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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Isabel Cabrera y Carmen Silva (compiladoras), <i>La religi&oacute;n a trav&eacute;s de sus cr&iacute;ticos</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>H&eacute;ctor Islas Aza&iuml;s</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Instituto de Investigaciones Filos&oacute;ficas&#45;UNAM/Facultad de Filosof&iacute;a y Letras&#45;UNAM, M&eacute;xico, 2011, 269 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Filos&oacute;ficas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i> <a href="mailto:hector.islas@filosoficas.unam.mx">hector.islas@filosoficas.unam.mx</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La antolog&iacute;a <i>La religi&oacute;n a trav&eacute;s de sus cr&iacute;ticos</i> re&uacute;ne once textos que exploran un repertorio de ideas y valoraciones de pensadores considerados cl&aacute;sicos sobre la naturaleza, la justificaci&oacute;n y el lugar que ocupa (o deber&iacute;a ocupar) la religi&oacute;n en la cultura occidental. Dado el &eacute;xito editorial de algunos textos del llamado nuevo ate&iacute;smo, cuyas cr&iacute;ticas con frecuencia permanecen en lo anecd&oacute;tico y la pol&eacute;mica furibunda &#151;pi&eacute;nsese en obras como <i>God Is not Great: How Religion Poisons Everything</i> (2007) de Christopher Hitchens o en <i>The End of Faith: Religion, Terror, and the Future of Reason</i> (2004) de Sam Harris&#151;, es bueno adentrarse en un libro que, como &eacute;ste, exige una cabeza fr&iacute;a para repasar las opiniones y argumentos de algunos de los m&aacute;s grandes fil&oacute;sofos, psic&oacute;logos y soci&oacute;logos que son en buena medida responsables de la autocomprensi&oacute;n secular del mundo en que vivimos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No es f&aacute;cil evaluar de manera global un conjunto de textos escritos por autores con intereses y estilos tan distintos, pues sus virtudes y limitaciones son tambi&eacute;n diferentes y cada uno merecer&iacute;a un examen por separado. Por ello, me limitar&eacute; a exponer un poco algunas de mis impresiones en relaci&oacute;n con el libro en general, aunque salten aqu&iacute; y all&aacute; referencias m&aacute;s espec&iacute;ficas a algunos de los escritos de la antolog&iacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las compiladoras, Isabel Cabrera y Carmen Silva, han ordenado las contribuciones de acuerdo con una secuencia hist&oacute;rica que comienza en el siglo XVI con Michel de Montaigne (estudiado por Leonel Toledo Mar&iacute;n) y termina con dos autores vivos, Richard Dawkins y Daniel Dennett (con quienes polemiza Juan Cordero Hern&aacute;ndez). Ello permite observar una secuencia hist&oacute;rica en el contenido mismo de las cr&iacute;ticas, cuyos blancos van desde 1) la debilidad de los argumentos a favor de la existencia de Dios y 2) la cr&iacute;tica a concepciones err&oacute;neas de lo que es la divinidad, hasta 3) el desenmascaramiento de los verdaderos motivos por los cuales se cree o 4) las consecuencias perniciosas que esas creencias tienen para el individuo y la sociedad. As&iacute;, puede apreciarse que los autores m&aacute;s antiguos tienden a concentrarse en los puntos 1) y 2), mientras que, a partir del siglo XIX, los m&aacute;s cercanos a nosotros se preocupan sobre todo por desarrollar los asuntos 3) y 4). Sin embargo, como se apresuran a se&ntilde;alar Cabrera y Silva, ello no significa que no haya autores que, incluso en nuestros d&iacute;as, armen sus ataques desde cualquiera de esos cuatro flancos. Tal es el caso, creo yo, de diversos pensadores anglosajones que dedican mucho tiempo a la discusi&oacute;n de algunos argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios (como, por ejemplo, el argumento del dise&ntilde;o, aunque puesto a competir ahora desde un enfoque naturalista con la teor&iacute;a de la evoluci&oacute;n), mientras que los pensadores continentales se inclinan mucho m&aacute;s al estudio de los aspectos motivacionales, morales y culturales del (ya largo) fin de la religi&oacute;n, siguiendo la estela de Ludwig Feuerbach (estudiado por Paulo Sergio Mendoza Gurrola en la antolog&iacute;a), Friedrich Nietzsche (cuyas profundidades sondean Mar&iacute;a Antonia Gonz&aacute;lez Valero y Greta Rivara Kamaji) y Sigmund Freud (abordado por Pedro Cerruti).