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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as y notas bibliogr&aacute;ficas</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Veyne, Paul, <i>Sexo y poder en Roma,</i> pr&oacute;logo de Lucien Jerphagnon, traducci&oacute;n de Mar&iacute;a Jos&eacute; Furi&oacute;</b></font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Paula L&oacute;pez Cruz</b></font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Barcelona / Buenos Aires / M&eacute;xico, Paid&oacute;s, 2010, 171 pp.</b></font></p>              <p align="right"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recepci&oacute;n: 24 de noviembre de 2011.    <br>     Aceptaci&oacute;n: 5 de diciembre de 2011.</font></p>              ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Palabras clave</b>: Roma, religi&oacute;n, pol&iacute;tica, gladiadores, sexualidad, matrimonio, derecho romano.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Keywords</b>: Roma, religion, politics, gladiators, sexuality, marriage, Roman law.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es un libro ameno, breve y, sobre todo, muy aleccionador en torno a diversos temas sobre Roma y los romanos como su concepci&oacute;n de los dioses, sus relaciones de pareja, los gladiadores, el evergetismo, el suicidio, la corrupci&oacute;n, la homosexualidad, entre otros muchos; temas tan variados que, no obstante, logran dar una imagen clara de lo que fue la civilizaci&oacute;n romana: "que no es sino la civilizaci&oacute;n griega en lengua latina" (p. 29 ), explica Veyne. El libro re&uacute;ne siete entrevitas y ocho art&iacute;culos publicados en las revistas <i>L&rsquo;Histoire</i> y <i>Les Collections de L&rsquo;Histoire</i> entre los a&ntilde;os 1978 y 2004<i>.</i> Lo comprenden cuatro cap&iacute;tulos: 1. &iquest;Qu&eacute; es ser romano?, 2. Dinero y pol&iacute;tica, 3. La muerte como espect&aacute;culo, y 4. La pareja y la sexualidad en Roma.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En todo el libro, P. Veyne aborda m&aacute;s temas de los que la simple lectura del &iacute;ndice puede sugerir al lector. Voy a esbozar algunos de ellos destacando aquello que normalmente no tenemos en mente cuando estudiamos a los romanos. Por ejemplo, al referirnos a Cicer&oacute;n, pensamos en &eacute;l como pol&iacute;tico, como abogado, como el hombre que amaba la filosof&iacute;a, pero nunca imaginamos al Cicer&oacute;n empresario, que " &lsquo;jugaba en la Bolsa&rsquo; con la compraventa de gladiadores" (p. 102), o recibiendo besos de su esclavo y secretario (p. 153); tampoco, al poeta Horacio o al fil&oacute;sofo S&eacute;neca entre los espectadores de un combate de gladiadores (p. 103).</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "Los paganos y sus dioses", el autor explica, entre otras cuestiones, por qu&eacute; fue posible que los reyes helen&iacute;sticos y los emperadores romanos fueran divinizados. Para ello, P. Veyne propone:</font></p>              <blockquote>             <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dibujemos en la pizarra un c&iacute;rculo, que representar&aacute; el mundo seg&uacute;n el cristianismo: en funci&oacute;n de su importancia, el hombre ser&aacute; la mitad del mismo. &iquest;Y Dios? &Eacute;l es tan superior y tan sublime que permanecer&aacute; muy por encima de la pizarra. Nos limitaremos a hacer que de ese c&iacute;rculo parta una flecha hacia arriba, y al lado escribiremos el signo del infinito. Pasemos ahora al mundo seg&uacute;n lo entiende el paganismo: dibujamos un cuadrado dividido en cuatro franjas horizontales, una especie de escalera de cuatro escalones. La franja inferior corresponder&aacute; al mundo inanimado, o m&aacute;s bien inm&oacute;vil: piedras y plantas. El escal&oacute;n de encima ser&aacute; para los animales; el pen&uacute;ltimo escal&oacute;n ser&aacute; para los hombres y el superior para los dioses. Consecuencia: el paso de los dioses a los hombres es una simple cuesti&oacute;n de grado. Para convertirse en dios no es preciso alejarse mucho de este mundo, pues los dioses se encuentran apenas por encima de los hombres en la escala de los habitantes del Universo. Podemos afirmar leg&iacute;timamente que un dios no es nada m&aacute;s que un superhombre" (p. 51).