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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El artículo "América" en la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert (primera parte)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Contribuci&oacute;n especial</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>El art&iacute;culo "Am&eacute;rica" en la <i>Enciclopedia </i>de Diderot y D'Alembert (primera parte)</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ignacio D&iacute;az de la Serna<sup>*</sup></b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>*</sup><i>Investigador del CISAN, UNAM y coeditor en jefe de Norteam&eacute;rica. Revista acad&eacute;mica. </i>&lt;<a href="mailto:idiazser@gmail.com">idiazser@gmail.com</a>&gt;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2"><i>Para Juan Araujo, feliz poseedor de la Enciclopedia</i></font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">S&iacute;. En el principio fue la <i>Enciclopedia</i>. La tierra era caos y confusi&oacute;n. Reinaba por doquier la oscuridad. Diderot y D'Alembert dijeron: "Haya luz" y las luces surgieron, separ&aacute;ndose de las tinieblas. "Hagamos la <i>Enciclopedia</i>", dijeron poco despu&eacute;s. Y la <i>Enciclopedia </i>naci&oacute;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El proyecto inicial consist&iacute;a en realizar una traducci&oacute;n al franc&eacute;s de la <i>Cyclopaedia or an Universal Dictionary of Arts and Sciences </i>de Ephraim Chambers que hab&iacute;a aparecido en 1728, en dos vol&uacute;menes, y cuyos suplementos ver&iacute;an la luz hasta 1753. Esa enciclopedia era el fruto de muchos a&ntilde;os de trabajo. Chambers hab&iacute;a sido capaz de llevar a cabo solo esa empresa considerable. Los dos vol&uacute;menes fueron comercializados a trav&eacute;s de una asociaci&oacute;n integrada por los diecinueve mejores libreros de Londres. Se recurri&oacute; a la publicaci&oacute;n de una lista de suscriptores eminentes, procedimiento que inaugur&oacute; una nueva modalidad en el negocio de la venta de los libros. De hecho, la estrategia publicitaria hab&iacute;a comenzado con una pomposa dedicatoria al rey Jorge II. Chambers obtuvo a cambio algunas recompensas: un lugar en la Royal Society y una tumba en la abad&iacute;a de Westminster. Desde entonces, descansa en paz entre las glorias nacionales de Gran Breta&ntilde;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un sistema preciso de env&iacute;os y referencias cruzadas sirve, en la <i>Cyclopaedia</i>, para desplegar la totalidad de los conocimientos humanos. Incluye 47 disciplinas, seg&uacute;n estipula Chambers en el prefacio, que van desde la filosof&iacute;a m&aacute;s abstracta hasta la tecnolog&iacute;a m&aacute;s puntual. Ideol&oacute;gicamente, el autor expresa por momentos ciertas posturas derivadas de la Reforma, a veces cercanas al de&iacute;smo, pero sin la intenci&oacute;n de condenar el catolicismo. La ciencia newtoniana inspira de principio a fin su obra; tambi&eacute;n da cabida a Descartes cuando es factible combinar sus ense&ntilde;anzas con las teor&iacute;as de Newton. Uno de los grandes logros de la <i>Cyclopaedia </i>es el entramado de conexiones l&oacute;gicas que consigue establecer entre las ciencias, estructurando as&iacute; un &aacute;rbol del conocimiento que, no por ser deudor del &aacute;rbol propuesto por Francis Bacon, se limita a ser una repetici&oacute;n de &eacute;ste. Ese mismo entramado aparecer&aacute; nuevamente en la <i>Enciclopedia </i>de Diderot y D'Alembert, tejido con mayor precisi&oacute;n conceptual y con un alcance superior en sus horizontes.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, en la obra de Chambers hay art&iacute;culos que resultan un tanto esquem&aacute;ticos, demasiado pobres en su desarrollo. M&aacute;s a&uacute;n, hay &aacute;reas completas ignoradas. Un ejemplo es la agronom&iacute;a. Como Diderot se&ntilde;alar&aacute;, no sin raz&oacute;n, en su <i>Prospectus: </i>"Los art&iacute;culos de Chambers est&aacute;n dispuestos con bastante regularidad, pero son vac&iacute;os; los nuestros son plenos, pero irregulares". Otro rasgo de la <i>Cyclopaedia, </i>sobre todo cuando se compara con la <i>Enciclopedia, </i>es el escaso n&uacute;mero de ilustraciones. Abarca solamente temas como la ciencia de la her&aacute;ldica, la historia natural, la geometr&iacute;a o la navegaci&oacute;n. Esa pobreza har&aacute; que la <i>Enciclopedia </i>se proponga un plan incre&iacute;blemente innovador para la &eacute;poca: elaborar una pedagog&iacute;a fundada en la imagen, cuyo prop&oacute;sito es la difusi&oacute;n del conocimiento y de las ciencias.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde 1740, algunos libreros de Par&iacute;s hab&iacute;an tenido la idea de hacer traducir la obra de Chambers y a&ntilde;adirle algunos suplementos. Finalmente, el librero Andr&eacute;&#150;Fran&ccedil;ois Le Breton obtuvo el privilegio de la Corona por un plazo de veinte a&ntilde;os para llevar adelante dicho proyecto. Se anunci&oacute; entonces la aparici&oacute;n de una <i>Enciclopedia o diccionario universal de las artes y de las ciencias. </i>Como puede constatarse, se trataba de una simple traducci&oacute;n del t&iacute;tulo original ingl&eacute;s de la obra de Chambers. Fue lanzada a la venta por suscripci&oacute;n. Los traductores designados fueron el alem&aacute;n Gottfried Sellius y el ingl&eacute;s John Mills, ambos supuestos expertos en ese tipo de tarea. Le Breton se disput&oacute; con ellos, y en octubre de 1745 tuvo la iniciativa de crear, mediante contrato, una sociedad con tres libreros, tambi&eacute;n parisinos, Michel&#150;Antoine David, Laurent Durand y Antoine Briasson. Una vez formado el equipo editorial, por acuerdo un&aacute;nime, los tres confiaron la direcci&oacute;n del trabajo de redacci&oacute;n al abate Jean&#150;Paul Gua de Malves, matem&aacute;tico de oficio, quien les hizo ver su suerte desde el comienzo. Esa elecci&oacute;n fue un grave error. Por fortuna, Gua de Malves hab&iacute;a recurrido a dos colaboradores; el primero, un ilustre acad&eacute;mico de las ciencias, y el otro, un pol&iacute;grafo versado en diversas disciplinas y que ya ten&iacute;a experiencia en hacer compilaciones especializadas. Eran Jean le Rond d'Alembert y Denis Diderot.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tras deshacerse de Gua de Malves, los tres libreros asociados encomendaron la responsabilidad de todas las tareas que acarreaban la traducci&oacute;n y publicaci&oacute;n de la <i>Cyclopaedia </i>a Diderot y D'Alembert.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En los expedientes que la polic&iacute;a de Par&iacute;s llevaba minuciosamente de la mayor&iacute;a de los hombres de letras que conocemos como <i>ilustrados, </i>un breve resumen de 1751, a&ntilde;o cuando sali&oacute; a la luz el primer tomo de la <i>Enciclopedia</i>, se refiere a los dos escritores en los siguientes t&eacute;rminos: "D'Alembert. Descripci&oacute;n: hombre peque&ntilde;o de fisonom&iacute;a bastante com&uacute;n. Es un hombre encantador por su car&aacute;cter y por su inteligencia. Destaca sobre todo en geometr&iacute;a". Diderot, por su lado, inquieta a la autoridad policiaca: "Diderot. Descripci&oacute;n: de estatura mediana y de fisonom&iacute;a bastante decente. Es un joven culto y se jacta de su impiedad; muy peligroso".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">D'Alembert pose&iacute;a un conocimiento de las ciencias como t&eacute;cnico, pero no como <i>philosophe</i>. Ese vocablo ten&iacute;a un significado preciso en Francia durante el siglo XVIII; designaba a una persona culta, descre&iacute;da y proclive a la paradoja. D'Alembert se familiariz&oacute; con las nuevas ideas en boga frecuentando los mismos lugares que Diderot y sus amigos, Condillac o Rousseau. En aquel entonces, Diderot estaba interesado en las matem&aacute;ticas y en la teor&iacute;a musical, al igual que D'Alembert. Esos intereses compartidos sin duda los aproximaron. M&aacute;s tarde, Condorcet comentar&aacute; que a los dos los un&iacute;a una s&oacute;lida amistad. Por lo tanto, no es de extra&ntilde;ar que semejantes amigos resolvieran embarcarse juntos en la tarea de hacer realidad la <i>Enciclopedia</i>.<sup><a href="#notas">1</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">D'Alembert explica con claridad el proyecto de la <i>Enciclopedia </i>justamente en una parte del art&iacute;culo "Diccionario". Se pregunta qu&eacute; deben hacer los autores de un diccionario enciclop&eacute;dico. Afirma que deben confeccionar, tal como ellos lo hacen, un cuadro general de los objetos principales de todos los conocimientos humanos. El prop&oacute;sito que persiguen es organizar un diccionario con caracter&iacute;sticas novedosas. Que sea universal en la informaci&oacute;n que proporcione y que sea razonado, es decir, cr&iacute;tico y l&oacute;gicamente construido.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La noci&oacute;n misma de enciclopedia remite a la epistemolog&iacute;a o a la filosof&iacute;a de las ciencias. Por eso, Diderot y D'Alembert se refieren a la divisi&oacute;n de las ciencias seg&uacute;n los principios del "&aacute;rbol enciclop&eacute;dico" o "sistema figurado de los conocimientos humanos" propuesto por Francis Bacon en su <i>Novum Organum scientarum</i>. De hecho, Bacon era bastante conocido en Francia por las traducciones que hiciera de algunos de sus libros Alexandre Deleyre, quien colabor&oacute; con la <i>Enciclopedia</i>. En las p&aacute;ginas del <i>Discurso preliminar</i>, redactado por D'Alembert, Bacon no s&oacute;lo es objeto de elogios, sino que surge como un pensador premonitorio, en el siglo XVII, de lo que encarnar&aacute;n m&aacute;s tarde los enciclopedistas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Autores como Buffon y otros contempor&aacute;neos suyos estaban realmente preocupados por la multiplicaci&oacute;n de los conocimientos t&eacute;cnicos, multiplicaci&oacute;n que parec&iacute;a apuntar m&aacute;s hacia una simple acumulaci&oacute;n parcelaria de saberes que a una genuina ciencia universal. En el primer discurso de su <i>Historia natural</i>, titulado "De la manera de estudiar &amp; tratar la Historia Natural", que data de 1749, Buffon se&ntilde;ala que en ese siglo, cuando las ciencias se cultivan con suma atenci&oacute;n y esmero, resulta f&aacute;cil darse cuenta de hasta qu&eacute; punto la filosof&iacute;a ha sido descuidada (Leclerc Buffon, 1774: 52). Por consiguiente, no sorprende que en el art&iacute;culo "Elementos de las ciencias" de la <i>Enciclopedia</i>, D'Alembert establezca que nuestros conocimientos son susceptibles de ser catalogados en tres clases: la historia, las artes tanto liberales como mec&aacute;nicas, y las ciencias propiamente dichas, las cuales "tienen como objeto las materias de puro razonamiento". En otras palabras, la filosof&iacute;a y las ciencias te&oacute;ricas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La <i>Enciclopedia </i>represent&oacute; una tentativa sin precedentes de integrar el vast&iacute;simo campo de las ciencias en un sistema filos&oacute;fico coherente. Semejante sistema ya exist&iacute;a en la <i>scientia generalis </i>de Leibniz, pero estaba fundado en una metaf&iacute;sica que sosten&iacute;a que Dios era la garant&iacute;a l&oacute;gica del mundo. En el polo opuesto de esa concepci&oacute;n, el sistema de los enciclopedistas es estrictamente racional, alimentado por las numerosas convergencias de la ciencia emp&iacute;rica de estirpe lockeana y por la certeza de que ni el azar ni el fatalismo presiden el destino de las cosas. En medio de lo real, el Hombre se yergue como centro com&uacute;n despu&eacute;s de haber destronado a Dios. Mientras que el universo se empecina en guardar silencio, la presencia del hombre vuelve significativa la existencia de todos los seres.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es importante se&ntilde;alar que Diderot y D'Alembert concibieron su participaci&oacute;n en la <i>Enciclopedia </i>en tanto que fil&oacute;sofos y no como matem&aacute;ticos o conocedores de las artes t&eacute;cnicas. Para evitar malentendidos, desde el <i>Discurso preliminar </i>se sostiene que la filosof&iacute;a consiste en la combinaci&oacute;n y la comparaci&oacute;n de las ideas que hemos recibido a trav&eacute;s de los sentidos. Tarea peligrosa, sin duda, cuando la "combinaci&oacute;n" y la "comparaci&oacute;n" dejan a un lado el &aacute;mbito de las ideas para incursionar en el terreno de las instituciones pol&iacute;ticas y de las creencias de los hombres. La audacia del proyecto de los enciclopedistas fue colosal. Surgida en un universo social radicalmente distinto al nuestro, donde las libertades que hoy juzgamos m&aacute;s elementales eran entonces inconcebibles, la inconformidad era un asunto que s&oacute;lo pod&iacute;a ventilarse en el fuero interno de cada cual y no era del todo aconsejable hacerlo siquiera con amigos cercanos. Aun as&iacute;, la <i>Enciclopedia </i>nunca pretendi&oacute; enmascarar sus efectos "revolucionarios" en la sociedad de su tiempo y en el pensamiento de las Luces. Dise&ntilde;ada como una aut&eacute;ntica maquinaria de guerra, ten&iacute;a la ambici&oacute;n y la esperanza de ilustrar a los hombres, liber&aacute;ndolos de sus ilusiones vanas, de sus supersticiones, de sus ideas preconcebidas, y permitirles tener acceso al conocimiento racional, siendo &eacute;ste lo &uacute;nico que les proporcionar&iacute;a una comprensi&oacute;n l&uacute;cida del mundo. Su m&aacute;ximo objetivo consist&iacute;a en cambiar la manera com&uacute;n de pensar, tal como queda expuesto en el art&iacute;culo "Enciclopedia".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Diderot proclam&oacute; en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n que hab&iacute;a conseguido reunir alrededor del proyecto de la <i>Enciclopedia </i>al grupo m&aacute;s deslumbrante de los <i>philosophes</i>. No era verdad. Es seguro que lo hiciera con una franca intenci&oacute;n publicitaria. Por diversos motivos, los grandes nombres de la &eacute;poca, o los que pronto se har&iacute;an ilustres, no colaboraron en ella; se desentendieron r&aacute;pidamente del proyecto. En realidad, muy pocos permanecieron fieles hasta el final de su publicaci&oacute;n. El caso m&aacute;s conocido es el de Rousseau. Despu&eacute;s de haber entregado en el transcurso de dos a&ntilde;os, de 1748 a 1749, firmados con la inicial "S", trescientos noventa art&iacute;culos sobre m&uacute;sica y, en especial, el c&eacute;lebre art&iacute;culo "Econom&iacute;a pol&iacute;tica", se enfureci&oacute; a prop&oacute;sito del art&iacute;culo "Ginebra", incluido en el tomo VII, y nunca volvi&oacute; a participar. Es bien sabido su distanciamiento, que creci&oacute; a partir de entonces, con los que antes hab&iacute;a mantenido alg&uacute;n lazo amistoso, hasta llegar a la furia desatada que rebosa su cr&iacute;tica de todos esos pensadores racionalistas, y de la que deja testimonio en sus <i>Confesiones </i>y en <i>Las enso&ntilde;aciones del paseante solitario</i>. Otras celebridades prometieron su colaboraci&oacute;n, pero jam&aacute;s cumplieron su palabra. Fontenelle, con la delicada cortes&iacute;a que lo caracterizaba, rechaz&oacute; la invitaci&oacute;n. Buffon y Montesquieu hicieron lo mismo. En cuanto a Voltaire, viejo lobo de mar, due&ntilde;o de una diplomacia inigualable, y cuya gloria, por otra parte, no necesitaba crecer siquiera un &aacute;pice, ten&iacute;a escaso o nulo inter&eacute;s en participar en esa empresa de compilaci&oacute;n, para colmo dirigida por un joven casi desconocido. Sin embargo, su simpat&iacute;a por D'Alembert lo hizo aceptar. &Eacute;l, que dominaba como ninguno el arte de ser incisivo en los temas m&aacute;s candentes, dando zarpazos letales cuando el asunto y la ocasi&oacute;n lo requer&iacute;an, entreg&oacute; poco m&aacute;s de cuarenta art&iacute;culos sobre historia y sobre literatura, escritos visiblemente con prisa, sin gran despliegue de sus cualidades en el contenido. Cuando se comparan esos art&iacute;culos con su monumental <i>Ensayo sobre las costumbres</i>, el desali&ntilde;o con que fueron redactados es evidente. Tambi&eacute;n salta a la vista la deferencia con la que fue tratado por los editores. Al final de cada uno de sus art&iacute;culos, siendo un caso &uacute;nico entre el resto de los colaboradores, se precisa su autor&iacute;a con la siguiente frase: <i>art&iacute;culo redactado por M. de Voltaire.