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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Opinión pública y censura en Nueva España: Indicios de un silencio imposible (1767-1794)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Gabriel Torres Puga, <i>Opini&oacute;n p&uacute;blica y censura en Nueva Espa&ntilde;a. Indicios de un silencio imposible (1767&#45;1794)</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Mar&iacute;a del Carmen V&aacute;zquez Mantec&oacute;n</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, El Colegio de M&eacute;xico, 2010, 594 p.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pocas veces suceden libros de historia que conjuguen paciente investigaci&oacute;n, novedosas interpretaciones y un estilo agradable. Este que ahora rese&ntilde;o es, sin duda, uno de ellos. Su autor se preocupa en &eacute;l por la relaci&oacute;n que mantuvo el Estado con el p&uacute;blico y con lo p&uacute;blico; por la calidad de la censura y por la manera que el vulgo encontr&oacute; para manifestar su opini&oacute;n sobre distintos sucesos, a pesar de las &oacute;rdenes que prohib&iacute;an hacerlo. Sus principales tem&aacute;ticas se tratan en tres grandes partes: la primera est&aacute; dedicada al &aacute;lgido asunto de la expulsi&oacute;n de los jesuitas en 1767 y a la furibunda actividad de la cuarteta Croix, G&aacute;lvez,
Lorenzana y Fabi&aacute;n y Fuero, que aunque unieron sus fuerzas para desarticular a los agitadores o l&iacute;deres m&aacute;s notorios de la oposici&oacute;n a esos mandatos, se vieron rebasados por algo que era m&aacute;s complejo y m&aacute;s dif&iacute;cil de controlar. La segunda parte se refiere a la publicaci&oacute;n de todo tipo de impresos considerados sediciosos y al camino de su censura, y la tercera se destina al impacto de la Revoluci&oacute;n Francesa en la Nueva Espa&ntilde;a, desde el silencio impuesto sobre su noticia, hasta su efervescencia clandestina. Cada parte, a su vez, est&aacute; dividida en dos cap&iacute;tulos y estos en muchos apartados, donde se da a conocer una buena variedad de casos particulares. A lo largo del libro se delinean sus principales asuntos, que
le fueron revelados a su autor por una rica y copiosa documentaci&oacute;n primaria y secundaria, con la que armar&aacute; una importante interpretaci&oacute;n sobre el tema de su inter&eacute;s para los a&ntilde;os que corren entre 1767 y 1795. Ese per&iacute;odo contiene tres d&eacute;cadas muy nutridas de sucesos notables que dieron mucho de qu&eacute; hablar, ante los que el poder en turno, de manera a veces extremamente autoritaria, respondi&oacute; con una burocr&aacute;tica red de prohibiciones, controles, juicios y consecuentes castigos, que aqu&iacute; son estudiados con bastante acuciosidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El macro&#45;espacio corresponde b&aacute;sicamente al de la ciudad de M&eacute;xico, aunque tendremos la perspectiva de lo sucedido en algunas otras ciudades y poblaciones de la Nueva Espa&ntilde;a aludidas en algunos de los casos descritos. El micro&#45;espacio es el de las tertulias, las boticas, los teatros, los mercados, las plazas, los cosos de toros, el juego de pelota, las esquinas, los portales, los atrios, los pasillos, los caf&eacute;s y los billares. La forma de exposici&oacute;n es cronol&oacute;gica y no tem&aacute;tica, seg&uacute;n su autor, porque &eacute;l no estaba interesado en "encontrar la evoluci&oacute;n de un proceso de opini&oacute;n p&uacute;blica, ni &#91;en&#93; clasificar ideolog&iacute;as o corrientes de pensamiento
