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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><b>TESTIMONIO</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="4" face="verdana"><b>Las varias nubes</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Julio Derbez</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Autor del libro<I> Itinerario del intruso o para    qu&eacute; me sirvi&oacute; el c&aacute;ncer, </I>M&eacute;xico: Turner-Ortega    y Ortiz, 2006 (Cuadernos de Quir&oacute;n)</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana">Toda mi vida he estado en contacto con el tabaco.    Recuerdo con absoluta claridad la tos con que mi padre amanec&iacute;a todos    los d&iacute;as. Ella lo despertaba, primero a &eacute;l, que una vez incorporado    sub&iacute;a de tono, se te&ntilde;&iacute;a de angustia, y entonces nos despertaba    a los dem&aacute;s miembros de la familia. Al entrar al peque&ntilde;o despacho    de mi padre sent&iacute;a que me introduc&iacute;a a una nube. Tambi&eacute;n    recuerdo a mam&aacute; Chayo, su codo derecho sobre su pu&ntilde;o izquierdo,    el brazo recorriendo su vientre, y en la mano diestra un cigarro mentolado.    A mi abuelo no lo conoc&iacute;, pero cuando Pap&aacute; Qu&iacute;n viv&iacute;a,    seg&uacute;n ella me cont&oacute;, fumaba a escondidas de &eacute;l, pero con    su anuencia; "ahora vuelvo", dec&iacute;a ella, "s&iacute;, ya    s&eacute; que vas a fumarte tu cigarrito". Mi abuela, quince a&ntilde;os    menor que &eacute;l, lo negaba y sonre&iacute;a. Eran las costumbres en el Chiapas    de principios del siglo pasado. Mi abuelo materno muri&oacute; de c&aacute;ncer    en el est&oacute;mago, sin haber fumado en su vida. Mi pap&aacute; Pepe, el    abuelo paterno, a pesar de haber sufrido un infarto severo, nunca abandon&oacute;    el cigarro y varias veces le sobrevinieron ataques de tos que tornaban su rostro    viol&aacute;ceo, muy lejos del rosado habitual y que no presagiaba cosas buenas.    Muri&oacute; de enfisema. Casi todos mis t&iacute;os y t&iacute;as, de ambas    familias, fumaban.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> Por el contrario, mam&aacute; nunca ha fumado    y la buena salud la persigue a sus m&aacute;s de ochenta a&ntilde;os. Por supuesto    que no estoy implicando que la abstenci&oacute;n ante el tabaco sea garant&iacute;a    de buena salud. Recuerdo la primera vez que a mis catorce a&ntilde;os la desaf&iacute;e    inform&aacute;ndole –nada de pedir permiso–, que a partir de ese d&iacute;a    yo iba a fumar en casa y en su presencia. Me respondi&oacute; que no, que de    manera alguna. Me re&iacute; burlonamente y le pregunt&eacute; que qu&eacute;    era lo que pensaba hacer al respecto. "Apagarte los cigarros", me    dijo, "pues los vuelvo a encender", le contest&eacute; esa tarde que    hab&iacute;a salido a la calle a jugar f&uacute;tbol, nos llovi&oacute; y eso    le a&ntilde;adi&oacute; un reto adicional al manejo de la pelota de pl&aacute;stico    que pate&aacute;bamos y anim&oacute; el partido. Al finalizar, la victoria fue    para mi equipo con un golazo que anot&eacute; y con el cual se acab&oacute;    el re&ntilde;ido encuentro 10-9 a nuestro favor. Insuflado por el triunfo, entr&eacute;    a la casa chorreando y me met&iacute; a la regadera, de donde sal&iacute; con    un gran antojo por un cigarro. Eran mis catorce y yo hab&iacute;a aprendido    a fumar de la mano de un gran amigo un par de a&ntilde;os antes. Al concluir    la secundaria ya &eacute;ramos m&aacute;s los que ech&aacute;bamos humo en los    alrededores de la escuela o en los ba&ntilde;os, ya que por supuesto era una    actividad prohibida. Esa prohibici&oacute;n la volv&iacute;a m&aacute;s apetitosa    a&uacute;n. Por alguna extra&ntilde;a raz&oacute;n nunca pude fumar sino hasta    despu&eacute;s de la comida. Ni siquiera se me antojaba hacerlo en las ma&ntilde;anas    en que me transportaba con mi hermana mayor y dos de sus compa&ntilde;eras al    colegio. En cuanto est&aacute;bamos los cuatro, ellas tres encend&iacute;an    sus cigarritos. Era la &eacute;poca en la que los h&eacute;roes y hero&iacute;nas    del cine no pod&iacute;an aparecer en pantalla sin un tabaco. Entonces se dec&iacute;a,    "despu&eacute;s de un taco, un buen tabaco".