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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Dossier: Homenaje a Antonio Alatorre</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Homenaje a Antonio Alatorre</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Tribute to Antonio Alatorre</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Luis Fernando Lara</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A los 88 a&ntilde;os de edad Antonio Alatorre lleg&oacute; al final de su vida. Los &uacute;ltimos hab&iacute;an sido de sufrimiento corporal, no as&iacute; del esp&iacute;ritu; todo lo contrario; parec&iacute;a que su conciencia de la finitud, amplificada por las enfermedades del coraz&oacute;n y los pulmones, lo hab&iacute;a espoleado para llevar a cabo una actividad permanente e intensa, completando ciclos de estudio y escribiendo art&iacute;culo tras art&iacute;culo, para dejar una obra que, si bien no habr&iacute;a considerado terminada &#45;no est&aacute; ni en la naturaleza de la filolog&iacute;a ni en la sangre de un fil&oacute;logo pensar que una obra propia se cierra o se acaba&#45;, al menos quedar&iacute;a s&oacute;lidamente situada entre los grandes estudios filol&oacute;gicos de la literatura espa&ntilde;ola. Como dice la historia de su vida, naci&oacute; en Autl&aacute;n de la Grana, Jalisco, en 1922. Despu&eacute;s de su educaci&oacute;n elemental pas&oacute; a un seminario religioso del que sac&oacute; ense&ntilde;anzas fundamentales para la profesi&oacute;n que finalmente descubrir&iacute;a y dar&iacute;a feliz curso a su vocaci&oacute;n: aprendi&oacute; lat&iacute;n, griego, franc&eacute;s, ingl&eacute;s y piano. Abandon&oacute; pronto y para bien el noviciado religioso. Como se acostumbraba en esa &eacute;poca, era la carrera de derecho casi el &uacute;nico camino para la inquietud intelectual, por lo que hizo estudios en la Universidad de Guadalajara; no los termin&oacute;, como era de suponerse, y vino a la ciudad de M&eacute;xico, en donde Daniel Cos&iacute;o Villegas lo llev&oacute; a trabajar al Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.</font> <font face="verdana" size="2">&#45;quiz&aacute; recomendado por Juan Jos&eacute; Arreola&#45; y comenz&oacute; por aconsejarle dejar una carrera que no le interesaba y, en cambio, orientarse a los estudios literarios, por lo que llev&oacute; cursos en la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico. Como &eacute;l relata en su testimonio publicado por Clara Lida y Jos&eacute; Antonio Matesanz en el libro <i>El Colegio de M&eacute;xico, una haza&ntilde;a cultural</i> (El Colegio de M&eacute;xico, 1990), no fueron esos estudios los que le ense&ntilde;aron el trabajo filol&oacute;gico y le ayudaron a desarrollar su sensibilidad literaria (dice all&iacute; mismo que la ense&ntilde;anza de lengua y literatura en la Facultad "era muy mortecina"), sino el trabajo editorial en el Fondo y su estrecha amistad con Arreola, su paisano. Agrega en su testimonio: "En el Fondo beb&iacute; verdadera cultura" al lado del pu&ntilde;ado de espa&ntilde;oles republicanos que hicieron de la editorial la primera del mundo hisp&aacute;nico en esos a&ntilde;os. Don Daniel lo llev&oacute; tambi&eacute;n a El Colegio de M&eacute;xico, a donde lleg&oacute; en 1947 Raimundo Lida, joven profesor del Instituto de Filolog&iacute;a de Buenos Aires, que tra&iacute;a con &eacute;l la formaci&oacute;n filol&oacute;gica de la escuela pidalina. Su primer trabajo en El Colegio y para la <i>Nueva Revista de Filolog&iacute;a Hisp&aacute;nica,</i> a la que me referir&eacute; despu&eacute;s, fue de traducci&oacute;n: un estudio del italiano Vittorio Bertoldi, alumno de Meyer L&uuml;bke, uno de los m&aacute;s importantes iniciadores de la ling&uuml;&iacute;stica rom&aacute;nica, acerca del sustrato &eacute;tnico y ling&uuml;&iacute;stico del Mediterr&aacute;neo europeo occidental. En 1950 se fue, con Margit Frenk, a Espa&ntilde;a y Francia, donde asisti&oacute; a las c&aacute;tedras de Marcel Bataillon y Edmond Faral, en el Coll&egrave;ge de France, y de Raymond Lebergue, en la Sorbona. A partir de su regreso en 1952 como profesor&#45;investigador del Centro de Estudios Filol&oacute;gicos de El Colegio de M&eacute;xico, se dedic&oacute; por completo a la <i>Nueva Revista</i> y a la investigaci&oacute;n. Fue director del Centro, despu&eacute;s llamado de Estudios Ling&uuml;&iacute;sticos y Literarios, desde 1953 hasta 1972. Ingres&oacute; a El Colegio Nacional el 26 de junio de 1981.