como intent&oacute; hacer varias d&eacute;cadas atr&aacute;s Jos&eacute; Miranda". Llama la atenci&oacute;n que la mayor&iacute;a de sus temas y asuntos particulares han sido bastante aludidos por otros historiadores (y en algunos casos atrayentes o discutibles, por varios de ellos), a pesar de lo cual Torres Puga los elige de nuevo para insertarlos en una perspectiva que intenta ser erudita y diferente, creando una versi&oacute;n que vale la pena conocer. El relato, como expres&eacute; m&aacute;s arriba, es fluido y est&aacute; narrado con buena pluma, aun cuando, a veces, se desv&iacute;e por las ramas de la discusi&oacute;n acad&eacute;mica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los temas de este libro son numerosos. Desde mi punto de vista se distinguen los que se refieren a las pr&aacute;cticas de lectura; los debates cient&iacute;ficos; el poder de los libelos y las im&aacute;genes subversivas; la efectividad de las s&aacute;tiras y los versos; el mensaje oculto de los sermones; el radio enorme de los rumores y sus distorsiones; la sinuosidad de los expedientes judiciales e inquisitoriales &#45;estos &uacute;ltimos se ver&aacute;n privilegiados en este libro&#45;; el peso de los testigos y la calidad buena o mala de su palabra (incluidas sus lealtades y deslealtades); el &aacute;mbito enorme de los libros prohibidos; el miedo por parte del poder a las palabras del p&uacute;blico; la reacci&oacute;n de este a partir
de la censura y sus consecuencias; las redes de lectores; la recepci&oacute;n de lo le&iacute;do; el libre discernimiento con respecto a la lectura de libros prohibidos; los l&iacute;mites de la censura; el reconocimiento del gusto por la lectura; las influencias de los que s&iacute; pod&iacute;an leer libros censurados; el lenguaje de la censura; la censura de la Corona y la censura de la gente entre s&iacute;; el p&uacute;blico en tanto clientela y sus espacios p&uacute;blicos y privados; el poder de lo transmitido de boca a boca; los asuntos que se salen de cauce; las denuncias por venganza o por mojigater&iacute;a; la variable percepci&oacute;n del peligro de hablar; la conciencia del gobierno de su vulnerabilidad; el lenguaje y las pr&aacute;cticas de los abogados y los fiscales; las prohibiciones
pol&iacute;ticas y las prohibiciones de fe; y entre otros muchos t&oacute;picos, el de las copias manuscritas de los escritos subrepticios, algunas de ellas de enorme volumen.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El autor sostiene, a partir de una abundante documentaci&oacute;n que se resguarda en acervos mexicanos y espa&ntilde;oles (alguna de ella novedosa), que existieron pr&aacute;cticas de opini&oacute;n que no se ce&ntilde;&iacute;an al &aacute;mbito privado y que llegaron hasta formar redes de informaci&oacute;n y de comunicaci&oacute;n, aunque los que participaron en ellas no percibieran su magnitud. Torres Puga reconstruye algunas de esas redes de circulaci&oacute;n clandestina y concluye al respecto que el p&uacute;blico novohispano ten&iacute;a su propia y nada sumisa voz y que a pesar de las prohibiciones, mucha gente se las ingeni&oacute; para dar su punto de vista y reforzar sus criterios con escritos seductores que circularon p&uacute;blicamente.
