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Fuentes humanísticas

Online version ISSN 2007-5618

Fuentes humanist.  vol. 37n. 71

Artículos

Mucio Valdovinos y los conservadurismos mexicanos

Mucio Valdovinos and Mexican Conservatism

Santillán Salgado, Gustavo*
http://orcid.org/0000-0001-7762-5496

Resumen

El texto estudia las formulaciones políticas de Mucio Valdovinos y sugiere la existencia de una pluralidad intraconservadora no siempre observada. A partir de folletos y artículos en periódicos, analiza sus propuestas formales y sugerencias irónicas. De igual forma, propone investigar a fondo su figura con el fin de obtener una comprensión más cabal de los conservadurismos mexicanos.

Palabras clave::
conservadurismo, tolerancia religiosa, constitución 1857, Mucio Valdovinos, Leonardo Márquez, Miguel Miramón

Introducción

Político y maestro, escritor y sacerdote, Mucio Valdovinos fue una figura destacada a partir de 1850. Nacido en 1808 y muerto en 1864, su infancia transcurre durante la lucha por la independencia; su juventud, en medio de la construcción del Estado; y su madurez, a partir de la última gestión de Antonio López de Santa Anna (1853-1855), así como del inicio de la reforma (1855). Retirado de la política y concentrado en la enseñanza, falleció durante el segundo imperio (1863-1867) en la ciudad donde había nacido, crecido y estudiado: Morelia. Michoacán.

Por edad y origen la vida del presbítero transcurre paralela a la de Clemente de Jesús Munguía (1810-1868). Aunque sin alcanzar las cumbres eclesiásticas y las alturas teológicas de su paisano, participó en variadas iniciativas. De lecturas francesas, perteneció a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (Tortolero, 1995 y Cifuentes, 2002), así como a la Sociedad Promovedora de Mejoras Materiales (Vega, 2012). Participó en el Diccionario Universal de Historia y Geografía dirigido por Manuel Orozco y Berra. Dos veces legislador por Guanajuato, fue sacerdote agustino y posteriormente se secularizó. Publicó en La Cruz y El Zurriago, La Sociedad y El Diario de Avisos. Enseñó teología y junto a Manuel Larrainzar elaboró un recuento de las lenguas indígenas habladas en México (Cifuentes, 2002). Fue consejero de Estado durante la última administración de Santa Anna. Aunque no ocupó cargos oficiales en los gobiernos conservadores durante la guerra (1858-1861), fue simpatizante del grupo antiliberal y aceptó el segundo imperio. Amigo en la juventud de Melchor Ocampo, fue eclipsado por Munguía.1 Así, las publicaciones de Valdovinos han sido poco analizadas, en contraposición a los destacados estudios sobre el conservadurismo de lustros recientes.2 Por tanto, es pertinente la aproximación a un segmento de la obra de un hombre olvidado por la historiografía, pero relevante en su coyuntura.

Las publicaciones de Valdovinos son clasificables en tres grupos: las históricas, relativas a aclaraciones sobre la Historia de México de Lucas Alamán (Ansorena, 1850 y Valdovinos, 1850); las morales3 y religiosas dirigidas a niños y mujeres, así como análisis teológicos (Valdovinos, 1851a; 1851b; 1854a; 1854b; 1857); y las de carácter político sobre todo a lo largo de la reforma (Valdovinos, 1858 y Valdovinos, 1859).4 Aunque escasas en número, conforman un testimonio significativo no sólo por ser las expresiones de un hombre eminente, sino también por constituir un elemento revelador de las coincidencias y discrepancias de los antiliberales. Así, el propósito del artículo es el estudio de las formulaciones políticas de Valdovinos en el horizonte de la revisión historiográfica del conservadurismo mexicano. La hipótesis se centra en la postulación de la pluralidad conservadora.

Aunque sucintos, los textos contribuyen a la comprensión de una visión antireformista durante la guerra civil. Las obras de Luis G. Cuevas y José María Roa Bárcenas, entre otros, son bastante conocidas, pero por diferentes motivos no abordan el periodo de la guerra de tres años. En consecuencia, los textos de Valdovinos constituyen un discreto mirador para entender tanto los argumentarios conservadores como sus disonancias íntimas.