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De otros autores con menor fama, aunque respetados por sus contempor&aacute;neos, hoy se reconoce la importancia de su aporte gracias a pacientes trabajos de investigaci&oacute;n y reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rica. Hubo varios acad&eacute;micos, es decir, miembros de diversas academias, arist&oacute;cratas, representantes de la administraci&oacute;n gubernamental y artistas. Sin lugar a dudas, el m&aacute;s emblem&aacute;tico de todos esos "segundones" fue Paul Thiry d'Holbach. De origen alem&aacute;n, hab&iacute;a heredado el t&iacute;tulo de bar&oacute;n, en Francia, de un t&iacute;o suyo que tiempo atr&aacute;s hab&iacute;a emigrado y hecho fortuna en la corte de Luis XV. Hombre de mundo e inmensamente rico, mantuvo una amistad llena de complicidades intelectuales con Diderot hasta la muerte de este &uacute;ltimo. Pose&iacute;a un amplio conocimiento de las t&eacute;cnicas empleadas en la extracci&oacute;n minera y sab&iacute;a, como pocos, sobre metalurgia. Contribuy&oacute; con cuatrocientos art&iacute;culos sobre dichos temas. Algunos aparecieron bajo la protecci&oacute;n del anonimato; otros, haciendo el bar&oacute;n un derroche de iron&iacute;a, estaban firmados s&oacute;lo con un gui&oacute;n bajo, as&iacute;: "_".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En m&uacute;ltiples testimonios de la &eacute;poca, se habla de la <i>coterie holbachique</i>,<sup><a href="#notas">2</a></sup> un reducido grupo de pensadores, ateos consumados, que se reun&iacute;an en casa del bar&oacute;n. Sol&iacute;an publicar, ampar&aacute;ndose en pseud&oacute;nimos, diatribas incendiarias contra la religi&oacute;n, la Iglesia y las &oacute;rdenes religiosas. Su anticlericalismo era tan mordaz como el de Voltaire o tal vez m&aacute;s devastador. Entre algunos eminentes participantes de esa <i>coterie</i>, cabe mencionar a C&eacute;sar Chesenau, <i>sieur </i>du Marsais, versado en un buen n&uacute;mero de conocimientos especializados que no se restring&iacute;an s&oacute;lo al campo de la gram&aacute;tica y de la ret&oacute;rica; a Nicolas&#150;Antoine Boulanger, ingeniero militar; y a Jacques&#150;Andr&eacute; Naigeon, quien ser&iacute;a, con el correr de los a&ntilde;os, el albacea y editor de la obra de Diderot.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a la profesi&oacute;n de ese anticlericalismo virulento, baste se&ntilde;alar, sin ir m&aacute;s lejos, que d'Holbach escribi&oacute; algunos libros cuyos t&iacute;tulos son elocuentes: <i>El cristianismo develado o Examen de los principios &amp; efectos de la religi&oacute;n cristiana</i>, <i>La teolog&iacute;a port&aacute;til o Diccionario abreviado de la religi&oacute;n cristiana</i>, y <i>El contagio sagrado o Historia natural de la superstici&oacute;n</i>. En ellos pone de manifiesto la alianza que existe entre la tiran&iacute;a ejercida por un modelo espec&iacute;fico de gobierno, el mon&aacute;rquico, y la superstici&oacute;n religiosa que &eacute;ste fomenta entre los individuos. A la religi&oacute;n, en particular a la cristiana, atribuye los peores vicios que perjudican a la sociedad, tales como la ignorancia, el debilitamiento de la voluntad, la sumisi&oacute;n a supuestos poderes extraterrenales y cualquier variante de superstici&oacute;n, pues paralizan el entendimiento de los hombres, impidi&eacute;ndoles adue&ntilde;arse de su destino al tiempo que los envilece.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute;, pues, queda aclarado que la mayor&iacute;a de los colaboradores de la <i>Enciclopedia</i>, a diferencia de lo que pudiera suponerse, no fueron las grandes luminarias del Siglo de las Luces, sino modestos escritores, eso s&iacute;, con una competencia intelectual irreprochable, fruto muchas veces del ejercicio de una profesi&oacute;n. Marmontel, La Condamine, Saint&#150;Lambert, Bouillet, Damilaville, Blondel, Turgot, Perronet y un largu&iacute;simo etc&eacute;tera, se cuentan entre esos autores "de segunda l&iacute;nea" que fueron nutriendo poco a poco la <i>Enciclopedia </i>con sus art&iacute;culos, muchos de ellos redactados en un estilo, o falta de estilo, que exig&iacute;a la intervenci&oacute;n del incansable Diderot. Cuando se ve&iacute;a obligado a hacerlo, de seguro aprovechaba la oportunidad para agregar algo de su cosecha. M&aacute;s a&uacute;n, resulta en verdad asombroso, tras una r&aacute;pida ojeada por cualquiera de los vol&uacute;menes de la <i>Enciclopedia</i>, comprobar la incre&iacute;ble cantidad de art&iacute;culos que Diderot escribi&oacute; &#150;en su doble papel, como autor y como editor&#150; sobre una infinidad de temas; est&aacute;n marcados con un asterisco que precede al vocablo en turno. Tambi&eacute;n son suyos los que carecen de firma.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las cifras finales dejan a cualquiera boquiabierto. La primera edici&oacute;n de la <i>Enciclopedia </i>tiene diecisiete vol&uacute;menes de art&iacute;culos y once vol&uacute;menes de l&aacute;minas con sus respectivas leyendas. La integran un total de 72 mil art&iacute;culos; son obra de poco m&aacute;s de 140 autores. Las disciplinas que abarca son las principales en esa &eacute;poca: historia, geograf&iacute;a, astronom&iacute;a, historia natural, gram&aacute;tica, medicina, qu&iacute;mica, m&uacute;sica, bot&aacute;nica, teolog&iacute;a, l&oacute;gica, historia de las religiones, filosof&iacute;a, mitolog&iacute;a, fisiolog&iacute;a, mineralog&iacute;a, y de nuevo viene un largu&iacute;simo etc&eacute;tera.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aqu&iacute; se ofrece el art&iacute;culo "Am&eacute;rica", como el lector podr&aacute; comprobar a medida que lo recorra, porque est&aacute; relacionado, desde m&uacute;ltiples &aacute;ngulos, con los temas que conciernen a nuestra revista. Por otro lado, valga subrayar que representa una genuina contribuci&oacute;n especial. Hasta donde s&eacute;, nunca antes ha sido traducido a nuestra lengua. De hecho, nada, o casi nada del corpus de la <i>Enciclopedia </i>ha sido publicado en espa&ntilde;ol, ni en Espa&ntilde;a ni en Am&eacute;rica Latina. Al igual que el <i>Pantagruel </i>de Rabelais o <i>El origen de las especies </i>de Darwin, la <i>Enciclopedia </i>de Diderot y D'Alembert pertenece, no cabe duda, a ese g&eacute;nero de obras que todo mundo cita en una charla de caf&eacute;, pero que nadie se toma la molestia de leer.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">A continuaci&oacute;n, comentar&eacute; algunas ideas presentes en el texto.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El art&iacute;culo "Am&eacute;rica" no es, por cierto, el &uacute;nico de la <i>Enciclopedia </i>que trata acerca del continente americano y de la regi&oacute;n de Norteam&eacute;rica. Sin embargo, atrae poderosamente la atenci&oacute;n, pues su discurso sintetiza en buena medida la manera en c&oacute;mo los europeos consideraron a los habitantes de Am&eacute;rica, desde Canad&aacute; hasta la Patagonia, durante el siglo XVIII. Podr&iacute;a decirse, sin temor a exagerar, que constituye una especie de ventana abierta a un tiempo pasado, pero a&uacute;n vivo para nosotros, modernos y posmodernos, porque es el momento clave de nuestra fundaci&oacute;n. Y a trav&eacute;s de esa ventana, nos es posible contemplar la idiosincrasia propia de las Luces.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La &oacute;ptica que prevalece en &eacute;l homologa a todos los pueblos americanos bajo un mismo rasero: salvajes fueron y salvajes siguen siendo. Poco falta para que a su autor se le ocurra sostener que, mientras esos pueblos contin&uacute;en viviendo bajo el yugo de los espa&ntilde;oles, salvajes tambi&eacute;n ser&aacute;n <i>per sxcula sxculorum. </i>As&iacute;, en &eacute;l asistimos, de manera privilegiada, a la puesta en marcha de un procedimiento: c&oacute;mo opera la mirada europea en la constituci&oacute;n del Otro. Sin embargo, sabemos bien que esa determinaci&oacute;n hist&oacute;rica fundamental no discurre solamente en una direcci&oacute;n, desde el Centro hacia la Periferia. Quien habita con orgullo en el centro no puede prescindir, en ning&uacute;n caso, del Otro, quien tarde o temprano termina situado all&aacute;, muy lejos, en las zonas abismales del mundo. El Yo central de esa polarizaci&oacute;n, aquel que se yergue como n&uacute;cleo que valora o condena, debe por fuerza mantener con vida a su antag&oacute;nico, no por bondad, sino porque lo necesita, aun a pesar suyo. Lo conserva entonces a rega&ntilde;adientes. De no hacerlo, el civilizado &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a saberse y declararse civilizado, c&oacute;mo podr&iacute;a percatarse de su magn&iacute;fica elevaci&oacute;n hacia el pin&aacute;culo del progreso, sin la mirada del Otro?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De esa necesidad surge la figura del Buen Salvaje, con toda su dosis de exotismo, que excita el imaginario del Siglo de las Luces. Las plumas de guacamayo ingresan entonces en la &oacute;pera. <i>Las Indias Galantes </i>de Rameau anuncian el minu&eacute; con un sonoro tam&#150;tam, distinto del que se oye en &Aacute;frica. Ti&eacute;polo, a su vez, pinta a los nativos de nuestro continente con nariz regular, labios finos, rosados, piel color n&aacute;car y luciendo el espl&eacute;ndido empaque de un rey napolitano.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero el Buen Salvaje quiz&aacute; no sea tan bueno. Tiene el horrible defecto de comerse a sus vecinos. Y a decir verdad, ese detalle es lo de menos. Cuando no tiene amor&iacute;os con su madre, se revuelca con su hermana. Can&iacute;bal y fornicador insaciable, es todo un angelito.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si el tr&aacute;nsito desde la barbarie hasta la civilizaci&oacute;n ha tardado tanto en realizarse, siempre obstaculizado por la superstici&oacute;n y la estupidez, tal como lo ense&ntilde;an los enciclopedistas, cuesta trabajo siquiera imaginar, para la mirada europea del siglo XVIII, a qu&eacute; velocidad pudo suceder ese cambio cualitativo en Am&eacute;rica. La respuesta es obvia. Por supuesto, con una calma exasperante. En realidad, fuera de Europa, el progreso es inexistente. La Era Cuaternaria parece no tener fin, ya que en el resto del mundo, por desgracia, los hombres han permanecido ignorantes, estancados en los albores del tiempo. Por eso, no es de extra&ntilde;ar que la barbarie impere todav&iacute;a en Am&eacute;rica. Dado que los habitantes de ese continente usan, en el mejor de los casos, hojas para cubrir sus "verg&uuml;enzas", resulta l&oacute;gico que desconozcan las bellas artes, que sean perezosos como los perezosos, que no beban vino, que no hablen franc&eacute;s, y que rosticen a sus cong&eacute;neres en noches de luna llena.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Progreso es, conviene no olvidarlo, el arduo camino de la Humanidad que va desde el Taparrabo hasta la M&aacute;quina de Vapor.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando el autor combate la idea de que Am&eacute;rica ha sido habitada s&oacute;lo recientemente, idea que estima falsa, est&aacute; luchando contra la antigua creencia que otorga al Viejo Testamento, en las fechas que proporciona y en los sucesos que consigna, exactitud indiscutible. Con el apoyo que brinda la historia natural, los f&oacute;siles demuestran ahora que la Tierra ha atravesado por numerosas edades geol&oacute;gicas. Su aparici&oacute;n no data de cuatro mil y pico de a&ntilde;os antes de la era cristiana. Ha tenido, a las claras, un desarrollo. Los huesos fosilizados corroboran la hip&oacute;tesis de que ya hab&iacute;a animales en el continente americano con un extenso historial biol&oacute;gico. Adem&aacute;s, salta a la vista que muchos de ellos son locales, exclusivos de Am&eacute;rica, pues no se puede emparentar al tapir o a la llama con ninguna de las especies que viven en Europa. La ciencia contribuye as&iacute; a deshacernos de especulaciones metaf&iacute;sicas y a expandir nuestra comprensi&oacute;n del mundo y de nosotros mismos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El azoro ante la inmensidad de la naturaleza americana, sus dimensiones apabullantes, la desmesura de sus selvas, de sus llanuras, de sus monta&ntilde;as, es algo que todav&iacute;a hoy los europeos experimentan a menudo. Cuando se conoce Europa, no es dif&iacute;cil entender por qu&eacute;. Adem&aacute;s, un universo de tal magnitud, sobra decir que se ofrece como un plato suculento. Lo que hay en &eacute;l, lo hay en incre&iacute;ble abundancia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En efecto, hay metales preciosos, plantas medicinales a tutipl&eacute;n, animales nunca antes vistos ni imaginados, pero no hay tierra cultivada. Cuando el autor de "Am&eacute;rica" insiste machaconamente en que los naturales de ese continente ignoran el arte de la labranza, y a esa carencia se debe el retraso social y espiritual que padecen, en su afirmaci&oacute;n retumba el eco de un credo econ&oacute;mico generalizado durante la &eacute;poca. &iquest;Cu&aacute;l? Quesnay, al frente de los fisi&oacute;cratas, sostiene que la agricultura es la &uacute;nica fuente de riqueza. Divide a la sociedad en dos sectores, la producci&oacute;n agr&iacute;cola y el resto. Distingue, adem&aacute;s, tres clases. La primera, la clase productiva, est&aacute; compuesta por granjeros, quienes son capaces de multiplicar los productos. A la segunda corresponden todos los individuos cuyo trabajo, diferente de la agricultura, transforma los productos, pero no los multiplica. La tercera es la de los terratenientes; su funci&oacute;n no consiste en producir bien alguno, sino en gastar los ingresos derivados de la actividad productiva. La fisiocracia concibe a la naci&oacute;n en estos t&eacute;rminos: el conjunto de las clases definidas por su funci&oacute;n econ&oacute;mica. Claro est&aacute;, en dicho esquema, el que no ara y no cultiva vive igual que los animales, limitado a recoger frutos y semillas que caen de los &aacute;rboles. Para fortuna suya, el nativo americano, cuando se tope con los europeos, tendr&aacute; la inmensa alegr&iacute;a de conocer por fin el hierro y, con &eacute;l, los grilletes, las cadenas, y al Gran Se&ntilde;or Terrateniente, personificaci&oacute;n excelsa del progreso.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro asunto que perturba bastante al autor de "Am&eacute;rica" es la diversidad de lenguas que abundan en ese continente. Perd&oacute;n, corrijo. No son, para decirlo con justicia, lenguas ni idiomas, sino simples jerigonzas, todas ellas tan pobres, tan miserables, como los hombres que las hablan. Su comentario, y cito: "La pobreza de lenguaje, cuyo diccionario podr&iacute;a escribirse en una p&aacute;gina &#91;&hellip;&#93;", no es casual. Si trasuda desd&eacute;n, s&oacute;lo lo hace en apariencia. El autor tiene excelentes motivos para afirmar semejante barrabasada. Cree a pie juntillas, al igual que la mayor&iacute;a de sus contempor&aacute;neos, que la unidad pol&iacute;tica de toda naci&oacute;n requiere, entre otras cosas, una lengua &uacute;nica, una lengua nacional. Ella es condici&oacute;n indispensable para progresar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Moraleja: Am&eacute;rica valdr&aacute; un comino mientras no tenga a su Moli&egrave;re.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tampoco es casual que Plat&oacute;n salga mal parado. Atl&aacute;ntidas aparte, un pretendido fil&oacute;sofo que fantasea con ideas eternas, con un lugar tan estramb&oacute;tico como el Topos Uranos, donde por cierto, nada se cultiva, es en verdad indigno de portar el nombre de "fil&oacute;sofo". En algo, me parece, lleva raz&oacute;n el autor. Si tuvi&eacute;ramos que elegir entre la Rep&uacute;blica plat&oacute;nica y la Rep&uacute;blica que, por esos a&ntilde;os, esboza Rousseau, &iquest;cu&aacute;l escoger&iacute;amos? Seamos honestos. Aun a los <i>philosophes </i>les parec&iacute;a delirante que la sociedad fuera gobernada por fil&oacute;sofos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y ya puestos a fantasear, resulta delicioso, desde la certidumbre que nos da el saber cient&iacute;fico en este siglo nuestro, el doble error acerca del mamut. Suponer que se trata de un bicho que vive bajo tierra o que sus huesos son en realidad la osamenta de un gigante, tiene su gracia, como gracia tiene clasificarlo, por parte del autor, entre los seres mitol&oacute;gicos del Norte, es decir, dentro de la misma especie a la que pertenecen los renos voladores de Santa Claus.