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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article "Antonio Porchia: The Brevity of the Foreign" tries to reread Porchia's work in the light of his immigrant status and his problematic relation with Spanish language, a language he learned late, at 16 years old, when he emigrated to Argentina.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Art&iacute;culos</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Antonio Porchia: la brevedad del extranjero</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Fabio Morabito</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Filol&oacute;gicas,</i> <i>UNAM.</i></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Resumen</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El art&iacute;culo intenta releer la obra de Porchia a la luz de su condici&oacute;n de inmigrante y de su relaci&oacute;n problem&aacute;tica con el idioma castellano, idioma que aprendi&oacute; tarde, a los 16 a&ntilde;os de edad, cuando emigr&oacute; a Argentina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Palabras clave:</b> aforismos, lengua materna, lengua aprendida, estilo, brevedad.</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Abstract</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">This article "Antonio Porchia: The Brevity of the Foreign" tries to reread Porchia's work in the light of his immigrant status and his problematic relation with Spanish language, a language he learned late, at 16 years old, when he emigrated to Argentina.</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al hablar sobre Antonio Porchia se deber&iacute;a partir de una primera comprobaci&oacute;n elemental, la de que Porchia s&oacute;lo escribi&oacute; aforismos y nunca quiso o nunca pudo ir m&aacute;s all&aacute; de esas breves sentencias que germinaban lentamente en &eacute;l y que, con igual lentitud, tras un arduo trabajo de correcci&oacute;n, encontraban su forma definitiva. Su entrega exclusiva a un g&eacute;nero que los escritores modernos suelen cultivar con "la mano izquierda", como un subproducto de su obra "mayor", lo define como un escritor casi arcaico. Es inexacto incluso atribuirle el t&iacute;tulo de escritor, pues quien escribe aforismos en realidad no los escribe, &uacute;nicamente plasma por escrito, que es diferente de escribir, breves fragmentos de reflexi&oacute;n que se hallan m&aacute;s pr&oacute;ximos a lo oral que a lo escrito. Los aforismos, los proverbios, los dichos, las m&aacute;ximas, las sentencias, guardan en com&uacute;n este car&aacute;cter espurio, y nos remiten, m&aacute;s que a la idea de texto (de <i>tejido,</i> seg&uacute;n la conocida etimolog&iacute;a), a la de soplo, de exhalaci&oacute;n, o sea a un tipo de verdad m&aacute;s cercana a la boca que a las manos. Porchia, sin embargo, trabaj&oacute; sus aforismos con las manos, como una urdimbre textual o, para decirlo r&aacute;pidamente, como poemas. El obsesivo trabajo de correcci&oacute;n al que someti&oacute; sus "voces", del que estamos al tanto gracias a los an&aacute;lisis y cotejos realizados por Laura Cerrato,<sup><a href="#notas">1</a></sup> s&oacute;lo puede entenderse a la sombra de la urdimbre textual con la que est&aacute;n concebidas. Ese hombre que empez&oacute; a escribir casi viejo, cuando su &uacute;nica ocupaci&oacute;n era cuidar las flores de su jard&iacute;n; que era frugal para vestir, comer y hablar, debi&oacute; de rumiar sus sentencias en sus muchas horas de soledad, mientras cuidaba sus plantas. Es probable que, podando aqu&iacute; y all&aacute;, cuidaba tambi&eacute;n su libro, suprimiendo comas y adjetivos in&uacute;tiles. Escueta y port&aacute;til, su obra lo acompa&ntilde;aba todo el tiempo y, en este sentido, fue el m&aacute;s escritor de todos, entregado sin descanso a su &uacute;nico libro en continuo crecimiento. Ten&iacute;a fama de escribir muy poco, cuatro o cinco aforismos al a&ntilde;o que luego trabajaba arduamente,<sup><a href="#notas">2</a></sup> pero basta hacer el recuento de sus "voces", que son m&aacute;s de mil entre las que public&oacute; y las que prefiri&oacute; no publicar, para comprobar que tal parquedad es falsa.