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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4"><b>La otra voz</b></font></p>      <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Presentaci&oacute;n de "La otra voz" de Octavio Paz</b></font></p>      <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Octavio Paz</b></font></p>      <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra del Nobel mexicano Octavio Paz (1914&#45;1998) ha sido, sin duda, una de las cumbres de la creaci&oacute;n po&eacute;tica y ensay&iacute;stica de la tradici&oacute;n hispanoamericana. Su prosa y su poes&iacute;a son harto iluminadoras de la experiencia de lo humano y de sus inquietudes, siempre en tensi&oacute;n entre dos polos: soledad y comuni&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El reciente aniversario del centenario de su nacimiento le dio pretexto a la Divisi&oacute;n de filosof&iacute;a del CISAV de abordar filos&oacute;ficamente tanto su obra ensay&iacute;stica como la po&eacute;tica en el marco de su <i>Seminario de filosof&iacute;a social.</i> La disciplina de Octavio Paz nos obsequi&oacute; con una producci&oacute;n ingente e inquieta, fecunda en g&eacute;neros y t&oacute;picos. No obstante, desde el inicio fue obvio que, de la multitud de asuntos que abord&oacute;, sobre el que quer&iacute;amos conversar con &eacute;l era tambi&eacute;n su obsesi&oacute;n m&aacute;s &iacute;ntima y su m&aacute;s fecundo venero. Ante todo, Paz fue un poeta. &iquest;Qu&eacute; asunto &iacute;bamos a elegir para conversar con &eacute;l sino la poes&iacute;a?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La poes&iacute;a acompa&ntilde;a al hombre desde los inicios de su caminar y la reflexi&oacute;n (filos&oacute;fica, religiosa) le sigue muy de cerca. El primer impulso creativo de Paz se cristaliz&oacute; en un poema. No mucho despu&eacute;s, por los d&iacute;as en que editaba <i>Barandal,</i> intent&oacute; explicar y explicarse la poes&iacute;a en prosa. Nunca dej&oacute; de escribir poemas ni de reflexionar sobre la poes&iacute;a. La <i>otra voz</i> es la voz cantante de Paz.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer volumen de las <i>Obras completas,</i> en la edici&oacute;n del propio autor, re&uacute;ne en tres libros una larga serie de ensayos que tienen en com&uacute;n discutir la poes&iacute;a, la tradici&oacute;n po&eacute;tica, sus rupturas y rescates, su lugar en la cultura y su incalculable valor: la poes&iacute;a es revolucionaria y redentora. Este volumen recoge tres libros: <i>El arco y la lira, Los hijos del limo</i> y <i>La otra voz.</i> El &uacute;ltimo de los tres fue publicado originalmente en Seix&#45;Barral (1990). La versi&oacute;n del texto que se reproduce en la edici&oacute;n del autor no es exactamente id&eacute;ntica. Gracias a la generosidad de Mar&iacute;a Jos&eacute;, la viuda de Paz, y de Rosa Pretelini, del FCE, reproducimos a continuaci&oacute;n un fragmento del libro <i>La otra voz,</i> que corresponde al &uacute;ltimo ensayo de la tercera parte del libro, hom&oacute;nimos. En este ensayo sumario y conclusivo, Paz recapitula sus reflexiones sobre la poes&iacute;a y la enfrenta a sus desaf&iacute;os en la que tiene por mal llamada "posmodernidad". Hemos cre&iacute;do que, si bien breve, este ensayo resulta muy orientador sobre el sentido filos&oacute;fico de las reflexiones del poeta mexicano acerca de la poes&iacute;a.</font></p>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2">Juan Manuel Escamilla</font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><b>La otra voz</b></font></p>      <p align="right"><font face="verdana" size="2">Octavio Paz</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al escribir estas reflexiones he recordado una y otra vez, no sin melancol&iacute;a, las luchas que durante muchos a&ntilde;os y en distintos pa&iacute;ses sostuvimos algunos poetas, escritores y artistas. En mi juventud, en contra del "realismo socialista", una doctrina que pretend&iacute;a someter la literatura a los dictados de un Estado y de un partido que, en nombre de la liberaci&oacute;n del g&eacute;nero humano, levantaba monumentos a la gloria del l&aacute;tigo y la bota. M&aacute;s tarde, la querella de "la literatura comprometida". Si la idea de Sartre era confusa, las interpretaciones a que dio pie, especialmente en Am&eacute;rica Latina, fueron delet&eacute;reas. Hubo necesidad de fumigarlas con la cr&iacute;tica. No me arrepiento de esas batallas; valieron la pena. Hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido pol&iacute;tico omnisciente sino un proceso econ&oacute;mico sin rostro, sin alma y sin direcci&oacute;n. