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</front><body><![CDATA[  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>In memoriam</b></i> <b>Richard E. Greenleaf (1930&#45;2011). Acad&eacute;mico completo, gran Maestro y hombre excepcional</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jorge E. Traslosheros</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es asunto por dem&aacute;s conocido que el t&iacute;tulo de doctor lo otorgan las universidades. Sin embargo, ninguno de los t&iacute;tulos que otorgan las universidades se compara con el m&aacute;s grande reconocimiento que pueda recibir en su vida un acad&eacute;mico. Me refiero al que solamente los alumnos, a trav&eacute;s de los a&ntilde;os, otorgan a sus docentes y es el de Maestro. No el de maestr&iacute;a tan propio de las universidades, sino el de Maestro con may&uacute;scula. Esto quiere decir que una persona se ha desempe&ntilde;ado con sabidur&iacute;a a lo largo de su vida y lo ha dejado plasmado as&iacute; en sus grandes conocimientos, como en su sentido profundo de humanidad. Las palabras que ahora escribo quieren ser un homenaje a quien considero mi querido Maestro: el doctor Richard E. Greenleaf. Un reconocimiento por necesidad limitado e incompleto, m&aacute;s no por ello menos verdadero.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Conoc&iacute; al doctor Greenleaf mucho antes de verle en persona. Le conoc&iacute; leyendo su historia de la Inquisici&oacute;n en la Nueva Espa&ntilde;a durante el siglo XVI y, posteriormente, sus estudios sobre Zum&aacute;rraga. Qued&eacute; prendado de la sencillez de su historiograf&iacute;a. Acostumbrado a los laberintos historiogr&aacute;ficos de los a&ntilde;os setentas y ochentas, leer tanta frescura me result&oacute; sorprendente y apasionante. De repente ten&iacute;a en mis manos un estudio que dejaba claro lo que el autor quer&iacute;a decir y las ideas quedaban en su lugar. La lectura de estos libros consolid&oacute; lo que ya entonces, biso&ntilde;o historiador, se asomaba como una vocaci&oacute;n para m&iacute;: la historia judicial en materia religiosa, de manera m&aacute;s concreta, el estudio del provisorato, audiencia eclesi&aacute;stica o simplemente tribunal eclesi&aacute;stico ordinario.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A&ntilde;os despu&eacute;s, no muchos debo decirlo, me naci&oacute; el deseo profundo de estudiar un doctorado en Estados Unidos. &iquest;Por qu&eacute; el pa&iacute;s del norte? Es una pregunta que, hasta la fecha, no he podido responder. Supongo que era premonici&oacute;n o destino. Acaso desatino. Como sea, fue una intuici&oacute;n de la cual me dej&eacute; llevar. Empec&eacute; a buscar un lugar donde acogieran el tipo de investigaci&oacute;n que yo quer&iacute;a realizar, sin mayor suerte. El tema del provisorato era, por decirlo de alguna manera, tan extravagante como desconocido. Mis esfuerzos encontraron el apoyo de dos hombres cuya generosidad ha sido notable en diversos momentos y por la cual les vivo agradecido. Pregunt&eacute; primero al doctor Brian Connaughton quien, sin m&aacute;s, me puso en contacto con el doctor William Taylor y &eacute;ste, a su vez, me dirigi&oacute; hacia el doctor Greenleaf. Sin pensarlo mucho le escrib&iacute; como pude, con ayuda de mi hermano Gerardo dicho sea en justicia. Le expliqu&eacute; mis inquietudes y deseos. Mi carta la consider&eacute; una botella en el mar que, al poco tiempo, lleg&oacute; a una playa donde una mano generosa la levant&oacute;. Esa mano fue la del doctor Greenleaf.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">No hab&iacute;an pasado muchas semanas cuando recib&iacute; un fax. Se me otorgaba una beca por parte del Stone Center for Latin American Studies para cursar el doctorado. La investigaci&oacute;n sobre el provisorato estaba en la mira del doctor Greenleaf y yo era el primer loco que se atravesaba en su camino con ganas de llevarla a cabo. Ni en mis m&aacute;s ilusionados sue&ntilde;os hubiera imaginado algo as&iacute;. Fue la primera muestra, entre muchas m&aacute;s que vendr&iacute;an, de la generosidad que le caracteriz&oacute; y de la cual doy testimonio fiel en estas