<sup><a href="#notas">3</a></sup> Recluido en su modesta casa, ahorrativo y solitario, rodeado de pocos libros y sin m&aacute;s distracciones que las visitas que le hac&iacute;an unos cuantos amigos y admiradores, Porchia deb&iacute;a de escribir mucho, pues no necesitaba sentarse a una mesa para hacerlo y pod&iacute;a trabajar cada aforismo de memoria. Apuntaba sus frases en peque&ntilde;as hojas de papel, que luego correg&iacute;a y volv&iacute;a a corregir, obedeciendo a un af&aacute;n de perfeccionismo que probablemente se deb&iacute;a al hecho de que, habiendo nacido en Italia, aprendi&oacute; espa&ntilde;ol hasta los 16 a&ntilde;os, edad a la que lleg&oacute; a Argentina con su familia. Seg&uacute;n afirma Boido, "no lleg&oacute; nunca a reconocer totalmente como propio" el idioma aprendido. Por eso, no es aventurado sostener que la exclusividad con que se entreg&oacute; al g&eacute;nero m&aacute;s breve de todos se debe en parte a su inseguridad ling&uuml;&iacute;stica. En el terreno acotado del aforismo Porchia pod&iacute;a controlar obsesivamente cada elemento de la frase, cosa que no habr&iacute;a sido posible en ning&uacute;n otro g&eacute;nero. La ausencia, en el aforismo, de una verdadera dimensi&oacute;n compositiva, de una tridimensionalidad que abre el texto hacia una multitud de direcciones, fue con toda probabilidad la raz&oacute;n por la que Porchia hizo de &eacute;l su religi&oacute;n &uacute;nica. No olvidemos, por otra parte, que se sent&iacute;a m&aacute;s pr&oacute;ximo a la pintura que a la literatura. Casi todos sus amigos eran pintores y fue la pintura, probablemente, m&aacute;s que la poes&iacute;a, la que le provey&oacute; de un modelo para sus "voces", porque Porchia escribe como si "diera cabida" a cada palabra, como si cada palabra se hubiera ganado arduamente su lugar en la frase, venciendo la resistencia de las otras en una suerte de dolorosa dilataci&oacute;n del poco espacio disponible. A la manera de la salida de un corcho del cuello de una botella, las "voces" crean la sensaci&oacute;n de un vac&iacute;o antes y despu&eacute;s de su despliegue en la p&aacute;gina, y de ah&iacute; ese efecto de condensaci&oacute;n y de deletreo atento que produce su lectura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es interesante, en este sentido, la cercan&iacute;a estil&iacute;stica que existe entre &eacute;l y Alejandra Pizarnik. Es bien conocida la veneraci&oacute;n que esta &uacute;ltima profesaba por Porchia. Tambi&eacute;n Pizarnik se sent&iacute;a ling&uuml;&iacute;sticamente insegura. Edgardo Dobry nos recuerda al respecto que uno de los elementos m&aacute;s evidentes de la poes&iacute;a de Pizarnik "es precisamente esa contenci&oacute;n, esa condensaci&oacute;n de estilo, de la que acaso no es ajena su incertidumbre acerca del manejo pleno de la lengua, de su plena posesi&oacute;n. Es una hip&oacute;tesis a tener en cuenta en una poeta que pas&oacute; su infancia en una casa en la que apenas se escuchaba el castellano &#151;sus padres, que llegaron a Argentina dos a&ntilde;os antes de su nacimiento, hablaban yiddish entre ellos" (Dobry, "En el espejo de Alejandra Pizarnik", 162). Al describir el estilo de Pizarnik, Dobry alude a su concentraci&oacute;n "siempre anclada en unos pocos conceptos, en un cat&aacute;logo de im&aacute;genes muy limitado y unas operaciones ret&oacute;ricas b&aacute;sicas, que tienden a repetir, a explicar sin expandir", palabras que son perfectamente aplicables a Porchia. Como en Pizarnik, en Porchia hallamos una condensaci&oacute;n que, echando mano de la repetici&oacute;n, tiende a deletrear la lengua con un gesto en el que la escritura parece desempe&ntilde;ar un papel de corrector del habla, o de clarificador de la misma. Veamos una "voz" como &eacute;sta: "Creo que son los males del alma, el alma. Porque el alma que se cura de sus males, muere". En una versi&oacute;n anterior hab&iacute;a escrito: "Y si el alma se curara de sus males, se morir&iacute;a", que es todav&iacute;a un aforismo t&iacute;pico, casi una frase de tango. En la versi&oacute;n definitiva, Porchia introduce una dislocaci&oacute;n sint&aacute;ctica que obliga a repetir tres veces la palabra "alma" y, con ello, la exhalaci&oacute;n se condensa en texto. A trav&eacute;s de esa coma que introduce una pausa perentoria: "del alma, el alma", Porchia nos obliga a <i>leer</i> su frase y a no registrarla meramente como el veh&iacute;culo de una idea. Si hubiera pues que hallar un "m&eacute;todo" en su escritura, &eacute;ste parece consistir en quitarle a sus "voces" ese car&aacute;cter de frase subrayada que tienen los aforismos y devolverlas a su condici&oacute;n de texto en min&uacute;sculas. &iquest;C&oacute;mo? Acentuando su naturaleza textual, o sea, su car&aacute;cter imprevisible; para ello, en primer lugar, Porchia modula la voz y convierte cada aforismo en un murmullo, profiriendo sus frases no como quien articula una verdad, sino como quien la recoge o como quien dice una verdad que aflor&oacute; involuntariamente a sus labios y que debi&oacute; callarse. "Hablo pensando que no debiera hablar: as&iacute; hablo".