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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Art&iacute;culos</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Rawls y el "derecho de gentes". Apuntes de lectura*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ermanno Vitale**</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>**Universidad de Torino, Italia.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recepci&oacute;n: 29/11/2004    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 	Aceptaci&oacute;n: 24/11/2005</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><i>1.</i> Un libro equivocado</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">N| <i>ihil de mortuis nisi bene.</i> La severa critica que presento a continuaci&oacute;n del &uacute;ltimo libro de John Rawls, <i>The Law of Peoples,</i> podr&aacute; parecer un tanto irreverente. Mi intenci&oacute;n es, sin embargo, justo la contraria: rendir un homenaje diferido &#45;un homenaje <i>per negationem,</i> identificando y separando sus aspectos m&aacute;s d&eacute;biles, menos persuasivos&#45; a la parte m&aacute;s interesante y significativa de su pensamiento &eacute;tico&#45;pol&iacute;tico, para que su nombre pueda quedar asociado a esta &uacute;ltima. La raz&oacute;n por la que he seguido esta estrategia es meramente biogr&aacute;fica: cuando en 1971 apareci&oacute; el &uacute;nico verdadero gran libro de Rawls, yo tenia trece a&ntilde;os. Diez o quince a&ntilde;os m&aacute;s tarde, todo o casi todo lo que hab&iacute;a que decir de <i>Una teor&iacute;a de la justicia</i> ya se hab&iacute;a dicho: es m&aacute;s, el libro que hab&iacute;a devuelto el inter&eacute;s &#45;como se dijo y se repiti&oacute; hasta la n&aacute;usea: aunque quienes se estaban formando en Tur&iacute;n, siguiendo directa e indirectamente el magisterio de Norberto Bobbio, tend&iacute;an a pensar que este juicio era irremediablemente unilateral y excesivo&#45; a una disciplina como la filosof&iacute;a pol&iacute;tica, a la que se atribu&iacute;a una salud p&eacute;sima, estaba a punto de quedar superado. Ya que estaba a punto de experimentar, por la presi&oacute;n de los ataques de los comunitaristas, y en &uacute;ltimo t&eacute;rmino por las reflexiones del propio autor, un cambio de rumbo que se har&iacute;a patente en 1993 con la publicaci&oacute;n de <i>Liberalismo Pol&iacute;tico.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tuve ocasi&oacute;n de criticar en otra ocasi&oacute;n, en forma anal&iacute;tica, el segundo e importante libro de Rawls &#151;que ha suscitado discusiones amplias y prolongadas, aunque no comparables a las que siguieron a <i>Una teor&iacute;a de la justicia&#151;</i> y no quisiera reiterar ahora lo ya dicho en otro lugar. S&eacute; bien que la tesis de la ruptura entre ambos textos ha sido puesta en tela de juicio &#151;como suele suceder en estos casos&#151; por quienes ofrecen una lectura conciliadora sobre la continuidad y la estratificaci&oacute;n del pensamiento rawlsiano: y no niego que en el origen de esta interpretaci&oacute;n puede haber tambi&eacute;n buenos argumentos. En s&iacute;ntesis, mi opini&oacute;n es que mientras <i>Liberalismo pol&iacute;tico</i> es un libro d&eacute;bil en muchos de sus argumentos, no por ello es un libro "equivocado" &#151;para un fil&oacute;sofo de la talla de Rawls un libro es equivocado si no contribuye a esclarecer, siquiera d&eacute;bilmente, la parte de la realidad que es objeto de reflexi&oacute;n&#151;, <i>El derecho de gentes</i> es, en cambio, un libro equivocado, desacertado, porque carece tanto de profundidad anal&iacute;tica como del principal elemento que requer&iacute;a: la reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rico&#45;conceptual de la idea que se pretende reelaborar o renovar. Cuando apareci&oacute; por vez primera en forma de un largo art&iacute;culo, incluido en un volumen colectivo, la sensaci&oacute;n fue la de que se trataba de un trabajo incompleto, que iba a ser reelaborado, pero que seguramente anunciaba desarrollos te&oacute;ricos interesantes, todos ellos internos a la perspectiva del segundo Rawls.<sup><a href="#notas">1</a></sup> Tom&aacute;ndolo ahora como un volumen independiente, revisado en profundidad, el juicio puede ser m&aacute;s maduro, aunque quiz&aacute; no definitivo. Al releer mis apuntes de lectura, que presento a continuaci&oacute;n por extenso aunque &#45;quede claro&#45; sin ninguna pretensi&oacute;n sistem&aacute;tica, mi impresi&oacute;n es que nos encontramos ante un libro pobre desde el punto de vista de la filosof&iacute;a pol&iacute;tica, un libro muy alejado de la <i>Teor&iacute;a,</i> esto es, de una obra que en cambio s&iacute; hab&iacute;a dado una aportaci&oacute;n fundamental para el despertar de esta disciplina. Es probable que tanto la fama del autor, como otras circunstancias a&ntilde;adidas, conviertan este libro en punto de referencia de amplios debates, y quiz&aacute; haya tambi&eacute;n quien encuentre alguna doctrina loable y &uacute;til para justificar ese "orden" internacional que estamos intentando construir.<sup><a href="#notas">2</a></sup> Aunque sobre este &uacute;ltimo aspecto ser&iacute;a preferible que primero se pronunciaran quienes se dedican al estudio de as relaciones internacionales, aunque alguna opini&oacute;n tendremos tambi&eacute;n quienes provenimos de otras disciplinas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">He organizado mis notas sobre <i>El derecho de gentes</i> en torno a cuatro puntos, cada uno de los cuales corresponde &#45;a mi entender&#45; a alg&uacute;n defecto o limitaci&oacute;n de esta obra. Son los siguientes: el inadecuado manejo cr&iacute;tico de una discusi&oacute;n bimilenaria, del que dependen las confusiones conceptuales que son discutidas a continuaci&oacute;n; la inoportuna e inconsecuente reivindicaci&oacute;n de la ascendencia kantiana del an&aacute;lisis y la propuesta contenida en <i>The Law of Peoples;</i> la inconsistencia de la tipolog&iacute;a de las "cinco sociedades nacionales", con la evidente confusi&oacute;n entre el concepto de "pueblo" y el de "estado" y el retorno a la falacia argumentativa conocida como <i>domestic analogy;</i> y, por &uacute;ltimo, la ret&oacute;rica del liberalismo impl&iacute;cita en la b&uacute;squeda de una "utop&iacute;a realista" para el &aacute;mbito de las relaciones internacionales.<sup><a href="#notas">3</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>2. <i>Jus gentium:</i> un legado olvidado</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es bien sabido que Rawls, a diferencia de Bobbio o de Habermas, no se ha preocupado nunca &#151;salvo por breves y espor&aacute;dicas alusiones&#151; de reconstruir la genealog&iacute;a de las palabras&#45;clave que utiliza en su trabajo. En <i>A Theory of Justice,</i> por ejemplo, establece un paralelismo entre la posici&oacute;n original y el estado de naturaleza, pero no aclara nunca a cu&aacute;l de sus diferentes interpretaciones de este t&eacute;rmino se refiere. Esta laguna, o preferencia metodol&oacute;gica si se quiere, quedaba compensada de forma, por as&iacute; decir, espont&aacute;nea, gracias a que aquella obra ten&iacute;a un objetivo pol&eacute;mico constante, el utilitarismo, que en sus diferentes manifestaciones no hab&iacute;a perdido el contacto con sus padres fundadores y, a trav&eacute;s de ellos, con el conjunto del pensamiento &eacute;tico&#45;pol&iacute;tico moderno. El utilitarismo proporcionaba la trama de referencias y aportaba ese legado hist&oacute;rico que Rawls pod&iacute;a dar por supuesto al elaborar su propia versi&oacute;n de la &eacute;tica p&uacute;blica. otro tanto puede decirse, aunque de forma menos clara, en el caso de <i>Liberalismo pol&iacute;tico:</i> en esta obra Rawls pod&iacute;a suponer la trama m&aacute;s d&eacute;bil, aunque