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Retratar a Antonio Alatorre es una tarea dif&iacute;cil y seguramente resultar&iacute;a apenas un esbozo mal hecho; prefiero renunciar a tal empresa y hacerle declaradamente un esbozo fragmentario y esquem&aacute;tico a base de los recuerdos perfectamente v&iacute;vidos que vienen a mi memoria: el primero es de cuando ingres&eacute; como estudiante a El Colegio de M&eacute;xico e iba a consultar algo al profesor, recluido en su cub&iacute;culo, rodeado de libros y papeles, frente al fichero de la <i>Nueva Revista,</i> tecleando vigorosamente en su m&aacute;quina de escribir; &eacute;l tendr&iacute;a 43 o 44 a&ntilde;os; alto y espigado, de traje y corbata, con gruesos anteojos de armaz&oacute;n negra; ten&iacute;a siempre abierta su puerta para que los estudiantes pudi&eacute;ramos entrar a verlo. T&iacute;mido y parco en su trato, cuando hab&iacute;a que hacernos una correcci&oacute;n o percib&iacute;a nuestra ignorancia, era claro, preciso y a veces ir&oacute;nico. El siguiente es de cuando port&oacute;, junto con otros profesores y estudiantes de El Colegio de M&eacute;xico, la pancarta de protesta con que participamos en la manifestaci&oacute;n llamada "del Rector" al comienzo del movimiento del 68; esa imagen, que atestiguaba su compromiso con los que eran valores del movimiento, me sorprendi&oacute; y ayud&oacute; a que despertara mi conciencia social; el tercero es el de su voz de tenor llena de entusiasmo, gozosa de la m&uacute;sica y la letra de los villancicos de Juan del Encina o de Mateo Flecha durante uno de los conciertos de villancicos espa&ntilde;oles del siglo xvi que ofreci&oacute; el Grupo Alatorre, en el auditorio de Guanajuato 125 (se conserva un disco, grabado en las condiciones de la &eacute;poca). Al contrario, su papel de cura en que mascullaba con embarazo, como ocult&aacute;ndose, algunas oraciones en lat&iacute;n, en "La sunamita" (una inolvidable pel&iacute;cula corta dirigida por H&eacute;ctor Mendoza en 1965, basada en un relato de In&eacute;s Arredondo), lo que revela es una timidez que, en ese contexto, le resultaba insuperable. En cambio, cuando participaba con Juan Jos&eacute; Arreola en sus programas de Canal 11, comentando, acotando, poni&eacute;ndole chispa y gusto a alg&uacute;n tema literario, deja ver con claridad su vaiv&eacute;n caracter&iacute;stico entre el despliegue del placer y la actitud de nota de pie de p&aacute;gina t&iacute;pica del erudito. Tambi&eacute;n recuerdo alguna vez que llegu&eacute; a visitarlo a su casa y me toc&oacute; esperar a que terminara de tocar una pieza en su piano: una sensibilidad y una interpretaci&oacute;n que me hizo asociarlo con el famoso pianista ruso Sviatoslav Richter; no solo por la firmeza y suavidad de su digitaci&oacute;n, o su postura erecta, un tanto inclinada hacia atr&aacute;s en el banquillo, sino sobre todo por su musicalidad. Por &uacute;ltimo, cuando, ya retirado de las labores diarias del Colegio, cruzaba la explanada en direcci&oacute;n al cuarto piso, para aconsejar algo a Alejandro Rivas o a Yliana Rodr&iacute;guez, los secretarios de redacci&oacute;n de la <i>Nueva Revista:</i> alto, enjuto, ya esmirriado, parec&iacute;a flotar sobre el suelo colgado de sus hombros, despreocupado, pero expedito y discreto. Ya no era el primer Antonio que conoc&iacute;: abandon&oacute; la corbata y el traje oscuro, los anteojos y el peinado todav&iacute;a de seminario; se dej&oacute; crecer bigote y unas crenchas blancas, m&aacute;s ralas que abundantes, alrededor de la cabeza. Se dir&iacute;a que ese aspecto era clara se&ntilde;al de su propia libertad, alcanzada con dificultad y