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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Agust&iacute;n Echavarr&iacute;a, 2011. <i>Metaf&iacute;sica leibniziana de la permisi&oacute;n del mal</i></b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Roberto Casales Garc&iacute;a</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Pamplona: EUNSA, 484 pp.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Facultad de Filosof&iacute;a y Humanidades, Universidad Popular Aut&oacute;noma del Estado de Puebla, M&eacute;xico.</i> <a href="mailto:roberto.casales@upaep.mx">roberto.casales@upaep.mx</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tratar de comprender el "por qu&eacute;" &uacute;ltimo del mal representa para la filosof&iacute;a uno de los problemas que, en opini&oacute;n de Echavarr&iacute;a, "interpela a la raz&oacute;n con mayor apremio" (p. 15), especialmente cuando se observa que el mal, a simple vista, se presenta como algo que carece de sentido. Esta apremiante tarea nos invita a analizar y reflexionar algunas de las soluciones dadas a lo largo de la historia filosof&iacute;a, dentro de las cuales est&aacute; la leibniziana. Teniendo esto en mente, el texto de Agust&iacute;n Echavarr&iacute;a nos invita no s&oacute;lo a profundizar la metaf&iacute;sica leibniziana de la permisi&oacute;n del mal desde un an&aacute;lisis hist&oacute;rico&#45;filos&oacute;fico, sino tambi&eacute;n a "tomar en serio su propuesta y evaluar su alcance metaf&iacute;sico" (p. 39). Para lograr este objetivo, el autor divide su investigaci&oacute;n en tres grandes cap&iacute;tulos: a) el estudio de la naturaleza del mal; b) el modo en que Leibniz sit&uacute;a el origen metaf&iacute;sico del mal en Dios; y c) el an&aacute;lisis propio de la permisi&oacute;n del mal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer cap&iacute;tulo analiza las dos caracterizaciones del mal: el mal como disonancia y el mal como privaci&oacute;n. La primera nos remite a la visi&oacute;n del cosmos como un todo arm&oacute;nico donde el mal es compensado por el todo. El mal, as&iacute;, es tanto una disonancia como un potenciador de la armon&iacute;a. Esto no significa que el pecado sea una mera apariencia, sino "una verdadera imperfecci&oacute;n" (p. 77) que se subordina ontol&oacute;gicamente al bien. Sin embargo, para poder comprender esto es necesario complementar la primera caracterizaci&oacute;n del mal a la luz de la segunda: el mal como privaci&oacute;n. Partiendo de la influencia no s&oacute;lo de san Agust&iacute;n y del aquinate, sino tambi&eacute;n de Eilhard Lubin, la noci&oacute;n de privaci&oacute;n a la que alude Leibniz presupone la <i>participado nihilitatis</i> y, por ende, la limitaci&oacute;n creatural como condici&oacute;n de posibilidad del mal. Esta noci&oacute;n del mal supone una naturaleza orientada teleol&oacute;gicamente, donde las substancias alcanzan el bien mediante sus acciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De acuerdo con esto, el mal como privaci&oacute;n no implica su identificaci&oacute;n con la limitaci&oacute;n creatural, ya que &eacute;sta &uacute;ltima s&oacute;lo es su ra&iacute;z metaf&iacute;sica. La definici&oacute;n del mal como privaci&oacute;n se vincula con su doctrina de la participaci&oacute;n y su definici&oacute;n de substancia individual como <i>notio completa.</i> La primera, de manera an&aacute;loga al sistema num&eacute;rico binario, combina la participaci&oacute;n en la perfecci&oacute;n de Dios, con una participaci&oacute;n en la "nada". La limitaci&oacute;n creatural, en sentido estricto, es dada "por el contenido de su misma posibilidad" (p. 129), lo cual s&oacute;lo tiene sentido en funci&oacute;n a dos cosas: el principio de indiscernibilidad y la concepci&oacute;n leibniziana de sustancia individual como "especie completa". Cada sustancia es un "espejo" viviente que expresa tanto la perfecci&oacute;n divina como la del universo, donde todas las substancias se relacionan en un todo arm&oacute;nico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Teniendo esto en mente, el fil&oacute;sofo de Hannover ancla su teor&iacute;a de la expresi&oacute;n en la naturaleza de las cosas, situando la <i>notio completa</i> como principio de limitaci&oacute;n