</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> En los aviones hab&iacute;a ceniceros, y    no se encontraba uno un solo sitio adicional a la escuela, en el cual fumar    estuviera prohibido. Ni en los hospitales. Los cigarros se vend&iacute;an en    las farmacias y sin restricciones de edad, de lo cual se sirvi&oacute; mi padre    much&iacute;simas veces para enviar a alguno de sus cinco hijos a comprarle    sus espantosos Raleigh. Por aquella &eacute;poca tuve problemas con matem&aacute;ticas    y mis padres decidieron que antes de que esos problemillas crecieran hab&iacute;a    que atajarlos. El hijo de una pareja de amigos suyos era F&iacute;sico. Con    &eacute;l me mandaron por las tardes a tomar clases para regularizarme y de    paso apoyaban un poco al F&iacute;sico amigo cuya familia viv&iacute;a de su    sueldo como maestro en la UNAM, con lo que eso quer&iacute;a decir al despuntar    los a&ntilde;os setenta del siglo pasado en nuestro pa&iacute;s. As&iacute;    empec&eacute; a ir dos veces por semana a casa del buen V&iacute;ctor que me    explicaba lo que yo no entend&iacute;a. Una de sus primeras lecciones fue descalificar    los Baronet que yo consum&iacute;a, y darme a probar uno de sus Delicados. Not&eacute;    de inmediato la diferencia y sin chistar adopt&eacute; la marca. A la semana    siguiente, cuando saqu&eacute; mi cajetilla, me felicit&oacute; cual maestro    complacido y me revel&oacute; que de joven &eacute;l iba a fumar a nuestra casa.    Era asm&aacute;tico, y con justa raz&oacute;n su madre se alarmaba al verlo    llenar de humo su d&eacute;bil sistema respiratorio, as&iacute; que iba con    mi padre (viv&iacute;amos a una cuadra de distancia) que le convidaba de sus    cigarros. Por entonces, pap&aacute; fumaba Delicados; as&iacute; se cerr&oacute;    el c&iacute;rculo y en mi vida de fumador jam&aacute;s abandon&eacute; los "Delincuentes",    como los llam&aacute;bamos premonitoriamente. A finales de la prepa, quien no    portaba su cajetilla de cigarros, de la marca que fueran, era mal visto, seguramente    se trataba de alguien aburrido o tonto. El cigarro afianzaba nuestros pretendidos    aires de intelectuales, pero no s&oacute;lo los nuestros, los de toda una sociedad    cuya modernidad depend&iacute;a en buena medida de la capacidad de echar humo,    las mujeres mostraban su libertad al encender un cigarro y esa libertad anticipaba    libertades mayores y grandes deleites.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Sin embargo, ese feliz maridaje entre sociedad    y tabaco no tardar&iacute;a m&aacute;s de una d&eacute;cada en iniciar sus discusiones.    Era de gran distinci&oacute;n consumir cigarros gringos y en ellos apareci&oacute;    una tibia leyenda en la cual el Cirujano General –t&eacute;rmino incomprensible    para nosotros–, alertaba sobre un posible da&ntilde;o a la salud ocasionado    por el consumo de tabaco. Peque&ntilde;o aviso al que nadie, pero nadie le hac&iacute;a    caso, ya que por otro lado, la tele, los personajes del teatro y del cine, alentaba    con gran vigor a la gente a fumar. M&aacute;s all&aacute; del mundo Marlboro    y de las pel&iacute;culas, en cualquier entrevista o reportaje, alguien aparec&iacute;a    con su cigarro prendido. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Indignados por la advertencia gringa, los    fumadores nacionales, nos pele&aacute;bamos con una autoridad abstracta, a la    cual le neg&aacute;bamos la posibilidad de inmiscuirse en nuestros deleitosos    h&aacute;bitos. Supon&iacute;amos que era una muestra m&aacute;s del car&aacute;cter    timorato, cuadrado y aguado de los gringos ¿C&oacute;mo no fumar despu&eacute;s    de comer acompa&ntilde;ando un caf&eacute;, cuando el nervio nos invad&iacute;a,    cuando ech&aacute;bamos tragos o mir&aacute;bamos el mar o despu&eacute;s del    sexo?, ¿y si hac&iacute;a fr&iacute;o? En realidad pens&aacute;bamos que era    un placer sensual, como cantaba Sarita Montiel, y no un placer mortal.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Sab&iacute;amos que a deportistas y cantantes    no les iba mal el tabaco; aunque no hab&iacute;amos llegado a&uacute;n a los    ochentas, cuando el holand&eacute;s Johan Cruyff sorprendi&oacute; al mundo    con su alegre y eficaz f&uacute;tbol, y nos volvi&oacute; a sorprender a todos    cuando supimos que el jugador fumaba todos los d&iacute;as una cajetilla. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Los fumadores compiten para ver qui&eacute;n    lo hace m&aacute;s. Es una cuesti&oacute;n de orgullo despertarse a media noche    para satisfacer el ansia por la nicotina, o salirse de la regadera, encender    un cigarrillo, darle dos o tres caladas y continuar el aseo.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> En fin, el consumo de tabaco no era m&aacute;s    que parte de la fiesta y la recomendaci&oacute;n gringa una estupidez propia    de esos &ntilde;o&ntilde;os g&uuml;eros, blandengues y por supuesto tontos.    Una sociedad que se ha caracterizado por ser contradictoria y que por aquellos    a&ntilde;os nadaba en las aguas de la sicodelia, buscaba ampliar su libertad    e iniciaba su despertar ecol&oacute;gico al tiempo que asesinaba vietnamitas,    entre otras cosas, con el pavoroso napalm.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Esos a&ntilde;os rebeldes, en los cuales    los barbudos de la Sierra Maestra guiaban a las juventudes del mundo con sus    puros en las manos como si fueran directores de orquestas. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Muchos fumadores he conocido y muy pocos    capaces de salir por su propio pie de la red del tabaco; ejemplar para m&iacute;    fue Jaime Sabines, el gran poeta que tanto sufri&oacute; hacia el final de su    vida. Un buen d&iacute;a, no recuerdo con absoluta precisi&oacute;n, entre la    operaci&oacute;n treinta y cuatro y la cuarenta, abandon&oacute; al que hab&iacute;a    sido su fiel compa&ntilde;ero durante m&aacute;s de cinco d&eacute;cadas. Lo    hizo a base de amor propio y poder de decisi&oacute;n.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> A los mexicanos nos daba orgullo saber que    el tabaco era una aportaci&oacute;n de nuestro pa&iacute;s a la cultura mundial    y nos aferr&aacute;bamos al desastroso pensamiento adolescente de "a m&iacute;    no me va a pasar nada". Sin embargo, a m&iacute; s&iacute; me pas&oacute;.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> Cuando el c&aacute;ncer apareci&oacute;,    entend&iacute; de inmediato que mi vida hab&iacute;a cambiado para siempre.    Pero a&uacute;n hoy me sorprende cu&aacute;nto. No hay d&iacute;a en el que    no revolotee frente a m&iacute; alg&uacute;n temor o alg&uacute;n malestar.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> A la fecha la presumida ciencia no ha podido    discernir cu&aacute;l es la causa del c&aacute;ncer, pero todos los estudios    apuntan al tabaco como "el gran causante". Es cierto que hay casos    de gente que jam&aacute;s fum&oacute; –dif&iacute;cilmente podr&iacute;amos    decir que nunca estuvo en contacto con &eacute;l– y que fue v&iacute;ctima de    la enfermedad. Pero son los menos, la gran mayor&iacute;a de los que hemos sido    invadidos por nuestras c&eacute;lulas locas, hemos fumado.