esfuerzo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antonio Alatorre era todo eso: el fil&oacute;logo erudito, preciso, cr&iacute;tico, exigente y hasta soberbio, vanidoso y burl&oacute;n; el hombre t&iacute;mido y afable; el artista que dejaba sentir en el piano la misma extraordinaria sensibilidad que lo llev&oacute; a coleccionar las <i>Flores de sonetos</i> o a publicar <i>El sue&ntilde;o er&oacute;tico en la poes&iacute;a espa&ntilde;ola de los siglos de oro,</i> ambos frutos decantados del saber filol&oacute;gico orientado a difundir entre nosotros la belleza de la poes&iacute;a italiana y espa&ntilde;ola del Renacimiento y el Siglo de Oro; el que espont&aacute;neamente decidi&oacute; enarbolar las banderas que una generaci&oacute;n de estudiantes hab&iacute;amos sacado a la calle en contra del autoritarismo y la represi&oacute;n. Un personaje complejo y a veces desconcertante. No puedo decir que haya sido su amigo, como lo fueron Arreola, Tom&aacute;s Segovia o Joaqu&iacute;n Guti&eacute;rrez Heras; fue para m&iacute; siempre, hasta sus &uacute;ltimos d&iacute;as, mi maestro y aquel que generosamente &#45;nunca me cansar&eacute; de decirlo&#45; me acept&oacute; como investigador en El Colegio de M&eacute;xico; tampoco que haya sido un alumno cercano a &eacute;l, pues la ling&uuml;&iacute;stica me llev&oacute; por caminos que le interesaban menos, aunque quiz&aacute; nunca me habr&iacute;a catalogado entre aquellos a los que fustigaba como "cr&iacute;ticos neo acad&eacute;micos", que pierden el placer de la lectura para sustituirlo por una cada vez m&aacute;s vacua pseudociencia literaria.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con la distancia que me daba esa relaci&oacute;n a la vez cercana y lejana, creo haber observado su cambio del erudito encerrado en sus conocimientos al escritor que logr&oacute; brotar de aquel capullo, como hombre hasta cierto punto extrovertido que, apalancado en su erudici&oacute;n, nos regal&oacute; su mejor experiencia literaria. Pues no se debe olvidar que el placer con que nos conduce por la poes&iacute;a, de Garcilaso a sor Juana, la facilidad con que nos presenta un poema tras otro, con sus fuentes, reminiscencias, contrahechuras (como se dec&iacute;a en el siglo XVI), se aliment&oacute; de un exhaustivo y profundo trabajo filol&oacute;gico, paciente y obsesivamente construido durante unos sesenta a&ntilde;os.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue, seg&uacute;n &eacute;l contaba, el gusto cultivado con Arreola, la disciplina cr&iacute;tica que aprendi&oacute; de Raimundo Lida y su "condena" a llevar solo, por decenas de a&ntilde;os, la <i>Nueva Revista de Filolog&iacute;a Hisp&aacute;nica,</i> lo que dio por feliz resultado al gran fil&oacute;logo, de la altura de un D&aacute;maso Alonso o un Leo Spitzer; un fil&oacute;logo de los que ya casi no quedan, exterminados por la cr&iacute;tica neo&#45;acad&eacute;mica y el sistema perverso de ingreso y permanencia universitarias, que prefiere la hojarasca especializada sobre el placer de la literatura y el de su difusi&oacute;n. Relata Antonio en la introducci&oacute;n a <i>El sue&ntilde;o er&oacute;tico</i> lo que le dijo una alumna de su Seminario de poes&iacute;a del Siglo de Oro: "que cierto colega de la Facultad le pregunt&oacute; en qu&eacute; consist&iacute;a mi seminario, qu&eacute; cosas hac&iacute;amos; ella le contest&oacute;: pues leemos poes&iacute;a, y &eacute;l se qued&oacute; at&oacute;nito: &iquest;Eso <i>nada m&aacute;s?'"