esencial de las substancias creadas. As&iacute;, la limitaci&oacute;n creatural no s&oacute;lo es "principio formal inmanente &#45;y as&iacute;, la fuente directa&#45; de toda imperfecci&oacute;n a nivel operativo, y se convierte as&iacute;, en palabras del mismo Leibniz no s&oacute;lo en la raz&oacute;n de la "defectibilidad", sino en la causa del "defecto" actual mismo, en el momento en que esa esencia posible es actualizada por Dios" (p. 147). Esto &uacute;ltimo supone situar el origen de la posibilidad del mal en el entendimiento divino, en cuanto que las esencias tienen una realidad objetiva, es decir, hay una prioridad ontol&oacute;gica de la posibilidad. Para Leibniz, la posibilidad se entiende como posibilidad objetiva, "l&oacute;gica" o "pensabilidad". No obstante, puesto que la mera posibilidad de las cosas no es autosustentable, es necesario postular un sujeto absoluto de toda posibilidad: Dios. As&iacute;, el problema de la "participaci&oacute;n" metaf&iacute;sica se traslada al interior de Dios: la esencia de las cosas se compone por la combinaci&oacute;n de todos sus atributos entre s&iacute;. Esto explica tanto la constituci&oacute;n ontol&oacute;gica de las esencias, como el origen de su negatividad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, dado que estos males est&aacute;n incluidos en la posibilidad misma de la serie que Dios decreta elegir, la cuesti&oacute;n de la presciencia del mal s&oacute;lo puede resolverse desde la perspectiva de la voluntad divina: estos males, al depender de un decreto divino, no son necesarios absolutamente, sino s&oacute;lo hipot&eacute;ticamente. La elecci&oacute;n de Dios de crear el mejor de los mundos posibles parte de la incomposibilidad como criterio para justificar por qu&eacute; no existen todos los posibles y, en consecuencia, conservar la libertad del decreto divino y la contingencia del mundo. A diferencia de Spinoza, Leibniz sostendr&aacute; que en la misma naturaleza de las esencias o posibles hay una inclinaci&oacute;n o exigencia a existir. Las cosas posibles, al carecer de actualidad, no tienen potencia para darse la existencia y, por ende, es necesario recurrir a Dios. Esto significa que el principio de la existencia no se funda en una mera exigencia ciega a la existencia, sino en el obrar perfecto del intelecto y la voluntad de Dios. La exigencia de existir se encarga s&oacute;lo de perfilar los "candidatos" posibles a existir, mismos que son elegidos por Dios en virtud del "principio de perfecci&oacute;n". "La raz&oacute;n por la que Dios se ha determinado a s&iacute; mismo a elegir lo mejor no se sit&uacute;a entonces ya en la naturaleza divina, sino en su libertad absoluta e incondicionada" (p. 240). Puesto que lo &oacute;ptimo es necesario bajo la hip&oacute;tesis de la elecci&oacute;n de lo mejor, es posible conservar el car&aacute;cter contingente tanto del decreto divino como de la creaci&oacute;n: la voluntad divina no crea las posibilidades, sino que elige entre las que ya est&aacute;n constituidas y, por ende, es flexible ante el mal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente llegamos al &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de esta investigaci&oacute;n, donde Echavarr&iacute;a trata directamente el problema de la permisi&oacute;n del mal. Para abordar esta cuesti&oacute;n, el autor realizar&aacute; cuatro cosas: 1. analizar los distintos modelos explicativos que esboza Leibniz a trav&eacute;s de sus primeros escritos; 2. estudiar el papel que juega la libertad creada en la introducci&oacute;n del mal en el mundo; 3. tratar el contexto teol&oacute;gico de la predestinaci&oacute;n en el que se encuentra la distinci&oacute;n entre voluntad antecedente y consecuente; y 4. explicar las razones y la finalidad que conducen a Dios a permitir el mal en el mundo. La primera soluci&oacute;n al problema del pecado sit&uacute;a el origen del pecado en las esencias de las cosas: Dios, no queriendo el pecado &#45;y, por tanto, no siendo su autor&#45;, lo permite en raz&oacute;n de la armon&iacute;a universal. As&iacute;, "poco a poco cobrar&aacute; mayor relevancia aquella que caracteriza a la permisi&oacute;n como una volici&oacute;n indirecta o <i>per accidens</i> del mal" (p. 279): el decreto divino no recae sobre el acto pecaminoso, sino sobre la permisi&oacute;n misma.