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<publisher-name><![CDATA[Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Seminario de Estudios de la Significación]]></publisher-name>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Presentaci&oacute;n<br />Fundamentos estructurales y est&eacute;sicos del acorde</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su <i>Tratado de armon&iacute;a,</i> Arnold Sch&ouml;nberg propone la renovaci&oacute;n de la est&eacute;tica musical basada en la armon&iacute;a tonal, a partir de la extensi&oacute;n de la noci&oacute;n de <i>acorde</i> &#151;que hasta entonces comprend&iacute;a s&oacute;lo los sonidos del sistema estructurado en torno a la nota fundamental&#151; a los "agregados constituidos por sonidos extra&ntilde;os a la armon&iacute;a"<sup><a href="#nota">1</a></sup> (es decir, por ejemplo, por una serie ininterrumpida de disonancias). Desde esta perspectiva, las disonancias deb&iacute;an ser consideradas como "consonancias m&aacute;s alejadas en la escala de los arm&oacute;nicos".<sup><a href="#nota">2</a></sup> Esta revoluci&oacute;n que desembocar&aacute; en la atonalidad y en el serialismo conduce a replantear el concepto mismo de acorde, y su pertinencia en la descripci&oacute;n de ciertas corrientes de la llamada <i>m&uacute;sica contempor&aacute;nea.</i> Retomar el acorde como punto central de una reflexi&oacute;n general sobre el sentido implica incorporar esta redefinici&oacute;n que lleva a establecer una relaci&oacute;n distinta no s&oacute;lo con el lenguaje musical, sino tambi&eacute;n, m&aacute;s profundamente, con lo sensible. As&iacute; lo muestran, con lucidez, los art&iacute;culos que integran este n&uacute;mero de <i>T&oacute;picos del seminario.</i> Si su diversidad y su riqueza reflejan la potencia sem&aacute;ntica de un t&eacute;rmino que atraviesa varios dominios, dos tendencias mayores lo caracterizan: la referencia, metaf&oacute;rica o no, a la concepci&oacute;n musical del acorde, y la puesta en tensi&oacute;n del concepto mismo en las distintas perspectivas desde las que &eacute;ste es abordado. As&iacute;, en el art&iacute;culo que abre este n&uacute;mero, el acorde est&aacute; visto desde su reverso, en la huella dejada por su ausencia, donde s&oacute;lo aparece el desencuentro, el malentendido o la incomprensi&oacute;n, b&uacute;squedas y sucesos a trav&eacute;s de los cuales Juan Alonso pone en evidencia el car&aacute;cter conflictual del acuerdo. Esta manera de concebir el tema explica que el acorde, entendido en su sentido cl&aacute;sico, o si se quiere en su positividad, esto es, como armon&iacute;a, consonancia y concordancia conforme a una teor&iacute;a cuyos fundamentos plat&oacute;nicos son expuestos con claridad por C&eacute;sar Gonz&aacute;lez en el art&iacute;culo siguiente, sea cuestionado desde distintos puntos de vista: la disonancia &#151;que Luiz Tatit asocia a la sorpresa por oposici&oacute;n a la espera, y No&eacute; Jitrik a una literatura cuya finalidad ser&iacute;a la estridencia&#151;, lo irregular y lo inacabado &#151;que Raquel Guzm&aacute;n relaciona respectivamente con el eco y el estertor como formas po&eacute;ticas&#151;, el desacorde &#151;cuya complementariedad respecto al acorde es subrayada por Claude Zilberberg&#151;, la disimilitud &#151;base sobre la cual S&eacute;mir Badir analiza las semejanzas entre el pensamiento de Magritte y Wittgenstein bajo un modo concesivo (determinado por el <i>no obstante)</i>&#151;, y finalmente el complot disimulado &#151;una armon&iacute;a aparente cuyas implicaciones estrat&eacute;gicas examina Paolo Fabbri en la entrevista que cierra este n&uacute;mero. La recurrencia de este procedimiento parad&oacute;jico que consiste en definir el acorde por sus t&eacute;rminos contrarios (o contradictorios) podr&iacute;a considerarse como la prueba de que este concepto, rebasado por la realidad de la que pretend&iacute;a dar cuenta, ha dejado de