</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">S&iacute;, nada m&aacute;s, pero c&oacute;mo: <i>Flores de sonetos</i> re&uacute;ne 189 composiciones, 68 de autores italianos y el resto de espa&ntilde;oles; la mejor poes&iacute;a del Renacimiento italiano, de Petrarca, Bembo, Poliziano, Sannazaro o Torquato Tasso, seguida por las versiones que hicieron de ellas, unas m&aacute;s libres, otras m&aacute;s apegadas a las originales, Lupercio Leonardo de Argensola, Bosc&aacute;n, Gutierre de Cetina, Calder&oacute;n, G&oacute;ngora, Herrera, fray Luis, Quevedo, Lope o Francisco de Terrazas. Al conocimiento profundo de la poes&iacute;a italiana del Renacimiento corresponde la misma profundidad de conocimiento de la poes&iacute;a espa&ntilde;ola. La selecci&oacute;n de los poemas, que no fue aleatoria, sino fundada en su exquisito gusto y su erudici&oacute;n, se acompa&ntilde;a de "notas l&eacute;xicas para los sonetos italianos y comentarios para los espa&ntilde;oles", como se&ntilde;ala en su rese&ntilde;a Martha Elena Venier &#45;una muy digna alumna y colega suya&#45;, cuyo objetivo no solo es facilitar la comprensi&oacute;n, sino educar el gusto y el conocimiento de sus lectores. Ya me gustar&iacute;a ver a uno de esos profesores de la Facultad, armados con sus "marcos te&oacute;ricos" y la trivialidad de su hojarasca, tratando de emular un seminario de lectura de poes&iacute;a como el de Antonio.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo mismo puedo decir de <i>El sue&ntilde;o er&oacute;tico,</i> una antolog&iacute;a documentada y sabrosamente explicada de poemas amorosos que van de don Sem Tob, rabino de Carri&oacute;n a mediados del siglo XIV, a Quevedo y sus contempor&aacute;neos, seguida de otros poemas dedicados al sue&ntilde;o como inquietud y momento en que la imaginaci&oacute;n se desboca.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La antolog&iacute;a, que nos ofrece decenas de poemas amorosos, en la que incluye varios de poetas italianos &#45;maestros de los espa&ntilde;oles&#45;, va tejiendo conforme avanza una red de influencias, de hallazgos po&eacute;ticos, de t&oacute;picos y de observaciones m&eacute;tricas que tupen el conocimiento y el placer de la poes&iacute;a; incluye tambi&eacute;n en ella algunos poemas acerca de pesadillas amorosas, de veladas poluciones nocturnas y de expl&iacute;citos actos de amor. No solo es un libro para cualquier lector, que le dar&aacute; horas de profundo gusto est&eacute;tico, salpicadas de buen humor, sino un ejemplo de lo que el estudioso de la literatura puede hacer para estar cerca de su p&uacute;blico, no seguir encerrado en el claustro universitario y legitimar su profesi&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la introducci&oacute;n a <i>El sue&ntilde;o er&oacute;tico,</i> Alatorre relata un comentario de Gabriel Zaid a prop&oacute;sito de otra de sus obras m&aacute;s apreciadas: los "Avatares barrocos del romance (de G&oacute;ngora a sor Juana)", publicado en la <i>NRFH</i> (26, 1977, 341&#45;459): "&iquest;Qu&eacute; le pasar&aacute; a Alatorre, que para publicar un libro lo disfraza de art&iacute;culo?". Cierto, ese art&iacute;culo ten&iacute;a 118 p&aacute;ginas; en la &uacute;ltima reelaboraci&oacute;n para su libro <i>Cuatro ensayos sobre arte po&eacute;tica</i> (2007), parte de la colecci&oacute;n "Trabajos reunidos" de El Colegio de M&eacute;xico, alcanz&oacute; 180 p&aacute;ginas. Lo que revela esta reelaboraci&oacute;n del art&iacute;culo es otra de las caracter&iacute;sticas del quehacer de Antonio Alatorre: reci&eacute;n publicado un art&iacute;culo, llenaba las p&aacute;ginas impresas con anotaciones y adiciones que enriquec&iacute;an lo ya publicado, se&ntilde;al de un Alatorre autocr&iacute;tico y permanentemente dedicado a acrecentar y mejorar sus investigaciones. Martha Lilia Tenorio, de quien Antonio esperaba recogiera sus obras, las actualizara con esas anotaciones y prosiguiera sus intereses, tiene delante de s&iacute; una tarea ingente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tratamiento de las transformaciones que llevaron a cabo los poetas barrocos sobre la tradici&oacute;n po&eacute;tica del romancero se completa en el mismo libro con un largo "Cat&aacute;logo de esquemas m&eacute;tricos", ejemplo de erudici&oacute;n descriptiva. Sigue un estudio de los versos esdr&uacute;julos en la poes&iacute;a hisp&aacute;nica, desde el siglo XVI hasta el XX, uno m&aacute;s de versos agudos y uno final de "consonantes forzados". Tambi&eacute;n de esto trataban sus seminarios universitarios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Le sorprend&iacute;a y le agradaba el &eacute;xito que tuvo su