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<journal-title><![CDATA[CONfines de relaciones internacionales y ciencia política]]></journal-title>
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<publisher-name><![CDATA[Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, División de Humanidades y Ciencias Sociales]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Tradiciones institucionales y consolidación democrática en Uruguay]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Institutional Traditions and Democratic Consolidation in Uruguay]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper analyzes the role played by institutional traditions in Uruguayan democracy by focusing attention on two main issues. First, I describe the context in which the current Uruguayan political parties arose and the relationships established among them. Second, although it is true that parties naturally express alternative visions about politics, I contend that the building of a democratic system requires a basic consensus on which to base a set of rules that govern and contain dissidence. I discuss these two themes beginning with the emergence of Uruguay as an independent state until the term of Julio María Sanguinetti's second presidency in 2000.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Art&iacute;culos</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Tradiciones institucionales y consolidaci&oacute;n democr&aacute;tica en Uruguay</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Institutional Traditions and Democratic Consolidation in Uruguay</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jos&eacute; Ruiz Valerio*</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Escuela de Graduados en Administraci&oacute;n P&uacute;blica y Pol&iacute;tica P&uacute;blica, ITESM Campus Monterrey.</i> Correo: <a href="mailto:jfrv@itesm.mx">jfrv@itesm.mx</a>.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Resumen</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este trabajo analizaremos el papel que las tradiciones institucionales han jugado sobre la democracia uruguaya y centraremos la atenci&oacute;n en dos elementos prioritarios. En primer lugar, en el contexto en el que surgieron tanto los actuales partidos pol&iacute;ticos uruguayos como las relaciones que se establecieron entre ellos. En segundo lugar, dado que los partidos expresan visiones pol&iacute;ticas alternativas, abordaremos lo que la construcci&oacute;n de una democracia estable necesita: un consenso b&aacute;sico en torno a un conjunto de reglas fundamentales que rijan y contengan tales disidencias. Estas cuestiones son abordadas en perspectiva hist&oacute;rica, desde el surgimiento de Uruguay como Estado independiente hasta el t&eacute;rmino de la segunda presidencia de Julio Mar&iacute;a Sanguinetti, en el a&ntilde;o 2000.</font></p>      <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Abstract</b></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">This paper analyzes the role played by institutional traditions in Uruguayan democracy by focusing attention on two main issues. First, I describe the context in which the current Uruguayan political parties arose and the relationships established among them. Second, although it is true that parties naturally express alternative visions about politics, I contend that the building of a democratic system requires a basic consensus on which to base a set of rules that govern and contain dissidence. I discuss these two themes beginning with the emergence of Uruguay as an independent state until the term of Julio Mar&iacute;a Sanguinetti's second presidency in 2000.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante la d&eacute;cada de 1980, cuando algunos pa&iacute;ses de Am&eacute;rica Latina iniciaron el proceso de transici&oacute;n pol&iacute;tica que habr&iacute;a de llevarlos al establecimiento de reg&iacute;menes democr&aacute;ticos de gobierno, se gener&oacute; un debate fruct&iacute;fero en torno a ciertas cuestiones que pod&iacute;an ayudar u obstaculizar el desarrollo del mismo. Entre ellas, destac&oacute; el tema de las tradiciones institucionales. Surgi&oacute; entonces la interrogante acerca de la superaci&oacute;n o reaparici&oacute;n de algunos elementos hist&oacute;ricos vinculados con el desempe&ntilde;o institucional, el liderazgo presidencial, la competencia entre partidos, la dificultad para construir consensos entre las fuerzas pol&iacute;ticas y sociales capaces de canalizar el conflicto y los reclamos ciudadanos. Cuestiones que se encontraban estrechamente asociadas con el deterioro y la ruptura de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos, anteriores a las experiencias autoritarias. En este contexto, designamos con el t&eacute;rmino <i>tradici&oacute;n</i><sup><a href="#notas">1</a></sup> aquellos comportamientos sedimentados y regularmente observados (aunque no por ello valorados de forma positiva) que se plasman en las pr&aacute;cticas pol&iacute;ticas cotidianas. Estas tradiciones, como mencion&aacute;bamos anteriormente, pueden favorecer u obstaculizar el desarrollo democr&aacute;tico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir del estudio pionero de Almond y Verba (1963), mucho se ha escrito y discutido acerca de ellas. No es nuestra intenci&oacute;n retomar aqu&iacute; su difundida clasificaci&oacute;n, tampoco el influjo que ejercen sobre el desempe&ntilde;o concreto del sistema. M&aacute;s bien, lo que intentamos destacar es c&oacute;mo determinadas tradiciones pol&iacute;ticas influyen en las pr&aacute;cticas concretas y condicionan su ejercicio. Cabe aclarar que no proponemos una visi&oacute;n de tipo determinista al respecto: estas tradiciones, pueden cambiar y, de hecho, se modifican (Lipset, 1990, pp. 8083). Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de los cambios y rupturas producidas anteriormente, en algunos pa&iacute;ses, ciertas tradiciones institucionales se muestran persistentes e incluso resistentes al cambio. A veces, en un sentido positivo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el contexto latinoamericano, la experiencia hist&oacute;rica de Uruguay (junto a la de Chile) constituye un caso at&iacute;pico respecto a la de sus vecinos inmediatos. Frente a dificultades que se constatan durante el siglo XX en Argentina y Brasil, como las continuas irrupciones de los militares en la arena pol&iacute;tica, la dificultad para constituir un Estado de Derecho eficaz, el avasallamiento de las instituciones gubernativas por parte del Ejecutivo y la presencia de pr&aacute;cticas institucionales de dudosa constitucionalidad, Uruguay exhibe un r&eacute;gimen democr&aacute;tico estable, un Estado de Derecho de antigua data e independencia en sus &oacute;rganos de gobierno ante el ejecutivo, en especial desde inicios de la d&eacute;cada de 1950. En un trabajo sumamente interesante sobre los or&iacute;genes de las culturas pol&iacute;ticas de Argentina y Uruguay en perspectiva comparada, y la influencia que las mismas ejercieron sobre la construcci&oacute;n de sus respectivas democracias, Spektorowski (2000) aborda directamente la cuesti&oacute;n. En su estudio focaliza la atenci&oacute;n sobre diferentes efectos que los procesos de formaci&oacute;n de la identidad nacional han tenido sobre el desarrollo pol&iacute;tico de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos de ambos pa&iacute;ses. De esta manera, observa que en Uruguay el proceso de construcci&oacute;n nacional, desarrollado con posterioridad a las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX, se formaliz&oacute; sobre un consenso pol&iacute;tico respecto a las reglas del juego institucional. Por ello, el concepto de democracia pol&iacute;tica pas&oacute; a ser parte integral de la "identidad" pol&iacute;tica uruguaya. Estrechamente relacionado con esto, la democracia uruguaya, ha sido definida reiteradamente con el t&eacute;rmino "partidocracia", en tanto gobierno de partidos, los que construyeron y sostuvieron dicho consenso fundacional. El mismo, tal como lo demuestra la historia, no puso al pa&iacute;s a resguardo de experiencias de tipo autoritarias, pero la cultura pol&iacute;tica uruguaya se ha mostrado resistente frente a ellas y ha penetrado incluso en las propias Fuerzas Armadas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Frente al an&aacute;lisis mencionado, se nos presentan algunos interrogantes: &iquest;aparecieron estas tradiciones con la reinstauraci&oacute;n democr&aacute;tica llevada a cabo en 1985? &iquest;Con qu&eacute; fuerza contaban? &iquest;C&oacute;mo las afect&oacute; la experiencia militar?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una vez concluidos los tres primeros gobiernos democr&aacute;ticos (el de Julio Sanguinetti, desarrollado entre 1985&#45;1989, el de Luis Lacalle, entre 1990 y 1995, y la segunda presidencia de Sanguinetti, entre 1995 y 2000), nos encontramos en condiciones de realizar un primer balance acerca de las mencionadas cuestiones y su transformaci&oacute;n. Para ello, centraremos aqu&iacute; nuestra atenci&oacute;n en dos elementos prioritarios, dada la incidencia que han tenido sobre el desarrollo posterior del sistema pol&iacute;tico nacional.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, atenderemos al contexto en el que surgieron los actuales partidos pol&iacute;ticos uruguayos y las relaciones que se establecieron entre ellos (o lo que es lo mismo, el tipo de sistema que conformaron). Sabemos que, "de la misma manera en que los hombres conservan durante toda la vida huellas de su infancia, los partidos sufren profundamente las huellas de sus or&iacute;genes" (Duverger, 1951: 15). Estas huellas manifiestan y cristalizan tensiones latentes en la estructura social, que los motivan y dotan de sentido (Lipset y Rokkan, 1967). Tambi&eacute;n conocemos que la forma en que se les facilita u obstaculiza a los partidos el ingreso al sistema pol&iacute;tico, el tipo de competencia que deben afrontar y las barreras que tienen que superar para su incorporaci&oacute;n efectiva en dicho sistema, influyen en forma considerable sobre su posterior desarrollo y desenvolvimiento. Esta es una cuesti&oacute;n que hay que tener en cuenta.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, es cierto que los partidos expresan visiones alternativas, e incluso contrapuestas, sobre los valores, intereses y conflictos sociales, compitiendo por su canalizaci&oacute;n y representaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n es cierto que &#151;en un contexto democr&aacute;tico&#151; se espera que los mismos acuerden en torno a un conjunto de reglas b&aacute;sicas que rijan y contengan tales disidencias. Podemos decir que la democracia supone entrar de acuerdo sobre ciertos procedimientos y pautas procedimentales, para luego disentir sobre todas las dem&aacute;s cuestiones. Esto significa consensuar reglas, para discrepar sobre valores e intereses. En este sentido, la democracia es un juego de resultados inciertos, que no est&aacute;n determinados de antemano, los que dependen de la libre decisi&oacute;n del pueblo (Sartori, 1987, Vol.1: 125; Przeworski, 1995: 14). El hecho de que en una comunidad pol&iacute;tica exista (o no) entre sus actores relevantes tal consenso sobre las reglas b&aacute;sicas, evidentemente, resulta fundamental.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Estos factores, relevantes en s&iacute; mismos (aunque no son los &uacute;nicos elementos de importancia que puedan haber influido sobre ambas democracias), constituyen, pues, el "tel&oacute;n de fondo" que enmarca el desempe&ntilde;o institucional uruguayo. Torre sintetiza la cuesti&oacute;n cuando sobre el caso argentino se&ntilde;ala:</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">...Las construcciones institucionales no se parecen al acto de pintar un cuadro sobre los bastidores de una tela en blanco: m&aacute;s bien, &eacute;stas se llevan a cabo a partir de las tradiciones pol&iacute;ticas preexistentes y dentro de las circunstancias hist&oacute;ricas que les sirven de tel&oacute;n de fondo (Torre, 1995: 178).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Veamos, entonces, c&oacute;mo han influido las cuestiones seleccionadas sobre la nueva democracia uruguaya.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>1. Origen y evoluci&oacute;n de los partidos pol&iacute;ticos de Uruguay</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El origen de los dos partidos tradicionales uruguayos se remonta a la primera mitad del siglo XIX; en cierto sentido, son tan antiguos como el propio pa&iacute;s<sup><a href="#notas">2</a></sup>. Las luchas caudillistas que siguieron al per&iacute;odo de la independencia, la batalla de Carpinter&iacute;a de 1 836 y la Guerra Grande desarrollada entre 1839 y 1851, contribuyeron a cristalizar la divisi&oacute;n pol&iacute;tica del pa&iacute;s entre blancos y colorados, estableci&eacute;ndose fuertes lealtades pol&iacute;ticas<sup><a href="#notas">3</a></sup>, las que perduran hasta la actualidad. Por lo tanto, no es desacertado afirmar que en su formaci&oacute;n, los partidos uruguayos son anteriores a la efectiva unificaci&oacute;n nacional.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como punto final de las mencionadas luchas desarrolladas durante el per&iacute;odo posterior a la independencia, se firmaron los "pactos pol&iacute;ticos" de 1872, que establecieron la divisi&oacute;n del territorio nacional en jurisdicciones a cargo de los partidos pol&iacute;ticos, divisi&oacute;n que fue consolidada en el Pacto de La Cruz, de 1 897. Mientras el interior se mantuvo mayoritariamente blanco, Montevideo fue colorado. Para algunos estudiosos, estos acuerdos entre partidos pol&iacute;ticos, supusieron el establecimiento de verdaderas normas de gobierno ("para&#45;constitucionales", utilizando la difundida expresi&oacute;n de Riggs &#151;1988&#151;), que se adicionaron entonces a la Constituci&oacute;n de 1830 (inmodificada hasta 1918). Sin embargo, cabe destacar que la contracara de tal divisi&oacute;n estuvo dada por el hecho que, en las provincias cuyos gobernantes respond&iacute;an al Partido Nacional, los mismos atend&iacute;an las directivas de sus caudillos partidarios y no los del Estado central, el que desde 1865 se encontr&oacute; en manos del Partido Colorado. Se cre&oacute; as&iacute; una especie de "feudalizaci&oacute;n" del pa&iacute;s, al tiempo que se asent&oacute; un sistema estable en el cual ninguno de los dos partidos tradicionales excluy&oacute; al otro, estableciendo un acuerdo que habr&iacute;a de resultar sumamente duradero (Gonz&aacute;lez, 1995: 140&#45;141; Rama, 1987: 19&#45;24; Solari, 1966: 68; Spektorowski, 2000: 90).