es que actualmente no cultivan debido a la dificultad física que implica la labor, especialmente desde que su esposo, al fallecer, dejó de colaborar en las tareas agrícolas. Aunque la siembra y la cosecha son actividades que toda la familia realiza sin contar con recursos económicos y con limitada fuerza de trabajo, la opción más viable para garantizar su subsistencia es mantener una movilidad constante hacia la ciudad.
El modo de vida en la sierra presenta sus propios riesgos de supervivencia, lucha, resistencia y acción económica, consiguientemente, la organización social para sortear estos retos se modifica en función de la sobrevivencia no sólo de las personas -en tanto organismos biológicos- sino de las tradiciones como valor identitario.
Para la migración de mujeres wixáritari el reto es doble porque “la movilidad femenina está circunscrita a ciertas motivaciones, etapas del ciclo de vida, tipos de actividad, formas de residencia que no afectan la condición de casaderas de las mujeres solteras y la fidelidad de las casadas” (Durin, 2014, pp. 255-256). Cualesquiera sean las motivaciones para migrar, están vinculadas con las desigualdades de género entre hombres y mujeres, en los contextos familiares, comunitarios y sociales (Arias, 2013a , p. 152).
El segundo caso de migración, el de Rosita, está asociado a tres matrimonios fallidos. Ella es del Rancho Barranquilla (Mezquitic). Hace más de 20 años que llegó a la ciudad de Guadalajara. El nacimiento de su primera hija representó un parteaguas en su permanencia en la urbe. Al enfermar su hija, a los días de nacida, en el centro de salud de su comunidad le dijeron que tenía que transportarse en calidad de emergencia al Hospital Zoquipan en Zapopan. Le pidieron un helicóptero y al llegar a la ciudad estuvo un mes -sin bañarse, sin comunicarse con su familia en la sierra y alimentándose del asistencialismo de Casa Huichol o de personas que llegaban a conocer su situación- en el hospital. Ella no hablaba español. Por lo que los médicos no podían comunicarse fácilmente con ella si no había una persona que le estuviera traduciendo. Cuando le dan de alta a su bebé le aconsejan llegar a una casa de religiosas en Ate-majac. Ahí duro dos años hasta que pudo valerse por sí misma. Se introdujo en el mercado laboral del trabajo doméstico para dos familias y rentó un cuartito. En el transcurso de los veinte años en Guadalajara tuvo dos matrimonios que la dejaron con otro hijo y otra hija. Rosita siempre manifestó el descontento tanto con la ley de su comunidad como de la ley constitucional para que los padres de los tres se hicieran res-ponsables de sus hijos. Hace 17 años que ella juega básquetbol en la Zona Metropolitana de Guadalajara, ahí encontró un espacio para convivir con personas wixáritari y para hacer valer otras leyes más allá del juego de básquetbol y del Estado. Encontró lo que ella, en sus propias palabras, denominó: “nuestro territorio”. Sin embargo, a la muerte de su padre su panorama cambió:
Como mi papá ya falleció y como me dejó unas cosas allí de herencia en mi casa, en mi rancho y pues tengo que ir a fuerza. Y soy parte de la comunidad también, por eso ya, por eso todas mis amigas saben, ya les he platicado. Yo de repente me voy, no sé cuándo, pero me tengo que ir. (Rosita. Entrevista personal, 1.º de mayo de 2024)
Efectivamente, en abril del 2025, tras un largo esfuerzo por construir su propia casa, Rosita parte de Guadalajara a Barranquilla a asumir su herencia como hija mayor: ganado bovino y un lugar como jicarera le esperan en su comunidad. Una decisión que le resultó sumamente difícil al tener una vida cosmopolita.
No obstante, más allá de parecer que la comunidad, propiamente, las aleja de sus obligaciones como wixáritari, podemos anunciar una relación estrecha entre la sierra y la ciudad. Una ciudadanía étnica que se gesta a partir de nuevas identidades desde la práctica de la tradición y a partir de las relaciones interétnicas. La desterritorialización, las delimitaciones simbólicas y los diversos agentes que intervienen en la migración indígena actual son una nueva perspectiva que debemos tomar en cuenta para los estudios de grupos étnicos (Talavera, 2016, p. 134).
Al integrase las mujeres al flujo migratorio, los aspectos domésticos de su vida cambiaron conforme se fue modificando la dinámica familiar, al integrarse al mercado laboral de las urbes (Zolla & Zolla Márquez, 2017, p. 49) y debido a que la mayoría de las mujeres se integra al trabajo doméstico, de cuidado, subcontratado, en el sector fabril o el comercio ambulante (Miranda Torres, 2023, p. 37; Canales, 2014, pp. 308-309; Lara, 2014, p. 232; Durin, 2014, p. 255; Contreras, 2022, pp. 153-154).