primer libro <i>Los 1001 a&ntilde;os de la lengua espa&ntilde;ola,</i> publicado en edici&oacute;n lujosa por Bancomer en 1979 y m&aacute;s tarde por el FCE. &iexcl;Primer libro, despu&eacute;s de cientos de p&aacute;ginas de art&iacute;culos y rese&ntilde;as y millares de fichas!; para &eacute;l, dec&iacute;a, se trata de un divertimiento, hecho con el entusiasmo que caracteriza todos sus textos, dedicado a contagiarnos la admiraci&oacute;n y el gozo de una historia que, antes, solo se le&iacute;a en el grueso tomo de Rafael Lapesa, lleno de datos y explicaciones, pero de manejo casi imposible para el lector que no est&eacute; dispuesto a leerlo acompa&ntilde;ado de papel y l&aacute;piz y esforz&aacute;ndose por superar el obst&aacute;culo de la descripci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica. Sus <i>1001 a&ntilde;os</i> son la primera historia del espa&ntilde;ol que se desliga de la historia nacional y patri&oacute;tica de Espa&ntilde;a, abandona la concepci&oacute;n metropolitana de la lengua y hace de la historia del espa&ntilde;ol una parte central de nuestra propia historia; no de los mexicanos, sino de todos los hispanohablantes. Escrito con la misma cercan&iacute;a al p&uacute;blico que su <i>El sue&ntilde;o er&oacute;tico,</i> expone los datos necesarios, introduce observaciones perspicaces, destaca y alumbra episodios sobre los cuales la ense&ntilde;anza tradicional espa&ntilde;ola pasa con embarazo, como el papel de Al&#45;Andal&uacute;s y Sefarad en la conformaci&oacute;n de una riqueza cultural asombrosa en la Europa de la Edad Media o el da&ntilde;ino efecto del oscurantismo religioso desde la &eacute;poca de Felipe II, y da su lugar a la riqueza y variedad del espa&ntilde;ol en Am&eacute;rica, no como hasta ahora se sigue haciendo en Espa&ntilde;a, en que a los espa&ntilde;oles americanos se les concede un solo cap&iacute;tulo segregado de la historia central. Es un libro risue&ntilde;o, de m&aacute;s f&aacute;cil lectura, con datos asimilables sin dificultad; que educa, dirige, ofrece una perspectiva s&oacute;lida de la historia del espa&ntilde;ol y agrega la experiencia literaria: unas bellas jarchas moz&aacute;rabes, alg&uacute;n romance juglaresco, un fragmento del <i>Poema de Mio Cid,</i> versos de Berceo, alguna cantiga de Alfonso el Sabio, alg&uacute;n poema de Juan de Mena, Garcilaso, Lope de Vega, G&oacute;ngora, sor Juana...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La historia del espa&ntilde;ol ha sido tradicionalmente una historia literaria, por el simple hecho de que el espa&ntilde;ol como lengua de cultura se fragu&oacute; sobre todo en su literatura; por eso se le llama "lengua literaria"; pero si en Lapesa y otros &#45;pocos&#45; tratadistas de la historia de la lengua los autores y las obras solo se mencionan, en <i>Los 1001 a&ntilde;os</i> se muestran, lo que da sustancia a una historia que podr&iacute;a ser solo una exposici&oacute;n &aacute;rida de fen&oacute;menos de evoluci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica. La lengua y su literatura se entretejen en cada cap&iacute;tulo con la viveza del ensayo. Conforme la historia se acerca al siglo XVIII, cuando el espa&ntilde;ol ya hab&iacute;a adquirido sus caracter&iacute;sticas modernas, <i>Los 1001 a&ntilde;os</i> se vuelve m&aacute;s literario, parad&oacute;jicamente menos ilustrado con ejemplos, pero con mayor reflexi&oacute;n acerca de esa historia, lo que muestra la manera en que Alatorre conceb&iacute;a nuestra lengua. Su criterio en la concepci&oacute;n de la historia y su posici&oacute;n ante las normas acad&eacute;micas, que respeta, pero frente a las cuales esgrime la libertad del hablar y el gusto, han dejado huella en la idea que nos hemos formado muchos hispanohablantes a ambos lados del mar acerca del espa&ntilde;ol moderno. El libro se ha vuelto un cl&aacute;sico que nutre el aprecio de la lengua, una virtud que no desmerece frente a las novedades que, desde su publicaci&oacute;n, ha venido ofreciendo la investigaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica del espa&ntilde;ol.