no inexistente, de la pol&eacute;mica entre liberales y comunitaristas, as&iacute; como entre las diversas variantes y "terceras v&iacute;as" republicanas. Por el contrario, la ausencia, o la insuficiencia, de una adecuada reconstrucci&oacute;n conceptual salta a la vista cuando el objeto de an&aacute;lisis es un venerable concepto, como el de <i>jus gentium,</i> que, por un lado, cuenta con una larga tradici&oacute;n a sus espaldas que abarca por entero a la tradici&oacute;n del pensamiento filos&oacute;fico y pol&iacute;tico occidental, y que, por otro, ha acabado cayendo en desuso, al haber sido abandonado por la teor&iacute;a y haber quedado apresado entre la l&oacute;gica de la posici&oacute;n realista, hobbesiana, y la posici&oacute;n del constitucionalismo cosmopolita de matriz genuinamente kantiana. Es desconcertante la manera en que Rawls liquida tan amplio legado en una &uacute;nica y breve nota de la <i>Introducci&oacute;n,</i> una nota que &#151;dicho sea de paso&#151; parece denotar una escasa familiaridad con el pensamiento pol&iacute;tico&#45;jur&iacute;dico antiguo y moderno: &laquo;El t&eacute;rmino "derecho de gentes" deriva del tradicional <i>jus gentium</i> y la expresi&oacute;n <i>jus gentium intra se</i> alude a lo que las leyes de todos tienen en com&uacute;n. No empleo el t&eacute;rmino "derecho de gentes" en este sentido, sin embargo, sino m&aacute;s bien para significar los principios pol&iacute;ticos concretos que regulan las relaciones pol&iacute;ticas entre los pueblos&raquo;.<sup><a href="#notas">4</a></sup> Rawls intenta eludir un an&aacute;lisis m&aacute;s detallado con el argumento de que &eacute;l estar&iacute;a empleando este concepto en una acepci&oacute;n completamente distinta a la de la tradici&oacute;n. Este intento de fuga pone de manifiesto hasta qu&eacute; punto es inadecuada su reflexi&oacute;n sobre la venerable categor&iacute;a del derecho de gentes. &iquest;Pero es realmente cierto que el uso de Rawls no tiene nada que ver con la tradici&oacute;n? Para empezar, &iquest;a qu&eacute; tradici&oacute;n se refiere? &iquest;Y por qu&eacute; seguir utilizando un t&eacute;rmino que remite de manera expl&iacute;cita a un tema recurrente para, a continuaci&oacute;n, negar todo parentesco con cualquier significado anterior?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, la definici&oacute;n del derecho de gentes no es en absoluto clara ni monol&iacute;tica. Existen al menos cuatro corrientes tradicionales de lo que podr&iacute;amos definir como derecho natural internacional, el <i>jus gentium,</i> que corresponden a las diferentes concepciones del derecho natural y de las diferentes "visiones del mundo" que subyacen a ellas. Una aristot&eacute;lica, una estoica, reelaborada por Cicer&oacute;n, la del iusnaturalismo tomista y, por &uacute;ltimo, la del iusnaturalismo moderno, desde Grocio incluido, hasta Pufendorf y Kant, por citar tan s&oacute;lo algunos nombres c&eacute;lebres. La idea qued&oacute; eclipsada a lo largo del siglo XIX, el siglo del romanticismo y de las formas extremas de nacionalismo, pero ha remontado el vuelo tras las dos guerras mundiales, situ&aacute;ndose en el origen de la Sociedad de Naciones primero, y de la ONU despu&eacute;s (basta recordar la Declaraci&oacute;n universal de derechos del hombre).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los manuales de derecho internacional positivo siguen haciendo referencia todav&iacute;a a los "antecedentes" te&oacute;ricos <i>(crimina iuris gentium)</i> de lo que ahora conocemos como cr&iacute;menes contra la paz y la seguridad de la humanidad, es decir, a las violaciones graves de los derechos fundamentales tanto en tiempos de paz como de guerra.<sup><a href="#notas">5</a></sup> De todos modos, el derecho de los pueblos, pese a ser ignorado en la pr&aacute;ctica, nunca ha dejado de estar presente en las ense&ntilde;anzas universitarias y ha servido como punto de referencia para las normas que rigen las relaciones internacionales y las negociaciones diplom&aacute;ticas, desde las declaraciones de guerra hasta los tratados de paz. Concepciones diferentes, por tanto, de las que habr&iacute;a sido &uacute;til e interesante saber cu&aacute;l ha sido la opini&oacute;n de Rawls, y por qu&eacute;. No obstante, si se me pidiera una definici&oacute;n gen&eacute;rica, extremadamente amplia, que abarcara las diferentes versiones del derecho de los pueblos, no sabr&iacute;a dar una f&oacute;rmula mejor que la utilizada por Rawls precisamente en el pasaje en que intenta deshacerse de todo nexo de continuidad, aunque fuera problem&aacute;tica: para identificar el <i>jus gentium,</i> en una primera aproximaci&oacute;n, dirigi&eacute;ndome &#151;por ejemplo&#151; a un joven estudiante de filosof&iacute;a pol&iacute;tica o del derecho, le dir&iacute;a que se trata de un derecho cuya finalidad es la de indicar los principios para la regulaci&oacute;n de las relaciones rec&iacute;procas entre los "pueblos". &iquest;Qu&eacute; mejor descripci&oacute;n que &eacute;sta? De Arist&oacute;teles a Kant, la idea com&uacute;n, el m&iacute;nimo com&uacute;n denominador parece haber sido precisamente la convicci&oacute;n, ciertamente argumentada en formas diferentes, de que existe un conjunto m&iacute;nimo de normas por medio de las cuales la humanidad puede reconocerse y entrar en relaci&oacute;n, m&aacute;s all&aacute; de las diferencias espec&iacute;ficas que delimitan a los diferentes grupos humanos y de las normas particulares que rigen en su interior. En conclusi&oacute;n, la nota en la que Rawls intenta deshacerse del problema acaba proporcionando razones en contra de su prop&oacute;sito de cortar los lazos que unen <i>El derecho de gentes</i> a la "familia" de teor&iacute;as que se han ocupado del derecho de gentes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>3. &iquest;Ascedencias kantianas?</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Poco m&aacute;s adelante, sin embargo, Rawls parece cambiar de opini&oacute;n al reivindicar, como ya hizo tiempo atr&aacute;s, al comienzo de su <i>Teor&iacute;a,</i> una gen&eacute;rica herencia kantiana: &laquo;La idea b&aacute;sica consiste en seguir la orientaci&oacute;n de Kant en <i>La paz perpetua</i> (1785) sobre lo que denomina <i>foedus pacificum</i> &#91;confederaci&oacute;n pac&iacute;fica de Estados&#93;. Ello significa que debemos empezar con la idea del contrato social en la concepci&oacute;n pol&iacute;tica liberal de la democracia constitucional y luego debemos extenderla mediante la introducci&oacute;n de una segunda posici&oacute;n original en lo que se podr&iacute;a llamar el segundo nivel, en el cual los pueblos liberales celebran un acuerdo con otros pueblos liberales &#91;...&#93; y m&aacute;s adelante con los pueblos no liberales pero decentes&raquo;.<sup><a href="#notas">6</a></sup> &iquest;Es leg&iacute;timo presentar <i>El derecho de gentes</i> como una reformulaci&oacute;n del grandioso proyecto pol&iacute;tico kantiano adecuado a la realidad pol&iacute;tica contempor&aacute;nea? Me pregunto sinceramente si la reivindicaci&oacute;n de este legado no es puramente arbitraria, por fundarse en una interpretaci&oacute;n extremadamente flexible y quiz&aacute; distorsionada del proyecto kantiano.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se podr&iacute;a observar, ante todo, que Kant considera sujetos de las relaciones internacionales, y, por tanto, posibles contrayentes de un pacto en el que se establece una federaci&oacute;n o al menos una confederaci&oacute;n mundial &#45;un problema &eacute;ste cuya soluci&oacute;n no deber&iacute;a estar ausente en la perspectiva rawlsiana&#45; a los <i>estados,</i> y no a entidades conceptualmente tan ambiguas e inaferrables como son los <i>pueblos.