El tercer caso corresponde a Rojita, una joven de Tuapurie (Santa Ca-tarina Cuexcomatitán), madre de dos niñas. También separada de su ex-pareja. Ella llega a Guadalajara en busca de trabajo para mandar dinero a su mamá, quien hasta el 2024 cuidaba de sus hijas y le visitaban en la ciudad en cada periodo vacacional. Ahora ellas están en un internado y sólo salen los fines de semana. Rojita encontró empleo en el trabajo doméstico y de cuidado a los enfermos; a veces, sin día de descanso. Salía de un trabajo para entrar a otro. El papá de las niñas también es wixáritari y vive en la ciudad, así que frecuenta a sus hijas cuando le es posible, aunque no les da pensión a las niñas les compra lo que puede mientras estén con él. Rojita se separa de su pareja por violencia doméstica y por-que no le agrada que su pareja estuviera saliendo con más mujeres3. Ella trae a sus hijas de Tuapurie a Guadalajara porque considera que la educación en la sierra para las mujeres es muy demandante, en tanto el rol de género, y violenta -maltrato psicológico y abuso sexual, principalmente- a las niñas. Además, considera que pueden tener una mejor calidad de vida en la ciudad.
Un poco más pesado porque obviamente porque allá no hay (…) no es fácil, por ejemplo, de que “Ah pues aquí la tienda, rápido lo hago”, o de que “Ah, aquí la tortillería y me compro un kilo y ahorita les doy de comer”. No, pos allá como que hay un proceso ¿no?, un proceso duro, donde pues las mujeres trabajan más ¿no? Mucho más. (…) porque la única tienda, digamos que el que está más surtido, por decirlo así, me queda a mí como a cuatro horas cami-ando (…) tienes que caminar para traer agua o a veces, en tiempos de seca, a veces no tienes agua, por qué, pues porque se secan ¿no? Se secan los ríos. Entonces, o a veces la luz, por ejemplo, no llega, namás llega en cierta parte, hasta donde yo vivo no llega todavía, entonces como que (…) los servicios básicos la verdad… (Rojita. Entrevista personal, 29 de abril de 2024)
Rojita, cuando decidió migrar a Guadalajara, sufrió del escrutinio de la comunidad por abandonarlos, y del patrilinaje de sus hijas por abandonar a un hombre con gusto por el alcohol, mujeres y maltrato físico.
Esta doble exclusión que sufren los wixáritari una vez que salen de sus comunidades -por una parte de los habitantes de la sierra, y por otra por la invisibilización en la ciudad- es exactamente lo que expone la ciudadanía étnica: “el proceso de redefinir las reglas de la participación social y política, es decir, la configuración de los espacios públicos” (De la Peña, 1995, p. 118). En este sentido, la movilidad espacial expresa entonces más que un modo común de uso del espacio: “jerarquías socia-les, reconocimientos que dan fuerza y poder” (Tarrius, 2010) y acredita la inexistencia de una identidad fija que se puede experimentar mediante una ruptura identitaria a aquello que se ha fragmentado en un contexto de flujos y, al mismo tiempo, como una apropiación más a la construcción indefinida e inacabable de la identidad. Asimismo, el interés por los peligros de las infancias y la vida de las mujeres en contextos sociales de sobrevivencia invitan a analizar, en lo rural y urbano, a la juventud indígena que forma parte de comunidades extraterritoriales (Ambriz Aguilar, 2011).
El tema de las mujeres wixáritari de la liga femenil de básquetbol ‘Ukári Waikamete -mujeres que juegan, en wixárika- es fundamental para entender la migración que se ha estado concentrando en Guadalajara, desde hace más de treinta años. Con base en esta comunidad deportiva, hay variables clave e inexorables: mujeres abusadas sexualmente en su infancia, violencia doméstica y madres solteras4. Pero ¿cómo comenzaron a reunirse?
Según las narrativas de los miembros wixáritari a Calderón (2010), aseguran haber arribado a Zapopan en la década de 1970. Para el año 1981 la comunidad wixáritari se desplazó hacia el Parque Canarios, ubicado en la colonia Tepeyac, al norte de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Hasta 2008, tras 27 años en ese lugar, fueron reubicados en el Parque Ávila Camacho, el cual también tuvieron que desalojar debido a las remodelaciones relacionadas con los Juegos Panamericanos de 2011. El nombre “La Curva” es empleado por los y las wixáritari para referirse al Parque Canarios, que constituye el tercer espacio en el que la comunidad se asentó para realizar actividades deportivas. Hasta la fecha, este ha sido el lugar donde han permanecido por mayor tiempo; no obstante, no es el único espacio de relevancia, actualmente, la Unidad Deportiva Adolfo López Mateos es un punto de reunión vital.
