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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La justicia de Dios: La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Antonio Rubial, <i>La justicia de Dios. La violencia f&iacute;sica y simb&oacute;lica de los santos en la historia del cristianismo</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Mart&iacute;n R&iacute;os Saloma</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Madrid&#45;M&eacute;xico, Trama Editorial&#45;Educaci&oacute;n y Cultura. Asesor&iacute;a y Promoci&oacute;n, SC, 2011, 265 p.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Matadlos a todos, que Dios reconocer&aacute; a los suyos". Fue con estas palabras con las que en 1209 el delegado papal Arnaud Amaury justific&oacute; el asalto violento del ej&eacute;rcito cruzado en contra de la poblaci&oacute;n de B&eacute;ziers en el marco de la cruzada contra los albigenses organizada por el papa Inocencio III y el rey de Francia, Felipe Augusto. El sitio termin&oacute; con la vida de unas 8 000 personas y sembr&oacute; el terror en toda la regi&oacute;n occitana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este episodio puede considerarse el momento culminante del desarrollo de una serie de teor&iacute;as destinadas a construir la identidad de Europa occidental como una sociedad cristiana en permanente lucha contra los enemigos externos (paganos e infieles) y los enemigos internos (herejes y jud&iacute;os), tal y como lo han estudiando Dominique Iogna&#45;Prat y Roger Moore. La acci&oacute;n de los ej&eacute;rcitos comandados por Sim&oacute;n de Montfort y bendecidos por Amaury pon&iacute;a en evidencia en qu&eacute; medida la Reforma iniciada por Nicol&aacute;s II e impulsada por Gregorio VII en el siglo XI destinada a supeditar a los poderes terrenales hab&iacute;a logrado desarrollarse con &eacute;xito y hasta qu&eacute; punto la Iglesia se
hab&iacute;a hecho con el monopolio de la violencia dentro de la sociedad medieval, pero tambi&eacute;n muestra un continuo entre la forma de ejercer esa violencia, puesto que la toma de Jerusal&eacute;n por el ej&eacute;rcito cruzado y el sitio de B&eacute;ziers pueden considerarse aut&eacute;nticas masacres justificadas por ser designio de la voluntad divina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Asistimos as&iacute; a la formaci&oacute;n de una paradoja doctrinal: el Dios de la paz y el amor del Nuevo Testamento utiliza la violencia precisamente para lograr el restablecimiento de la paz, pero tambi&eacute;n para garantizar un orden moral y social.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ser&aacute; esta paradoja el objeto de estudio del libro <i>La justicia de Dios. La violencia f&iacute;sica y simb&oacute;lica de los santos en la historia del cristianismo,</i> del doctor Antonio Rubial Garc&iacute;a, profundo conocedor de la Edad Media y de la &eacute;poca moderna y en particular de los temas relacionados con la religi&oacute;n y la santidad. Con el rigor, la erudici&oacute;n y la buena pluma que le caracterizan, el maestro aborda de manera original el viejo y dif&iacute;cil problema de la sacralizaci&oacute;n de la violencia y sus consecuencias pr&aacute;cticas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El texto est&aacute; dividido en tres partes en las que se analizan otras tantas problem&aacute;ticas, a saber: la guerra, la justicia y el martirio. Si bien es cierto que, como el propio autor se&ntilde;ala, sobre estos temas han corrido r&iacute;os de tinta y cientos de folios a lo largo de los &uacute;ltimos doscientos a&ntilde;os s&oacute;lo en el &aacute;mbito de la historiograf&iacute;a acad&eacute;mica, Rubial analiza las problem&aacute;ticas mencionadas a partir de tres nuevos enfoques que logran construir una interpretaci&oacute;n ciertamente novedosa: el primero consiste en utilizar en sentido amplio la palabra "santo" y no limitar su uso a quienes fueron canonizados por la Iglesia; el segundo consiste en analizar la violencia desde