ser pertinente o bien persiste s&oacute;lo como referencia por oposici&oacute;n a la cual los nuevos mecanismos de significaci&oacute;n son analizados. Otra explicaci&oacute;n es, sin embargo, posible, y a trav&eacute;s de ella quisi&eacute;ramos aprehender este conjunto de <i>variaciones</i> que, del &aacute;mbito musical, po&eacute;tico y filos&oacute;fico al &aacute;mbito social, plantean interrogantes de sumo inter&eacute;s para la semi&oacute;tica actual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De un modo general, la hip&oacute;tesis que permitir&iacute;a explicar esta tendencia a analizar el acorde a partir de lo que &eacute;ste en apariencia niega, consiste en considerarlo no ya como un t&eacute;rmino simple sino como una unidad tensiva que pone en relaci&oacute;n t&eacute;rminos contrarios o contradictorios. Desde esta perspectiva, la condici&oacute;n esencial del acorde ser&iacute;a la diferencia, e incluso la oposici&oacute;n. Como sugiere Claude Zilberberg en el art&iacute;culo "Acordes y desacordes en <i>Los conquistadores</i> de Heredia", los t&eacute;rminos semejantes se repelen, mientras que los dis&iacute;miles se atraen. El inter&eacute;s de esta observaci&oacute;n radica en el hecho de que, aplicada al plano de la expresi&oacute;n &#151;al cual el t&eacute;rmino <i>acorde</i> (en el sentido musical) se refiere de entrada&#151;, permite abordar el problema de la formaci&oacute;n de las estructuras elementales introduciendo un par&aacute;metro est&eacute;sico, y con una cierta independencia del dispositivo que, bajo la forma del cuadrado semi&oacute;tico, constituye el plano del contenido.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Volviendo pues a la acepci&oacute;n musical &#151;que, como lo muestra C&eacute;sar Gonz&aacute;lez, ya en el pensamiento de Plat&oacute;n se presentaba como el fundamento de las acepciones pat&eacute;mica y social&#151;, el an&aacute;lisis semi&oacute;tico de la formaci&oacute;n del acorde, y en particular del acorde tonal, permite suponer que &eacute;ste obedece a un principio oposicional que da origen al fen&oacute;meno mismo de la <i>consonancia.</i> Ciertamente, desde el punto de vista f&iacute;sico &#151;que Sch&ouml;nberg expone en su <i>Tratado</i> y que es tambi&eacute;n el m&aacute;s com&uacute;nmente adoptado&#151;, el grado de consonancia de los sonidos que integran un acorde se define a partir de la proximidad de su frecuencia vibratoria respecto a la nota fundamental. Desde esta mirada, las consonancias se caracterizan por establecer "relaciones m&aacute;s cercanas y m&aacute;s simples con el sonido fundamental, y las disonancias relaciones m&aacute;s lejanas y m&aacute;s complejas".<sup><a href="#nota">3</a></sup> As&iacute;, las disonancias implican oposici&oacute;n (entre frecuencias vibratorias), mientras que las consonancias implican similitud. Siguiendo esta misma l&oacute;gica, en el art&iacute;culo "Afinaci&oacute;n del sentido en el progreso semi&oacute;tico", Luiz Tatit reconoce que las notas que componen el acorde "mantienen entre s&iacute; relaciones de consonancia (identidad), basadas en intervalos de tercera, quinta, sexta y octava, o de disonancia (alteridad), basadas en intervalos de segunda, s&eacute;ptima y versiones aumentadas y disminuidas". Sin embargo, desde una perspectiva semi&oacute;tica (es decir, centrada en las relaciones internas al sistema tonal), es posible observar que las notas consideradas como consonantes son, dentro de la escala diat&oacute;nica, las m&aacute;s distantes de la fundamental, mientras que las notas consideradas como disonantes son las m&aacute;s cercanas a ella.