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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La narraci&oacute;n herida</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Norma Garza Sald&iacute;var</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Esther Cohen, <i>Los narradores de Auschwitz,</i> M&eacute;xico, Fineo/Lilmod, 2006.</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde este nuevo siglo &iquest;qu&eacute; posici&oacute;n tomar frente al pasado?, &iquest;c&oacute;mo recuperar lo que ya ha sido?, &iquest;c&oacute;mo reconocerse en el ahora si no hay una elaboraci&oacute;n del ayer? Para recordar y guardar memoria hay que imaginar. Imaginar para ver y dilucidar lo que fue, crear con la narraci&oacute;n el lugar de la memoria. Porque si algo caracteriza tambi&eacute;n a nuestro tiempo es el no querer saber demasiado, el no pensar desde la imaginaci&oacute;n, o simplemente el quedarse en el olvido construyendo monumentos, o conmemorando fechas y nombres s&oacute;lo para ensalzar el instante ef&iacute;mero, pero no para congregar la memoria de los otros, y es que vivimos m&aacute;s afectados por los eventos de la informaci&oacute;n que por las experiencias de la narraci&oacute;n, como dir&iacute;a Walter Benjamin.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro de Esther Cohen, <i>Los narradores de Auschwitz,</i> desentierra o saca a la luz otros rostros de la barbarie, del holocausto. Retoma otras voces para contar de nueva cuenta, no para transmitir informaci&oacute;n sino para sumergirnos en la vida del narrador, del acontecimiento, de la experiencia que no se agota aun terminado el libro. Sus ensayos parten desde la gestaci&oacute;n o el presagio del horror hasta la consolidaci&oacute;n y la herida, una herida que queda siempre como posibilidad. Con su escritura, Esther exhuma restos, rostros, huellas, nombres: pone en acto la memoria. Nombra e indaga sobre lo que hay detr&aacute;s de vidas como las de Jean Am&eacute;ry, Primo Levi, Imre Kert&eacute;sz, Joseph Roth, Franz Kafka, Victor Klemperer, Etty Hillesum y Albert Camus, y tambi&eacute;n de alg&uacute;n modo nombres como Paul Celan, Walter Benjamin y Hanna Arendt. Nombrar para dar forma a la vida, ya que "carecer de nombre es pertenecer a la muerte: sin cualidades, ni sombra, ni sue&ntilde;o, ni imaginaci&oacute;n, ni alma", como escribe Esther, pero en su libro <i>El silencio del nombre,</i> donde aparece uno de sus primeros ensayos que yo le&iacute;: "Narrar los nombres". Ah&iacute;, en ese ensayo, explicaba que cada nombre en cualquier comunidad o sociedad es una especie de microrrelato de vida, de historia condensada; una cultura se conoce y se puede penetrar por sus nombres propios que "no son sino los peque&ntilde;os relatos y los grandes fantasmas que habitan (esa cultura) y le dan forma". Fantasmas o espectros que Esther recoge ahora en este libro, lo que le permite ver y pensar de otra manera las sombras del totalitarismo, del "discurso mort&iacute;fero", de Auschwitz como un horizonte de posibilidad, como un cierto horizonte de nombres silenciosos. Como el de Paul Celan que Esther, de alg&uacute;n modo, recoge en este libro, y que ahora cito porque muestra esa forma ambigua y ambivalente de la lengua y, en ella, la huella del horror que permanece:</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Accesible, pr&oacute;xima y no perdida permaneci&oacute;, en medio de todas las p&eacute;rdidas, s&oacute;lo una cosa: la lengua. S&iacute;, la lengua no se perdi&oacute; a pesar de todo. Pero tuvo que pasar entonces a trav&eacute;s de la propia falta de respuesta, a trav&eacute;s de un terrible enmudecimiento, pasar a trav&eacute;s de las m&uacute;ltiples tinieblas del discurso mort&iacute;fero. Pas&oacute; a trav&eacute;s y no tuvo palabras para lo que sucedi&oacute;; pero pas&oacute; a trav&eacute;s de lo sucedido. Pas&oacute; a trav&eacute;s y pudo volver a la luz del d&iacute;a, 'enriquecida' por todo ello. En esa lengua he intentado yo escribir poemas en aquellos a&ntilde;os y en los posteriores: para hablar, para orientarme, para averiguar d&oacute;nde me encontraba y a d&oacute;nde ir, para proyectarme una realidad.</font></p> </blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una lengua, entonces, que pas&oacute; a trav&eacute;s de lo sucedido, de la sordera y la ceguera, de la falta de respuesta y del enmudecimiento. Una lengua que conserva la huella de la aflicci&oacute;n, de la muerte y el dolor, que tuvo que pasar a trav&eacute;s de, y ser atravesada por la experiencia concentracionaria. Por ello, s&iacute;, quiz&aacute; Esther tenga raz&oacute;n al preguntarse si "estamos ante un nuevo g&eacute;nero testimonial: el g&eacute;nero de la literatura concentracionaria nazi". Un g&eacute;nero herido de realidad, pero que inevitablemente busca realidad, porque &eacute;sta no est&aacute; dada: exige la b&uacute;squeda y la creaci&oacute;n, exige la narraci&oacute;n, y en este sentido, exige a <i>Los narradores de Auschwitz.