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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Lecturas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Las pinturas</b> <b>del templo de Ixmiquilpan*</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Rese&ntilde;ado por Juan Luna Ruiz**</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>* Arturo Vergara Hern&aacute;ndez, <i>Las pinturas del templo de Ixmiquilpan. &iquest;Evangelizaci&oacute;n, reivindicaci&oacute;n ind&iacute;gena o propaganda</i></b> <b><i>de guerra?,</i> Universidad Aut&oacute;noma del Estado de Hidalgo, Pachuca, 2010, 200 pp.</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>** Profesor&#45;investigador de la Academia de Arte y Patrimonio Cultural de la Universidad Aut&oacute;noma de la Ciudad de M&eacute;xico. Dr. Garc&iacute;a Diego 168, col. Doctores, delegaci&oacute;n Cuauht&eacute;moc, 06720, M&eacute;xico, D. F.</i> &lt;<a href="mailto:juanluna_02@yahoo.com.mx">juanluna_02@yahoo.com.mx</a>&gt;.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al correr el a&ntilde;o de 1955, luego de retirar una gruesa capa de yeso que de modo inopinado las hab&iacute;a conservado desde el siglo XVI, en lo que &#45;se supone&#45; hab&iacute;a sido un aparente acto de censura eclesi&aacute;stica, un notable grupo de pinturas murales de corte prehisp&aacute;nico fue descubierto en la nave mayor del convento de Ixmiquilpan, en el estado de Hidalgo. Las escenas de batallas de guerreros, al parecer pertenecientes al &aacute;rea de Mesoam&eacute;rica, unas veces contra chichimecas y extra&ntilde;amente en otras contra basiliscos, pronto despert&oacute; la pol&eacute;mica entre los especialistas. Desde entonces, se han suscitado multitud de debates y estudios en torno a sus significados, desde muchas perspectivas y disciplinas, enriqueciendo el conocimiento sobre un suceso que, m&aacute;s all&aacute; de lo est&eacute;tico, es de suma trascendencia para la antropolog&iacute;a, la historia, la etnohistoria, la semi&oacute;tica y la historia del arte.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La &uacute;ltima aportaci&oacute;n en esta ya larga discusi&oacute;n es la del antrop&oacute;logo hidalguense Arturo Vergara. Su tesis es que los murales ten&iacute;an como funci&oacute;n alentar a los otom&iacute;es en la guerra que libraba la Nueva Espa&ntilde;a contra sus vecinos, los chichimecas, m&aacute;s que reivindicar la religi&oacute;n mesoamericana. Esta apolog&iacute;a gr&aacute;fica de la guerra se habr&iacute;a dado justo en los momentos m&aacute;s &aacute;lgidos del conflicto b&eacute;lico que asol&oacute; conductas de plata, fundaciones y campamentos de cazadores&#45;recolectores, desde la segunda mitad del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII. Seg&uacute;n la interpretaci&oacute;n, todo el paisaje gr&aacute;fico de las pinturas deviene en la idea de una guerra santa librada contra los ind&oacute;mitos infieles, lo cual por cierto tendr&iacute;a, a la postre, diversas expresiones en el llamado sistema ritual de danzas de conquista por todo el territorio mesoamericano. Pero en la lectura se produce otra tensi&oacute;n: que las pinturas resaltan la lucha entre civilizaci&oacute;n y barbarie, esto es, la necesaria confrontaci&oacute;n contra los infieles como los representantes de la violencia y la intranquilidad, no obstante que las guerras entre civilizaciones mesoamericanas fueron muy frecuentes, cuando menos desde el periodo de la decadencia del Cl&aacute;sico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En principio, encontramos en esta manifestaci&oacute;n del muralismo &eacute;tnico un parang&oacute;n hist&oacute;rico con Tlaxcala pues, como se sabe, en aquellos a&ntilde;os de la 16 centuria, los se&ntilde;ores de la llamada "Muy Noble y Muy Leal" no estaban satisfechos con el despojo de tierras y otras faltas en los compromisos adquiridos por parte de la Corona, luego de lo cual mandaron pintar un mural en la Casa del Ayuntamiento de la ciudad para, con eso, recordar a los espa&ntilde;oles las acciones en que los guerreros tlaxcaltecas se hab&iacute;an distinguido durante las guerras de conquista por toda la Nueva Espa&ntilde;a. A&ntilde;os despu&eacute;s, el mural fue destruido y, para suplirlo, los mismos principales mandaron pintar el <i>Lienzo de Tlaxcala,</i> uno de los documentos m&aacute;s importantes para conocer la historia de la conquista de M&eacute;xico. Acaso los murales de Ixmiquilpan se inscriban dentro de esta l&iacute;nea de testimonios gr&aacute;ficos o relaciones ind&iacute;genas sobre las guerras de conquista, pero es indispensable poner en relieve que, en este caso, dicha expresi&oacute;n se da precisamente en una &#45;as&iacute; llamada&#45; <i>frontera chichimeca.