Las desgracias del país y las propuestas de partido

La Verdad para Todos (1858) es un texto revelador de una lectura conservadora de la realidad mexicana. De nombre muy breve para la época, era un folleto amplio y directo. Pretendía ser una “investigación profunda” (Valdovinos, 1858, p. 3) y una imparcial dilucidación de las complejidades de los tiempos. Los males del país resultaban de la imitación de formas vacías como la república y la federación provenientes de los Estados Unidos (Valdovinos, 1858, p. 4). El republicanismo, pero particularmente el federalismo, eran las causas de las dificultades,5 postura enardecida cuando algunos estados promovieron (1855) legislaciones adversas al sacerdocio (Valdovinos, Diario de Avisos, 21 de agosto de 1857, p. 2).

El presbítero ponía especial énfasis en la división del poder generada por las soberanías estatales que, “omnipotentes en las localidades”, tornaban imposible la obediencia a las nuevas jurisdicciones (Valdovinos, 1858, p. 5). Sugería que las regiones “promueven y sostienen la guerra civil” (Valdovinos, 1858, p. 18), tácita aceptación de la relevancia de las localidades en la disputa armada. Por tanto, proponía modificar la división territorial. Cabe añadir que el problema de la sumisión al nuevo Estado no era invención del sacerdote, sino inquietud compartida por variados grupos políticos (Santillán, 2023c). Si el tránsito a la independencia tornó bastante ardua la sumisión cívica, el surgimiento de múltiples poderes tanto locales como municipales la volvía aún más dificultosa. Además, existía otro problema derivado de la emancipación. Valdovinos argüía que Agustín de Iturbide “no quiso, o no supo, afirmar la corona sobre su cabeza” (Valdovinos, 1858, p. 5). Los discursos conservadores enaltecían al hombre de Iguala hasta la excelsitud (Santillán, 2025b). En cambio, el pastor era menos entusiasta: el monarca y no la coyuntura había tenido graves falencias.

No obstante, en concordancia con los discursos septembrinos de índole conservadora, el cura denunciaba que el pueblo entendía por libertad “la manumisión de todo respeto a la ley” (Valdovinos, 1858, p. 6). Además de no comprender conceptos abstractos, convirtiéndolos en amplias licencias; el sacerdote execraba las “masas débiles, indolentes, acostumbradas a vivir con poco” (Valdovinos, 1858, p. 6). A pesar de las discrepancias, hay algunas convergencias con la óptica liberal. Según el pastor, sólo el trabajo produciría las mejores morales y materiales exigidas por la nación.

Engañada por ilusiones e incapaz de entender abstracciones, según Valdovinos, la población “se ha entregado siempre en manos del primer faccioso”, que “ha querido tomar la carga que se le abandonaba” (Valdovinos, 1859, p. 7). La existencia de supuestos caudillos era culpa de los propios ciudadanos. La comodidad de unos y la ambición de otros eran causas de los problemas nacionales. Pero Valdovinos añadía otros elementos: el ejército se corrompió a lo largo de las discordias civiles y participó de las afrentas e ignominias de los combates contra enemigos exteriores (Valdovinos, 1858, p. 7). De tal forma, manifestaba notorias reservas ante la milicia como salvadora de la nación, elemento discrepante de la habitual visión conservadora. Victimizaba a los propietarios y enaltecía a los sacerdotes. La iglesia nunca se había vendido al poder y jamás se había entregado a algún partido, atenta sólo a la gloria y libertad de la nación (Valdovinos, 1858, p. 9).