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dir&aacute;n que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideol&oacute;gica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ya s&eacute; que es imposible luchar contra el mercado o negar su funci&oacute;n y sus beneficios. Sin embargo, ahora que, seg&uacute;n todos los signos, el socialismo totalitario se derrumba y ha dejado de amenazar a las sociedades democr&aacute;ticas, un nuevo pensamiento pol&iacute;tico y social tal vez podr&aacute; dise&ntilde;ar formas de intercambio menos onerosas. &Eacute;sta es mi ardiente esperanza. Desvanecidas las crueles utop&iacute;as que han ensangrentado a nuestro siglo, ha llegado, al fin, la hora de comenzar una reforma radical, m&aacute;s sabia y humana, de las sociedades capitalistas liberales. Tambi&eacute;n, claro est&aacute;, de los pueblos de la periferia, agrupados bajo el nombre equ&iacute;voco de Tercer Mundo. Tal vez esas naciones empobrecidas, v&iacute;ctimas sucesivamente de tiranos arcaicos y de astutos demagogos, de oligarqu&iacute;as rapaces y de intelectuales delirantes enamorados de la violencia, escarmentadas por los desastres de estas d&eacute;cadas, logren encontrar la salud pol&iacute;tica y con ella un poco de bienestar. Ninguna persona cuerda puede pensar que la crisis que hoy conmueve a los pa&iacute;ses que han vivido bajo el despotismo burocr&aacute;tico comunista no se extender&aacute; al resto del mundo. Vivimos una vuelta de los tiempos: no una revoluci&oacute;n sino, en el antiguo y m&aacute;s profundo sentido de la palabra, una revuelta. Un regreso al origen que es, asimismo, un volver al principio. No asistimos al fin de la historia, como ha dicho un profesor norteamericano, sino a un recomienzo. Resurrecci&oacute;n de realidades enterradas, reaparici&oacute;n de lo olvidado y lo reprimido que, como otras veces en la historia, puede desembocar en una regeneraci&oacute;n. Las vueltas al origen son casi siempre revueltas: renovaciones, renacimiento.<sup><a href="#nota">1</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la segunda mitad del siglo XVII aparece una compleja y poderosa corriente de ideas, sentimientos, aspiraciones y sue&ntilde;os (unos l&uacute;cidos y otros ves&aacute;nicos) que cristalizan en la Revoluci&oacute;n Francesa y en la Revoluci&oacute;n de Independencia de los Estados Unidos. Con ellas comienza nuestra historia, la de nuestro tiempo. El movimiento nacido de las dos grandes revoluciones recorre el siglo XIX como un r&iacute;o que aparece, se oculta y reaparece. Al transcurrir, cambia; al cambiar, vuelve incesantemente a su origen. Cada una de sus apariciones estuvo acompa&ntilde;ada por nuevas ideas e hip&oacute;tesis, utop&iacute;as, programas de reformas sociales y pol&iacute;ticas. Las filosof&iacute;as de la Ilustraci&oacute;n fueron modificadas; al lado del pensamiento liberal de un ueville o de un Stuart MiIll, surgieron ideolog&iacute;as nost&aacute;lgicas de un pasado supuestamente mejor y otras, igualmente cr&iacute;ticas del presente, que ve&iacute;an en el futuro el alba de una humanidad m&aacute;s libre, justa y pac&iacute;fica. Pronto las utop&iacute;as se transformaron en programas revolucionarios, muchas veces con pretensiones cient&iacute;ficas. La gran aberraci&oacute;n del siglo pasado fue buscar en la ciencia el fundamento que la antigua filosof&iacute;a hab&iacute;a buscado en la raz&oacute;n o en la divinidad. El marxismo, por ejemplo, sin renunciar a la dial&eacute;ctica heredada de Hegel (l&oacute;gica ilusoria), intent&oacute; aprovechar las aportaciones de Ricardo a la teor&iacute;a econ&oacute;mica; m&aacute;s tarde, y con menos justificaci&oacute;n, la del evolucionismo de Darwin.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las doctrinas anarquistas y socialistas fueron el gran fermento pol&iacute;tico y social de la segunda mitad del siglo XIX. Pero en nuestro siglo dos grandes guerras, seguidas de violentas revoluciones en un extremo de Europa y en Asia, interrumpieron el proceso de cambio gradual que preve&iacute;an muchos socialistas y dem&oacute;cratas. Los reg&iacute;menes totalitarios surgidos de la versi&oacute;n bolchevique del marxismo fueron el tiro por la culata del socialismo. Nueva prueba de la escasa maleabilidad de la materia hist&oacute;rica, siempre rebelde a las pretensiones de la teor&iacute;a. Hoy asistimos a la impresionante