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No todos los autores estudiados son cr&iacute;ticos de la religi&oacute;n en el sentido de que se muestren hostiles hacia ella. Tal es el caso obvio de Kant, acerca de quien Faviola Rivera Castro nos recuerda que sus cr&iacute;ticas a la metaf&iacute;sica tradicional &#151;constituida por los problemas de la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la realidad de la libertad&#151; no conducen al ate&iacute;smo, sino al desplazamiento de la religi&oacute;n del &aacute;mbito especulativo al dominio de la moral. Una vez circunscrita a los l&iacute;mites de la raz&oacute;n y de la autonom&iacute;a moral, la concepci&oacute;n kantiana de la religi&oacute;n sirve de plataforma a su autor para criticar las pr&aacute;cticas y creencias religiosas de su tiempo. Otro tanto sucede con el caso, m&aacute;s ambiguo ciertamente, de Baruch Spinoza (explicado por Luis Salazar Carri&oacute;n en "Spinoza como cr&iacute;tico de la religi&oacute;n"), cuya identificaci&oacute;n de Dios con la naturaleza le gan&oacute; la acusaci&oacute;n de ate&iacute;smo, pero que, en todo caso, sirvi&oacute; de base para la cr&iacute;tica de todo lo que el fil&oacute;sofo holand&eacute;s consider&oacute; superstici&oacute;n y fanatismo entre los creyentes de su &eacute;poca. Algo similar sucede con el problema, muy debatido, de si el escepticismo de David Hume conduce efectivamente a negaciones ateas (asunto tratado por Mark Platts con su habitual agudeza en "Sue&ntilde;os de enfermos: Hume sobre la religi&oacute;n").</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algo valioso de la antolog&iacute;a es que, si bien todos los art&iacute;culos son indudablemente producto de especialistas, en la mayor&iacute;a de ellos hay una intenci&oacute;n de colocar la cr&iacute;tica de cada pensador en el contexto de su obra m&aacute;s extensa. Tal es el caso, por ejemplo, del cap&iacute;tulo "La pasi&oacute;n in&uacute;til y la transformaci&oacute;n del mundo", de Zenia Y&eacute;benes, que con mucha claridad expone algunas de las complejidades de <i>El ser y la nada</i> imprescindibles para comprender la cr&iacute;tica de Sartre a la religi&oacute;n, o "Max Weber: religi&oacute;n y desencantamiento del mundo", de Nora Rabotnikof, que coloca las opiniones del autor comentado en un panorama m&aacute;s amplio de su pensamiento. Otro tanto sucede con el texto de Luis Salazar o con el de Pedro Joel Reyes ("Marx, Engels y la religi&oacute;n"). En fin, que el libro, sin sacrificar la profundidad ni la atenci&oacute;n al detalle, se deja leer en general como una introducci&oacute;n al pensamiento sobre la religi&oacute;n de los te&oacute;ricos seleccionados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Adem&aacute;s de un buen ejercicio de historia de las ideas, la lectura de <i>La religi&oacute;n a trav&eacute;s de sus cr&iacute;ticos</i> proporciona al estudioso un horizonte de las m&aacute;s significativas cr&iacute;ticas a la tradici&oacute;n religiosa judeocristiana, muchas de las cuales conservan una vigencia asombrosa. Faltan muy pocas; por ejemplo, se echa un tanto de menos un vistazo al famoso dilema de Eutifr&oacute;n, por citar un caso. Podr&iacute;an haberse agregado m&aacute;s nombres, quiz&aacute; John Stuart Mill o Bertrand Russell, o tal vez Soren Kierkegaard, para reforzar la presencia de quienes, sin abandonar la religi&oacute;n, cuestionan fuertemente las formas tradicionales de entenderla. Pero no puede dudarse de la importancia de todos los autores incluidos en la antolog&iacute;a, y cualquiera de ellos debe considerarse fundamental para discutir la vigencia de la religi&oacute;n en nuestra cultura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la introducci&oacute;n del libro &#151;cuyo &uacute;nico defecto acaso sea lo que en otras introducciones y pr&oacute;logos es una virtud que se a&ntilde;ora: la brevedad&#151;, las compiladoras afirman que "No parece que haya quedado, despu&eacute;s de estos autores, algo m&aacute;s que criticar a las religiones"; sin embargo, "la religi&oacute;n sigue reinando en las sociedades". Y, en efecto, tras disiparse el humo de las descargas, vemos con asombro que el blanco sigue ah&iacute;, casi indemne. Es verdad que vivimos en sociedades, al menos en Occidente, en que nuestras relaciones personales, la participaci&oacute;n en faenas comunes y el intercambio espont&aacute;neo de sentimientos no pasa por lo regular por el tamiz religioso, pero la renovaci&oacute;n de los fundamentalismos, las guerras