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si sus textos transmiten la cautivaci&oacute;n de la literatura, cautiva tambi&eacute;n en toda la obra de Alatorre su lengua: nunca barroca o retorcida, aunque pocos como &eacute;l han conocido y apreciado la literatura barroca; nunca ampulosa o acartonada; siempre con la llaneza que ped&iacute;a el ideal renacentista de Juan de Vald&eacute;s; nunca vaga o imprecisa, sino afilada, extremadamente culta y, sin embargo, cercana a la tradici&oacute;n popular, no solo espa&ntilde;ola y mexicana, sino de su propio pueblo de Autl&aacute;n, a cuyo recuerdo acud&iacute;a para recuperar dichos y an&eacute;cdotas, como si la fuente de su lengua estuviera precisamente all&iacute;, en un pueblo que a veces nos lo transfigura en mito. Un tributo oblicuo a ese pueblo es su relato parafr&aacute;stico de <i>El brujo de Autl&aacute;n,</i> basado en varios expedientes inquisitoriales del siglo XVII. Mexicano y jalisciense, nunca tuvo esp&iacute;ritu de campanario; su universalidad fue como la de Alfonso Reyes, m&aacute;s recatada, menos abarcadora y, me atrevo a decir, m&aacute;s profunda.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si uno revisa, por ejemplo, uno de sus &uacute;ltimos art&iacute;culos acerca de la lengua, como "Sobre americanismos en general y mexicanismos en especial" <i>(NRFH,</i> 49: 1, 2001, 1&#45;51), encontrar&aacute; que tambi&eacute;n all&iacute;, en un art&iacute;culo estrictamente filol&oacute;gico, con el consabido aparato de notas, muchas eruditas, la lengua que utiliza es coloquial: "Estas mujeres &#45;se refiere a las pilmamas nahuas de ni&ntilde;os espa&ntilde;oles en el siglo XVI&#45; hablan ya espa&ntilde;ol, pero 'piensan' aun en n&aacute;huatl y, como se encari&ntilde;an con el condenado g&uuml;erito, aceptan de buena gana la lata que les da y le dicen que es un lloritzin, un caguitzin, etc., empleando el sufijo n&aacute;huatl&#45;tzin, denotador no solo de respeto (Malintzin, huehuetzin 'venerable anciano'), sino tambi&eacute;n de cari&ntilde;o y ternura". Solo con libertad, conocimiento y gusto se puede incorporar la expresi&oacute;n coloquial en un art&iacute;culo erudito sin caer en la caricatura o la chabacaner&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ese art&iacute;culo, como muchos otros que escribi&oacute;, fue pol&eacute;mico: propon&iacute;a ante todo el origen nahua del sufijo <i>&#45;iche</i> de <i>metiche, pidiche, pedinche, lambiche, cantaliche, lloriche</i> y varios m&aacute;s, muy caracter&iacute;sticos de Jalisco, pero extendidos por otras regiones de M&eacute;xico. Lo enderez&oacute; contra la hip&oacute;tesis de Juan M. Lope Blanch, de que el origen del sufijo es espa&ntilde;ol. Lope y Alatorre eran amigos, por lo que la pol&eacute;mica es un ejemplo caracter&iacute;stico de una discusi&oacute;n filol&oacute;gica en una revista especializada. El art&iacute;culo le sirvi&oacute; tambi&eacute;n para repasar el espa&ntilde;olismo del gran etim&oacute;logo Joan Corominas, quien en muchos casos niega or&iacute;genes americanos a palabras bien documentadas, como <i>tabaco</i> o <i>petaca,</i> y corregir algunas de sus etimolog&iacute;as err&oacute;neas. Ah&iacute; se trat&oacute; de una pol&eacute;mica entre amigos. No tan amistosa fue la que desencaden&oacute; contra el historiador El&iacute;as Trabulse, a prop&oacute;sito de la carta que escribi&oacute; a sor Juana una sor Serafina de Cristo, que el historiador atribuye a sor Juana misma. En <i>Serafina y sor Juana</i> (1998), con la colaboraci&oacute;n de Martha Lilia Tenorio, Alatorre desmenuza las razones y las situaciones en que se escribi&oacute; la <i>Carta,</i> para terminar negando que procediera del pu&ntilde;o de sor Juana. De nuevo, su erudici&oacute;n se despliega con lujo de datos y de argumentos, que continu&oacute; en la serie de pol&eacute;micas acerca de sor Juana en que se vio envuelto, entre ellas, una con Octavio Paz. Hay que comprenderlo: hab&iacute;a llegado a tal dominio de los datos y conocimiento del tema que su reacci&oacute;n era natural frente a interpretaciones que, a su juicio, o eran equivocadas o parciales. Lo que nos han dejado sus textos en este tema son datos y conclusiones s&oacute;lidas y rotundas, que la investigaci&oacute;n de sor Juana posterior a &eacute;l no puede soslayar. Yo dir&iacute;a que, respecto a la obra de sor Juana, hay un antes y un despu&eacute;s de Alatorre.