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con el correr del tiempo, ambos partidos siguieron conservando rasgos propios del momento de su origen. En especial, el regionalismo y personalismo ("caudillismo")<sup><a href="#notas">4</a></sup>. Los partidos uruguayos no surgieron en torno al cleavage capital &#151;trabajo, sino que proven&iacute;an de la alineaci&oacute;n de los caudillos patrimonialistas<sup><a href="#notas">5</a></sup> del siglo XIX, en torno al eje de conflicto Naci&oacute;n&#151; poder local (Real de Az&uacute;a, 1984: 28&#45;30). Sin embargo, cabe destacar que la formaci&oacute;n del Uruguay como Estado soberano se hall&oacute; condicionada, entre 1810 y 1830, por cuatro factores que marcaron y matizaron su evoluci&oacute;n pol&iacute;tica posterior y ejercieron indudable influencia sobre el desarrollo del conflicto anteriormente aludido: la lucha entre los puertos del R&iacute;o de la Plata (Buenos Aires y Montevideo); la oposici&oacute;n entre Montevideo y los territorios del "interior" uruguayo; el enfrentamiento entre Argentina y Brasil por el tutelaje del nuevo Estado Oriental, independizado en 1828; la mediaci&oacute;n inglesa para solucionar tal conflicto, asegur&aacute;ndose as&iacute;, una posici&oacute;n de privilegio sobre la navegaci&oacute;n del R&iacute;o de la Plata. Durante esta &eacute;poca, entre 1811 y 1819, la Banda Oriental intent&oacute;, bajo el mando de Jos&eacute; Artigas, su "engarce federal" con las provincias del R&iacute;o de la Plata (Argentina). Posteriormente, hasta 1825, estuvo controlado por la corona portuguesa y luego por el Brasil. Alcanz&oacute; la soberan&iacute;a plena reci&eacute;n en 1 830, con la promulgaci&oacute;n de su primera Constituci&oacute;n nacional. A partir de 1836, la pol&iacute;tica uruguaya estuvo influida por la argentina: el jefe de los blancos, el General Manuel Oribe (presidente de la Rep&uacute;blica entre 1835&#45;1838), era partidario de la fracci&oacute;n de los "federales" argentinos, liderados por el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas; el l&iacute;der de los colorados, el General Fructuoso Rivera (presidente entre 1830&#45;1834, entre 1839&#45;1843, y como miembro de un Triunvirato de Generales &#151;junto con Juan Lavalleja y Venancio Flores&#151; entre 1853&#45;1854) era aliado de los unitarios. Posteriormente, hasta la d&eacute;cada de 1870, la pol&iacute;tica uruguaya continu&oacute; fuertemente influida por la de sus dos poderosos vecinos, Brasil y Argentina. Este hecho qued&oacute; claramente manifestado con la intervenci&oacute;n uruguaya, junto con los dos pa&iacute;ses antes mencionados, en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al interior del propio pa&iacute;s, a partir de 1870, ambos grupos pol&iacute;ticos se transformaron en aut&eacute;nticos partidos nacionales, asumiendo una estructura organizativa de partidos de notables<sup><a href="#notas">6</a></sup>, centrados en torno a figuras locales de mucho prestigio (De Riz, 1986: 667; Rial, 1984: 193), afianzando un sistema pol&iacute;tico en el que pr&aacute;cticamente no hubo posibilidades de &eacute;xito para otras formaciones partidistas (Alc&aacute;ntara, 1989: 224&#45;225).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, este proceso se desarroll&oacute; en un contexto signado por la incipiente diferenciaci&oacute;n social y por una d&eacute;bil conformaci&oacute;n de las clases obreras, debido al bajo desarrollo industrial, predominando, dentro de la poblaci&oacute;n, una "masa subalterna" escasamente estratificada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A su vez, la "clase dominante" se hallaba claramente dividida. El viejo "patriciado" de base colonial se hab&iacute;a enquistado en el Estado constituyendo un grupo de "notables", promotor del proyecto de creaci&oacute;n de un "pa&iacute;s modelo". Sin embargo, este grupo, que pose&iacute;a poder pol&iacute;tico y capacidad de transformaci&oacute;n, ya no ten&iacute;a el dominio econ&oacute;mico. Los grupos terratenientes vinculados a la explotaci&oacute;n ganadera y sustento de la econom&iacute;a uruguaya, controlaban un escaso n&uacute;mero de personas, entre de las cuales el sector m&aacute;s avanzado en el manejo tecnol&oacute;gico, permanec&iacute;a ajeno a la actividad pol&iacute;tica debido a su condici&oacute;n de inmigrantes m&aacute;s o menos recientes<sup><a href="#notas">7</a></sup>. El dominio de las clases subalternas &#151;dentro de las cuales comenz&oacute; a desarrollarse una incipiente actividad industrial, comercial y de producci&oacute;n de servicios&#151; se logr&oacute; mediante la exclusi&oacute;n pol&iacute;tica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando estos sectores empezaron a ser integrados en el sistema pol&iacute;tico, los viejos "notables", que hab&iacute;an perdido buena parte del poder econ&oacute;mico pero que reten&iacute;an el control pol&iacute;tico del aparato estatal, se percataron de inmediato que la incorporaci&oacute;n y adhesi&oacute;n de estos nuevos actores supon&iacute;an el manejo de importantes recursos de poder. Trataron, entonces, de captarlos en su beneficio. Los mismos actores que desde el Estado facilitaron y modelaron la transformaci&oacute;n de la sociedad, renovaron al mismo tiempo los viejos partidos tradicionales. De esta forma ampliaron sus grupos de apoyo y modificaron sus estructuras internas (Rama, 1987: 23&#45;43; Rial, 1984: 194&#45;195; De Riz, 1986: 667&#45;668).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a sus bases sociales, durante la segunda mitad del siglo XIX, el Partido Colorado encontr&oacute; mayor n&uacute;mero de simpatizantes en Montevideo, entre los sectores comerciales europeos o "europeizantes", entre los inmigrantes (especialmente italianos y franceses) y, en los medios rurales, entre los agricultores. Los nacionales, en tanto, hallaron su mayor respaldo entre los grupos ganaderos, tanto los estancieros como la poblaci&oacute;n rural dedicada a dicha actividad (aunque nunca hubo una correlaci&oacute;n estricta entre condici&oacute;n social y adhesiones pol&iacute;ticas) y entre la inmigraci&oacute;n de origen espa&ntilde;ol. En cuanto a su conformaci&oacute;n ideol&oacute;gica, los colorados constituyeron una versi&oacute;n local de los partidos pol&iacute;ticos liberales t&iacute;picos de Latinoam&eacute;rica durante el siglo XIX, m&aacute;s cosmopolitas, urbanos y anticlericales que los blancos, quienes se constituyeron en el partido conservador del Uruguay (Gonz&aacute;lez, 1995: 141; Rama, 1987: 19&#45;20).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay que destacar que estos viejos partidos, a&uacute;n conservando sus identificaciones tradicionales, lograron, sin embargo, transformarse progresivamente en partidos electorales, desde comienzos del siglo XX y, en especial, a partir de la sanci&oacute;n de la Constituci&oacute;n de 1918, que ampli&oacute; considerablemente la participaci&oacute;n pol&iacute;tica. De esta manera,</font></p>  	    <blockquote> 	      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La formaci&oacute;n social entraba de lleno en el capitalismo cuando se produc&iacute;a esta transformaci&oacute;n, pero su estructura social no estaba claramente diferenciada. Los elencos de notables de la &eacute;poca, utilizando la herramienta estatal, promovieron un desarrollo anticipatorio, primeramente impositivo, y luego consensual, que permiti&oacute; esta transformaci&oacute;n, reteniendo el viejo marco cultural que permiti&oacute; la ampliaci&oacute;n de los contenidos de la ciudadan&iacute;a en una forma claramente amortiguadora del conflicto social (Rial, 1984: 193).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ambos partidos, en este contexto de cambio, se dedicaron a luchar por la representaci&oacute;n del grueso de la ciudadan&iacute;a<sup><a href="#notas">8</a></sup>, sin asumir nunca el car&aacute;cter de partidos clasistas. Entre otras razones, porque su consolidaci&oacute;n como partidos tuvo lugar antes de que se produjera la formaci&oacute;n de grandes grupos sociales ligados con intereses comunes, y con conciencia acerca de los mismos. La adopci&oacute;n de un estilo de desarrollo asistencialista liderado por el Estado, antes de que se consolidara una estructura de clases, facilit&oacute; la supervivencia de los dos partidos tradicionales, luego de haber renovado sus objetivos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A medida que se ampliaron los contenidos de la ciudadan&iacute;a, se favoreci&oacute; la integraci&oacute;n pol&iacute;tica y la socializaci&oacute;n de nuevos sectores sociales dentro del marco tradicional heredado del siglo XIX, especialmente a partir de 1918 cuando, con la vigencia de un nuevo texto constitucional, pudo aludirse con propiedad al "nacimiento" de la democracia uruguaya (mientras que en Argentina, este mismo hecho ocurri&oacute; a partir de 1916, con la puesta en vigencia de la Ley S&aacute;enz Pe&ntilde;a). Para los nuevos partidos pol&iacute;ticos, que fueron surgiendo a medida que se produjeron estas transformaciones en los partidos tradicionales, el estilo asistencialista de desarrollo supuso una fuerte desventaja ya que les impidi&oacute; atraer a sus filas a importantes contingentes de personas provenientes de las clases subalternas (Rial, 1984: 195).</font>	</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tema resulta verdaderamente importante en cuanto que, en Uruguay, el Estado nacional cre&oacute; mecanismos asistenciales, a partir del manejo y asignaci&oacute;n de importantes recursos p&uacute;blicos, que fueron promovidos por las fracciones m&aacute;s avanzadas de los dos partidos tradicionales. Dichos partidos, conducidos por pol&iacute;ticos que recogieron la tradici&oacute;n caudillista, lograron crear una doble legitimidad: la proveniente de su prestigio personal y la generada por los mecanismos redistributivos impulsados desde el aparato estatal. Estos mecanismos permitieron mediar entre los ciudadanos y el Estado, de tal manera que,</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los jefes partidarios con su tarea intermediadora ganaron autonom&iacute;a respecto a posibles movimientos que emergiesen de la sociedad civil y predominaron sobre ellos. La coparticipaci&oacute;n gubernamental en un Estado con preeminencia y relativa autonom&iacute;a sobre la sociedad civil les asegur&oacute;, al mismo tiempo, su condici&oacute;n de jerarqu&iacute;a de patrones que penetr&oacute; fuertemente en la sociedad, inhibiendo el desarrollo institucional de los partidos (Rial, 1984: 196).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El estilo asistencialista de hacer pol&iacute;tica qued&oacute; plasmado, fundamentalmente, en los sucesivos gobiernos del Partido Colorado el que retuvo el control del Ejecutivo de forma ininterrumpida entre 1865 y 1958. El Partido Nacional, aunque lleg&oacute; por primera vez al poder en 1958, dispuso, no obstante, de la posibilidad de participar en el gobierno<sup><a href="#notas">9</a></sup>, compartiendo con el partido oficial los cargos p&uacute;blicos<sup><a href="#notas">10</a></sup>. A ello contribuyeron la similitud de sus programas partidarios respecto a la organizaci&oacute;n nacional, la semejanza de sus bases sociales (hecho importante en el momento de acercar posiciones entre ambos) y las sucesivas constituciones uruguayas que, de manera progresiva, requirieron de los acuerdos entre el gobierno y la oposici&oacute;n para poder reunir las mayor&iacute;as especiales necesarias a fin de adoptar algunas medidas puntuales (Spektoroswski, 2000: 90).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La coparticipaci&oacute;n en el Estado por parte de los colorados y nacionales no es un dato menor. La institucionalizaci&oacute;n gradual del compromiso interpartidario que asoci&oacute; la primera minor&iacute;a al ejercicio del poder, sirvi&oacute; para crear un amplio consenso en torno a la naturaleza de los partidos y de la lucha partidaria<sup><a href="#notas">11</a></sup>. La constitucionalizaci&oacute;n del compromiso asegur&oacute; ciertamente la estabilidad pol&iacute;tica, pero tambi&eacute;n demostr&oacute; el reconocimiento del adversario y la voluntad de integrarlo en el ejercicio del poder. M&aacute;s a&uacute;n, en un sistema donde los partidos formaron organizaciones laxas, integradas por grupos no s&oacute;lo heterog&eacute;neos, desde el punto de vista ideol&oacute;gico, sino incluso con objetivos contradictorios y donde la fracci&oacute;n presidencial suele hallarse en minor&iacute;a dentro del Parlamento, el reconocimiento del adversario tambi&eacute;n facilit&oacute; la colaboraci&oacute;n (y su apoyo parlamentario, llegado el caso) a la hora de implementar la agenda del gobierno.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los efectos m&aacute;s notorios que esta particular conformaci&oacute;n institucional ejerci&oacute; sobre el sistema pol&iacute;tico uruguayo, cabe se&ntilde;alar: a) una pol&iacute;tica de permanencias, identificada con estructuras, agentes y comportamientos sumamente estables, poseedora de una fuerte tendencia a la continuidad y de objeciones previsibles frente a proyectos percibidos como demasiado innovadores; b) una pol&iacute;tica de partidos ("partidocracia") vinculada con la centralidad y con el papel decisivo que los mismos, sus interacciones e identidades, ejercieron en el proceso pol&iacute;tico uruguayo; c) una s&oacute;lida primac&iacute;a de la matriz ciudadana respecto a las presiones corporativas, relacionada con el papel secundario que tuvieron dichas organizaciones en relaci&oacute;n con las estructuras pluralistas que canalizaron el accionar ciudadano; d) un fuerte estatismo debido al temprano protagonismo desempe&ntilde;ado por las estructuras estatales a nivel social, pol&iacute;tico y econ&oacute;mico; e) una d&eacute;bil receptividad ante fen&oacute;menos de implantaci&oacute;n populista neta, renuente a la entronizaci&oacute;n de la dicotom&iacute;a "pueblo <i>versus</i> oligarqu&iacute;a" y a la afirmaci&oacute;n de liderazgos carism&aacute;ticos, de tipo masivo y extrapartidario. El orden pol&iacute;tico construido en torno a dichas pautas alcanz&oacute; su definitiva implantaci&oacute;n en las primeras d&eacute;cadas del siglo XX y entrar&iacute;a en crisis reci&eacute;n en la segunda mitad de la d&eacute;cada de 1950 (Caetano, 1995: 11&#45;12).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En raz&oacute;n de lo comentado, el sistema de coparticipaci&oacute;n y la cooperaci&oacute;n habitual entre los dos grandes partidos en la direcci&oacute;n de los asuntos nacionales,</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">(...)fueron las claves que impidieron que las rivalidades partidarias se convirtieran en amenaza para la continuidad del sistema. Los partidos tradicionales ocuparon el doble lugar de art&iacute;fices y de conservadores de ese compromiso que alcanz&oacute; el car&aacute;cter de doctrina nacional y convirti&oacute; al Estado en el feudo de esos partidos (De Riz, 1986: 668)<sup><a href="#notas">12</a></sup>.