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Uno de los problemas m&aacute;s importantes al indagar la noci&oacute;n de "permisi&oacute;n" es, seg&uacute;n Echavarr&iacute;a, el de conciliar la causalidad primera con la causalidad segunda, en especial cuando se trata de acciones libres. El problema, entonces, es tratar de articular este concurso "f&iacute;sico" de Dios en las acciones malas sin que ello implique un concurso "moral". Mientras que la perfecci&oacute;n fluye de Dios, la imperfecci&oacute;n depender&aacute; de las creaturas, en cuanto que la causalidad creada es capaz de "restar" perfecci&oacute;n a la causalidad divina. Al actualizar una sustancia con todas las determinaciones contenidas en su noci&oacute;n, "Dios no decreta dar o negar la moci&oacute;n o la predeterminaci&oacute;n a ciertos actos en particular" (p. 298), sino crear al individuo completo. Lo cual implica concebir la permisi&oacute;n del mal como causalidad indirecta. Dios decreta crear una serie de cosas, en la que cada substancia y acci&oacute;n est&aacute;n intr&iacute;nsecamente conectadas, de modo que el decreto creador est&aacute; &iacute;ntimamente unido al decreto permisivo por el que Dios admite la presencia del pecado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, para que esta doctrina de la permisi&oacute;n del mal logre su cometido, Echavarr&iacute;a analiza el papel de la libertad creada: para el hannoveriano ser&aacute; &eacute;sta la que introduce el defecto en su propia acci&oacute;n. Para Leibniz, la libertad es una "potencia activa real" de los esp&iacute;ritus, en virtud de la cual son due&ntilde;os de su propio juicio y, en consecuencia, son capaces de auto&#45;determinarse. Las substancias libres, seg&uacute;n el hannoveriano, tienen tanto la capacidad para elegir entre distintas alternativas, como la capacidad de suspender el juicio de elecci&oacute;n, lo cual les permite tener dominio sobre su propio juicio. A su vez, este dominio implica la ausencia no s&oacute;lo de una "necesidad metaf&iacute;sica", sino tambi&eacute;n de una "necesidad f&iacute;sica", raz&oacute;n por la cual la criatura no siempre elige lo que se le presenta como lo mejor. Para Leibniz, la voluntad de los esp&iacute;ritus se determina por la suma de sus inclinaciones, tanto las que provienen de la raz&oacute;n, como aquellas que provienen de las pasiones: la voluntad se determina por el conflicto de sus representaciones e inclinaciones, siguiendo la inclinaci&oacute;n m&aacute;s fuerte.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tras analizar la relaci&oacute;n entre el concurso divino y la libertad creatural, Echavarr&iacute;a procede a analizar el mecanismo metaf&iacute;sico de la permisi&oacute;n del mal, el cual se funda sobre la distinci&oacute;n entre la "voluntad divina antecedente" y la "voluntad divina consecuente". La primera aproximaci&oacute;n del hannoveriano a esta cuesti&oacute;n, como sostiene el autor, se vincula con la tesis de la "armon&iacute;a universal" y la noci&oacute;n de mal como disonancia. De manera que el amor de Dios a cada individuo ser&aacute; proporcional al grado de perfecci&oacute;n que permita la m&aacute;xima armon&iacute;a del universo. Este marco inicial del problema de la predestinaci&oacute;n y la reprobaci&oacute;n se complementa con un segundo momento en el que tanto la <i>notio completa</i> como la unidad del decreto creador se vuelven la clave interpretativa. En efecto, dado que "la naturaleza individual de la criatura impone un l&iacute;mite a la voluntad salv&iacute;fica de Dios &#91;...&#93; si alguno se salva, es por la acci&oacute;n e intenci&oacute;n divinas, mientras que, si alguno se condena, es como resultado del propio pecado contenido en su naturaleza" (p. 354).