</i> Habr&aacute; ocasi&oacute;n de retomar m&aacute;s adelante este punto. En segundo lugar, se podr&iacute;a decir que Kant consideraba imprescindible para la paz, seg&uacute;n se lee en el primer art&iacute;culo definitivo, que los estados contrayentes fueran <i>todos ellos republicanos</i> &#151;donde la expresi&oacute;n "republicano" puede ser asimilada a "liberal"&#151;, de manera que llegaba incluso a considerar deseable que un estado republicano fuera lo suficientemente grande y potente como para convertirse en polo de atracci&oacute;n para los dem&aacute;s, cuando menos por lo que se refiere a la cuesti&oacute;n decisiva de la forma de gobierno (si al decir eso Kant ten&iacute;a en mente los Estados Unidos, el tiempo ha demostrado que su esperanza era infundada). En definitiva, los representantes de los pueblos no liberales pero decentes que se incorporan a la posici&oacute;n original de la que nace el orden internacional como contrayentes adjuntos, de segunda divisi&oacute;n &#151;Rawls parece sugerir que s&oacute;lo despu&eacute;s de que los pueblos liberales alcanzan un acuerdo primero y fundamental entre ellos, invitan a incorporarse y adherirse al pacto a los dem&aacute;s, aunque no a todos, sino s&oacute;lo a los que se consideran "decentes"&#151; no parecen encontrar un acomodo l&oacute;gico en la "idea de base" que supuestamente deriva de la <i>Paz Perpetua.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero &eacute;stas quiz&aacute; no sean m&aacute;s que minucias, insuficientes para dudar del kantismo, siquiera profundamente revisado, de <i>El derecho de gentes.</i> Quiz&aacute; hasta el propio Kant, doscientos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, habr&iacute;a tomado en consideraci&oacute;n una hip&oacute;tesis &#151;por as&iacute; decir&#151; menos maximalista, sin escandalizarse demasiado por el hecho de que, al fin y al cabo, pueden acabar coincidiendo confusamente sobre el escenario de la teor&iacute;a "actores" tan diferentes: hombres, marionetas y t&iacute;teres. Establezcamos, pues, un umbral m&iacute;nimo, que se podr&iacute;a formular de la siguiente manera: para poner el sello de la inspiraci&oacute;n kantiana sobre una obra que pretende definir las condiciones de la convivencia pac&iacute;fica entre los pueblos o los estados es preciso que dicha obra cumpla, al menos, los requisitos, o el esp&iacute;ritu de los requisitos, exigidos por Kant en los seis art&iacute;culos preliminares para la paz perpetua, esto es, aquellos art&iacute;culos que tienen por objeto establecer las <i>precondiciones</i> conforme a las cuales resultar&iacute;a sensato empezar a negociar una paz que fuera algo m&aacute;s que un par&eacute;ntesis entre dos guerras.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antes de entrar a comentarlos desde la perspectiva que proporcionan los seis art&iacute;culos preliminares de Kant, recordemos los ocho principios del derecho de gentes en la formulaci&oacute;n de Rawls: &laquo;1) los pueblos son libres e independientes, y su libertad y su independencia deben ser respetadas por otros pueblos; 2) los pueblos deben cumplir los tratados y los convenios; 3) los pueblos son iguales y deben ser partes en los acuerdos que los vinculan; 4) los pueblos tienen un deber de no intervenci&oacute;n; 5) los pueblos tienen el derecho de autodefensa pero no el derecho de declarar la guerra por razones distintas a la autodefensa; 6) los pueblos deben respetar los derechos humanos; 7) los pueblos deben observar ciertas limitaciones espec&iacute;ficas en la conducci&oacute;n de la guerra; 8) los pueblos tienen el deber de asistir a otros pueblos que viven bajo condiciones desfavorables que les impiden tener un r&eacute;gimen pol&iacute;tico y social justo o decente&raquo;.<sup><a href="#notas">7</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Prima facie,</i> los ocho principios del derecho de gentes parecen satisfacer sobradamente los seis art&iacute;culos preliminares. Sin embargo, una lectura un poco m&aacute;s cuidadosa hace surgir las primeras dudas, que podr&iacute;amos resumir en la idea de que Kant sea en realidad, ya desde los art&iacute;culos preliminares, no s&oacute;lo moralmente m&aacute;s exigente, sino tambi&eacute;n menos ingenuo que Rawls, a la hora de medir de forma realista los obst&aacute;culos que encuentra la paz. Recuerdo, para facilitar la comparaci&oacute;n, los seis conocid&iacute;simos art&iacute;culos preliminares: <i>a)</i> ning&uacute;n tratado de paz que haya sido suscrito con reserva secreta sobre las guerras futuras puede valer como tal; <i>b)</i> ning&uacute;n estado independiente (peque&ntilde;o o grande, aqu&iacute; es indiferente) debe poder ser adquirido por un estado diferente a t&iacute;tulo de herencia, canje, compra o donaci&oacute;n; <i>c)</i> los ej&eacute;rcitos permanentes deben poder llegar a desaparecer definitivamente; <i>d)</i> no debe ser posible contraer deudas p&uacute;blicas derivadas de las relaciones externas del estado; <i>e)</i> ning&uacute;n estado debe entrometerse por la fuerza en la constituci&oacute;n y en el gobierno de otro estado; <i>f)</i> ning&uacute;n estado en guerra con otro debe poder permitirse actos de hostilidad que pudieran hacer imposible la confianza rec&iacute;proca en el momento de la paz futura. A este prop&oacute;sito, Kant precisa inmediatamente que mientras los art&iacute;culos preliminares <i>a), e)</i> y <i>f)</i> deber&iacute;an tener vigencia inmediata al ser <i>leges strictae,</i> la aplicaci&oacute;n de los restantes, que en cambio son <i>leges latae,</i> podr&iacute;a quedar aplazada.<sup><a href="#notas">8</a></sup> Pero dos siglos me parece que son un periodo de tiempo suficientemente largo ya como para que haya quedado atr&aacute;s esta prudente distinci&oacute;n de Kant.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer art&iacute;culo preliminar establece, dicho de la forma m&aacute;s simple, que los tratados de paz no contengan pretextos para nuevas guerras. Es una manera de aplicar la que ser&aacute; definida, en la &uacute;ltima p&aacute;gina de la <i>Paz Perpetua,</i> como la f&oacute;rmula trascendental del derecho p&uacute;blico, o principio de publicidad. Una exigencia aparentemente pobre, la de Kant, pero que pone el acento sobre la primera condici&oacute;n de lo que hoy llamar&iacute;amos la democracia entre las naciones, es decir, de una situaci&oacute;n en la que tambi&eacute;n las relaciones internacionales est&eacute;n presididas por una de las caracter&iacute;stica t&iacute;picas de la democracia, entendida como poder transparente, como poder p&uacute;blico en p&uacute;blico, seg&uacute;n la definici&oacute;n de Norberto Bobbio<sup><a href="#notas">9</a></sup>. Podr&iacute;a corresponder al segundo de los principios rawlsianos, pero este &uacute;ltimo es mucho m&aacute;s d&eacute;bil en su formulaci&oacute;n: no se exige, en efecto, que los representantes de los pueblos tengan la obligaci&oacute;n de informar acerca del efectivo contenido de los compromisos adquiridos en los tratados con otros pueblos. Y si es cierto que en una sociedad mundial formada por "pueblos" liberales organizados seg&uacute;n la forma pol&iacute;tica de la democracia constitucional este detalle puede parecer superfluo o pleon&aacute;stico, es igualmente cierto que no lo ser&aacute; tanto en una sociedad en la que, conforme a las "categor&iacute;as" rawlsianas, hayan sido admitidos tambi&eacute;n otros "pueblos" no&#45;liberales pero decentes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo de los art&iacute;culos kantianos, aqu&eacute;l que se propone suprimir la concepci&oacute;n patrimonial del estado, puede parecer completamente obsoleto. Pero cuando contemplamos, en algunos estados del llamado primer mundo, la progresiva ocupaci&oacute;n directa de los espacios de discusi&oacute;n p&uacute;blica y de decisi&oacute;n, as&iacute; como de los poderes p&uacute;blicos, por parte de empresarios