</i> Pero &iquest;c&oacute;mo dar cuenta de la experiencia humana, cuando es lo humano lo que se cuestiona, cuando la experiencia se ha convertido en "el exterminio y el borramiento del rostro del ser humano", como escribe Esther? &iquest;C&oacute;mo narrar, pues, cuando la experiencia se ha empobrecido y lo humano se ha exterminado?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esther parece no perder la esperanza de que ah&iacute;, en el horror, pueden estar el ojo y el o&iacute;do atentos al otro, porque el narrador recurre a toda una vida, una vida que, por lo dem&aacute;s, como escribe Benjamin, "no s&oacute;lo incorpora la propia experiencia, sino, en no peque&ntilde;a medida, tambi&eacute;n la ajena. En el narrador, lo sabido de o&iacute;das se acomoda junto a lo m&aacute;s suyo"; y es que no hay verdadera narraci&oacute;n si no hay quien hable, si no hay quien escuche. Recoge, pues, ciertos momentos a trav&eacute;s de las existencias de aquellos que intuyeron, que vivieron o que reconocieron el peligro; aquellos que narraron su propia experiencia. Unos, desde el rencor o la venganza contra la vida, otros desde la pasi&oacute;n o la lucidez, porque como escribe Deleuze, "hay cosas que no se pueden hacer ni decir m&aacute;s que desde cierta mezquindad an&iacute;mica &#91;...&#93;. A veces basta un gesto o una palabra. Son los estilos de vida, siempre implicados, quienes nos constituyen". Son esos estilos de escritura con los que Esther dialoga, pero tambi&eacute;n estilos de vida, no como algo meramente personal, sino como la invenci&oacute;n de una posibilidad vital, de un modo de existencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con su escritura ensay&iacute;stica, Esther realiza lo que Deleuze quer&iacute;a: hender, rajar, atravesar las palabras o las frases, para extraer de ellas enunciados, nuevos significados que nos ayuden a vislumbrar nuestro presente y a cuestionar &iquest;qu&eacute; es lo que somos hoy capaces de decir, qu&eacute; somos capaces de ver, todav&iacute;a seremos capaces de escuchar? En este libro, Cohen profundiza en la experiencia de varios autores, y si bien el tema de todos sus ensayos es la experiencia de los campos concentracionarios, Esther no sigue un pensamiento lineal, sino que es a partir de la heterogeneidad de los diversos estados de &aacute;nimo, de las crisis por las que atraviesa cada uno, con lo que construye m&aacute;s una "cordillera volc&aacute;nica", como dir&iacute;a Deleuze, que un sistema tranquilo y equilibrado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La sociedad de la que hablaba Jean Am&eacute;ry, nuestra sociedad, &iquest;se habr&aacute; curado de Auschwitz, se habr&aacute; curado del uso de una ret&oacute;rica represiva? Frente a la enfermedad el amor por la lengua, la escritura como resistencia, como respuesta, como metamorfosis de la muerte en vida para sobrevivir, para seguir contando. Se trata de reelaborar con la escritura el rostro desfigurado de la condici&oacute;n humana. Transformar, transmutar, metamorfosear, como quer&iacute;a tambi&eacute;n Canneti, la realidad. Crear constantemente al tiempo que se relata.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Deleuze se refer&iacute;a a la obra de Kafka como el "diagn&oacute;stico de todas las potencias diab&oacute;licas que nos amenazan"; el libro de Esther bien puede ser el diagn&oacute;stico de una condici&oacute;n humana enferma de indiferencia y horror, que no se refiere s&oacute;lo a un tiempo pasado, a lo que ya fue, sino a una memoria, es decir, a lo que ata&ntilde;e tambi&eacute;n a nuestro presente y a un futuro, y en este sentido a una amenaza todav&iacute;a vigente. Ejercicios de memoria, afirma Esther, es lo que Albert Camus hace en sus novelas y ensayos; pero tambi&eacute;n lo que la misma Esther nos propone en este libro. Memoria que, como ella misma escribe, "tiene que producir acontecimientos, nuevas formas de acci&oacute;n, de organizaci&oacute;n y de vigilancia: de conciencia". Y es desde la memoria y la escritura sobre Camus que Esther nos previene: "habr&aacute; que estar alertas a la barbarie de la peste que desde ya nos habita".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Despu&eacute;s de leer el libro de Esther sabemos m&aacute;s sobre lo que el mundo ha perdido, sobre la justicia que muere cuando muere el narrador, pero tambi&eacute;n sobre la forma, el modo de vida, el rostro que nos deja la escritura de los muertos o de la muerte. Su escritura est&aacute; marcada por el encuentro entre literatura, filosof&iacute;a e historia, y en su di&aacute;logo continuo con la existencia se convierten ya en otra cosa: en ensayo. Una escritura que encuentra su unidad a trav&eacute;s de las rupturas, de la experiencia del pensamiento y de la cr&iacute;tica po&eacute;tica, para hacer con ello un modo de existencia, un estilo propio, el de Esther Cohen, que nos muestra la huella de una realidad herida que se proyecta, justamente, en <i>Los narradores de Auschwitz.</i></font></p>      ]]></body>
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