El valor del an&aacute;lisis de los casos que trae a cuento en todo el libro, aunque radica en demostrar la existencia de una importante opini&oacute;n p&uacute;blica &#45;en tanto fen&oacute;meno de informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n&#45; que se convirti&oacute; en una fuerte amenaza a la aparente tranquila vida pol&iacute;tica novohispana, tambi&eacute;n radica en que nos revela personas y personajes &#45;hombres y mujeres&#45; con sus propios problemas y singularidad, que nos permiten recrear variados estratos sociales, incluida su mentalidad. En el libro que rese&ntilde;o accedemos a diferentes escenas e imaginarios de la vida cotidiana de la Nueva Espa&ntilde;a &#45;aunque su autor no lo mencione en sus preocupaciones te&oacute;ricas&#45; a trav&eacute;s de una variad&iacute;sima
gama de personajes individuales y colectivos que decidieron actuar de una u otra forma en contra de decisiones autoritarias impuestas por decreto.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Presenta en sus p&aacute;ginas introductorias un sugerente y adecuado "estado de la cuesti&oacute;n" (trae a cuento a los historiadores y te&oacute;ricos sociales que han reflexionado en los temas de su inter&eacute;s), que resulta un buen ejemplo de lo que se debe hacer para preparar una correcta tesis doctoral, que es el origen de este libro y de la que no pudo desprenderse del todo. Sin quitarle valor a esa discusi&oacute;n te&oacute;rica que puede resultar interesante para alg&uacute;n p&uacute;blico al que le gusten las controversias,<sup><a href="#nota">1</a></sup> me parece poco apetecible para el lector que prefiere entrar directamente en materia. De hecho, en cada una de las partes en las que divide su relato vuelve a traer a cuento
a los autores que han trabajado antes que &eacute;l los mismos asuntos y conocemos ah&iacute; su punto de vista hacia los que admira o les reconoce autoridad acad&eacute;mica, con los que est&aacute; de acuerdo, con los que polemiza e incluso a los que descalifica. Su cr&iacute;tica a algunos de estos &uacute;ltimos, que parece ser generacional, sea tal vez un poco exagerada. A Gabriel le da comez&oacute;n, por ejemplo, cuando se habla de "influencias ideol&oacute;gicas" y prefiere usar los parad&oacute;jicos t&eacute;rminos de "compleja inserci&oacute;n" (V&eacute;ase p. 35) o, por citar otro caso, critica a Monelisa P&eacute;rez Merchand por haber dicho en su libro <i>Dos etapas ideol&oacute;gicas del siglo</i> <i>XVIII,</i> que en el asunto de censura y revisi&oacute;n de libros los inquisidores
estaban "completamente rebasad&#91;o&#93;s", para afirmar pocas p&aacute;ginas despu&eacute;s en uno de los casos de censura que relata, que "la Inquisici&oacute;n mostr&oacute; a un mismo tiempo su eficacia para detectar y su incapacidad para solucionar un fen&oacute;meno que por el momento la rebasaba &#91;<i>sic</i>&#93;: la circulaci&oacute;n de libros... vinculada con la actividad comercial" (V&eacute;anse p. 235 y 243).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un asunto sugerente para comentar en estas p&aacute;ginas, es el de las ediciones de una "estampa de San Josafat" que fue declarada subversiva. Se trata de un tema que ha sido estudiado muchas veces, y aparece de nuevo en este libro, gracias a unos documentos que su autor localiz&oacute; en la Academia de la Historia de Madrid y que cotej&oacute; cuidadosamente con los procesos inquisitoriales pertinentes. Ofrece, adem&aacute;s de reconstruir el caso, una interesante colecci&oacute;n de las im&aacute;genes de San Josafat (as&iacute; lo llaman en Nueva Espa&ntilde;a aunque en ese tiempo s&oacute;lo era beato) que estuvieron en juego en aqu&eacute;l proceso judicial y, entre otras cosas, encuentra que la leyenda que motiv&oacute; el esc&aacute;ndalo