Aunque denostativo del pueblo en general, el sacerdote mostraba interés por un grupo en lo particular: el artesanado. Fue miembro de la comisión redactora de la Revista Mensual de la Sociedad Promovedora de Mejoras Materiales (1852), donde coincidían personajes como Manuel Larrainzar y Miguel Lerdo de Tejada, Manuel Payno y Anselmo de la Portilla. Además de la corrupción e inmoralidad de presidentes y funcionarios, Valdovinos enfatizaba el reto de la educación. Decía que los gobiernos habían mostrado excesivo interés por la instrucción universitaria de carácter enciclopédico, la cual sólo producía médicos y abogados. En contraste, sugería fortalecer las escuelas de artes y oficios (Valdovinos, 1858, p. 14). Al mismo tiempo, fustigaba la integración de artesanos a la Guardia Nacional: argüía que los hombres eran reclutados con violencia y lanzados a la batalla sin preparación. La denuncia era verosímil, pero existía otro elemento subyacente: los guardias nacionales eran una entidad concebida como contrapeso a los soldados profesionales. La obra de Valdovinos está transida de algunas ambigüedades: los artesanos eran valiosos como trabajadores pero temibles como guardias: había que defenderlos de los abusos, pero también apartarlos de los reformadores.

Por supuesto, el eje de la propuesta de Valdovinos era la iglesia católica. Aunque muy evidente en todos sus escritos, alcanza una mayor concreción a lo largo de dos disputas. La primera surgió a raíz de la publicación de dos artículos en La Cruz, reproducidos con posterioridad en forma de folleto, donde el sacerdote postulaba que el catolicismo era la última tabla de salvación para el país (Valdovinos, La Cruz, 24 de abril de 1856, pp. 12-17 y Valdovinos, La Cruz, 1 de mayo de 1856, pp. 220-226).6 De igual forma, entabló una querella con José María Cortés y Esparza sobre la tolerancia de cultos instituida mediante una omisión legal por el código de 1857. El jurista abundaba en un argumento conocido: la tolerancia no era un ataque al catolicismo ( José MaríaC ortes y Esparza, El Estandarte Nacional, 12 de julio 1857, p. 2). Además de defender las representaciones contra la tolerancia dirigidas al congreso, Valdovinos en su réplica aseveraba que sólo la religión “con sus ideas justas de moral, con sus hábitos de respeto y de obediencia, con su amor al orden y a la paz” era la solución del país (Mucio Valdovinos, Diario de Avisos, 21 de agosto de 1857, p. 2). En similitud con Alamán, insistía en que el catolicismo era la última esperanza de la nación. Asimismo, encomiaba la participación del sacerdote en el gobierno. Incluso, de manera reveladora ponía como ejemplo de administración, justamente, a la iglesia católica porque aunaba orden y poder (Valdovinos. La Cruz, 1 de mayo de 1856, p. 2 2022). Si la alternativa no era teocrática, sí tenía en su centro al poder eclesiástico.

Vindicada la iglesia, Valdovinos se refería a la última gestión de Santa Anna cuando, decía, fueron proclamados los principios conservadores (Valdovinos, 1858, p. 9). Pero negaba que hubiese habido una alianza entre clero y presidencia a raíz de la corrupción del ejército, el cual en algunas regiones creyéndose omnipotente “no caminaba de acuerdo con los conservadores y en algunos a todos los consideraba como enemigos (Valdovinos, 1858, p. 10). Además, el gobierno buscaba ante todo la “adhesión particular al jefe del Estado” (Valdovinos, 1858, p. 10). Por último, alegaba que la administración había carecido de energía, más atenta al centelleo de los boatos que a la resolución de los problemas (Valdovinos, 1858, p. 10). Las afirmaciones son certeras, pero también parecen deslindes frente un ayer denigrado por los liberales y omitido por los conservadores.

Después, el autor abordaba los gobiernos nacidos del Plan de Ayutla. Denostaba la Ley Lerdo, aunque con un enfoque diferente al esperable. Aseveraba que la legislación “fue una ley estúpida; despojaba de la propiedad, irritaba los ánimos, pero en el fondo se conservaban (para la iglesia) medios de acción” (Valdovinos, 1858, p. 11). El reproche está en correspondencia con la revisión de algunas leyes reformadoras efectuada por Pablo Mijangos, quien ha argüido el carácter templado de las primeras legislaciones reformadoras (Mijangos, 2016).