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Am&eacute;rica" destila, en cada p&aacute;rrafo, el anticlericalismo que los enciclopedistas profesaron sin tapujos. Consideran que la Iglesia ha sido la causa principal de la superstici&oacute;n, de la ignorancia y, por ende, de la desdicha de los hombres. La Edad de la Penumbra, en la que han estado sumergidos durante tantos siglos, es obra suya, de nadie m&aacute;s. Entre las pocas cosas que comparten franceses e ingleses, a la par de esa postura anticlerical, se encuentra el sentimiento antihispanista furibundo que hizo su aparici&oacute;n a finales del siglo XVI. Espa&ntilde;a, teng&aacute;moslo presente, es la Bestia Irracional de la leyenda negra. Baluarte del catolicismo, defensora a ultranza de Roma, cuna de los jesuitas, la naci&oacute;n espa&ntilde;ola es sin&oacute;nimo de intolerancia, de fanatismo religioso, de esp&iacute;ritu obtuso y confuso. Las Luces se llaman justamente as&iacute; en contraposici&oacute;n a la Edad de la Penumbra. Para los franceses, Espa&ntilde;a remite de inmediato a las mazmorras del Santo Oficio donde se tortura a los infieles que no creen en el cielo y en el infierno, prob&aacute;ndoles de ese modo que s&iacute; existe el infierno y est&aacute; sobre la tierra. Tambi&eacute;n remite al auto de fe, ese ritual ins&oacute;lito de la Sinraz&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por lo tanto, a nadie debe escandalizar que los nativos americanos practiquen una versi&oacute;n r&uacute;stica de esa ceremonia. De tal madre, tal hija. Am&eacute;rica es b&aacute;rbara hasta el tu&eacute;tano porque hered&oacute; la barbarie de Espa&ntilde;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Corolario l&oacute;gico, previsible, de tal anticlericalismo, es el menosprecio de todo enciclopedista por los curas.<sup><a href="#notas">3</a></sup> Dondequiera que atisban una sotana, aun a lo lejos, bufan y blasfeman. De ah&iacute; que el autor derribe a Bartolom&eacute; de las Casas, con un puntapi&eacute;, del pedestal donde nosotros, americanos, lo tenemos colocado. Ese dominico, o sea, perro de Dios, que escribi&oacute; la <i>Brev&iacute;sima relaci&oacute;n de la destruici&oacute;n de las Indias</i>,<sup><a href="#notas">4</a> </sup>en cuyas p&aacute;ginas conden&oacute; la brutalidad de sus coterr&aacute;neos, resolvi&oacute; salir en defensa de los indios, haciendo gala de coraje. Con el coraz&oacute;n henchido de piedad cristiana, recomend&oacute; entonces a Carlos I de Espa&ntilde;a que mejor sufrieran los negros para que no sufrieran los indios. Ahora bien, si los enciclopedistas y los negros fueron insensibles al grado de no entender la grandeza de ese gesto humanitario&hellip; Ojal&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a puedan comprenderlo, aunque tarden mil a&ntilde;os.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a la confabulaci&oacute;n orquestada por las Casas para convertirse en Gran Maese de una misteriosa orden que saquear&iacute;a tesoros habidos y por haber, es primera noticia que tengo del asunto. Parece apasionante, pero confieso que me aburrir&iacute;a investigarlo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por &uacute;ltimo, har&eacute; ciertas precisiones.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Comparto sin reservas la opini&oacute;n de Marguerite Yourcenar: traducir es siempre un ejercicio de reescritura. Por consiguiente, lo que entrego aqu&iacute; dista de ser una mera traducci&oacute;n. Es una <i>versi&oacute;n </i>del texto "Am&eacute;rica", con todas las decisiones, arbitrarias y no arbitrarias, que ello implica. Sin traicionar jam&aacute;s el sentido original, la versi&oacute;n de un texto, m&aacute;xime cuando se trata de un texto literario, se esfuerza en presentarlo al lector como si hubiese sido escrito de entrada en la lengua a la que se ha traducido.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">A diferencia del espa&ntilde;ol del siglo XVIII, el cual nos resulta hoy un tanto alambicado y, a ratos, dif&iacute;cil de seguir, el franc&eacute;s de los enciclopedistas es sorprendentemente contempor&aacute;neo. No en balde el autor arremete contra Feijoo; constituye un ejemplo claro de lo que digo. Lo desprecia por cura y por prosista enrevesado. Salvo algunas expresiones idiom&aacute;ticas peculiares de la &eacute;poca, as&iacute; como algunas construcciones sint&aacute;cticas ca&iacute;das ya en desuso, la prosa de Diderot, de Voltaire, de Rousseau, de Condorcet, de Condillac es casi id&eacute;ntica a la prosa de cualquier escritor franc&eacute;s actual. El caso de la <i>Enciclopedia </i>no es una excepci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pese a lo dicho, "Am&eacute;rica" no deja de ser un texto del siglo XVIII. Por eso decid&iacute; conservar algunos rasgos del original, y que son caracter&iacute;sticos de la &eacute;poca. Dan a la versi&oacute;n en espa&ntilde;ol, me parece, una p&aacute;tina discreta, apenas visible, un ligero tono de vetusto.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Debido a la enorme extensi&oacute;n del art&iacute;culo, entrego aqu&iacute;, por razones de espacio, s&oacute;lo la primera parte. La segunda aparecer&aacute; en el pr&oacute;ximo n&uacute;mero.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la primera edici&oacute;n de la <i>Enciclopedia</i>, "Am&eacute;rica" es muy breve. El art&iacute;culo consta de tres p&aacute;rrafos; se limita a enumerar las regiones que la componen y las materias primas con valor comercial que se encuentran en su territorio. Nada, pues, que valga la pena. Por tal motivo utilic&eacute; la tercera edici&oacute;n, que data de 1778, cuyo art&iacute;culo fue significativamente ampliado, y es el que aparece l&iacute;neas m&aacute;s adelante. Est&aacute; en el segundo tomo. La primera parte va desde la p&aacute;gina 347 hasta la 364, y est&aacute; firmada con las letras D.P.;<sup><a href="#notas">5</a></sup> la segunda, que lleva el subt&iacute;tulo "Indagaciones geogr&aacute;ficas &amp; cr&iacute;ticas sobre la posici&oacute;n de los sitios septentrionales de Am&eacute;rica", abarca de la 364 a la 378, y la firma E.<sup><a href="#notas">6</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Basta de barullo. Aqu&iacute; est&aacute;, por fin, "Am&eacute;rica".<sup><a href="#notas">7</a></sup></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&#91;<a href="/img/revistas/namerica/v4n1/html/a6figs.htm" target="_blank">Figuras</a>&#93;</font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2"><i>Ignacio D&iacute;az de la Serna</i></font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>AM&Eacute;RICA </b>(<i>Hist. &amp; Geograf&iacute;a</i>).<sup><a href="#notas">8</a></sup> La historia del mundo no ofrece otro acontecimiento tan singular, a la mirada de los fil&oacute;sofos, que el descubrimiento del nuevo continente, el cual, con los mares que lo rodean, forma todo un hemisferio de nuestro planeta, del que los antiguos s&oacute;lo conoc&iacute;an los ciento ochenta grados de longitud, que aun podr&iacute;an reducirse, mediante una discusi&oacute;n rigurosa, a ciento treinta, pues tal es el error de Ptolomeo, quien hizo retroceder hasta ciento cuarenta y ocho grados, y m&aacute;s, la desembocadura oriental del Ganges, que gracias a las observaciones de los astr&oacute;nomos modernos, se encuentra fijada en aproximadamente ciento ocho, lo que da, como puede verse, un exceso de cuarenta grados de longitud en Ptolomeo, quien no parece haber tenido noci&oacute;n alguna de la regi&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de lo que llamamos la <i>Cochinchina</i>, que es, por consiguiente, el t&eacute;rmino oriental del mundo conocido por los antiguos, as&iacute; como el primer meridiano es el t&eacute;rmino de este mundo conocido en direcci&oacute;n al occidente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pretender que los Fenicios y los Cartagineses viajaron a <i>Am&eacute;rica </i>es una opini&oacute;n realmente rid&iacute;cula &amp; tan poco fundada en monumentos hist&oacute;ricos como todo lo que se ha dicho en nuestros d&iacute;as sobre supuestos viajes de navegaci&oacute;n chinos hacia las playas de M&eacute;xico. Sabemos, gracias a las investigaciones hechas en Pek&iacute;n, que la obra en la que se ha cre&iacute;do hallar algunas huellas de esos viajes hacia las playas de M&eacute;xico es una novela, al menos tan burda como las ficciones relatadas por Elien (<i>Hist. divers. lib. III</i>) a prop&oacute;sito de un pa&iacute;s imaginario, repleto de oro, &amp; que parec&iacute;a concordar a la perfecci&oacute;n con Per&uacute;, seg&uacute;n varios hombres letrados, cuyo juicio era bastante estrecho. Sin importar lo que Vossius haya podido decir en sus comentarios sobre M&eacute;la, &amp; M. Huet en su tratado sobre el comercio de los antiguos, donde cita los <i>anales de Ormus</i>, que nadie conoce, es seguro que los Chinos no efectuaron viajes extensos, &amp; hacia 1430 no ten&iacute;an idea de la isla Formosa que s&oacute;lo se encuentra a dieciocho leguas de sus costas. Si hubieran tenido la costumbre de hacer viajes largos, su ignorancia en geograf&iacute;a no habr&iacute;a sido tan portentosa como lo es a&uacute;n en la actualidad, al grado de que jam&aacute;s han sido capaces de establecer el mapa de China; &amp; cuando han deseado tener un mapa de China, han tenido que recurrir a los Europeos, cuyo trabajo conocemos, y que todav&iacute;a se encuentra muy lejos de lo que la geograf&iacute;a positiva podr&iacute;a exigir con respecto a una regi&oacute;n tan vasta de Asia.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si acaso hubo un pueblo en Europa que haya efectivamente frecuentado algunas costas de <i>Am&eacute;rica </i>Septentrional antes de la &eacute;poca de los viajes de Col&oacute;n &amp; de Vespucio, fue el de los Islandeses &amp; los Noruegos. Debido a que no se puede rechazar que unos y otros hayan fundado establecimientos antes del siglo XV, es preciso considerarlos hoy como una parte del nuevo continente. Pero resulta esencial destacar aqu&iacute; que nunca se habr&iacute;a llegado a descubrir el centro de <i>Am&eacute;rica </i>si no se hubiera encontrado otro camino distinto al de Groenlandia, donde el hielo impide internarse en tierra e impide que se navegue hacia el polo. Por otra parte, lo peligroso de esos parajes, el excesivo rigor del clima, la falta de cualquier animal para subsistir, &amp; la poca esperanza de encontrar tesoros ah&iacute;, habr&iacute;an bastado para desanimar a los navegantes m&aacute;s resueltos. Crist&oacute;bal Col&oacute;n, por el contrario, descubri&oacute; en 1492 una ruta f&aacute;cil; &amp; cuando se le ve subir hasta los veinticinco grados de latitud norte para atrapar ese viento del este que reina com&uacute;nmente entre los tr&oacute;picos, &amp; seguir despu&eacute;s casi en l&iacute;nea recta a la isla de Santo Domingo, uno estar&iacute;a tentado de creer que &eacute;l ya sab&iacute;a de antemano sobre esa ruta. De igual manera, los Espa&ntilde;oles, por una ingratitud verdaderamente monstruosa, pretendieron privar a ese gran hombre, que no naci&oacute; en Espa&ntilde;a, de la gloria de su descubrimiento, propagando en esa ocasi&oacute;n f&aacute;bulas pueriles &amp; contradictorias. La verdad es que Col&oacute;n fue guiado por uno de sus hermanos, de nombre Bartolom&eacute;, quien era ge&oacute;grafo; y al hacer mapamundis, como los que pod&iacute;an hacerse entonces, no dejaba de asombrarse que, de trescientos sesenta grados de longitud, s&oacute;lo se conocieran a lo mucho ciento ochenta, de suerte que quedaba por descubrir del globo tanto como lo que se hab&iacute;a descubierto; &amp; como no le parec&iacute;a probable que el Oc&eacute;ano pudiera cubrir todo un hemisferio sin interrupci&oacute;n, sostuvo que, yendo desde las Canarias al oeste, se encontrar&iacute;an islas o un continente. Y, en efecto, primero se encontraron islas y luego un continente, donde todo se hallaba en una desolaci&oacute;n tan grande que nadie puede pensar en ella sin asombrarse.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No nos hemos propuesto aqu&iacute; seguir las antiguas relaciones, en las que se une a la credulidad de un ni&ntilde;o los delirios de un anciano. En esas relaciones todo es maravilloso &amp; en nada se profundiza. Hay, pues, que esforzarse en ofrecer al lector nociones m&aacute;s claras &amp; ideas m&aacute;s justas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los pueblos diseminados por selvas y soledades de ese mundo que se acababa de descubrir, no es posible nombrar m&aacute;s de dos que hayan formado una especie de sociedad pol&iacute;tica; son los Mexicanos y los Peruanos, cuya historia est&aacute; todav&iacute;a repleta de muchas f&aacute;bulas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, su poblaci&oacute;n debi&oacute; ser mucho menor de lo que se ha dicho, ya que carec&iacute;an de instrumentos de hierro para desmontar las selvas y labrar la tierra. Ning&uacute;n animal ten&iacute;an capaz de halar una carreta, &amp; aun la construcci&oacute;n de una carreta les era desconocida. Es f&aacute;cil caer en la cuenta de que, cuando hay que arar con palas de madera &amp; con la sola fuerza de los brazos, no se puede sacar mucho provecho de la tierra. Ahora bien, sin una agricultura regular en la que el trabajo de los animales ayude al trabajo del hombre, ning&uacute;n pueblo puede volverse numeroso en la regi&oacute;n del mundo que sea. Lo m&aacute;s sorprendente es que, en el momento del descubrimiento, <i>Am&eacute;rica </i>no pose&iacute;a casi ning&uacute;n animal adecuado para la labranza. El buey &amp; el caballo no exist&iacute;an, al igual que el asno, que fue utilizado antiguamente para el cultivo por algunas naciones de nuestro continente como B&eacute;tica<sup><a href="#notas">9</a></sup> &amp; Libia, donde la blandura de la tierra, dice Columelle (<i>de re rust. lib. VII</i>), hizo que ese animal pudiera sustituir el trabajo de los caballos &amp; de los bueyes. Com&uacute;nmente se cree que el bisonte hubiera podido servir para arar, pero como el bisonte posee un car&aacute;cter muy arisco, habr&iacute;a sido tambi&eacute;n necesario domarlo a trav&eacute;s de una larga serie de generaciones para inspirarle, poco a poco, el gusto de la domesticidad. En <i>Am&eacute;rica</i>, a nadie siquiera se le ocurri&oacute; esto, donde los hombres eran, sin comparaci&oacute;n, menos industriosos, menos inventivos que los habitantes de nuestro hemisferio; su indolencia &amp; su pereza asombraron por encima de todo a los observadores m&aacute;s atentos &amp; con mayores luces. A fin de cuentas, la estupidez que demuestran en ciertos casos es tal, que parecen vivir, siguiendo la expresi&oacute;n de M. de la Condamine, en una eterna infancia (<i>Viaje por el r&iacute;o de las Amazonas</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, nada irregular ha sido notado en el aspecto exterior de sus miembros, si se except&uacute;a la falta casi absoluta de barba &amp; de ese bozo que los individuos de ambos sexos deber&iacute;an tener al final de la pubertad. Y no podr&iacute;a decirse si el germen de ese vello ha sido destruido o quitado de ra&iacute;z, porque en edad muy avanzada, les crecen aqu&iacute; y all&aacute; algunos pelillos que acostumbrar arrancar con unas pinzas de concha. Su estatura no difiere de la de otros hombres dispersos por las zonas templadas, pues m&aacute;s all&aacute; del c&iacute;rculo boreal, la tribu de los Esquimales o de los Inuit, aunque de raza Americana, s&oacute;lo incluye sujetos muy peque&ntilde;os, porque la acci&oacute;n extrema del fr&iacute;o se opone al desarrollo de los miembros. Acontece casi lo mismo en Groenlandia, la cual, se sabe, fue poblada primitivamente tambi&eacute;n por hordas de raza Americana; &amp; la perfecta concordancia entre el lenguaje de los Groenlandeses y el de los Esquimales no deja lugar a duda alguna a este respecto.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">S&oacute;lo un amor ciego por lo maravilloso pudo difundir f&aacute;bulas tan repulsivas como son todas las que hablan de una especie gigantesca, encontrada en tierras Magall&aacute;nicas, que hoy se acostumbra llamar la <i>Patagonia</i>. Los viajeros m&aacute;s sensatos, como Narbrough (<i>Voyage to the South Sea</i>), que lograron comunicarse con los Patagones, nos los representan de tama&ntilde;o normal, viviendo en peque&ntilde;os grupos en regiones inmensas, donde los Ingleses, quienes han atravesado esas regiones en toda su extensi&oacute;n, desde el Cabo Blanco hasta <i>Buenos&#150;Aires</i>, no han visto una pulgada de terreno cultivado ni sombra alguna de labranza, de suerte que la dificultad para hallar medios de subsistencia debi&oacute; ser enorme antes de la &eacute;poca del descubrimiento &amp; cuando los caballos a&uacute;n no exist&iacute;an ah&iacute;, pues la carne de esos animales es casi la &uacute;nica que sirve para alimentar a los Patagones que ocupan las tierras centrales entre el r&iacute;o de la Plata y los cuarenta y cinco grados de latitud sur. Es tal el exceso de pereza en esos salvajes, que se comen los caballos con los cuales podr&iacute;an roturar su desierto &amp; terminar finalmente con ese tipo de vida miserable que los coloca apenas por encima del nivel de las bestias que act&uacute;an seg&uacute;n su instinto.