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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>De la microhistoria a la historia urbana</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Esteban S&aacute;nchez Tagle</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Carlos Herrej&oacute;n, 2000 <i>Los or&iacute;genes de Morelia: Guayangareo&#45;Valladolid</i>, El Colegio de Michoac&aacute;n, Frente de Afirmaci&oacute;n Hispanista, M&eacute;xico.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>CIESAS&#45;Occidente.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El trabajo de Carlos Herrej&oacute;n, <i>Los or&iacute;genes de Morelia: Guayangareo&#45;Valladolid,</i> cuya vistosa reedici&oacute;n acaban de publicar El Colegio de Michoac&aacute;n A.C. y el Frente de Afirmaci&oacute;n Hispanista A.C., es bien conocido como un cl&aacute;sico de la historia regional y de la microhistoria. Y como tal ser&aacute; le&iacute;do y vuelto a leer; discutido, examinado, controvertido y hasta impugnado. Y cuanto mejor organizado, m&aacute;s fehacientemente demostrado, peor para todos; nadie de entre quienes velan por el pasado de su terru&ntilde;o, querr&aacute; aceptar que se trate &#151;si esto fuera posible&#151; de la versi&oacute;n definitiva. A la historia matria podemos seguirla repitiendo siempre porque siempre habr&aacute; quien quiera escucharla. Justamente como ocurre con los ni&ntilde;os y los cuentos, que no se cansan de escucharlos una y otra vez, s&oacute;lo atentos a que la versi&oacute;n original no sea trastocada, ninguna de las escenas modificadas, ninguno de los personajes corregido.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cu&aacute;l no ser&aacute; la importancia de estas historias que, de no existir papeles, de no haber donde sostenerlas entonces habr&iacute;a &#151;como hubo con la historia de Morelia&#151; que inventarlos, pero de una u otra manera la ciudad, la "ciudad de cantera", no deb&iacute;a quedarse sin pasado, sin un pasado adem&aacute;s glorioso donde fuera decidido por la reina misma. Y el trabajo de este libro que hoy nos ocupa, tan erudito y exacto, tan pensado y vuelto a pensar, reproduce con exactitud lo que en buena medida los hispanos entendemos por el papel del historiador: aquel que recuerda las glorias de nuestras <i>polis,</i> de nuestras ciudades, de nuestros or&iacute;genes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero adem&aacute;s, hay que decirlo, el trabajo de Carlos Herrej&oacute;n es tambi&eacute;n un texto fundamental de nuestra historia urbana virreinal. Desafortunadamente, al acomodar el libro en tan honroso anaquel como es el de la historia urbana le hago un flaco favor. Le hago el deservicio de pr&aacute;cticamente condenarlo al olvido. Nadie acude a esa parte del librero. No se reconoce su importancia. La historia urbana de aqu&eacute;lla &eacute;poca, la historia urbana americana del mundo hispano por lo menos hasta este siglo, permanece como un tema interesante, s&iacute;, pero irrelevante. Un tema alguna vez de moda.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando m&aacute;s, un tema para especialistas, &uacute;til para congresos y conferencias pero que &#151;se piensa&#151; poco tiene que ver con las graves problem&aacute;ticas que han guiado &uacute;ltimamente a los historiadores; una perspectiva historiogr&aacute;fica que poco tiene que ver con lo sucedido en estas tierras y que por lo tanto tiene poco que aportar como perspectiva metodol&oacute;gica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con mejor suerte, nuestra historiograf&iacute;a general &#151;pensemos en las m&aacute;s recientes publicaciones que sobre el tema ha trabajado el Colegio de M&eacute;xico&#151; ha terminado por reconocer, primero, la existencia del se&ntilde;or&iacute;o ind&iacute;gena y luego su persistencia a lo largo de la &eacute;poca virreinal: como tal, como unidad pol&iacute;tica grande y compleja, y por ello como protagonista principal de los procesos de conquista y luego en los del poblamiento. Esta nueva versi&oacute;n de los hechos &#151;la etapa de la Conquista concebida ahora ya s&oacute;lo como el primer momento del poblamiento&#151; destaca la importancia del descubrimiento de la existencia de los numerosos se&ntilde;or&iacute;os prehisp&aacute;nicos o <i>alt&eacute;petls.