Valdovinos se centraba en la ley de desamortización de bienes eclesiásticos. La norma era objeto de una crítica patente, aunque poco original, pero sustentante de su propuesta conclusiva: la debilidad de los gobiernos, más allá de sus titulares, era la causa de los desórdenes. Un ejemplo, era que, en su opinión, las administraciones conservadoras no habían juzgado a los liberales ni castigado a los corruptos (Valdovinos, 1858, p. 19). La revolución conservadora parecía ser débil y estar perpleja. Por tanto, el autor proponía un gobierno fuerte y decidido, valiente y vigoroso. Así, acusaba a Ignacio Comonfort de falto de energía (Valdovinos, 1858, p. 11). Aunque parezca contraintuitivo, el sacerdote ponderaba que la razón de la caída del moderado fue la templanza de su actuación: “en política cuando no se avanza, se retrocede: el que se para a la mitad del camino se pierde; irritar a un enemigo y dejarlo en aptitud de que pueda vengarse después, es lo supremo de la imbecilidad” (Valdovinos, 1858, p. 12). Los extremos se tocan: las ópticas de puros y conservadores coincidían en el rechazo de los compromisos. Además, la censura de la moderación bien podía leerse en clave política dentro de la coyuntura bélica.

Los sarcasmos de La Sociedad de los Trece: entre bromas la verdad se asoma

La Sociedad de los Trece era un juguete cómico, pieza teatral compuesta habitualmente de un solo acto. Con propósitos de diversión, fue un subgénero de la zarzuela española y gozó de enorme popularidad a lo largo del siglo XIX.7 Entre el sainete y el vodevil, de tramas ligeras sin complicaciones argumentales y habitualmente con finales felices (Álvarez, 1997), el subgénero fue empleado por Valdovinos para exteriorizar opiniones que, acaso, eran inapropiadas en otro tipo de volúmenes. El juguete otorgaba libertad de expresión, sobre todo en un contexto de censura, sin caer necesariamente en la ficción. Acaso la liviandad, no superficialidad, coadyuvaba a una mayor difusión: la obra podía llegar a un público más amplio que el de los periódicos.

En Valdovinos, el juguete conducía a una reflexión irónica sin constituir un escándalo público y esbozaba una propuesta política sin entramado teórico. Dedicado al clero, los protagonistas eran eminentes conservadores: Miguel Miramón y Manuel Diez de Bonilla, Francisco Javier Miranda y Clemente de Jesús Munguía, José Joaquín Pesado y Joaquín Fernández de Madrid, José Ramón Malo y Vicente Segura Arguelles, entre otros, además del autor. La trama se desarrollaba en el local de sesiones de la logia conservadora, sarcasmo en torno a la masonería, aunque quizá con conocimiento de causa porque al parecer Valdovinos había formado parte del rito escocés.8

Más allá del título, el texto constituye una sátira no del conservadurismo, pero sí de los conservadores. De manera un tanto sorprendente por el carácter irónico del volumen dentro de su obra, el cura escarnecía a todos los participantes y les reprochaba variadas aristas no sólo de su itinerario público sino también de su personalidad íntima. Mencionaba el pasado liberal de Pesado, legislador entre 1833 y 1834 durante el gobierno de Valentín Gómez Farías. Censuraba a Diez de Bonilla a raíz de su otrora proximidad con Lorenzo de Zavala, e insinuaba un interés económico en la venta de La Mesilla en 1853 (Valdovinos, 1859, p. 7). No obstante, reconocía al diplomático como uno de los jefes de los “círculos” conservadores (Valdovinos, 1859, p. 10), junto al padre Miranda de acuerdo con Portilla (Portilla, 1987). Reprochaba a Munguía haber sido liberal, insinuaba una presunta bastardía e incluso se mezclaba con temas peliagudos: atribuía al religioso tener en amores, “según se dice”, “gustos extraviados” (sic) (Valdovinos, 1859, p. 8). Aunque parte de una obra satírica, las referencias, al menos en el caso de Bonilla y Pesado, eran verosímiles. A su vez, las alusiones a Munguía, de muy difícil comprobación, eran bastante explosivas en su contexto, sobre todo para un miembro del episcopado. La obra trascendía los entramados de la ficción y denotaba un ángulo de las relaciones entre los hombres de la contra reforma mexicana, al perecer no tan cohesionados como aseguraba la óptica liberal.