privados y potentados, la cuesti&oacute;n empieza a parecer&#45;nos menos anticuada. Lo mismo puede decirse, en el tercer y en el cuarto mundo, de esos "se&ntilde;ores de la guerra" que ocupan <i>manu militari</i> enteras zonas del territorio de estados&#45;fantasma, que carecen de toda capacidad de ejercicio, siquiera parcial, de su soberan&iacute;a. &iquest;Es que acaso no tienen estos jefes pol&iacute;tico&#45;militares una concepci&oacute;n patrimonial de los territorios que ocupan, coincidan o no con los de un estado formalmente reconocido por la comunidad internacional? El primer aspecto de este problema escapa completamente al an&aacute;lisis de Rawls, mientras que el segundo deber&iacute;a encontrar respuesta sobre todo a partir del octavo principio, aqu&eacute;l que prev&eacute; y justifica, en el fondo, la intervenci&oacute;n humanitaria en supuestos de violaciones graves de los derechos humanos. Eliminemos a los b&aacute;rbaros se&ntilde;ores de la guerra y liberemos a las poblaciones oprimidas y explotadas. El problema es que al seguir esta v&iacute;a entramos en un contencioso sin fin y abrimos la caja de Pandora de las guerras preventivas &#151;cuya legitimidad Kant rechaza de forma tajante, con el argumento de que en ellas est&aacute; la causa profunda de todas las guerras&#151;,<sup><a href="#notas">10</a></sup> en el que se discute no s&oacute;lo sobre la existencia de razones espec&iacute;ficas para cada una de las posibles intervenciones, sino tambi&eacute;n sobre la cuesti&oacute;n de la moralidad o inmoralidad de la guerra como instrumento para impedir la violaci&oacute;n de los derechos humanos, esto es, utilizando un recurso que supone la sistem&aacute;tica y consciente violaci&oacute;n de los propios derechos humanos. Con ello se tambalea, de paso, el cuarto principio de Rawls &#151;el deber de no&#45;intervenci&oacute;n en cuestiones internas&#151;, a la vez que queda clara la superior coherencia del quinto art&iacute;culo preliminar kantiano.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;Y qu&eacute; decir, finalmente, de la abolici&oacute;n de los ej&eacute;rcitos permanentes? A Rawls no parece interesarle la cuesti&oacute;n, es m&aacute;s, no parece estar preocupado ni siquiera por la existencia no s&oacute;lo de ej&eacute;rcitos permanentes, sino tampoco por la existencia de una organizaci&oacute;n militar, la OTAN, que ha dejado de ser una simple, si bien poderosa, alianza defensiva en el panorama mundial, para ir configur&aacute;ndose, frente a lo que se dec&iacute;a en su tratado constitutivo, como un &oacute;rgano pol&iacute;tico&#45;militar global <i>permanente,</i> sujeto a la voluntad del &uacute;nico verdadero actor con capacidad de decisi&oacute;n pol&iacute;tica internacional, la superpotencia estadounidense. Quiz&aacute; sea in&uacute;til proseguir con esta comparaci&oacute;n, que Rawls trata de eludir insistentemente, recurriendo a una estrategia que es ciertamente h&aacute;bil, desde el punto de vista ret&oacute;rico, pero te&oacute;ricamente inconsistente y peligrosa: cambiar el foco de atenci&oacute;n <i>de los estados a los pueblos,</i> que son los verdaderos sujetos de su propuesta normativa para el orden internacional.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>4. Categor&iacute;as inconsistentes</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;Por qu&eacute; los pueblos y no los estados? Rawls se plantea de forma expl&iacute;cita una pregunta tan obvia y su primera respuesta es la siguiente: &laquo;Esta visi&oacute;n del derecho de gentes concibe los pueblos liberales democr&aacute;ticos y decentes como los actores de la sociedad de los pueblos, del mismo modo que los ciudadanos son los actores de la sociedad dom&eacute;stica&raquo;.<sup><a href="#notas">11</a></sup> Ya desde el comienzo, una respuesta como &eacute;sta parece levantar mayores dificultades (te&oacute;ricas) de las que permite resolver. En primer lugar, la distinci&oacute;n entre pueblos democr&aacute;ticos liberales y pueblos decentes podr&iacute;a resultar ofensiva para estos &uacute;ltimos: pero si adem&aacute;s se cae en la cuenta de que hay impl&iacute;cita una tercera categor&iacute;a, la de los pueblos indecentes, me parece evidente que la posibilidad de obtener la colaboraci&oacute;n de estos &uacute;ltimos se vuelve cada vez m&aacute;s lejana. Y es triste tener que reconocer finalmente que un planteamiento como &eacute;ste no se aparta demasiado de la llamada "doctrina Bush", con la que se ha pretendido identificar algunos "estados&#45;canalla": pero de esto nos ocuparemos m&aacute;s adelante.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, Rawls no parece dispuesto a afrontar con todas sus consecuencias la falacia, de sobra conocida, de la <i>domestic analogy.</i> Es m&aacute;s, parece dispuesto a agravar su inconsistencia sustituyendo uno de los t&eacute;rminos de la analog&iacute;a cl&aacute;sica, el estado, por otro, el pueblo. La analog&iacute;a original estaba basada en la idea de que tanto los individuos como los estados, considerados en abstracto como meros actores racionales, pod&iacute;an tener, o no tener, razones para salir del estado de naturaleza, o anal&oacute;gicamente del estado de anarqu&iacute;a internacional, pasando con ello de un juego estrat&eacute;gico a uno cooperativo. Igual que es posible pensar un contrato entre individuos que da origen, de manera hipot&eacute;tica, a una sociedad civil, se podr&iacute;a imaginar tambi&eacute;n un contrato en el que las partes sean esas mismas sociedades civiles a las que se ha dado vida siguiendo el m&eacute;todo contractualista. La falacia, o al menos el l&iacute;mite, de este razonamiento anal&oacute;gico es doble. Por un lado, en la perspectiva artificialista que caracteriza al contractualismo moderno los estados, a diferencia de los individuos, no nacen ni mueren, y por eso no comparten el problema fundamental que tienen los individuos en el estado de naturaleza, el de la autoconservaci&oacute;n. No s&oacute;lo un estado puede perfectamente disgregarse y ser sustituido por otro, sino adem&aacute;s, al menos en principio, el estado puede perfectamente desmem&#45;brarse y dejar de existir para dar paso a una forma pol&iacute;tica mejor dotada para la seguridad del individuo. L&oacute;gicas diferentes presiden la raz&oacute;n individual y la raz&oacute;n de estado, y no es casualidad que entre ambas haya numerosos puntos de conflicto. Por otra parte, mientras el contrato entre individuos en el estado de naturaleza puede ser entendido perfectamente como un experimento mental que tienen como objetivo traer a la imaginaci&oacute;n un estado &#151;creado hist&oacute;ricamente por medio de la conquista, etc.&#151; que hubiera podido nacer del consentimiento de todos y cada uno de los ciudadanos, el contrato internacional no puede ser m&aacute;s que un acuerdo hist&oacute;rico, que de forma concreta a las instituciones pol&iacute;ticas internacionales, o mejor a&uacute;n supranacionales.