</font></p>     </blockquote>              ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algunos hombres como Epicuro fueron llamados "divinos", porque eran superiores al com&uacute;n de la gente. As&iacute; pues, "el adjetivo <i>divinus</i> acompa&ntilde;ado por un &lsquo;de alguna manera&rsquo; o cualquier otro correctivo, quer&iacute;a decir &lsquo;genial&rsquo;, &lsquo;superior&rsquo;, sin ning&uacute;n matiz sagrado" (pp. 51&#45;52).</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para los romanos, todos los dioses eran verdaderos, tanto los propios como los extranjeros; pod&iacute;an ser los mismos dioses, pero con otros nombres: J&uacute;piter era el Zeus griego, el Taranis galo, el Iao hebreo, o pod&iacute;an ser dioses desconocidos. S&oacute;lo se resistieron a aceptar a los dioses con cuerpo de animal que se veneraban en Egipto, por considerar rid&iacute;cula esta creencia. "Los jud&iacute;os y los cristianos no escandalizaban a los dem&aacute;s porque tuvieran a sus propios dioses, sino porque ellos negaban, o m&aacute;s bien despreciaban, a los dioses de todo el mundo" (p. 47).</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la pregunta de por qu&eacute; cambiaron de religi&oacute;n los romanos, P. Veyne responde (entre otras cosas): "El cristianismo pose&iacute;a una cualidad particular: me parece que posee una riqueza intelectual y afectiva muy superior al paganismo" (p. 21). No obstante esta afirmaci&oacute;n, en varios lugares del libro el autor manifiesta que su agrado por el paganismo radica en "su religi&oacute;n sin Iglesia". Se abr&iacute;a un templo como se abre ahora un negocio.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "El Imperio romano era una mafia", el autor trata el tema del derecho romano. Se&ntilde;ala que, aunque los romanos son reconocidos como los inventores del derecho, no hay que olvidar que para ellos &eacute;ste fue "una acumulaci&oacute;n de jurisprudencias". Lo m&aacute;s destacable fue la reglamentaci&oacute;n de los procesos; en cualquier parte del Imperio se aplicaban escrupulosamente de la misma manera: "el suministro de las piezas del proceso, la citaci&oacute;n de los testigos, el sitio que las distintas partes ocupaban en el pretorio" (p. 70); todo era id&eacute;ntico.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La justicia s&oacute;lo se ejerc&iacute;a cuando el quejoso pudiera presentar en persona al delincuente. El magistrado se limitaba a pasar el caso a un jurado que era quien decid&iacute;a "sobre qu&eacute; deb&iacute;a deliberar y qu&eacute; tipo de sentencia deb&iacute;a emitir" (p. 71). La ejecuci&oacute;n de la sentencia corr&iacute;a por cuenta del afectado, que pod&iacute;a encerrar al condenado en la c&aacute;rcel que tuviera en su casa y esclavizarlo hasta que cubriera con trabajo el equivalente se&ntilde;alado en la sentencia.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"El Imperio romano, atrev&aacute;monos a decirlo, ten&iacute;a la estructura de una mafia" (p. 72). Hay testimonios, dice P. Veyne, de que los hombres poderosos se adue&ntilde;aban de las tierras de sus vecinos pobres; &eacute;stos no pod&iacute;an defenderse a no ser que, como clientes, estuvieran bajo la protecci&oacute;n de propietarios mayores que, a su vez, "contaban con la protecci&oacute;n de otros m&aacute;s poderosos", y todos &eacute;stos se encontraban bajo el control del gobernador romano. Entre los notables hab&iacute;a un "c&oacute;digo de honor" que deb&iacute;a ser respetado para conservar el equilibrio de su casta.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">P. Veyne relata algunas costumbres folcl&oacute;ricas de los romanos en el art&iacute;culo "La obscenidad y el &lsquo;folclore&rsquo; entre los romanos". &Eacute;stos acostumbraron enterrar a sus muertos a la salida de la ciudad, para que los viajeros pudieran leer los epitafios. "Cuando alguien le&iacute;a en una tumba: 'Detente, viajero, y conoce cu&aacute;l fue mi sombr&iacute;o destino &#91;...