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> En mi juventud, tuve una fantas&iacute;a    que no llegu&eacute; a cumplir, esa fantas&iacute;a era que a los cuarenta a&ntilde;os    iba yo a correr el marat&oacute;n, no me importaban la velocidad ni la fuerza    con la que lo pudiera yo correr, lo que me importaba en realidad era el poder    tener el aire para desplazarme a lo largo de esos cuarenta y dos y pico de kil&oacute;metros.    Empec&eacute; a prepararme para intentarlo, de alguna manera ya tard&iacute;amente    y quiz&aacute;s lo &uacute;nico que hice bien fue dejar de fumar, me cost&oacute;    un gran trabajo, pero lo logr&eacute;, de ah&iacute; en fuera el resto del entrenamiento    necesario empezando por aprender a correr, no lo llev&eacute; a cabo y conforme    se aproximaban los cuarenta a&ntilde;os me iba yo resignando a que nunca iba    yo a correr esa carrera. Tiempo m&aacute;s adelante decid&iacute; que era el    momento de dejar de beber, yo era un bebedor fuerte, un bebedor pesado, y antes    de cruzar la raya del alcoholismo, decid&iacute; detenerme para lo cual recurr&iacute;    a la orientaci&oacute;n y al an&aacute;lisis del doctor Armando Barriguete a    quien siempre le estar&eacute; agradecido. Sin embargo para poder dar ese paso    que ya reclamaban con urgencia mi salud personal y familiar, volv&iacute; a    fumar, no cigarrillo como lo hab&iacute;a hecho a lo largo de mi vida de fumador,    sino en esta ocasi&oacute;n los peque&ntilde;os puros holandeses y cubanos que    tan de moda estaban en esos tiempos, y como buen exfumador de cigarrillos, me    era inevitable darles el golpe a los puritos. Fumaba yo uno, dos o diez, dependiendo    del d&iacute;a y dependiendo del estado de &aacute;nimo, me gustaba por las    noches fumarme dos o tres seguidos mientras le&iacute;a en espera de la aparici&oacute;n    del sue&ntilde;o convocado. Logr&eacute; apartarme de la bebida y segu&iacute;    fumando esos cigarros hasta que me diagnosticaron el c&aacute;ncer y desde entonces    no he vuelto a inhalar humo, ya que mi c&aacute;ncer fue pulmonar, el tumor    principal estaba alojado en el pulm&oacute;n derecho. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Una vez concluidos los largos tratamientos    que incluyeron demasiadas cosas como para narrarlas aqu&iacute;, supuse que    mi paso por el c&aacute;ncer pod&iacute;a ser de utilidad para alguien m&aacute;s    que estuviera atravesando por ese camino. Con gran gozo recib&iacute; una invitaci&oacute;n    para escribir un libro en donde platico el <I>Itinerario del Intruso</I> que    se hab&iacute;a adentrado en mi organismo; a partir de ese momento he recibido    algunas propuestas, como la que me trajo a estas p&aacute;ginas, para escribir    o hablar sobre el tema, y tengo tambi&eacute;n el honor de formar parte del    Consejo Asesor Contra el Tabaco. No dejo pasar una sola; me parece obligado    redoblar esfuerzos en la batalla contra las cigarreras independientemente de    mi experiencia; para mi desaz&oacute;n, el tabaco ha vuelto a mi casa, ahora    a manos de mi hijo mayor.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Amigos m&iacute;os muy queridos, muy estimables,    muy reconocidos, dicen que estoy inhabilitado para hablar de ese tema, ya que    me obnubila la pasi&oacute;n del converso, tienen toda la raz&oacute;n en el    sentido de que me anima esa pasi&oacute;n. Sin embargo no creo que eso me deba    llevar al silencio, al contrario, esa experiencia despert&oacute; en m&iacute;    un sentido de responsabilidad social y humana para intentar cooperar en la lucha    contra el tabaco, a pesar de que no me atrevo a afirmar que la causa de mi padecimiento    pueda adjudic&aacute;rsele cien por ciento a la inhalaci&oacute;n del humo mal&eacute;volo.    