</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A decir verdad, el sistema uruguayo se asemeja bastante, desde este punto de vista, a una lucha por el reparto de los recursos del Estado sin mayores distinciones ideol&oacute;gicas. Lo que realmente se juega en cada elecci&oacute;n son los t&eacute;rminos del compromiso pol&iacute;tico (qui&eacute;n ser&aacute; gobierno y qui&eacute;n habr&aacute; de ejercer la oposici&oacute;n), pero no as&iacute; del compromiso como forma de hacer pol&iacute;tica. El mismo conforma una especie de spoil system, dividiendo cargos y recursos entre ganadores y perdedores. Por lo tanto, en Uruguay, la contingencia de una derrota o una victoria electoral queda relativizada por la coparticipaci&oacute;n en el gobierno, perdiendo de esta forma dramatismo e intensidad (De Riz, 1986: 669). La contracara de esta "feudalizaci&oacute;n" del Estado, por parte de los partidos uruguayos, est&aacute; dada por la modernizaci&oacute;n pol&iacute;tica y social, la ampliaci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a y la incorporaci&oacute;n pol&iacute;tica&#45;social, procesos que han sido desarrollados de forma pr&aacute;cticamente simult&aacute;nea. Para que ello ocurra, resulta decisivo el acuerdo interpartidario<sup><a href="#notas">13</a></sup>.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tras los levantamientos armados de fines del siglo XIX, en 1903 accedi&oacute; al gobierno, por primera vez, el l&iacute;der m&aacute;ximo de los colorados, Jos&eacute; Batlle y Ordo&ntilde;ez (presidente de la Rep&uacute;blica entre 1903&#45;1907 y entre 1911&#45;1915) qui&eacute;n adquiri&oacute; de inmediato la adhesi&oacute;n de la burgues&iacute;a urbana y ganadera (por crear las condiciones de pacificaci&oacute;n y unidad territorial indispensables para el desarrollo del capitalismo), as&iacute; como de buena parte de los inmigrantes y de los trabajadores urbanos. A partir de entonces, se inici&oacute; un per&iacute;odo de tres d&eacute;cadas de modernizaci&oacute;n y democracia que habr&iacute;a de cambiar definitivamente al pa&iacute;s<sup><a href="#notas">14</a></sup>. A nivel estrictamente pol&iacute;tico, en 1918 entr&oacute; en vigencia una reforma constitucional que entroniz&oacute; un complejo sistema de poderes, cuyo aspecto m&aacute;s innovador consisti&oacute; en sustituir al presidencialismo originario por un Consejo de Administraci&oacute;n formado por nueve miembros, cada uno de los cuales duraba nueve a&ntilde;os en su cargo, renov&aacute;ndose los mismos individualmente a trav&eacute;s de elecciones anuales. De esta manera, al establecer un Ejecutivo colegiado, se debilit&oacute; la figura presidencial, hasta entonces fuertemente monocr&aacute;tica. El Ejecutivo colegiado, constantemente renovado, diluy&oacute; la personalizaci&oacute;n ejercida por los l&iacute;deres partidarios, obligando a los partidos a convertirse en estructuras permanentes y competitivas (durante los 15 a&ntilde;os de vigencia de la Constituci&oacute;n de 1918 hubo 11 elecciones nacionales). Finalmente, el poder central del Estado sufri&oacute; recortes, al ser establecido un sistema de gesti&oacute;n gubernativa departamental descentralizada, regida por asambleas locales surgidas del voto popular (Rama, 1987: 35&#45;37).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante el per&iacute;odo en que la titularidad del Ejecutivo se encontr&oacute; monopolizada por los colorados, al Partido Nacional le correspondi&oacute; desempe&ntilde;ar las funciones que tradicionalmente asume la oposici&oacute;n pol&iacute;tica en la mayor&iacute;a de las democracias occidentales: la defensa de las libertades p&uacute;blicas, especialmente en el &aacute;mbito pol&iacute;tico &#45; electoral; la denuncia de rasgos autoritarios que eran advertidos en el rival, as&iacute; como la utilizaci&oacute;n de los mecanismos del Estado en favor del triunfo electoral colorado. Durante buena parte de ese per&iacute;odo (por lo menos hasta 1919), el Partido Nacional fue el partido de los grandes propietarios y de las denominadas "clases conservadoras" formadas por estancieros y grandes comerciantes de Montevideo. Pero tambi&eacute;n fue el partido defensor de las libertades pol&iacute;ticas y, en momentos de crisis, el encargado de que las "clases conservadoras" fueran respetuosas de las instituciones y las formas democr&aacute;ticas. En parte, esto ocurri&oacute; as&iacute; porque el Partido Colorado se transform&oacute; gradualmente, y sobre todo a partir de las gestiones de Batlle y Ordo&ntilde;ez, en el garante de la reforma social de las clases obreras y del intervencionismo del Estado en materia econ&oacute;mica, promoviendo una reforma social avanzada para la &eacute;poca (que llev&oacute; a referirse a Uruguay como el primer Estado de Bienestar de Am&eacute;rica Latina), fundando adem&aacute;s importantes empresas p&uacute;blicas (Barran, 1998: 17&#45;18). De este modo,</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">... El partido de la reforma social y los sectores populares, sobre todo urbanos, tuvo por enemigos a los sectores sociales altos y al partido de la reforma pol&iacute;tica, coalici&oacute;n ideol&oacute;gica compleja pero funcional para la democracia uruguaya y su matriz liberal por cuanto el grupo social conservador tendi&oacute; a identificarse en alguna medida con el partido de las libertades p&uacute;blicas... (Barran, 1998: 18).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al tiempo que esto ocurr&iacute;a, tambi&eacute;n debemos atender a las modificaciones que se fueron produciendo en dos niveles estrechamente vinculados con la vida de los partidos pol&iacute;ticos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, en 1910 fue adoptado el sistema de doble voto simult&aacute;neo, por motivos coyunturales: permitir que el Partido Nacional pudiera presentarse a una elecci&oacute;n acumulando los votos de dos fracciones enfrentadas en su interior (Rial, 1986: 20). A partir de entonces, fue definitivamente incorporado en el juego electoral. En 1936 se adopt&oacute; la "ley de lemas" y en 1942, a trav&eacute;s de una reforma constitucional, se extendi&oacute; el sistema de representaci&oacute;n proporcional hasta llegar a su car&aacute;cter integral. Es decir, la particular ingenier&iacute;a electoral uruguaya, estrechamente vinculada con algunas de las caracter&iacute;sticas estructurales de los partidos pol&iacute;ticos, fue asumiendo progresivamente su car&aacute;cter actual. En forma paralela a la conformaci&oacute;n del "dise&ntilde;o" electoral, los partidos adquirieron una creciente fraccionalizaci&oacute;n interna, lo que llev&oacute; a hablar de un "bipartidismo fragmentado" o, incluso, de un "bipartidismo aparente", puesto que ambos, en realidad, constituyen "federaciones de partidos" compuestas por ramas internas muy diferentes entre s&iacute;, incluso antag&oacute;nicas (Gonz&aacute;lez, 1995: 143). La ra&iacute;z de la fraccionalizaci&oacute;n, habitualmente fue buscada en la ley de lemas y en la acumulaci&oacute;n de votos, que incentivan a las fracciones disidentes de los dos partidos tradicionales a plantear sus discrepancias pero sin llegar a presentarse a elecciones por fuera de la estructura partidaria. Este mecanismo, indudablemente, actu&oacute; a favor de los partidos tradicionales. Tambi&eacute;n se fueron reforzando los mecanismos de "coparticipaci&oacute;n" en el gobierno, a trav&eacute;s de ampliaciones y reformas sucesivas. En este sentido, el pacto firmado en 1931 por el batllismo &#151;que por primera vez tuvo mayor&iacute;a en el Consejo de Administraci&oacute;n&#151;y el sector modernizante del Partido Nacional, cre&oacute; la mayor&iacute;a parlamentaria requerida para desarrollar una pol&iacute;tica econ&oacute;mica acorde con las exigencias de la crisis mundial, a trav&eacute;s de una mayor intervenci&oacute;n estatal. Por otra parte, el acuerdo tambi&eacute;n dispuso que los Consejos Directivos de las empresas p&uacute;blicas se renovaran luego de cada elecci&oacute;n del Consejo de Administraci&oacute;n, en forma proporcional a la representaci&oacute;n obtenida por cada partido.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Posteriormente, a trav&eacute;s de la "Coincidencia Patri&oacute;tica" de 1948, se dio mayor cabida en el gobierno a los sectores herreristas del Partido Nacional, que desde 1941 quedaron relegados a posiciones marginales. En la Constituci&oacute;n de 1951, la coparticipaci&oacute;n se ampli&oacute; a&uacute;n m&aacute;s, puesto que el sistema presidencialista fue reemplazado, por segunda vez en la historia, por un Ejecutivo "colegiado". El nuevo Ejecutivo, compuesto por nueve miembros, fue integrado por fracciones de ambos partidos. De igual manera, se estableci&oacute; un sistema semejante para la conformaci&oacute;n de los Directorios de los entes p&uacute;blicos cuyos cargos, hasta ese momento, se repart&iacute;an siguiendo la "f&oacute;rmula" de dos puestos para el gobierno y uno para la oposici&oacute;n.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente, se exigi&oacute; en el Parlamento un <i>quorum</i> especial para la resoluci&oacute;n de algunas cuestiones puntuales (leyes b&aacute;sicas, presupuestos, nombramientos civiles y militares, decisiones internacionales). Esto requiri&oacute; una mayor cooperaci&oacute;n entre los dos partidos tradicionales, lo cual result&oacute; de suma importancia teniendo en cuenta que desde 1933 todos los gobiernos uruguayos fueron minoritarios en el &aacute;mbito parlamentario. Careciendo de mayor&iacute;as propias, los mismos debieron recurrir a frecuentes negociaciones con fracciones opositoras del propio partido y de los partidos de la oposici&oacute;n a fin de erigir "mayor&iacute;as construidas" (Lanzaro, 1998: 152&#45;154).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, en cierta forma, estos mecanismos tambi&eacute;n pueden haber favorecido el respeto de las reglas del juego institucional. En primer lugar, resulta evidente que los partidos tradicionales se beneficiaron con esta peculiar distribuci&oacute;n del poder: el partido gobernante, al contar con la anuencia de la oposici&oacute;n para gobernar; la oposici&oacute;n, al obtener cargos que, de otra manera, en un sistema presidencialista podr&iacute;a no haber conseguido. Por tal motivo, ambos partidos consensuaron y respetaron un dise&ntilde;o institucional que los beneficiaba proporcionalmente (nos hallamos frente a un juego de "suma positiva"). Por otra parte, al ser el uruguayo un sistema competitivo, siempre qued&oacute; abierta la posibilidad de una alternancia en el poder. Se sobreentendi&oacute;, entonces, al menos t&aacute;citamente, que de intercambiarse los roles entre gobierno y oposici&oacute;n, &eacute;sta seguir&iacute;a obteniendo los mismos beneficios que brind&oacute; a sus rivales (ahora transformados en gobierno) durante sus anteriores presidencias (tal como ocurri&oacute; a partir de 1958 cuando los nacionales accedieron al poder tras 93 a&ntilde;os de oposici&oacute;n). Si bien quedaron limitadas las ganancias de los vencedores, tambi&eacute;n resultaron mitigadas las p&eacute;rdidas de los derrotados: otra buena raz&oacute;n para respetar las reglas de juego.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Detr&aacute;s del bipartidismo de blancos y colorados, estable pero fragmentado, y situados en una posici&oacute;n secundaria, encontramos a los partidos de "ideas". Socialistas y comunistas, a trav&eacute;s de las posiciones directivas ejercidas en el &aacute;mbito sindical, tambi&eacute;n accedieron a porciones de coparticipaci&oacute;n. Se produjo entonces un solapamiento, "entre los partidos de distinto rango y las coparticipaciones de distinta clase" (Lanzaro, 1998: 153).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el a&ntilde;o 1958 los blancos obtivieron por primera vez la Presidencia. Los dos gobiernos nacionales que se sucedieron (1958&#45;1962) debieron hacer frente al inicio de un per&iacute;odo surcado por crecientes movilizaciones sociales, crisis pol&iacute;tica y dificultades econ&oacute;micas. Todo ello plante&oacute; importantes desaf&iacute;os a ambas gestiones, que coincidieron con lo que la mayor&iacute;a de los analistas identifica como el principio del proceso que desembocar&iacute;a en el quiebre institucional iniciado en 1973, tal como veremos en el punto 3 del presente cap&iacute;tulo. Previamente, debemos destacar que tras la experiencia del Ejecutivo colegiado, en 1966 se llev&oacute; a cabo una nueva reforma constitucional que volvi&oacute; a establecer un sistema presidencialista. Sin embargo, a trav&eacute;s de estos cambios en el dise&ntilde;o institucional, habr&aacute;n de perdurar rasgos comunes que comprenden a ya otro sistema: la direcci&oacute;n compartida de los entes p&uacute;blicos y la conformaci&oacute;n de mayor&iacute;as especiales para adoptar determinadas medidas. Al mismo tiempo, aunque la figura del presidente apareci&oacute; fortalecida en relaci&oacute;n con la del Parlamento, las reglas electorales establecidas por la propia Constituci&oacute;n no facilitaron que el presidente cuente con mayor&iacute;as parlamentarias propias. Por lo tanto, para impulsar la agenda del gobierno, continu&oacute; siendo necesaria la colaboraci&oacute;n entre los partidos pol&iacute;ticos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las elecciones generales de 1971, trajeron aparejada una novedad de importancia: la aparici&oacute;n de un tercer partido pol&iacute;tico. Con el surgimiento del Frente Amplio, el sistema bipartidista se transform&oacute; en un "pluralismo moderado", mientras que el estilo de hacer pol&iacute;tica basado en el compromiso y la coparticipaci&oacute;n se vio fuertemente cuestionado, todo ello, en un contexto marcado por la creciente polarizaci&oacute;n ideol&oacute;gica. Mientras la izquierda apareci&oacute; representada por el Frente, la derecha fue canalizada por fracciones de los partidos tradicionales (aunque en el Partido Nacional, la fracci&oacute;n liderada por Ferreira Aldunate &#151;la fracci&oacute;n mayoritaria&#151; presentaba progresivamente un alejamiento respecto de la l&iacute;nea tradicional nacionalista con un fuerte viraje hacia posiciones de izquierda) dentro de una sociedad cruzada por antagonismos y violencia creciente (Mieres, 1994: 4; Rilla, 1997: 77).