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No contaremos, como se ha hecho hasta hoy, entre las razas particulares &amp; distintas, a esos Macilentos que se encuentran en n&uacute;mero muy reducido sobre la Costa Rica &amp; en el istmo de Dari&eacute;n (Warffer's <i>Descript. of the Isthmus of Amer. </i>Cor&eacute;al<i>, &amp; Voy. t. I</i>), ya que una enfermedad o una alteraci&oacute;n accidental en el temperamento de los padres es lo que produce a esos individuos descoloridos, quienes, como sabemos, se asemejan mucho a los negros blancos o los Dondos de &Aacute;frica &amp; a los Kakerlakes de Asia. La indisposici&oacute;n de la que resultan todos esos s&iacute;ntomas, ataca m&aacute;s o menos a los pueblos negros o de tez muy oscura en los climas m&aacute;s t&oacute;rridos del globo. Los Pigmeos, de los que se ha hablado en una relaci&oacute;n traducida por M. Gomberville, de la Academia Francesa, los Himant&oacute;podos o salvajes que tienen la articulaci&oacute;n de la rodilla doblada hacia adelante, los Espantolandeses que s&oacute;lo tienen una pierna, deben ser catalogados, junto con las Amazonas &amp; los habitantes de la ciudad de Oro del Manoa,<sup><a href="#notas">10</a></sup> entre las cosas absurdas que tantos viajeros se han atrevido a creer y que se han atrevido a escribir. Todos los hombres monstruosos que han sido vistos en el Nuevo Mundo eran monstruosos por artificio, como aquellos que tienen la cabeza perfectamente esf&eacute;rica, &amp; que se denominan <i>cabezas de bola</i>; como los que la tienen aplastada, &amp; que se llaman <i>plagioc&eacute;falos</i>; como aquellos, en fin, que la tienen c&oacute;nica o alargada, &amp; que se llaman <i>macroc&eacute;falos</i>. Entre los pueblos desnudos, en los que la moda no influye en la vestimenta, s&iacute; afecta al cuerpo mismo &amp; produce todas esas deformidades que han sido observadas en los salvajes, de los cuales algunos se achican el cuello, se perforan la nariz, los labios, los p&oacute;mulos, &amp; otros se alargan las orejas o hacen que sus piernas se hinchen mediante una ligadura colocada arriba de los tobillos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No se sabe, &amp; siempre ser&aacute; dif&iacute;cil saber con precisi&oacute;n, cu&aacute;l pudo haber sido la verdadera causa del mal ven&eacute;reo que padec&iacute;an tantos Americanos en las Antillas, en las islas Caribes, en Florida, en Per&uacute; &amp; en gran parte de M&eacute;xico. A este respecto se han aventurado muchas conjeturas rid&iacute;culas por su rareza. Se ha pretendido que la carne de pescado embriagado con el cururuap&eacute;, &amp; que la carne de la presa muerta con flechas envenenadas mediante un concentrado de la liana <i>woorara</i>, han producido ese contagio. Pero los antiguos pueblos salvajes de nuestro continente envenenaban, de hecho, sus armas de caza, sin que por ello haya resultado jam&aacute;s el menor inconveniente tocante a su salud; &amp; se ha comprobado por experiencia que el pescado que se adormece en los estanques con la <i>coccula orientalis officinarum</i>, &amp; que los pollos que se matan en algunos cantones de los Alpes con ayuda de cuchillos frotados con jugo de anapelo, constituyen un alimento muy sano. Adem&aacute;s, en la isla de Santo Domingo, donde el mal ven&eacute;reo causaba muchos estragos, el uso de dardos envenenados no estaba en boga como entre los Caribes &amp; entre diversas tribus de Tierra Firme. Tampoco es cierto que la mordedura de una serpiente o de un reptil del tipo de las iguanas, o que la carne humana comida por los antrop&oacute;fagos, ha engendrado ese veneno sifil&iacute;tico en la sangre de los habitantes del Nuevo Mundo. La hip&oacute;tesis de M. Astruc, tal como se expone en la &uacute;ltima edici&oacute;n de su gran obra <i>De morbis venereis</i>, se aproxima bastante m&aacute;s a la verdad que las extra&ntilde;as opiniones que acabamos de referir. No obstante, falta mucho para que esta hip&oacute;tesis de M. Astruc sea en general adoptada. Diremos aqu&iacute; que el mal ven&eacute;reo pudo ser una afecci&oacute;n morb&iacute;fica del temperamento de los Americanos, como el escorbuto en las regiones del norte, ya que, despu&eacute;s de todo, no hay que figurarse que esa indisposici&oacute;n produjo los mismos estragos en <i>Am&eacute;rica </i>como los que ocasion&oacute; en Europa tiempo despu&eacute;s de haber sido trasplantado aqu&iacute;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La falta casi absoluta de cultivo, la inmensidad de las selvas, la inmensidad de las llanuras, las aguas de los r&iacute;os fuera de su cauce, los pantanos &amp; los lagos multiplicados al infinito, &amp; el amontonamiento de los insectos que es una consecuencia de todo lo anterior, volvieron el clima de <i>Am&eacute;rica </i>malsano en ciertos lugares, &amp; mucho m&aacute;s fr&iacute;o de lo que deb&iacute;a ser en relaci&oacute;n a la latitud propia de esas regiones. Se ha evaluado la diferencia de temperatura en los dos hemisferios, bajo los mismos paralelos, en doce grados, &amp; aun podr&iacute;a evaluarse, gracias a un c&aacute;lculo riguroso, en algunos grados m&aacute;s. Ahora bien, todas esas causas debieron influir en la constituci&oacute;n de los ind&iacute;genas &amp; producir alguna alteraci&oacute;n en sus facultades. Por eso, solamente puede atribuirse a una falta de luces el escaso progreso que hab&iacute;an logrado en la metalurgia, la primera de las artes, &amp; sin la cual todas las restantes caen en un letargo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bien es sabido que la naturaleza no neg&oacute; a <i>Am&eacute;rica </i>las minas de hierro y, sin embargo, ning&uacute;n pueblo de <i>Am&eacute;rica</i>, ni los Peruanos ni los Mexicanos, pose&iacute;an el secreto de forjar ese metal, lo que los privaba de muchas comodidades, &amp; los imposibilitaba para desmontar con regularidad la selva &amp; mantener a los r&iacute;os en sus lechos. Sus hachas de piedra s&oacute;lo pod&iacute;an hacer mella en el tronco de los &aacute;rboles cuando le prend&iacute;an fuego. De esa manera, pod&iacute;an llevarse todas las partes, reducidas al estado de carb&oacute;n, e impedir que las llamas se pasaran al resto. Su proceder era casi el mismo cuando se trataba de construir barcas de una sola pieza o calderos de madera en los que luego coc&iacute;an sus viandas arrojando dentro piedras al rojo vivo, pues todos los salvajes estaban muy lejos de conocer el arte de modelar vasijas de barro. Cuanto m&aacute;s se apartaban esos m&eacute;todos de la perfecci&oacute;n, m&aacute;s tiempo exig&iacute;an en la pr&aacute;ctica. Por ello, se ha visto, en el sur de <i>Am&eacute;rica</i>, hombres ocupados durante meses en cortar tres &aacute;rboles.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otro lado, se creer&aacute; f&aacute;cilmente que los pueblos m&aacute;s sedentarios, como los Mexicanos &amp; los Peruanos, pese a la falta de hierro, adquirieron un grado de industria muy superior a los conocimientos en mec&aacute;nica que pose&iacute;an las tribus dispersas en grupos familiares, como los Worrons, en los que los hombres carecen de suficientes recursos, dice M. Bancroft, para procurarse la parte m&aacute;s indispensable de la vestimenta, &amp; que s&oacute;lo con la fibra que se encuentra en los cocos o con algunas cortezas de &aacute;rboles cubren los &oacute;rganos de la generaci&oacute;n (<i>Naturegeschichte von Guiana</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al fin y al cabo, no hay que sorprenderse de que el Nuevo Mundo tuviera tan pocos habitantes en el momento de su descubrimiento, ya que la vida salvaje se opone a la multiplicaci&oacute;n de la especie m&aacute;s all&aacute; de lo que puede imaginarse; &amp; cuanto menos cultivan la tierra los salvajes, m&aacute;s terreno necesitan para vivir. En el norte de <i>Am&eacute;rica</i>, se han recorrido regiones de cuarenta leguas en todas direcciones sin hallar una caba&ntilde;a, sin percibir el menor vestigio de vida. Se camina durante nueve o diez d&iacute;as en una misma direcci&oacute;n antes de topar con una peque&ntilde;a horda, o mejor dicho, con una familia separada del resto de los humanos, no s&oacute;lo por monta&ntilde;as y desiertos, sino tambi&eacute;n por su lengua distinta a todas las lenguas conocidas. Nada demuestra mejor la escasa comunicaci&oacute;n que manten&iacute;an entre s&iacute; todos los Americanos en general, que ese n&uacute;mero incre&iacute;ble de idiomas que hablan los salvajes de diferentes tribus. Aun en Per&uacute;, donde la vida social hab&iacute;a logrado un leve progreso, se han encontrado, sin embargo, un gran n&uacute;mero de lenguas relativamente incomprensibles o ininteligibles, &amp; el emperador s&oacute;lo pod&iacute;a dar &oacute;rdenes a la mayor&iacute;a de sus s&uacute;bditos utilizando int&eacute;rpretes.Aeste prop&oacute;sito, se observar&aacute; que los antiguos Germanos, aun cuando estaban distribuidos en tribus muy distanciadas entre s&iacute;, hablaban, empero, una sola lengua materna; &amp; antes del siglo de Augusto, al igual que hoy, uno puede hacerse entender en tudesco desde el centro de B&eacute;lgica hasta el Oder, mientras que en el Nuevo Mundo, dice Acosta, bastaba atravesar un valle para o&iacute;r una nueva jerigonza (<i>De procur. Indorum salut</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La escasez de poblaci&oacute;n era quiz&aacute;s mayor en la parte m&aacute;s meridional de <i>Am&eacute;rica </i>que en el norte, donde las selvas hab&iacute;an invadido todo, de manera que la caza de gran tama&ntilde;o pod&iacute;a extenderse all&iacute; y alimentarse, &amp; alimentar a su vez a los cazadores, mientras que en tierras Magall&aacute;nicas existen planicies de m&aacute;s de doscientas leguas en las que no se divisa monte alguno, sino &uacute;nicamente arbustos, zarzas &amp; grandes matas de mala hierba (<i>Beschrei von Patagonien</i>.), o bien porque la naturaleza de las aguas salobres o &aacute;cidas ah&iacute; descubiertas se oponen a la propagaci&oacute;n de las selvas, o porque la tierra contiene dep&oacute;sitos de grava &amp; de sustancias pedregosas de las que las ra&iacute;ces de los &aacute;rboles no pueden obtener alimento alguno.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto al resto, para formarse una idea de la desolaci&oacute;n en el interior de esas regiones Magall&aacute;nicas, bastar&aacute; decir que los Ingleses convertidos en esclavos por los Patagones han viajado a menudo, siguiendo a sus amos b&aacute;rbaros, durante dos semanas antes de hallar un conjunto de nueve o diez chozas cubiertas con piel de caballo. En la aldea que ha sido nombrada capital de la Patagonia, &amp; donde reside el gran cacique, s&oacute;lo se contaban en 1741 ochenta personas de los dos sexos (<i>Viaje realizado en el nav&iacute;o El Wagner</i>). Por otro lado, en la latitud meridional de las tierras bajas, de las cuales una parte es pantanosa &amp; la otra est&aacute; regularmente inundada todos los a&ntilde;os, los r&iacute;os &amp; torrentes, que no tienen una salida proporcional a su volumen de agua, se desbordan hasta distancias inmensas una vez que las lluvias comienzan en la zona t&oacute;rrida. Desde sierra Itatin hasta el extremo de la misi&oacute;n de los Moxes, hacia los quince grados de latitud sur, se encuentran, en una extensi&oacute;n de m&aacute;s de trescientas leguas, esos pantanos o esas tierras donde las inundaciones obligan de vez en cuando a sus habitantes a huir a las monta&ntilde;as. Ah&iacute; tambi&eacute;n han sido vistos muy pocos pobladores, quienes hablan treinta y nueve lenguas, de las cuales ninguna tiene la menor relaci&oacute;n con las otras (<i>Relaci&oacute;n de la misi&oacute;n de los Moxes</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se pone en duda que la poblaci&oacute;n de todo el Nuevo Mundo, en el momento del descubrimiento, llegara a cuarenta millones, lo que no representa siquiera una d&eacute;cima sexta parte de la totalidad de la especie humana, en el supuesto de los que conceden a nuestro globo ochocientos millones de individuos. Sin embargo, uno se imagina que el tama&ntilde;o del nuevo continente es casi igual al del viejo. Pero resulta importante se&ntilde;alar que los c&aacute;lculos de la superficie de <i>Am&eacute;rica </i>de Tempelmann, de Struyek y de varios m&aacute;s, en leguas cuadradas, no merecen mucha confianza, debido a que las cartas geogr&aacute;ficas son todav&iacute;a bastante inexactas para completar semejante operaci&oacute;n, &amp; ninguno pensar&iacute;a que todos los mapas conocidos contienen un error de cerca de cien leguas, s&oacute;lo en la longitud de algunas posiciones de M&eacute;xico, si esa longitud no hubiera sido determinada hace poco gracias a un eclipse de luna. Resulta peor en cuanto a la tierra m&aacute;s all&aacute; de los Sioux &amp; de los Assenipoils: se desconoce d&oacute;nde comienzan esas tierras hacia el oeste &amp; no se sabe d&oacute;nde terminan hacia el norte.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M. de Buffon hab&iacute;a ya observado que algunos autores espa&ntilde;oles debieron permitirse no pocas exageraciones cuando reportan el n&uacute;mero de hombres que se encontraron, seg&uacute;n ellos, en Per&uacute;. Nada demuestra mejor que esos autores exageraron que lo que hemos dicho en relaci&oacute;n con el escaso n&uacute;mero de tierras cultivables en dicho pa&iacute;s, donde Z&aacute;rate mismo conviene que s&oacute;lo exist&iacute;a un sitio que tuviera la forma de ciudad, &amp; esa ciudad era, afirma, Cuzco (<i>Hist. de la conquista de Per&uacute;, lib. I, c. 9</i>). Adem&aacute;s, desde el a&ntilde;o de 1510, la Corte de Espa&ntilde;a vio que, para remediar la reducida poblaci&oacute;n de las provincias entonces conquistadas en <i>Am&eacute;rica</i>, no hab&iacute;a otro medio que llevar negros, cuya trata regular se inici&oacute; en 1516 &amp; cost&oacute; sumas enormes. De hecho, se sospecha que cada Africano, desembarcado en la isla de Santo Domingo, costaba m&aacute;s de doscientos ducados o m&aacute;s de doscientos cequ&iacute;es,<sup><a href="#notas">11</a></sup> seg&uacute;n el impuesto que los mercaderes de G&eacute;nova pon&iacute;an. Los Espa&ntilde;oles mataron sin duda, contra su propio inter&eacute;s, un gran n&uacute;mero de Americanos mediante el trabajo en las minas &amp; mediante una depredaci&oacute;n atroz, pero no es menos cierto que regiones donde jam&aacute;s llegaron los Espa&ntilde;oles, como los alrededores del lago Hudson, son a&uacute;n m&aacute;s desiertas que otras regiones sometidas al yugo de los Castellanos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hoy nos damos cuenta cu&aacute;l era la pasmosa diferencia, en el siglo XV, entre los dos hemisferios de nuestro globo. En uno, la vida civil apenas comenzaba. Se desconoc&iacute;an las letras; se ignoraba el nombre de las ciencias; faltaban la mayor&iacute;a de los oficios; el cultivo de la tierra apenas hab&iacute;a alcanzado el grado de merecer el nombre de agricultura, debido a que no hab&iacute;a sido inventada la grada ni la carreta, ni se hab&iacute;a domado animal alguno para halarla. La raz&oacute;n, &uacute;nica que puede dictar leyes equitativas, nunca hab&iacute;a hecho o&iacute;r su voz ah&iacute;. La sangre humana escurr&iacute;a por doquier en los altares, &amp; los Mexicanos eran todav&iacute;a, en cierto sentido, antrop&oacute;fagos, ep&iacute;teto que debiera extenderse a los Peruanos, ya que, seg&uacute;n confiesa Garcilaso, quien se abstuvo de calumniarlos, derramaban la sangre de los ni&ntilde;os sobre el <i>cancu </i>o pan sagrado, si pudiera d&aacute;rsele tal nombre a esa pasta as&iacute; petrificada que los fan&aacute;ticos com&iacute;an en una especie de templos para honrar a la divinidad que no conoc&iacute;an.