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esto implica que la reprobaci&oacute;n no es fruto de un decreto divino, sino la consecuencia indirecta de la serie que Dios decide crear: no existen decretos absolutos, pues todos los decretos son simult&aacute;neos y unificados en un &uacute;nico decreto divino. Dios no quiere el pecado y, por ende, quiere que todos los hombres se salven en virtud de su voluntad antecedente, sin embargo, permite el pecado como parte de la serie que compone el mejor de los mundos posibles dada su voluntad consecuente. Con esta distinci&oacute;n Leibniz pretende responder al famoso "sofisma del perezoso": en efecto, dado que desconocemos lo que infaliblemente ha decretado Dios, debemos obrar conforme a su voluntad presunta, "como si" siempre quisiese para nosotros la felicidad. La voluntad antecedente, por tanto, es la inclinaci&oacute;n del sabio a todo bien, mediante la cual "&eacute;ste producir&iacute;a todo el bien posible, si no se lo impidieran otras consideraciones m&aacute;s poderosas" (p. 368); mientras que la consecuente es el resultado de todas esas inclinaciones, raz&oacute;n por la cual la voluntad de salvar a todos se ve impedida. As&iacute;, el hannoveriano extiende el campo objetual tanto de la voluntad antecedente como de la voluntad consecuente: la primera, a todos los bienes posibles; la segunda, a la mejor configuraci&oacute;n o serie posible.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La distinci&oacute;n entre la voluntad antecedente y la consecuente, de igual forma, se relaciona con dos tesis centrales de su sistema: la exigencia a la existencia propia de las esencias y la incomposibilidad. Dados los distintos grados de bondad de cada ente posible, se sigue que Dios "quiere <i>per se</i> todos los bienes posibles" (p. 372), raz&oacute;n por la cual la voluntad antecedente es el fundamento real de este <i>conatus existendi</i> de las esencias. Sin embargo, dada la incomposibilidad entre las esencias, es necesaria una voluntad consecuente mediante la cual se opte por lo mejor. De modo que aquel "combate" entre los posibles que contienen este <i>conatus existendi</i> se convierte en un conflicto entre las distintas voluntades divinas, donde la voluntad consecuente se entiende como aquella fuerza producto del concurso de todas las voluntades antecedentes. Estas &uacute;ltimas no quedan completamente frustradas, sino que se integran a la voluntad final. De ah&iacute; que la permisi&oacute;n del mal concierna propiamente a la voluntad consecuente y no a la antecedente: la voluntad antecedente, que tiende a evitar el pecado, "cede su lugar a la voluntad permisiva consecuente" (p. 379). Gracias a esta atribuci&oacute;n de la permisividad a la voluntad consecuente, Leibniz articula y salvaguarda tanto la omnisciencia y la omnipotencia divinas, como la inocencia o bondad de su voluntad. No obstante, al suponer que Dios "quiere" el mal de pena una vez dada la culpa, se sigue que el mal de pena entra dentro del campo de la voluntad antecedente, pero s&oacute;lo de forma condicional: Dios quiere a menudo el mal f&iacute;sico como una pena debida a la culpa y, frecuentemente, como un medio adecuado o bien para impedir males mayores, o bien para obtener bienes m&aacute;s grandes. Por el contrario, la permisi&oacute;n del mal moral, al s&oacute;lo ser admitido como consecuencia indirecta de la elecci&oacute;n de lo mejor, pertenecer&aacute; por completo a la voluntad consecuente.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Partiendo de esta caracterizaci&oacute;n de la permisi&oacute;n del mal es posible resolver una &uacute;ltima cuesti&oacute;n, a saber, cu&aacute;l es la finalidad &uacute;ltima que ha movido a Dios a permitir el mal, ante lo cual Leibniz recurrentemente afirma que el fin &uacute;ltimo es obtener un bien mayor que, por su propia naturaleza, supera nuestra comprensi&oacute;n. Dios hace todo para su propia gloria, que consiste en obrar en conformidad con su perfecci&oacute;n y sabidur&iacute;a, y se manifiesta tanto en la totalidad de la serie, como en la perfecci&oacute;n de los medios para alcanzar este fin. Esto implica tres cosas: 1. que dentro de las obras de Dios no hay algo hecho en vano; 2. que la creaci&oacute;n sigue un orden y una regularidad; y 3. que la creaci&oacute;n sigue un <i>principio de econom&iacute;a:</i> la mayor variedad y riqueza de efectos mediante la v&iacute;a m&aacute;s simple. Este &uacute;ltimo principio se cumple con mayor plenitud en las criaturas racionales, que no son meras partes del mecanismo del mundo, sino "partes totales" capaces de entrar en sociedad con Dios. Esto implica que la b&uacute;squeda de la mayor felicidad posible para las creaturas racionales es una