los propios marcos referenciales de la sociedad medieval y el sentido de justicia que le era inherente; el tercer postulado pretende no limitar el an&aacute;lisis a los aspectos institucionales o jur&iacute;dicos de la problem&aacute;tica sino, antes bien, analizar los elementos que constituyen la violencia simb&oacute;lica, concepto que el autor retoma de Pierre Bordieu y que define como "la aceptaci&oacute;n de los c&oacute;digos de violencia por parte de los fieles como algo dado y que no puede ser de otra manera". En este sentido, "los eclesi&aacute;sticos reflejan en sus escritos e im&aacute;genes el mundo de violencia en el que viven", raz&oacute;n por la cual Rubial presta especial atenci&oacute;n a las "opiniones, im&aacute;genes, pr&aacute;cticas, signos, gestos y an&eacute;cdotas
literarias" construidas en torno a la santidad, puesto que con ellas se recrea continuamente el orden establecido y se refuerza la idea de que es un orden querido por Dios (p. 17&#45;19).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A estos enfoques novedosos, se a&ntilde;ade una virtud poco frecuente entre los estudiosos de ambos lados del Atl&aacute;ntico que se dedican a la Edad Media y la modernidad y que me parece digna de subrayarse. Se trata del hecho de que nuestro maestro no constri&ntilde;e su estudio a los l&iacute;mites cronol&oacute;gicos que tradicionalmente se han impuesto a la Edad Media, sino que retrotrae su trabajo a la antig&uuml;edad tard&iacute;a con el objetivo de analizar en la patr&iacute;stica el germen de las ideas sobre la violencia sagrada y lo proyecta hasta el siglo XVIII con la finalidad de estudiar c&oacute;mo y en qu&eacute; medida los discursos, las im&aacute;genes y las pr&aacute;cticas sobre la violencia sagrada se implementaron en el
imperio espa&ntilde;ol en general y en la Nueva Espa&ntilde;a en particular, en un estudio de muy larga duraci&oacute;n. En este sentido, sorprende la vigencia de los elementos originarios que conforman la violencia simb&oacute;lica a lo largo de trece siglos a pesar de sus continuas transformaciones y reactualizaciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La laicizaci&oacute;n de la sociedad iniciada a partir de la Ilustraci&oacute;n y la Revoluci&oacute;n Francesa transformar&iacute;a profundamente los valores del mundo occidental de manera tal que hoy en d&iacute;a lo pol&iacute;tico y lo sagrado pertenecen a esferas distintas y por lo tanto, en palabras del autor, aunque utilicemos las mismas palabras para referirnos a los conceptos de justicia, injusticia, violencia o santidad, sus significados ya no son los mismos. En este sentido, el libro de Antonio Rubial que hoy presentamos es tambi&eacute;n un llamado a los historiadores y a los cient&iacute;ficos sociales en general para evitar caer en el anacronismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer cap&iacute;tulo, intitulado <i>La guerra sagrada,</i> se halla dividido en cuatro apartados. En el primero Rubial analiza los procesos de sacralizaci&oacute;n del poder pol&iacute;tico remiti&eacute;ndose a los or&iacute;genes b&iacute;blicos de esta idea y estudiando con detenimiento los estrechos v&iacute;nculos desarrollados entre la Iglesia y el Imperio a lo largo de la alta y la plena Edad Media, deteni&eacute;ndose particularmente en las figuras de Constantino, Teodosio, Carlomagno, Ot&oacute;n III y Federico Barbarroja, as&iacute; como en las de algunos monarcas de regiones fronterizas con el imperio bizantino y el propio San Luis. En el segundo apartado estudia con detenimiento el proceso por medio del cual las teor&iacute;as