<sup><a href="#notas">12</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;Qu&eacute; puede pasar si cambiamos el concepto de estado por el de "pueblo"? Deber&iacute;amos concretar para empezar qu&eacute; es un pueblo, pero, en todo caso &#151;esto es, cualquiera que sea la concepci&oacute;n que escojamos entre las que est&aacute;n disponibles en la historia del pensamiento jur&iacute;dico y pol&iacute;tico&#151;, las dificultades para dar un uso sensato a este esquema anal&oacute;gico parecen agravarse: en efecto, mientras la analog&iacute;a d&eacute;bil entre individuo y estado presupon&iacute;a al menos la unidad de la voluntad &#151;natural, en el caso del individuo, la persona natural; artificial, en el del estado soberano, la persona artificial&#151;, sostener la analog&iacute;a entre el ciudadano en la esfera interna y el pueblo en la internacional o supranacional equivale a concebir org&aacute;nicamente el pueblo como sujeto dotado de una voluntad &uacute;nica, que no es suma de las voluntades particulares, heterog&eacute;neas y conflictuales de los ciudadanos, sino expresi&oacute;n viva de un car&aacute;cter moral fundamental, y que se aproxima peligrosamente a la m&aacute;s estricta e inquietante inspiraci&oacute;n rom&aacute;ntica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&Eacute;sta es la encrucijada hacia la que se encamina <i>El derecho de gentes,</i> acentuando todav&iacute;a m&aacute;s que en <i>Liberalismo pol&iacute;tico</i> la dimensi&oacute;n de la confianza en el sentido moral (&iquest;occidental? &iquest;anglosaj&oacute;n?) que ya asomaba bajo el ropaje contractualista de <i>Una teor&iacute;a de la justicia:</i> &laquo;los pueblos liberales tienen tres caracter&iacute;sticas b&aacute;sicas: un r&eacute;gimen razonablemente justo de democracia constitucional que sirve a sus intereses fundamentales; una ciudadan&iacute;a unida por lo que John Stuart Mill llamaba "simpat&iacute;as comunes"; y finalmente una naturaleza moral.<sup><a href="#notas">13</a></sup> Admitamos generosamente como intuitiva &#151;sin prestar demasiada atenci&oacute;n al lenguaje no demasiado adecuado desde el punto de vista anal&iacute;tico&#151;la primera caracter&iacute;stica institucional, seg&uacute;n la cual a un pueblo "liberal" le corresponde <i>grosso modo</i> la forma de gobierno de la democracia constitucional (imaginando, por ejemplo, que se encuentre ya suficientemente adelantado el proceso de aprendizaje moral entre ciudadanos y entre ciudadanos e instituciones): &iquest;pero qu&eacute; significa afirmar que los pueblos liberales, al igual que los pueblos decentes,<sup><a href="#notas">14</a></sup> tienen un <i>sentir com&uacute;n</i> y una <i>naturaleza moral?</i> Con respecto al sentir com&uacute;n es el propio Rawls quien observa que &laquo;las conquistas y las migraciones han producido el mestizaje entre grupos con diferentes culturas y memorias&raquo;,<sup><a href="#notas">15</a></sup> y que, por consiguiente, no parece demasiado atinado hacer referencia a un sentir com&uacute;n del pueblo que est&eacute; basado en rasgos &eacute;tnicos o ling&uuml;&iacute;sticos. Pese a ello, de forma inexplicable, afirma que &laquo;el derecho de gentes comienza con la necesidad de simpat&iacute;as comunes, abstracci&oacute;n hecha de su fuente&raquo;.<sup><a href="#notas">16</a></sup> Demos por buena la presencia de un acto de fe en el origen de la teor&iacute;a, pero no olvidemos la advertencia y la autorizada opini&oacute;n a este respecto de Hans Kelsen. En el origen de la democracia no hay ninguna necesidad de imaginar la existencia de un pueblo "unido", si entendemos esta unidad como "sentir com&uacute;n": &laquo;la unidad del pueblo, como coincidencia de los pensamientos, sentimientos y voluntades y como solidaridad de intereses, es un postulado &eacute;tico&#45;pol&iacute;tico afirmado por la ideolog&iacute;a nacional o estatal mediante una ficci&oacute;n generalmente empleada y, por ende, no sometida a revisi&oacute;n. En definitiva, la unidad del pueblo es s&oacute;lo una realidad jur&iacute;dica que puede ser descrita con alguna precisi&oacute;n en los siguientes t&eacute;rminos: Unidad de ordenaci&oacute;n jur&iacute;dica del Estado reguladora de la conducta de los hombres sujetos a ella&raquo;.<sup><a href="#notas">17</a></sup> No obstante, el reconocimiento de la ficci&oacute;n ideol&oacute;gica que sostiene la concepci&oacute;n organicista del pueblo, de matriz rousseauniana, no fue obst&aacute;culo para que Kelsen pudiera reconstruir normativamente la democracia de los estados modernos. Podr&iacute;amos entonces preguntarnos &#151;ahora s&iacute; por extensi&oacute;n anal&oacute;gica&#151; si no ser&iacute;a posible pensar el "derecho de los pueblos" sin recurrir a esta ficci&oacute;n y sin convertirla en un postulado indispensable.<sup><a href="#notas">18</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La tercera caracter&iacute;stica, la naturaleza moral de los pueblos liberales, es defendida por Rawls con el siguiente argumento: &laquo;Al igual que los ciudadanos razonables en la sociedad dom&eacute;stica ofrecen cooperar en t&eacute;rminos equitativos con otros ciudadanos, los razonables pueblos liberales o decentes ofrecen t&eacute;rminos equitativos de cooperaci&oacute;n a otros pueblos. Un pueblo respeta estos t&eacute;rminos cuando est&aacute; seguro que los otros pueblos har&aacute;n lo propio&raquo;.<sup><a href="#notas">19</a></sup> Aunque siempre me he opuesto con firmeza, y no dejo de hacerlo, a la ecuaci&oacute;n multiculturalista y diferencialista entre universalismo y occidentalismo &#151;el universalismo como occidentalismo encubierto&#151;, ante afirmaciones como &eacute;stas me veo obligado a reconocer que, lamentablemente, la analog&iacute;a es cierta. En efecto, hay por un lado una ileg&iacute;tima (e inmoral) apropiaci&oacute;n de la moral en cuanto tal, que la hace coincidir con <i>una</i> moral y que lleva a afirmar que la moral es una caracter&iacute;stica de los pueblos liberales o decentes, aquellos que aspiran a convertirse en liberales o que, en todo caso, son funcionales a los pueblos liberales. Una vez que estamos en posesi&oacute;n de una verdad como &eacute;sta, podemos pedirles directamente a quienes no est&aacute;n de acuerdo con nosotros que cambien de opini&oacute;n cuanto antes, porque de lo contrario va a estar justificada toda clase de intervenci&oacute;n "correctiva". Por el bien de los "indigentes morales", claro est&aacute;. Por otro lado, si la convertimos en una afirmaci&oacute;n acerca de la naturaleza moral de los pueblos, acabamos aceptando precisamente ese enfrentamiento moral, propiamente &eacute;tico, que se encuentra en el origen de los nacionalismos m&aacute;s encendidos, de los fanatismos y de toda clase de fundamentalismos. Hay en el &uacute;ltimo Rawls, sin duda a su pesar, una concesi&oacute;n a la perspectiva que se quisiera derrotar, y que supuestamente deber&iacute;a corresponder en exclusiva a las sociedades "indecentes" o a los "estados&#45;canallas": el estado o el pueblo como comunidad org&aacute;nica, como agregado &eacute;tico, que en el plano interno aspira a restablecer continuamente la ecuaci&oacute;n estado&#45;pueblo&#45;cultura, y en el plano internacional se ve abocado a entrar en liza, y no en una situaci&oacute;n de cooperaci&oacute;n, con los "extranjeros", o mejor, con los "b&aacute;rbaros", asumiendo como l&oacute;gica predominante la del choque de civilizaciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A este prop&oacute;sito, las dificultades de Rawls se manifiestan desde el comienzo, desde el momento en que propone una tipolog&iacute;a de las diferentes "sociedades dom&eacute;sticas": el primer tipo es el de los <i>pueblos liberales razonables</i> y el segundo el de los pueblos decentes; &laquo;adem&aacute;s, en tercer lugar hay <i>Estados criminales,</i> y en cuarto lugar <i>sociedades afectadas por condiciones desfavorables.</i> Finalmente, en quinto lugar, tenemos sociedades que son <i>absolutismos ben&eacute;volos&raquo;</i><sup><a href="#notas">20</a></sup> Quisiera destacar una vez m&aacute;s &#151;y no por simple pedanter&iacute;a nominalista&#151; hasta qu&eacute; punto es confusa una tipolog&iacute;a como &eacute;sta, en la que se presentan bajo la etiqueta gen&eacute;rica de "sociedades nacionales" no tipos distintos de sociedades nacionales, como ser&iacute;a de esperar y resultar&iacute;a correcto, sino objetos de diferentes clases, como son dos tipos de "pueblos" (liberales y decentes, caracterizados respectivamente por una ideolog&iacute;a y por una cualidad moral), un "estado" (al margen de la ley: pero, &iquest;de qu&eacute; ley, si el estado soberano es por definici&oacute;n <i>superiorem non recognoscens?)