religiosas, la proliferaci&oacute;n de formas de espiritualidad <i>light</i> y la vuelta de los conservadurismos auspiciados por grupos pol&iacute;ticos que buscan incidir en la discusi&oacute;n de temas morales delicados y que nos afectan a todos, nos hacen ser al menos cautelosos a la hora de decretar derrotas y triunfos en el terreno ideol&oacute;gico. Adem&aacute;s est&aacute; el simple y llano hecho de que la religi&oacute;n persiste &#151;si se quiere de forma menguante en sus formas institucionalizadas&#151;, de que millones de personas no necesariamente desinformadas ni tampoco fan&aacute;ticas otorgan sentido a su existencia desde uno u otro credo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los humanistas del siglo XVII y, m&aacute;s tarde, los pensadores de la Ilustraci&oacute;n &#151;sostienen Cabrera y Silva&#151; se equivocaron al pensar que el avance del conocimiento desterrar&iacute;a las pr&aacute;cticas religiosas. Pero, &iquest;puede esperarse realmente que los argumentos y las teor&iacute;as (o incluso las pruebas emp&iacute;ricas) <i>refuten</i> las creencias religiosas? Algunas de las mentes m&aacute;s brillantes de los &uacute;ltimos quinientos a&ntilde;os han presentado buenas razones para suponer que creer en un dios, o al menos en el dios judeocristiano, es una posici&oacute;n endeble, contraria a las evidencias y l&oacute;gicamente insostenible. No obstante, los creyentes no parecen sentirse aludidos. Y no me parece razonable que ello se deba &uacute;nicamente, o sobre todo, a la ignorancia promovida por los poderes f&aacute;cticos que "siguen pretendiendo que los cr&iacute;ticos se mantengan en las sombras", como parecen sugerir las compiladoras. Llama la atenci&oacute;n que, por ejemplo, el famoso dilema de Eutifr&oacute;n, la defensa kantiana de la autonom&iacute;a moral o las objeciones naturalistas no desvelan sino a los expertos (generalmente fil&oacute;sofos), mientras que los te&oacute;logos cristianos o los rabinos &#151;muchos de ellos con un fuerte entrenamiento filos&oacute;fico&#151; que los abordan en sus escritos no se muestran muy impresionados, y con frecuencia tienen a la mano interpretaciones que hacen que las cr&iacute;ticas filos&oacute;ficas parezcan ociosas en sus respectivos contextos doctrinarios, si bien muchas veces las respuestas s&oacute;lo parecen obvias a quienes comparten sus credos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quiz&aacute; los te&oacute;ricos, podr&iacute;amos decir, parten de una posici&oacute;n sesgada y cometen una petici&oacute;n de principio (como sostiene Juan Cordero en su brillante pol&eacute;mica contra Richard Dawkins): primero descartan la religi&oacute;n y despu&eacute;s buscan las razones que sustenten su posici&oacute;n, es decir, ponen primero las conclusiones y despu&eacute;s las justificaciones (aunque no pocos fil&oacute;sofos se sentir&iacute;an c&oacute;modos con tal forma de proceder: para William James, por ejemplo, las teor&iacute;as filos&oacute;ficas son reflexiones sobre el temperamento de sus creadores; hay a quienes su temperamento recio los lleva a buscar justificar una perspectiva cient&iacute;fica; otros, m&aacute;s tiernos, se muestran conmovidos por los valores y el sentido de trascendencia). O quiz&aacute; la falacia que se comete es la del hombre de paja, pues las caracterizaciones m&aacute;s famosas de lo que constituir&iacute;a el n&uacute;cleo de las pr&aacute;cticas religiosas casi nunca las aceptan los propios creyentes &#151;quienes las consideran meras caricaturas de sus convicciones&#151; y dif&iacute;cilmente resisten un escrutinio minucioso de los hechos. Otros nos sugerir&iacute;an que las justificaciones epist&eacute;micas est&aacute;n de sobra, que lo que define el sentido religioso de la vida es, justamente, una forma de vida, y de ah&iacute; que toda cr&iacute;tica externa est&aacute; condenada a la irrelevancia, a una forma de la falacia de <i>ignoratio elenchi.</i> Pero &eacute;stas son s&oacute;lo algunas de las muchas inquietudes que el libro genera y, sin duda alguna, la lectura de <i>La religi&oacute;n a trav&eacute;s de sus cr&iacute;ticos</i> nos proporciona excelentes recursos para continuar con la reflexi&oacute;n sobre este pretendido fracaso de la Ilustraci&oacute;n y explorar otros enfoques para desafiar a la religi&oacute;n o para encontrarle un nuevo acomodo en nuestras vidas.</font></p>     ]]></body>
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