refutaci&oacute;n del llamado "socialismo cient&iacute;fico". Sus creyentes no tienen m&aacute;s remedio que admitir que esos reg&iacute;menes no fueron nunca ni socialistas ni cient&iacute;ficos. Pero el descr&eacute;dito de este terrible experimento, &iquest;alcanza tambi&eacute;n a las aspiraciones libertarias e igualitarias que inspiraron a los pensadores anarquistas y socialistas del siglo pasado? No lo creo. Ante las iniquidades del sistema capitalista esos hombres se hicieron algunas preguntas. Esas preguntas siguen sin contestar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es verdad que el sistema capitalista ha mostrado una inmensa capacidad de renovaci&oacute;n: al mismo tiempo que ha multiplicado su eficacia, se ha reformado y humanizado. En Occidente reina la abundancia y hay una inmensa y pr&oacute;spera clase media que incluye a vastas capas del antiguo proletariado. Aparte de que esta prosperidad s&oacute;lo alcanza a una fracci&oacute;n del g&eacute;nero humano, &iquest;c&oacute;mo ocultar o negar las injusticias y la desigualdad que todav&iacute;a existen en las naciones m&aacute;s desarrolladas? &iquest;C&oacute;mo ignorar o minimizar otros deplorables aspectos de la sociedad de consumo? La abundancia no ha hecho ni m&aacute;s buenos ni m&aacute;s sabios ni m&aacute;s felices a los europeos y a los norteamericanos. Para medir nuestra penuria est&eacute;tica y nuestra bajeza moral y espiritual, basta con pensar en un ateniense del siglo V a.C., un romano de tiempos de Trajano y Marco Aurelio o un florentino del siglo XV.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los programas de los escritores socialistas y libertarios fueron muchas veces ingenuos y simplistas; otras, brutales y desp&oacute;ticos. No obstante, ni las carencias, lagunas, errores y excesos de esos programas, ni su colosal fracaso hist&oacute;rico, invalidan la legitimidad de las preguntas que esos hombres se hicieron. Me parece que se aproxima la hora de hacernos esas o parecidas preguntas. Casi seguramente, nuestras respuestas ser&aacute;n distintas. Nada m&aacute;s natural. Pero estar&aacute;n inspiradas por motivos semejantes y deber&aacute;n satisfacer esperanzas an&aacute;logas. Las preguntas a que me refiero son b&aacute;sicas. Aparecen en el momento mismo del nacimiento de la Era Moderna y en ellas est&aacute; contenida, como si fuesen una semilla, toda la historia de nuestro tiempo, sus quimeras y sus contradicciones, sus extrav&iacute;os y sus iluminaciones. Pueden condensarse*<sup><a href="#nota">2</a></sup>, sin excesivo riesgo de simplificarlas, en la relaci&oacute;n entre las tres palabras cardinales de la democracia moderna: libertad, igualdad y fraternidad. La relaci&oacute;n entre ellas es incierta o, m&aacute;s bien, problem&aacute;tica. Hay contradicci&oacute;n entre ellas: &iquest;cu&aacute;l es el puente que puede unirlas?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A mi modo de ver, la palabra central de la tr&iacute;ada <i>es fraternidad.</i> En ella se enlazan las otras dos. La libertad puede existir sin igualdad y la igualdad sin libertad. La primera, aislada, ahonda las desigualdades y provoca las tiran&iacute;as; la segunda, oprime a la libertad y termina por aniquilarla. La fraternidad es el nexo que las comunica, la virtud que las humaniza y las armoniza. Su otro nombre es solidaridad, herencia viva del cristianismo, versi&oacute;n moderna de la antigua caridad. Una virtud que no conocieron ni los griegos ni los romanos, enamorados de la libertad pero ignorantes de la verdadera compasi&oacute;n. Dadas las diferencias naturales entre los hombres, la igualdad es una aspiraci&oacute;n &eacute;tica que no puede realizarse sin recurrir al despotismo o a la acci&oacute;n de la fraternidad. Asimismo, mi libertad se enfrenta fatalmente a la libertad del otro y procura anularla. El &uacute;nico puente que puede reconciliar a estas dos hermanas enemigas &#45;un puente hecho de brazos enlazados&#45; es la fraternidad. Sobre esta humilde y simple evidencia podr&iacute;a fundarse, en los d&iacute;as que vienen, una nueva filosof&iacute;a pol&iacute;tica. S&oacute;lo la fraternidad puede disipar la pesadilla circular del mercado. Advierto que no hago sino imaginar o, m&aacute;s exactamente, entrever, ese pensamiento. Lo veo como el heredero de la doble tradici&oacute;n de la Modernidad: la liberal y la socialista. No creo que deba repetirlas sino trascenderlas. Ser&iacute;a una verdadera renovaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la luz de estas ideas, o m&aacute;s bien: esperanzas, la pregunta del principio &#45;&iquest;qui&eacute;nes leen libros de poemas?