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El Frente Amplio se construy&oacute; como una coalici&oacute;n "nacional y popular" que un&iacute;a a veteranos de la izquierda (socialistas, comunistas e independiente) con la democracia cristiana y sectores escindidos de los partidos tradicionales. Sin embargo, el Frente no tard&oacute; en dar signos de "tradicionalismo": comenz&oacute; a admitir el juego de personalidades, recurri&oacute; a la ley de lemas y a los usos de otros arbitrios comunes de la competencia electoral (a los que hab&iacute;a denostado) para poder crecer electoralmente. Sin embargo, su avance habr&iacute;a de verse truncado en 1973 por las circunstancias que afectaron a todo el pa&iacute;s (Lanzaro, 1998: 155&#45;166).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Efectivamente, en 1973 la estable democracia uruguaya entr&oacute; en un cono de sobra del que habr&iacute;a de emerger reci&eacute;n en 1984.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con la vuelta a la democracia, el sistema bipartidista tradicional de Uruguay se consolid&oacute; definitivamente como un pluralismo moderado, formado por tres partidos relevantes. Aunque el Frente nunca particip&oacute; en pie de igualdad en dichos espacios de poder, mantuvo su perfil cr&iacute;tico sin obstaculizar, sin embargo, el funcionamiento del sistema de coparticipaci&oacute;n y compromiso. Los dos partidos pol&iacute;ticos tradicionales, por su parte, mostraron poseer la suficiente habilidad como para integrar al Frente en este sistema, al incluirlo en los directorios de las empresas p&uacute;blicas y entes estatales. Este hecho facilit&oacute; la gobernabilidad pol&iacute;tica en Uruguay, desde 1985 en adelante en un contexto signado por el fuerte continuismo pol&iacute;tico respecto de las experiencias democr&aacute;ticas previas. Esto qued&oacute; en evidencia en la constituci&oacute;n interna de los diferentes gobiernos que sucedieron a partir del retorno al ejercicio de las pr&aacute;cticas democr&aacute;ticas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante la primera Presidencia de Sanguinetti (1985&#45;1990), se form&oacute; un gobierno de "entonaci&oacute;n", eufemismo que designaba la constituci&oacute;n de un gabinete con dos ministros blancos en puestos t&eacute;cnicos, aunque los mismos no actuaban como representantes formales del Partido. M&aacute;s bien, eran un s&iacute;mbolo del apoyo que el l&iacute;der blanco, Wilson Ferreira Aldunate, estaba dispuesto a otorgar al Ejecutivo, especialmente en la composici&oacute;n de los directorios de los Entes Aut&oacute;nomos y en el &aacute;mbito parlamentario. Aunque ello no signific&oacute; nunca un apoyo indiscriminado a sus propuestas. Por el contrario, el compromiso consist&iacute;a en respaldar las iniciativas surgidas de la Concertaci&oacute;n Program&aacute;tica General (CONAPRO), espacio creado para propiciar el di&aacute;logo entre actores pol&iacute;ticos, sociales y econ&oacute;micos, con el fin de establecer mediadas consensuadas, durante el pasado r&eacute;gimen militar. Sanguinetti cont&oacute; tambi&eacute;n con el apoyo de la Uni&oacute;n C&iacute;vica (el ministro de Defensa, pertenec&iacute;a a este partido). Pero, de hecho, nunca logr&oacute; tener mayor&iacute;a propia en ninguna de las dos C&aacute;maras del Parlamento.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algo similar ocurri&oacute; durante la gesti&oacute;n de Lacalle (1990&#45;1995), qui&eacute;n propuso a la oposici&oacute;n la formaci&oacute;n de un gobierno de coalici&oacute;n "a la europea", lo que no fue aceptado por los colorados. En cambio, consintieron en que cuatro ministros del partido integraran el gabinete presidencial, pero a t&iacute;tulo personal. En el &aacute;mbito parlamentario, los colorados se comprometieron a votar un paquete de medidas propuestas por el Ejecutivo, lo cual le permiti&oacute; a Lacalle contar con mayor&iacute;a en ambas C&aacute;maras durante pr&aacute;cticamente los dos primeros a&ntilde;os de gesti&oacute;n hasta que el "acuerdo" se deshizo.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante 1991, los ministros pertenecientes al Foro Batllista, y luego los del Batllismo Radical, se retiraron del gabinete a ra&iacute;z de discrepancias frente a las medidas presidenciales. A partir de ese momento, hasta 1993, Lacalle cont&oacute; con el respaldo de todos los sectores nacionalistas y de fracciones coloradas disidentes, lo que reportaba al Ejecutivo el apoyo del 46&#37; de la Asamblea Legislativa permiti&eacute;ndole, entonces, mantener los vetos presidenciales. Pero en 1 993 el gobierno perdi&oacute; incluso la adhesi&oacute;n de sectores internos de su propio partido. Desde entonces, qued&oacute; reducido a una alianza minoritaria entre la fracci&oacute;n presidencial y la Uni&oacute;n Colorada y Batllista (Buquet, Chasquetti y Moraes, 1998: 65).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La segunda Presidencia de Sanguinetti (1995&#45;2000), en cambio, se bas&oacute; en la construcci&oacute;n de un gobierno de coalici&oacute;n en el estricto sentido del t&eacute;rmino. &Eacute;sta se mantuvo hasta meses antes de la finalizaci&oacute;n del mandato presidencial asegurando, de esta manera, la aprobaci&oacute;n de importantes medidas de gobierno, incluyendo la reforma constitucional del a&ntilde;o 1996 que introdujo importantes modificaciones en el dise&ntilde;o institucional, especialmente en materia electoral.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La coalici&oacute;n, constituida entre 1995 y 1999, su estabilidad y eficacia presentan algunos elementos innovadores importantes de ser destacados. Como mencionamos anteriormente, la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica no es ajena a la tradici&oacute;n pol&iacute;tica uruguaya. Entre 1942 y 1973 la historia de las relaciones entre los dos partidos tradicionales estuvo marcada por la colaboraci&oacute;n y la negociaci&oacute;n permanentes. M&aacute;s a&uacute;n, los partidos raramente propiciaron estrategias de "gobierno de partido". M&aacute;s all&aacute; de los nombres que recibieran en cada caso, lo habitual ha sido la coparticipaci&oacute;n gubernamental entre blancos y colorados. Pese a ello, de este hecho no debe concluirse que en el pa&iacute;s resultan habituales las "estrategias coalicionales abiertas". &Eacute;stas han sido extra&ntilde;as en la historia nacional y nunca involucraron a los dos partidos con todas sus fracciones (Filgueira y Filgueira, 1997: 326&#45;327; Lanzaro, 1998: 154&#45;166; Buquet, 1998: 6&#45;14).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con anterioridad a 1995 existen s&oacute;lo dos antecedentes de coaliciones: durante la vigencia de la Constituci&oacute;n de 1934, hubo un co&#45;gobierno institucionalizado durante la Presidencia de Alfredo Baldomir (1938&#45;1943), que cont&oacute; con el apoyo del sector herrerista del Partido Nacional; posteriormente, durante el gobierno de Juan Jos&eacute; de Am&eacute;zaga (1943&#45;1947), el Partido Nacional Independiente, a trav&eacute;s de sus figuras principales, particip&oacute; en el gabinete (Bottinelli, 1999). La pr&aacute;ctica de construir gobiernos de coalici&oacute;n, iniciada en 1995, marca una diferencia respecto del pasado. Lo habitual en Uruguay es el "presidencialismo de compromiso" sustentado por amplios acuerdos, pero no la participaci&oacute;n formal de la oposici&oacute;n en la formaci&oacute;n del gabinete (Lanzaro, 1998: 155).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, tampoco deben ser idealizados los resultados de estos compromisos. En momentos dif&iacute;ciles para el pa&iacute;s, tradicionalmente la principal fuerza de la oposici&oacute;n se ha declarado dispuesta a apoyar al gobierno, dentro de ciertos l&iacute;mites. &iquest;Es esto sin&oacute;nimo de oposici&oacute;n responsable o cooperativa? Dif&iacute;cilmente se puede sostener tal cosa. M&aacute;s bien resulta una forma indirecta de afirmar que, durante cierto tiempo, "la oposici&oacute;n se abstendr&aacute; voluntariamente de ser irresponsable". Cuando las circunstancias as&iacute; lo aconsejen, volver&aacute; a asumir su rol opositor (Gonz&aacute;lez, 1986, pp. 63&#45;64)<sup><a href="#notas">15</a></sup>. Comprometerse para "asegurar gobernabilidad" se convierte, de esta manera, en una t&aacute;ctica pol&iacute;tica y en el mejor de los casos, un acto de generosidad y desprendimiento.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre ambos extremos, y &eacute;sta es probablemente la descripci&oacute;n m&aacute;s adecuada, ser&iacute;a simplemente una forma de manifestar que situaciones excepcionales requieren tratamientos excepcionales, y que est&aacute; dispuesto a dar los pasos necesarios &#151;acuerdos pol&iacute;ticos&#151; para generar y aplicar esos tratamientos (Gonz&aacute;lez, 1986: 63).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La oposici&oacute;n por su parte, ocupa espacios reales de poder y dispone del manejo de los recursos p&uacute;blicos ya que est&aacute; llamada a participar en la direcci&oacute;n de algunos organismos p&uacute;blicos en forma conjunta con el oficialismo. Seg&uacute;n algunos estudiosos esto constituye un aliciente para la cooperaci&oacute;n y la moderaci&oacute;n pol&iacute;tica, las que facilitan, finalmente, la gobernabilidad del sistema (Lanzaro, 1998: 142)<sup><a href="#notas">16</a></sup>. Sin embargo, frente a esta "visi&oacute;n optimista", otros sostienen que, en realidad, la mencionada cooperaci&oacute;n no es m&aacute;s que un sistema de reparto de los recursos del Estado, sin realizar mayores distinciones ideol&oacute;gicas. En ella est&aacute;n en juego los t&eacute;rminos del compromiso (dividiendo cargos y ventajas entre eventuales ganadores y perdedores), pero no el compromiso como forma de hacer pol&iacute;tica, estableciendo de hecho un spoil system (De Riz, 1986: 668). Aunque encontradas, ambas visiones tienen su cuota de raz&oacute;n, porque el sistema de reparto de recursos p&uacute;blicos (que no deja de recordar, ciertamente, al viejo "sistema de despojos" jaksoniano), de hecho obliga a la negociaci&oacute;n. Como sintetiza Rial,</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Repartir el control de los organismos p&uacute;blicos y prebendas dada la l&oacute;gica infundida por un Estado providente, asistencialista, nunca desmontado, apoyado en una ingenier&iacute;a electoral sofisticada, obliga a esos acuerdos intrapartidarios e interpartidarios, que llevan a una cooptaci&oacute;n obligada de los partidos tradicionales. Dif&iacute;cilmente se pueda eludir esa instancia en el futuro (Rial, 1984: 212).</font></p> </blockquote> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En raz&oacute;n de los elementos se&ntilde;alados, podemos afirmar que la constituci&oacute;n de un gobierno de coalici&oacute;n, constituye por lo tanto una transformaci&oacute;n importante del sistema uruguayo, el que destaca dentro de un contexto signado por fuertes elementos de continuidad pol&iacute;tica e institucional.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>2. Partidos pol&iacute;ticos y modelos de democracia: coincidencia o antagonismo</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los partidos pol&iacute;ticos manifiestan, naturalmente, visiones diferentes e incluso antag&oacute;nicas en torno a determinadas cuestiones socialmente relevantes, no s&oacute;lo de &iacute;ndole pol&iacute;tica. Al expresar tales diferencias, pueden hacerlo concordando b&aacute;sicamente con las reglas que definen y garantizan el r&eacute;gimen democr&aacute;tico de gobierno (como ocurre en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses democr&aacute;ticos) o discrepando incluso sobre las mismas (tal como sucede cuando existen partidos "antisistema"; el ejemplo cl&aacute;sico en este sentido lo constituye la Rep&uacute;blica de Weimar).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde el punto de vista democr&aacute;tico, Sartori destaca el hecho que, aunque una sociedad presente un amplio grado de consenso o de conflicto pol&iacute;tico en torno a las reglas b&aacute;sicas que definen al r&eacute;gimen pol&iacute;tico, &eacute;ste s&oacute;lo resulta importante como condici&oacute;n que dificulta o facilita el desempe&ntilde;o democr&aacute;tico. En este contexto, el <i>consensus</i> (aceptaci&oacute;n) como un "compartir" de alguna manera vincula u obliga. La pregunta fundamental entonces es, &iquest;compartir qu&eacute;? La respuesta apunta, de forma directa a las reglas del juego pol&iacute;tico. En efecto, si la existencia de un acuerdo amplio en torno a la cultura pol&iacute;tica, o a las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, puede facilitar el desempe&ntilde;o de un r&eacute;gimen democr&aacute;tico, queda claro, por tanto, que un consenso amplio en torno a cuestiones procedimentales, especialmente respecto a c&oacute;mo resolver cuestiones conflictivas, se transforma en la condici&oacute;n sine qua non de la democracia (Sartori, 1987, Vol. 1: 124). Democracia implica, entonces, acuerdo en torno a las reglas para discrepar y desacuerdo dentro del &aacute;mbito de esas reglas. En la medida en que se admitan las reglas b&aacute;sicas, las diferencias ser&aacute;n aceptadas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De acuerdo con lo se&ntilde;alado, podemos afirmar, por una parte, que la democracia recibe como naturales las diferencias en cuanto al gobierno y a su gesti&oacute;n p&uacute;blica y por otra, que puede llegar a superar la falta de consenso en cuanto a los valores b&aacute;sicos del r&eacute;gimen (aunque de existir, resulta una <i>condici&oacute;n que facilita</i> la democracia); pero esto ocurrir&aacute; solamente cuando haya un consenso amplio en torno a las reglas de juego, especialmente a las que se&ntilde;alan c&oacute;mo disentir. &Eacute;ste es un verdadero prerrequisito de la democracia. "Este consenso es el comienzo de la democracia." Es en el marco de dicho consenso procedimental que el disenso y las diferencias cumplen un rol instrumental.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La teorizaci&oacute;n desarrollada hasta el momento resulta importante en la medida en que los partidos pol&iacute;ticos uruguayos, hist&oacute;ricamente, lograron crear consensos amplios en torno a las reglas b&aacute;sicas que defin&iacute;an el juego pol&iacute;tico, lo que se tradujo en diversas modificaciones operadas sobre el texto constitucional (la &uacute;ltima de ellas realizada en 1996), a fin de amoldarlas a las diferentes circunstancias que afront&oacute; el pa&iacute;s. Ve&aacute;moslo con detenimiento.