Un Estado fuerte y un ejecutivo poderoso

Tanto los textos formales como el juguete cómico coincidían en un punto clave: la propuesta de un poder fuerte capaz de instituir el orden, preservar la iglesia y defender la propiedad. El reto era hercúleo, dada las inconsecuencias tanto de liberales como de conservadores. Según el presbítero, “cada vez que llega al poder alguna administración que proclama principios de orden y de justicia” “renace la alegría y la esperanza”, pero las decepciones eran prontas y profundas (Valdovinos, 1858, p. 15). La ausencia de determinación conducía al desánimo. Al respecto, el sacerdote proponía “un hombre revestido de valor y de patriotismo, que refrene a la anarquía, que dé vigor a las leyes, que con mano fuerte cierre el ciclo de las revoluciones” (Valdovinos, 1858, p. 17). No obstante, también denostaba la tiranía ya que “un poder que no tiene límites, omnipotente, es una amenaza para la Iglesia” (Valdovinos, 1858, p. 15). Un gobierno poderoso al mando de un hombre decidido, capaz de dirigir una revolución ordenadora, era la solución, aunque con las reservas derivadas de la última gestión santanista.

El clérigo proponía valor y vigor, elementos faltantes en todos los gobiernos. Ante posibles insinuaciones, rechazaba estar proponiendo una monarquía, pero enunciaba que quería “un poder público, sea cual fuere su forma, con todos los medios capaces de sustentarlo” (Valdovinos, 1858, p. 22). No era la libertad sino el poder “la necesidad más urgente, porque el poder vela sobre la vida del ciudadano, sobre su honor y sus bienes” y torna posibles las libertades (Valdovinos, 1858, p. 22). Hacía falta mucha determinación para detener la amenaza del “partido democrático”, resuelto a acabar con el clero, el ejército y la propiedad (Valdovinos, 1858, p. 24). Es decir, Benito Juárez mostraba enorme arrojo, aunque para fines negativos. En contraste, el cura proponía un poder fuerte para un hombre fuerte.

La alternativa no era distante de la exteriorizada en 1853 por Lucas Alamán en El Universal al retorno de Santa Anna. Pero la muerte de uno y la actitud del otro habían impedido la regeneración del país. No obstante, sus múltiples retornos, el xalapeño ya no era una opción viable. Había terminado una época, pero no había desaparecido el ensueño en torno a un hombre enérgico al frente de un poder organizador. El cura sugería en La Verdad para Todos un perfil, pero omitía un nombre. No obstante, un año después esbozaba una propuesta.

A pesar de las pullas contra sus cófrades, el blanco principal de las críticas envueltas en sátiras era Miguel Miramón, presidente de 1859 a 1860. El sacerdote acusaba al general de estar dedicado a la vida disipada y de haber presumido no leer ni entender la constitución, de haber desplazado a generales más antiguos (como Leonardo Márquez) y, sobre todo, de estar abierto a pactar con los puros con tal de seguir en el poder “sin importarle los bienes eclesiásticos” (Valdovinos, 1859, p. 22). En suma, lo juzgaba casi un traidor a la bandera conservadora (Valdovinos, 1859, p. 23). De manera más que sugestiva, el volumen terminaba poniendo en boca de Miranda la siguiente expresión: “Nuestra divisa en lo de adelante será religión y Márquez” (Valdovinos, 1859, p. 24).

Ante el discutible pasado de los dirigentes conservadores y el escaso compromiso del general presidente con la bandera eclesiástica, la conclusión resultaba ineludible: era necesaria una figura más audaz y madura, a la vez que más próxima al partido conservador. Márquez y la jerarquía tuvieron una relación de mutua coadyuvancia. Además, Miramón como presidente había exigido una dilatada cooperación económica a los obispados y cabildos catedralicios (Connaughton, 2011). Por tanto, la relación entre el ejecutivo conservador y la jerarquía católica era, por lo menos, tensa y difícil. En cambio, Márquez, además de haber dirigido hechos de armas sobre todo en el occidente del país como Jalisco y Michoacán, era afecto al sacerdocio. En mayo de 1859 fue homenajeado por el clero tapatío por su victoria en Tacubaya (González, 2012, p. 60 y González, 2016). Así, la obra sugería un recambio en la dirección de la guerra civil. El “Tigre de Tacubaya” bien podría ser el postrer recurso de la causa conservadora.