breves l&iacute;neas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi primer encuentro con el doctor Greenleaf ha sido inolvidable. Detr&aacute;s de su gran escritorio, en una oficina por dem&aacute;s sencilla, estaba sentado este hombre mayest&aacute;tico portador de gran sentido del humor y habilidad excepcional para contar peque&ntilde;as historias. Sab&iacute;a escuchar en forma tal que, con especial intuici&oacute;n, comprend&iacute;a a la primera las necesidades de sus estudiantes, en este caso, mis necesidades. Desde entonces fui con regularidad en busca de sus consejos y orientaciones que culminaron con mi tesis doctoral sobre la Audiencia del Arzobispado de M&eacute;xico. Sus ense&ntilde;anzas las administraba en dosis peque&ntilde;as y constantes hasta configurar un largo proceso de aprendizaje. Sus ideas y observaciones me siguen acompa&ntilde;ando y, como docente universitario, me toca transmitirlos a mis alumnos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el aula era todo un profesor de estilo medieval, mejor a&uacute;n, al modo en que seguramente se desenvolv&iacute;an los doctores de la Nueva Espa&ntilde;a que, dicho sea de paso, era el h&aacute;bitat natural de mi Maestro. Su presencia mayest&aacute;tica se convert&iacute;a, as&iacute;, en virreinal. Orden, claridad y dominio del tema a tratar eran su caracter&iacute;stica. Jam&aacute;s improvisaba. Nunca le vi presentar una clase que no hubiera preparado al detalle. Para cuando recib&iacute; sus lecciones ya no pod&iacute;a mantenerse en pie durante mucho tiempo por problemas con una de sus rodillas, as&iacute; que daba la clase sentado en su escritorio. A los estudiantes de posgrado nos obligaba a desarrollar dos trabajos de investigaci&oacute;n al semestre, de los cuales ten&iacute;amos que entregar reporte escrito y oral frente a los dem&aacute;s compa&ntilde;eros. Su sola presencia impon&iacute;a, pero m&aacute;s su capacidad de cuestionar con fineza y certeza nuestros planteamientos. Guillermo de Ockham no lo hubiera hecho mejor. Con sus estudiantes manten&iacute;a una distancia acad&eacute;mica sembrada de generosidad. Por principio no escatimaba apoyo a sus alumnos; pero era severo con quien desafiaba su confianza. Al final, un trato muy justo. A lo largo de su vida dej&oacute; inobjetable testimonio de que sus alumnos eran su m&aacute;s grande prioridad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Su pasi&oacute;n por la vida universitaria llev&oacute; al doctor Greenleaf a convertirse en aut&eacute;ntico promotor de instituciones en M&eacute;xico y Estados Unidos. De ello dej&oacute; prueba en la Universidad de Nuevo M&eacute;xico, en la Universidad de las Am&eacute;ricas &#151;de la cual lleg&oacute; a ser decano&#151; y, por supuesto, en la Universidad de Tulane donde llev&oacute; al Stone Center for Latin American Studies a ocupar un lugar muy destacado entre los programas de su tipo en Estados Unidos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Richard E. Greenleaf es reconocido entre los historiadores por la serie de investigaciones que realiz&oacute; en torno a la figura de fray Juan de Zum&aacute;rraga y sobre la Inquisici&oacute;n de la Nueva Espa&ntilde;a durante el siglo XVI, con serias incursiones en el XVII. Sin embargo, hay que decirlo, realiz&oacute; notables trabajos en otras tem&aacute;ticas como, por ejemplo, las cofrad&iacute;as y los gremios. Con sus investigaciones puso a la historia judicial en sinton&iacute;a con la social y, dentro de &eacute;sta, la religiosa. As&iacute;, el Derecho y la Religi&oacute;n en su amplio y profundo sentido, retomaron el lugar que les corresponde como componentes centrales de la cultura no solamente del M&eacute;xico virreinal, pero tambi&eacute;n de la cultura occidental, como han demostrado muy diversas investigadores de la talla de Harold Berman, Keneth Pennington, Paolo Grossi y Paulo Prodi. Logr&oacute; plantar su propuesta historiogr&aacute;fica en M&eacute;xico en un momento complicado. En aquellos a&ntilde;os un marxismo de botica y sus derivados, as&iacute; como sus actuales herederos, quer&iacute;an mandar el Derecho y la Religi&oacute;n al basurero de las superestructuras