&#45; adquiere su verdadero sentido. En el pasado, los lectores de poemas pertenec&iacute;an a las clases dirigentes: ciudadanos griegos, patricios y caballeros romanos, cl&eacute;rigos medievales, cortesanos de la edad barroca, intelectuales de la burgues&iacute;a. En muchos casos esos lectores fueron grandes gobernantes como Pericles, Augusto o Adriano; otros fueron monarcas d&eacute;biles pero sensibles, como Felipe IV ("nuestro buen rey", lo llama Manuel Machado) y el desdichado emperador Hs&uuml;an Tsung; otros, en fin, d&eacute;spotas ilustrados, como Federico de Prusia. En la Edad Moderna sobreviene el gran cambio: desde el Romanticismo, los lectores de poemas han sido, como los poetas mismos, los solitarios y los inconformes. Poetas y lectores burgueses pero rebeldes a su origen, su clase y la moral de su mundo. &Eacute;sta es una de las glorias m&aacute;s ciertas de la burgues&iacute;a, la clase social que tom&oacute; el poder con el arma del pensamiento cr&iacute;tico y que no ha dejado de usarlo para analizarse a s&iacute; misma y a sus obras. El examen de conciencia y los remordimientos que lo acompa&ntilde;an, legado de cristianismo, han sido y son el remedio m&aacute;s potente contra los males de nuestra civilizaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la tradici&oacute;n de cr&iacute;tica y de rebeld&iacute;a de la Modernidad, la poes&iacute;a ocupa un lugar a un tiempo central y exc&eacute;ntrico. Central porque, desde el principio, fue parte esencial de la gran corriente de cr&iacute;tica y subversi&oacute;n que atraves&oacute; los siglos XIX y XX. Casi todos nuestros grandes poetas han participado, en un momento o en otro, en esos movimientos de emancipaci&oacute;n. Pero la singularidad de la poes&iacute;a moderna consiste en que ha sido la expresi&oacute;n de realidades y aspiraciones m&aacute;s profundas y antiguas que las geometr&iacute;as intelectuales de los revolucionarios y las c&aacute;rceles de conceptos de los utopistas. En uno de sus extremos, la poes&iacute;a roza la frontera el&eacute;ctrica de las visiones y las inspiraciones religiosas. Por esto ha sido, alternativamente y con parecido extremismo, revolucionaria y reaccionaria. No es extra&ntilde;o, asimismo, que todos sus amores y conversiones hayan terminado invariablemente en divorcios y apostas&iacute;as. Desde su nacimiento, bajo la luz brusca del rel&aacute;mpago rom&aacute;ntico que rompi&oacute; las simetr&iacute;as del siglo XVIII, hasta la penumbra violenta de nuestra &eacute;poca, la poes&iacute;a no ha cesado de ser pertinaz y terca heterodoxia. Incesante movimiento en zigzag, continua rebeli&oacute;n frente a todas las doctrinas y las iglesias; asimismo, amor no menos constante a las realidades humilladas, reacias a las manipulaciones fide&iacute;stas y a las especulaciones racionalistas. Poes&iacute;a: piedra de esc&aacute;ndalo de la Modernidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre la revoluci&oacute;n y la religi&oacute;n, la poes&iacute;a es la <i>otra</i> voz. Su voz es <i>otra</i> porque es la voz de las pasiones y las visiones; es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es de hoy mismo, antig&uuml;edad sin fechas. Poes&iacute;a her&eacute;tica y cism&aacute;tica, poes&iacute;a inocente y perversa, l&iacute;mpida y fangosa, a&eacute;rea y subterr&aacute;nea, poes&iacute;a de la ermita y del bar de la esquina, poes&iacute;a al alcance de la mano y siempre de un m&aacute;s all&aacute; que est&aacute; aqu&iacute; mismo. Todos los poetas, en esos momentos largos o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen la voz <i>otra.</i> Es suya y es ajena, es de nadie y es de todos. Nada distingue al poeta de los otros hombres y mujeres, salvo esos momentos &#45;raros aunque sean frecuentes&#45; en que, siendo &eacute;l mismo, es otro. &iquest;Posesi&oacute;n de fuerzas y poderes extra&ntilde;os, irrupci&oacute;n de un fondo ps&iacute;quico enterrado en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su ser, o peregrina facultad para asociar palabras, im&aacute;genes, sonidos, formas? No es f&aacute;cil responder a estas preguntas. Sin embargo, no creo que s&oacute;lo sea una <i>facultad.