ley suprema del obrar divino, y que la perfecci&oacute;n total del universo coincide con la perfecci&oacute;n moral de los esp&iacute;ritus. Dios no s&oacute;lo es principio y causa de todas las substancias, sino tambi&eacute;n Monarca de todos los esp&iacute;ritus. Esta ciudad o rep&uacute;blica de los esp&iacute;ritus da a Dios la oportunidad de ejercer su justicia, su misericordia y, de esta forma, manifestar su gloria: "Dios crea todas las cosas para su gloria, la cual no quedar&iacute;a plenamente manifestada si su obra no fuese lo m&aacute;s perfecta posible, tanto desde el punto de vista metaf&iacute;sico como desde el punto de vista moral" (p. 411).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute;, Dios permite el mal con la finalidad de obtener lo mejor, puesto que los pecados que uno quisiera evitar podr&iacute;an ir acompa&ntilde;ados de bienes mayores que de otra forma ser&iacute;an inalcanzables. La permisi&oacute;n del mal, en este sentido, no s&oacute;lo da "ocasi&oacute;n" a Dios para obtener ciertos bienes, sino que es condici&oacute;n <i>sine qua non</i> para ello, raz&oacute;n por la cual Echavarr&iacute;a sostiene que el mal contribuye a aumentar la perfecci&oacute;n total del universo. La clave interpretativa para entender esta permisi&oacute;n del mal, por tanto, se muestra en el recurso leibniziano a la armon&iacute;a universal, ya que &eacute;sta se produce a partir de contrarios, de manera que la m&aacute;xima armon&iacute;a del universo s&oacute;lo es posible en virtud de la combinaci&oacute;n de estos bienes y males. Esto supone que aquella "necesidad moral" que permea la elecci&oacute;n divina de crear el mejor de los mundos posibles tambi&eacute;n afecta la permisi&oacute;n del mal: "La permisi&oacute;n del pecado es l&iacute;cita o "moralmente posible" &uacute;nicamente cuando es un deber, es decir, cuando es "moralmente necesaria", porque el impedirlo constituir&iacute;a un mal peor que el permitido" (p. 421), regla que es com&uacute;n tanto a Dios como a las creaturas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si Dios no permitiese el mal, faltar&iacute;a a su propia sabidur&iacute;a y bondad, ya que elegir un mundo distinto al actual ser&iacute;a peor que todos los pecados permitidos. Dios permite los males "por los bienes sobreabundantes que pretende obtener a partir de ellos, pues, aunque no sepamos ni el por qu&eacute; ni el c&oacute;mo, a trav&eacute;s de esa permisi&oacute;n se obtiene el mayor bien posible" (p. 427). A pesar de que el entendimiento creado no alcance a vislumbrar las razones ocultas de la permisi&oacute;n del mal, estas existen en cuanto que est&aacute;n contenidas en la armon&iacute;a de las ideas de Dios. Con esto, el fil&oacute;sofo de Hannover pretende desarrollar una apolog&eacute;tica de la justicia e inocencia de Dios, en virtud de la cual defender&aacute; que en este mundo existe mayor cantidad de bien que de mal. Esto &uacute;ltimo s&oacute;lo tiene sentido bajo la fe cristiana, puesto que "la raz&oacute;n m&aacute;xima por la que Dios ha elegido este mundo es entonces que en esta serie de cosas se logra la mayor perfecci&oacute;n posible, en virtud de que en ella Dios mismo se hace hombre y se convierte en la cabeza de toda la creaci&oacute;n" (p. 436). Es justo en este contexto en el que se entiende el significado propio de la <i>felix culpa</i> de San Pablo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Teniendo todo este recorrido intelectual en mente, el presente texto no s&oacute;lo nos permite adentrarnos a la metaf&iacute;sica leibniziana de la permisi&oacute;n del mal, sino tambi&eacute;n valorar sus alcances y sus l&iacute;mites, su herencia filos&oacute;fica y la gran novedad del planteamiento leibniziano respecto a la tradici&oacute;n que recibe. As&iacute;, Echavarr&iacute;a sostendr&aacute; que "la metaf&iacute;sica leibniziana, lejos de ser un sistema que parte siempre de unos mismos principios establecidos y procede deductivamente hacia sus conclusiones, es m&aacute;s bien un intento de aproximaci&oacute;n a la realidad desde distintos puntos de vista parciales, que no siempre alcanzan una conexi&oacute;n visible o expl&iacute;cita" (p. 447).</font></p>      ]]></body>
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