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta restituci&oacute;n de algo particular a su trama de origen no es s&oacute;lo un gesto estil&iacute;stico, sino metaf&iacute;sico. En todos sus aforismos, Porchia devuelve lo particular a lo general, o sit&uacute;a lo particular en su contexto, como se ve claramente desde la primera "voz" de su libro: "Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio". Apenas cuatro aforismos despu&eacute;s, aludiendo a su vida personal, Porchia circunscribe su propia nebulosa con estas palabras: "Mi padre, al irse, regal&oacute; medio siglo a mi ni&ntilde;ez", en la que traza de un golpe su autobiograf&iacute;a. Sustituto del padre, jefe de familia precoz a la muerte de aqu&eacute;l, primog&eacute;nito encargado de velar por la madre y los hermanos, ni&ntilde;o convertido en adulto de la noche a la ma&ntilde;ana, Porchia aprendi&oacute; muy pronto a asumir un papel. Su voz, si alguna voz hab&iacute;a cuajado en el adolescente de 16 a&ntilde;os que acababa de dejar su tierra natal, tuvo que abdicar ante las exigencias de la nueva realidad que, como hombre mayor de una familia de inmigrantes, lo coloc&oacute; en una situaci&oacute;n de doble orfandad: con respecto al padre reci&eacute;n muerto, pero tambi&eacute;n a la lengua materna reci&eacute;n abandonada. Porchia se volvi&oacute; otro, y si algo debi&oacute; de quedarle claro en ese trance de su vida fue la inconsistencia de todo atributo personal y la capacidad que tiene un individuo de reinventarse. La segunda "voz" de su libro parece aludir a esta mutaci&oacute;n radical: "Quien ha visto vaciarse todo, casi sabe de qu&eacute; se llena todo". Porchia se vac&iacute;a a tal grado, que para &eacute;l el verdadero comienzo de su vida ser&aacute; siempre el momento dram&aacute;tico de la llegada al nuevo pa&iacute;s. El hecho de que siempre se mostr&oacute; renuente a hablar de su infancia calabresa parece confirmar su voluntad de adjudicarse un nuevo destino, es m&aacute;s, un nuevo rostro, como sugieren estas palabras de Alicia Dujovne Ortiz: "De su rostro juvenil con cierta falsa hermosura de cantante de &oacute;pera va naciendo su rostro definitivo, esa cara para la que &eacute;l trabaj&oacute; desde adentro con tremendo fervor" (Dujovne Ortiz, "Antonio Porchia"). Una cara nueva, in&eacute;dita, que quiz&aacute; s&oacute;lo era su cara m&aacute;s antigua, que ahora, lejos de su tierra natal y libre del yugo paterno, puede rescatar con entera libertad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Antes de recorrer mi camino yo era mi camino", reza la tercera "voz" de Porchia. Es su primera gran frase: sucinta, apretada, enigm&aacute;tica, quiz&aacute; el modelo de todo lo que vendr&aacute; despu&eacute;s. Con ella parece decirnos que nos ponemos en camino s&oacute;lo para descubrir que no hac&iacute;a falta movernos; sin embargo, si no nos movemos, no hay forma de descubrirlo. En boca de un emigrante, de alguien que se movi&oacute; radicalmente y a pesar suyo, la frase parece aludir a una p&eacute;rdida irreversible. Ser el propio camino es no tener necesidad de camino; significa obedecer a la propia hondura, y la hondura no necesita rostro, ni camino, ni emigrar. Hay una "voz" que ilustra esto: "De todos modos he llegado a hoy. Y as&iacute; llegar&eacute; a mi fin. De todos modos". Es una frase que suscribir&iacute;a cualquier r&iacute;o. De todas las maneras posibles, y a pesar de todo, un r&iacute;o se hace; pero, en un sentido, ya estaba, porque un r&iacute;o revela el r&iacute;o potencial que, oculto en los accidentes del terreno, clamaba por agua; la tierra est&aacute; llena de r&iacute;os que esperan su oportunidad, s&oacute;lo que ni ellos mismos lo saben hasta que el agua no los confirma en su ser de r&iacute;o; son su camino antes de recorrer su camino. As&iacute;, cuando Porchia dice en otro momento: "Un poco de ingenuidad nunca se aparta de m&iacute;. Y es ella la que me protege", establece una equivalencia entre la ingenuidad y la hondura. Y, &iquest;de qu&eacute; lo protege la ingenuidad? De lo que es superficial: el propio yo, el propio rostro y el propio car&aacute;cter, o sea, todo aquello para lo cual trabajamos "con tremendo fervor" para hacernos de un lugar en medio de los dem&aacute;s. Porchia pudo haber escrito simple y llanamente: "No dejo nunca de ser del todo ingenuo", pero eligi&oacute; una formulaci&oacute;n m&aacute;s desapegada: "Un poco de ingenuidad nunca se aparta de m&iacute;", que sustantiva el atributo de ser ingenuo y lo separa del sujeto, convirti&eacute;ndolo de una cualidad psicol&oacute;gica en un v&iacute;nculo con el mundo. En este breve viraje verbal se percibe su temple existencialista, que suprime la psicolog&iacute;a y el yo en favor de la hondura y el camino, y se encuentra tambi&eacute;n toda su poes&iacute;a, que persigue un tipo de formulaci&oacute;n en la cual cada trozo de la frase luzca limpiamente aut&oacute;nomo y se aclaren todos los nexos impl&iacute;citos, "barriendo" lo escrito con una luz pareja que devuelva a cada part&iacute;cula su peso espec&iacute;fico y refleje de modo m&aacute;s adherente la sustancial desnudez del individuo.