Amigos antes de la guerra y discrepantes una vez iniciado el conflicto, Márquez y Miramón eran parte del entorno antiliberal, pero tenían pasados notoriamente distintos. Márquez había militado a las órdenes de Anastasio Bustamante y había servido al mando de Santa Anna (Piñera, 1976). Aunque los dos habían luchado contra los estadounidenses (18471848), eran de distintas edades con disímiles procedencias. Hijo de un oficial castrense, Márquez (1820-1913) se había forjado a sí mismo en el campo de batalla y se había labrado fama de cruel y tenaz. En contraste, Miramón (1831-1867) provenía del Colegio Militar. Ascendido al primer nivel del generalato en 1858 (González, 2012, p. 51), casi había asaltado la presidencia raíz del Plan de Navidad (1858). No obstante, tuvo crecientes roces con Márquez, quien adujo que los fusilamientos de Tacubaya fueron orden del presidente. Pero las discrepancias escalaron. A finales de 1859 Miramón destituyó a Márquez como gobernador de Jalisco, quien además fue encarcelado (González, 2012, p. 65).

Márquez detalla en sus escritos su relación con el expresidente. Aunque dice ser imparcial, el encono era indiscutible.Asegura que era su amigo y testimonia que fue su superior, pero los celos castrenses son inocultables. Sin embargo, los ingredientes políticos eran más sustanciales que las disputas por los méritos en las batallas. De acuerdo con Márquez, Manuel Ramírez de Arellano por medio de una misiva a Maximiliano de Habsburgo afirmó “haber intentado yo proclamar en Guadalajara al general Santa Anna, por lo cual tuvo Miramón que ir en persona para destituirme” (Márquez, 1904, p. 129.). Márquez afirma que el dicho era un engaño y que su renuncia fue voluntaria. Pero la animadversión rebasaba el ámbito personal. Según Concepción Lombardo, la destitución y el arresto de Márquez “disgustó en extremo a una gran parte del partido conservador, que veía en Márquez la segunda columna que sostenía a aquel partido (Lombardo, 1980, p. 236).

Otros elementos abonan la hipótesis de las divergencias conservadoras. Por una parte, según Márquez, durante el segundo imperio (1863-1867) de nuevo Ramírez de Arellano lo acusó frente a Maximiliano “que yo era santanista y que una vez había querido yo proclamar a dicho general. Esto es, para hacer creer a S. M. que yo era capaz de intentarlo en cualquier otra ocasión” (Márquez, 1904, p. 129). Por otro lado, Ángel Pola añade que durante el segundo imperio Santa Anna escribió a varios jefes militares, Márquez incluido, para decirles que México era profundamente republicano y el trono resultaba inviable. Por tanto, solicitaba apoyo para volver como “jefe de partido” (Márquez, 1904, p. 129). La negación de Márquez es rotunda pero la sospecha parece verosímil: su vinculación con Santa Anna había sido notoria y su rechazo a Miramón, público. Además, Valdovinos había sido consejero de Estado con Santa Anna. Los hechos sugieren, si no una conjura organizada, sí una convergencia patente: el posible ascenso de otro líder en lugar de Miramón.

La proclamación del Plan de Navidad (1858) y su aceptación por diversos generales también ilustra las discrepancias entre los antiliberales. El propósito de la asonada era la conciliación entre liberales y conservadores y produjo el reemplazo del presidente Félix Zuloaga por Manuel Robles Pezuela, un presunto moderado pero inclinado al liberalismo (Lombardo, 1980, p. 172). Miramón retornó a la capital y devolvió el cargo a Zuloaga. No obstante, la designación del destituido Robles como ministro de Guerra sugiere una búsqueda de equilibrios internos. En tal horizonte, Márquez felicitó, mediante una carta, a Miramón. Pero la misiva contenía un tono admonitorio: además de pedirle que asumiera la presidencia, añadía “me prometo que en seguida obrará U. según los intereses de nuestra causa” (Lombardo, 1980, p. 185).