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>2.1. Los partidos pol&iacute;ticos de Uruguay y la democracia</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Anteriormente se&ntilde;alamos que en Uruguay, blancos y colorados, sin llegar a constituir a&uacute;n partidos en sentido estricto, definieron sus tendencias fundacionales a ra&iacute;z de la guerra civil en 1836. Los primeros, a partir de la organizaci&oacute;n de la vida pol&iacute;tica y de los destinos del pa&iacute;s a trav&eacute;s de un texto constitucional, deseaban vivir pac&iacute;ficamente dentro de sus fronteras. Los colorados, en cambio, aliados de los unitarios emigrados de Buenos Aires, pose&iacute;an una visi&oacute;n que desbordaba los l&iacute;mites del pa&iacute;s, e inclu&iacute;an en sus propuestas a los pa&iacute;ses vecinos. Los primeros respond&iacute;an al presidente de la Rep&uacute;blica, Manuel Oribe y los segundos, segu&iacute;an al ex Comandante de la Campa&ntilde;a, Fructuoso Rivera. A partir de las circunstancias hist&oacute;ricas y de los liderazgos mencionados, suelen conferirse a ambos grupos ciertas orientaciones ideol&oacute;gicas confrontadas: los blancos ser&iacute;an conservadores, los colorados liberales, los primeros federales, los segundos unitarios. La cuesti&oacute;n federal / unitaria disputa, en un principio, acerca de la forma de organizaci&oacute;n territorial del pa&iacute;s y que, luego, se ampli&oacute; involucrando valores y estilos de hacer pol&iacute;tica), resulta incuestionable. Ciertamente, como ya se mencion&oacute;, a partir de 1837 los bandos uruguayos construyeron alianzas con los grupos argentinos: Oribe fue aliado de los federales, acaudillados por el Gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas; Rivera, lo fue de los unitarios enemigos de aquel, emigrados en Montevideo: Juan Lavalle, Juan Bautista Alberdi y Jos&eacute; Mar&iacute;a Paz, entre otros. Sin embargo, la asignaci&oacute;n de posturas conservadoras y liberales en una sociedad donde no se observaba todav&iacute;a el desarrollo de ideas conservadoras, y donde el liberalismo se reduc&iacute;a a una peque&ntilde;a minor&iacute;a cultural por oposici&oacute;n al igualitarismo de las masas, resulta un tanto relativa (aunque tampoco, completamente incorrecta) (Halper&iacute;n Donghi, 1969: 176&#45;184; P&eacute;rez, 1990: 43). Lo que s&iacute; parece cierto es que, en aquel momento, el sector dirigente del pa&iacute;s, pol&iacute;ticamente d&eacute;bil en comparaci&oacute;n al porte&ntilde;o, debi&oacute; pugnar para plantear sus demandas y defender sus intereses con una estructura social compuesta por m&uacute;ltiples actores (militares, doctores, masas rurales, etc&eacute;tera). Por tal motivo, comenz&oacute; a canalizar sus demandas e influencia a trav&eacute;s de los caudillos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De esta manera, el compromiso caudillesco&#45;patricio fue el inicio de una larga serie de compromisos, t&iacute;picos de la cultura pol&iacute;tica uruguaya. La divisi&oacute;n entre blancos y colorados no excluy&oacute;, en sus or&iacute;genes, tentativas de entendimiento<sup><a href="#notas">17</a></sup>, alcanzando logros significativos en tal sentido (Real de Az&uacute;a, 1984: 28 y ss.). Sin embargo, la verdadera cuesti&oacute;n que parece haber dividido a blancos y colorados fue su actitud ante el proceso modernizador. B&aacute;sicamente, mientras los colorados fueron partidarios de la modernizaci&oacute;n del pa&iacute;s, los blancos se caracterizaron por su actitud no&#45;modernizante (de all&iacute; que se los tilde de conservadores). Pero la actitud modernizadora de los colorados fue evolucionando a lo largo del per&iacute;odo 1830&#45;1930, a&ntilde;o en que concluy&oacute; la obra reformista de la m&aacute;xima figura transformadora del Uruguay moderno: Jos&eacute; Batlle y Ordo&ntilde;ez. A los blancos, por su parte, deben atribuirse algunas actitudes que fueron claramente contrarias al cambio. Tal vez, este hecho tenga relaci&oacute;n con la base de implantaci&oacute;n "espacial" de unos y otros: los blancos tuvieron su "basti&oacute;n" principal en la campa&ntilde;a, los colorados en Montevideo. Sin embargo, la confrontaci&oacute;n citadino&#45;rural s&oacute;lo fue una cara de la lucha entre modernidad y no&#45;modernidad aunque, en ciertos momentos, una y otra se solapan (Mezzera, 1990: 74). Sin embargo,</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Blancos y colorados son el camino por el cual la modernidad que le correspond&iacute;a al Uruguay se hizo relativa. La modernidad existe para el Uruguay, pero no fue realizada absolutamente sino por medio de la disputa de blancos y colorados, recibiendo la limitaci&oacute;n de esa pelea. Fue obra de los colorados que tuvieron como contrincantes a los blancos. En Estados Unidos, Sud&aacute;frica, Australia, la modernidad fue absoluta porque falt&oacute; la lucha congruente. El car&aacute;cter relativo de la modernidad uruguaya es tan pronunciado que se puede decir que, de modo absoluto, el Uruguay no es tan moderno. &#91;...&#93; La limitaci&oacute;n hist&oacute;rica, que es la modernidad relativa del Uruguay, se tradujo en esfuerzos, cuyo conjunto fue la lucha que oblig&oacute; a que nuestra sociedad no fuera culturalmente inerte (Mezzera, 1990: 75).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una de las principales manifestaciones de la "modernidad relativa" del Uruguay, consiste en que la innovaci&oacute;n, en tanto quiebra de la continuidad hist&oacute;rica, suele ser sancionada cuando no encuentra referencias en el pasado, cuando no puede establecer "genealog&iacute;a"<sup><a href="#notas">18</a></sup>. De esta manera, tomando en cuenta los momentos fundacionales, de consolidaci&oacute;n y de crisis del orden pol&iacute;tico, se advierte que el discurso de los actores no s&oacute;lo remite al pasado, sino que all&iacute; es donde busca su legitimaci&oacute;n. De tal manera, los "&iacute;mpetus modernizantes" de los batllismos, siempre aluden al primer batllismo; la intransigencia democr&aacute;tica de los nacionalistas siempre fue presentada como actitud coherente, fruto de la experiencia hist&oacute;rica, de una "identidad" construida a lo largo del siglo XIX. Incluso los programas y la acci&oacute;n de la izquierda se remitieron a las rupturas revolucionarias de la Edad Contempor&aacute;nea, estableciendo una nueva tradici&oacute;n pol&iacute;tica para el Uruguay. Esta forma particular de hacer pol&iacute;tica, siempre descansa en una cierta interpretaci&oacute;n hist&oacute;rica que no busca el conocimiento del pasado, sino su utilizaci&oacute;n como instrumento pol&iacute;tico (Caetano y Rilla, 1990: 7). En el sentido descrito, como se&ntilde;alamos, frente al "conservadurismo" blanco, Batlle pareci&oacute; un radical, y lo fue, s&oacute;lo en tanto impulsor de la modernizaci&oacute;n nacional. En efecto,</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ninguna comprensi&oacute;n de la democracia uruguaya es posible sin referencia al batllismo, a las ideas krausistas de don Jos&eacute; Batlle y Ordo&ntilde;ez, que se hizo cargo del Partido Colorado y utiliz&oacute; sus dos Presidencias (1903&#45;1907 y 1911&#45;1915) para promover reformas pol&iacute;ticas y sociales que favorec&iacute;an a las mujeres, a los ni&ntilde;os y a los obreros. &#91;...&#93; Batlle presion&oacute; a favor de la promulgaci&oacute;n de la Constituci&oacute;n de 1918 (que por primera vez introdujo la elecci&oacute;n Presidencial directa por voto secreto), pero sus oponentes supieron explotar sus planes acerca de un Ejecutivo colegiado, incorporando la idea de la "coparticipaci&oacute;n" en el gobierno del partido minoritario (siempre los blancos). De ese modo, parad&oacute;jicamente, mientras que Batlle iba a lograr en la instrumentaci&oacute;n de las reformas un &eacute;xito mucho mayor que el de Yrigoyen, l&iacute;der del Partido Radical de la Argentina, la subsistencia de espacios pol&iacute;ticos para la oposici&oacute;n hizo que la democracia uruguaya fuera la m&aacute;s pluralista y duradera (Gillespie, 1986: 262).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El l&iacute;der que gener&oacute; importantes cambios en el pa&iacute;s, tambi&eacute;n fue el que facilit&oacute; la introducci&oacute;n de la coparticipaci&oacute;n pol&iacute;tica como instituci&oacute;n, a partir de la reforma de 1918 y de la intervenci&oacute;n de la oposici&oacute;n en el Consejo de Administraci&oacute;n<sup><a href="#notas">19</a></sup>. De esta manera, la alternancia pol&iacute;tica entre partidos opositores qued&oacute; reemplazada por la coparticipaci&oacute;n y el debate sobre ideas y proyectos fue atenuado por el reparto de cargos. La consecuencia directa de la coparticipaci&oacute;n consisti&oacute; en el reconocimiento del adversario: a diferencia de lo que ocurr&iacute;a en Argentina, los partidos uruguayos se reconocieron mutuamente y se integraron en el ejercicio del poder. Sin embargo, estos partidos que hab&iacute;an alcanzado una forma eficaz de coparticipaci&oacute;n pol&iacute;tica (la que se reforz&oacute; a partir del pacto de 1931, cuando blancos y colorados compartir&aacute;n proporcionalmente los directorios de las empresas p&uacute;blicas), fundamentalmente funcionaron como "divisas". Este t&eacute;rmino alude a su inorganicidad, a su falta de cuadros estables, a su dirigencia oscilante y difusa, carente de estructuras de sost&eacute;n y a su amplitud ideol&oacute;gica. Todo esto deriv&oacute; en una marcada heterogeneidad interna, favorecida por las particulares reglas electorales uruguayas, adoptadas entre 1910 y fines de la d&eacute;cada de 1930. Porque en rigor de verdad, los uruguayos no son partidos en el sentido organizativo del t&eacute;rmino, sino m&aacute;s bien federaciones partidistas. No pueden definirse en funci&oacute;n de un programa articulado, de formulaciones expresas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es preciso observar las conductas de estas tendencias pol&iacute;ticas y las reacciones de sus integrantes a lo largo del tiempo, para extraer conclusiones respecto a las direcciones hist&oacute;ricas que encarnaron. Direcciones que, m&aacute;s que prop&oacute;sitos son tendencias, afinidades, simpat&iacute;as y antipat&iacute;as. A&uacute;n as&iacute;, siempre encontramos, dada la heterogeneidad y el car&aacute;cter policlasista de los mismos, fracciones disidentes dentro de cada uno de ellos (Ares Pons, 1990: 88; P&eacute;rez, 1990: 91). Haciendo virtud de las carencias, la contracara de estas caracter&iacute;sticas se halla en el hecho de que las mismas, por la propia laxitud comentada, han allanado el camino para emprender negociaciones entre l&iacute;neas internas, ideol&oacute;gicamente afines, de los partidos contrincantes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Estas cuestiones no desconocen ni niegan la importancia de otros actores sociales en la construcci&oacute;n de una democracia pluralista en Uruguay, sin embargo, ponen en evidencia la existencia de un modelo de interrelaci&oacute;n y un "estilo" de hacer pol&iacute;tica compartido entre los partidos tradicionales. De all&iacute; la recurrencia, por parte de los estudiosos, para hablar de "partidocracia" o "gobierno de partidos", en el caso uruguayo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A esta partidocracia se sum&oacute;, a partir de 1971, el Frente Amplio. En rigor de verdad, desde el Frente Popular de la d&eacute;cada de 1930 hasta el FIDEL y la UP de los sesenta, ya hab&iacute;an existido, por parte de las fuerzas pol&iacute;ticas, distintos intentos para fusionarse. En ciertos aspectos, el Frente se vincul&oacute; con la "invenci&oacute;n" de una tradici&oacute;n pol&iacute;tica como medio id&oacute;neo para lograr su inserci&oacute;n en la cultura pol&iacute;tica nacional. El Frente (otra verdadera federaci&oacute;n de partidos dado el n&uacute;mero y los proyectos de sus integrantes), construy&oacute; una alternativa desde la variedad y la diversidad, intentando crear una nueva tradici&oacute;n remiti&eacute;ndose a s&iacute;mbolos propios del artiguismo. En 1973 se hallaba en esta coyuntura cuando se produjo la ruptura del orden institucional. Desde entonces, la lucha contra la dictadura fue una prueba decisiva que debi&oacute; superar el Frente.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El fin de la etapa militar trajo aparejada una de las mayores paradojas del per&iacute;odo: la vigorosa inserci&oacute;n pol&iacute;tica de la izquierda, convertida en la tercera fuerza pol&iacute;tica uruguaya en constante crecimiento. Este hecho no s&oacute;lo muestra el sustento popular del frenteamplismo (sobre todo en Montevideo, de cuya intendencia se hizo cargo en 1990), sino tambi&eacute;n una estrategia h&aacute;bil que se vali&oacute; de las reglas electorales y de su participaci&oacute;n en espacios de poder (como los directorios de los entes p&uacute;blicos) para desplegar su proyecto propio. Por su parte, los partidos tradicionales, reconocieron al frente como a un actor m&aacute;s, desde 1984, incorpor&aacute;ndolo al juego pol&iacute;tico y asegurando de esta forma su adhesi&oacute;n al sistema.