y sol&iacute;a acompa&ntilde;ar a la figura del santo, por lo menos desde los &uacute;ltimos cuatro decenios del siglo XVIII, pod&iacute;a leerse en un compendio sobre la vida de San Ignacio de Loyola, sin algunas palabras incendiarias pero m&aacute;s o menos similar. En este asunto sigue habiendo, sin embargo, cabos sueltos a la vez que nuevos datos que se suman al valioso camino de recuento e interpretaci&oacute;n emprendido por el autor de este libro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El argumento de la leyenda perseguida era: "San Josaphat arzobispo de Polonia, m&aacute;rtir por la obediencia al Papa, dec&iacute;a que lo eran suyos los malquerientes de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s, los ten&iacute;a por sospechosos en el catolicismo y los miraba como r&eacute;probos". El contenido en cuanto a las im&aacute;genes representaba a Josafat m&aacute;rtir (con una alabarda clavada en la cabeza), al papa en el costado inferior izquierdo (en este caso Juan XVIII que estaba en activo cuando sucedi&oacute; el martirio de Josafat) y en el costado inferior derecho a un jesuita, mientras el mensaje simb&oacute;lico alud&iacute;a a que hab&iacute;a sido martirizado por ser un amigo fiel del papa y de los jesuitas. Por el amplio
tiraje de las distintas impresiones (tres de ellas tuvieron lugar precisamente en los meses posteriores a la expulsi&oacute;n) y por el contenido de su leyenda, es comprensible que esa imagen fuera perseguida &#45;no el culto al santo&#45; ante el silencio impuesto. La &uacute;ltima de las versiones, por ejemplo, fue encargada y pagada por una aparentemente devota se&ntilde;ora de nombre Manuela de Cand&iacute;a (no s&eacute; por qu&eacute; el autor la llama "beata"), que, seg&uacute;n dijo en su proceso judicial, se preocup&oacute; porque la tinta usada fuera de color encarnado porque ese le agradaba m&aacute;s, estampa que luego ella repart&iacute;a, como lo hizo una ocasi&oacute;n a las puertas de un convento.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque Torres Puga nos presenta la imagen "antigua" sobre la que se hizo la primera reimpresi&oacute;n (que a su vez sirvi&oacute; de modelo a las tiradas posteriores), no menciona, por ejemplo, que Joseph Manuel de Estrada (el mercader criollo que encarg&oacute; a Jos&eacute; Mariano Navarro la primera de esas impresiones), escribi&oacute; al reverso del modelo lo siguiente: "Esta no me cuadra. Primero por la cara pueril de la Compa&ntilde;&iacute;a; Segundo, por lo mucho negro. Quiero mucho blanco en medio; Tercero por lo impropio de la rueda de molino... En fin una obra primorosa, no como &eacute;sta", dato dado a conocer por Kelly Donahue&#45;Wallace desde el a&ntilde;o de 2001.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Tampoco se interesar&aacute;
por la rueda de molino aludida y por su presencia como elemento iconogr&aacute;fico relacionado con el martirio. En cuanto a esta rueda, a los pies del santo que aparece sentado en una nube suspendida en el cielo, hay pintada una enorme rueda de molino que se desprende de sus pies y que muestra indicios de que estuvo atada con una cuerda que todav&iacute;a da vuelta alrededor de su cuello. No s&eacute; a qu&eacute; se referir&iacute;a Estrada al decir que era "impropia", pero s&iacute; es posible revisar los pocos relatos sobre la vida de Josafat Kuncevyk que mencionan que su martirio ocurrido en 1623, consisti&oacute; en haber sido atacado con una alabarda, luego en haber sido rematado con disparos de lombarda, y, finalmente, en haberse arrojado su cuerpo al r&iacute;o Duna con piedras atadas
a la cabeza y a los pies. Estas biograf&iacute;as nunca aluden a alguna enorme rueda de molino, cuando s&iacute; lo hacen, por ejemplo, para representar el martirio de otros santos como el de San Quirino, quien fue arrojado a un r&iacute;o, atada su garganta a una de ellas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es posible argumentar que el primer impresor no supiera a qu&eacute; se refer&iacute;a su patr&oacute;n con "lo impropio" de la rueda<sup><a href="#nota">3</a></sup> y que simplemente la cambi&oacute; de lugar porque su composici&oacute;n, sin bajar al santo de la nube, destacaba ahora que era desde la tierra (en lo que parece ser un templo) que el papa y los jesuitas honraban el martirio de san Josafat por la amistad y fidelidad que les tuvo. La leyenda que se agreg&oacute; en las siguientes impresiones aprovech&oacute; estas circunstancias para, de modo subversivo, llamar r&eacute;probos o enemigos al monarca y a sus corifeos que se ensa&ntilde;aron con una orden protegida por el papa, que para nada pasaba desapercibida en la Nueva Espa&ntilde;a