</i> La matriz civilizatoria de los otom&iacute;es se afirma en este hecho y no en una supuesta adscripci&oacute;n aridoamericana de la etnia &ntilde;ah&ntilde;&uacute;, dado el car&aacute;cter lim&iacute;trofe de su cultura. Pese a que muchas de sus expresiones materiales muestran un apego a la "cultura del desierto", de rasgos ideol&oacute;gicos y organizativos m&aacute;s elementales que los del resto de Mesoam&eacute;rica, esto no deduce un car&aacute;cter primitivo de la cultura, sino sus manifestaciones emparentadas entre dos &aacute;reas culturales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En los hechos, la historiograf&iacute;a demuestra el desarrollo expansivo de los Estados otom&iacute;es cuando menos desde el siglo XIV. Sabemos de la expulsi&oacute;n de los se&ntilde;ores otom&iacute;es de Xaltocan, quienes entonces se refugiaron en la Sierra Oriental de Hidalgo, donde fundar&iacute;an el se&ntilde;or&iacute;o de Tutotepec; otros alcanzaron la provincia de Metztitl&aacute;n, lugar en que reforzaron a sus antiguos parientes; unos m&aacute;s fueron a Otumba, y el resto se asent&oacute; en la provincia de Tlaxcala. En todos los casos se establecieron por diversas poblaciones y contribuyeron a la fortaleza de sus antiguos pobladores, cuyos dominios eran ya un baluarte multicultural de pueblos refugiados y libres del dominio mexica. Como se ve, la interacci&oacute;n otom&iacute; con los pueblos organizados en ciudades&#45;Estado era una constante en el poscl&aacute;sico, aunque los rasgos rituales de la etnia acusan hoy en d&iacute;a un claro origen aridoamericano, como el ritual del "Pon y quita banderas" que a&ntilde;o con a&ntilde;o se lleva a cabo en Mixquiahuala, m&aacute;s asociado al mitote, propio de pueblos del occidente y norte de M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su trabajo doctoral <i>La formaci&oacute;n del Estado en el M&eacute;xico prehisp&aacute;nico</i>,<sup><a href="#notas">1</a></sup> Brigitte Boehm demuestra la matriz civilizatoria mesoamericana de grupos como el pueblo &ntilde;ah&ntilde;&uacute;, especializados en la extracci&oacute;n de productos del desierto, pero cultural y comercialmente comprometidos con el crecimiento de las grandes ciudades del Cl&aacute;sico (como Teotihuacan) y del Poscl&aacute;sico (como Tula). La zona de adscripci&oacute;n cultural de estos otom&iacute;es del Valle del Mezquital se enmarca en una zona de tlacuilos que pintaban c&oacute;dices del tipo techialoyan, dibujantes de c&oacute;dices cuya manifestaci&oacute;n se distingue por la aparici&oacute;n de la escritura o la semiescritura (a&uacute;n en debate en la ling&uuml;&iacute;stica), un componente esencial de las civilizaciones m&aacute;s avanzadas en otras partes del globo, como Egipto, Sumeria y el Valle del Yang&#45;Tse&#45;Kiang.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Serge Gruzinski afirma que el proceso de conversi&oacute;n religiosa de la era colonial espa&ntilde;ola tuvo un car&aacute;cter de guerra de im&aacute;genes, con todas sus implicaciones de transustancialidad o de sincretismo, como se quiera. En los hechos, los murales de Ixmiquilpan son, en esta guerra, un frente contra la parte espa&ntilde;ola, en un &aacute;rea en la cual se pintaron c&oacute;dices como el <i>Lienzo de</i> <i>Zempoala,</i> el <i>C&oacute;dice Zempoala,</i> el <i>C&oacute;dice Huichapan</i> o el <i>Mapa de Metztitl&aacute;n.