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por el contrario, en nuestro continente, las sociedades se hab&iacute;an formado desde hac&iacute;a tanto tiempo, que su origen se pierde en la noche de los siglos; &amp; el descubrimiento del hierro forjado, tan necesario &amp; tan desconocido para los Americanos, tuvo lugar entre los habitantes de nuestro hemisferio desde tiempos inmemoriales. Aunque los procedimientos que se emplean para obtener la maleabilidad de un metal, tan reacio en su estado mineral, sean muy complicados, M. de Mairan ha demostrado, empero, que hay que considerar como fabulosa la &eacute;poca a la que se quiere remontar dicho descubrimiento (<i>Cartas sobre China</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No podemos dedicarnos aqu&iacute; a un an&aacute;lisis pormenorizado de los sistemas propuestos para explicar las causas de esa diferencia que acabamos de se&ntilde;alar entre las dos partes de un mismo globo. Es un secreto de la naturaleza, con el que el esp&iacute;ritu humano se confunde en la medida en que se empe&ntilde;a en querer desentra&ntilde;arlo. No obstante, las vicisitudes f&iacute;sicas, los temblores de tierra, los volcanes, las inundaciones &amp; ciertas cat&aacute;strofes, de las que, nosotros que vivimos en medio de la calma de los elementos, no tenemos una idea muy clara, han podido influir en ello; &amp; hoy sabemos que las m&aacute;s violentas sacudidas de la tierra, las cuales se manifiestan algunas veces por toda la extensi&oacute;n del nuevo continente, no comunican movimiento alguno al nuestro. Si no fuera por los avisos particulares que se recibieron en distintos sitios, habr&iacute;amos ignorado en Europa que el 4 de abril de 1768 toda la tierra de <i>Am&eacute;rica </i>se estremeci&oacute;. De igual manera, ah&iacute; pudieron haber sucedido antiguamente desastres espantosos que los habitantes de nuestro hemisferio, lejos de experimentarlos, ni siquiera pudieron sospecharlos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por lo dem&aacute;s, no hay que pretender aplicar al Nuevo Mundo, siguiendo el ejemplo de algunos estudiosos, los prodigios que se encuentran en el <i>Timeo </i>&amp; en el <i>Critias </i>a prop&oacute;sito de la Atl&aacute;ntida ahogada por una lluvia que s&oacute;lo dur&oacute; veinticuatro horas. El fondo de esta tradici&oacute;n proven&iacute;a de Egipto, pero Plat&oacute;n la embelleci&oacute; o desfigur&oacute; mediante gran cantidad de alegor&iacute;as, de las cuales algunas son filos&oacute;ficas &amp; otras son pueriles, como la victoria de los Atenienses sobre los Atlantes, en una &eacute;poca en que Atenas a&uacute;n no exist&iacute;a. Esos anacronismos surgen con tanta frecuencia en los escritos de Plat&oacute;n, que sin duda no les falt&oacute; raz&oacute;n a los Griegos mismos cuando lo acusaron de ignorar la cronolog&iacute;a de su pa&iacute;s (<i>At. lib. V, cap. 12 &amp; 13</i>). La dificultad reside en saber si los Egipcios, que no navegaban, y que, en consecuencia, estuvieron de seguro muy poco versados en la geograf&iacute;a positiva, tuvieron alguna noci&oacute;n exacta acerca de una isla o de un continente situado m&aacute;s all&aacute; de las columnas de H&eacute;rcules. Por tal motivo, es necesario admitir que eso no es probable; pero sus sacerdotes, al estudiar la cosmograf&iacute;a, pudieron suponer que hab&iacute;a mayores porciones de tierra que se extend&iacute;an en el Oc&eacute;ano de las que ellos conoc&iacute;an. Cuanto m&aacute;s las desconoc&iacute;an por su falta absoluta de navegaci&oacute;n, m&aacute;s resulta natural que hayan albergado esa sospecha, &amp; sobre todo si pudiera demostrarse que, antes de la &eacute;poca en que se estableci&oacute; la medida de la tierra, realizada en Egipto por Erat&oacute;stenes durante el gobierno de Evergetes, los sacerdotes ten&iacute;an ya una idea del verdadero tama&ntilde;o del globo. Sea como fuere, sus dudas o sus sospechas sobre la existencia de una gran tierra no estaban m&aacute;s relacionadas con <i>Am&eacute;rica </i>en particular que con todas las otras regiones que les eran desconocidas; &amp; los l&iacute;mites del mundo antiguo, tal como los hemos establecido, permanecen invariablemente id&eacute;nticos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Que el cataclismo o la inundaci&oacute;n de la Atl&aacute;ntida provocara que ya no fuera posible navegar en el mar m&aacute;s all&aacute; del Estrecho de Gibraltar, tal como lo pretende Plat&oacute;n, es un hecho desmentido por la experiencia desde el viaje de Hann&oacute;n hasta nuestros d&iacute;as. Sin embargo, M. Gesner, cuya erudici&oacute;n es bien conocida, cre&iacute;a que la <i>Isla de Ceres</i>, referida por un poema muy antiguo y atribuido a Orfeo con el nombre de <i>Argonautina</i>, era un residuo de la Atl&aacute;ntida. Pero esa isla que se conoce por sus bosques de pinos &amp;, sobre todo, por las nubes negras que la envuelven, no ha sido localizada en lugar alguno, de modo que tendr&iacute;a que haberse hundido despu&eacute;s de la expedici&oacute;n de los Argonautas, aun suponiendo, contra toda verosimilitud, o mejor, contra la posibilidad, que esos Argonautas hayan podido venir desde el Mar Negro hasta el Oc&eacute;ano, conduciendo el nav&iacute;o <i>Argos </i>desde el Bor&iacute;stenes hasta el V&iacute;stula, para entrar luego en el Mediterr&aacute;neo por las columnas de H&eacute;rcules, como se cuenta al final de ese poema atribuido a Orfeo. De esto, podemos juzgar que lo maravilloso abunda en dicho poema, &amp; que M. Gesner debi&oacute; ser m&aacute;s incr&eacute;dulo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si en alg&uacute;n sitio de nuestro Occidente se encuentran huellas de un continente transformado en una multitud de islas, es sin duda en el mar Pac&iacute;fico,<sup><a href="#notas">12</a></sup> &amp; no repetiremos aqu&iacute; lo que el presidente de Brosse relata en su obra, en la que trata de los viajes de navegaci&oacute;n hacia las tierras australes.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a aquellos que pretenden que los hombres s&oacute;lo han llegado a <i>Am&eacute;rica </i>desde hace poco, franqueando el mar de Kamtschatka o el estrecho de Tchutzkoi, sobre t&eacute;mpanos o en botes, no se percatan de que esa opini&oacute;n, por otro lado dif&iacute;cil de comprender, no disminuye en nada el prodigio, pues ser&iacute;a del todo sorprendente que una mitad de nuestro planeta hubiera permanecido sin habitantes durante miles de a&ntilde;os, mientras que la otra mitad estuviera habitada. Lo que vuelve a esa opini&oacute;n todav&iacute;a menos probable es que <i>Am&eacute;rica </i>ten&iacute;a ya animales, porque no se puede hacer provenir del Viejo Mundo las especies cuyos an&aacute;logos no existen aqu&iacute;, como el tapir, la llama, el tajac&uacute;. Tampoco es posible admitir una organizaci&oacute;n reciente del mundo animal para el hemisferio opuesto al nuestro, ya que, independientemente de las dificultades acumuladas en esa hip&oacute;tesis, &amp; que no sabr&iacute;amos c&oacute;mo resolver, se&ntilde;alaremos aqu&iacute; que los huesos fosilizados descubiertos en tantos lugares de <i>Am&eacute;rica</i>, a tan poca profundidad, prueban que ciertos tipos de animales, lejos de existir desde hace poco, fueron aniquilados desde hace mucho tiempo. Es un hecho indubitable que, en el momento de la llegada de Crist&oacute;bal Col&oacute;n, no hab&iacute;a en las islas ni en provincia alguna del nuevo continente grandes cuadr&uacute;pedos; no exist&iacute;an el dromedario, el camello, la jirafa, el elefante, el rinoceronte, el caballo ni el hipop&oacute;tamo. As&iacute;, los grandes huesos desenterrados en esa regi&oacute;n pertenecieron a especies extintas o diezmadas varios siglos antes de la &eacute;poca del descubrimiento, ya que ni siquiera alguna tradici&oacute;n que se refiriera a ellos subsist&iacute;a entre los ind&iacute;genas, quienes nunca oyeron hablar de cuadr&uacute;pedos de un tama&ntilde;o mayor a los que se encontraron en 1492. Sin embargo, el molar, que hab&iacute;a sido confiado a M. el abate Chappe, muerto en ese entonces en California, pesaba ocho libras, como se sabe por el extracto de una carta dirigida a la Academia de Par&iacute;s por M. Alzate, quien asegura que a&uacute;n se conserva en la actualidad, en M&eacute;xico, un hueso de pata, cuya r&oacute;tula tiene un pie de di&aacute;metro. Algunos hipop&oacute;tamos, de los m&aacute;s grandes, como los que se encuentran en Abisinia &amp; en las riberas del Zaire, producen muelas, cuyo peso es de ocho libras, pero cabe poner en duda de que existan elefantes con patas que tengan una articulaci&oacute;n tan prodigiosa como la que cita M. Alzate, cuyo relato parece no estar exento de exageraci&oacute;n. Lo mismo hay que decir de las dimensiones que ofrece el padre Torrubia, en su pretendida <i>Gigantolog&iacute;a</i>, de algunos fragmentos de esqueletos exhumados en <i>Am&eacute;rica</i>, y que hoy est&aacute;n repartidos en distintos gabinetes de Europa. M. Hunner, quien ha realizado un estudio particular en Inglaterra sobre la cuesti&oacute;n, cree que pertenecieron a animales carn&iacute;voros, &amp; con ayuda de un gran aparato de anatom&iacute;a comparada, dio cuenta de su opini&oacute;n a la Real Sociedad de Londres (<i>Trans. Philos. en el a&ntilde;o 1768</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero si lo anterior fuera cierto, la naturaleza habr&iacute;a seguido en <i>Am&eacute;rica </i>un plan completamente opuesto al que sigui&oacute; en nuestro continente, donde todos los cuadr&uacute;pedos terrestres de gran talla son herb&iacute;voros, no carn&iacute;voros. Es un error por parte de Prosper&#150;Alpin &amp; de M. Maillet haber cre&iacute;do que el hipop&oacute;tamo com&iacute;a carne. Se juzga que todo esto debi&oacute; ser as&iacute; a causa de la dificultad que habr&aacute;n tenido los cuadr&uacute;pedos carn&iacute;voros para encontrar su subsistencia, &amp; para encontrarla constantemente, mientras que los vegetales renacen, &amp; con tal abundancia, que son m&aacute;s que suficientes para alimentar a los animales herb&iacute;voros de mayor tama&ntilde;o. Se ha interrogado in&uacute;tilmente a los salvajes que viven a orillas del Ohio para saber qu&eacute; piensan del descubrimiento de las grandes osamentas hecho en la ribera de ese r&iacute;o en 1738. No aclararon m&aacute;s de lo que aclararon los habitantes de Siberia acerca del marfil f&oacute;sil en su pa&iacute;s, que unos consideran como restos de gigantes, &amp; otros como los restos de un animal que vive bajo tierra, &amp; que denominan <i>mamut</i>, individuo m&aacute;s digno de aparecer en la mitolog&iacute;a del Norte que en las nomenclaturas de la Historia Natural. No obstante, M. Bertrand, quien ha recorrido como observador curioso Pensilvania &amp; una parte de <i>Am&eacute;rica </i>Septentrional, asegura que algunos salvajes, tras haber visto conchas de ostra halladas en la cadena monta&ntilde;osa de los Montes Azules, que se prolonga desde Canad&aacute; hasta Carolina, dicen que no resulta sorprendente encontrar conchas en los alrededores de los Montes Azules porque saben que el mar los cubr&iacute;a anta&ntilde;o con sus aguas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este relato se funda en una tradici&oacute;n universalmente extendida entre los pueblos de <i>Am&eacute;rica</i>, desde el Estrecho de Magallanes hasta Canad&aacute;. Aseguran que antiguamente las tierras bajas de su continente estuvieron sumergidas, lo que oblig&oacute; a sus ancestros a retirarse hacia las cimas. No sin asombro se lee en Acosta que, en su &eacute;poca, a&uacute;n se ve&iacute;an en diferentes lugares huellas muy claras de esa inundaci&oacute;n: <i>cert&egrave; in novo orbe ingentis cujusdam exundationis non obscura monumenta &agrave; peritis notanrur </i>(<i>De Natur&acirc; N. O</i>.).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sea como fuere, no podr&iacute;a explicarse de otra manera por qu&eacute; todas las tribus de <i>Am&eacute;rica </i>ten&iacute;an tan poco comercio &amp; relaci&oacute;n entre ellas, como ha quedado demostrado por la multiplicidad de lenguas, m&aacute;s que admitiendo que su modo de vivir de la caza o de la pesca les imped&iacute;a no s&oacute;lo reunirse, si no que tambi&eacute;n los obligaba a alejarse unos de otros. As&iacute;, se ha visto que cuando tribus se acercan al grado de estorbarse en la caza, ello suscita guerras nacionales que &uacute;nicamente finalizan con la destrucci&oacute;n o la retirada de la tribu m&aacute;s d&eacute;bil o la menos valiente. Pu&ntilde;ados de hombres se disputan ah&iacute; desiertos inmensos, &amp; los enemigos se encuentran a veces a m&aacute;s de cien leguas de distancia unos de otros. Pero cien leguas de distancia nada son para los cazadores que, al buscar una presa, o al perseguirla muy lejos, se cruzan siempre en alg&uacute;n sitio. La dificultad para fijar los l&iacute;mites, que ya es bastante grande entre las naciones sedentarias, es mucho mayor entre las hordas que vagan de selva en selva, &amp; que pretenden, sin embargo, ser poseedores absolutos de los lugares que no hacen sino recorrer.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los pueblos genuinamente pescadores o icti&oacute;fagos existen s&oacute;lo en las partes m&aacute;s septentrionales del Nuevo Mundo, ya que, aunque en los tr&oacute;picos se encuentran algunos salvajes que pescan mucho, plantan, a pesar de eso, algunos reto&ntilde;os de mandioca alrededor de sus chozas. Pero por todas partes en <i>Am&eacute;rica</i>, ese cultivo, al igual que el del ma&iacute;z, es obra de las mujeres, &amp; es sencillo descubrir la raz&oacute;n de ello: se cultiva poco, de suerte que esa labor no es vista como el m&aacute;s esencial de los trabajos. Se han descubierto, tanto en el sur como en el norte, muchos cazadores que nada cultivan, &amp; que viven solamente de lo que cazan. Como tienen m&aacute;s suerte en ciertas &eacute;pocas que en otras, s&oacute;lo pueden conservar la carne ahum&aacute;ndola, porque las naciones dispersas en el centro del continente carecen del menor conocimiento de la sal. Pero casi todas las que viven en la zona t&oacute;rrida, &amp; aun en los extremos de las zonas templadas hacia el ecuador, hacen uso del pimiento&#150;chile (<i>capsicum annuum</i>) o de otras hierbas igualmente picantes, &amp; fue la naturaleza la que les ense&ntilde;&oacute; todo eso.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es preciso decir aqu&iacute; que los m&eacute;dicos de Europa han estado, &amp; todav&iacute;a lo est&aacute;n, en su mayor&iacute;a, equivocados a prop&oacute;sito de las especias. En los climas t&oacute;rridos, su uso extendido &amp; continuo es necesario para ayudar a la digesti&oacute;n &amp; devolver a las v&iacute;sceras el calor que pierden por una transpiraci&oacute;n demasiado abundante. As&iacute;, los viajeros nos informan que los salvajes de la Guyana, quienes ponen tanto pimienta&#150;chile en sus platillos que arrancan la piel de la lengua a los que nos est&aacute;n acostumbrados, gozan constantemente de una salud m&aacute;s f&eacute;rrea que otros pueblos de ese pa&iacute;s, como los Acoquas &amp; los Morous, que no pueden procurarse siempre una cantidad suficiente de chile. En Europa misma se ha visto ya cu&aacute;nta necesidad tienen los Espa&ntilde;oles de esa especia, quienes siembran campos enteros de ella, como nosotros sembramos centeno. En suma, se sabe que a medida que el calor del clima aumenta, se ha encontrado por toda Asia &amp; &Aacute;frica que el consumo de las especias aumenta en proporci&oacute;n directa a dicho calor.