en donde jug&oacute; un papel muy influyente al tiempo que fue muy querida por el "respetable" con el que entr&oacute; en contacto. Con respecto a "la cara pueril de la Compa&ntilde;&iacute;a", es hasta la &uacute;ltima de las versiones (la que encarg&oacute; do&ntilde;a Manuela de Cand&iacute;a) donde el rostro del jesuita fue realmente virilizado. Como lo expres&oacute; verbalmente ella ante los inquisidores, en su encargo al impresor Manuel de Villavicencio le dio como base la estampa que imprimi&oacute; Navarro, a la que se hicieron algunas alteraciones como la que tuvo "la imagen de San Ignacio, porque la de Navarro m&aacute;s parece a mujer". <sup><a href="#nota">4</a></sup> Torres Puga dir&aacute; &#45;para por lo menos dos versiones de la estampa&#45; que se trata en efecto de una mujer,
cuando lo que fue se&ntilde;alado, primero, es que era pueril (infantil, ani&ntilde;ada, inocente) en uno de los modelos, y, segundo, que "parec&iacute;a mujer" en las dem&aacute;s versiones, donde da un poco cierto aire femenino su rostro regordete, aunque sin alterar la idea de que se trataba de un sacerdote de la Compa&ntilde;&iacute;a.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el ep&iacute;logo con el que Torres Puga cierra el tema de la imagen de San Josafat, nos informa que el mismo Joseph Manuel de Estrada (que mand&oacute; hacer la primera estampa con el lema que resultar&iacute;a subversivo), encarg&oacute; la pintura al &oacute;leo de dos lienzos. Uno de ellos representando a San Josafat del que nos ofrece la imagen (gracias a que se resguarda en la Pinacoteca de la Profesa) y el relato de que tambi&eacute;n esa imagen contuvo en su momento la leyenda pol&eacute;mica que le fue en parte borrada. Es notorio que en ese cuadro, aunque conserva la alabarda incrustada en la cabeza, ya no trae consigo la rueda de molino. Del otro lienzo que pintaba a San Juan Nepomuceno y a San Josafat, nos dice el autor de este
libro que actualmente est&aacute; perdido, y que podr&iacute;a tratarse del descrito por Bernardo Couto, quien lo vio en el Colegio de San Ildefonso al mediar el siglo XIX y atribuy&oacute; al pintor novohispano Jos&eacute; de Ibarra y al a&ntilde;o de1740. Si es que se trata de la misma imagen que encarg&oacute; Estrada como dice nuestro autor, tendr&iacute;amos que preguntarnos si realmente fue pintado en ese a&ntilde;o anotado por Couto (poco m&aacute;s de 20 a&ntilde;os antes del encargo) o si se trata de diferentes im&aacute;genes aunque con temas similares. En todo caso, con respecto a la genealog&iacute;a de las que vio Couto y que est&aacute;n perdidas, el investigador Jaime Cuadriello ha encontrado nuevos indicios sobre ese lienzo que alguna vez estuvo en <i>El Generalito.</i> Escribi&oacute;
recientemente, que ya desde 1778 el cronista Juan de Viera dej&oacute; testimonio en su <i>Breve y compendiosa narraci&oacute;n de la ciudad de M&eacute;xico</i> que en el sal&oacute;n general del Colegio de San Ildefonso hab&iacute;a un cuadro que representaba "el martirio de san Juan Nepomuceno y de otro santo, san Josafat, que tambi&eacute;n padeci&oacute; martirio arrojado a un r&iacute;o".<sup><a href="#nota">5</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuadriello cita tambi&eacute;n la opini&oacute;n de Bernardo Couto, y sostiene que si bien las pinturas fueron desmanteladas por el positivismo de Gabino Barreda al triunfo de la Rep&uacute;blica, ahora puede decir "con un gran grado de certeza que afortunadamente ha quedado un testimonio visual" en un par de laminitas de cobre &#45;que ofrece a todo color&#45; que representan cada una a los santos en cuesti&oacute;n (que compart&iacute;an haber sido arrojados a sendos r&iacute;os) pintados al &oacute;leo, con la alabarda hundida en la cabeza de san Josafat y sin rueda de molino, que aunque "sin fecha", son obras "factiblemente atribuibles al pincel de Jos&eacute; de Ibarra", quien los hizo como bocetos de aquellas pinturas murales ahora desaparecidas.<sup><a