Sin embargo estoy cierto de que en un amplio porcentaje contribuy&oacute; a    mi enfermedad y contra lo que mis amigos opinan, ahora siento la necesidad de    contribuir con todo lo que pueda hacer, para que la gente comprenda que las    adicciones no son una puerta de libertad, ni un pelda&ntilde;o ascendente en    la escalera de la vida, sino que, como cualquier adicci&oacute;n, el tabaco    lo que es, es una jaula (y no de oro), es una dependencia que limita nuestra    libertad, es una imposici&oacute;n del exterior que encaja perfectamente con    las carencias y necesidades de la psique de todo fumador. No es verdad que el    que fuma lo hace exclusivamente por el placer que siente al inhalar el humo    del tabaco. Es indudable que algo m&aacute;s acompa&ntilde;a ese placer, algo    que proviene de adentro. No me voy a desviar aqu&iacute; para hablar de las    razones que puedan llevar a un hombre –y cada vez a m&aacute;s mujeres– hac&iacute;a    el tabaco, esa es tarea de los expertos en esas materias; lo &uacute;nico que    puedo aportar es haber padecido la terrible enfermedad llamada c&aacute;ncer,    que si bien no acab&oacute; conmigo, cambi&oacute; por completo mi manera de    ver la vida, en algunos casos para bien, pero hay otros que no puedo festejar,    ya que mi cuerpo y mi mente son cada vez m&aacute;s fr&aacute;giles y si bien    es cierto que vivo con alegr&iacute;a, tambi&eacute;n es cierto que lo hago    con temor ante la posible reaparici&oacute;n de la enfermedad. Por ello dedico    todo el tiempo que puedo a intentar compartir con la gente que, antes que cualquier    cosa, el tabaco es un negocio; no es nada m&aacute;s una demanda de los fumadores,    es un negocio impulsado por las grandes tabacaleras que act&uacute;an con cinismo    y con la obsesi&oacute;n exclusiva de ganar dinero a cambio de que la gente    lastime seriamente su salud. Es la aplicaci&oacute;n de aquella vieja conseja    de los economistas que reza as&iacute;: "cada oferta crea su propia demanda".    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> El nuevo trueque es; dame tu dinero y a cambio    me llevo tu salud. Cinco siglos despu&eacute;s los malvados cigarros son los    modernos espejitos con que los conquistadores atracaron a los habitantes originales    de este M&eacute;xico nuestro.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> No estoy diciendo que todos los fumadores    sufrir&aacute;n lo que yo padec&iacute;, pero s&iacute;, todos los fumadores    viven consecuencias que produce su h&aacute;bito, ya que aunque sea en un peque&ntilde;o    porcentaje lastima al cuerpo dependiendo obviamente de la constituci&oacute;n    de cada quien y de su nivel de consumo de tabaco, convenientemente sazonado    por la industria cigarrera con m&aacute;s de cuatrocientas sustancias t&oacute;xicas    que, entre otras lindezas, refuerzan la adicci&oacute;n. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Sin embargo en la mayor&iacute;a de los casos    no es una lesi&oacute;n menor la que produce, puede irritar la garganta, puede    lastimar los dientes, puede causar da&ntilde;os psicol&oacute;gicos entre los    cuales reitero la p&eacute;rdida de libertad ya que se depende del veneno para    vivir bien, se vuelve un bast&oacute;n, una muleta, sin los cuales no podemos    caminar. Las compa&ntilde;&iacute;as tabacaleras han llevado de manera miserable    el vicio hacia los ni&ntilde;os, j&oacute;venes y pueblos m&aacute;s necesitados    de la Tierra, a los m&aacute;s vulnerables pues. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Gracias a un c&aacute;lculo mercadol&oacute;gico    bien afinado estos nuevos piratas exportan ahora su criminal producto al &Aacute;frica    y a los pa&iacute;ses asi&aacute;ticos. Lo hacen para compensar la ca&iacute;da    en picada del consumo en los pa&iacute;ses m&aacute;s poderosos del planeta,    salvo China y quiz&aacute; Jap&oacute;n, –y por ende con una ciudadan&iacute;a    m&aacute;s y mejor informada, m&aacute;s organizada y m&aacute;s participativa.    Adem&aacute;s los malandrines empiezan a sufrir serias derrotas en pa&iacute;ses    como el nuestro.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Al respecto los avances logrados a &uacute;ltimas    fechas son esperanzadores, aunque la batalla apenas inicia. Prueba de ello es    que llevar a la pr&aacute;ctica lo que la ley ordena, como todo cambio va a    tener jaloneos, va a haber problemas, la oposici&oacute;n de los fumadores proviene    de un genuino convencimiento de que la prohibici&oacute;n a fumar en sitios    p&uacute;blicos es un atentado contra su libertad, a pesar de que el &uacute;nico    derecho que consagra la Constituci&oacute;n es el derecho a la salud. Bajo esta    &oacute;ptica, los fumadores tienen todo el derecho de fumar mientras su humo    no afecte a nadie m&aacute;s; me parece que es importante reconocer los avances    que se han dado en nuestro pa&iacute;s, gracias a la preocupaci&oacute;n de    un grupo cada vez m&aacute;s numeroso de mexicanos que buscan mejorar la salud    de las siguientes generaciones de mexicanos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> Por &uacute;ltimo, me llama mucho la atenci&oacute;n    que un empresario tan pol&iacute;ticamente correcto, tan inteligente, sensible    y culto como lo es Carlos Slim siga metido en ese negocio gangsteril y negro,    que le reporta enormes sumas de dinero sucio. Bien habido, pero sucio, arrancado    de pulmones, tr&aacute;queas, es&oacute;fagos y otras v&iacute;sceras vitales    para el correcto funcionamiento del cuerpo humano, adem&aacute;s de millones    de vidas de mexicanos ¿Ser&aacute; tanta la ganancia? ¿Habr&aacute; por ah&iacute;    alg&uacute;n atavismo psicol&oacute;gico que le impide alejarse de uno de sus    primeros grandes negocios? Qui&eacute;n sabe, pero su participaci&oacute;n en    esa industria, repito, gangsteril, no es digna de &eacute;l, m&aacute;xime cuando    por otro lado dota de sumas millonarias en d&oacute;lares a su reci&eacute;n    inaugurado Instituto Carso para la Salud. Con toda honestidad he de decir que    hacer dinero a costa de la salud de los mexicanos y despu&eacute;s dar dinero    para procurar la salud de los mismos mexicanos, me parece inconsistente y una    manera de lavarse la cara. Ojal&aacute; me equivoque y sea el principio de un    arrepentimiento sincero del magnate que lo lleve a alejarse por completo del    negocio de las cigarreras. Sin su enorme poder enfrente, quienes luchamos contra    el tabaco podremos avanzar m&aacute;s r&aacute;pido</font></p>     <p> <font size="2" face="Verdana">  ¡Cu&aacute;nto me gustar&iacute;a que mis    hijos recordaran con disgusto cuando en los antros y restoranes se pod&iacute;a    fumar! Tal como muchos lo hacemos hoy al pensar que antes en los aviones se    permit&iacute;a fumar; vol&aacute;bamos sobre las nubes bienhechoras en aeronaves    llenas de humo pernicioso. Me gustar&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s que mis    nietos nonatos le preguntaran a sus padres, ¿qu&eacute; es un cigarro?, y ante    la explicaci&oacute;n volvieran a preguntar –con la implacable l&oacute;gica    infantil y sus vocecillas cantarinas, –bueno, ¿y entonces por qu&eacute; fumaba    la gente?</font></p>      ]]></body>
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