</i> y dos "sociedades" (desventajadas y regidas por un absolutismo ben&eacute;volo: la primera caracterizada por un rasgo econ&oacute;mico, y la segunda por una particular forma de gobierno). Francamente, una buena mezcla, que desde luego no aporta demasiada claridad anal&iacute;tica. En todo caso, los primeros dos tipos pueden ser agrupados bajo la etiqueta de pueblos bien ordenados, a diferencia de los dem&aacute;s, que quedan excluidos, porque no respetan los derechos humanos (estados proscritos), porque no pueden respetarlos (sociedades desventajadas) o porque los respetan pero niegan a sus miembros la participaci&oacute;n pol&iacute;tica (sociedades con absolutismo ben&eacute;volo). La &uacute;nica consecuencia precisa de esta pseudo&#45;tipolog&iacute;a es que sienta las bases para legitimar la doctrina de la "guerra justa" contra los pueblos que no est&eacute;n bien ordenados, en particular y especialmente contra aquellos que adem&aacute;s est&aacute;n "proscritos". Aunque con todos los reparos posibles, con la moderaci&oacute;n y el recato de la mejor tradici&oacute;n <i>liberal</i> norteamericana, es decir, con un alto &iacute;ndice de prudentes consejos sobre el <i>jus in bello,</i> Rawls acepta la guerra "justa" contra los estados que hayan sido declarados "fuera de la ley" por una comunidad internacional que hubiera asumido &#151;como de hecho ocurre en lo fundamental&#151; su "derecho de gentes". Sin deshacerse de la permanente confusi&oacute;n entre pueblos y estado, Rawls escribe: &laquo;El derecho de un pueblo a la independencia y a la autodeterminaci&oacute;n no puede servir de escudo frente a la condena &#91;de la sociedad mundial por la violaci&oacute;n de los derechos humanos&#93;, ni siquiera en casos graves de intervenci&oacute;n por otros pueblos&raquo;.<sup><a href="#notas">21</a></sup> Nadie niega que hay grav&iacute;simos problemas de respeto de los derechos humanos en numerosos pa&iacute;ses, y no s&oacute;lo en aquellos que la comunidad internacional califica como criminales: la duda est&aacute; en saber si en el marco del "derecho de los pueblos" dise&ntilde;ado por Rawls estas violaciones por parte de los estados no acaban siendo juzgadas y castigadas de forma totalmente arbitraria e instrumental, como de hecho hoy sucede. Se trata de una normatividad tan d&eacute;bil &#151;como veremos en las conclusiones&#151; que acaba amold&aacute;ndose a la realidad. Se podr&iacute;a replicar que Habermas, en el fondo, con su idea de <i>Weltinnenpolitik,</i> ha acabado ofreciendo <i>grosso modo</i> la misma receta, y ser&iacute;a en parte cierto. Tambi&eacute;n Habermas invita a modificar la realidad sin apartarse mucho de ella: la diferencia reside precisamente en los ingredientes y en las proporciones del f&aacute;rmaco &#151;un placebo el primero, una cura compleja, y quiz&aacute; todav&iacute;a insuficiente, aunque complementada por un diagn&oacute;stico general extremadamente preciso, la segunda.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El ejemplo hist&oacute;rico que utiliza Rawls para dar fuerza a su argumento sobre la "guerra justa" es el de la Alemania nazi: no cabe duda de que fue una grav&iacute;sima amenaza para el mundo entero, y de que los estados que a&uacute;n eran democr&aacute;ticos se vieron forzados a entrar en guerra. Pero no se trat&oacute; tanto de un caso de "guerra justa", como de guerra necesaria, inevitable. En otros t&eacute;rminos, es oportuno establecer con la mayor precisi&oacute;n te&oacute;rica la l&iacute;nea divisoria que separa la reacci&oacute;n ante una ofensa manifiesta, esto es la reacci&oacute;n militar en caso de invasi&oacute;n o de ataque con evidentes fines expansionistas por parte de un estado cualquiera y la guerra preventiva sobre la base de una presunta amenaza por parte de estados "proscritos", o que pueden albergar a grupos que est&aacute;n "fuera de la ley" o son terroristas. Ni siquiera es suficiente, para definir una guerra preventiva como "justa", que un estado disponga de pruebas ciertas de la posesi&oacute;n de armas de destrucci&oacute;n de masa, o de medios equivalentes. Estas armas, en efecto, est&aacute;n tambi&eacute;n a disposici&oacute;n de "pueblos bien ordenados", y sobre todo de la superpotencia global. Y afirmar que los pueblos liberales y decentes &#151;por estar dotados de una naturaleza moral que se lo impedir&iacute;a&#151; no har&aacute;n nunca uso de ellas a menos que les obligue la necesidad de defenderse a s&iacute; mismos o de defender al mundo entero de los estados "proscritos", es un pobre consuelo. El &uacute;nico pa&iacute;s que dispone hoy de los recursos econ&oacute;micos, tecnol&oacute;gicos y militares para amenazar con &eacute;xito y a gran escala la paz mundial es precisamente los Estados Unidos. Por coherencia y moralidad, deber&iacute;an encaminarse hacia un desarme unilateral o declarar preventivamente la guerra contra s&iacute; mismos.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>5. Una ilusoria exaltaci&oacute;n de lo que existe</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La poca audacia normativa, prescriptiva, de <i>El derecho de gentes</i> deber&iacute;a estar al servicio de una mayor posibilidad de aplicaci&oacute;n: &eacute;ste ser&iacute;a un ejemplo, como el propio Rawls pretende dejar claro desde el comienzo, con un ox&iacute;moron audaz, de una utop&iacute;a "realista" (como aquella que Rawls atribuye a Rousseau en el <i>Contrato social):</i><sup><a href="#notas">22</a></sup> &laquo;la filosof&iacute;a pol&iacute;tica es ut&oacute;pica en sentido realista cuando extiende los l&iacute;mites tradicionales de la posibilidad pol&iacute;tica practicable&raquo;.<sup><a href="#notas">23</a></sup> Dejando al margen lo extravagante de la expresi&oacute;n "posibilidad pol&iacute;tica practicable" &#151;sobre cuya consistencia l&oacute;gica es preferible no indagar&#151;, la impresi&oacute;n que deja la lectura de la &uacute;ltima obra rawlsiana es que en ella no abunda ni el genuino impulso de la utop&iacute;a, ni la prudencia circunspecta del realismo. En cuanto a esto &uacute;ltimo, es equivocada y descorazonadora la perspectiva escogida por Rawls en su an&aacute;lisis de la situaci&oacute;n internacional, que recicla el modelo contractualista de la posici&oacute;n original con la fraudulenta sustituci&oacute;n de los individuos racionales por los "representantes" de los pueblos liberales y decentes. La elecci&oacute;n de esta perspectiva prejuzga todo posible acercamiento, y toda posible cr&iacute;tica, a las relaciones de fuerza internacionales, as&iacute; como a los sujetos reales que se encuentran en competencia en un &aacute;mbito que ya no es s&oacute;lo pol&iacute;tico&#45;militar, sino tambi&eacute;n econ&oacute;mico&#45;financiero. Sin este an&aacute;lisis, el impulso ut&oacute;pico queda inevitablemente confinado a la justificaci&oacute;n de lo que existe, y la propuesta se acomoda sobre el modelo de las actuales instituciones internacionales, quedando reducida normativamente, como mucho, a ser una invitaci&oacute;n para que funcionen un poco mejor. Todo lo m&aacute;s que <i>El derecho de gentes</i> llega a imaginar, en el &aacute;mbito de la posici&oacute;n original de segundo nivel, son &laquo;tres organizaciones de este tipo: una dise&ntilde;ada para asegurar el comercio justo entre los pueblos; otra para establecer un sistema bancario cooperativo al servicio de los pueblos; y la tercera con un papel semejante al de las Naciones Unidas, que llamar&eacute; Confederaci&oacute;n de los Pueblos (y no de los Estados)&raquo;.<sup><a href="#notas">24</a></sup> Las dos primeras organizaciones, reconoce Rawls a pie de p&aacute;gina, son an&aacute;logas al GATT y al Banco Mundial. <i>Nihil sub sole novi.