href="#nota">6</a></sup> Adem&aacute;s de probar que Ibarra gustaba de hacer bosquejos de sus obras, encuentra que esas laminillas "est&aacute;n pensadas como composiciones de mayor aliento" por la amplitud y profundidad del paisaje y por el planteamiento de las figuras centrales y se&ntilde;ala por &uacute;ltimo que en el culto a ambos santos hab&iacute;a connotaciones pol&iacute;ticas, por lo que lleg&oacute; a ser, a partir de la expulsi&oacute;n en 1767, un importante mecanismo de protesta y recordaci&oacute;n.<sup><a href="#nota">7</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Son varios m&aacute;s los asuntos de este sugestivo libro sobre los que se antoja seguir indagando. Con otro de ellos cierro este comentario: se trata de la imagen que inserta en la p&aacute;gina 380 para documentar las significativas modificaciones al espacio urbano que emprendi&oacute; el virrey Revillagigedo, en relaci&oacute;n espec&iacute;ficamente con los festejos de los d&iacute;as y las noches del 27, 28 y 29 de diciembre de 1789 por la exaltaci&oacute;n al trono del monarca Carlos IV, presencia soberana, dice Torres Puga, que dicho virrey trat&oacute; de renovar. El primero de esos d&iacute;as sucedi&oacute; la inauguraci&oacute;n de tres tablados llenos de s&iacute;mbolos y alegor&iacute;as virtuosas y la de "una estatua ecuestre del
nuevo soberano", que es la que aparece en la imagen en cuesti&oacute;n, que retrata uno de los &aacute;ngulos de la Plaza Mayor, donde se encuentra la esquina norte del palacio virreinal que coincide con la propia esquina del Sagrario de la Catedral metropolitana, entre los cuales se coloc&oacute; la referida estatua. Esta l&aacute;mina, cuyo original se encuentra en el Museo Naval de Madrid, ya hab&iacute;a sido dada a conocer en el libro coordinado por Calder&oacute;n Quijano sobre los virreyes de la Nueva Espa&ntilde;a publicado en Sevilla en 1972. Adem&aacute;s de la imagen &#45;pintada por el italiano Fernando Brambila en 1791 durante su estancia en la capital novohispana d&iacute;as antes de unirse a la expedici&oacute;n de Malaspina en el puerto de Acapulco&#45; se cuenta con tres
testimonios m&aacute;s (citados tambi&eacute;n por Torres Puga) que prueban que, efectivamente, estuvo ah&iacute; esa estatua ecuestre: una carta an&oacute;nima fechada en enero de 1790, la noticia sobre los festejos que public&oacute; la <i>Gazeta de M&eacute;xico</i> el 12 de enero de ese a&ntilde;o, y lo que registr&oacute; en su diario el alabardero Jos&eacute; G&oacute;mez.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Seg&uacute;n cont&oacute; el autor de la carta, se trat&oacute; de una figura provisional costeada por el Gremio de Arquitectos de la ciudad, mientras se hac&iacute;a una de bronce,<sup><a href="#nota">8</a></sup> proyecto este &uacute;ltimo que, sin embargo, Revillagigedo no logr&oacute; concretar por entonces. Esa talla ef&iacute;mera, posiblemente elaborada con madera y yeso y de la que no se conoce el nombre de su dise&ntilde;ador ni mayores descripciones, estuvo primero en ese rinc&oacute;n de la Plaza rodeada por una rectangular verja de hierro y luego, al parecer, fue llevada al palacio virreinal donde pervivi&oacute; hasta el 21 de noviembre de 1791, d&iacute;a en el que, seg&uacute;n el mismo diario de Jos&eacute; G&oacute;mez, "se
empez&oacute; a quitar la pila del caballito que estaba en su patio principal".<sup><a href="#nota">9</a></sup> De hecho podemos apreciar que hacia 1793 en la plaza ya no est&aacute; esa estatua, seg&uacute;n un grabado muy famoso fechado ese a&ntilde;o, que muestra las reformas que hizo a ese espacio p&uacute;blico el virrey Revillagigedo, y que Torres Puga (sin mencionar aqu&iacute; el asunto de la escultura) tambi&eacute;n ofrece a sus lectores como un ejemplo del orden, la limpieza y la utilidad p&uacute;blica que buscaban, seg&uacute;n &eacute;l, "crear una presencia renovada de la majestad real". Interesante resulta en este caso que Jos&eacute; G&oacute;mez ya se refiriera a la estatua del monarca como "el caballito", revel&aacute;ndonos el verdadero imaginario pol&iacute;tico, seg&uacute;n