</i> Percepci&oacute;n important&iacute;sima porque fue precisamente &eacute;ste descubrimiento el que dio a los espa&ntilde;oles la ventaja para realizar sus exitosas estrategias de alianza; reconocimiento del papel que jug&oacute; la rivalidad del mundo pol&iacute;tico mesoamericano en la derrota del imperio de los mexicas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Del mismo modo, ya en la etapa virreinal, la permanencia de las comunidades pol&iacute;ticas abor&iacute;genes es justamente la que explica la prontitud milagrosa con que fue montado el poblamiento hispano en estas tierras. En este relato novedoso de lo entonces sucedido no es que resulte menos admirable nuestra historia fundacional, pero s&iacute; es m&aacute;s comprensible el aterrizaje del mundo hispano: &eacute;ste literalmente se trep&oacute; sobre las estructuras ind&iacute;genas; superpuso las primeras instituciones hispanas como la encomienda, la parroquia y alguna vez hasta la ciudad hispana en coincidencia casi exacta con el alcance de las jurisdicciones de los dominios abor&iacute;genes. Con lo que la historia del siglo XVI, sobre todo la de su primera mitad, no es m&aacute;s una historia cargada hacia lo europeo como la que aprendimos; historia occidental de conquistas materiales y espirituales. Reconocida la persistencia de las grandes comunidades pol&iacute;ticas emerge brillante la oportunidad de la historia de los indios hisp&aacute;nicos; la historia de sus negociaciones, de su asombrosa manera de incorporar las novedades culturales, de su tolerancia, en fin, una historia llena de la imaginaci&oacute;n y de la dignidad de pueblos que tuvieron que v&eacute;rselas con el encuentro m&aacute;s asombroso que ha vivido la humanidad. Una historia que apenas comienza a escribirse, y que vamos a ver surgir y prevalecer.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es dif&iacute;cil imaginar una transformaci&oacute;n historiogr&aacute;fica de mayor alcance; atestiguamos la justa reivindicaci&oacute;n de una historia hasta ahora oculta, o m&aacute;s bien ocultada. Una historia escondida por las pretensiones de un mito patrio que invent&oacute; la destrucci&oacute;n del mundo ind&iacute;gena para justificar su rompimiento con la monarqu&iacute;a hispana. Criollos que se apropiaron la tragedia del mundo ind&iacute;gena a partir de la conquista y al magnificarla, parad&oacute;jicamente, hicieron irrelevante el estudio de los indios ya en la monarqu&iacute;a hispana. Seg&uacute;n tal perspectiva, nada significativo habr&iacute;a quedado del mundo aborigen en la etapa virreinal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero con el ingrediente hispano de la mezcla no ha ocurrido lo mismo. No se avizora ning&uacute;n cambio equivalente en las versiones generales de nuestra historiograf&iacute;a para con el tratamiento de los espa&ntilde;oles, del mundo hispano invasor. No se ha asimilado que gracias a la milenaria tradici&oacute;n urbana de la pen&iacute;nsula los pobladores hispanos pudieron comprender la complejidad de un mundo construido precisamente con comunidades aut&oacute;nomas. La existencia de la ciudad hispana en la mentalidad de los pobladores fue la otra cara de la moneda, la que se corresponde con el <i>alt&eacute;petl</i>, la llave que permiti&oacute; la coincidencia de ambos mundos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como se hace siempre en los largos viajes, el emigrante espa&ntilde;ol carg&oacute;, entre otras muy pocas cosas, con su &iacute;ntima experiencia urbana. Y su precauci&oacute;n primera &#151;nos lo comprueba esta historia una y otra vez&#151; fue plantar su semilla en estas tierras. El solo rumboso nombre de alguna estrenada ciudad, la Nueva Granada o el Nuevo Le&oacute;n, el nombre que fuera, ya lo reubicaba en esta parte del planeta. Era el acto primero para dome&ntilde;ar una geograf&iacute;a salvaje, una realidad tan ajena que era dolorosa. Fundada la nueva ciudad, lo dem&aacute;s se daba por a&ntilde;adidura. Ven&iacute;a el trazado, los nuevos cargos, la definici&oacute;n de los "propios", de los ejidos, y daba comienzo la vida toda, una vida castiza, inmersa ya en la l&oacute;gica de la institucionalidad de la corona espa&ntilde;ola. La ciudad no