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Muy diferentes son la posiciones que merecen el nombre de utop&iacute;as realistas: son aquellas que se miden abiertamente con la dura realidad presente, sin medias tintas, sin edulcorarla o ignorar sus aspectos tr&aacute;gicos, y que al mismo tiempo tienen arrojo te&oacute;rico en la prescripci&oacute;n de aut&eacute;nticas ideas regulativas de kantiana memoria: no mundos paralelos, sino mundos posibles que no requieren de revoluciones morales o transformaciones antropol&oacute;gicas. Dos autores me resultan familiares en este terreno: Norberto Bobbio y Luigi Ferrajoli. Dice, por ejemplo, el primero de ellos: &laquo;Un sistema pol&iacute;tico estable, duradero y pac&iacute;fico es aquel en el que se ha producido el paso desde el tercero entre las partes al tercero por encima de las partes. Este paso a&uacute;n no ha tenido lugar, o lo ha hecho de un modo imperfecto, en el sistema internacional. Para dirimir eficazmente los conflictos entre las partes, el tercero debe disponer de un poder superior a &eacute;stas. Pero al mismo tiempo, para resultar eficaz sin ser opresivo, un tercero superior a las partes ha de disponer de un poder democr&aacute;tico, es decir, fundamentado en el consenso y en el control de las partes cuyos conflictos debe dirimir&raquo;.<sup><a href="#notas">25</a></sup> Poco m&aacute;s adelante a&ntilde;ade: &laquo;la democracia como ant&iacute;tesis del despotismo y la paz como ant&iacute;tesis de la guerra encuentran una inspiraci&oacute;n com&uacute;n en el ideal de la no violencia que Aldo Capitini, con una concepci&oacute;n prof&eacute;tica, llamaba 'el abismo actual de la historia'. El ideal de la no violencia representa el aspecto <i>ut&oacute;pico</i> de estas p&aacute;ginas&raquo;.<sup><a href="#notas">26</a></sup> Y ampliando esta idea: el tercero <i>super partes</i> deber&iacute;a ser una instituci&oacute;n soberana fundada, sin ambig&uuml;edades, sobre un consenso entre partes que se reconocen como moral y pol&iacute;ticamente iguales, con el fin de garantizar la paz y la seguridad. No deber&iacute;an existir, en cambio, "estados canallas" o "pueblos indecentes" a priori, o calificados como tales en virtud de condicionamientos ideol&oacute;gicos o de intereses pol&iacute;ticos de una u otra alianza parcial (m&aacute;s o menos poderosa) entre sujetos internacionales, y, por tanto, que puedan ser objeto de guerras humanitarias o de "guerras justas" m&aacute;s o menos preventivas. El concepto mismo de guerra justa no puede tener cabida. El posible uso de la fuerza contra estados u otros sujetos (por ejemplo, grupos terroristas) deber&iacute;a tener m&aacute;s bien el car&aacute;cter de operaciones de polic&iacute;a internacional. Puede ser que la opini&oacute;n de Rawls no fuera muy distinta de &eacute;sta: pero mientras la cuesti&oacute;n queda perfectamente clara en Bobbio, por lo menos desde el punto de vista normativo, no se puede decir lo mismo de la confusa distinci&oacute;n rawlsiana entre pueblos, estados y sociedades nacionales m&aacute;s o menos liberales o m&aacute;s o menos decentes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la misma l&iacute;nea de Bobbio se sit&uacute;an las reflexiones m&aacute;s recientes de Ferrajoli: &laquo;estamos asistiendo a una crisis del constitucionalismo y, m&aacute;s en general, de la legalidad y de los derechos humanos, tanto en el interior de nuestros ordenamientos como en las relaciones internacionales. Y sin embargo, la globalizaci&oacute;n y el crecimiento de las interdependencias y las comuicaciones hacen posible &#45;adem&aacute;s de indispensable, si queremos impedir un futuro de guerra, violencia, devastaciones humanas y ambientales, fundamentalismos y conflictos inter&eacute;tnicos sobre el fondo de una creciente desigualdad e injusticia&#45; la perspectiva de un constitucionalismo mundial, cuyo marco y coordenadas contribuyen a proporcionar, al excluir por ilusoria la idea de la democracia en un solo pa&iacute;s, o incluso extendida a todo el occidente capitalista, y obligan a situar el derecho y la pol&iacute;tica a la altura de los problemas&raquo;.<sup><a href="#notas">27</a></sup> En Ferrajoli, la plena aceptaci&oacute;n de la crisis del constitucionalismo interno e internacional no le impide comprometerse con su revisi&oacute;n y consolidaci&oacute;n. &Eacute;sta s&iacute; que me parece &#151;a pesar de las m&uacute;ltiples dificultades te&oacute;ricas y pr&aacute;cticas que conlleva&#151; una verdadera utop&iacute;a realista, que permanece atenta a las particularidades de la situaci&oacute;n que hay que afrontar, sin claudicar ante ella, consciente de las cualidades de la naturaleza humana y de sus intr&iacute;nsecos e insuperables limitaciones morales, pero no por ello carente de leg&iacute;tima ambici&oacute;n normativa. En particular, Ferrajoli subraya que este proceso de reforzamiento de la paz y la seguridad global no puede no pasar &#151;y aqu&iacute; s&iacute; que aparece el eco kantiano&#151; por la difusi&oacute;n planetaria de la democracia, de manera que es posible calificar como <i>ilusoria</i> cualquier soluci&oacute;n distinta a &eacute;sta. Precisamente "ilusorio" es el adjetivo adecuado para calificar el proyecto que Rawls llama "utop&iacute;a realista". Y, en general, &eacute;sta es la raz&oacute;n que explica c&oacute;mo es que <i>El derecho de gentes</i> deja la sensaci&oacute;n de no estar, con independencia del valor de las soluciones a las que apunta, a la altura de los problemas, como podr&iacute;a decir &#151;de nuevo&#151; Ferrajoli.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En conclusi&oacute;n, del proyecto cosmopolita kantiano, en el que dice inspirarse, Rawls no parece haber sabido retener demasiado. Es m&aacute;s. Al haber confundido el universalismo de los derechos fundamentales con el liberalismo pol&iacute;tico que presupone el contexto cultural occidental y, espec&iacute;ficamente, estadounidense, habiendo quedado adem&aacute;s enredado en un modelo de razonamiento normativo y en una concepci&oacute;n de la &eacute;tica p&uacute;blica que en la propia <i>Teor&iacute;a</i> hab&iacute;a considerado aplicables &uacute;nicamente a las ricas sociedades occidentales, el &uacute;ltimo Rawls se ha convertido &#151;y no sabr&iacute;a decir si a su pesar&#151; en una especie de cantor del magn&iacute;fico y progresivo destino de la <i>paz americana,</i> de la cual no acierta a entender o a asumir ni el car&aacute;cter imperialista, ni los catastr&oacute;ficos "efectos colaterales" sobre los propios valores que est&aacute;n en la base del liberalismo pol&iacute;tico occidental.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="notas"></a><b>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* Traducci&oacute;n del italiano por Andrea Greppi.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> <i>Cfr.</i> S. Shute, S. Hurley (eds.), <i>On Human Rights: The Oxford Amnesty Lectures 1993,</i> Basic Books, New York, 1993 &#91;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762343&pid=S1405-0218200600010000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->trad. es. _De <i>los derechos humanos: las conferencias Oxford Amnesty de 1993,</i> Trotta, Madrid, 1998&#93;.