<sup><a href="#notas">4</a></sup></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute;, ese hombre que se vio obligado a asumir un papel de padre de familia a una edad temprana, se cur&oacute; a una edad temprana de la ilusi&oacute;n de ser alguien. "No hall&eacute; como quien ser, en ninguno. Y me qued&eacute;, as&iacute;: como ninguno". Fue su secreto triunfo: ser como ninguno, y el rostro que se labr&oacute; arduamente, tan arduamente como su &uacute;nico libro, fue el rostro de nadie, de un yo cualquiera. &iexcl;Con cu&aacute;nta iron&iacute;a trata su propio yo!: "S&iacute;, he hecho algunas cosas que cuando puedo no dec&iacute;rmelas no me las digo, para no ofenderme. Porque yo no quisiera ofender a nadie". Fue otra de sus pasiones: no ofender a nadie, ni a &eacute;l mismo, y si no le cuesta ninguna dificultad incluirse a s&iacute; mismo en ese nadie gen&eacute;rico, es porque se siente como nadie, como ninguno. Por eso, puede decir: "El verdadero 'est&aacute; bien' me lo digo en el suelo, ca&iacute;do". Parece que Porchia quiere siempre regresar a un punto inicial donde todo est&aacute; por hacerse y donde, por lo mismo, se tiene la tentaci&oacute;n de no hacer nada, porque se sospecha que todo est&aacute; hecho, ya que uno es su propio camino antes de recorrerlo. Se equivocan, sin embargo, aquellos que han cre&iacute;do ver en &eacute;l un enamorado del no ser, del vac&iacute;o y del silencio. Todo lo contrario. Le habr&iacute;a parecido un acto de presunci&oacute;n ser as&iacute;, y lo afirma claramente: "S&iacute;, tratar&eacute; de ser. Porque creo que es orgullo no ser". En el talante meridional de ese hombre priv&oacute; m&aacute;s bien la locuacidad, aunque una locuacidad contenida. Era amante de callarse, pero no del silencio; era frugal en el uso de las palabras, pero comunicativo; y sus "voces", aunque no hagan referencia a su &eacute;poca ni aludan a ning&uacute;n lugar espec&iacute;fico, no son m&aacute;ximas lapidarias escritas desde un sitial equidistante de todo y de todos, sino fragmentos de una conversaci&oacute;n &iacute;ntima y a menudo doliente, inscrita en un aqu&iacute; y ahora que no es menos real por el hecho de que se hayan borrado sus se&ntilde;as de identidad. En un extenso ensayo sobre Porchia que permanece in&eacute;dito,<sup><a href="#notas">5</a></sup> Enrique Foffani ha subrayado justamente el car&aacute;cter eminentemente dial&oacute;gico de las <i>Voces.</i> "Much&iacute;simos aforismos se constituyen a partir de la pregunta del otro nunca escuchada pero s&iacute; presentida en el texto", escribe Foffani. De ah&iacute;, prosigue, la presencia de adverbios de negaci&oacute;n o de asentimiento al comienzo de muchas "voces", y cita algunas.<sup><a href="#notas">6</a></sup> Cabe a&ntilde;adir que hay en las <i>Voces</i> otra marca gramatical de este car&aacute;cter dial&oacute;gico, que es la conjunci&oacute;n <i>y</i> colocada al comienzo de muchas "voces", que plantea la existencia de un interlocutor ante el cual se completa un argumento expuesto con anterioridad.<sup><a href="#notas">7</a></sup> As&iacute;, tanto el adverbio de negaci&oacute;n o de afirmaci&oacute;n, como la conjunci&oacute;n <i>y,</i> delatan la entonaci&oacute;n conversacional de las <i>Voces.</i> Porchia, que era un supresor casi mani&aacute;tico de palabras y de part&iacute;culas in&uacute;tiles, no elimin&oacute; este rasgo estil&iacute;stico a lo largo de las sucesivas ediciones de las <i>Voces,</i> es decir, a lo largo de casi 25 a&ntilde;os, lo que revela la importancia que le conced&iacute;a y que se vincula con la conservaci&oacute;n de un tono dial&oacute;gico que para &eacute;l deb&iacute;a de ser imprescindible para la creaci&oacute;n de sus sentencias. En este sentido, la "m&uacute;sica" de Porchia hay que buscarla no tanto en el tejido interno de sus frases, sino en la amalgama que une una "voz" con otra y que convierte su libro en una charla a media voz, dentro de la cual cobran sentido los <i>s&iacute;,</i> los <i>no</i> y los <i>y</i> que parecen perfectamente omisibles en el interior de cada aforismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su ensayo <i>Antonio Porchia, el poeta del sobresalto,</i> Alberto Luis Ponzo afirma que cada sentencia de Porchia es "una frase que pesa como un cuerpo cayendo con sus enigmas y desgarraduras". La norma del poeta consistir&iacute;a en "aliviar la ca&iacute;da, poner en mitad del espacio una voz como una mano que contiene el golpe".