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Coron&oacute; sus estudios sorjuaninos con los dos monumentales tomos <i>Sor Juana a trav&eacute;s de los siglos (1668&#45;1910),</i> publicados en 2007. En esos tomos repasa la recepci&oacute;n que tuvo la obra de sor Juana desde finales del siglo XVII hasta principios del XX. Es una recopilaci&oacute;n de poemas dedicados a la poetisa, as&iacute; como comentarios y noticias que se escrib&iacute;an acerca de ella en el &aacute;mbito hisp&aacute;nico y europeo; 490 testimonios, recogidos con exhaustividad a lo largo de su vida intelectual. Remito a la nota que escribi&oacute; al respecto Martha Lilia Tenorio en la <i>NRFH</i> (56: 2, 2008, 505&#45;522), quien concluye afirmando: "El sorjuanismo de Alatorre es una consecuencia l&oacute;gica de su trabajo como fil&oacute;logo y estudioso de la poes&iacute;a barroca... no cabe duda que sor Juana y Alatorre est&aacute;n hechos el uno para el otro... sor Juana encontr&oacute; al estudioso que merec&iacute;a".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo que poca gente conoce y aquilata es su labor en la <i>NRFH.</i> Es verdad que Antonio Alatorre no fue el creador de la <i>NRFH,</i> pues como todos sabemos, a M&eacute;xico lleg&oacute; de Argentina la <i>Revista de Filolog&iacute;a Hisp&aacute;nica</i> tra&iacute;da por Amado Alonso &#45;disc&iacute;pulo de Ram&oacute;n Men&eacute;ndez Pidal&#45; y Raimundo Lida &#45;disc&iacute;pulo de aquel&#45; cuando el hostigamiento peronista a los miembros del Instituto de Filolog&iacute;a de Buenos Aires comenz&oacute; a amenazar su publicaci&oacute;n. El &uacute;ltimo n&uacute;mero de la <i>NRFH</i> se convirti&oacute; en el primero de la<i> NRFH</i> y de esa manera continu&oacute; el eslabonamiento de la tradici&oacute;n de la <i>Revista de Filolog&iacute;a Espa&ntilde;ola,</i> interrumpida durante varios a&ntilde;os por el franquismo. La impronta, el estilo, la vocaci&oacute;n de la <i>Revista</i> fueron una herencia que recibi&oacute; Alatorre cuando Alonso muri&oacute; y Lida se fue como profesor a Harvard. A partir de 1952, la carga de la <i>NRFH</i> cay&oacute; sobre sus hombros. El car&aacute;cter de la revista, el que se conserv&oacute; durante m&aacute;s de cincuenta a&ntilde;os, se debe a &eacute;l; a su dedicaci&oacute;n, a la selecci&oacute;n y correcci&oacute;n de art&iacute;culos y de rese&ntilde;as (m&aacute;s de un fil&oacute;logo famoso se lleg&oacute; a ofender porque le hab&iacute;a corregido la plana), a la preparaci&oacute;n de su bibliograf&iacute;a. Entre el primer n&uacute;mero de la revista y los de 2010, public&oacute; en ella 34 art&iacute;culos y 65 rese&ntilde;as; durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os, casi uno al a&ntilde;o. La <i>NRFH</i> se ha convertido en la m&aacute;s antigua revista filol&oacute;gica de Hispanoam&eacute;rica y una de las dos o tres revistas de filolog&iacute;a hisp&aacute;nica m&aacute;s reconocidas mundialmente. <i>Su</i> obra.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por &uacute;ltimo, tambi&eacute;n quisiera llamar la atenci&oacute;n a su trabajo como traductor. Como cit&eacute; antes, desde 1946 se sum&oacute; al grupo de republicanos espa&ntilde;oles que dieron al FCE el prestigio que lo convirti&oacute; en la primera casa editorial del mundo hisp&aacute;nico en esas &eacute;pocas. Al lado de Agust&iacute;n Millares Carlo, Joaqu&iacute;n D&iacute;ez Canedo, Eugenio &Iacute;maz y varios m&aacute;s, afirma Antonio que encontr&oacute; el ambiente literario, cr&iacute;tico y erudito que necesitaba. De su mano salieron traducciones como las <i>Heroidas</i> de Ovidio &#45;obra maestra de la traducci&oacute;n&#45;, <i>La disputa del Nuevo Mundo</i> de Antonello Gerbi, las <i>Memorias