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los pueblos cazadores del Nuevo Mundo, han sido descubiertos diferentes compuestos que acostumbramos llamar polvos nutritivos o alimentos condensados, reducidos expresamente a un peque&ntilde;o volumen para poder transportarlos con facilidad cuando se trata de hacer alg&uacute;n recorrido por esos parajes solitarios donde la tierra, a menudo cubierta de nieve hasta una altura de dos o tres pies, no ofrece recurso alguno aparte de la caza, que no es segura, porque muchos animales se mantienen entonces dentro de sus madrigueras, que son lugares en ocasiones muy alejados de donde son buscados. Por lo dem&aacute;s, se ve gracias a las relaciones, &amp; aun por algunos pasajes de la historia, que la mayor&iacute;a de las naciones errantes de nuestro continente realizaron, o todav&iacute;a realizan, pr&aacute;cticas semejantes. Los salvajes de Gran Breta&ntilde;a fabricaban una de esas pastas con el <i>karemyle</i>, el cual se supone es el tub&eacute;rculo del <i>magjon</i>, que la gente del campo llama <i>vesce sauvage</i>, aunque sea un <i>latyrus</i>. Al tragar una bolita de esa droga, los Bretones pueden prescindir de cualquier otro alimento durante todo un d&iacute;a (Dion, <i>in sever</i>). Algo parecido ocurre con el polvo verde que utilizan los salvajes diseminados a lo largo del r&iacute;o Jusquehanna, que muere en la bah&iacute;a de Chesapeake; bastar&aacute; decir aqu&iacute; que esa materia se compone de ma&iacute;z torrefacto que es la base, ra&iacute;ces de ang&eacute;lica &amp; sal. Pero se supone que antes de que esos b&aacute;rbaros tuvieran comunicaci&oacute;n con las colonias de Europa, no empleaban sal, la cual no habr&iacute;a contribuido a aumentar la saz&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto al m&eacute;todo para procurarse fuego, era el mismo en toda la extensi&oacute;n del Nuevo Mundo, desde la Patagonia hasta Groenlandia. Se frotaban trozos de madera muy duros contra otros trozos muy secos, con tanta fuerza y durante tanto tiempo, que echaban chispas y se inflamaban. Es verdad que en algunas tribus, en el norte de California, se insertaba una especie de pivote en el agujero de una plancha muy gruesa, &amp; mediante el frotamiento circular, se obten&iacute;a el mismo efecto al que acabamos de referirnos (Muller, <i>Reise und. entdek: von den Russen, t. I</i>). Parece ser que fue el solo instinto, o si se permite afirmarlo, la industria innata del hombre, lo que le ense&ntilde;&oacute; esa pr&aacute;ctica, de modo que, conforme a nuestra opini&oacute;n, hay que colocar entre las f&aacute;bulas lo que algunas relaciones cuentan acerca de los habitantes de las Marianas, de las Filipinas, de Las&#150;Jordenas &amp; de las Amicuanas, quienes ignoran, seg&uacute;n se pretende, el secreto de hacer fuego. Y si se encuentran tales hechos entre los ge&oacute;grafos de la Antig&uuml;edad, a prop&oacute;sito de ciertos pueblos de &Aacute;frica, es preciso advertir que Mela pudo inspirarse en las memorias de Eudoxo, a quien Estrab&oacute;n describe como un impostor que, para hacer creer que hab&iacute;a doblado el cabo de Buena Esperanza, se dedic&oacute; a mentir sin cesar. Se ve por la historia de China, &amp; sobre todo por el uso que todav&iacute;a hoy subsiste entre los Kamtschatkandales, los Siberianos &amp; aun entre los campesinos de Rusia, que el m&eacute;todo para encender fuego mediante frotamiento debi&oacute; de estar generalizado en nuestro continente antes del conocimiento del acero &amp; de las piritas. El calor que el hombre salvaje sinti&oacute; en sus manos, cuando los frotaba, le ense&ntilde;&oacute; todo eso.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como hab&iacute;a en <i>Am&eacute;rica </i>un gran n&uacute;mero de peque&ntilde;as naciones, de las cuales unas estaban hundidas mucho antes que otras en la barbarie &amp; en el olvido de todo lo que constituye al animal racional, resulta muy dif&iacute;cil distinguir bien las costumbres adoptadas s&oacute;lo por algunas tribus particulares de los usos generalmente seguidos. Hay viajeros que creyeron que todos los salvajes del Nuevo Mundo no ten&iacute;an la menor idea del incesto, al menos con respecto a la l&iacute;nea colateral, &amp; que los hermanos se casaban continuamente con sus hermanas, o que se solazaban con ellas sin desposarlas, lo que hizo pensar a muchas personas que las facultades f&iacute;sicas &amp; morales debieron alterarse en esos salvajes, porque se supone que existen hombres, al igual que los animales dom&eacute;sticos, que no se desarrollan por aparearse incestuosamente. Esto ha indicado, como se sabe, la necesidad de mezclar o de cruzar las razas para mantener su vigor &amp; perpetuar su belleza. Por experimentos realizados desde hace poco en una sola especie, consta que la degeneraci&oacute;n es mayor &amp; m&aacute;s r&aacute;pida por una serie de apareamientos en l&iacute;nea colateral que en l&iacute;nea descendente, &amp; es un resultado que con seguridad no se esperaba. No obstante, siguiendo las <i>Cartas edificantes </i>&amp; las relaciones de los P.P. Lafiteau &amp; Gumilla (<i>Costumbres de los salvajes &amp; Historia del Orinoco</i>), es cierto que hubo en <i>Am&eacute;rica </i>varias tribus en las que no se contra&iacute;a matrimonio siquiera en tercer grado de parentesco, de modo que no podr&iacute;a decirse que las conjunciones que llamamos <i>il&iacute;citas</i>, o lo que es lo mismo, <i>incestuosas</i>, hayan estado en boga entre ellas, como lo estaban sin duda entre los Caribes &amp; entre muchos otros. Garcilaso tambi&eacute;n refiere (<i>Hist. de los Incas</i>) que los grandes caciques o los emperadores de Per&uacute; se casaban, por una singular poligamia, con sus hermanas &amp; con sus primas a la vez. A decir verdad, a&ntilde;ade (<i>p&aacute;gina 68</i>, <i>tomo II</i>) que tal uso no se extend&iacute;a al pueblo, pero &eacute;se es un hecho que nos parece imposible esclarecer, ya que, al fin y al cabo, no hay que tener una fe ciega en todo lo que se lee en Garcilaso con respecto a la legislaci&oacute;n de los Peruanos. Por otra parte, reconoce que entre los pueblos de ese pa&iacute;s, en los que la autoridad del gran cacique o del emperador no estaba bien consolidada, como entre los Ant&iacute;podas, <i>se desconoc&iacute;a el matrimonio; cuando la naturaleza les inspiraba deseos, el azar les daba una mujer; tomaban las que encontraban, sus hijas, sus hermanas, sus madres, les era indiferente; no obstante, hac&iacute;an una mayor excepci&oacute;n con esas &uacute;ltimas. En otro cant&oacute;n, </i>agrega<i>, las madres guardaban a sus hijas con extremo cuidado, &amp; cuando las entregaban en matrimonio, las desfloraban en p&uacute;blico con sus propias manos para mostrar que hab&iacute;an estado bien resguardadas </i>(<i>t. I, p&aacute;g. 14</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta &uacute;ltima costumbre, de ser cierta, podr&iacute;a parecer a&uacute;n m&aacute;s sorprendente que el incesto, el cual debi&oacute; estar efectivamente m&aacute;s en boga entre las hordas peque&ntilde;as, compuestas s&oacute;lo por ciento treinta personas, tales como se observan todav&iacute;a hoy en las selvas de <i>Am&eacute;rica</i>, que entre las tribus m&aacute;s numerosas, y sobre todo, si se piensa en la multiplicidad de lenguas relativamente ininteligibles que imped&iacute;an a esas hordas peque&ntilde;as encontrar una mujer entre sus vecinos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es preciso se&ntilde;alar aqu&iacute; que s&oacute;lo se trata de una mera suposici&oacute;n, de la que hemos dado cuenta, a prop&oacute;sito de la degeneraci&oacute;n que los apareamientos incestuosos podr&iacute;an ocasionar en la especie humana, como lo hacen en algunas especies animales. La verdad es que no estamos, y no lo estaremos pronto, lo bastante instruidos sobre un asunto tan importante para poder hablar de &eacute;l con seguridad, pues no conviene citar aqu&iacute; el ejemplo de algunos pueblos de la Antig&uuml;edad, sobre todo el ejemplo de los Egipcios, cuyas leyes, que creemos conocer mejor, son con frecuencia las m&aacute;s desconocidas para los Griegos, quienes, al escribir acerca de la historia de Egipto despu&eacute;s de la muerte de Alejandro, pudieron confundir f&aacute;cilmente las sanciones de un c&oacute;digo extranjero, adoptado durante la dinast&iacute;a de los Lagidas, con las sanciones del c&oacute;digo nacional, en el que, nosotros, que hemos hecho de &eacute;l un estudio particular, no hemos hallado alguna prueba convincente de la ley que se supone que existi&oacute; ah&iacute; antes de la &eacute;poca de la conquista de los Macedonios. Pero una discusi&oacute;n m&aacute;s amplia a este respecto estar&iacute;a aqu&iacute; muy desplazada. Por lo dem&aacute;s, lo que prueba que no hay que razonar sobre la necesidad de cruzar razas cuando se trata de hombres, como cuando se trata de animales, es que los Circasianos &amp; los Mingreleanos constituyen un pueblo que nunca se mezcla con otro, &amp; en el que los grados de parentesco que impiden el matrimonio est&aacute;n muy poco extendidos. Sin embargo, su aspecto, como se sabe, es el m&aacute;s hermoso del mundo, al menos el de las mujeres, &amp; los hombres est&aacute;n muy lejos de ser tan feos como lo sostiene, en sus <i>Viajes al Levante</i>, el caballero d'Arvieu, cuyo testimonio es completamente opuesto al de M. Chardin, quien estuvo en esos lugares, y el caballero d'Arvieu no. Asimismo, los Samoyedos, que no se mezclan con los Lapones ni con los Rusos, constituyen un pueblo muy enclenque &amp; absolutamente imberbe, aunque sepamos, no cabe duda, por las observaciones de M. Klingstaed, que los Samoyedos jam&aacute;s contraen matrimonio incestuoso, como se afirma en algunas relaciones, cuyos autores est&aacute;n muy mal informados.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pueden existir en el clima de <i>Am&eacute;rica </i>causas espec&iacute;ficas que hacen que ciertas especies animales sean m&aacute;s peque&ntilde;as que sus an&aacute;logas, que viven en nuestro continente, como los lobos, los osos, los linces o los servales, &amp; algunos otros. Tambi&eacute;n en la calidad del suelo, del aire, del alimento, es donde M. Kalm cree que hay que buscar la causa de la degeneraci&oacute;n que ocurre entre el ganado, tra&iacute;do de Europa, en las colonias inglesas de Tierra Firme, desde el grado cuarenta de latitud hasta el extremo de Canad&aacute; (<i>Hist. nat. &amp; civ. de Pensilvania</i>). Por lo que toca al hombre salvaje, la tosquedad de los alimentos &amp; la escasa inclinaci&oacute;n que tiene hacia el trabajo manual, lo vuelven menos robusto de lo que estar&iacute;amos tentados de creer, si no supi&eacute;ramos que es principalmente la costumbre del trabajo lo que fortalece los m&uacute;sculos &amp; nervios del brazo, como la costumbre de cazar hace que los Americanos soporten largas caminatas; &amp; esto es lo que, con probabilidad, condujo a M. Fourmont a llamar a esos pueblos "pueblos&#150;corredores" (<i>Reflexiones cr&iacute;ticas</i>), aunque corran o cacen s&oacute;lo cuando la necesidad m&aacute;s apremiante los obliga a ello, puesto que, cuando tienen algunas provisiones de carne ahumada, permanecen d&iacute;a &amp; noche acostados en sus caba&ntilde;as, de las que s&oacute;lo la necesidad puede forzarlos a salir, &amp; hoy se sabe, gracias a un gran n&uacute;mero de observaciones realizadas en distintas regiones, que todos los salvajes, en general, poseen semejante inclinaci&oacute;n a la pereza, que &eacute;sa es una de las caracter&iacute;sticas que m&aacute;s los distingue de los pueblos civilizados. A este vicio vergonzoso a&uacute;n habr&iacute;a que a&ntilde;adir una insaciable sed de licores espirituosos o fermentados, &amp; entonces se tendr&aacute; una idea bastante precisa de todos los excesos de los que dichos b&aacute;rbaros son capaces. Aquellos que creen que la falta extrema de moderaci&oacute;n en el beber reina en exclusiva entre los pueblos situados en los climas fr&iacute;os, se equivocan, pues se ve en todas las relaciones que, en los climas m&aacute;s fr&iacute;os, al igual que en los climas m&aacute;s c&aacute;lidos, los Americanos se emborrachan con el mismo furor en cuanto tienen la oportunidad, &amp; casi nunca la tendr&iacute;an si fueran menos perezosos. Pero como cultivan muy poco el ma&iacute;z &amp; la mandioca, les hace falta a menudo la materia prima de la que hay que extraer el licor. Por eso sabemos que el cau&iacute;n, la piwar&eacute;, la chica, &amp; otras bebidas artificiales de ese tipo, se obtienen, en su mayor&iacute;a, de la harina de ma&iacute;z &amp; del cazabe. Entre las hordas que nada cultivan, como los Moxes, los Patagones &amp; mil otras, se emplean ra&iacute;ces, frutos silvestres &amp; aun las moras del espino, para darle sabor al agua &amp; comunicarle una calidad embriagante, lo que resulta muy sencillo mediante la fermentaci&oacute;n, que sucede por s&iacute; sola. Se tiene la sospecha de que el temperamento fr&iacute;o y flem&aacute;tico de los Americanos los conduce, m&aacute;s que a otros hombres, a esos excesos que podr&iacute;amos llamar, con M. de Montesquieu, "una borrachera de naci&oacute;n". Sin embargo, los licores que ellos fabrican distan mucho de arruinar su salud tanto como el aguardiente que los Europeos les venden &amp; que causa estragos tan grandes como la viruela, la cual los Europeos tambi&eacute;n llevaron al Nuevo Mundo, donde resulta sobre todo funesta entre los salvajes que van desnudos, porque su epidermis &amp; su tejido mucoso, siempre expuestos a la intemperie, se espesan, &amp; tapan aun los poros de la piel con colores, grasas &amp; aceites, con los cuales se cubren el cuerpo completo para protegerse contra la picadura de los insectos, multiplicados m&aacute;s all&aacute; de la imaginaci&oacute;n, en las selvas &amp; sitios salvajes,&amp; es la persecuci&oacute;n que ah&iacute; se sufre por parte de t&aacute;banos &amp; mosquitos lo que motiv&oacute; la costumbre de fumar tabaco.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las antiguas relaciones hablan a menudo de la vejez extrema a la que llegan los Americanos. Hoy sabemos que se han escabullido dentro de esos relatos burdas exageraciones que probablemente estimularon a ese impostor rid&iacute;culo que vimos aparecer en Europa con el nombre de Hultazob, &amp; que pretendi&oacute; hacerse pasar por un cacique Americano, con edad de quinientos a&ntilde;os. Lo hemos se&ntilde;alado, &amp; M. Bancroft observ&oacute; lo mismo en la Guyana en 1766: es imposible conocer con exactitud la edad de los salvajes, porque unos carecen en absoluto de t&eacute;rminos num&eacute;ricos, &amp; entre los otros, los t&eacute;rminos num&eacute;ricos apenas llegan hasta tres. No tienen memoria, ni nada de lo que ser&iacute;a necesario para sustituirla, &amp; a falta de calendario, ignoran no s&oacute;lo el d&iacute;a en que nacieron, sino aun el a&ntilde;o de su nacimiento. En general, viven tanto como los otros hombres, al menos en las regiones septentrionales, pues en los tr&oacute;picos, el calor, al excitar en el cuerpo una continua transpiraci&oacute;n, abrevia el plazo o el ensue&ntilde;o de la vida. Lo que s&iacute; es verdad es que casi todas las mujeres Americanas paren sin dolor, &amp; con una facilidad sorprendente, &amp; es muy raro que mueran al dar a luz o como consecuencia del alumbramiento. Los historiadores afirman que antes de la llegada de Pizarro &amp; de Almagro a Per&uacute;, jam&aacute;s se hab&iacute;a o&iacute;do hablar ah&iacute; de las parteras. Todo esto ha hecho sospechar que ello se debe tan s&oacute;lo a una configuraci&oacute;n particular de los &oacute;rganos, &amp; quiz&aacute;s tambi&eacute;n a esa falta de sensibilidad que ha sido observada en los Americanos, &amp; de la cual se encuentran ejemplos impresionantes entre los viajeros. Han transcurrido cerca de doscientos a&ntilde;os antes de que conoci&eacute;ramos el m&eacute;todo que emplean las salvajes para cortar el cord&oacute;n umbilical de sus hijos. Es un gran error sostener que lo anudan &amp;, a&uacute;n m&aacute;s, a&ntilde;adir que &eacute;sa es una pr&aacute;ctica indicada por la naturaleza a todas las naciones del mundo. No lo anudan en absoluto, sino que le aplican carb&oacute;n ardiente; &eacute;ste se lleva consigo una parte, &amp; la otra se crispa al grado de ya no poder volver a abrirse. Ese m&eacute;todo no es tal vez el peor de todos. Y si la naturaleza ha ense&ntilde;ado a este respecto alg&uacute;n procedimiento, es preciso admitir que resulta muy dif&iacute;cil distinguirlo de los que ella no ha ense&ntilde;ado.