desarrolladas por Cicer&oacute;n, San Agust&iacute;n, Isidoro de Sevilla y Tom&aacute;s de Aquino en torno a la guerra justa se combinaron con aquellas desarrolladas por la congregaci&oacute;n de Cluny a partir del siglo X y los movimientos de la paz y tregua de Dios que buscar&iacute;an transformar a la nobleza en una <i>Militia Dei</i> o <i>Militia Christi</i> que luchar&iacute;a a favor de la <i>Ecclesia,</i> es decir, de la comunidad sacramental de los fieles para defenderla del pecado. En este marco y subrayando las continuidades a lo largo de la &eacute;poca moderna, el autor refiere que Mendieta equiparar&iacute;a a Cort&eacute;s con Mois&eacute;s por considerar que el capit&aacute;n extreme&ntilde;o hab&iacute;a liberado al pueblo ind&iacute;gena de la esclavitud de la idolatr&iacute;a
(p. 59). El tercer apartado analiza precisamente c&oacute;mo las teor&iacute;as sobre la guerra santa se materializaron en la cruzada. Recuperando los sermones de Urbano II y los escritos de Bernardo de Claraval, particularmente su <i>De laude novae militiae,</i> Rubial analiza c&oacute;mo en el marco de la Reforma gregoriana y el auge de los cluniacenses la Iglesia demoniz&oacute; y deshumaniz&oacute; a sus enemigos y, por lo tanto, estuvo en condiciones de eliminarlos puesto que por su naturaleza bestial no pod&iacute;an ser considerados como hijos de Dios. Este proceso se enmarcaba, adem&aacute;s, dentro de la acci&oacute;n pol&iacute;tica de Gregorio VII que pretend&iacute;a erigirse como la m&aacute;xima autoridad de la <i>Ecclesia</i> y supeditar el poder imperial, de manera tal que la
cruzada impulsada por Urbano II no ser&iacute;a otra cosa que la materializaci&oacute;n de las ideas de los gregorianos sobre la supremac&iacute;a pontificia. As&iacute;, la <i>Militia Dei</i> acabar&iacute;a convirti&eacute;ndose en una <i>Militia sancti Petri</i> cuya misi&oacute;n ser&iacute;a defender los intereses de la Santa Sede. La perversi&oacute;n de la idea de cruzada en el siglo XIII y un nuevo intento por parte de Inocencio III para afirmar la supremac&iacute;a papal frente a las monarqu&iacute;as europeas, que se hallaban en pleno proceso de consolidaci&oacute;n, llevar&iacute;a a la cruzada albigense &#45;la primera cruzada en territorio europeo en contra de cism&aacute;ticos, a la matanza de B&eacute;ziers y a la derrota de Pedro II de Arag&oacute;n en la batalla de Muret el
12 de septiembre de 1213 a la que hac&iacute;amos alusi&oacute;n al inicio de este escrito. Junto a Tierra Santa y el Languedoc, la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica ser&iacute;a escenario primer&iacute;simo de la idea cruzadista: desde el siglo VIII los musulmanes se hab&iacute;an hecho con el control de la mitad meridional del territorio y a partir de la conquista de Toledo en 1085, por Alfonso VI de Castilla, avanzar&iacute;a lentamente sobre las tierras fronterizas apoyada en el arsenal ideol&oacute;gico aportado por el nuevo arzobispo toledano, Bernardo, un cluniacense cuya misi&oacute;n era desterrar el ritual moz&aacute;rabe y sujetar a Hispania al rito y a los intereses romanos. Las conquistas de C&oacute;rdoba y Sevilla realizadas por Fernando III ya en el siglo XIII ser&iacute;an presentadas
tambi&eacute;n como aut&eacute;nticas cruzadas, as&iacute; como la guerra contra el emirato de Granada desarrollada por los Reyes Cat&oacute;licos entre 1482 y 1492. La &uacute;ltima cruzada llevada a cabo por Espa&ntilde;a ser&iacute;a la campa&ntilde;a naval contra los turcos que culmin&oacute; con el triunfo de las armas cristianas en Lepanto y, a decir del autor, "La Santa Cruzada se vaci&oacute; de Sentido y s&oacute;lo restar&iacute;a como recuerdo la llamada Bula de Cruzada". En el &uacute;ltimo apartado nuestro autor realiza un recorrido hagiogr&aacute;fico e iconogr&aacute;fico sobre aquellos santos que dejaron de ser m&aacute;rtires y se convirtieron en santos guerreros que continuamente apoyaron a los ej&eacute;rcitos cristianos en contra de sus enemigos; en estas p&aacute;ginas