fue una elecci&oacute;n, tampoco el resultado de determinada migraci&oacute;n o de la geograf&iacute;a o del comercio. Desde un principio vemos que es una necesidad. La obsesi&oacute;n de los espa&ntilde;oles por recrear lo que era el orden fundamental del mundo dejado atr&aacute;s y la mejor manera concebible de reestablecer el contacto con una remota monarqu&iacute;a de la que se quer&iacute;a, sin lugar a dudas, seguir formando parte. El verdadero inicio del mestizaje es el encuentro de estas dos entidades culturales, el <i>alt&eacute;petl</i> y la ciudad. Tan similares que ambos, invasor e invadido, las confundieron, pensaron que eran equivalentes, casi la misma cosa. Si el ind&iacute;gena sedentario aport&oacute; la sabidur&iacute;a de su tradici&oacute;n comunitaria, el espa&ntilde;ol la comprendi&oacute; por la sabidur&iacute;a del mundo urbanizado, m&oacute;vil, de la tradici&oacute;n hispana.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tan asombrosos episodios nos resultan normales, familiares, porque son historias que hemos o&iacute;do repetirse casi con cada fundaci&oacute;n. Pero fuera del mundo hispano resultar&iacute;an hasta absurdas las peripecias de unos inmigrantes que batallan en todos los frentes para ubicar una ciudad antes de que &eacute;sta exista, antes de que tenga casas y habitantes, antes que sea de "carne y piedras" pero que ya se la trae entre manos. Luego, tambi&eacute;n absurda por anticipada, la rivalidad de los asientos, la aparente sinraz&oacute;n de los traslados. El obispo que se adelanta a construir ingente catedral para obligar al virrey a aceptar lo irremediable; el virrey o los frailes que resisten las imposiciones episcopales; los colonos que lloran la degradaci&oacute;n impuesta por las autoridades. La ciudad ind&iacute;gena. La ciudad hispana. La ciudad convento. El desdoblamiento hasta la confusi&oacute;n del papel de las ciudades, de las autoridades fundadoras, de sus autoridades locales, de su consagraci&oacute;n o de su desaparici&oacute;n.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="../img/revistas/desacatos/n9/a13i1.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La historia urbana tiene en estas tierras todo para ofrecernos pero todav&iacute;a tenemos que demostrarlo. Y mucho avanza en esta demostraci&oacute;n el trabajo de Carlos Herrej&oacute;n. Al leerlo vemos con cu&aacute;nta seguridad el proceso de fundaci&oacute;n y consolidaci&oacute;n de las ciudades es capaz de organizar uno a uno nuestros conocimientos hist&oacute;ricos, de integrar nuestra perspectiva de la misma manera que organiz&oacute; e integr&oacute; la experiencia y el mundo todo de quienes hicieron de la ahora ciudad de Morelia el eje fundamental de la recreaci&oacute;n del universo que se hab&iacute;a dejado atr&aacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por &uacute;ltimo, no puedo, aunque quisiera, detenerme a reconocer y a encomiar las ventajas que esta reciente edici&oacute;n tiene respecto de la primera. Esta nueva edici&oacute;n viene acompa&ntilde;ada de origen con una introducci&oacute;n de Juan Carlos Ruiz Guadalajara quien con toda solvencia hace el recuento pormenorizado de tales mejoras; aun de las m&aacute;s estrictas como es el formato: el recuento y la atinada y ponderada ubicaci&oacute;n del texto dentro de la tradici&oacute;n de la microhistoria de la que es hijo leg&iacute;timo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una historia fascinante, aunque insisto, no nada m&aacute;s para morelianos o michoacanos. Una historia sabrosa por s&iacute; sola pero que exige ahora &#151;no al autor que ya bastante hizo&#151; ser reconducida a alimentar nuestra experiencia m&aacute;s general. Ser&aacute; el reconocimiento de lo mucho que tiene que ofrecernos la perspectiva metodol&oacute;gica de la historia urbana lo que nos permitir&aacute; volver y aprovechar las copiosas, profusas vertientes de la microhistoria, servirnos de ellas para enriquecer la m&aacute;s caudalosa, la que debiera ser nuestra deslumbrante historiograf&iacute;a urbana. La historia matria, la microhistoria, es no pocas veces, por s&iacute; sola historia urbana, y cuando no, es seguramente su dato fundamental.</font></p>      ]]></body>
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