Es relevante mencionar que posteriormente las mujeres comenzaron a involucrarse con mayor participación. Por su parte, Rosita opina que han ocurrido cambios significativos:
Demasiados (cambios), pues actualmente hay más gente, incluyendo mujeres, participando en las actividades deportivas en la unidad. Antes, únicamente los hombres iban a jugar, y las mujeres no participábamos. (Rosita. Entrevista personal, 1.º de mayo de 2024)
La construcción del estadio de béisbol y la fallida reubicación del Par-que Ávila Camacho impulsaron la búsqueda de un nuevo espacio para continuar con sus actividades deportivas, en el que encontraron, hasta ahora, su última tierra: la Unidad Deportiva Adolfo López Mateos, ubicada en un punto intermedio para todos los y las wixáritari que habitan en la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Es en el 2015 que surge, en “La Unidad”, la liga deportiva femenil ‘Ukári Waikamete. Las reuniones dominicales son una dinámica que conservaron y que sigue convocando hasta a la fecha. Durante mi trabajo de campo, llevado a cabo en la Unidad Deportiva López Mateos durante los años 2022-2023, se constató la participación de un máximo de cien mujeres wixáritari.
Resultó evidente la presencia de la tensión señalada por Durin y Rojas (2005) entre los calendarios escolares y festivos. Esta tensión se manifiesta en la coordinación de las jornadas deportivas, en particular los partidos de baloncesto, los cuales se programan en función de los calendarios escolares de las hijas de algunas de las participantes, los calendarios universitarios de aquellas que acceden a estudios superiores, así como las festividades patronales y ceremonias rituales propias de la sierra. En consecuencia, la realización de los encuentros deportivos está condicionada por la disponibilidad de las mujeres, adaptándose constantemente a sus actividades y responsabilidades, lo que evidencia la flexibilidad y la incidencia de los contextos culturales y sociales en la organización de dichas actividades deportivas.
La mayoría de las mujeres participan en las actividades utilizando su vestimenta tradicional, siendo poco frecuente observar a alguna que no lleve sus faldas y camisas bordadas. En ocasiones de recreación, algunas portan uniformes deportivos compuestos por shorts y camisetas de resaque, las cuales llevan inscritos el número de jugadora, su nombre y el logotipo del equipo. Sin embargo, la mayoría prefiere vestir faldas acompañadas de camisas del mismo color, pudiendo estas ser completamente iguales o solo coordinadas en color o diseño, generalmente solicitadas a medida con fines de identificación.
Durante la práctica las jugadoras utilizan calzado deportivo, aunque en los momentos en que no participan en el juego, emplean huaraches de plástico u otros tipos de calzado de estilos diversos; en particular, las jóvenes muestran preferencia por el uso de tacones de plataforma. Algunas jugadoras optan por jugar descalzas. En cuanto a su apariencia, si el cabello es largo, suelen peinarse para el juego, y posteriormente puede ser dejado suelto o peinado de otra forma. Además, suelen adornarse con chaquiras, siendo poco común que usen aretes o pulseras durante la actividad deportiva; sin embargo, antes y después de jugar, es frecuente observarlas con accesorios en sus ajuares.
La comunicación se restringe principalmente a las amistades cercanas y se reduce a la interacción durante los partidos; en otros momentos, las integrantes solo mantienen contacto con las miembros de sus propios equipos. Aunque las jugadoras no provienen todas del mismo pueblo wixárika, es frecuente encontrar entre ellas relaciones de parentesco, como hermanas, primas o familiares en sentido amplio, o bien, conexiones de origen local. A pesar de que la convivencia entre todas las integrantes presenta características comunitarias, existe la necesidad de una figura de liderazgo que facilite la organización y coordinación del grupo.
Los equipos sociales suelen estar definidos y delimitados por características como la edad, la maternidad, el estatus socioeconómico, el capi-tal cultural, las filiaciones y los valores morales. Aunque no constituye una regla absoluta, es frecuente que las interacciones sociales se organicen en función de estas categorías; por ejemplo, las jóvenes tienden a relacionarse principalmente con otras jóvenes, las madres con otras madres y las artesanas o comerciantes establecidas con sus pares en dichas profesiones. Asimismo, las mujeres que tienen esposos suelen comunicarse mayormente entre ellas, al igual que aquellas que estudian en instituciones universitarias y participan en eventos públicos, quienes frecuentemente mantienen contacto con esposos que son profesores o
participan en actividades académicas similares. Por otro lado, aquellas que se muestran rebeldes a la organización de la liga y no poseen títulos universitarios constituyen otro grupo distinto en sus patrones de interacción. Estas categorías y relaciones reflejan las formas estructuradas en que se configuran las dinámicas sociales dentro de dicho contexto.