Santiago Matamoros y san Miguel tienen un lugar protag&oacute;nico como no puede ser de otra manera y Rubial no deja de analizar la vigencia del primero y sus usos a lo largo del proceso de conquista de la Nueva Espa&ntilde;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo cap&iacute;tulo lleva por t&iacute;tulo <i>La justicia implacable</i> y en &eacute;l se analizan las m&uacute;ltiples v&iacute;as que ten&iacute;a Dios para hacer cumplir su justicia. La primera de ellas, tema del primer apartado, era la venganza de los santos, quienes pod&iacute;an hacer que sus verdugos sufrieran castigos corporales e incluso pod&iacute;an provocar la muerte de los pecadores. En cualquier caso, Rubial subraya el papel intercesor de los santos &#45;y sus reliquias&#45; y de la Virgen para contener la ira divina. Por ello las vidas de los santos, condensadas en la leyenda dorada, formaron parte integral de la liturgia, pues impon&iacute;an modelos de vida y comportamiento que garantizaban la continuidad del orden
establecido. En el segundo apartado Rubial analiza los discursos eclesi&aacute;sticos contra los jud&iacute;os, los homosexuales y las mujeres. Los primeros fueron objeto de ataque por su contumaz incredulidad y por ser considerados como el pueblo deicida. En su caso el discurso se materializ&oacute; en pr&aacute;cticas de segregaci&oacute;n, despojo, se&ntilde;alamientos o matanzas que fueron desarrolladas a partir del siglo XI como consecuencia de la definici&oacute;n de la sociedad medieval como una sociedad cristiana. Menos agresivas f&iacute;sicamente, las pol&eacute;micas teol&oacute;gicas en contra de los jud&iacute;os contribuyeron a fortalecer lo que autores como Iogna&#45;Prat han denominado violencia intelectual. El siglo XIV volver&iacute;a a ser testigo de un recrudecimiento en
contra de las comunidades jud&iacute;as, particularmente las de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica. En el caso de la homosexualidad, Rubial se&ntilde;ala que la condena se basa en los textos b&iacute;blicos referentes a los habitantes de Sodoma y Gomorra y su destrucci&oacute;n por el fuego, as&iacute; como en la condena expl&iacute;cita contenida en Lev&iacute;ticos, y su prohibici&oacute;n por parte de la Iglesia signific&oacute; una ruptura de gran calado cultural respecto del mundo grecorromano. Sin embargo, el autor se&ntilde;ala que la persecuci&oacute;n efectiva de tales pr&aacute;cticas no se dio sino hasta el siglo XII. Por lo que respecta al discurso contra las mujeres, este obedece en realidad a una herencia greco&#45;latina que se reformul&oacute; en los textos de san Pablo y los
padres de la Iglesia, con Agust&iacute;n a la cabeza, en los que se consideraba que al probar el fruto del &aacute;rbol prohibido y ofrecerlo a Ad&aacute;n &eacute;sta era la encarnaci&oacute;n del pecado, que en la mayor&iacute;a de las veces se asoci&oacute; al pecado sexual que eliminaba la pureza del cuerpo y del alma. Sin embargo en el siglo XI surgi&oacute; una lenta revaloraci&oacute;n de la mujer que se materializ&oacute; en la promoci&oacute;n de la figura de la Virgen como madre de Cristo, reina del cielo, protectora del ser humano e intercesora favorecida por el propio Dios. El tercer apartado est&aacute; consagrado a la Inquisici&oacute;n, uno de los temas de especialidad del autor y en el cual analiza tanto los or&iacute;genes de la Inquisici&oacute;n papal como del tribunal del