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La clasificaci&oacute;n de los sonidos del acorde seg&uacute;n su grado de consonancia es coherente con la hip&oacute;tesis f&iacute;sica, pero tambi&eacute;n con la semi&oacute;tica: se encuentra, en primer lugar, el intervalo de quinta &#151;el m&aacute;s alejado en la escala diat&oacute;nica de la nota fundamental (considerando que a partir del intervalo de sexta la fundamental de referencia se encuentra a la octava), aunque m&aacute;s cercano a su frecuencia vibratoria&#151;, seguido por los intervalos de cuarta y tercera mayor &#151;m&aacute;s cercanos a la fundamental en el marco de la escala, aunque m&aacute;s alejados de su frecuencia vibratoria. Pero es la experiencia perceptiva la que, creando un anclaje fenomenol&oacute;gico, confirma claramente la propuesta semi&oacute;tica: en efecto, los sonidos consonantes son aquellos que el o&iacute;do percibe como esencialmente diferentes y alejados entre s&iacute; &#151;lo que produce una cierta estabilidad&#151;, mientras que los sonidos disonantes son aquellos cuya similitud y proximidad (Do y Re, por ejemplo), generadoras de tensi&oacute;n, son percibidas con reticencia por el receptor no avisado. Como si, por el hecho de su cercan&iacute;a, se instaurara una relaci&oacute;n de competencia y no de complementariedad entre los sonidos. Desde esta perspectiva, la consonancia implicar&iacute;a la oposici&oacute;n, y la disonancia la similitud, una y otra responsables respectivamente del equilibrio y de la tensi&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antes de analizar las consecuencias generales de este fen&oacute;meno, no podemos dejar de observar que el acorde, as&iacute; configurado, constituye un verdadero n&uacute;cleo narrativo. En efecto, en el sistema tonal lo que puede considerarse como una especie de <i>narratividad</i> musical se funda en la serie de transformaciones que conducen de la t&oacute;nica &#151;funci&oacute;n desempe&ntilde;ada por la nota fundamental (por ejemplo, Do)&#151; a la dominante &#151;funci&oacute;n que corresponde al intervalo de quinta (por ejemplo, Sol) y que supone un grado m&aacute;s elevado de tensi&oacute;n que la funci&oacute;n precedente en raz&oacute;n de su mayor proximidad con la nota fundamental&#151; y de ah&iacute; nuevamente a la t&oacute;nica. Esta estructura que va del ataque a la tensi&oacute;n y luego a la distensi&oacute;n no resulta sino del despliegue sintagm&aacute;tico del acorde, que prefigura en su estructura misma esta suerte de <i>relato aspectual</i> o <i>tensivo.</i> El fundamento de la narratividad musical, que proponemos considerar como modelo de una narratividad est&eacute;sica, residir&iacute;a en el principio oposicional en tanto condici&oacute;n paradigm&aacute;tica de una tensividad sintagm&aacute;tica. S&oacute;lo los sonidos relativamente distintos y alejados entre s&iacute; pueden generar un recorrido perceptible.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es por esta raz&oacute;n que la revoluci&oacute;n del acorde propuesta por Sch&ouml;nberg &#151;una revoluci&oacute;n que consiste, desde la perspectiva semi&oacute;tica, en la atenuaci&oacute;n e incluso la abolici&oacute;n del principio oposicional&#151; es tambi&eacute;n una revoluci&oacute;n narrativa: proceder por disonancias (similitudes) implica borrar los puntos de referencia, las <i>saliencias</i> (t&oacute;nica, dominante, subdominante) que, bajo la forma de consonancias, trazaban la trama de la narratividad tonal. As&iacute; lo reconoce el mismo compositor, quien asocia el abandono del acorde fundamental a la posibilidad de <i>narrar de otro modo,</i> sin ajustarse al <i>relato can&oacute;nico</i> del sistema tonal:</font></p>  	    <blockquote> 		    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La historia de una vida no necesariamente debe comenzar por el nacimiento e incluso por los ancestros del h&eacute;roe, y terminarse con su muerte. &#91;...&#93; Muy bien podemos dudar de la exigencia de considerar como ineluctable la referencia de todos los acontecimientos musicales al acorde fundamental, con el pretexto de que &eacute;ste garantiza al conjunto formal una coherencia adecuada y que responde a las m&aacute;s simples exigencias del material.