La figura del migrante wixárika de “La Unidad” (1) se ubica dentro de estas destrezas: el juego (2) y el ejercicio de poderes en la representación de cargos en el ámbito urbano (3). Esta tríada resulta fundamental para comprender el acceso a la ciudadanía étnica en la ciudad de Guadalajara. El acceso a la participación plena en la ciudadanía constituye un factor determinante en los procesos de movilidad social y territorial. La dinámica urbana favorece la implementación de políticas que, en algunos casos, resultan restrictivas, limitando la entrada y permanencia de migrantes no indígenas mediante mecanismos de socialización. Sin em-bargo, en otros contextos, se adoptan políticas más inclusivas que garantizan los derechos de los migrantes. En este sentido, resulta fundamental promover iniciativas que protejan los derechos humanos tanto de los migrantes como de los pueblos indígenas, así como fomentar su integración social y económica, con el fin de prevenir la estigmatización y la discriminación.
La migración, como fenómeno constante y transformador en nuestra sociedad globalizada, requiere de un abordaje integral que considere sus causas, impactos y políticas asociadas. La comprensión y gestión adecuada de este fenómeno pueden constituirse en una oportunidad para promover la participación y la inclusión de una ciudadanía étnicamente diversa.
Para poder dirigir a las personas que están aquí es un poco difícil y están divididos. Porque todas las personas wixas que viven en la ciudad son de diferentes pueblos, entonces cada pueblo piensa diferente, entonces tendrías que luchar con varias cosas. A parte de que es muy difícil de organizarlos, como que hacerlos entender que todos se deben unir por una causa, pues otra sería como que tratar de unir todos los pueblos y es muy difícil, es muy difícil de verdad, no. Yo creo que por esa razón no se podría hacer. Y si en caso de que se hiciera, habría muchas inconformidades y mucha diferencia entre todos, porque no pensamos lo mismo. (Rojita. Entrevista personal, 29 de abril de 2024)
La migración no puede ser comprendida únicamente desde una perspectiva estructural, también debe considerarse en términos socioculturales. En relación con los procesos de globalización y transnacionalismo, se observa la emergencia de una nueva modalidad de nomadismo en diáspora, la cual genera prácticas, relaciones y organizaciones sociales que, a su vez, son localizables.
La institucionalización interna de la liga ‘Ukári Waikamete que deviene de la disolución de la organización que se mantenía en Zapopan con los wixáritari antes del separatismo femenil ha visibilizado caminos de esperanza para las mujeres. Dependiendo de la perspectiva en la que se quiera observar sus prácticas y hechos, se delimitan exclusiones, preferencias y ejercicios de poder que mantienen en conflicto y tensiones su agrupación.
Las movilizaciones que han tenido los y las wixáritari en las unidades deportivas, de Zapopan a Guadalajara, no son casuales: responden a espacios públicos que no pueden ser públicos para todos y todas. Dicho de otro modo, corresponde y acciona a una movilización y organización de una comunidad indígena de la ciudad. En la que las mujeres se ven desbordadas por la maleta de desventajas en razón de género, etnia y estatus laboral de movilidad migratoria.
Se sabe que ejercen ciudadanía étnica porque resignifican el territorio en el espacio público, que es suyo y de todos y todas las ciudadanas en general, y lo legitiman en las formas de organización y sus derechos colectivos (como el del cargo de comisario que lleva las aportaciones de los migrantes a la sierra). Aunque esto no signifique que haya un sistema comunitario, porque en la ciudad representan una colectividad, las formas en las que, como indígenas, se legitiman, son validadas.
Emprender una lucha social y política incluye la apropiación de los espacios públicos o la aceptación de la pertenencia al espacio urbano como citadino y como parte de una visión alternativa del mismo, para reclamar una participación diferenciada que les otorgue igualdad en la movilidad de la diáspora, en los espacios públicos, en el juego. Debería asegurarse el conocimiento pleno de sus derechos y la facilitación del acceso a apoyos de asistencia social que les permita vivir su identidad cultural desde una ciudadanía étnica que les posibilite la descolonización de la vulnerabilidad, para politizarse y adquirir obligaciones que les libere de la violencia patriarcal, de la epistemología occidental sin crítica y del paternalismo (institucional y jurídico). Aunque todo lo anterior implique construir desde el aquí y el ahora.
Los beneficios jurídicos de los indígenas no tienen sentido si no los hacen efectivos, los estudios sobre indígenas no tienen sentido si no reconocemos la importancia de los pueblos y comunidades indígenas para el resto de los mexicanos no indígenas. Dicho de otro modo, los pueblos indígenas continúan enfrentándose a la necesidad de acreditar su legitimidad ante el Estado, el cual los percibe principalmente como vestigios del pasado en lugar de reconocer su condición de ciudadanos plenos.