Santo Oficio en &eacute;poca de los Reyes Cat&oacute;licos y su instauraci&oacute;n en la Am&eacute;rica Hispana. La Inquisici&oacute;n fue un eficaz tribunal destinado a extirpar la herej&iacute;a y destruir el error y se consideraban como her&eacute;ticas todas aquellas ideas, pr&aacute;cticas sociales y pr&aacute;cticas lit&uacute;rgicas que se apartaban de lo estipulado por Roma. Formulada por primera vez la dogm&aacute;tica en el Concilio de Nicea del 325, Gregorio VII la resignificar&iacute;a en su c&eacute;lebre <i>Dictatus Pape,</i> en la que se establec&iacute;a que no pod&iacute;a considerarse cat&oacute;lico a quien no segu&iacute;a los designios de Roma <i>(XXVI. Quod catholicus non habeatur, qui non concordat Romane ecclesie).</i> La primera vez que se puso en marcha un proceso
inquisitorial fue en el marco de la cruzada contra los albigenses y aquellos que fueron hallados culpables fueron entregados al fuego purificador. Rubial se cuida de se&ntilde;alar las diferencias entre la Inquisici&oacute;n medieval y la Inquisici&oacute;n moderna y de subrayar el importante papel social y pol&iacute;tico que &eacute;sta &uacute;ltima cumpli&oacute; en el mundo hispano y de matizar el uso que hicieron los tribunales de la violencia, pues aunque hubo varios momentos en que los herejes fueron quemados, en la mayor&iacute;a de los casos la violencia se ejerc&iacute;a a trav&eacute;s de azotes y distintas penitencias. Tambi&eacute;n insiste en el hecho de que la brujer&iacute;a fue una invenci&oacute;n de la &eacute;poca moderna, que en el mundo hispano fue un fen&oacute;meno
poco frecuente y que las brujas no fueron procesadas por la Inquisici&oacute;n, sino por tribunales civiles. El &uacute;ltimo apartado del cap&iacute;tulo est&aacute; consagrado a la violencia infernal y a ofrecer, en funci&oacute;n de los textos y la iconograf&iacute;a, una precisa descripci&oacute;n del infierno y el purgatorio y un cat&aacute;logo de los tormentos a los que eran sometidos los pecadores, relacionando su concepci&oacute;n al contexto hist&oacute;rico en el que fueron pensados estos lugares como forma de controlar a los fieles a trav&eacute;s del terror psicol&oacute;gico.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El &uacute;ltimo cap&iacute;tulo est&aacute; consagrado a estudiar el cuerpo victimado y es, hasta donde tengo noticias, uno de los pocos trabajos destinados a analizar la violencia o la autoviolencia que de muy distintas formas se ejercieron sobre el cuerpo humano si exceptuamos la literatura penitencial. La base de la reflexi&oacute;n teol&oacute;gica fue, por supuesto, el propio sacrificio de Cristo que ofreci&oacute; su sangre y su carne para la redenci&oacute;n de la humanidad. En consecuencia y frente al disfrute de la vida, de los placeres mundanos y del cuerpo, la Iglesia primitiva, heredera en cierto sentido de las corrientes estoicas de la tardoantig&uuml;edad, impuso la renuncia al cuerpo y el martirio, la penitencia y la flagelaci&oacute;n
como medio de salvaci&oacute;n del alma. Rubial se&ntilde;ala la naturaleza de la agresi&oacute;n que el martirio signific&oacute; denomin&aacute;ndolo suicidio. As&iacute;, frente a la apolog&eacute;tica desarrollada a lo largo de la Edad Media y la &eacute;poca moderna, desarrollada en la hagiograf&iacute;a y la iconograf&iacute;a a favor del martirio, nuestro autor pone de manifiesto su violencia y se&ntilde;ala que las primeras comunidades cristianas lo rechazaron por atentar precisamente contra la vida. Sin embargo, a partir de las persecuciones de Diocleciano el martirio se impuso como un veh&iacute;culo privilegiado para alcanzar la santidad. Tras un decaimiento como consecuencia de la aceptaci&oacute;n del cristianismo en el siglo IV, la Edad Media conoci&oacute; cuatro etapas en las