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se han hallado entre los Americanos pocos individuos lisiados o contrahechos de nacimiento, porque han cometido, al igual que los Lacedemonios, la barbarie de matar a los ni&ntilde;os que una organizaci&oacute;n corporal viciosa o una deformidad natural los imposibilita para poder procurarse alimento cazando o pescando. Por otro lado, como los salvajes carecen de artes, tampoco sufren las enfermedades de los artesanos, &amp; no se dislocan los miembros al construir edificios o manejar m&aacute;quinas. Los grandes trayectos que las mujeres embarazadas se ven obligadas a recorrer, las hacen en ocasiones abortar, pero es raro que la violencia del movimiento lisie al feto. La carencia absoluta de cualquier especie de ganado dom&eacute;stico &amp;, en consecuencia, la falta de cualquier tipo de leche, hace que las Americanas amamanten a sus hijos durante largo tiempo, &amp; cuando les nacen gemelos, inmolan al que les parece m&aacute;s d&eacute;bil. Costumbre monstruosa, aunque prevaleciente entre las peque&ntilde;as naciones errantes, en las que los hombres nunca se echan a cuestas un fardo que pueda impedirles cazar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nada hay m&aacute;s sorprendente que las observaciones que se encuentran en las memorias de varios viajeros concernientes a la estupidez de los ni&ntilde;os Americanos que se ha intentado instruir. Margrave asegura que (<i>Comment. ad Hist. Brasiliae</i>), a medida que se aproximan al t&eacute;rmino de la adolescencia, los l&iacute;mites de su esp&iacute;ritu parecen encogerse. El triste estado al que, sabemos, se reducen los estudios en las colonias de <i>Am&eacute;rica </i>meridional, es decir, entre los Portugueses &amp; Espa&ntilde;oles, motiva a pensar que la ignorancia de los maestros ha sido m&aacute;s que suficiente para ocasionar la de los alumnos; pero tampoco se ha visto que los profesores de la Universidad de Cambridge, en Nueva Inglaterra, hayan formado algunos j&oacute;venes Americanos, al punto de que puedan participar en el mundo literario. Diremos aqu&iacute; entonces que, para constatar hasta d&oacute;nde las facultades intelectuales est&aacute;n extendidas o limitadas entre los ind&iacute;genas de <i>Am&eacute;rica</i>, habr&iacute;a que tomar a sus ni&ntilde;os desde la cuna &amp; seguir su educaci&oacute;n con mucha dulzura &amp; filosof&iacute;a, ya que cuando esos ni&ntilde;os han adquirido, despu&eacute;s de un tiempo, las costumbres de sus padres, sean &eacute;stos b&aacute;rbaros o salvajes, resulta muy dif&iacute;cil borrar de sus almas esas impresiones que son tan fuertes por ser las primeras. Por otra parte, no se trata de experimentar con dos o tres individuos, sino con un gran n&uacute;mero de sujetos, puesto que en Europa misma, con tantos ni&ntilde;os dedicados al estudio desde su m&aacute;s tierna infancia, se logra un n&uacute;mero tan peque&ntilde;o de hombres razonables &amp; un n&uacute;mero a&uacute;n m&aacute;s reducido de hombres ilustrados. Sin embargo, &iquest;debemos contar, para los intentos a los que aqu&iacute; nos referimos, con algunos comerciantes de <i>Am&eacute;rica</i>, con algunos aventureros guiados en todas sus acciones por la m&aacute;s poderosa de las avaricias? &iexcl;Desafortunadamente, lo dudamos mucho!</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podr&iacute;amos abstenernos de hablar acerca de los criollos, ya que su historia no est&aacute; necesariamente vinculada con la de los naturales del nuevo continente. Si se&ntilde;al&aacute;ramos, aun concedi&eacute;ndolo, que Thomas Gage &amp; Cor&eacute;al (o el viajero que utiliz&oacute; ese nombre) exageraron en lo que narran sobre la imbecilidad, o mejor, el embrutecimiento de los Espa&ntilde;oles nacidos en las Indias Occidentales (<i>Descrip. &amp; Viaje a las Indias Occident</i>), no resulta menos cierto que, en general, se sospecha que los criollos han sufrido alguna alteraci&oacute;n por la naturaleza del clima; &amp; como eso es una desgracia, &amp; no un crimen, el P. Feijoo debi&oacute; haber usado mayor sentido com&uacute;n en lo que escribi&oacute; para justificarlos, porque todo parece indicar que ni siquiera habr&iacute;a pensado en justificarlos si no hubiese cre&iacute;do que la gloria de la naci&oacute;n Espa&ntilde;ola estaba interesada en ello. Ahora bien, &eacute;sos son prejuicios indignos de un fil&oacute;sofo, para quien la gloria de todas las naciones nada significa cuando se trata de la verdad. Los lectores, con algo de perspicacia, ver&aacute;n con facilidad que no es por envidia, ni por alg&uacute;n resentimiento particular contra los Espa&ntilde;oles, lo que hemos destacado sobre la alteraci&oacute;n ocurrida en el temperamento de sus criollos, ya que se ha dicho lo mismo de los otros Europeos establecidos en el norte de <i>Am&eacute;rica</i>, como puede uno percatarse al leer la historia de Pensilvania que ya tuvimos la oportunidad de mencionar. Si los criollos hubieran escrito obras capaces de inmortalizar su nombre en la Rep&uacute;blica de las Letras, no habr&iacute;an necesitado la pluma &amp; el estilo ampuloso de Jer&oacute;nimo Feijoo para hacer su apolog&iacute;a, que s&oacute;lo ellos pueden &amp; que s&oacute;lo ellos deben hacer. Sin embargo, tiempo no les ha faltado, ya que Cor&eacute;al, quien los describi&oacute;, como ya dijimos, con trazos tan poco favorables, parti&oacute; rumbo a <i>Am&eacute;rica </i>en 1666. Adem&aacute;s, cuanto m&aacute;s se extienda el cultivo de la tierra hacia el interior del nuevo continente, secando los pantanos, desmontando las selvas, m&aacute;s cambiar&aacute; al clima &amp; se templar&aacute;. &Eacute;ste es un efecto necesario que se hace manifiesto a&ntilde;o tras a&ntilde;o; y para establecer con exactitud la fecha de la primera observaci&oacute;n realizada a este respecto, diremos que, en la nueva edici&oacute;n de las <i>Indagaciones filos&oacute;ficas sobre los Americanos</i>, se encuentra la copia de una carta donde consta que, desde el a&ntilde;o 1677, ya se hab&iacute;an percatado de ese cambio de clima, al menos en las colonias Inglesas, adjudic&aacute;ndolo, con gran tenacidad, al trabajo &amp; al mejoramiento de la tierra, por los cuales los salvajes ten&iacute;an una preocupaci&oacute;n casi nula. Esperaban todo de la naturaleza, &amp; nada de su industria.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se crey&oacute;, sin duda de manera equivocada, que la abundancia de caza, de pescado &amp; de frutos silvestres, hab&iacute;an retrasado la vida civil en casi toda la extensi&oacute;n de <i>Am&eacute;rica</i>. En la punta septentrional de El Labrador, &amp; a lo largo de la costa de la Bah&iacute;a de Hudson, desde el puerto de Munck hasta el r&iacute;o Churchill, la esterilidad es extrema e incre&iacute;ble. Ahora bien, los peque&ntilde;os grupos de hombres que, por lo menos, se han encontrado all&iacute;, son tan salvajes como los que deambulan en el centro de Brasil, de la Guyana, &amp; a lo largo del Mara&ntilde;&oacute;n &amp; del Orinoco, donde hay m&aacute;s plantas alimenticias, m&aacute;s caza, m&aacute;s pescado, &amp; donde el hielo jam&aacute;s impide pescar en los r&iacute;os. Al contrario, parece que la posesi&oacute;n de un grano tan f&aacute;cil para sembrar &amp; tan f&aacute;cil para reproducir como el ma&iacute;z hubiera debido conducir a los Americanos, en muchas provincias, a renunciar a la vida ambulante &amp; a la caza, las cuales vuelven al coraz&oacute;n del hombre duro &amp; despiadado. No obstante, es completamente seguro que algunos de esos pueblos, que pose&iacute;an granos de ma&iacute;z, todav&iacute;a estaban hundidos en la antropofagia, como los Caribes de Tierra Firme, que fueron vistos, en 1764, comiendo los cuerpos de negros cimarrones sublevados contra los Holandeses en las Berbices (<i>Naturgeschite von Guiana</i>, &sect; 161). Sabemos, empero, sin lugar a dudas, que esos b&aacute;rbaros, a los que aqu&iacute; se hace referencia, no s&oacute;lo cultivan la mandioca, sino tambi&eacute;n el pisang (<i>musa paradisiaca</i>), y por desgracia, no son los &uacute;nicos entre los Americanos que, sin estar forzados por especie alguna de carest&iacute;a, han deshonrado sus mesas sirviendo ah&iacute; trozos de carne humana, asados en grandes palos de madera o hervidos en peroles.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es casi seguro que algunos viajeros han exagerado el n&uacute;mero de tribus antrop&oacute;fagas, pero no cabe duda de que &eacute;stas se han encontrado en el sur, en el norte &amp; en los tr&oacute;picos. Los Atac&#150;Apas de Luisiana, quienes se comieron en 1719 a un franc&eacute;s de nombre Charleville, viven a m&aacute;s de ochocientas leguas del distrito de los Caribes, localizados entre los r&iacute;os Essecuebo &amp; el Orinoco; &amp; de ah&iacute; todav&iacute;a hay que recorrer un inmenso trecho para llegar hasta donde viven los Encavellados &#91;sic&#93; o los Peludos, quienes tambi&eacute;n asan a sus prisioneros, de manera que esa barbarie es com&uacute;n entre las naciones, las cuales no pudieron haber adoptado sus costumbres unas de otras ni haberse corrompido hasta ese punto por la fuerza del ejemplo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esa inmensa cantidad de detalles que nos proporcionan las relaciones sobre las costumbres religiosas de los Americanos, se han introducido falsedades, de las cuales algunas ya son perfectamente conocidas, &amp; otras se conocer&aacute;n a medida que los viajeros se vuelvan menos supersticiosos de lo que fue la mayor&iacute;a de aquellos que han escrito hasta hoy sobre las distintas partes del Nuevo Mundo. Monjes &amp; hombres que no merecen el t&iacute;tulo de fil&oacute;sofo, en cualquier sentido en que pueda entenderse esa palabra, se permitieron escribir cosas que las personas razonables se arrepintieron de leer. Aqu&iacute; explicaremos solamente un hecho que bastar&aacute; para juzgar otros muchos. Se ha asegurado que varios salvajes de las provincias meridionales adoraban a una calabaza. Ahora bien, en esto consiste esa adoraci&oacute;n. As&iacute; como los pretendidos brujos de Laponia antes utilizaban un tambor que aporreaban para sacar al demonio cuando lo cre&iacute;an alojado en el cuerpo de un hombre enfermo que no hab&iacute;an podido curar con sus drogas ordinarias, as&iacute; tambi&eacute;n algunos hechiceros de <i>Am&eacute;rica </i>emplean un calabac&iacute;n al que le quitan la pulpa y rellenan luego con guijarros, de modo que cuando la sacuden, resulta un ruido que se oye desde muy lejos en la noche. Por lo tanto, es bastante natural que los salvajes que no est&aacute;n iniciados en sus rituales tengan miedo de ese instrumento. No se atreven a tocarlo ni a acercarse a &eacute;l. A esto es a lo que se reduce la adoraci&oacute;n de la calabaza.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esos b&aacute;rbaros han sido interrogados en vano sobre pr&aacute;cticas tan burdas &amp; sobre otras que son a&uacute;n infinitamente m&aacute;s supersticiosas. La pobreza de su lenguaje, cuyo diccionario podr&iacute;a escribirse en una p&aacute;gina, les impide explicarse. Se sabe que los Peruanos, aunque reunidos en una especie de sociedad pol&iacute;tica, a&uacute;n no hab&iacute;an inventado t&eacute;rminos para hablar de los seres metaf&iacute;sicos ni de las cualidades morales que m&aacute;s deben distinguir al hombre del animal, como la justicia, la gratitud, la misericordia. Esas cualidades estaban entre las cosas que carec&iacute;an de nombre. La virtud misma no ten&iacute;a nombre en ese pa&iacute;s, del cual se han contado tantas exageraciones.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, entre las peque&ntilde;as tribus ambulantes, la carencia de palabras es, sin comparaci&oacute;n, todav&iacute;a m&aacute;s grande, al grado de que toda clase de explicaci&oacute;n en materia de moral &amp; de metaf&iacute;sica es imposible. Si en este <i>Diccionario </i>hay un art&iacute;culo en el que se trata sobre la teolog&iacute;a &amp; la filosof&iacute;a de los Iroqueses, se&ntilde;alaremos aqu&iacute; que, en cierto sentido, puede disculparse a su autor, ya que no ha hecho m&aacute;s que seguir a M. Brucker, quien ha dado lugar a todas esas f&aacute;bulas por referirse a los Iroqueses en su gran Historia de la Filosof&iacute;a, inmensa colecci&oacute;n de errores &amp; de verdades. Por muy sabio que haya sido M. Brucker, no nos parece que se haya tomado la molestia de consultar sobre <i>Am&eacute;rica </i>a otro autor que La Hontan; y era precisamente a La Hontan a quien no hab&iacute;a que consultar, ya que atribuye qui&eacute;n sabe a qu&eacute; b&aacute;rbaros de Canad&aacute; sus propias ideas, las cuales distan mucho de ser acertadas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se equivocan aquellos que piensan que entre los salvajes la religi&oacute;n es muy sencilla, muy pura, &amp; que va corrompi&eacute;ndose a medida que los pueblos se civilizan. La verdad es que los salvajes &amp; los pueblos civilizados se hunden por igual en supersticiones crueles &amp; espantosas cuando no los modera la sana raz&oacute;n; &amp; si la profesi&oacute;n del mismo cristianismo no pudo impedir que los Espa&ntilde;oles asesinaran a sus hermanos en honor del Eterno en la Plaza Mayor de Madrid, se ve cu&aacute;n necesario resulta que el cristianismo, tan razonable, sea comprendido mejor. Ahora bien, ser&iacute;a tonto creer que existe mucha filosof&iacute;a entre los salvajes, quienes tambi&eacute;n llevan a cabo, a su manera, autos de fe. Por desgracia, &eacute;stos se celebraban mucho entre los Ant&iacute;podas, donde se encontraron grandes vasijas rellenas de tierra con cuerpos de ni&ntilde;os disecados que hab&iacute;an sido inmolados a estatuas, &amp; se les inmolaba de modo similar cada vez que los Ant&iacute;podas celebraban actos de fe. En cuanto a los que se llaman, entre los salvajes de Am&eacute;rica, <i>boy&eacute;s</i>, <i>sam&eacute;tyes</i>, <i>piays</i>, <i>angekottes</i>, <i>javas</i>, <i>tiharangui</i>, <i>autmons</i>, merecen m&aacute;s el nombre de m&eacute;dicos que el de sacerdotes sacrificantes, como se les ha designado a menudo. Es verdad que acompa&ntilde;an los remedios que sirven a los enfermos con pr&aacute;cticas extra&ntilde;as, pero los creen adecuados para calmar, o para combatir, al principio mal&eacute;volo al que parecen atribuir todos los trastornos que sufre el cuerpo humano.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En lugar de razonar de manera imb&eacute;cil sobre la teolog&iacute;a de esos pretendidos sacerdotes, mejor los hubi&eacute;ramos invitado, mediante regalos &amp; con gestos generosos, a facilitarnos las caracter&iacute;sticas de algunas plantas que usan mucho en sus medicamentos, pues s&oacute;lo conocemos la mitad de los vegetales que algunos de esos Alexis<sup><a href="#notas">13</a> </sup>llevan siempre consigo en peque&ntilde;as bolsas &amp; que constituyen toda su farmacia. Pero los misioneros, quienes vieron en esos hechiceros de <i>Am&eacute;rica </i>sus rivales, los persiguen con encarnizamiento, &amp; aun cuando hablan de ellos en sus relaciones, los colman de injurias que nos indignan tanto como la b&aacute;rbara simpleza del estilo en que esas relaciones est&aacute;n escritas, &amp; tanto como los prodigios manifiestamente falsos que en ellas se asientan por ver&iacute;dicos. Misioneros abundan en <i>Am&eacute;rica</i>, pero en raras ocasiones se han visto ah&iacute; a hombres ilustrados &amp; caritativos interesarse en las desdichas de los salvajes &amp; emplear alg&uacute;n medio para aliviarlas. Puede decirse que, de hecho, s&oacute;lo los Cu&aacute;queros se han establecido en el Nuevo Mundo sin cometer grandes injusticias ni acciones infames. En cuanto a los Espa&ntilde;oles, si no tuvi&eacute;ramos informaci&oacute;n, estar&iacute;amos tentados de creer que Las Casas quiso paliar sus cr&iacute;menes volvi&eacute;ndolos absolutamente incre&iacute;bles. Se atreve a decir, en un tratado titulado <i>De la destruccion de las Indias occidentales per los Castellanos </i>&#91;sic&#93;, &amp; que est&aacute; incluido en la colecci&oacute;n de sus obras impresas en Barcelona, que en cuarenta a&ntilde;os sus compatriotas degollaron a cincuenta millones de Indios. Pero nosotros respondemos que es una burda exageraci&oacute;n. Y por esto Las Casas exager&oacute; tanto: quer&iacute;a establecer en <i>Am&eacute;rica </i>una orden, mitad militar, mitad eclesi&aacute;stica; despu&eacute;s, quer&iacute;a ser el Gran Maestre de esa orden &amp; hacer pagar a los Americanos un tributo gigantesco en plata. Para convencer a la Corte de la utilidad de ese proyecto, que s&oacute;lo era &uacute;til para &eacute;l, elev&oacute; el n&uacute;mero de Indios degollados a cantidades exorbitantes.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La verdad es que los Espa&ntilde;oles despedazaron a varios salvajes con ayuda de enormes lebreles &amp; con una especie de perros dogos, tra&iacute;dos a Europa en tiempos de los Alanos. M&aacute;s a&uacute;n, hicieron que pereciera un gran n&uacute;mero de esos desdichados en las minas &amp; en la recolecta de perlas, &amp; bajo el peso de equipajes que s&oacute;lo se pod&iacute;an transportar en las espaldas de los hombres, porque a lo largo de toda la costa oriental del nuevo continente ninguna bestia de carga ni de tiro se encontr&oacute;, &amp; no fue sino en Per&uacute; que la llama fue vista. En fin, ejercieron mil g&eacute;neros de crueldad sobre caciques &amp; jefes de horda que, sospechaban, hab&iacute;an escondido oro &amp; plata. No hab&iacute;a disciplina alguna dentro de sus peque&ntilde;as tropas, compuestas por ladrones &amp; comandadas por hombres dignos de la pena de muerte, &amp; educados en su mayor&iacute;a en la peor de las bajezas, pues es un hecho que Almagro &amp; Pizarro no sab&iacute;an leer ni escribir. Esos dos aventureros condujeron ciento setenta soldados de infanter&iacute;a, sesenta jinetes, algunos dogos, &amp; un monje llamado La Valle Viridi, a quien despu&eacute;s Almagro hizo matar a culatazos en la isla de Puna. Tal fue el ej&eacute;rcito que march&oacute; contra los Peruanos. En cuanto al que march&oacute; contra los Mexicanos, bajo el mando de Cort&eacute;s, contaba con la fuerza de quince jinetes &amp; quinientos soldados de infanter&iacute;a a lo m&aacute;s.