<sup><a href="#nota">4</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si bien los "agregados" (acordes indeterminados, sin nota fundamental) pueden ser considerados como acordes (aunque no clasificables) en la medida en que los par&aacute;metros de la oposici&oacute;n son modificados &#151;la oposici&oacute;n radical es reemplazada por la diferencia relativa&#151;, en este caso la narratividad de la obra musical tiende a desplazarse hacia otros niveles de pertinencia estructurados nuevamente seg&uacute;n el principio oposicional. Como se sabe, desde Debussy el abandono progresivo del nivel arm&oacute;nico en tanto factor de estructuraci&oacute;n &#151;que permit&iacute;a la aprehensi&oacute;n de la forma musical a partir de las saliencias tonales&#151; conduce al desarrollo de oposiciones distintivas en niveles hasta entonces considerados como no pertinentes: el de los timbres (llamado <i>orden fon&eacute;tico)</i><sup><a href="#nota">5</a></sup> y el de la duraci&oacute;n y la velocidad <i>(orden ag&oacute;gico).</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; pues, pensar el acorde como unidad tensiva regida por el principio oposicional permite analizar, en el plano de la expresi&oacute;n, la formaci&oacute;n de las estructuras elementales y la narratividad que resulta de su despliegue sintagm&aacute;tico. En este sentido, pasando del lenguaje musical al lenguaje pl&aacute;stico, observaremos que el contraste, considerado por Greimas como <i>unidad sintagm&aacute;tica</i> del texto pl&aacute;stico, posee el mismo modo de constituci&oacute;n que el acorde musical. En efecto, en "Semi&oacute;tica figurativa y semi&oacute;tica pl&aacute;stica" <i>(Actes S&eacute;miotiques),</i> el contraste es definido como "la co&#45;presencia, sobre la misma superficie, de t&eacute;rminos opuestos (contrarios o contradictorios) de la misma categor&iacute;a pl&aacute;stica (o de unidades m&aacute;s vastas, organizadas de la misma manera)".<sup><a href="#nota">6</a></sup> Es sin duda en raz&oacute;n de su car&aacute;cter estructurante que el contraste permiti&oacute;, en el siglo XIX, la emergencia del nivel crom&aacute;tico como sistema semi&oacute;tico aut&oacute;nomo, en el marco del "paradigma de los colores <i>complementarios</i>"<sup><a href="#nota">7</a></sup> (es decir, en relaci&oacute;n de contraste radical). Siguiendo la homolog&iacute;a entre acorde y contraste, es posible incluso suponer que este &uacute;ltimo tambi&eacute;n comporta una narratividad inherente. As&iacute;, por ejemplo, Delaunay se sirve del movimiento vibratorio que resulta del contraste crom&aacute;tico para concebir obras que ponen en juego la velocidad (o el tempo) de los colores: la yuxtaposici&oacute;n de colores opuestos (complementarios) produce un movimiento lento, mientras que la yuxtaposici&oacute;n de colores pr&oacute;ximos (considerados por el pintor, justamente, como <i>disonantes)</i><sup><a href="#nota">8</a></sup> crea un movimiento r&aacute;pido; ambos tipos de movimiento pueden generar recorridos topol&oacute;gicos (verticales u horizontales).<sup><a href="#nota">9</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el &aacute;mbito de la poes&iacute;a, Claude Zilberberg muestra c&oacute;mo en Francia las reglas de la rima, durante la segunda mitad del siglo XIX, asocian claramente semejanza y diferencia: si las rimas deb&iacute;an ser ricas (seg&uacute;n el principio de similitud), era preciso evitar la rima entre lexemas pertenecientes a la misma familia gramatical y, de ser posible, hacer rimar lexemas antit&eacute;ticos (seg&uacute;n el principio de diferencia). De un modo m&aacute;s general, lo que Henri Meschonnic y G&eacute;rard Dessons llaman la <i>tendencia progresiva</i> del ritmo en el lenguaje<sup><a href="#nota">10</a></sup> provoca que el acento sea desplazado hacia el final de cada grupo r&iacute;tmico, de modo que la acentuaci&oacute;n de la &uacute;ltima s&iacute;laba supone la no&#45;acentuaci&oacute;n de las s&iacute;labas que la preceden. En la versificaci&oacute;n espa&ntilde;ola, la saliencia de las s&iacute;labas t&oacute;nicas dentro de la cadena r&iacute;tmica exige que &eacute;stas sean antecedidas por s&iacute;labas &aacute;tonas o con acentos de menor intensidad &#151;una norma que no existe sino como punto de referencia a partir del cual cada poema traza su propia <i>figura r&iacute;tmica.