<sup><a href="#notas">8</a></sup> En efecto, al leer las <i>Voces,</i> uno siente que esas m&aacute;ximas de plomo, en ca&iacute;da libre, han hallado un misterioso elemento amortiguador que las torna amigables. He tratado de mostrar que ese elemento amortiguador trabaja en el interior de cada aforismo, separando y descomponiendo los grumos y los automatismos ling&uuml;&iacute;sticos, a trav&eacute;s de un movimiento esclarecedor de todos los nexos en el cual juega un papel crucial la repetici&oacute;n, que es sin duda el rasgo m&aacute;s caracter&iacute;stico de las <i>Voces.</i> A trav&eacute;s de la repetici&oacute;n Porchia encuentra el tipo de aforismo que necesitaba escribir, un aforismo cuyo gusto por lo parad&oacute;jico lo acerca m&aacute;s a los proverbios que a los aforismos propiamente dichos. &Eacute;l, que nunca se molestaba por nada, no pod&iacute;a soportar que definieran sus "voces" como aforismos, pues deb&iacute;a de sentir que a trav&eacute;s de ese t&eacute;rmino sus frases se reduc&iacute;an a meras aserciones brillantes, que era lo que menos le interesaba escribir. La repetici&oacute;n, en cierto modo, fue su ant&iacute;doto contra la brillantez. Como dijo Juarroz, vivi&oacute; casi como si no viviera y escribi&oacute; casi como si no escribiese. La repetici&oacute;n, que alcanza en &eacute;l un alto grado de refinamiento, fue la manera que encontr&oacute; para escribir como si no escribiese, puesto que la repetici&oacute;n introduce una suerte de vinculaci&oacute;n estrecha entre las palabras que parece saltarse a aquel que las escribe, como si &eacute;ste fuera apenas un detonador. La voz se adelgaza hasta volverse impersonal y la oralidad, sin dejar de ser tal, no se asimila por completo al habla. El resultado es un h&iacute;brido, como cuando se subtitula una pel&iacute;cula con el mismo idioma en la que est&aacute; filmada, donde los di&aacute;logos y los subt&iacute;tulos, aun siendo los mismos, no embonan por completo. En este desfase sutil entre lo oral y lo escrito, que he llamado m&aacute;s arriba de naturaleza correctora, hay que situar la verdad del estilo de Porchia, el cual, sin desmentir su matriz oral, se nos mete a los ojos como un n&iacute;tido precipitado de escritura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En boca de un hablante de otro idioma, como era Porchia, la repetici&oacute;n adquiere adem&aacute;s un sentido suplementario, porque representa tal vez el recurso m&aacute;s natural para abrirse un nicho en el idioma extranjero. A trav&eacute;s de la repetici&oacute;n, el titubeo ling&uuml;&iacute;stico del extranjero encuentra un asidero que le otorga confianza y objetiva su voz en el justo grado que necesita para no exhibir su alma al desnudo, pues el extranjero que exhibe su alma al desnudo, exhibe su lengua materna. La repetici&oacute;n, como vimos, "hace texto", pero tambi&eacute;n "hace m&aacute;scara", y texto y m&aacute;scara hacen estilo. En el caso de un hablante extranjero la repetici&oacute;n viene a ser una herramienta ambigua, porque emula su torpeza verbal, elev&aacute;ndola a condici&oacute;n de poes&iacute;a. Transforma su ineptitud en profundidad. El extranjero usa una misma palabra para significar cosas distintas porque no domina el idioma que habla; su pobreza de vocabulario lo fuerza a repetir; y la repetici&oacute;n, nacida de la carencia, se revela como un arma expresiva insospechada. Tomemos esta "voz": "Me es m&aacute;s f&aacute;cil ver todas las cosas como una cosa sola, que ver una cosa como una cosa sola". Si la escuchamos con medio o&iacute;do, haciendo abstracci&oacute;n del significado, parece el estribillo de alguien que tiene dificultad para expresarse. O esta otra: "Te ayudar&eacute; a venir si vienes y a no venir si no vienes", donde la repetici&oacute;n introduce un toque estramb&oacute;tico y clownesco.