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque no podemos formarnos una idea de todas las fechor&iacute;as que esos setecientos treinta y nueve asesinos cometieron en Per&uacute; &amp; en M&eacute;xico, s&iacute; podemos formarnos una idea de los estragos hechos en la isla de Santo Domingo. Pero significa burlarse del mundo pretender que se hayan degollado a cincuenta millones de habitantes. Quienes dieron cr&eacute;dito a relatos tan extravagantes, sin duda no se les ocurri&oacute; pensar a qu&eacute; equivale semejante cantidad de hombres. Toda Alemania, Holanda, los Pa&iacute;ses Bajos, Francia &amp; Espa&ntilde;a juntos, no tienen hoy, con exactitud, cincuenta millones de habitantes. Sin embargo, si se except&uacute;a el interior de Espa&ntilde;a, la tierra en esos sitios est&aacute; bastante bien cultivada, &amp; ello gracias al trabajo combinado de los animales con el de los labriegos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En <i>Am&eacute;rica</i>, nada estaba cultivado por el trabajo de los animales. As&iacute;, se ha visto gracias a los propios diarios de los Espa&ntilde;oles, que ellos caminaron con frecuencia en Per&uacute;, durante cinco o seis d&iacute;as, sin advertir una sola vivienda. En la expedici&oacute;n de La Canella no utilizaron las espadas, afirma Jurabe, m&aacute;s que para cortar los espinos &amp; la maleza con el prop&oacute;sito de abrirse camino a trav&eacute;s del m&aacute;s espantoso desierto que uno pueda imaginar. En el centro de Paraguay &amp; de la Guyana, donde nunca penetraron los peque&ntilde;os ej&eacute;rcitos Espa&ntilde;oles, &amp; donde, en consecuencia, no cometieron estrago alguno de los que se les imputan, primero se descubrieron solamente selvas, &amp; luego todav&iacute;a m&aacute;s selvas donde peque&ntilde;as tribus se encontraban a menudo distantes unas de otras a m&aacute;s de ciento cincuenta leguas. Se advierte, por todo lo que los jesuitas han publicado relativo al establecimiento de sus misiones, cu&aacute;n dif&iacute;cil fue reunir a unos cuantos salvajes en regiones m&aacute;s extensas que Francia, &amp; donde la tierra es mejor que en Per&uacute; &amp; tan buena como en M&eacute;xico.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando uno desea tener una idea del estado en que se hallaba el Nuevo Mundo en el momento de su descubrimiento, hay que estudiar las relaciones &amp; emplear una cr&iacute;tica juiciosa &amp; severa para descartar las falsedades &amp; los prodigios que pululan en ellas. Los compiladores, que carecen en absoluto de buen juicio, amontonan todo lo que encuentran en los diarios de los viajeros &amp; componen al final novelas repugnantes, las cuales se han multiplicado demasiado en nuestros d&iacute;as, porque resulta m&aacute;s f&aacute;cil escribir sin reflexionar que escribir reflexionando.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La falta de poblaci&oacute;n de <i>Am&eacute;rica </i>&amp; el escaso coraje de sus habitantes son las verdaderas causas de la rapidez con que las conquistas se llevaron a cabo ah&iacute;. La mitad de este mundo cay&oacute; en un instante, por as&iacute; decirlo, bajo el yugo de la otra mitad. Los que pretenden que las armas de fuego fueron lo &uacute;nico que decidi&oacute; la victoria, se equivocan, ya que jam&aacute;s se pudo conquistar el centro de &Aacute;frica con esas armas. Los antiguos B&aacute;tavos &amp; los Germanos estaban en su mayor&iacute;a desnudos. No ten&iacute;an casco ni coraza; ni siquiera ten&iacute;an suficiente hierro para colocar puntas a sus jabalinas. Sin embargo, esos hombres, apoyados por su valent&iacute;a, combatieron a menudo contra soldados con corazas, cascos, y en fin, provistos de instrumentos tan letales como lo era el <i>pilum </i>de la infanter&iacute;a Romana. Por lo tanto, si <i>Am&eacute;rica </i>hubiera estado habitada por pueblos tan belicosos como esos Germanos &amp; esos B&aacute;tavos, setecientos u ochocientos hombres no habr&iacute;an conquistado dos imperios en un mes. No es menester afirmar que tropas auxiliares ayudaron a la cuadrilla de Pizarro, porque en la jornada de Caxamalca, los Espa&ntilde;oles combatieron solos contra el ej&eacute;rcito del emperador Atabalipa,<sup><a href="#notas">14</a></sup> &amp; el suceso demostr&oacute; que Pizarro no ten&iacute;a necesidad de tropas auxiliares.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es cierto que por una disposici&oacute;n local muy notable, todos los grandes r&iacute;os como la Plata, el Mara&ntilde;&oacute;n, el Orinoco, y los r&iacute;os del norte, el Misisipi &amp; el San Lorenzo, tienen sus desembocaduras en la costa oriental, por donde los Europeos deben navegar primero, de modo que, tras remontar esos r&iacute;os, penetran sin dificultad hasta el centro del continente. Pero M&eacute;xico &amp; Per&uacute; se encuentran, como se sabe, en la situaci&oacute;n contraria, es decir, sobre la costa occidental, &amp; s&oacute;lo se pudo atacarlos con tropas ya cansadas por las caminatas que ten&iacute;an que hacer en el interior de aquellas tierras.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sea como fuere, el Nuevo Mundo estaba tan desierto que los Europeos habr&iacute;an podido establecerse en &eacute;l sin destruir pueblo alguno, &amp; como hubieran proporcionado a los Americanos el hierro, las artes, los oficios, caballos, bueyes &amp; ejemplares de todos los animales dom&eacute;sticos que les faltaban, eso habr&iacute;a servido de alguna manera como compensaci&oacute;n por la tierra de la que se hubieran adue&ntilde;ado. Son conocidos los jurisconsultos que han afirmado que los pueblos cazadores de <i>Am&eacute;rica </i>no eran verdaderamente poseedores de la tierra porque, siguiendo a Grocio &amp; Lauterbach, no se adquiere la propiedad de un pa&iacute;s cazando en &eacute;l, cortando le&ntilde;a o sacando agua; s&oacute;lo la demarcaci&oacute;n precisa de l&iacute;mites &amp; la intenci&oacute;n de cultivar, o el cultivo de la tierra ya iniciado, es lo que funda la posesi&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nosotros, por el contrario, pensamos que los pueblos cazadores de <i>Am&eacute;rica </i>tuvieron raz&oacute;n al sostener que eran ellos, como ya se dijo, los poseedores absolutos de la tierra, porque en su modo de existencia, la caza equivale al cultivo, &amp; la construcci&oacute;n de sus caba&ntilde;as es una raz&oacute;n contra la cual no se puede citar a Grocio, Lauterbach, Titius &amp; todos los escritores pol&iacute;ticos de Europa, sin caer en el rid&iacute;culo. Es cierto que en los lugares donde hab&iacute;a ya alguna especie de cultivo, la posesi&oacute;n estaba, indudablemente, a&uacute;n m&aacute;s fundada en la legitimidad; de suerte que es inconcebible c&oacute;mo pudo ocurr&iacute;rsele al Papa Alejandro VI otorgar, por medio de una bula en el a&ntilde;o de 1493, todo el continente &amp; todas las islas de <i>Am&eacute;rica </i>al rey de Espa&ntilde;a. Y, sin embargo, &eacute;l sab&iacute;a que no estaba dando pa&iacute;ses silvestres y deshabitados, ya que especifica, en su donaci&oacute;n, las ciudades &amp; castillos, <i>civitates &amp; castra in perpetuum, tenore praesentium, donamus</i>. Bien puede decirse que ese acto fue rid&iacute;culo. S&iacute;; precisamente porque era rid&iacute;culo, hab&iacute;a que abstenerse de hacerlo, para no dar lugar a que personas timoratas creyeran que los soberanos pont&iacute;fices contribuyeron, tanto como les fue posible, a todas las depredaciones &amp; a todas las masacres que los Espa&ntilde;oles cometieron en <i>Am&eacute;rica</i>, donde citan esa bula de Alejandro VI cada vez que apu&ntilde;alan a un cacique &amp; que invaden una provincia. La Corte de Roma debi&oacute; revocar solemnemente ese <i>acto de donaci&oacute;n</i>, al menos despu&eacute;s de la muerte de Alejandro VI. Por desgracia, empero, nos parece que nunca pens&oacute; en llevar a cabo tal diligencia a favor de la religi&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo que resulta todav&iacute;a m&aacute;s notable es que algunos te&oacute;logos sostuvieron, en el siglo XVI, que los Americanos no eran humanos. No fue tanto la falta de barba &amp; la desnudez de los salvajes lo que los condujo a adoptar esa idea, sino las relaciones que llegaban a sus manos acerca de los antrop&oacute;fagos o los can&iacute;bales. Se advierte todo ello con claridad en una carta de Lullus que ha llegado hasta nosotros. Los Indios occidentales, dice, s&oacute;lo poseen del animal racional la m&aacute;scara; apenas saben hablar &amp; no conocen el honor, ni el pudor, ni la probidad. No existe animal feroz tan feroz como ellos. Se devoran entre s&iacute;, desgarran a sus enemigos en jirones, les chupan la sangre, &amp; tienen siempre enemigos, porque la guerra entre ellos es sempiterna &amp; su venganza no conoce l&iacute;mites. Los Espa&ntilde;oles, quienes los frecuentan, a&ntilde;ade Lullus, se vuelven insensiblemente tan perversos, tan mal&eacute;volos, tan atroces, como ellos. O eso sucede a fuerza del ejemplo, o bien sucede por lo extremoso del clima: <i>Adeo corrumpuntur illie mores, siv&egrave; id accidat exemplo incolarum, siv&egrave; coeli natura</i>. Pero, al parecer, el clima no influye para nada en todo esto, puesto que ya hemos observado que en los pa&iacute;ses m&aacute;s c&aacute;lidos, a la altura del ecuador, &amp; en los pa&iacute;ses m&aacute;s fr&iacute;os, m&aacute;s all&aacute; de los cincuenta grados, se ha visto por igual b&aacute;rbaros comer a sus prisioneros &amp; festejar, mediante horribles canciones, la memoria de sus ancestros, quienes celebraban, como ellos, comidas similares. No es de extra&ntilde;ar que Lullus &amp; los te&oacute;logos, a los que aqu&iacute; nos referimos, hayan ignorado absolutamente que la antropofagia fue tambi&eacute;n muy com&uacute;n entre los antiguos salvajes de nuestro continente, ya que, cuando las ciencias no instruyen al hombre, cuando las leyes no detienen su mano ni su coraz&oacute;n, cae por doquier en los mismos excesos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero repetiremos de nuevo, aproxim&aacute;ndonos al final de este art&iacute;culo, que siempre asombrar&aacute; que no se haya tenido idea alguna de las ciencias en todo un hemisferio de nuestro globo en 1492, por lo que el esp&iacute;ritu humano ten&iacute;a ah&iacute; un retraso de m&aacute;s de tres mil a&ntilde;os. A&uacute;n hoy, no existe un solo pueblo Americano que sea libre &amp; que piense en instruirse en las letras, porque no hay que hablar de los Indios de las misiones, pues todo demuestra que se ha hecho de ellos m&aacute;s bien esclavos fan&aacute;ticos que hombres (D. P.).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Casas, Bartolom&eacute; de las. 1974. <i>Tratados I</i>, 1&ordf;. reimp., M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460538&pid=S1870-3550200900010000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Darnton, Robert. 1979. <i>The Business of Enlightenment. A Publishing History of the Encyclop&eacute;die 1775&#150;1800</i>, Cambridge, Harvard University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460540&pid=S1870-3550200900010000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;. 1985. <i>The Great Cat Massacre and Other Episodes in French Cultural History</i>, Nueva York, Vintage Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460542&pid=S1870-3550200900010000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dupront, Alphonse. 1996. <i>Qu'est&#150;ce que les Lumi&egrave;res</i>, Par&iacute;s, Gallimard.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460544&pid=S1870-3550200900010000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Encyclop&eacute;die ou Dictionnaire raisonn&eacute; des Sciences, des Arts et des M&eacute;tiers. </i>1778.     por una Soci&eacute;t&eacute; des Gens de Lettres. Dirigido por M. Diderot; y la parte matem&aacute;tica por M. d'Alembert, 36 vols., 3a ed., G&eacute;nova, Jean&#150;L&eacute;onard Pellet, Imprimeur de la R&eacute;publique/Soci&eacute;t&eacute; Typographique.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460546&pid=S1870-3550200900010000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Leclerc Buffon,Georges Louis. 1774. <i>Histoire naturelle g&eacute;n&eacute;rale et particuli&egrave;re, par M. de Buffon, Intendant du Jardin du Roi, de l'Acad&eacute;mie Fran&ccedil;oise, de celle des Science, &amp;c</i>., t. I, Par&iacute;s, l'Imprimerie Royale.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460548&pid=S1870-3550200900010000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mousnier, Roland y Ernest Labrousse. 1984. <i>Le XVIII<sup> e</sup> si&egrave;cle. L'&eacute;poque des Lumi&egrave;res 1715&#150;1815</i>, Par&iacute;s, Presses Universitaires de France.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460550&pid=S1870-3550200900010000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todorov, Tzvetan. 2006. <i>L'Esprit des Lumi&egrave;res</i>, Par&iacute;s, Robert Laffont.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5460552&pid=S1870-3550200900010000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="notas"></a>NOTAS</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> El t&iacute;tulo completo es <i>Encyclop&eacute;die ou Dictionnaire raisonn&eacute; des Sciences, des Arts et des M&eacute;tiers </i>(<i>Enciclopedia o Diccionario razonado de las Ciencias, de las Artes y de los Oficios</i>).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> <i>Coterie </i>significa "camarilla".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Lo curioso es que hubo dos, muy cercanos a ellos, que asist&iacute;an con frecuencia a sus reuniones: el abate Mably y el abate Morellet, quienes pertenec&iacute;an al clero secular por las prebendas que tal dignidad acarreaba. No obstante, de cura ten&iacute;an poco, realmente nada.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4 </sup>Est&aacute; incluida en Casas, 1974: 14&#150;199.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> Seg&uacute;n la tabla de correspondencia entre iniciales y nombres, se trata de M. de Paw. Sin embargo, debido al hurac&aacute;n que hab&iacute;a provocado la <i>Enciclopedia </i>desde la publicaci&oacute;n de los dos primeros tomos, algunos de los nombres son inventados, ocult&aacute;ndose as&iacute; la verdadera identidad del autor.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> M. abad de la Chapelle.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> La bibliograf&iacute;a sobre las Luces y sobre la <i>Enciclopedia </i>es, como el lector podr&aacute; imaginar, vast&iacute;sima. Menciono tan s&oacute;lo algunos libros &uacute;tiles para quien est&eacute; interesado en ambos temas: Todorov, 2006; Dupront, 1996; Mousnier y Labrousse, 1984; Darnton, 1979; e &iacute;dem, 1985.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algunos art&iacute;culos de la <i>Enciclopedia </i>est&aacute;n disponibles, &uacute;nicamente en la versi&oacute;n original, en la siguiente direcci&oacute;n: &#91;<a href="http://portail.atilf.fr/encyclopedie/" target="_blank">http://portail.atilf.fr/encyclopedie/</a>&#93;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> La ficha completa de la edici&oacute;n que he consultado es <i>Encyclop&eacute;die ou Dictionnaire raisonn&eacute; des Sciences, des Arts et des M&eacute;tiers</i>, par une Soci&eacute;t&eacute; des Gens de Lettres. Mis en ordre par M. Diderot; et quant &agrave; la partie math&eacute;matique, par M. d'Alembert, 36 vols., troisi&egrave;me &eacute;dition, &agrave; Gen&egrave;ve, chez Jean&#150;L&eacute;onard Pellet, Impri&#150;meur de la R&eacute;publique, &agrave; Neufch&acirc;tel, chez la Soci&eacute;t&eacute; Typographique, 1778.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> Nombre antiguo de la regi&oacute;n de Andaluc&iacute;a, en Espa&ntilde;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup> &iquest;Ser&aacute; Manaos?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> Moneda &aacute;rabe.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup> Que el oc&eacute;ano Pac&iacute;fico forme parte de "nuestro Occidente", puntualizo, es un dislate del autor, no m&iacute;o.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup> El autor alude al personaje de la <i>Segunda &Eacute;gloga </i>de Virgilio.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup> Seguramente se trata de Atahualpa.</font></p>     ]]></body>
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