</i> Nos parece que este fen&oacute;meno elemental resulta del despliegue sintagm&aacute;tico de la unidad acentual m&iacute;nima de la poes&iacute;a, la cual, siguiendo el mismo principio que el acorde musical (y el contraste pl&aacute;stico), estar&iacute;a constituida por la reuni&oacute;n de dos t&eacute;rminos contrarios: una s&iacute;laba t&oacute;nica y una &aacute;tona (lo que en la versificaci&oacute;n antigua, de car&aacute;cter cuantitativo, se denominaba <i>pie</i> m&eacute;trico). Como en el caso de los lenguajes musical y pl&aacute;stico, una suerte de narratividad pros&oacute;dica estar&iacute;a contenida en esa estructura elemental del plano de la expresi&oacute;n que resulta de la oposici&oacute;n entre dos cualidades sensibles.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Volver con esta mirada a los textos que componen el presente volumen permite percibir su coherencia y su pertinencia al insistir, por un lado, en la continuidad entre la concepci&oacute;n musical del acorde y las dem&aacute;s acepciones y, por otro lado, en la tensi&oacute;n inherente al acorde mismo. Ahora bien, profundizando en las condiciones de estructuraci&oacute;n de esta unidad m&iacute;nima, la lectura de los distintos art&iacute;culos en relaci&oacute;n con la concepci&oacute;n que hemos propuesto del acorde, nos lleva a suponer la existencia de dos determinaciones fundamentales. La primera, de car&aacute;cter paradigm&aacute;tico, consistir&iacute;a en la existencia de una especie de <i>eje sem&aacute;ntico</i> o de <i>plano de pertinencia</i> que garantice la <i>comparatividad</i> o la <i>oposicionalidad</i> (aptitud para la comparaci&oacute;n o para la oposici&oacute;n) de los t&eacute;rminos implicados por el acorde. La segunda, de car&aacute;cter sintagm&aacute;tico, estar&iacute;a relacionada con la <i>clausura</i> como resultado del despliegue del acorde bajo la forma de un recorrido aspectual que, como lo hemos sugerido, ser&iacute;a homologable al recorrido narrativo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En lo que respecta al eje sem&aacute;ntico en torno al cual se estructura el acorde, retomando su acepci&oacute;n tem&aacute;tica (el acuerdo) S&eacute;mir Badir procede a la oposici&oacute;n entre dos sujetos cognitivos, buscando, por principio y a pesar de las disimilitudes, una base de comparaci&oacute;n: "el terreno de entendimiento entre Magritte y Wittgenstein ser&aacute; el del pensamiento". Del mismo modo, en el &aacute;mbito de las interacciones sociales, Juan Alonso reconoce la necesaria existencia de una contractualidad m&iacute;nima en toda forma de relaci&oacute;n pol&eacute;mica. Desarrollando una verdadera teor&iacute;a del acuerdo social, el mismo autor deduce de los distintos grados de oposici&oacute;n en torno a un eje fundamental una tipolog&iacute;a de las relaciones pol&eacute;mico&#45;contractuales. Seg&uacute;n lo que hemos designado como el principio oposicional, mientras m&aacute;s radical es la diferencia entre los t&eacute;rminos implicados, m&aacute;s pregnante es el acuerdo como base de la interacci&oacute;n &#151;en la coincidencia absoluta, el acuerdo en tanto contrato no s&oacute;lo se volver&iacute;a impl&iacute;cito, sino que terminar&iacute;a por desaparecer.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el &aacute;mbito filos&oacute;fico&#45;musical, acaso este eje sem&aacute;ntico est&eacute; asociado con el <i>tercer t&eacute;rmino</i> como condici&oacute;n de la armon&iacute;a plat&oacute;nica. En efecto, afirma C&eacute;sar Gonz&aacute;lez:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#91;...