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, desde 1985 blancos y colorados colaboraron (de manera m&aacute;s o menos expl&iacute;cita, con mayor o menor grado de compromiso) en sus respectivas administraciones facilitando con su acci&oacute;n e inacci&oacute;n, la gesti&oacute;n de los sucesivos gobiernos de uno y otro partido. Por ello, frente a la perspectiva de un triunfo frenteamplista en 1999, los nacionales apoyaron en la segunda vuelta electoral al candidato colorado, permitiendo as&iacute; su acceso al gobierno, y con ello, la obtenci&oacute;n &#151;nuevamente&#151; de cargos ministeriales a modo de compensaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En realidad, desde 1971, especialmente desde la vuelta a la democracia, el Frente Amplio no hizo m&aacute;s que mejorar sus resultados electorales. Esto oblig&oacute; a los dos partidos tradicionales a reposicionarse y sumar fuerzas frente a dicho avance por parte de la izquierda, para no perder centralidad pol&iacute;tica (Lanzaro, 1998: 164). Dada la distribuci&oacute;n de fuerzas parlamentarias observada a partir de 1985, y en particular desde 1989, se requiri&oacute; el voto de la casi totalidad de representantes de ambos partidos para lograr mayor&iacute;as simples en el &aacute;mbito legislativo. Esto los oblig&oacute; a unir sus fuerzas a&uacute;n m&aacute;s estrechamente puesto que, de otra manera, no pod&iacute;an gestionar sus proyectos frente a un adversario en constante crecimiento. Sumado a ello, desde 1995 comenz&oacute; a hablarse de un posible triunfo del Frente en las elecciones de 1999 (como efectivamente ocurri&oacute;, en la primera vuelta)<sup><a href="#notas">20</a></sup>. Para evitarlo, los partidos tradicionales "consideraron urgente comenzar a implementar las reformas que se hab&iacute;an boicoteado, al menos parcialmente." De esta manera, el c&aacute;lculo que realizaron los dos partidos tradicionales en lo relativo a una estrategia de coalici&oacute;n, se vio notoriamente modificado frente a la evidencia electoral y a su posible evoluci&oacute;n. En el contexto anterior, para el Partido Nacional, los costos de mantenerse fuera de un gobierno de coalici&oacute;n se reduc&iacute;an a no contar con una voz efectiva en la esfera ejecutiva del gobierno. Los beneficios, en cambio, resultaban claros: tener una libertad de acci&oacute;n que le permitiera apoyar al gobierno (cuando el c&aacute;lculo resultaba positivo) y dejar que el oficialismo pagara sus costos en situaciones de riesgo. En cuanto al Partido Colorado, en su anterior gesti&oacute;n hab&iacute;a preferido pagar los costos derivados de "administrar la crisis", sin intentar transformaciones de fondo, antes que afrontar los costos, en t&eacute;rminos de repartir recursos de poder generados por un gobierno de coalici&oacute;n. En este contexto, contar con mayor&iacute;as legislativas estables implicaba compartir el Ejecutivo con el Partido Nacional. Como alternativa a esta posibilidad, el uso recurrente del veto y el decreto le permit&iacute;a mantener una m&iacute;nima disciplina fiscal con monopolio Ejecutivo. Para los colorados, no conseguir las mayor&iacute;as estables para lograr transformaciones importantes, tambi&eacute;n significaba ahora un potencial triunfo del Frente Amplio en las futuras elecciones. Los t&eacute;rminos de la ecuaci&oacute;n se hab&iacute;an modificado dr&aacute;sticamente: el triunfo del Frente Amplio pas&oacute; a ser una alternativa cierta (Filgueira y Filgueira, 1997: 343&#45;344; Lanzaro, 1998: 154&#45;165). La t&aacute;ctica cooperativa, aunque buscaba proteger electoralmente a los dos partidos tradicionales frente al avance electoral de la izquierda, encerraba el riesgo de una p&eacute;rdida de identidad por parte de los mismos, puesto que ambos compet&iacute;an por un electorado relativamente similar, compart&iacute;an posiciones "geogr&aacute;ficas" contiguas dentro del espacio competitivo y algunos elementos de los discursos pol&iacute;ticos del presidente Batlle y del expresidente Lacalle ten&iacute;an una similitud notoria.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sobre la base de los &uacute;ltimos hechos descritos, es m&aacute;s f&aacute;cil comprender la estrategia adoptada por los partidos tradicionales uruguayos. Incluso hay quienes interpretaron la reforma constitucional de 1996 (tendente a cambiar las reglas del juego electoral) como un esfuerzo orientado a impedir un posible triunfo del Frente. En efecto: un punto verdaderamente clave de la misma fue la introducci&oacute;n del ballotage presidencial para los casos en que ning&uacute;n candidato obtuviera la mayor&iacute;a absoluta de los votos (hecho ciertamente impensado en los &uacute;ltimos 30 a&ntilde;os), proponiendo para esas circunstancias, la realizaci&oacute;n de una segunda vuelta entre los dos candidatos m&aacute;s votados.</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si uno de ellos (uno de los dos m&aacute;s votados) fuera el Frente Amplio &#151;como es m&aacute;s que previsible que ocurra en el 99&#151;, si adem&aacute;s cada ciudadano decidiera su voto por razones ideol&oacute;gicas y si, por &uacute;ltimo, hubiera certeza de que aquellos que en la primera vuelta votaron a quienes hayan salido tercero y cuarto les obedecer&aacute;n sobre el candidato al cual deban votar en la segunda vuelta, podr&iacute;a asegurarse que ganar&aacute; el candidato blanco o colorado que dispute el ballotage con el candidato frenteamplista. Seguramente sobre la base de la verificaci&oacute;n de estas tres hip&oacute;tesis es que blancos y colorados apostaron a la introducci&oacute;n del ballotage presidencial en el sistema electoral uruguayo (Waksman, 1997: 15)<sup><a href="#notas">21</a></sup>.</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta defensa conjunta frente al avance electoral de la izquierda parece haber sido, entonces, un importante aliciente para la conformaci&oacute;n y estabilizaci&oacute;n de la coalici&oacute;n de gobierno presidida por Sanguinetti.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como se puede apreciar, con sus virtudes y defectos, la pol&iacute;tica de coparticipaci&oacute;n dio otra prueba de supervivencia. Como contracara de la misma, dicha pol&iacute;tica expres&oacute; tambi&eacute;n que los partidos relevantes de Uruguay siguieron adhiri&eacute;ndose, b&aacute;sicamente, a un conjunto de reglas y a un modelo de democracia que, hasta el momento, logr&oacute; superar distintos desaf&iacute;os hist&oacute;ricos.</font></p>  	    <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>3. La importancia de las tradiciones institucionales</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como consta por el panorama descrito, a partir del a&ntilde;o 1985 se comprueba en Uruguay el resurgimiento de importantes caracter&iacute;sticas tradicionales de su sistema pol&iacute;tico. Frente a esta cuesti&oacute;n, aparece de inmediato una interrogante fundamental. &iquest;Qu&eacute; elementos explican la continuidad de estas tradiciones? &iquest;D&oacute;nde encuentran la fortaleza que les permite mantenerse a lo largo del tiempo y en circunstancias tan distintas?</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para contestar a estas preguntas, debemos mencionar algunas cuestiones de gran importancia institucional. En primer lugar, la influencia ejercida por el dise&ntilde;o constitucional uruguayo. En efecto, la Constituci&oacute;n de 1966 exige la cooperaci&oacute;n de los diferentes partidos pol&iacute;ticos en la direcci&oacute;n de los Entes P&uacute;blicos o en la formaci&oacute;n de mayor&iacute;as especiales para gestionar temas espec&iacute;ficos (por ejemplo, la reforma constitucional). Indudablemente estos mecanismos, dada la tradici&oacute;n cooperativa que existe entre los partidos y la carencia de mayor&iacute;as propias por parte de los mismos, facilitan la negociaci&oacute;n pol&iacute;tica acortando las distancias entre gobierno y oposici&oacute;n, al tiempo que permiten, a esta &uacute;ltima, coparticipar en la gesti&oacute;n p&uacute;blica accediendo al manejo de importantes recursos de poder.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, las reglas del juego electoral uruguayo posibilitan en buena medida que el Ejecutivo y la mayor&iacute;a del Legislativo est&eacute;n en manos diferentes. Esto favorece un acceso equilibrado a los poderes del Estado sin que las mayor&iacute;as se lleven todos los cargos y sin que las minor&iacute;as tengan que renunciar a su condici&oacute;n opositora para poder acceder a puestos p&uacute;blicos. Al mismo tiempo, en la medida en que el sistema electoral facilita la fragmentaci&oacute;n partidaria permitiendo la competencia democr&aacute;tica, tanto entre partidos como en su interior, sea reduciendo como resultado (aunque tal vez no buscado) el tama&ntilde;o de la mayor&iacute;a y dando cabida a las minor&iacute;as, "partido a partido y dentro de estos, sector a sector", se acota el car&aacute;cter de "suma cero" propio del juego presidencial (Lanzaro, 1998: 200&#45;201). As&iacute;, se induce a la negociaci&oacute;n y a la cooperaci&oacute;n, aunque ello no siempre signifique la concreci&oacute;n de compromisos positivos de gobiernos, sino m&aacute;s bien, un "dejar hacer". No resulta aconsejable, entonces, dejarse llevar por el optimismo. Como se ha argumentado con acierto, la negociaci&oacute;n no tiene por qu&eacute; ser considerada positiva en s&iacute; misma sino que debe ser evaluada en funci&oacute;n de los efectos que produce. Muchas veces negociar supone renunciar a creencias profundas, enfrentar trabas y desgaste en los procesos de toma de decisiones (costos internos, tal como los denomina Sartori, 1987, Tomo 1: 264 y ss.). Al mismo tiempo, los pactos de gobierno no conllevan garant&iacute;as de eficacia gubernativa (como muestra por ejemplo el caso del Pacto de Punto Fijo venezolano) (Sartori, 1994: 167&#45;184; Nohlen, 1991: 23). En este caso concreto, negociaciones y acuerdos suponen un acercamiento de posiciones, transacciones entre proyectos alternativos y, en el caso del gobierno, un reconocimiento de la oposici&oacute;n. Esto contribuye a reforzar ciertos aspectos del sistema (por ejemplo la limitaci&oacute;n y el control gubernativo, la independencia del Legislativo respecto del Ejecutivo), al tiempo que se producen mayores costos decisionales, bloqueos mutuos entre fracciones, sobredimensionamiento de liderazgos menores, etc.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En tercer lugar, resulta indudable la influencia que ejerce sobre el proceso pol&iacute;tico el sistema de partidos existente en Uruguay desde 1985. Num&eacute;ricamente, nos encontramos frente a un sistema de tres actores claros, estables e identificados (independientemente de la fragmentaci&oacute;n interna de los mismos), con una distancia ideol&oacute;gica moderada, siendo los tres partidos minoritarios (Ruiz Valerio, 2002). En t&eacute;rminos de Sartori, nos hallamos frente a un sistema de pluralismo moderado (Sartori, 1976: 217; Gonz&aacute;lez, 1995: 158). Este tipo de sistema no s&oacute;lo facilita, sino que necesita la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica entre partidos al verse imposibilitado, cualquiera de ellos, de obtener la mayor&iacute;a de esca&ntilde;os requerida para lograr la aprobaci&oacute;n de sus iniciativas legislativas. En este sentido, resulta evidente que la existencia de un balance de poder m&uacute;ltiple entre los partidos de un sistema multipartidista conduce, en mayor medida, a la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica que un sistema bipartidista o uno en el que existe un partido hegem&oacute;nico, puesto que, si uno de los actores posee mayor&iacute;a propia, sus l&iacute;deres podr&iacute;an intentar dominar a la oposici&oacute;n en lugar de colaborar con ella. Por lo tanto, cabe reconocer que, de todas maneras, la competencia estricta no resulta inevitable en un sistema bipartidista (el "Pacto de Olivos" entre peronistas y radicales, realizado para reformar la Constituci&oacute;n argentina, en 1994 es un buen ejemplo de ello), aunque la tentaci&oacute;n para pasar de la coalici&oacute;n a la competencia interpartidaria siempre ser&aacute; grande, especialmente para el partido que pueda ganar la mayor&iacute;a (Dahl, 1966: 337).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La noci&oacute;n de balance de poder m&uacute;ltiple est&aacute; conformada por dos elementos fundamentales: la existencia de un equilibrio aproximado entre las partes y la presencia de, cuanto menos, tres actores diferentes. De esta manera, todos ser&aacute;n minor&iacute;a pero ninguna de ellas podr&aacute; imponerse sobre las otras. Esto resulta fundamental en la medida en que una sociedad con pocos actores (entre tres y cuatro), constituye una base m&aacute;s proclive a la cooperaci&oacute;n que un sistema multipartidista extremo. Como apunta Lijphart, la causa reside en el hecho de que la cooperaci&oacute;n se hace m&aacute;s dif&iacute;cil a medida que aumenta el n&uacute;mero de participantes en la negociaci&oacute;n. Una raz&oacute;n adicional por la que una configuraci&oacute;n, moderadamente m&uacute;ltiple, resulta propicia reside en que conduce con mayor facilidad a la interpretaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas como producto de un juego de suma positiva (Lijphart, 1977: 74; Lijphart, 1984: 126; Sartori, 1976: 217&#45;232). Este dato resulta fundamental en el caso uruguayo, ya que ganar la presidencia, no implica la imposici&oacute;n autom&aacute;tica de pol&iacute;ticas al resto de la sociedad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De todos modos, se podr&iacute;an presentar dos objeciones de importancia a estos argumentos. La primera se&ntilde;alar&iacute;a que en Uruguay, la existencia de tres partidos relevantes resulta una mera formalidad, puesto que los mismos encierran una pluralidad de fracciones (aunque, como vimos, no llega a la hiper&#45;fragmentaci&oacute;n que sostienen algunos estudiosos). Frente a dicha objeci&oacute;n, se pueden ensayar dos respuestas complementarias. La primera es que &#151;aunque este hecho complejiza la negociaci&oacute;n interpartidaria e intrapartidaria, la somete a vetos alternativos y exige mayores pagos compensatorios&#151; la fragmentaci&oacute;n partidista exacerba, al mismo tiempo, la necesidad de cooperar. La segunda respuesta, llevar&iacute;a a destacar que, en los dos partidos tradicionales hay sectores mayoritarios, cuando no hegem&oacute;nicos (como ocurre con el Foro Batllista liderado por Sanguinetti, dentro del Partido Colorado), que resultan determinantes a la hora de negociar. S&oacute;lo cuando estos sectores desisten de cooperar se recurre, como alternativa, a los liderazgos menores.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La segunda objeci&oacute;n, ciertamente medular, ha encontrado expresi&oacute;n en algunos destacados analistas uruguayos, que se&ntilde;alan un hecho importante: en Uruguay, la fragmentaci&oacute;n partidaria con fracciones de peso electoral comparable, conduce a que las mismas interpongan entre s&iacute; vetos mutuos, lo que pueden llegar a comprometer la gobernabilidad del sistema (Rial, 1984: 49). Incluso, dentro del partido ganador las negociaciones pod&iacute;an ser tan complicadas como las de una coalici&oacute;n gobernante en un r&eacute;gimen parlamentario. Hacia el exterior, con fracciones relativamente afines del otro partido, las negociaciones resultan a&uacute;n m&aacute;s complicadas que en este &uacute;ltimo caso (Gonz&aacute;lez, 1986: 67). Esto ha obstaculizado, como ya se mencion&oacute;, la gesti&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. As&iacute;, el flujo de decisiones ha sido, al decir de Gonz&aacute;lez, "particularmente ineficiente", lo que lleva a que en las ultimas d&eacute;cadas, ninguna gesti&oacute;n haya podido implementar una pol&iacute;tica coherente y duradera, cualquiera fuese su signo pol&iacute;tico (Gonz&aacute;lez, 1986: 64&#45;65). En suma: la fraccionalizaci&oacute;n de los partidos tradicionales ha impedido un m&iacute;nimo de eficiencia gubernativa. En realidad el argumento no es nuevo. Existen estudios que dan cuenta de como, la presencia de gobiernos excesivamente divididos (un resultado probable bajo normas electorales puramente proporcionales), agrava la coordinaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas gubernamentales y su coherencia interna pudiendo producir, incluso, medidas fiscales inconexas (Boix, 1996: 37).