<sup><a href="#notas">9</a></sup> Porque la repetici&oacute;n est&aacute; cerca del balbuceo y del absurdo, y cuando escapa de las garras de estos &uacute;ltimos, consigue un gran vigor expresivo. Con una peque&ntilde;a variaci&oacute;n, con un m&iacute;nimo derroche verbal, conservando el mobiliario en su sitio, expresa algo in&eacute;dito y parad&oacute;jico. Es como si a trav&eacute;s de la repetici&oacute;n Porchia se hubiera propuesto, comprimiendo el discurso a todo lo que da, escribir una novela en cada aforismo, o sugerir la novela que cada aforismo oculta. Y escribi&oacute;, en efecto, diminutas novelas como &eacute;sta: "El rosal: lo has visto con infinidad de rosas, lo has visto con una sola rosa, lo has visto sin ninguna rosa. Y no lo has visto nunca con una rosa de m&aacute;s ni con una rosa de menos. Es que has visto el rosal", donde parece retratar involuntariamente su propia escritura, plagada de repeticiones, concentrada y mon&oacute;tona, que siempre da las mismas flores, aunque esas flores sean rosas; creaciones que el autor ha recogido, no inventado; que ha compuesto m&aacute;s que escrito, del mismo modo que se componen las flores de un jard&iacute;n. Pero hay aqu&iacute;, tambi&eacute;n, una reflexi&oacute;n sobre la mirada. &iquest;D&oacute;nde poner el ojo para estar vivos, para mirar como humanos, para comprender de verdad? &iquest;C&oacute;mo admirar el rosal en su perfecci&oacute;n, que no es menos perfecci&oacute;n cuando carece de rosas? Creo que Porchia habr&iacute;a contestado: no vi&eacute;ndolo a &eacute;l, sino deduci&eacute;ndolo del jard&iacute;n y de la rosa, o sea, de aquello que lo contiene y de aquello que le da sentido como rosal; ah&iacute;, en mitad del espacio, inferido m&aacute;s que visto, en equilibrio entre la plenitud de cada creaci&oacute;n y lo absurdo de todo lo creado, est&aacute; lo que vemos de verdad. As&iacute;, cuando dice en otra parte: "Mi sed agradece un vaso de agua, no un mar de agua", vuelve a plantear la cuesti&oacute;n de c&oacute;mo situarse ante el mundo. El vaso de agua calma mi sed, pero la calma porque s&eacute; que proviene de un mar de agua; de no ser as&iacute;, ning&uacute;n vaso de agua ser&iacute;a suficiente para mi sed de ahora; de modo que a mi sed no la calma ni el vaso de ahora ni el mar de despu&eacute;s, sino el punto en que se encuentran el agua de uno y el agua del otro, pues toda sed no es s&oacute;lo sed de agua, sino de realidad. Que este punto de encuentro sea nebuloso, s&oacute;lo corrobora lo dif&iacute;cil que es vivir, y, sin embargo, s&oacute;lo en ese punto incierto, s&oacute;lo en esta nebulosa lejana, las cosas existen. Por eso, Porchia dice: "Cuando no ando en las nubes, ando como perdido", pues andar en las nubes, lejos de lo obvio, es la condici&oacute;n para ver de verdad, y es lo propio del poeta. Situadas en el &uacute;ltimo l&iacute;mite del sentido, en la m&aacute;xima altura desde la cual es todav&iacute;a posible producir una sombra, las nubes son la imagen misma de lo parad&oacute;jico, y la poes&iacute;a, esa forma acentuada de la lucidez, ama expresarse por paradojas. Lo que hace la poes&iacute;a es crear sombra y altura, imitando las nubes. Se extralimita como ellas. En cierto modo, las nubes representan un exceso de salud. Evanescentes e inaprensibles, son las grandes hacedoras de espacio, las que nos sit&uacute;an en el mundo, que es tambi&eacute;n la tarea de la poes&iacute;a, otro exceso de salud. El libro de Porchia, en lugar de <i>Voces,</i> bien pudo haberse llamado <i>Nubes,</i> con lo cual habr&iacute;a sido m&aacute;s evidente ese rasgo de "contenci&oacute;n del golpe" al que se refiere Alberto Luis Ponzo, pues &iquest;qu&eacute; son las nubes sino aquello que alivia la ca&iacute;da de nuestra mirada, poniendo en mitad del espacio vac&iacute;o una mano salvadora?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Puede decirse, pues, que toda la obra de Porchia es un poner atenci&oacute;n a los l&iacute;mites que, aun evanescentes, nos protegen del sinsentido. Como buen jardinero, sabe que un jard&iacute;n siempre est&aacute; en duda: si se extralimita, el exterior lo borra; si se queda est&aacute;tico, se envilece. El jard&iacute;n debe defender su individualidad, pero sin cerrarse. "Si quieres que las flores de tu jard&iacute;n no mueran, abre tu jard&iacute;n", reza, justamente, una de sus "voces". Abrir, enlazar, profundizar: las tareas de un buen jardinero no son muy diferentes de las de un buen aforista o de un buen poeta. Hay que abrir la frase para que el sentido no se pudra, y abrir significa poner en relaci&oacute;n y formar contig&uuml;idades. La jardiner&iacute;a, como la escritura, es un arte de estrechar v&iacute;nculos. Porchia quisiera hallar la medida de la vinculaci&oacute;n perfecta, y por eso se lamenta, casi la &uacute;nica vez que se lamenta de