&#93; cuando Plat&oacute;n se refiere a la armon&iacute;a de las cosas, dice que para que dos cosas puedan conjuntarse es necesaria una tercera, un enlace intermedio que las conecte. Y el mejor de los enlaces es &eacute;se que une de manera m&aacute;s perfecta en la unidad a &eacute;l mismo y a las cosas que enlaza; y para efectuar esto de la mejor manera est&aacute; la propiedad natural de la proporci&oacute;n.</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, la dimensi&oacute;n sintagm&aacute;tica del acorde es abordada por No&eacute; Jitrik al asociarlo con un movimiento <i>hacia</i> que, en el texto literario, obedece a una <i>intenci&oacute;n</i> o a un <i>querer</i> concretados por un gesto. El acorde ser&iacute;a, entonces, el devenir de esta intenci&oacute;n que, modelada por obst&aacute;culos e interferencias, alcanza finalmente su destino. Si la poes&iacute;a de corte cl&aacute;sico tiende a realizar esta suerte de clausura aspectual de manera concomitante en los distintos planos que la constituyen, nos parece que la poes&iacute;a de corte barroco lo har&iacute;a s&oacute;lo en alguno(s) de esos planos, y de manera discordante &#151;por ejemplo, el encabalgamiento en poes&iacute;a supone la no&#45;clausura del nivel sint&aacute;ctico, y al mismo tiempo la no&#45;coincidencia entre este &uacute;ltimo y el nivel pros&oacute;dico. Sobre esta base, podemos imaginar que la <i>literatura de la disonancia</i> sobre la cual se interroga No&eacute; Jitrik ser&iacute;a un recorrido aspectual sin polo terminativo: una incoatividad ininterrumpida.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para concluir con estas p&aacute;ginas introductorias, quisi&eacute;ramos poner en evidencia el hecho de que la problem&aacute;tica del acorde ha llevado a pensar los modos de relaci&oacute;n significante (est&eacute;ticos, sociales y cognitivos) en su dimensi&oacute;n f&oacute;rica y tensiva. Este fen&oacute;meno se relaciona probablemente con el fundamento sensible al cual remite el concepto mismo de <i>acorde,</i> sobre todo en su acepci&oacute;n musical. Es por ello que hemos considerado necesario volver a este &uacute;ltimo &aacute;mbito, en busca de una definici&oacute;n del acorde capaz de dar cuenta de la tensi&oacute;n que en &eacute;l subyace. Generalizando las observaciones realizadas al respecto, hemos sugerido la posibilidad de abordar la formaci&oacute;n de las estructuras elementales en el plano de la expresi&oacute;n, con una cierta independencia del plano del contenido, aunque a partir de los mismos mecanismos que lo estructuran. Esta intuici&oacute;n se acerca a aquella que manifiesta Luiz Tatit en el art&iacute;culo aqu&iacute; publicado, al trazar la historia de las estructuras elementales de la significaci&oacute;n para luego proponer su analog&iacute;a con el concepto de acorde musical.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Permaneciendo en la perspectiva est&eacute;sica, no nos queda m&aacute;s que recordar que el acorde es, sobre todo, una tensi&oacute;n perceptible y percibida cuyo despliegue sintagm&aacute;tico supone tambi&eacute;n un recorrido t&iacute;mico y corporal. Al escuchar un acorde musical (ya se trate de un agregado o de un acorde tonal), el cuerpo entero se ve implicado en una narratividad potencial. Puesto en sintagma, el acorde produce el efecto de un <i>ir hacia</i> (en t&eacute;rminos de Jitrik) que anticipa un encuentro o una prensi&oacute;n que podr&iacute;amos considerar como de orden t&aacute;ctil. Si el acorde es esa resoluci&oacute;n que clausura el recorrido, es tambi&eacute;n la espera (el acomodo, la negociaci&oacute;n) que, de disonancia en disonancia, bien puede prolongarse de modo indefinido. Pero acaso todo lo que aqu&iacute; se dice ya hab&iacute;a sido anticipado por Verlaine en versos cuya entonaci&oacute;n nost&aacute;lgica crea la necesaria atm&oacute;sfera para una escucha profunda:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Velados cantos de cuernos lejanos donde la suavidad    <br> 		De los sentidos abraza el temor del alma con acordes    <br> 		Armoniosamente disonantes en la ebriedad.