</i> Pero si lo fuese: &iquest;de d&oacute;nde viene? En fin, sea una cosa o la otra, lo cierto es que la radical extra&ntilde;eza del fen&oacute;meno po&eacute;tico hace pensar en una dolencia que a&uacute;n espera el diagn&oacute;stico del m&eacute;dico. La medicina antigua &#45;y tambi&eacute;n la filosof&iacute;a, comenzando por Plat&oacute;n&#45; atribu&iacute;an la facultad po&eacute;tica a un trastorno ps&iacute;quico. Era una man&iacute;a, es decir, un furor sagrado, un entusiasmo, un transporte. Sin embargo, la man&iacute;a no es sino uno de los polos del trastorno; el otro es la <i>absentia,</i> el vac&iacute;o interior, ese "melanc&oacute;lico bostezo" de que habla el poeta. Plenitud y vacuidad, vuelo y ca&iacute;da, entusiasmo y melancol&iacute;a: poes&iacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La singularidad ps&iacute;quica y social del poeta se acent&uacute;a apenas se repara en su origen social. Todos los poetas modernos, salvo media docena de arist&oacute;cratas, han pertenecido a la clase media. Todos han tenido una educaci&oacute;n universitaria; unos han sido abogados y periodistas, otros m&eacute;dicos, profesores, diplom&aacute;ticos, agentes de publicidad, banqueros, negociantes, peque&ntilde;os o grandes bur&oacute;cratas. Unos pocos, como Verlaine y Rimbaud, han sido par&aacute;sitos y tr&aacute;nsfugas. Pero Verlaine ten&iacute;a una peque&ntilde;a renta y Rimbaud fue un <i>drop&#45;out</i> de la burgues&iacute;a provincial. En suma, todos han sido productos de la gran creaci&oacute;n hist&oacute;rica de la Modernidad: la burgues&iacute;a. Y por eso mismo todos han sido, sin excepci&oacute;n, enemigos violentos de la Modernidad. Enemigos y v&iacute;ctimas. As&iacute;, nueva paradoja, han sido plenamente modernos. Heterodoxos cuando bendicen el orden, como Eliot, o cuando se santiguan, como Claudel, o cuando salmodian letan&iacute;as leninistas, como Brecht y Neruda; libertarios cuando agitan el incensario para sahumar a un demagogo disfrazado de C&eacute;sar, como Pound... Todos, poetas uniformados o en harapos, poetas mujeres y poetas hombres, poetas de todos los sexos y de ninguno, de todas las profesiones, creencias, partidos y sectas, poetas vagabundos por los cuatro confines y poetas que nunca han abandonado su ciudad, su barrio y su cuarto, todos han o&iacute;do, no afuera sino adentro de ellos mismos (trueno, borborigmo, chorro de agua) la <i>otra</i> voz. Nunca la voz de "aqu&iacute; y ahora", la moderna, sino la de all&aacute;, la otra, la del comienzo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La singularidad de la poes&iacute;a moderna no viene de las ideas o las actitudes del poeta: viene de su voz. Mejor dicho: del acento de su voz. Es una modulaci&oacute;n indefinible, inconfundible y que, fatalmente, la vuelve <i>otra.</i> Es la marca, no del pecado sino de la diferencia original. La Modernidad antimoderna de nuestra poes&iacute;a, desgarrada entre la revoluci&oacute;n y la religi&oacute;n, vacilante entre llorar como Her&aacute;clito y re&iacute;r como Dem&oacute;crito, es una verdadera transgresi&oacute;n. Pero una transgresi&oacute;n casi siempre involuntaria y que aparece sin que el poeta se lo proponga. La transgresi&oacute;n brota, como ya dije, de una diferencia original; no es un agregado ni un elemento postizo sino la manera propia de ser de la poes&iacute;a en la Edad Moderna. La raz&oacute;n de esta singularidad es hist&oacute;rica. Un poema puede ser moderno por sus temas, su lenguaje y su forma, pero por su naturaleza profunda es una voz antimoderna. El poema expresa realidades ajenas a la Modernidad, mundos y estratos ps&iacute;quicos que no s&oacute;lo son m&aacute;s antiguos sino impermeables a los cambios de la historia. Desde el paleol&iacute;tico, la poes&iacute;a ha convivido con todas las sociedades humanas; no hay una sociedad que no haya conocido esta o aquella forma de poes&iacute;a. Ahora bien, aunque atada a un suelo y a una historia, siempre se ha abierto, en cada una de sus manifestaciones, a un m&aacute;s all&aacute; transhist&oacute;rico. No aludo a un m&aacute;s all&aacute; religioso: hablo de la percepci&oacute;n del <i>otro lado</i> de la realidad. Es una experiencia com&uacute;n a todos los hombres en todas las &eacute;pocas y que me parece <i>anterior</i> a todas las religiones y filosof&iacute;as.