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Por cierto, ya existe alguna bibliograf&iacute;a relevante, sobre todo de corte anglosaj&oacute;n, en torno a estas tesis de Rawls. Sin embargo, por razones de espacio y de coherencia argumentativa, en esta nota me limito a indicar a los lectores m&aacute;s exigentes los siguientes trabajos: Charles Beitz, Political Theory and International Relations, Princeton U.P., 1999;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762345&pid=S1405-0218200600010000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> Charles Beitz, "Rawls's Law of Peoples." <i>Ethics</i> 110, 2000, pp. 669&#45;96;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762346&pid=S1405-0218200600010000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> Thomas Pogge, "An Egalitarian Law of Peoples." <i>Philosophy &amp; Public Affairs</i> 23, 1994, pp. 195&#45;224;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762347&pid=S1405-0218200600010000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> Patrick Hayden, John Rawls: Towards a Just World Order, University of Wales Press, 2002;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762348&pid=S1405-0218200600010000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> mismos que me fueron sugeridos por el dictami&#45;nador an&oacute;nimo de este texto.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Elaboro los apuntes preparados en ocasi&oacute;n de mi participaci&oacute;n en el seminario para estudiantes y doctorandos organizado por Pier Paolo Portinaro en el "Dipartimento di studi politici" de la Universidad de Tur&iacute;n, que tuvo lugar el d&iacute;a 23 de octubre de 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762350&pid=S1405-0218200600010000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> Barcelona, Paid&oacute;s, 2001, p. 13n (en la edici&oacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762352&pid=S1405-0218200600010000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->n italiana: Il diritto dei popoli, a cura di S. Maffettone, Comunit&agrave;, Tur&iacute;n, 2001). Puede ser significativo que, en esa misma p&aacute;gina, Rawls incluya una nota m&aacute;s amplia en la que explica que su uso del t&eacute;rmino "decente" no coincide con el de Avishai Margalit.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><sup>5</sup> Cfr</i>por ejemplo, B. Conforti, <i>Diritto internazionale,</i> ESI, Napoli 1997, in part. p. 202.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762354&pid=S1405-0218200600010000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 19</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> Ibid., p. 50.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> <i>Cfr.</i> I. Kant, <i>Scritti di storia, politica e diritto,</i> a cura di F. Gonnelli, Laterza, Roma&#45;Bari 1995, pp. 167&#45;68.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762358&pid=S1405-0218200600010000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> Cfr. N. Bobbio, <i>Teoria generale della politica,</i> a cura di M. Bovero, Einaudi, Torino 1999, pp. 339&#45;41 &#91;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762360&pid=S1405-0218200600010000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->trad. es. <i>Teor&iacute;a general de la pol&iacute;tica,</i> Trotta, Madrid, 2003&#93;.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup> Cfr. Kant, <i>Metafisica dei costumi</i> in <i>Scritti politici,</i> Utet, Torino 1965, p. 537.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762362&pid=S1405-0218200600010000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 35.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762364&pid=S1405-0218200600010000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup> He tratado este mismo tema en <i>Dal disordine al consenso. Filosofia e politica in Thomas Hobbes,</i> Angeli, Milano 1994, in part. pp. 184&#45;86.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762366&pid=S1405-0218200600010000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup> Cfr. J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 35.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup> Son pueblos decentes, seg&uacute;n Rawls, de forma un tanto sibilina, aquellos que forman sociedades cuyas instituciones b&aacute;sicas "cumplen ciertas condiciones espec&iacute;ficas de justicia pol&iacute;tica y conducen a su pueblo a acatar el justo y razonable derecho de una sociedad de los pueblos" (DG, p. 73).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>15</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 36.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>16</sup> <i>Ibidem.</i></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>17</sup> H. Kelsen, <i>Essenza e valore della democrazia,</i> il Mulino, Bologna 1966, p. 51 &#91;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762372&pid=S1405-0218200600010000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->trad. <i>Esencia y valor de la democracia,</i> Guadarrama, Madrid, 1977, p. 43&#93;.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>18</sup> La escasa familiaridad con los cl&aacute;sicos del pensamiento pol&iacute;tico se hace patente en DG, pp. 47, cuando Rawls afirma que "el respeto de s&iacute; mismo como pueblo" deriva "de aquello que Rousseau llama <i>amour&#45;propre".</i> Por el contrario, Rousseau afirma expl&iacute;citamente que, al menos por lo que respecta al individuo, el amor propio es el deseo de prevalecer, de adquirir bienes no necesarios &#151;y que, por tanto, es la causa de todos los males de los hombres "civilizados"&#151;, mientras que el <i>amor de soi</i> es la indispensable inclinaci&oacute;n que cada uno tiene hacia si mismo, hacia la propia conservaci&oacute;n: "el amor de si es siempre bueno". Si quisi&eacute;ramos a toda costa aplicar anal&oacute;gicamente estas pasiones a los pueblos, lo m&aacute;s que podr&iacute;amos decir es que estos poseen m&aacute;s amor de s&iacute; que amor propio. Siempre que el objetivo siga siendo el de llegar a la paz por medio de reglas de derecho supranacional.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>19</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 37.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><sup>20</sup> Ibid.,</i> p. 77.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><sup>21</sup> Ibid.,</i> p. 49.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>22</sup> En este punto, la incorrecta interpretaci&oacute;n del ginebrino es todav&iacute;a m&aacute;s desconcertante. En la Introducci&oacute;n del <i>Emilio,</i> publicado exactamente el mismo a&ntilde;o que el <i>Contrato Social,</i> Rousseau responde a sus cr&iacute;ticos: " 'Proponed lo que es hacedero', me repiten constantemente. Es como si me dijeran: proponed que se haga lo que se hace; o, al menos, proponed alg&uacute;n bien que se al&iacute;e con el mal existente. Pero ese proyecto &#91;...&#93; es mucho m&aacute;s quim&eacute;rico que los m&iacute;os, porque con esta alianza el bien se estropea y el mal no se cura" (J. J. Rousseau, <i>Emilio, o de la educaci&oacute;n,</i> Alianza, Madrid, 1998, p. 32). Todo comentario resulta superfluo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>23</sup> J. Rawls, <i>El Derecho de gentes y "una revisi&oacute;n de la idea de raz&oacute;n p&uacute;blica",</i> cit., p. 3.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>24</sup> Ibid., p. 55.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>25</sup> N. Bobbio, <i>Il terzo assente,</i> Sonda, Torino 1989, pp. 8&#45;9 &#91;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762381&pid=S1405-0218200600010000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->trad. <i>El tercero ausente,</i> C&aacute;tedra, Madrid, 1997, p. 11&#93;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>26</sup> <i>Ibidem,</i> p. 10 &#91;p. 13&#93;, las cursivas son m&iacute;as.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>27</sup> L. Ferrajoli (et <i>al)., Diritti fondamentali. Un dibattito teorico,</i> edici&oacute;n de E. Vitale, Laterza, Roma&#45;Bari 2001, pp. 353&#45;54,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4762384&pid=S1405-0218200600010000700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> las cursivas son m&iacute;as &#91;trad. es. <i>Los fundamentos de los derechos fundamentales,</i> Trotta, Madrid, 2001, pp. 381&#93;.</font></p>      ]]></body><back>
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