p&oacute;stumas de Blas Cubas</i> de Machado de Assis, la obra que se ha convertido en un cl&aacute;sico, <i>Erasmo y Espa&ntilde;a</i> de Marcel Bataillon (en el pr&oacute;ximo n&uacute;mero de la <i>NRFH</i> hay un emocionado recuerdo de la correspondencia entre Bataillon y Alatorre a prop&oacute;sito de su traducci&oacute;n, relatado con el gran estilo de Martha Elena Venier); junto con Margit Frenk, la <i>Literatura europea y Edad Media latina</i> de Ernst Robert Curtius &#45;otro libro imprescindible para la formaci&oacute;n filol&oacute;gica&#45;, o <i>El lenguaje</i> de Edward Sapir, en el que brindan ejemplos en espa&ntilde;ol correspondientes a los que ofrece Sapir en ingl&eacute;s y otras lenguas, en vez de concretarse, como hacen los dem&aacute;s, a dar versiones pseudo literales de los ejemplos. Solo esa pr&aacute;ctica es un ejemplo del dif&iacute;cil y nada entendido problema de la glosa del significado y la forma de expresiones en otras lenguas. Esas traducciones y muchas m&aacute;s son un verdadero paradigma de lo que se espera de un traductor literario e intelectual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra de Antonio Alatorre no es glamorosa; no es una obra de invenci&oacute;n, sino una vigorosa, precisa y erudita obra de creaci&oacute;n sobre la experiencia literaria que nutre a las culturas hisp&aacute;nicas; va m&aacute;s all&aacute; de las glorias circunstanciales y los premios &#45;aunque recibi&oacute; el Premio Jalisco (1994), el Premio titular de la C&aacute;tedra &Iacute;talo Calvino (UNAM, 1994), y el Premio Nacional de Ciencias y Artes (1998) en Ling&uuml;&iacute;stica y Literatura&#45; y deja un humus de cultura que heredamos todos los hispanohablantes.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Luis Fernando Lara.</b> Es profesor&#45;investigador del Centro de Estudios Ling&uuml;&iacute;sticos y Literarios del Colmex, que dirigi&oacute; de 1997 a 2003, y, a partir de 1973, director del importante proyecto de elaboraci&oacute;n del <i>Diccionario del espa&ntilde;ol de M&eacute;xico</i> (un diccionario integral del espa&ntilde;ol en su variedad mexicana) que ha tenido como resultado diversas versiones parciales, la &uacute;ltima de las cuales se public&oacute; en 2010. Estudi&oacute; la licenciatura en Lengua y Literaturas Hisp&aacute;nicas en &iexcl;a Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la UNAM y el doctorado en El Colegio de M&eacute;xico (1975). Adem&aacute;s hizo estudios especializados en las universidades de Kiel, Heidelberg y Pisa. Fue becario del Deutscher Akademischer Austauschdienst y de la Alexander von Humboldt Stiftung. Realiz&oacute; investigaci&oacute;n en sem&aacute;ntica y teor&iacute;a constructivista de la ciencia en las universidades de Heidelberg, Konstanz y Berlin (1979). Posteriormente, como investigador visitante, hizo trabajos de sem&aacute;ntica y lexicograf&iacute;a en el Romanisches Seminar de la Universidad de Heidelberg (1983&#45;1984) y m&aacute;s recientemente en el Instituto Universitario de Ling&uuml;&iacute;stica Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona (2003&#45;2004). Es sin duda el lexic&oacute;grafo m&aacute;s importante en nuestro pa&iacute;s; ha recibido numerosas distinciones en el &aacute;mbito nacional e internacional, entre las que destaca su nombramiento como miembro de El Colegio Nacional en 2007. Ha ense&ntilde;ado en varias universidades y centros de estudios avanzados del pa&iacute;s y del extranjero. Es autor de m&aacute;s de un centenar de art&iacute;culos especializados, 4 diccionarios y 8 libros, entre ellos: <i>El concepto de norma en ling&uuml;&iacute;stica</i> (1976), <i>Diccionario b&aacute;sico del espa&ntilde;ol de M&eacute;xico</i> (1986), <i>Diccionario del espa&ntilde;ol usual en M&eacute;xico</i> (1996 y 2009), <i>Teor&iacute;a del diccionario monoling&uuml;e</i> (1997), <i>Ensayos de teor&iacute;a sem&aacute;ntica. Lengua natural y lenguajes cient&iacute;ficos</i> (2001) y <i>Curso de lexicolog&iacute;a</i> (2006).</font></p>     ]]></body>
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