algo: "&iexcl;Ah, si pudiera dejar todo como est&aacute;, sin mover ni una estrella, ni una nube. &iexcl;Ah, si pudiera!". Es el reclamo, en el fondo, de todo jardinero, que tiende a ver su jard&iacute;n como un espejo del universo y se pregunta si no ser&aacute; posible sujetar, al igual que sus flores, las nubes y las estrellas; m&aacute;s a&uacute;n: si no es eso, justamente, lo que ha intentado hacer a trav&eacute;s de su jard&iacute;n, y la conciencia de no poder lograrlo se revierte sobre el jard&iacute;n mismo, que se muestra tan indomable y profundo como el universo y perpetuamente inacabado como una frase. La escritura, entonces, que parec&iacute;a el jard&iacute;n supremo, capaz de dar todas las respuestas a nuestras inquietudes, se muestra m&aacute;s evanescente que las mismas nubes y menos confiable que la flor m&aacute;s ef&iacute;mera: "Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo". Recordemos, una vez m&aacute;s, el biling&uuml;ismo de Porchia. Adaptarse a otra lengua nos enfrenta a la dureza y extra&ntilde;eza del lenguaje, junto con la sospecha de que las palabras, en lugar de acercarnos, nos dejan fuera de lo esencial. Quiz&aacute; s&oacute;lo alguien que no lleg&oacute; nunca a reconocer totalmente como propio el idioma en que se expresaba, pudo escribir: "He llegado a un paso de todo. Y aqu&iacute; me quedo, lejos de todo, un paso". &iexcl;Llegar a un solo paso de la meta, haciendo de un solo paso la mayor distancia imaginable! En cierto modo Porchia hizo de ese paso faltante, de esa inminencia perpetua, de esa ridiculez metaf&iacute;sica, la raz&oacute;n de su vida y el n&uacute;cleo de su po&eacute;tica. Fue el hombre que siempre estuvo un paso atr&aacute;s de donde se le permit&iacute;a estar, no por timidez o por pusilanimidad, sino porque cre&iacute;a que era la &uacute;nica manera humana de convivir con los otros. Una "voz" como &eacute;sta lo pinta de cuerpo entero: "Donde hay una peque&ntilde;a l&aacute;mpara encendida, no enciendo la m&iacute;a". Es una de las frases m&aacute;s delicadamente humanas que se han escrito y retrata la frugalidad de Porchia, su quietismo, su don de renuncia, su saber conformarse con lo que la vida le dio y, en especial, su capacidad de <i>hacer lugar,</i> quiz&aacute; su don m&aacute;s alto. Es probable que sus vicisitudes de inmigrante lo educaron a esto, pues quien emigra busca su lugar en la nueva realidad que lo rodea y procura hacerlo del modo m&aacute;s natural que puede, para ser tomado justamente como un natural y no como un extra&ntilde;o; as&iacute;, todo lo que ocupa un lugar ha tomado el lugar que otro le ha cedido, y los advenedizos y los carentes de lugar lo saben mejor que nadie. Guiado por ese sentimiento de transitoriedad y migraci&oacute;n que nunca lo abandon&oacute;, Porchia pudo escribir: "Las certidumbres s&oacute;lo se alcanzan con los pies", y pudo haber escrito, al calor de esta afirmaci&oacute;n, que la escritura que adolece de pies no es escritura; que la escritura que es puras manos, es falsa, porque las manos escriben lo que los pies les dictan. As&iacute;, al menos, escribi&oacute; &eacute;l, supliendo con los pies, con el peso de lo vivido, su insuficiente manipulaci&oacute;n de un idioma que aprendi&oacute; tarde. Escribi&oacute; doblemente de prestado: en un idioma que nunca fue del todo suyo y en un g&eacute;nero, el aforismo, en el cual se abdica de la propia voz para que su brevedad perdure. As&iacute;, cuando afirma: "El sol ilumina la noche, no la convierte en luz", no hace m&aacute;s que elevar a un plan metaf&iacute;sico esta condici&oacute;n de pr&eacute;stamo o de simulacro, al recordarnos que lo que llamamos d&iacute;a es apenas una noche iluminada, o sea, una d&aacute;diva moment&aacute;nea. Carentes de luz propia y de atributos fijos, de cualidades esenciales y de un rostro duradero, somos tan s&oacute;lo el camino sembrado de nuestras ca&iacute;das, despu&eacute;s de cada una de las cuales, tirados en el suelo, nos decimos que todo est&aacute; bien y que no podr&iacute;a estar mejor, como esos <i>clowns</i> de circo del que Antonio Porchia fue un &eacute;mulo involuntario, capaz como fue de transformarse en cada una de sus m&aacute;scaras, de darse por entero en cada uno de sus rostros y de agotarse en cada una de sus "voces".</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>REFERENCIAS</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">CERRATO, Laura, "Prefacio" a Antonio Porchia, en <i>Voces abandonadas,</i> Valencia, Pre&#45;Textos, 1992.