ideol&oacute;gicas dedicadas a justificar la dominaci&oacute;n de clase. El doctor Greenleaf, sin entrar jam&aacute;s en est&eacute;riles debates y sin propon&eacute;rselo de manera expl&iacute;cita pues no formaba parte de su plan de trabajo, dej&oacute; bien sentado que estas dos realidades son parte integral del entramado social, no un reflejo sino parte sustantiva de la realidad sociocultural como lo son la econom&iacute;a, el pensamiento, la filosof&iacute;a y las tradiciones entre otros m&aacute;s. Comprend&iacute;a, sin estridencias, que la realidad hist&oacute;rica es sencillamente compleja, como lo es la humanidad que la genera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ten&iacute;a un secreto cuya aplicaci&oacute;n dio a sus investigaciones un nivel de calidad excepcional, el cual ha estado a la vista de todos aunque no siempre se ha comprendido. Se propuso realizar una historiograf&iacute;a apegada a un m&eacute;todo que &eacute;l mismo reconoc&iacute;a haber aprendido de su gran maestro France Vinton Scholes. Siempre ser&aacute; necesario partir de las fuentes, tratarlas con amabilidad y sabidur&iacute;a pues &eacute;stas, ubicadas en sus contextos precisos, nos permiten acercarnos de manera comprensiva al pasado y reconstruirlo cr&iacute;ticamente. El conocimiento hist&oacute;rico no es casualidad, ni asunto que se puede dejar abandonado al capricho de la libre interpretaci&oacute;n. Rigor metodol&oacute;gico e imaginaci&oacute;n son dos componentes que se necesitan como el calor y el fuego. Esta aseveraci&oacute;n y m&eacute;todo siguen siendo esenciales al trabajo de cualquier historiador, con independencia de sus filias y fobias. Ante la petulancia te&oacute;rica y metodol&oacute;gica propuso una historiograf&iacute;a eficaz, certera, sin pretensiones, trabajada con la humildad de un vi&ntilde;ador cuyos resultados, por lo general, resultan respetables si no es que sorprendentes. Su legado historiogr&aacute;fico dejar&aacute; huella por mucho tiempo. Con sus investigaciones abri&oacute;, por lo menos, dos puertas al futuro que &eacute;l siempre apreci&oacute; como complementarias. Por un lado, a la historiograf&iacute;a judicial en materia religiosa en su &iacute;ntima relaci&oacute;n con la sociedad, sin prejuicios ni ideolog&iacute;as. Por otro, a la etnohistoria. En ambos campos seguir&aacute; siendo a un tiempo pionero y referencia obligada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un aspecto reconocido en su trayectoria fue su gran amor por M&eacute;xico, pa&iacute;s donde vivi&oacute; gran parte de su juventud y al cual dedic&oacute; lo mejor de sus investigaciones. Quiero mencionar tan s&oacute;lo dos ejemplos. Cuando lleg&oacute; a la Universidad de Tulane no regate&oacute; apoyos hasta lograr formar una de las mejores bibliotecas en Estados Unidos sobre M&eacute;xico y Am&eacute;rica Latina, con sus sorprendentes colecciones documentales del M&eacute;xico virreinal en las cuales pas&eacute; horas invaluables de mi estancia en Tulane. El segundo ejemplo viene de una gesti&oacute;n personal con la Secretar&iacute;a de Educaci&oacute;n P&uacute;blica de M&eacute;xico a finales de los a&ntilde;os ochentas. Logr&oacute;, en conjunto con Tulane, que cada a&ntilde;o se otorgaran un n&uacute;mero generoso de becas para profesores mexicanos de universidades principalmente p&uacute;blicas, con el fin de estudiar maestr&iacute;a y doctorado en cualquiera de sus diversas facultades. Hoy existe una singular comunidad de egresados de la Universidad de Tulane en M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Richard E. Greenleaf fue un sobresaliente profesor, un eficaz promotor de instituciones y un investigador notable. A lo largo de su vida dej&oacute; claro testimonio de haber sido un hombre bueno, sabio y generoso. Quienes nos consideramos sus disc&iacute;pulos estamos obligados por honor, gratitud y cari&ntilde;o a transmitir a las siguientes generaciones sus grandes ense&ntilde;anzas. Estoy cierto que es la mejor forma de rendir tributo a quien fuera un acad&eacute;mico completo, gran Maestro y excepcional ser humano.</font></p>      ]]></body>
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