el sentir popular, con respecto a esa presencia. Tambi&eacute;n lo es el hecho de que en relaci&oacute;n con la historia de las estatuas ecuestres de Carlos IV se hable s&oacute;lo del logrado proyecto de Manuel Tols&aacute; en tiempos del virrey de Branciforte (a partir del a&ntilde;o de 1796 con la estatua provisional, hasta su inauguraci&oacute;n definitiva en bronce en 1803, en tiempos de Iturrigaray, que tuvo un lugar destacado en la plaza y que tambi&eacute;n ser&aacute; para el pueblo "el caballito"),y que nunca se mencione como antecedente esa escultura ef&iacute;mera de la &eacute;poca de Revillagigedo aunque estuviera arrinconada y a pesar de que &eacute;ste (incluidos despu&eacute;s algunos historiadores) usara ret&oacute;ricamente la imagen de ese monarca para justificar su proyecto
funcional y modernizador.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sirvan estas p&aacute;ginas, en fin, para invitar a la lectura de un libro lleno de temas a cual m&aacute;s interesantes, historiados con eficacia y con la conciencia de parte de su autor, de ejercer un oficio en el que s&oacute;lo se recuperan fragmentos del pasado, pero con los que es posible reconstruir, inventar o hilvanar, una explicaci&oacute;n que no necesita se&ntilde;alar h&eacute;roes o culpables, y que entiende a las sociedades del ayer a partir de interrogantes de actualidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Entre otros asuntos y por mencionar algunos, pueden encontrarse autores (y el pertinente debate con ellos) que tratan al espacio p&uacute;blico, la opini&oacute;n p&uacute;blica, la censura, la publicidad, lo p&uacute;blico y lo privado, la prensa oficial y la clandestina, la Ilustraci&oacute;n, la Revoluci&oacute;n Francesa, la Modernidad o las Independencias americanas.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Kelly Donahue&#45;Wallace, "Nuevas aportaciones sobre los grabadores novohispanos", <i>Barroco Iberoamericano. Territorio, arte, espacio y sociedad,</i> v. 1, Sevilla, 2001.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3500988&pid=S0185-2523201400020001200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup>&nbsp;Rueda de molino que aparecer&aacute; en las reimpresiones que se siguieron de la estampa, aunque no en las pinturas al &oacute;leo sobre san Josafat que tambi&eacute;n provienen de ese siglo XVIII.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup>&nbsp;Kelly Donahue&#45;Wallace, <i>op. cit.,</i> quien lo toma del Archivo General de la Naci&oacute;n (M&eacute;xico), ramo <i>Inquisici&oacute;n,</i> t. 1521, exp. 9, f. 70.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup>&nbsp;Jaime Cuadriello, "El padre Clavijero y la lengua de san Juan Nepomuceno", <i>Anales del Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas,</i> v. XXXIII, n. 99, 2011, p. 170.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3500992&pid=S0185-2523201400020001200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup>&nbsp;<i>Ibid</i>., p. 171. Esas l&aacute;minas se resguardan en la oficina del director del Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas de la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup>&nbsp;<i>Ibid</i>., p. 174.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup>&nbsp;Biblioteca Nacional de M&eacute;xico, <i>Fondo Reservado,</i> Ms. 1387, f. 317.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3500996&pid=S0185-2523201400020001200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup>&nbsp;Jos&eacute; G&oacute;mez, <i>Diario curioso y cuaderno de las cosas memorables en M&eacute;xico durante el gobierno de Revillagigedo, 1789&#45;1794,</i> versi&oacute;n paleogr&aacute;fica, introducci&oacute;n, notas y bibliograf&iacute;a por Ignacio Gonz&aacute;lez Polo, M&eacute;xico, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, 1986, p. 44.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3500998&pid=S0185-2523201400020001200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
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