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219439&pid=S0185-3082200800020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">DOBRY, Edgardo, "En el espejo de Alejandra Pizarnik", en <i>Orfeo en el quiosco de los diarios,</i> Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2007.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219441&pid=S0185-3082200800020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">DUJOVNE ORTIZ, Alicia, "Antonio Porchia: 'Voces' del silencio", nota aparecida en <i>Clar&iacute;n,</i> Buenos Aires, 8 de noviembre de 1973.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219443&pid=S0185-3082200800020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">FOFFANI, Enrique, "Las <i>Voces</i> de Porchia entre lo breve y lo fragmentario" (in&eacute;dito).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219445&pid=S0185-3082200800020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">PONZO, Alberto Luis, <i>Antonio Porchia, el poeta del sobresalto,</i> Buenos Aires, Epsilon, 1979.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219447&pid=S0185-3082200800020000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">PORCHIA, Antonio, <i>Voces reunidas,</i> Daniel Gonz&aacute;lez Due&ntilde;as y Alejandro Toledo con la colaboraci&oacute;n de &Aacute;ngel Ros (ed., pr&oacute;l., tabla de variantes, anexo y ep&iacute;logo), Valencia, Pre&#45;Textos, 2006.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=219449&pid=S0185-3082200800020000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="notas"></a><b>Notas</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> En especial en su "Prefacio" a <i>Voces abandonadas.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> As&iacute; opinaba uno de sus amigos, el escultor L&iacute;bero Badii. Ver Dujovne Ortiz, "Antonio Porchia".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Utilizo la edici&oacute;n de <i>Voces reunidas</i> de Daniel Gonz&aacute;lez Due&ntilde;as y Alejandro Toledo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Con este mismo esp&iacute;ritu de escansi&oacute;n, podr&iacute;amos decir de supresi&oacute;n de grumos, le&iacute;a Porchia sus "voces", como puede comprobarlo cualquiera que escuche el disco compacto que acompa&ntilde;a la edici&oacute;n de Pre&#45;Textos de las <i>Voces reunidas.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> "Las <i>Voces</i> de Porchia entre lo breve y lo fragmentario".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> "No, no entro. Porque si entro no hay nadie" (79); "S&iacute;, me apartar&eacute;. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti" (81); "S&iacute;, est&aacute;n equivocados, porque no saben..." (30<sub>7</sub>.</font></p>  	     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> "Y si no puedo    decirte nada sin lo que yo me digo..." (46); "Y si llegaras a hombre... " (60);    "Y seguir&eacute; navegando por mares ajenos..." (95), etc&eacute;tera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> Alberto Luis Ponzo, <i>Antonio Porchia, el poeta del sobresalto,</i> 63.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> En su brillante y ya citado art&iacute;culo rememorativo, Alicia Dujovne Ortiz se ha referido a Porchia como un "meridional tocado por la Gracia y por la ridiculez, verdadero y teatral, cierto como un santo y, como un santo, absurdo, fuera del tiempo &#91;...&#93; la verdad de Porchia est&aacute; acreditada precisamente por esa continua oscilaci&oacute;n al borde de la perogrullada, por ese riesgo de lo rid&iacute;culo que acompa&ntilde;a cada 'voz', cada acci&oacute;n de su vida".</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Fabio Morabito</b>. Investigador del Centro de Po&eacute;tica del Instituto de Investigaciones Filol&oacute;gicas. Es profesor desde hace varios a&ntilde;os en la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la UNAM, donde imparte los Seminarios de Traducci&oacute;n III y IV en el colegio de Letras Modernas. Es autor de dos libros de ensayos: <i>El viaje y la enfermedad y Los pastores sin ovejas.</i> Asimismo, tradujo la poes&iacute;a completa de Eugenio Montale (editado por Galaxia Gutenberg). Adem&aacute;s de sus numerosos trabajos acad&eacute;micos, tiene una reconocida producci&oacute;n de obra po&eacute;tica y narrativa, por la que ha recibido m&uacute;ltiples galardones (entre ellos el Premio Carlos Pellicer, el Premio Aguascalientes y el Premio Antonin Artaud). Varios de sus libros han sido traducidos al alem&aacute;n, al ingl&eacute;s, al franc&eacute;s, al portugu&eacute;s y al italiano.</font></p>      ]]></body><back>
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