&#93; Ahora, &iexcl;adi&oacute;s y buen viaje!', no se trataba de una convenci&oacute;n literaria" (p. 76). Hay testimonios que demuestran que cuando un romano deseaba leer, iba a la salida de la ciudad a leer las inscripciones de las tumbas. Un rasgo sorprendente de los epitafios fue la "brutalidad con que el difunto" se&ntilde;alaba p&uacute;blicamente a aquellos de quienes ten&iacute;a una queja. Por ejemplo, "un padre hac&iacute;a saber a todos que hab&iacute;a desheredado a su hija por indigna; una madre atribu&iacute;a la muerte de su beb&eacute; a una envenenadora" (p. 76).</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra costumbre fue el uso de palabras y gestos obscenos como "armas defensivas contra cualquier amenaza". Por ello, los romanos sol&iacute;an levantar en sus jardines estatuillas de madera de Pr&iacute;apo para protegerse de la envidia.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">P. Veyne dice que los romanos ten&iacute;an la man&iacute;a de los procesos para disputarse herencias y patrimonios. Cuando una persona ve&iacute;a frustrada su esperanza de heredar alguna propiedad, sol&iacute;a denunciar, con el menor pretexto, al heredero m&aacute;s afortunado, ya que cualquier irregularidad de un testamento, por peque&ntilde;a que fuera, "entra&ntilde;aba la confiscaci&oacute;n de la sucesi&oacute;n en favor del emperador, con una recompensa sustanciosa para el denunciante".</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Menciono s&oacute;lo otra costumbre m&aacute;s: los j&oacute;venes de la nobleza sal&iacute;an, por las noches, a vapulear a los transe&uacute;ntes que se encontraran. &iexcl;Era una tradici&oacute;n! "Las damas de la buena sociedad gozaban de un privilegio comparable, aunque m&aacute;s amable: el de realizar placenteras expediciones nocturnas y hacer mofa de todo lo respetable" (p. 86).</font></p>              ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">P. Veyne trata el tema de los gladiadores en "Los gladiadores, artistas malditos" y en "Los gladiadores o la muerte como espect&aacute;culo". Las competiciones en Roma fueron espect&aacute;culos, y los gladiadores no eran delincuentes a quienes se les obligaba a luchar, sino voluntarios. Los bajorrelieves encontrados por los arque&oacute;logos demuestran que el presidente del espect&aacute;culo daba la orden de degollar o perdonarle la vida al gladiador derrotado, "seg&uacute;n los espectadores reclamasen con sus gritos la muerte o no del desdichado" (p. 96). Lo sorprendente es que el gladiador derrotado no estaba herido, o apenas lo estaba. El combate se decid&iacute;a por el cansancio o el des&aacute;nimo; entonces, el gladiador que se consideraba inferior levantaba el dedo &iacute;ndice como se&ntilde;al de derrota. El momento supremo era la decisi&oacute;n soberana del p&uacute;blico sobre su vida: "lo apasionante era ver el rostro de ese hombre que esperaba, y luego la cara cuando lo degollaban, pues precisamente el honor profesional de los gladiadores resid&iacute;a en permanecer imp&aacute;vidos en esos instantes, que eran los momentos inolvidables del combate" (p. 98). Estos espect&aacute;culos eran ofrecidos por hombres ricos que deseaban hacer carrera pol&iacute;tica y que compraban gladiadores o los alquilaban. En cualquier caso, cada gladiador muerto era dinero perdido, pero era el precio que ten&iacute;an que pagar para tener mayor popularidad entre sus conciudadanos.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s sorprendente a&uacute;n era que muchos hombres, de todas las clases (nobles, hombres libres y esclavos), se decid&iacute;an por "la carrera de gladiador" para ser famosos. Seg&uacute;n P. Veyne, lo llegaron a ser tanto como el futbolista Pel&eacute; o el piloto Fangio. Y como &eacute;stos, aqu&eacute;llos tambi&eacute;n ganaban much&iacute;simo dinero: despu&eacute;s de cada combate se arrojaba al vencedor una bolsa llena de monedas de oro. Basado en el libro del arque&oacute;logo Georges Ville, P. Veyne explica que este espect&aacute;culo fue la evoluci&oacute;n de los duelos improvisados que se hac&iacute;an durante el entierro de alg&uacute;n personaje importante; luego se empezaron a alquilar gladiadores que iban de funeral en funeral para representar estos duelos. M&aacute;s tarde, el fest&iacute;n f&uacute;nebre se empez&oacute; a retrasar para cuando conven&iacute;a: durante una campa&ntilde;a electoral.