<sup><a href="#nota">3</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En un mundo regido por la l&oacute;gica del mercado y, en los pa&iacute;ses comunistas, por la eficacia, la poes&iacute;a es una actividad de rendimiento nulo. Sus productos son escasamente vendibles y poco &uacute;tiles (salvo como propaganda en las dictaduras e ideocracias totalitarias). Para la mente moderna, aunque no se le confiese a ella misma, la poes&iacute;a es energ&iacute;a, tiempo y talento convertidos en objetos superfluos. Poema: forma verbal de poca utilidad y vil precio. Poes&iacute;a: gasto, dispendio, desperdicio. No obstante, contra viento y marea, la poes&iacute;a circula y es le&iacute;da. Rebelde al mercado, apenas si tiene precio; no importa: va de boca en boca, como el aire y el agua. Su val&iacute;a y su utilidad no son mensurables: un hombre rico en poes&iacute;a puede ser un mendigo. Tampoco se puede ahorrar poemas: hay que gastarlos. O sea: decirlos. Gran misterio: el poema contiene poes&iacute;a a condici&oacute;n de no guardarla; est&aacute; hecho para esparcirla y derramarla, como la jarra que vierte el vino y el agua. Todas las artes, especialmente la pintura y la escultura, por ser formas, son <i>cosas;</i> por esto pueden guardarse, venderse y transformarse en objetos de especulaci&oacute;n monetaria. La poes&iacute;a tambi&eacute;n es cosa pero es muy poca cosa: est&aacute; hecha de palabras, una bocanada de aire que no ocupa lugar en el espacio. A la inversa del cuadro, el poema no muestra im&aacute;genes ni figuras: es un conjuro verbal que provoca en el lector, o en el oyente, un surtidor de im&aacute;genes mentales. La poes&iacute;a se oye con los o&iacute;dos pero se ve con el entendimiento. Sus im&aacute;genes son criaturas anfibias: son ideas y son formas, son sonidos y son silencio.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Concluyo, pero, antes, debo repetir lo que he dicho. La discordia entre poes&iacute;a y Modernidad no es accidental sino consubstancial. La oposici&oacute;n entre ambas aparece desde el comienzo de nuestra &eacute;poca, con los primeros rom&aacute;nticos. La paradoja es que esa incompatibilidad es uno de los atributos, quiz&aacute; el central, de la poes&iacute;a moderna; adem&aacute;s, esa incompatibilidad la vuelve aceptable para el lector, que ve en ella una imagen de su propia situaci&oacute;n. S&oacute;lo los modernos pueden ser tan total y desgarradoramente antimodernos como lo han sido todos nuestros grandes poetas. La Modernidad, fundada en la cr&iacute;tica, secreta de un modo natural la cr&iacute;tica de s&iacute; misma. La poes&iacute;a ha sido una de las manifestaciones m&aacute;s en&eacute;rgicas y vivaces de esa cr&iacute;tica. Pero su cr&iacute;tica no ha sido ni racional ni filos&oacute;fica sino pasional y en nombre de realidades ignoradas o negadas por la Edad Moderna. La poes&iacute;a ha resistido a la Modernidad y al negarla, la ha vivificado. Ha sido su r&eacute;plica y su ant&iacute;doto. Al llegar a este punto, vuelvo al comienzo de mi reflexi&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hoy somos testigos, seg&uacute;n todos los signos, de otro gran cambio. No sabemos si vivimos el fin o la renovaci&oacute;n de la Modernidad. En esta vuelta de los tiempos, &iquest;cu&aacute;l podr&aacute; ser la funci&oacute;n de la poes&iacute;a? Si, como creo y espero, nace un nuevo pensamiento pol&iacute;tico, sus creadores tendr&aacute;n que o&iacute;r la <i>otra</i> voz. Fue ino&iacute;da por los ide&oacute;logos revolucionarios de nuestro siglo y esto explica, en parte al menos, el gran fracaso de sus proyectos. Ser&iacute;a desastroso que la nueva filosof&iacute;a pol&iacute;tica ignorase esas realidades ocultadas y enterradas por el hombre moderno. La funci&oacute;n de la poes&iacute;a durante los dos &uacute;ltimos siglos ha sido recordarnos la existencia de esas realidades; la funci&oacute;n de la poes&iacute;a de ma&ntilde;ana no podr&aacute; ser distinta. Su misi&oacute;n no consistir&aacute; en alimentar con ideas al pensamiento sino recordarle, como ahora, lo que tercamente ha olvidado durante tres siglos. La poes&iacute;a es la memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz. La <i>otra</i> voz no es la voz de ultratumba: es la del hombre que est&aacute; dormido en el fondo de cada hombre. Tiene mil a&ntilde;os y tiene nuestra edad y todav&iacute;a no nace. Es nuestro abuelo, nuestro hermano y nuestro biznieto.