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La evidencia emp&iacute;rica posibilita dar dos respuestas a la objeci&oacute;n citada. La primera, es que este tipo de visi&oacute;n tiende a exacerbar el peso real de la fragmentaci&oacute;n partidaria, la que al momento de la medici&oacute;n matem&aacute;tica, no resulta ser extrema. En segundo lugar, el proceso pol&iacute;tico uruguayo nos muestra como un sistema partidario fraccionalizado ha trabado la adopci&oacute;n de medidas de gobierno, llegando en ciertas circunstancias al inmovilismo. De todas formas, la comparaci&oacute;n del desempe&ntilde;o econ&oacute;mico uruguayo respecto del argentino, tanto como en relaci&oacute;n a los dem&aacute;s pa&iacute;ses de la regi&oacute;n, nos muestra que las complicaciones en la adopci&oacute;n de decisiones no significan efectivamente ineficiencia. Uruguay ha realizado sus procesos de ajuste, con lentitud y expuesta a m&uacute;ltiples trabas. Sus resultados no fueron espectaculares, pero ha emergido de ellos con menor &iacute;ndice de pobreza y desempleo que otros pa&iacute;ses latinoamericanos (inclusive Argentina), con lo cual, los costes sociales del ajuste han sido m&aacute;s acotados. Hasta ha mejorado la distribuci&oacute;n de los ingresos entre los sectores sociales m&aacute;s postergados, siendo hoy menos desigual desde el punto de vista distributivo que en 1984 (cap&iacute;tulo 4).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Resumiendo, la fragmentaci&oacute;n partidaria ha supuesto mayores dificultades para la adopci&oacute;n de decisiones, pero no por ello ha sido ineficaz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A los factores mencionados, se les agrega finalmente otro, aunque de menor importancia, sobre el que Lijphart ha insistido especialmente. Esto es, que los pa&iacute;ses peque&ntilde;os (seg&uacute;n el tama&ntilde;o de su poblaci&oacute;n) parecen ser m&aacute;s favorables a la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica (un pa&iacute;s peque&ntilde;o suele rondar, como m&aacute;ximo, poco m&aacute;s de diez millones de habitantes) (Lijphart, 198: 254). La raz&oacute;n de ello, es que en un pa&iacute;s peque&ntilde;o es m&aacute;s probable que las &eacute;lites pol&iacute;ticas se conozcan personalmente y se frecuenten, lo cual contribuye a no considerar a la pol&iacute;tica como un juego de suma cero. Tambi&eacute;n puede ocurrir que un pa&iacute;s peque&ntilde;o se sienta m&aacute;s amenazado por sus vecinos (especialmente, si &eacute;stos son particularmente "grandes", desde el punto de vista territorial, poblacional o econ&oacute;mico). Estos sentimientos de vulnerabilidad podr&iacute;an incentivar la solidaridad interna entre &eacute;lites a fin de no quedar relegados internacionalmente (Lijphart, 1977: 84&#45;85)<sup><a href="#notas">22</a></sup>.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podemos sostener, en funci&oacute;n de la confluencia de los elementos precedentes, que los mismos facilitan la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica, la que en momentos se&ntilde;alados, puede traducirse en coaliciones gubernamentales, tal como sucedi&oacute; en Uruguay desde 1989. Es decir que las instituciones de gobierno y los partidos pol&iacute;ticos, conforman un marco dentro del que interactuan los diferentes actores pol&iacute;ticos. Las instituciones incentivan determinados comportamientos y obstaculizan otros. Algunos elementos de un determinado dise&ntilde;o institucional y un sistema de partidos particular pueden facilitar la cooperaci&oacute;n pol&iacute;tica desalentando la confrontaci&oacute;n entre adversarios. El sistema presidencial de gobierno da cabida entonces a lo que se ha dado en llamar "presidencialismo de compromiso". Este sistema, como resulta evidente, presenta ventajas e inconvenientes. Sobre los segundos ya hemos hablado. En cuanto a las ventajas que presenta, cabe se&ntilde;alar, en primer lugar, la materializaci&oacute;n del sistema de "frenos y contrapesos" entre los distintos &oacute;rganos del Estado, e incluso al interior de los mismos, entre los distintos actores.</font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, se abre expresamente la posibilidad de tener un gobierno dividido, lo que redunda en la limitaci&oacute;n y el control de la autoridad sin que esto signifique necesariamente menor efectividad en las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente, se permite la participaci&oacute;n de partidos y fracciones dentro de un sistema competitivo aunque influido por pautas cooperativas, fortaleciendo la mec&aacute;nica de los compromisos pol&iacute;ticos (Lanzaro, 1998: 201). De esta manera,</font></p> 	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su conjunto, la horma pol&iacute;tica y la propia arquitectura institucional proporcionan un buen umbral para la combinatoria entre representaci&oacute;n y gobierno (gobernabilidad), con tendencia a reclamar el desenvolvimiento de las l&oacute;gicas negociadoras, permitiendo que crezca un sistema de compromisos robusto, con sus ciclos de fortuna y sus desventuras (Lanzaro, 1998: 201).</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, est&aacute; claro que la formaci&oacute;n de coaliciones es el reflejo de un hecho pol&iacute;ticamente relevante: la voluntad de compromiso pol&iacute;tico que existe entre las &eacute;lites partidarias. A la larga, este ha sido el elemento distintivo de la pol&iacute;tica uruguaya.</font></p>      <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>1. Bibliograf&iacute;a general</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Alc&aacute;ntara S&aacute;ez, M. (1989&#45;1999). <i>Sistemas pol&iacute;ticos de Am&eacute;rica Latina,</i> Vol.1: Am&eacute;rica del Sur. Madrid: Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170655&pid=S1870-3569200500010000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Almond, G. y Verba, S. (1963&#45;1971). <i>La cultura pol&iacute;tica.</i> Madrid: Euram&eacute;rica S.A.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170657&pid=S1870-3569200500010000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Boix, C. (1996). <i>Partidos pol&iacute;ticos, crecimiento e igualdad.</i> Madrid: Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170659&pid=S1870-3569200500010000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dahl, R. (1966 / 1990). Party Systems and Patterns of Opposition. En Mair, P. (ed.) <i>The West European Party System.</i> Oxford: Oxford University Press. (296&#45;301).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170661&pid=S1870-3569200500010000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">De Riz, L. (1986). Pol&iacute;tica y partidos. Ejercicio de an&aacute;lisis comparado: Argentina, Chile, Brasil y Uruguay. <i>Desarrollo Econ&oacute;mico,</i> 25, (100) 659&#45;681. Buenos Aires.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170663&pid=S1870-3569200500010000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Duverger, M. (1951&#45;1993). <i>Los partidos pol&iacute;ticos.</i> Ciudad de M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170665&pid=S1870-3569200500010000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Halper&iacute;n Donghi, T. (1994). <i>La larga agon&iacute;a de la Argentina peronista.</i> Buenos Aires: Ariel.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170667&pid=S1870-3569200500010000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lijphart, A. (1977&#45;1989). <i>Democracia en las sociedades plurales.</i> Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170669&pid=S1870-3569200500010000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; (1984&#45;1987). <i>Las democracias contempor&aacute;neas.</i> Barcelona: Ariel.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170671&pid=S1870-3569200500010000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lipset, S. (1990). The Centrality of Political Culture. <i>Jounal of Democracy,</i> 1, (4) 80&#45;83.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170673&pid=S1870-3569200500010000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; y Rokkan, S. (1967&#45;1992). Estructuras de divisi&oacute;n, sistemas de partidos y alineamientos electorales. En Batlle, A. (compilador), <i>Diez textos b&aacute;sicos de Ciencia Pol&iacute;tica.</i> Barcelona: Ariel. (231&#45;273).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170675&pid=S1870-3569200500010000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nohlen, D. (1991). La reforma institucional en Am&eacute;rica Latina: un enfoque conceptual y comparativo. En Nohlen, D. y De Riz, L. (Compiladores), <i>Reforma Institucional y Cambio Pol&iacute;tico.</i> Buenos Aires: CEDES / Legasa.(11&#45;44).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170677&pid=S1870-3569200500010000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Oppo, A. (1971&#45;1998). Partidos Pol&iacute;ticos. En Bobbio, N., Matteucci, N. y. Pasquino, G. Compiladores, <i>Diccionario de Pol&iacute;tica.</i> Ciudad de M&eacute;xico: Siglo XXI. (Vol. 2, 1153&#45;1160).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170679&pid=S1870-3569200500010000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Przeworski, A. (1985&#45;1988). <i>Capitalismo y Socialdemocracia.</i> Madrid: Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170681&pid=S1870-3569200500010000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ruiz Valerio, J. (2002, octubre). Partidos, sistemas de partidos y sistemas electorales durante la consolidaci&oacute;n democr&aacute;tica: una aproximaci&oacute;n comparada a las experiencias de Argentina y Uruguay. <i>Bolet&iacute;n Jur&iacute;dico de la Universidad Europea de Madrid,</i> 5. Madrid.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170683&pid=S1870-3569200500010000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sartori, G. (1976&#45;1992) <i>Partidos y sistemas de partidos</i> (2da. edici&oacute;n ampliada). Madrid: Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170685&pid=S1870-3569200500010000700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; (1987&#45;1990) <i>Teor&iacute;a de la democracia,</i> (Vols. 1 y 2). Buenos Aires: REI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170687&pid=S1870-3569200500010000700017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Spektorowski, A. (2000). Nationalism and Democratic Construction: The Origins of Argentina and Uruguay's Political Cultures in Comparative Perspective. <i>Bolletin of Latin America Research,</i> 19, 81&#45;99.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170689&pid=S1870-3569200500010000700018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Torre, J. (1998). <i>El proceso pol&iacute;tico de las reformas econ&oacute;micas en Am&eacute;rica Latina.</i> Buenos Aires: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170691&pid=S1870-3569200500010000700019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>2. Bibliograf&iacute;a espec&iacute;fica sobre Uruguay</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ares, R. (1967&#45;1990). Blancos y Colorados. En Caetano, G. y Rilla, J. (Compiladores). <i>Los partidos uruguayos y su historia: El siglo XIX.</i> Fundaci&oacute;n de cultura universitaria. (Vol. 1, pp. 86&#45;89). Montevideo: Instituto de Ciencia Pol&iacute;tica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170695&pid=S1870-3569200500010000700020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Barr&aacute;n, J. (1998). El Uruguay de la modernizaci&oacute;n (1870&#45;1933). En <i>Uruguay: Sociedad, pol&iacute;tica y cultura.</i> AA.VV., CEXECI / Universidad de la Rep&uacute;blica, C&aacute;ceres. (13&#45;34).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170697&pid=S1870-3569200500010000700021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Botinelli, O. (1999, agosto). Gobernabilidad, coalici&oacute;n y cambio institucional. Conferencia realizada en el Centro de Estudios Estrat&eacute;gicos 1815, Montevideo. <i>FACTUM Revista digital de An&aacute;lisis pol&iacute;tico, opini&oacute;n p&uacute;blica y estudios sociales; elecciones y partidos Pol&iacute;ticos.</i> World Wide Web: <a href="http://www.factum.com.uy" target="_blank">http://www.factum.com.uy</a>.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170699&pid=S1870-3569200500010000700022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Buquet, C., Chasquetti, D., Daniel, y Moraes, J. (1998). <i>Fragmentaci&oacute;n pol&iacute;tica y gobierno en Uruguay &iquest;Un enfermo imaginario?.</i> Montevideo: Instituto de Ciencia Pol&iacute;tica, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la Rep&uacute;blica, Montevideo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170701&pid=S1870-3569200500010000700023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Caetano, G. (1995). Uruguay: La encrucijada pol&iacute;tica del fin de siglo. <i>Nueva Sociedad,</i> 138, 6&#45;16.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170703&pid=S1870-3569200500010000700024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; y Rilla, J. (Compiladores), (1990). <i>Los partidos uruguayos y su historia: El siglo XIX.</i> (Vol. 1). Montevideo: Fundaci&oacute;n de cultura universitaria, Instituto de Ciencia Pol&iacute;tica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170705&pid=S1870-3569200500010000700025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Filgueira, C. y Filgueira, F. (1997). Coaliciones reticentes. Sistema electoral, partidos y reforma en el Uruguay de fin de siglo. En <i>Cuadernos del CLAEH,</i> 78&#45;79, 325&#45;347.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170707&pid=S1870-3569200500010000700026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gillespie, C. (1986&#45;1988). La transici&oacute;n uruguaya desde el gobierno tecnocr&aacute;tico militar colegiado.</font> <font face="verdana" size="2">En O'Donnel, G., Schmitter, P. y Whitehead, L. (Compiladores). <i>Transiciones desde un gobierno autoritario: Am&eacute;rica Latina.</i> Buenos Aires: Editorial Paid&oacute;s. (Vol. 2, 261&#45;294).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170709&pid=S1870-3569200500010000700027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gonz&aacute;lez, E. (1986). Legislaci&oacute;n electoral, partidos y "gobernabilidad". En Nohlen, D. y Rial, J. (Compiladores). <i>Reforma Electoral &iquest;Posible, deseable?.</i> Montevideo: FESUR / Ediciones de la Banda Oriental. (59 &#45; 71).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170711&pid=S1870-3569200500010000700028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; (1995). Continuity and Change in the Uruguayan Party System. En Mainwaring y Scully (Compiladores), <i>Building Democratic Institutions.</i> Standford: Standford University Press. (138 &#45;163).