que de nuevo se recuper&oacute; esta forma: los siglos VIII y IX en los que se evangeliz&oacute; Sajonia; el siglo X cuando algunos cristianos predicaron en contra del Islam en territorio Andalus&iacute;; los siglos XIII y XIV cuando los franciscanos comenzaron a predicar en el norte de &Aacute;frica; la &uacute;ltima ser&iacute;a el siglo XVI, cuando diversos misioneros se embarcaron hacia Am&eacute;rica, Filipinas, China y Jap&oacute;n con el fin de llevar el evangelio a las poblaciones nativas y, como es bien sabido, muchos de ellos murieron a manos de sus oidores. Frente a los m&aacute;rtires que alcanzaron oficialmente la santidad, Rubial dedica un apartado a aquellos m&aacute;rtires que por diversas razones no ascendieron a los altares, mostrando con ello la ambig&uuml;edad de la pr&aacute;ctica
y subrayando el hecho que siempre fue dif&iacute;cil distinguir entre la santidad y el suicidio y que la Iglesia se cuid&oacute; muy mucho de ser la &uacute;nica capacitada para reconocer y sancionar la santidad. En muchos casos, los m&aacute;rtires novohispanos del siglo XVIII no alcanzaron la santidad, pero s&iacute; crearon un nuevo modelo de m&aacute;rtir que demand&oacute; un nuevo victimario: los indios salvajes del norte. El tercer apartado est&aacute; dedicado a las pr&aacute;cticas asc&eacute;ticas y la violencia autoinfligida a trav&eacute;s de los ayunos, el uso de cilicios, las vigilias, las oraciones prolongadas, los ba&ntilde;os de agua fr&iacute;a, la ingesti&oacute;n de alimentos inmundos, la aceptaci&oacute;n de la enfermedad hasta la muerte y las humillaciones que recreaban
el propio sufrimiento de Cristo. A veces como pr&aacute;cticas colectivas y a veces como pr&aacute;cticas individuales, la mortificaci&oacute;n fue una manera de preparar la comuni&oacute;n con Dios o de buscar su perd&oacute;n. El cap&iacute;tulo se cierra con un apartado destinado a aquellos santos elegidos por Dios y en cuyas representaciones la violencia ejerci&oacute; un papel central, como santa Teresa, cuyo coraz&oacute;n fue traspasado por una flecha que la condujo al arrobo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro de Antonio Rubial se cierra con un ep&iacute;logo en el que se&ntilde;ala que "la asimilaci&oacute;n de discursos violentos en el cristianismo del Antiguo R&eacute;gimen respond&iacute;a a una situaci&oacute;n pol&iacute;tica y social y el &eacute;xito de su recepci&oacute;n se debi&oacute; a que manejaba un c&oacute;digo que todos los occidentales comprend&iacute;an." La violencia, a&ntilde;ade, "formaba parte de la vida cotidiana" y "la precariedad de la vida cotidiana daba al cuerpo un valor distinto al que nosotros le otorgamos" (p. 247).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quisiera cerrar la lectura con una idea a la que vengo dando vueltas desde hace tiempo. La historiograf&iacute;a m&aacute;s tradicional pretende que el siglo XV signific&oacute; una ruptura con respecto a los siglos anteriores y el concepto de Renacimiento ha distorsionado nuestra visi&oacute;n sobre los procesos hist&oacute;ricos pretendiendo que hubo un corte radical en el desarrollo de Occidente a partir del siglo XV. El libro de Antonio Rubial, <i>La justicia de Dios,</i> muestra con claridad que los procesos culturales iniciados en el siglo XI se mantuvieron y se proyectaron hasta el siglo XVIII y la religi&oacute;n se mantuvo como el principal marco referencial de Occidente. Mucho avanzar&iacute;a la ciencia hist&oacute;rica si en vez
de presentar el siglo XV como un periodo de rupturas fuera considerado como una &eacute;poca de transformaciones. El reto de los historiadores consiste en calibrar las rupturas y las innovaciones, pero tambi&eacute;n en ponderar y explicar las continuidades que hunden sus ra&iacute;ces en la und&eacute;cima centuria y que acabar&iacute;an definiendo al mundo moderno. En este sentido el texto de Rubial apuntala la tesis de Jacques Le Goff, quien a lo largo de su trayectoria invoc&oacute; una "larga Edad Media" que se extend&iacute;a hasta el siglo XVIII.</font></p>      ]]></body>
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