</i> En algunos de ellos, los chichimecas aparecen distintos a los pobladores de Mesoam&eacute;rica, a veces desnudos y armados con arco y flecha o bien ataviados con toscos <i>tilmatli</i> elaborados con ramas de huizaches (en el Valle del Mezquital a las capas para la lluvia as&iacute; elaboradas les llaman nahuates). El mismo <i>Lienzo de Zempoala</i> muestra personajes, al parecer caciques o <i>tequitlatos</i> de pueblos supuestamente chichimecas en el valle de Pachuca&#45;Zempoala, que lucen esta vestimenta de acusados rasgos &eacute;tnicos.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el texto se llama la atenci&oacute;n sobre un hecho est&eacute;tico con implicaciones culturales: que el atav&iacute;o de todos los guerreros del &aacute;rea mesoamericana contrasta con el de los guerreros de la Gran Chichimeca, siendo ello motivo de an&aacute;lisis no s&oacute;lo por la abundancia de detalles criptol&oacute;gicos, sino sobre todo por el hecho mismo del uso barroco de s&iacute;mbolos culturales en cada etnia. Como frontera cultural, Ixmiquilpan acent&uacute;a con esto la identidad de los propios residentes, al menos gr&aacute;ficamente, estableciendo as&iacute; las diferencias y las distancias civilizatorias frente al otro. M&aacute;s que h&iacute;bridos de mesoamericanos y aridoamericanos, los &ntilde;ah&ntilde;&uacute; del Valle del Mezquital fueron entonces la marca obligada de la diferenciaci&oacute;n y el &eacute;nfasis necesario en la civilizaci&oacute;n. Todo en Ixmiquilpan parece reafirmar que el n&uacute;cleo duro cultural est&aacute; en la matriz civilizatoria de los adoradores de la agricultura, la tecnolog&iacute;a y las artes gr&aacute;ficas de la palabra escrita en los c&oacute;dices y los murales. Pero que no se crea de ninguna manera que esto sustenta la peregrina afirmaci&oacute;n de que la otom&iacute; era la lengua franca hablada en Teotihuacan, pues &iquest;entonces por qu&eacute; no dar cr&eacute;dito a los mitos totonacos y mazatecos que reclaman para s&iacute; ese privilegio etnocentrista?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Empero, &iquest;por qu&eacute; los religiosos permitieron a los ind&iacute;genas que plasmaran su propia cosmovisi&oacute;n en los muros del convento? Los comienzos de la era colonial se caracterizaron por una fuerte presencia ind&iacute;gena en las expresiones del arte y tambi&eacute;n en las instituciones religiosas. Baste recordar la composici&oacute;n inicial y luego desautorizada por la Corona de un clero indio en el convento de Santiago Tlatelolco, las expresiones febriles del arte <i>tequitqui</i> o las tempranas predicaciones en lengua n&aacute;huatl y muchas m&aacute;s, vistas en un sinf&iacute;n de documentos escritos en caracteres mesoamericanos, tales como catecismos en forma de c&oacute;dices con glosas biling&uuml;es, murales y retablos consignados en lenguas ind&iacute;genas y otros. El car&aacute;cter permisivo o tolerante de estas &oacute;rdenes regulares hacia la cultura mesoamericana ten&iacute;a su fundamento filos&oacute;fico en San Agust&iacute;n, de quien hab&iacute;an tomado la idea de la fundaci&oacute;n de la ciudad de Dios en la tierra y de la intr&iacute;nseca relaci&oacute;n del ind&iacute;gena con la naturaleza, herencia del antiguo imaginario europeo que relacionaba al salvaje con la pureza o la santidad, esto es, la naturaleza alejada de lo mundano y lo impuro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La aportaci&oacute;n de la tesis doctoral de Arturo Vergara, profesor&#45;investigador del Instituto de Artes de la Universidad Aut&oacute;noma del Estado de Hidalgo, es innegable, pues se trata no s&oacute;lo de una argumentaci&oacute;n &uacute;til a la historia de las artes, sino de la m&aacute;s valiosa etnograf&iacute;a del Ixmiquilpan del siglo XVI.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="notas" id="notas"></a>Nota</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Brigitte Boehm, <i>La formaci&oacute;n del Estado en el M&eacute;xico prehisp&aacute;nico,</i> El Colegio de Michoac&aacute;n, Zamora, 1985.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=653832&pid=S0188-7017201400020001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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