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es imposible, naturalmente, saber hacia d&oacute;nde se van a dirigir las sociedades y los pueblos en el siglo XXI. Quiz&aacute; ese nuevo pensamiento, destinado a responder las preguntas generosas con que se inici&oacute; la Era Moderna, no sea sino un buen deseo, una esperanza, algo que pudo ser y que fue disipado por la historia. Ser&iacute;a terrible pues ya est&aacute;n a la vista, en muchas partes del mundo, signos inquietantes del regreso de las viejas pasiones religiosas, los fanatismos nacionalistas y el culto a la tribu. Reaparecen creencias y emociones que fueron sofocadas tanto por el racionalismo liberal como por los reg&iacute;menes que ostentaron la m&aacute;scara del "socialismo cient&iacute;fico". Esas creencias y esas pasiones fueron mort&iacute;feras y volver&aacute;n a serlo si no somos capaces de absorberlas y sublimarlas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s all&aacute; de la suerte que el porvenir reserve a los hombres, algo me parece evidente: la instituci&oacute;n del mercado, ahora en su apogeo, est&aacute; condenada a cambiar. No es eterna. Ninguna creaci&oacute;n humana lo es. Ignoro si ser&aacute; modificada por la sabidur&iacute;a de los hombres, substituida por otra m&aacute;s perfecta, o si ser&aacute; destruida por sus excesos y contradicciones. En este &uacute;ltimo caso podr&iacute;a arrastrar en su ruina a las instituciones democr&aacute;ticas. Posibilidad que me estremece pues entonces entrar&iacute;amos en una edad obscura, como ha ocurrido m&aacute;s de una vez en la historia. No necesito recordar el fin del mundo grecorromano, la declinaci&oacute;n de las civilizaciones en la India y en China o el letargo de siglos en que cay&oacute; el Islam. Ahora bien, ocurra lo que ocurra, es claro que el inmenso, est&uacute;pido y suicida derroche de los recursos naturales tiene que cesar pronto, si es que los hombres quieren sobrevivir sobre la tierra. La causa de este gigantesco desperdicio de riquezas &#45;vida presente y futura&#45; es el proceso circular del mercado. Es una actividad de alta eficacia pero sin direcci&oacute;n y cuyo &uacute;nico fin es producir m&aacute;s y m&aacute;s para consumir m&aacute;s y m&aacute;s. La obtusa pol&iacute;tica de la mayor&iacute;a de los gobiernos de los pa&iacute;ses sub&#45;desarrollados, tanto en Am&eacute;rica Latina como en Asia y &Aacute;frica, ha contribuido tambi&eacute;n a la universal destrucci&oacute;n y contaminaci&oacute;n de lagos, r&iacute;os, mares, valles, selvas y monta&ntilde;as. Ninguna civilizaci&oacute;n hab&iacute;a estado regida por una fatalidad tan ciega, mec&aacute;nica y destructiva.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La coyuntura que acabo de evocar se presentar&aacute; en el porvenir inmediato, cualesquiera que sean nuestras instituciones pol&iacute;ticas y sociales e independientemente de nuestras creencias y opiniones. De hecho, ya se ha presentado y en t&eacute;rminos m&aacute;s y m&aacute;s perentorios y amenazantes. Incluso puede decirse sin exagerar que el tema central de este fin de siglo no es el de la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica de nuestras sociedades ni el de su orientaci&oacute;n hist&oacute;rica. Lo urgente, hoy, es saber c&oacute;mo vamos a asegurar la supervivencia de la especie humana. Ante esa realidad, &iquest;cu&aacute;l puede ser la funci&oacute;n de la poes&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; puede decir la <i>otra</i> voz? Ya he indicado que si naciese un nuevo pensamiento pol&iacute;tico, la influencia de la poes&iacute;a ser&iacute;a indirecta: recordar ciertas realidades enterradas, resucitarlas y presentarlas. Ante la cuesti&oacute;n de la supervivencia del g&eacute;nero humano en una tierra envenenada y asolada, la respuesta no puede ser distinta. Su influencia sea indirecta: sugerir, inspirar e insinuar. No demostrar sino mostrar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El modo de operaci&oacute;n del pensamiento po&eacute;tico es la imaginaci&oacute;n y &eacute;sta consiste, esencialmente, en la facultad de poner en relaci&oacute;n realidades contrarias o dis&iacute;mbolas. Todas las formas po&eacute;ticas y todas las figuras de lenguaje poseen un rasgo en com&uacute;n: buscan y, con frecuencia, descubren semejanzas ocultas entre objetos diferentes. En los casos m&aacute;s extremos, unen a los opuestos. Comparaciones, analog&iacute;as, met&aacute;foras, metonimias y los dem&aacute;s recursos de la poes&iacute;a: todos tienden a producir im&aacute;genes en las que pactan el esto y el aquello, lo uno y lo otro, los muchos y el uno. La operaci&oacute;n po&eacute;tica concibe al lenguaje como un universo animado, recorrido por una doble corriente de atracci&oacute;n y de repulsi&oacute;n. En el lenguaje se reproducen las luchas y las uniones, los amores y las separaciones de los astros y de las c&eacute;lulas, de los &aacute;tomos y de los hombres. Cada poema, cualquiera que sea su tema, su forma y las ideas