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170713&pid=S1870-3569200500010000700029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lanzaro, J. (1998). El gobierno de partidos en la segunda transici&oacute;n. Uruguay 1985&#45;1996. En <i>Uruguay: Sociedad, pol&iacute;tica y cultura.</i> C&aacute;ceres: AA.VV., CEXECI / Universidad de La Rep&uacute;blica. (129&#45;202).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170715&pid=S1870-3569200500010000700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mezzera, B. (1952&#45;1990). Blancos y Colorados. En Caetano, G., y Rilla, J. (Compiladores). <i>Los partidos uruguayos y su historia: El siglo XIX.</i> Montevideo: Fundaci&oacute;n de cultura universitaria, Instituto de Ciencia Pol&iacute;tica. (Vol. 1, 74&#45;76).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170717&pid=S1870-3569200500010000700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mieres, P. (1994). Uruguay 1994: Un escenario competitivo. En <i>Nueva Sociedad,</i> 133, 4&#45;12.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170719&pid=S1870-3569200500010000700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">P&eacute;rez, R. (1984&#45;1990). Los partidos en el Uruguay moderno. En Caetano, G. y Rilla, J. (Compiladores), <i>Los partidos uruguayos y su historia: El siglo XIX.</i> Montevideo: Fundaci&oacute;n de Cultura Universitaria, Instituto de Ciencia Pol&iacute;tica. (Vol. 1, 90&#45;92).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170721&pid=S1870-3569200500010000700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pivel Devoto, J. (1956). <i>Historia de los partidos y de las ideas pol&iacute;ticas en el Uruguay.</i> R&iacute;o de la Plata: Montevideo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170723&pid=S1870-3569200500010000700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rama, G. (1987&#45;1989). <i>La democracia en Uruguay.</i> Montevideo: Arca.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170725&pid=S1870-3569200500010000700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Real de Az&uacute;a, C. (1984). Uruguay, <i>&iquest;Una sociedad amortiguadora?.</i> Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental &#45; CIESU.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170727&pid=S1870-3569200500010000700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rial, J. (1984). Los partidos pol&iacute;ticos tradicionales: restauraci&oacute;n o renovaci&oacute;n. En Gillespie, C., Goodman, L., Rial, J. y Winn, P. (Compiladores), <i>Uruguay y la democracia.</i> Montevideo: Ediciones La Banda Oriental. (Vols. 1 y 2, 193&#45;227).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170729&pid=S1870-3569200500010000700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45;&#45; (1986). <i>Uruguay: Elecciones de 1984. Sistema Electoral y resultados.</i> San Jos&eacute; de Costa Rica: CAPEL.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170731&pid=S1870-3569200500010000700038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rilla, J. (1997). Uruguay 1980. Transici&oacute;n y democracia plebiscitaria. <i>Nueva Sociedad,</i> 150, 77&#45;83.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170733&pid=S1870-3569200500010000700039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Waksman, G. (1997). Uruguay: La izquierda avanza hacia el gobierno. <i>Nueva Sociedad,</i> 148, 12&#45;19.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2170735&pid=S1870-3569200500010000700040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><b><a name="notas"></a>Notas</b></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> La definici&oacute;n de <i>tradici&oacute;n institucional</i> se utiliza aqu&iacute; en el sentido propuesto por Almond y Verba, quienes se&ntilde;alan, "... el t&eacute;rmino cultura pol&iacute;tica se refiere a las orientaciones espec&iacute;ficamente pol&iacute;ticas, posturas relativas al sistema pol&iacute;tico y sus diferentes elementos, as&iacute; como actitudes relacionadas con la funci&oacute;n de uno mismo dentro de dicho sistema. &#91;...&#93; Aqu&iacute; &uacute;nicamente podemos subrayar que empleamos el concepto de cultura en uno solo de sus muchos significados: el de orientaci&oacute;n psicol&oacute;gica hacia los objetos sociales. Cuando hablamos de la cultura pol&iacute;tica de una sociedad, nos referimos al sistema pol&iacute;tico que informa los conocimientos, sentimientos y valoraciones de su poblaci&oacute;n (Almond y Verba, 1963: 29&#45;30). Sin embargo, preferimos hablar de tradiciones y no de cultura pol&iacute;tica, para dejar claro una cuesti&oacute;n fundamental: en este contexto atenderemos especialmente a la cultura de un grupo particular de la sociedad, su dirigencia pol&iacute;tica. Por tal motivo hablaremos de tradiciones y no de cultura, que alude a los valores y orientaciones pol&iacute;ticas de todo el conjunto social.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Para comprender las ra&iacute;ces hist&oacute;ricas de los partidos uruguayos, v&eacute;ase en especial Pivel Devoto (1956, Tomo II: 70&#45;155; Real de Az&uacute;a, 1984: 28).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> De hecho, desde la vigencia de la Constituci&oacute;n de 1830 Uruguay fue un sistema bipartidista. Ciertamente surgieron otros partidos menores como la Uni&oacute;n C&iacute;vica en 1872, pero no alcanzaron a desvirtuar este hecho b&aacute;sico. M&aacute;s a&uacute;n, incluso se ha se&ntilde;alado que tal bipartidismo tiene su g&eacute;nesis en los enfrentamientos entre los jefes &#45; caudillos Orive y Rivera, adversarios de la batalla de Carpinter&iacute;a (9 de septiembre de 1837) donde se exhibieron por primera vez las divisas blancas y coloradas. Este hecho fue fortalecido por el sistema electoral adoptado por la Constituci&oacute;n de 1 830, fuertemente mayoritario (Castellano y P&eacute;rez, &#91;1981&#93; <i>El pluralismo, examen de la conciencia uruguaya,</i> Vol. II: 241&#45;244; citados en Caetano y Rilla, 1990: 46&#45;47).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Luego de los caudillos t&iacute;picos del per&iacute;odo de la independencia, entre 1811 y 1830 (del cual Artigas constituy&oacute; el paradigma), Oribe y Rivera se presentan como ejemplos de los caudillos de la etapa de formaci&oacute;n nacional, entre 1830 y 1868. Hist&oacute;ricamente, a&uacute;n hay un tercer tipo de caudillos en Uruguay: el perteneciente al momento de la organizaci&oacute;n republicana, entre 1868 y 1904 (Reyes Abadie, 1990: 51&#45;53).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> Para Real de Az&uacute;a, la clave explicativa del compromiso caudillesco&#45;patricio, que abre la larga serie de compromisos uruguayos, deriva justamente de la debilidad de la que adolec&iacute;a la "clase superior econ&oacute;mico&#45;social&#45;urbano&#45;rural" del Uruguay. De esta manera ambos grupos deben unirse para reforzarse mutuamente (Real de Az&uacute;a, 1984: 28).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Para el tema de los <i>partidos de notables</i> v&eacute;ase Duverger (1951: 15&#45;22), Oppo (1971, Vol. 2: 1153&#45;1154).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> Cabe destacar que entre 1852 y 1908 la poblaci&oacute;n uruguaya pas&oacute; de 132.000 habitantes a 1.042.689, multiplicando por 7,9 el volumen original (entre 1860 y 1914, la Argentina multiplica su poblaci&oacute;n en 6,5). En 1895 el 50&#37; de la poblaci&oacute;n de Montevideo era extranjera (Rama, 1987: 18).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> Entre comienzos de siglo y los inicios de la d&eacute;cada de 1970, en que surge el Frente Amplio, los dos partidos pol&iacute;ticos uruguayos tradicionales canalizaron, efectivamente, las preferencias pol&iacute;ticas de casi el 90&#37; del electorado. Al respecto v&eacute;ase, especialmente, Gonz&aacute;lez (1995: 139&#45;149).</font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> Pese a ganar la titularidad del Ejecutivo en 1958, por primera vez, los blancos comenzaron a triunfar en elecciones legislativas en el a&ntilde;o 1925 (Alc&aacute;ntara S&aacute;ez, 1989: 225).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup> Si bien es cierto que durante el siglo XIX, hubo en Uruguay dictaduras militares, ellas se identificaron con el Partido Colorado (Gillespie, 1986: 261).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> Con dura iron&iacute;a, Real de Az&uacute;a comenta este rasgo de la pol&iacute;tica local se&ntilde;alando que, en Uruguay, "sociedad amortiguadora", "pa&iacute;s de cercan&iacute;as", toda tensi&oacute;n se "compone" o "compromete" finalmente en un acuerdo. (Real de Az&uacute;a, 1984: 90&#45;95).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup> De todas formas, al se&ntilde;alar estos hechos, conviene recordar una aclaraci&oacute;n pertinente, que al respecto ha realizado Gerardo Caetano, qui&eacute;n puntualiza: "Se&ntilde;alar estas particularidades de la historia uruguaya no apunta por cierto en la misma direcci&oacute;n que la de los mitos de la excepcionalidad y de la insularidad del pa&iacute;s en cualquiera de sus muchas variantes. Por el contrario, se trata de un conjunto de pautas y patrones de la vieja formaci&oacute;n pol&iacute;tica que han tenido hist&oacute;ricamente un influjo persistente y a&uacute;n hoy mantienen una persistencia (inercial en algunos casos, de vigencia m&aacute;s o menos plena en otros) visible." (Caetano, 1995: 11).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup> En Argentina, en cambio, ser&aacute;n actores distintos (e incluso contrapuestos) quienes lleven a cabo estas etapas. La generaci&oacute;n del ochenta habr&aacute; de promover la modernizaci&oacute;n econ&oacute;mica y social del pa&iacute;s, pero dentro de un contexto pol&iacute;ticamente excluyente. El radicalismo habr&aacute; de incorporar a los sectores medios, y el peronismo lo har&aacute; con los sectores populares. La forma en que radicales y peronistas surgen en la vida pol&iacute;tica, marcar&aacute; su evoluci&oacute;n futura y su forma de hacer pol&iacute;tica, que se traducir&aacute;n en estilos diferentes, e incluso en subculturas pol&iacute;ticas contrapuestas (Grossi y Gritti, 1989: 41). No ocurri&oacute; lo mismo en Uruguay, como podemos apreciar.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup> Para una s&iacute;ntesis de las principales transformaciones producidas por el batllismo, v&eacute;ase Rama (1987: 25).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>15</sup> En t&eacute;rminos de Gonz&aacute;lez, ser&aacute; nuevamente "irresponsable". "Las oposiciones no suelen autodeclararse irresponsables. No se trata, pues, de una prestaci&oacute;n normalmente esperable de las oposiciones. Por tanto, la oposici&oacute;n (o parte de ella) ma&ntilde;ana transformada en gobierno no tiene porque esperar el mismo trato del gobierno de hoy que ma&ntilde;ana ser&aacute; oposici&oacute;n." (Gonz&aacute;lez, 1986: 63&#45;64).</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>16</sup> Cabe destacar que el conjunto de cargos a ser negociados entre el Ejecutivo y la oposici&oacute;n en el Parlamento, asciende a m&aacute;s de trescientos puestos: 1) 12 ministros y 12 subsecretarios, nombrados por el Presidente (aunque los ministros deben contar con apoyo parlamentario); 2) 85 cargos en los directorios de los Entes Aut&oacute;nomos y Consejos Descentralizados, nombrados por el Ejecutivo con acuerdo del Senado; 3) 17 cargos en organismos encargados del contralor del Estado, nombrados por el Ejecutivo con acuerdo del Senado; 4) 115 cargos en la Administraci&oacute;n Central, nombrados por los jefes correspondientes; 5) 25 cargos del servicio diplom&aacute;tico, nombrados por el Ejecutivo con acuerdo del Senado. La lista no incluye a los t&eacute;cnicos asesores, personal de las secretar&iacute;as y otros cargos electos por la Asamblea General tales como Jueces de la Corte de Justicia, Fiscales de Corte, Fiscales Letrados y asensos militares (Buquet, Chasquetti y Moraes, 1998: 62).</font></p>         <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><sup>17</sup> En este sentido, v&eacute;ase Real de Az&uacute;a (1984:28&#45;29).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>18</sup> Recu&eacute;rdese que &eacute;ste fue uno de los principales argumentos esgrimidos para explicar por qu&eacute; el Presidente Lacalle result&oacute; derrotado en el plebiscito realizado en 1992 referido al plan de privatizaciones impulsado durante su gobierno. En aquella ocasi&oacute;n se adujo que era demasiado "innovador".</font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>19</sup> Aunque de hecho, la coparticipaci&oacute;n hunde sus ra&iacute;ces en la "paz de abril" de 1872.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>20</sup> En 1997, Waksman publica un informe en la Revista Nueva Sociedad con el t&iacute;tulo de: "Uruguay: la izquierda avanza hacia el gobierno", sintetizando puntualmente la percepci&oacute;n de buena parte de los analistas de la pol&iacute;tica uruguaya. V&eacute;ase Waksman, 1997: 12&#45;19.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup><sup>1</sup> De todas maneras, cabe reconocer que dentro del Frente algunos creyeron, como el propio Danilo Astori, que el nuevo mecanismo beneficiar&iacute;a al candidato frenteamplista. Resta decir que los hechos desmintieron su optimismo y avalaron la apuesta blanco&#45;colorada.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>22</sup> Evidentemente, los referentes emp&iacute;ricos directos a los que recurre Lijphart en estos argumentos son los peque&ntilde;os pa&iacute;ses del centro de Europa.</font></p>         <p align="justify">&nbsp;</p>         <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Jos&eacute; Ruiz Valerio</b> se doctor&oacute; en Ciencia Pol&iacute;tica y Sociolog&iacute;a por la Universidad Complutense de Madrid en el a&ntilde;o 2001. Obtuvo su maestr&iacute;a en Ciencias Sociales con especialidad en Ciencia Pol&iacute;tica en 1999 por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Buenos Aires, Argentina. Su licenciatura la realiz&oacute; en Ciencia Pol&iacute;tica en la Universidad del Salvador en Buenos Aires, Argentina. Es profesor de la Maestr&iacute;a de An&aacute;lisis Pol&iacute;tico y Medios de Informaci&oacute;n de la EGAP, cuyo claustro integra desde el a&ntilde;o 2003, y del Departamento de Relaciones Internacionales. Tambi&eacute;n es investigador a cargo del &aacute;rea de Instituciones Pol&iacute;ticas de la Red de Investigaciones Pol&iacute;ticas &#151;REDIP&#151; del centro de An&aacute;lisis y Evaluaci&oacute;n de las Pol&iacute;ticas P&uacute;blicas &#151;CAEP&#151;.</font></p>      ]]></body><back>
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