Aunque Alamán murió en 1853 y Valdovinos tuvo mayor visibilidad a partir de 1856, había entre ambos una convergencia interpretativa. La Verdad para Todos y, en menor medida, La Sociedad de los Trece presentan afinidades con la carta de Alamán a Santa Anna (1853) en al menos tres temáticas: el odio al sistema federal, el menosprecio a la sociabilidad masónica y la postulación de un gobierno fuerte, sin omitir la principal: el catolicismo como lazo de unión para el país.

Alamán enfatizaba su postura adversa hacia el federalismo, el sistema representativo y los ayuntamientos electivos. Proponía una nueva división territorial que “haga olvidar la actual forma de Estados” (Alamán, 1853). Indicaba que los conservadores no estaban organizados “como una masonería” (Alamán, 1853). Por su parte, Valdovinos presentaba La Sociedad de los Trece como una tenida masónica con fines de burla y escarnio. La afinidad más reveladora era la relativa al poder político. Los conservadores, enunciaba el historiador, “deseamos que el gobierno tenga la fuerza necesaria para cumplir con sus deberes” (Alamán, 1853).

La labor requería de un hombre decidido, es decir Santa Anna, dotado según Alamán de gran “energía de carácter” (Alamán, 1853).

Las breves líneas de Alamán han sido ponderadas el eje conceptual del conservadurismo mexicano. Al respecto, cabe añadir resonancias sustantivas del historiador en el sacerdote, del hombre que comienza su tránsito a la muerte en el pastor que inicia su mayor exposición pública. No obstante, también existen discrepancias entre ambos, sobre todo en dos aspectos. Por un lado, Alamán postulaba un gobierno fuerte “aunque sujeto a principios y responsabilidades que eviten los abusos, (y) que esta responsabilidad pueda hacerse efectiva y no quede ilusoria” (Alamán, 1853). En cambio, Valdovinos no colocaba restricciones a un poder público sumamente enérgico, aunque desconfiaba de una tiranía amenazante de la iglesia. Por el otro, Alamán no ocultaba sus reservas hacia Santa Anna y aludía, con mesura, a su pasado. En contraste, Valdovinos no mostraba recelos ante la personalidad y las controversias suscitadas por Márquez.

En suma, las propuestas de Alamán y Valdovinos presentan enormes convergencias, aunque con formulaciones más matizadas en el caso del guanajuatense y más llanas en el del michoacano. Tal vez el clima de zozobra propio de la guerra, si no justificaba, sí explicaba la visión más directa del cura. Atrás había quedado la época de los condicionantes propios de un hombre de la estatura de Alamán. Ahora, entre combates fratricidas y en medio de divergencias conservadoras, era momento de una propuesta simple y directa, poco elaborada pero muy entendible: un hombre enérgico al frente de una presidencia poderosa, última esperanza de salvación nacional. El propósito resultaba afín al posterior argumento de los imperialistas para justificar el trono de Maximiliano: la necesidad de un gobierno fuerte, constructor del Estado y unificador del país (Pani, 2001).

Conclusiones. De conservadores y conservadurismos

Las aseveraciones de Valdovinos testimonian muchas persistencias, pero también algunas ambigüedades. Por un lado, se encuentra la vindicación de la iglesia católica y la alternativa de un gobierno fuerte, así como el impulso a la educación, particularmente del artesanado. Por el otro, se hallan opiniones que, aunque tajantes, no siempre eran coherentes. Valdovinos ponderaba al ejército con desaprobación. No obstante, proponía a un destacado producto de esa milicia para encabezar la regeneración del país: Leo- nardo Márquez. Más allá de ambivalencias, no todos los conservadores tenían percepciones positivas sobre los militares, en supuesta alianza indestructible con los sacerdotes.