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "Los gladiadores, artistas malditos", el autor dice que tambi&eacute;n fue la pol&iacute;tica la que acab&oacute; con estas luchas. As&iacute; lo explica: "En los a&ntilde;os 300 surgi&oacute; un nuevo clima pol&iacute;tico, muy distinto del paganismo y bastante cercano al de la Edad Media y de nuestro Antiguo R&eacute;gimen, un clima en el que el soberano se convirti&oacute; en padre de su pueblo" (pp. 111&#45;112). Pero en "Los gladiadores o la muerte como espect&aacute;culo" su explicaci&oacute;n es un poco diferente: estos combates desaparecieron lentamente, pues "los &uacute;ltimos combates documentados se celebraron despu&eacute;s del a&ntilde;o 410" (p. 121) y poco despu&eacute;s, los te&oacute;logos los prohibieron para hacer respetar el mandamiento de "No matar&aacute;s".</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la cuarta parte del libro, "La pareja y la sexualidad en Roma", aborda temas como el matrimonio, el aborto, la homosexualidad y la virilidad. Sobre el matrimonio, P. Veyne se&ntilde;ala que el romano sol&iacute;a casarse para aumentar su riqueza con la dote de la esposa y para cumplir con su deber como ciudadano a fin de procrear hijos leg&iacute;timos que perpetuar&iacute;an el cuerpo civil. En el siglo i d. C., no se sabe c&oacute;mo sucedi&oacute; este cambio, el romano, "si quer&iacute;a vivir de acuerdo con su tiempo, deb&iacute;a considerarse un buen marido y respetar oficialmente a su mujer" (p. 131). En esta nueva manera de concebir el matrimonio, a la que P. Veyne llama "la segunda moral", la mujer se convirti&oacute; en la compa&ntilde;era de toda la vida, y aunque elevada al rango de los amigos inferiores, se la segu&iacute;a considerando una mujer&#45;ni&ntilde;a obediente de su marido. No obstante, es probable que en los hechos s&oacute;lo haya cambiado el estilo que los hombres usaban cuando se dirig&iacute;an a sus esposas.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sobre el aborto, P. Veyne explica que en la antig&uuml;edad pagana no se consider&oacute; un crimen o delito abortar, porque el feto no era visto como un ser humano. No obstante, esta pr&aacute;ctica no estaba muy extendida por el riesgo de muerte; s&iacute;, en cambio, se practicaba la "contracepci&oacute;n", el infanticidio de los hijos de los esclavos y el abandono de beb&eacute;s, hijos de hombres libres que contaban con ese derecho para no matarlos. Tambi&eacute;n se recurr&iacute;a a la exposici&oacute;n de ni&ntilde;os como una forma de protesta pol&iacute;tica.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los &uacute;ltimos dos art&iacute;culos del libro, "La homosexualidad en Roma" y "Elogio de la virilidad", est&aacute;n dedicados a la sexualidad en la antig&uuml;edad grecorromana. Los ciudadanos romanos pod&iacute;an inclinarse libremente por las mujeres o por los hombres. Dos cosas eran verdaderamente importantes: primero, respetar a las mujeres casadas, a las v&iacute;rgenes y a los adolescentes de condici&oacute;n libre, y segundo, la actitud que el hombre libre deb&iacute;a adoptar ante el acto sexual, pues deb&iacute;a obtener placer activamente. El hombre libre que era pasivo era tildado de <i>impudicus,</i> y la impudicia en un hombre libre era una infamia. P. Veyne apunta que en las sociedades antiguas se odiaba a los blandengues.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antes de terminar, he de hacer una advertencia al lector sobre una errata. En la p&aacute;gina 22 se lee: "Un magistrado romano... iba precedido por seis l&eacute;ctores portando los famosos fasces", debe decir: "seis lictores".</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la parte final del libro, el autor proporciona una bibliograf&iacute;a comentada por temas y un &iacute;ndice de nombres.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>INFORMACI&Oacute;N DEL AUTOR:</b></font></p>          ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Paula L&oacute;pez Cruz</b>, maestra en Letras Cl&aacute;sicas por la UNAM, donde actualmente realiza sus tesis de doctorado sobre la <i>Historia de Roma</i> de Tito Livio, es estudiosa de la historia de la Roma arcaica y de la ret&oacute;rica grecolatina.</font></p>      ]]></body>
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