que lo informan, es a todo y sobre todo un peque&ntilde;o cosmos animado. El poema refleja la solidaridad de las "diez mil cosas que componen el universo", como dec&iacute;an los antiguos chinos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Espejo de la fraternidad c&oacute;smica, el poema es un modelo de lo que podr&iacute;a ser la sociedad humana. Frente a la destrucci&oacute;n de la naturaleza, muestra la hermandad entre los astros y las part&iacute;culas, las substancias qu&iacute;micas y la conciencia. La poes&iacute;a ejercita nuestra imaginaci&oacute;n y as&iacute; nos ense&ntilde;a a reconocer las diferencias y a descubrir las semejanzas. El universo es un tejido vivo de afinidades y oposiciones. Prueba viviente de la fraternidad universal, cada poema es una lecci&oacute;n pr&aacute;ctica de armon&iacute;a y de concordia, aunque su tema sea la c&oacute;lera del h&eacute;roe, la soledad de la muchacha abandonada o el hundirse de la conciencia en el agua quieta del espejo. La poes&iacute;a es el ant&iacute;doto de la t&eacute;cnica y del mercado. A eso se reduce lo que podr&iacute;a ser, en nuestro tiempo y en el que llega, la funci&oacute;n de la poes&iacute;a. &iquest;Nada m&aacute;s? Nada menos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La cuesti&oacute;n del principio: &iquest;cu&aacute;ntos y qui&eacute;nes leen poemas?, se enlaza naturalmente con la de la supervivencia de la poes&iacute;a en el mundo moderno. A su vez, esta pregunta se desdobla en otra de mayor urgencia y gravedad: la supervivencia de la humanidad misma. El poema es un modelo de supervivencia fundada en la fraternidad &#45;atracci&oacute;n y repulsi&oacute;n&#45; de los elementos, las formas y las criaturas del universo. Hugo lo dijo de una manera soberbia: <i>Tout cherche tout, sans but, sans tr&#234;ve, sans repos.</i> La relaci&oacute;n entre el hombre y la poes&iacute;a es tan antigua como nuestra historia: comenz&oacute; cuando el hombre comenz&oacute; a ser hombre. Los primeros cazadores y recolectores de frutos un d&iacute;a se contemplaron, at&oacute;nitos, durante un instante inacabable, en el agua fija de un poema. Desde entonces, los hombres no han cesado de verse en ese espejo de im&aacute;genes. Y se han visto, simult&aacute;neamente, como creadores de im&aacute;genes y como im&aacute;genes de sus creaciones. Por esto, puedo decir con un poco de seguridad que, mientras haya hombres, habr&aacute; poes&iacute;a. Pero la relaci&oacute;n puede romperse. Naci&oacute; de la facultad humana por excelencia, la imaginaci&oacute;n; puede quebrarse si la imaginaci&oacute;n muere o se corrompe. Si el hombre olvidase a la poes&iacute;a, se olvidar&iacute;a de s&iacute; mismo. Regresar&iacute;a al caos original.</font></p>      	    <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2"><i>M&eacute;xico, a 1 de Diciembre de 1989    <br> 	La otra voz. Poes&iacute;a y fin de siglo</i> se public&oacute; en Barcelona,    <br> 	Seix&#45;Barral, 1990.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Reprodujimos aqu&iacute; la versi&oacute;n revisada por el autor para las obras completas: Paz, Octavio. 2003. <i>Obras completas. La casa de la presencia. Poes&iacute;a e historia.</i> Vol. 1. Edici&oacute;n del Autor, C&iacute;rculo de lectores (Barcelona, 1991), Fondo de Cultura Econ&oacute;mica (M&eacute;xico, 2<sup>a</sup>. ed. 1994), 4ta. Reimpresi&oacute;n, 619pp.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=6734120&pid=S2007-2406201500020000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> V&eacute;ase <i>Corriente alterna,</i> 1967,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=6734122&pid=S2007-2406201500020000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> especialmente la tercera parte y <i>Tiempo nublado,</i> 1983, cap&iacute;tulo IV y V.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=6734123&pid=S2007-2406201500020000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> En el original de la edici&oacute;n de las <i>Obras completas</i> del FCE dice "condenarse". En funci&oacute;n del contexto hemos cre&iacute;do que debe decir, m&aacute;s bien, "condensarse". &#91;N. del E.&#93;</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Hace muchos a&ntilde;os me afan&eacute; por dilucidar esta experiencia en la segunda parte de <i>El arco y la lira,</i> 1956.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=6734126&pid=S2007-2406201500020000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
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