<sup><a href="#nota">11</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2"><i>Ver&oacute;nica Estay Stange    <br></i> <i>Ra&uacute;l Dorra</i></font></p>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup>&nbsp;Arnold Sch&ouml;nberg, <i>Trait&eacute; d'harmonie</i> &#91;1911&#93;, J.&#45;C. Latt&egrave;s, Par&iacute;s, 1983, p. 413 &#91;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953935&pid=S1665-1200201300020000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->En esta cita y las siguientes la traducci&oacute;n es nuestra&#93;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup>&nbsp;<i>Loc. cit.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> <i>Ibid,</i> p. 40.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup>&nbsp;<i>Ibid.,</i> p. 50.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup>&nbsp;<i>Cf.</i> Fran&ccedil;oise Gervais, <i>Pr&eacute;cis d'analyse musicale,</i> Paris, Honor&eacute; Champion, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953940&pid=S1665-1200201300020000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup>&nbsp;&#171;S&eacute;miotique figurative et s&eacute;miotique plastique&#187; <i>Actes S&eacute;miotiques&#45;Documents,</i> Paris, Institut National de la Langue Fran&ccedil;aise, VI, 60, 1984, pp. 18&#45;19.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953942&pid=S1665-1200201300020000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup>&nbsp;<i>Cf.</i> Georges Roque, <i>Art et science de la couleur. Chevreul et les peintres, de Delacroix &agrave; l'abstraction,</i> Par&iacute;s, Gallimard, 2009.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953944&pid=S1665-1200201300020000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup>&nbsp;V&eacute;ase la carta de Delaunay a Mademoiselle de Bonin, Louveciennes, 1913: "Hay movimiento de colores en su contraste simult&aacute;neo. &#91;...&#93; Hay cualidades de movimiento de los colores de todas fuerzas: los movimientos <i>lentos,</i> de los complementos, los movimientos <i>r&aacute;pidos,</i> de las disonancias." Robert Delaunay, <i>Du cubisme &agrave; l'art abstrait,</i> Par&iacute;s, Biblioth&egrave;que g&eacute;n&eacute;rale de l'&Eacute;cole Pratique des Hautes &Eacute;tudes, VI<sup>e</sup> section, SEVPEN, 1957, p. 184.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953946&pid=S1665-1200201300020000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup>&nbsp;El propio pintor afirma: "Despu&eacute;s de los contrastes verticales y horizontales de los colores en <i>Les Fen&ecirc;tres</i> &#91;...&#93; ven&iacute;a la &eacute;poca de los <i>Disques</i> y <i>Soleils,</i> es decir la &eacute;poca circular. Donde el color es utilizado en su sentido giratorio: la forma se desarrolla en el ritmo circular din&aacute;mico del color." <i>Ibid.,</i> p. 7.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup>&nbsp;G&eacute;rard Dessons y Henri Meschonnic, <i>Trait&eacute; du rythme. Des vers et des proses,</i> Par&iacute;s, Dunod, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953949&pid=S1665-1200201300020000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> "Des chants voil&eacute;s de cors lointains o&ugrave; la tendresse / Des sens &eacute;treint l'effroi de l'&acirc;me en des accords / Harmonieusement dissonants dans l'ivresse". Paul Verlaine "Nuit du Walpurgis classique", "Eaux&#45;Fortes", IV, en <i>Po&egrave;mes saturniens.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9953951&pid=S1665-1200201300020000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></font></p>      ]]></body><back>
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