A su vez, los sarcasmos en torno a varias personalidades sugieren la existencia de discordancias entre los conservadores. Algunas acusaciones eran ciertas, otras verosímiles y algunas más inverificables. Pero en conjunto indican un cierto horizonte de discordia. Conrado Hernández ha sugerido la existencia de alguna vertiente templada dentro del gobierno conservador (Hernández, 2001). Oscar Cruz Barney ha mostrado fisuras en torno a la necesidad de un marco jurídico para la administración antiliberal (Cruz, 2009). La pluralidad conservadora permanece abierta a futuras investigaciones. Así como algunos personajes (Alamán y Munguía) han sido resignificados (Mijangos, 2009; Van Young, 2021), está pendiente un mayor conocimiento de figuras como Miranda y Diez de Bonilla.

La historiografía, desde México a través de los siglos, ha delineado un panorama donde existe un partido conservador unido y hermanado, sin fracturas ni matices. No obstante, estudios recientes han subrayado la diversidad tanto de los procesos históricos como de los segmentos políticos. Por tanto, ahora se enuncian conceptos en plural: los liberalismos y centralismos mexicanos (Connaughton, 2014; Vázquez, 2021). Sin duda existen muchos elementos definitorios, pero también divergencias relevantes dentro de dichos grupos, quizá no tan evidentes como las identificables entre puros y moderados, pero reveladoras de una reflexión atenta a las coyunturas históricas. Valdovinos constituye un ejemplo: denosta el sistema federal como era habitual en sus entornos, pero insinúa el modelo eclesiástico como forma de gobierno para la nación, elemento bastante singular entre sus con- temporáneos. Como otros, pide la participación del ejército con el fin de proteger a la iglesia, pero como pocos expone una visión desfavorable de la milicia.

Figura menor del conservadurismo nacional, Valdovinos sugiere la existencia no sólo de roces personales sino de discrepancias conceptuales entre los entornos conservadores. No obstante, la aceptación de la pluralidad antiliberal, por lo menos durante la reforma, tropieza con una visión homogeneizante acerca de los supuestos grupos confrontados a partir de 1855, aunque por razones contrapuestas.

El énfasis en la unidad liberal desdibuja cuando no suprime las disonancias entre los reformadores con el propósito de construir un solo partido del progreso, donde los divergentes son espías y traidores, indecisos o timoratos. Por su parte, la insistencia en un único segmento conservador, si no busca, al menos sí contribuye a la exaltación del triunfo liberal, más épico y glorioso por haber sometido a un adversario poderoso y cohesionado.

En suma, el texto sugiere la existencia de elementos necesarios para postular una hipótesis, aunque todavía insuficientes para extraer conclusiones, en torno a los conservadurismos mexicanos. Al respecto, destacan los choques de Márquez y Valdovinos (acaso también Miranda) con Miramón. Además, las disparidades insinúan las tensiones íntimas de los pensamientos conservadores. Dentro de la factible cercanía entre el sacerdote de Michoacán y el Tigre de Tacubaya sobresalen discrepancias no necesariamente explícitas pero detectables. Valdovinos, si no plantea un gobierno teocrático, sí ofrece el modelo eclesial como inspiración básica para el gobierno civil. A su vez, Márquez apunta hacia una impronta castrense para la administración nacional (Márquez, 1904). Sin duda entre militares y sacerdotes existían convergencias, pero también rivalidades y disonancias.

Por tanto, resulta pertinente formular la existencia de variantes sustantivas dentro de los grupos conservadores, además de las poco exploradas dimensiones regionales (Exposición, 1863). Hasta hace algunos decenios, el liberalismo era conceptuado un pensamiento uniforme a nivel nacional. No obstante, a partir de múltiples trabajos las vertientes locales han resultado indiscutibles (Connaughton, 2011). Al respecto, cabe añadir la pertinencia de investigar los conservadurismos no sólo dentro de las elites políticas de la ciudad de México, a las cuales pertenecía el michoacano, sino también a partir de las dimensiones regionales. Un mayor conocimiento sobre la pluralidad conservadora muy probablemente facilite una visión menos binaria de los procesos temporales y más diversa de los entornos políticos.

Referencias

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